DIRECTORIO FRANCISCANO
La Virgen María, Madre de Dios

EL TEMA MARIANO EN LOS ESCRITOS DE FRANCISCO DE ASÍS

por Sebastián López, o.f.m.

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Cuando Francisco quiere expresar su opción fundamental cristiana, dice así: «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre y perseverar en ella hasta el fin» (UltVol 1). Con esto dice y proclama dos cosas: la centralidad del seguimiento de Jesucristo en su experiencia cristiana, referida además y enteramente, como veremos, al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, protagonistas decisivos y principales de la salvación, y la inevitable y forzosa implicación de la Virgen en la persona, vida y destino de Jesús.

Desde esta doble constatación toman camino precisamente estas páginas, que quieren acercarse al tema mariano en los escritos de Francisco. Y dos etapas tendrá nuestro caminar por las pequeñas y humildes páginas de los textos del Pobrecillo: en la primera, a la que dedicamos este artículo, haremos el inventario de lo que los escritos dicen sobre la Señora, teniendo en cuenta además el contexto mariológico del siglo XII y también algunas de las instancias mariológicas de hoy. En la segunda, que será objeto de un próximo artículo, presentaremos la contemplación mariana de Francisco dentro de su confesión y experiencia cristiana, a la luz de estas palabras de la Exhortación Apostólica de Pablo VI Marialis cultus, n. 25: «Ante todo, es sumamente conveniente que los ejercicios de piedad a la Virgen María expresen claramente la nota trinitaria y cristológica que les es intrínseca y esencial. En efecto, el culto cristiano es por su naturaleza culto al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo, o, como se dice en la liturgia, al Padre por Cristo en el Espíritu».

En los escritos de Francisco encontramos, además de las dos oraciones dirigidas a la Virgen (SalVM y OfP Ant), las siguientes referencias a ella:

-- «Salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo (Lc 1,28)» (ExhAD 4).

-- «... y por los méritos e intercesión de la beatísima Virgen...» (ParPN 7).

-- «... y nació de la bienaventurada Virgen santa María» (OfP 15,3).

-- «Este Verbo del Padre, tan digno, tan santo y glorioso, anunciándolo el santo ángel Gabriel, fue enviado por el mismo altísimo Padre desde el cielo al seno de la santa y gloriosa Virgen María, y en él recibió la carne verdadera de nuestra humanidad y fragilidad. Y, siendo Él sobremanera rico, quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza» (2CtaF 4-5).

-- «... si la bienaventurada Virgen es tan honrada, como es justo, porque lo llevó en su santísimo seno...» (CtaO 21).

-- «Además, yo confieso todos los pecados al Señor Dios..., a la bienaventurada María, perpetua virgen...» (CtaO 38).

-- «Ved que diariamente se humilla (el Hijo de Dios), como cuando desde el trono real descendió al seno de la Virgen» (Adm 1,16).

-- «Y (nuestro Señor Jesucristo) fue pobre y huésped y vivió de limosna tanto Él como la Virgen bienaventurada y sus discípulos» (1 R 9,5).

-- «Y los ministros... vendrán al capítulo de Pentecostés junto a la iglesia de Santa María de la Porciúncula» (1 R 18,2).

-- «Y te damos gracias porque... quisiste que Él, verdadero Dios y verdadero hombre, naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María» (1 R 23,3).

-- «Y a la gloriosa madre y beatísima siempre Virgen María, a los bienaventurados..., les suplicamos humildemente, por tu amor, que, como te agrada, por estas cosas te den gracias a ti, sumo Dios...» (1 R 23,6).

-- «... porque cada una será reina en el cielo coronada con la Virgen María» (ExhCl 6).

-- «Y tampoco estamos obligadas a ayunar en las Pascuas, como lo ordena el escrito de san Francisco; ni en las festividades de Santa María y de los santos apóstoles...» (3CtaCl 36).

-- «Yo, el hermano Francisco, pequeñuelo, quiero seguir la vida y pobreza de nuestro altísimo Señor Jesucristo y de su santísima Madre...» (UltVol 1).

La lectura de las oraciones y de los textos que acabamos de transcribir nos permiten hacer ya las siguientes constataciones.


1. María desde la fe y en lo esencial de su misterio

En contraste con el siglo XII, tan abundante y fervoroso en su contemplación mariana, la referencia a la Virgen en los escritos de Francisco, según se desprende de los textos que acabamos de transcribir y exceptuadas las oraciones, es rápida, de pasada casi y como de quien recita el Credo que sólo quiere decir su fe y lo esencial de la misma. Ateniéndonos por tanto a lo que dicen los escritos que poseemos de Francisco, éstas serían las dos notas más principales que caracterizan su contemplación mariana:

Contemplación desde la fe. Francisco nombra, celebra y contempla a la Virgen en cuanto tiene que ver con Dios y su salvación, en cuanto relacionada con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en su comunicación, por nosotros y por nuestra salvación, en Jesucristo, quien tomó la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad en el seno de María (2CtaF 4). Las demás posibles contemplaciones de la Virgen (como personaje histórico, como mujer o como ideal de perfección, etc.), aun afirmándolas y proclamándolas como veremos, están vistas y contempladas desde el santo amor del Padre, que quiso que su Hijo naciera, para nuestra salvación, de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María (1 R 23,3), resumen de toda la fe y de todo el Credo cristiano. Lo mismo hay que decir de la relación de Francisco con la Virgen que los escritos recogen y señalan. Cuando Francisco alaba, confía y se encomienda a María, lo hace también desde la fe que sabe que ella está presente y cercana en lo que llamamos la comunión de los santos: en la comunión de todos con Cristo, por la fe y el Espíritu Santo, de la que ella fue la primera y principal beneficiaria por su vinculación a su Hijo en el Espíritu Santo y en el sí de su fe y de su entrega.

Para Francisco, que tanto en el tema mariano como en los demás de su confesión cristiana «remite indefectiblemente a la fe», ésta es el espacio en el que la Virgen tiene interés y sentido, está presente e interviene a nuestro favor.

Y la fe es también la que le permitió ver y contemplar lo esencial del misterio mariano, segundo punto que queríamos destacar como característica general de su visión de María. Desde la fe, Francisco ha acertado a contemplar a la Virgen en su relación y vinculación, única e insuperable, con Jesucristo, la Palabra del Padre que recibió en su seno la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad; y, desde ella, en su relación con la Trinidad, y en su relación con los hombres. Y aunque no se entretenga en su desarrollo, como sucede con otros temas de la confesión cristiana que contienen sus escritos y como además es lógico en quien no intenta exponer un capítulo de teología sino sólo expresar, junto con sus hermanos, la fe que vivían y que respaldaba su vida de seguimiento de Jesús, la verdad es que el tema mariano está vinculado en sus escritos con los temas raíces y fundamentales de su vida al estilo y forma de Jesús: el seguimiento, la vida en desapropiación y desinstalación de los pobres, Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo en su acción y comunicación salvadora en Jesucristo, y la obligada respuesta de la criatura en acción de gracias y operación. Por supuesto que no es todo lo que, desde la fe, cabe decir de la Virgen; pero es lo fundamental y lo más principal del misterio de la que, con el ángel, Francisco saluda: «Salve, María, llena de gracia, el Señor está contigo».


2. Títulos de la Virgen

En las oraciones y textos a que nos estamos refiriendo se encuentran trece títulos o nombres de la Virgen, que aparecen un total de veintiséis veces en sólo seis de los escritos de Francisco. Los siguientes: Virgen, Madre, Hija, Esclava, Esposa, Señora, Reina, Virgen hecha Iglesia, Palacio de Dios, Tabernáculo de Dios, Casa de Dios, Vestidura de Dios. Once de ellos en el Saludo de la Virgen María; cuatro en la Antífona del Oficio de la Pasión; cuatro en la primera Regla; tres en la segunda Carta a los Fieles; dos en la Carta a toda la Orden, y uno en la primera Admonición. La imagen que dichos títulos o nombres esbozan de María acentúa sobre todo lo que Dios ha hecho en ella y con ella; lo que ella es desde la acción de Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo, y desde su relación con ellos, más que su actitud acogedora y responsiva, sin que neguemos que también esta dimensión está presente en ellos. Imagen que está en línea con la primacía y anterioridad de la acción de Dios, de lo objetivo sobre lo subjetivo, que Francisco confiesa tantas veces en sus escritos. En ellos, como es sabido, el Señor es el que da la gracia de hacer penitencia, el que conduce a los leprosos, el que da la fe, o el que hace y dice todo bien.


3. Los adjetivos que coronan su nombre

El nombre y los títulos a que nos hemos referido en el número anterior van acompañados en los escritos, como sucede cuando nombra a Dios, a las personas de la Trinidad y a Jesucristo, de uno o más adjetivos que los califican. Los siguientes: Santa, Gloriosa, Beatísima, Bienaventurada, Perpetua Virgen, siempre Virgen, Santísima, santísimo seno.

Francisco proclama con ellos, como hace la Iglesia en su liturgia, la gloria, la bienaventuranza y la santidad de la Virgen por su referencia a Jesucristo bienaventurado, santo y glorioso, y, desde Él y por Él, a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo que sin principio ni fin es bendito y glorioso. Sólo desde la fe en Jesús, Hijo de Dios e Hijo de María, se llega a descubrir la grandeza y dignidad de María, su Madre, viene a decir Francisco.


4. Privilegios y misterios marianos

Las oraciones y los textos de los escritos a que nos venimos refiriendo recogen los siguientes privilegios y misterios marianos: la maternidad divina, la perpetua virginidad, la plenitud de gracia y la mediación. Pero los recogen sin entretenerse en precisar su contenido y significado como hacía la teología de su tiempo, en la que san Bernardo, por ejemplo, se detiene en explicar el sentido de la maternidad divina, los distintos momentos de su virginidad, su plenitud de gracia y su mediación.

No se recogen, sin embargo, otros privilegios marianos como la Inmaculada Concepción, su glorificación corporal en la Asunción y su maternidad espiritual.

En cuanto a los distintos misterios de la vida de la Virgen o de la vida de Jesús en los que ella está presente, y de los cuales la liturgia de la Iglesia celebraba ya algunos en aquel tiempo, Francisco en sus escritos sólo se refiere a la Anunciación y al Nacimiento de Jesús. Poco o muy poco en comparación con lo que los Evangelios presentan y sobre todo con lo que el siglo XII, tan rico y generoso en obras mariológicas, ofrece.


5. La dimensión humana e histórica de María

Los escritos subrayan la dimensión humana e histórica de la Virgen con la alusión a su nacimiento, al colocarla entre las mujeres de este mundo, con la repetición, por nueve veces, de su nombre; al referirse a su realidad corporal con la expresión «in útero»; y al contemplarla ligada al destino de pobreza de su Hijo. Sin ser mucho, es suficiente como testimonio de que la Virgen de la contemplación de Francisco era de carne y hueso, vivió en nuestro mundo y fue parte de nuestra historia y no algo irreal o mítico. Contemplación de María en su real e histórica humanidad que tiene que ver con la preocupación de Francisco por subrayar la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad que la Palabra del Padre recibió en su seno (2CtaF 4). Aspecto de su confesión cristológica repetidamente proclamado en sus escritos y con una clara postura anticátara además.


6. Primacía y principalidad de la maternidad divina

Los escritos se refieren a ella, con el nombre expreso de «Madre», en cinco lugares; cuatro textos hablan del descenso del Hijo de Dios al seno de la Virgen o de su nacimiento del seno de María; un texto llama a Jesucristo, dirigiéndose a María, «tu Hijo»; en otros dos la cercanía de la Virgen a su Hijo está suponiendo, nos parece, la maternidad; y, por fin, el Saludo a la Virgen está polarizado en el título y en la realidad de Madre del Señor que, según los comentaristas, constituye la cumbre de todo el escrito y lo que los distintos «ave» después cantan y admiran. Francisco confiesa con ello, y de una forma además sencilla y concreta, lo que la teología no ha dejado de proclamar, más o menos claramente, desde el principio: la maternidad divina de María, la relación única que, desde ella, tiene con Jesucristo, el Hijo amado del Padre, es la raíz y la razón de la Virgen en lo cristiano y es también su explicación. María está vinculada para siempre a la persona de Jesús. María tiene toda su razón de ser en Jesús. María está ligada y comprometida con su vida, condición y destino. María manifiesta a Jesús. María es la gloria de Jesús.


7. Subrayado de su maternidad fisiológica

El repetido «in útero» (en el útero, o en el seno), al que ya nos hemos referido, lo proclama con claridad y con la intención además de confesar, como también hemos indicado ya, la real e histórica humanidad del Hijo de Dios, frente a los cátaros, única forma de confesar uno de los artículos fundamentales de su cristología: el Hijo de Dios es nuestro hermano.


8. El título de Virgen

Es uno de los títulos que los escritos dan con más frecuencia a María. Catorce veces. Frecuencia debida, con toda probabilidad, al influjo en Francisco de la liturgia, uno de los caminos más principales de su profundización en la confesión y experiencia cristiana. Para G. Lauriola, sin embargo, el repetido uso del título de Virgen en los escritos se debería a que Francisco considera el don de la virginidad, más como una función o signo de la divinidad del Hijo de Dios encarnado, que como un estado o manera de ser, sobre todo teniendo en cuenta el contexto en el que dicho título aparece.


9. Funcionalidad de la Virgen santa y gloriosa

La fe y la teología saben gozosamente que también la Virgen, su persona, vida y destino, es para la salvación, como lo es Jesucristo, nacido de su seno, que por nosotros y por nuestra salvación bajó del cielo. Ni Jesús ni María, su Madre, son para sí. Son para los demás, para la salvación de todos. Francisco ha acertado a presentar a María como la encrucijada en la que se encuentran la Palabra del Padre que desciende de su seno, y la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad que recibe del seno de la Virgen. María es, aunque no se diga expresamente, para la salvación que realiza y es Jesús, que quiso el Padre que naciera del seno de la Virgen. Con ello afirma Francisco la fundamental funcionalidad de María, además de señalar las otras dos que realiza en la comunión de los santos: dar gracias al Padre e interceder por nosotros.


10. Relación de María con la Trinidad

En las dos oraciones de Francisco a la Señora, su contemplación se centra fundamentalmente en la relación del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo con la Virgen, a quien el Padre elige, y con el Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito consagra (SalVM 2); y en la relación de la Virgen con el Padre, de quien es esclava e Hija; con el Hijo, de quien es Madre, y con el Espíritu Santo, de quien es Esposa (OfP Ant 2). Dicha contemplación es frecuente en los autores del Siglo XII. En Francisco tiene además un contexto rico y abundante de textos trinitarios. Y, aunque no sea posible señalar hasta qué punto dichos textos responden a una experiencia real de la Trinidad en su vida cristiana y evangélica, sí es cierto que, tanto en ellos como en las dos oraciones a la Virgen, Francisco asume y proclama la fe de la Iglesia en lo que es «lo específicamente cristiano», la Trinidad. Sus escritos permiten además afirmar que la lectura o la escucha del Evangelio de san Juan, el capítulo XVII sobre todo, le ha servido para ahondar y profundizar su fe en la Trinidad por el camino de la contemplación de las relaciones del Padre y del Hijo que dicho Evangelio tanto destaca y que son, al parecer, la fuente de su visión de la vida cristiana, de la vida de los penitentes, como vida de relación con el Padre, con el Hijo en el Espíritu Santo, el Espíritu del Señor que mora en ellos. El tema, referido a santa Clara y sus hermanas, aparece ya en la Forma de vida para santa Clara, primer escrito que se nos conserva de Francisco (1212-1213). Indudable la importancia en Francisco de la confesión del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo como origen y principio de todo; de la contemplación de Jesús en su relación con el Padre; del Espíritu Santo como Espíritu del Señor y como quien, habitando en nosotros, nos relaciona con el Padre como hijos, y con el Hijo como hermanos, madres y esposos. De ahí que la contemplación de la Virgen en sus relaciones con la Trinidad esté en consonancia con una de las dimensiones más principales de la confesión y experiencia cristiana de Francisco.


11. Señora pero cercana

Por razones sociológicas y por el redescubrimiento de la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad que el Hijo de Dios recibió del seno de la Virgen y que lo hizo hermano nuestro, existe hoy como una especie de alergia a todo lo que aparezca con ribetes de singularidad y eminencia. Así se llamaban precisamente dos de los principios mariológicos de los que se servían los teólogos en su estudio de la Virgen. Hoy preferimos la igualdad y nivelación de todos en todo. Desde aquí, entre otras causas, hemos descubierto a la Virgen mujer y hermana; a la Virgen de la noche oscura de la fe; a la Virgen de quien el Señor miró su humillación.

En cuanto a Francisco, ya lo hemos indicado, hay en él una decidida contemplación de María desde el quehacer salvador de Dios que se le entrega en la comunión de personas de la Trinidad, eligiéndola y consagrándola como habitación y morada suya, y que puede dar la impresión de que la aleja y distancia de nosotros. Pero los títulos del Saludo a la Virgen, como los de la Antífona del Oficio de la Pasión, además de ser antes florones de Dios que de María, aunque por supuesto la coronen de gloria y de bienaventuranza, son también, aunque en otro orden, gloria y bienaventuranza de todos los elegidos que, por la habitación del Espíritu del Señor en ellos, son hijos del Padre, y esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo (2CtaF 48-53). Teniendo en cuenta, además, que Francisco contempla a la Virgen ligada y comprometida en la vida de pobreza de su Hijo, hay que decir que los títulos de Señora, Reina, y los demás que se contienen en el Saludo a la Virgen y en la Antífona del Oficio de la Pasión, no le han hecho olvidar la cercanía y vecindad que tiene con nosotros por su vinculación con el que, «siendo sobremanera rico, quiso, junto con la bienaventurada Virgen, su Madre, escoger en el mundo la pobreza» (2CtaF 5).


12. Más Madre que Reina

Así decía santa Teresa del Niño Jesús que se figuraba a la Virgen. Francisco, que tenía por delante casi un siglo de fervor mariano en el que los nombres de Madre de misericordia y Madre nuestra se repetían con frecuencia, nunca da a la Virgen el nombre de Madre de los hombres. Pero, creemos que tampoco se puede afirmar que prevalezca en él una visión de María como Reina y Señora, ya que sólo una vez recibe María en los escritos dichos nombres. Por ello, teniendo en cuenta la imagen de la Virgen que intercede por nosotros, imagen dos veces presente en sus escritos, el paralelismo entre la Antífona del Oficio de la Pasión y 2CtaF 48-53 junto con FVCl 1, y que, según el Saludo a la Virgen, nos hace participar en sus virtudes (SalVM 6), nos inclinamos a pensar que la actitud maternal de María hacia nosotros no está ausente de los escritos de Francisco.


13. La enteramente fiel

El Padre santo y justo..., que quiso que su Hijo naciera de la gloriosa siempre Virgen beatísima santa María (1 R 23,3), no se sirvió de ella como si fuese sólo un mero instrumento útil para sus fines salvadores. «El santísimo Padre del cielo la eligió y la consagró con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito» (SalVM 2), pero también habló con ella: «Esta Palabra del Padre, tan digna, tan santa y gloriosa, la anunció el altísimo Padre desde el cielo, por medio de su santo ángel Gabriel, en el seno de la santa y gloriosa Virgen María, de cuyo seno recibió la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad» (2CtaF 4). Y María respondió, nos dice la revelación en palabras de Lucas 1,38. Hubo por tanto un diálogo entre el Padre y la Virgen, revelador del respeto de Dios frente a la libertad de María y de la respuesta consciente y responsable de ella a Dios. Así lo ha destacado desde el principio la reflexión de la fe de la Iglesia. El tema de la Virgen, nueva Eva, subraya precisamente, desde san Justino y san Ireneo, la fe y obediencia de María frente a la desobediencia de Eva. Y el tema de la Virgen que concibe la carne de Cristo en la fe, tan repetido por san Agustín y otros, proclama lo mismo. Temas que encontramos también, ampliamente desarrollados, en los autores del siglo XII, entre ellos san Bernardo. El Concilio Vaticano II recoge ambos temas, consagrándolos con su autoridad y proclamando en consecuencia la importancia de la fe de María que acoge y consiente, libre y conscientemente, a la Palabra de Dios, en este estupendo texto: «Pero el Padre de la misericordia quiso que precediera a la encarnación la aceptación de la Madre predestinada... Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con Él y bajo Él, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los santos padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres» (LG 56). Los escritos de Francisco no son demasiado explícitos en señalar el asentimiento y consentimiento de María al anuncio del Padre. Ciertamente lo apuntan al llamarla esclava e hija del Padre, madre del Hijo y esposa del Espíritu Santo (OfP Ant), teniendo en cuenta, sobre todo, los lugares paralelos de 2CtaF 48-53 y FVCl, en los que la respuesta del hombre a la acción de Dios se indica con toda claridad; también al presentar a María vinculada y comprometida en la vida y destino de pobreza de su Hijo, con lo que extiende y alarga expresamente su consentimiento más allá del momento de la anunciación. Toda la vida de María es comunión con la persona y la vida de la Palabra del Padre que recibió en su seno la verdadera carne de nuestra humanidad y fragilidad. Pero, además, pocas cosas ha acentuado Francisco tanto en la vida del Evangelio de sus hermanos como la respuesta en adoración, alabanza, fe-esperanza-caridad y en operación, a la comunicación salvadora de Dios Trino en Jesucristo, que tiene en los temas fundamentales de la vida del Evangelio su expresión mayor: el seguimiento, la observancia del Evangelio y el deseo del Espíritu del Señor y su santa operación, coreada por otros muchos textos de sus escritos como, por ejemplo, la segunda Carta a los fieles, vv. 14-62, y el capítulo 23 de la primera Regla.


14. María en la comunión de los santos

A lo largo de estas páginas hemos destacado varias veces, en la contemplación mariana de Francisco, la relación que María tiene, y que además la constituye, con Jesucristo y, desde Él y por Él, con la Trinidad y con los hombres, dentro del designio de salvación del santo amor del Padre, de su generosidad. Pero hay en los escritos unas pocas frases que lo subrayan con una fuerza especial y que nos obligan a insistir en ello. Éstas: «Con la santísima Virgen, su Madre» (2CtaF 5); «Ruega por nosotros junto con el arcángel san Miguel y todas las virtudes del cielo y con todos los santos, ante tu santísimo Hijo amado, Señor y maestro» (OfP Ant 2); «Y a la gloriosa Madre y beatísima siempre Virgen María... y a todos los santos... les suplicamos humildemente que... por estas cosas te den gracias a ti, sumo Dios verdadero... con tu queridísimo Hijo nuestro Señor Jesucristo y el Espíritu Santo Paráclito» (1 R 23,6). Frases en las que la preposición «con» señala claramente la compañía, la unión, la comunión, al fin, de María con Jesucristo, con el Espíritu Santo y con todos los santos: lo que llamamos la comunión de los santos, que tiene una espléndida expresión en el último texto citado.

Texto en el que María aparece, junto con todos los santos que fueron, y serán, y son, arrastrada en la acción de gracias del queridísimo Hijo, Jesucristo, y del Espíritu Santo al Padre porque envuelta antes en el santo amor del Padre que ha querido nuestra salvación por el nacimiento de Jesucristo de su seno (1 R 23,3). Así ve Francisco a la Virgen y también todas las cosas: envueltas en la luz del amor con que el Padre ama al Hijo (1 R 23,54), y en la acción de gracias con que el Hijo, junto con el Espíritu Santo, responde al Padre (1 R 23,5). Francisco es el hombre comunión, el hombre con los demás. Y así ha visto también a la Virgen: con Jesús, con el Espíritu Santo, con los santos y con los hombres desde su mediación. La Virgen solidaria, fraterna, en comunión. Y, por eso precisamente, la Virgen Iglesia, la Virgen acogedora de la gloria de Dios, manifestada en la humillación del camino y vida de Jesús, que la convierte en templo suyo.


15. María y la capilla de Santa María de los Ángeles

La capilla de Santa María de los Ángeles fue para Francisco cauce para expresar su devoción a María, y medio también para profundizar en su piedad hacia ella. De lo primero dan fe sus biógrafos, y de lo segundo tenemos como testimonio comprobante el Saludo a la Virgen compuesto precisamente en honor de nuestra Señora de los Ángeles, la de la ermita de la Porciúncula.


Síntesis conclusiva

Nos habíamos propuesto ofrecer en esta primera parte un inventario del tema mariano en los escritos de Francisco: textos que se refieren a la Virgen, títulos que se le dan, misterios principales de su vida que se contemplan, aspectos y detalles que se subrayan. Recoger, al fin, todo lo que en los escritos hace referencia a la Señora. Resumiendo nuestro camino por las páginas de los escritos, cabe recoger en los siguientes puntos las ideas principales:

a) La imagen de la Virgen que en ellos se perfila: La Virgen como mujer de nuestro mundo y de nuestra historia; la Virgen como Madre en la doble dimensión de su maternidad, la biológica y la divina; la Virgen en su vinculación singular con Jesucristo y en seguimiento de lo que resume y define la vida de su Hijo, la pobreza; la Virgen en su relación con la Trinidad y en su relación con nosotros, desde la comunión de los santos.

b) El desde dónde de su contemplación mariana: Desde la fe, como única forma de descubrir su relación singular con Jesucristo como salvador y, desde Él y por Él, con el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo en su comunicación salvadora a nosotros; y de descubrir también su comunión con nosotros que, como ella, aunque después de ella y gracias a su maternidad, hemos sido admitidos también, por el Espíritu del Señor, a ser hijos del Padre y hermanos y madres de Jesús. Y desde la gratuidad del santo amor del Padre que le obligó a contemplarla como obra de la gracia y como la que tampoco puede gloriarse sino en su Señor.

c) La conexión del tema mariano con los temas mayores de su experiencia cristiana: La Trinidad, en su comunicación salvadora al hombre; Jesucristo, en su realidad humana e histórica, en su camino de pobreza y humillación; Jesucristo, en la dimensión divina de su filiación; y Jesucristo, en su triunfo que lo constituye Señor y Rey, y al que asocia a la Virgen, la Señora y santa Reina; la Iglesia, como la comunión de los que creen, se convierten y siguen a Cristo, de la que María forma parte, en la que alaba y da gracias al Padre, y en la que intercede por nosotros.

[Sebastián López, O.F.M., El tema mariano en los escritos de Francisco de Asís, en Selecciones de Franciscanismo, vol. XVI, n. 47 (1987) 171-186.- En esta versión electrónica hemos suprimido las notas y muchas de las citas que lleva el original]

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