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| DÍA 25 DE FEBRERO
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* * * Santa Aldetrudis. Virgen y abadesa, durante doce años gobernó con discreción y sabiduría el monasterio de Maubeuge (Francia), en el que había sido educada por una tía suya y en el que murió el año 526. San Cesáreo de Nacianzo. Era hermano de san Gregorio Nacianceno. Estudió en Alejandría y Constantinopla y aquí ejerció la profesión de médico, en la que alcanzó un gran prestigio. Fue médico de varios emperadores. Juliano el Apóstata intentó que volviera al paganismo cuando era sólo catecúmeno. A raíz del terremoto de Nicea del año 368, en el que estuvo a punto de morir, se bautizó, dejó las tareas seculares y se dedicó a la oración y a la atención de los pobres, a los que legó sus bienes. Murió en Nacianzo (Turquía) el año 369. San Gerlando. Obispo de Agrigento, en Sicilia, desde 1088. Fue consagrado en Roma por el papa Urbano II. Reorganizó la diócesis después de la prolongada ocupación árabe que duró del 829 al 1086. Murió el año 1100. San Lorenzo Bai Xiaoman. Era un seglar chino, modesto obrero, que recibió el bautismo de manos de san Augusto Chapdelaine, del que en adelante no quiso apartarse. Los arrestaron en Xilinxian, provincia de Guangxi, el 25 de febrero de 1856. Ante el juez, que utilizó amenazas y promesas para que apostatara, Lorenzo se mantuvo firme en su fe, por lo que fue torturado y finalmente decapitado aquel mismo día. Fue canonizado el año 2000 junto a otros mártires de China. San Néstor. Era obispo de Magydos y durante la persecución del emperador Decio fue apresado; ante el juez, a pesar de las amenazas, rechazó adherirse al decreto imperial de sacrificar a los dioses. Lo llevaron a Perge de Panfilia (en la actual Turquía), ante el tribunal superior, y lo sometieron a un nuevo interrogatorio; las torturas no doblegaron su voluntad, y finalmente fue crucificado. Era el año 251. Santo Toribio Romo González. Nació en Santa Ana de Guadalupe (Jalisco, México) en 1900. A los trece años se hizo seminarista y en 1922 se ordenó de sacerdote. Eran tiempos de persecución religiosa, y el ministerio tenía que ejercerse con mucha cautela o en la clandestinidad. Estuvo trabajando en varias parroquias hasta que, en 1927, le confiaron la de Tequila. Vivió pobremente, se dedicó a la catequesis de los niños y a la formación religiosa de los obreros. El 25 de febrero de 1928, unos soldados lo buscaron y, cuando lo encontraron, descargaron sin más sobre él sus rifles. Es uno de los mártires mexicanos canonizados en el 2000. Santa Walburga. Era inglesa, hermana de san Wilibaldo y san Winebaldo. Formaban parte del grupo de monjes y monjas que se trasladaron a Alemania y ayudaron a san Bonifacio en su tarea evangelizadora. Había sido monja en el monasterio de Wimborne, en Dorset (Inglaterra), y en Alemania gobernó como abadesa el doble monasterio de Heidenheim, fundado por su hermano san Wilibaldo, en el que murió el año 779. Beato Avertano. Nació en Limoges (Francia) y fue peregrino. Entró en la Orden de los Carmelitas ya mayor, como hermano converso, y los superiores le permitieron visitar los santuarios de Italia en peregrinación, a la vez que ejercía como limosnero. Murió en Lucca (Toscana) en torno al año 1280. Beato Domingo Lentini. Nació en Lauria (Basilicata, Italia) en 1770 de padres campesinos. Ordenado de sacerdote, se dedicó a la predicación a personas de todas las condiciones sociales e intelectuales, al confesonario y a la educación de los jóvenes. Llevó una vida de humildad, oración y penitencia. Fue particularmente atento a las necesidades de los pobres, a los que socorría largamente y para quienes buscaba socorro continuo. Murió en su pueblo el año 1828. Beata María Adeodata Pisani. Nació en Nápoles de familia noble; sus padres se separaron y a los diez años fue confiada a unas monjas. En 1821 se trasladó a la isla de Malta, y su madre hizo lo posible para que se casara, pero ella eligió la vida religiosa. Vistió el hábito de las benedictinas en el monasterio de San Pedro, en la ciudad de Medina (Malta), del que fue elegida abadesa. Se distinguió por su humildad, dulzura en el trato y disponibilidad. Supo desempeñar con sabiduría su oficio a la vez que atendía a los pobres e indigentes. Murió el año 1855. Beata María Ludovica de Ángelis. Nació en L'Aquila (Italia) el año 1880, de familia campesina. Ingresó en la Congregación de Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia y, en 1907, la destinaron al Hospital de Niños de La Plata, en Argentina, donde pasó el resto de su vida. Adoptó a los niños como su propia familia y fue para ellos un ángel. Fue cocinera solícita y también responsable de su comunidad. Se distinguió por su caridad y solicitud hacia los enfermos y el personal hospitalario. Murió en 1962 y fue beatificada el 2004.
PARA TENER EL ESPÍRITU DE ORACIÓN Y DEVOCIÓN Pensamiento bíblico: «Los judíos, para que no se quedaran los cuerpos en la cruz el sábado..., pidieron a Pilato que les quebraran las piernas y que los quitaran. Fueron los soldados, le quebraron las piernas al primero y luego al otro que habían crucificado con él; pero al llegar a Jesús, viendo que ya había muerto, no le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados le atravesó el costado con una lanza y al instante salió sangre y agua» (Jn 19,31-34). Pensamiento franciscano: Dice san Francisco: -Ningún hermano haga mal o hable mal al otro; sino, más bien, por la caridad del espíritu, sírvanse y obedézcanse voluntariamente los unos a los otros. Y ésta es la verdadera y santa obediencia de nuestro Señor Jesucristo (1 R 5,13-15). Orar con la Iglesia: A Jesucristo, levantado sobre la cruz y traspasado por la lanza de un soldado, alzamos nuestros ojos contritos y suplicantes. -Tú que fuiste levantado sobre la tierra, atrae hacia ti los corazones de todos nosotros pecadores. -Tú que fuiste clavado en la cruz, da a todos los oprimidos la libertad verdadera. -Tú que entregaste tu vida por todos, concédenos el don de tu Espíritu. -Tú que fuiste traspasado por la lanza, alumbra en nuestros corazones la fuente de agua viva que salta hasta la vida eterna. Oración: Escucha, Dios y Padre nuestro, las súplicas que tu Hijo te presenta por cuantos queremos sinceramente vivir el espíritu de la Cuaresma. Por el mismo Jesucristo, nuestro Señor. Amén. * * * «MIRARÁN AL QUE
TRASPASARON» Queridos hermanos y hermanas: Este año el Mensaje para la Cuaresma se inspira en un versículo del evangelio de san Juan, que, a su vez, cita una profecía mesiánica de Zacarías: «Mirarán al que traspasaron» (Jn 19,37). El discípulo amado, presente junto a María, la Madre de Jesús, y otras mujeres en el Calvario, fue testigo ocular de la lanzada que atravesó el costado de Cristo, haciendo brotar de él sangre y agua (cf. Jn 19,31-34). Aquel gesto realizado por un anónimo soldado romano, destinado a perderse en el olvido, permaneció impreso en los ojos y en el corazón del apóstol, que deja constancia de ello en su evangelio. ¡Cuántas conversiones se han realizado a lo largo de los siglos precisamente gracias al elocuente mensaje de amor que recibe quien dirige la mirada a Jesús crucificado! Entremos, pues, en el tiempo cuaresmal con la "mirada" fija en el costado de Jesús. En la carta encíclica Deus caritas est (cf. n. 12) quise subrayar que, sólo dirigiendo la mirada a Jesús muerto en la cruz por nosotros, puede conocerse y contemplarse esta verdad fundamental: «Dios es amor» (1 Jn 4,8.16). «Desde esa mirada -escribí- el cristiano encuentra la orientación de su vivir y de su amar» (Deus caritas est, 12). Contemplando al Crucificado con los ojos de la fe, podemos comprender con profundidad qué es el pecado, cuán trágica es su gravedad y, al mismo tiempo, cuán inconmensurable es la fuerza del perdón y de la misericordia del Señor. Durante estos días de Cuaresma no apartemos el corazón de este misterio de profunda humanidad y de alta espiritualidad. Contemplando a Cristo, sintámonos al mismo tiempo contemplados por él. Aquel a quien nosotros mismos hemos atravesado con nuestras culpas no se cansa de derramar en el mundo un torrente inagotable de amor misericordioso. Ojalá que la humanidad comprenda que solamente de esta fuente es posible sacar la energía espiritual indispensable para construir la paz y la felicidad que todo ser humano busca sin cesar. Pidamos a la Virgen María, que fue traspasada en el alma junto a la cruz del Hijo, que nos obtenga el don de una fe sólida. Que, guiándonos por el camino cuaresmal, nos ayude a dejar todo lo que nos aparta de la escucha de Cristo y de su palabra de salvación. [Después Ángelus] Saludo con afecto a los peregrinos de lengua española... Que la Virgen María nos acompañe en nuestro camino de conversión cuaresmal para que, la escucha de la palabra de Dios y la gracia divina, nos ayuden a vencer las tentaciones, y nuestra vida sea testimonio del amor de Cristo. * * * DEBEMOS PRACTICAR LA
CARIDAD FRATERNA Nada nos anima tanto al amor de los enemigos, en el que consiste la perfección de la caridad fraterna, como la grata consideración de aquella admirable paciencia con la que aquel que era el más bello de los hombres entregó su atractivo rostro a las afrentas de los impíos, y sometió sus ojos, cuya mirada rige todas las cosas, a ser velados por los inicuos; aquella paciencia con la que presentó su espalda a la flagelación, y su cabeza, temible para los principados y potestades, a la aspereza de las espinas; aquella paciencia con la que se sometió a los oprobios y malos tratos, y con la que, en fin, admitió pacientemente la cruz, los clavos, la lanza, la hiel y el vinagre, sin dejar de mantenerse en todo momento suave, manso y tranquilo. En resumen, como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca. ¿Habrá alguien que, al escuchar aquella frase admirable, llena de dulzura, de caridad, de inmutable serenidad: Padre, perdónalos, no se apresure a abrazar con toda su alma a sus enemigos? Padre -dijo-, perdónalos. ¿Quedaba algo más de mansedumbre o de caridad que pudiera añadirse a esta petición? Sin embargo, se lo añadió. Era poco interceder por los enemigos; quiso también excusarlos. «Padre -dijo-, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Son, desde luego, grandes pecadores, pero muy poco perspicaces; por tanto, Padre, perdónalos. Crucifican; pero no saben a quién crucifican, porque, si lo hubieran sabido, nunca hubieran crucificado al Señor de la gloria; por eso, Padre, perdónalos. Piensan que se trata de un prevaricador de la ley, de alguien que se cree presuntuosamente Dios, de un seductor del pueblo. Pero yo les había escondido mi rostro, y no pudieron conocer mi majestad; por eso, Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen». En consecuencia, para que el hombre se ame rectamente a sí mismo, procure no dejarse corromper por ningún atractivo mundano. Y para no sucumbir ante semejantes inclinaciones, trate de orientar todos sus afectos hacia la suavidad de la naturaleza humana del Señor. Luego, para sentirse serenado más perfecta y suavemente con los atractivos de la caridad fraterna, trate de abrazar también a sus enemigos con un verdadero amor. Y para que este fuego divino no se debilite ante las injurias, considere siempre con los ojos de la mente la serena paciencia de su amado Señor y Salvador. * * * HACIA DIOS POR LA
PENITENCIA (VI) La «verdadera obediencia» El misterio de la pobreza pretende, en definitiva, dejar paso libre al Espíritu del Señor, para que pueda posesionarse plenamente del hombre. Efectivamente, quien goza del Espíritu del Señor, sólo tiene un deseo: «Que se cumpla misericordiosamente en él la voluntad del Padre celestial» (1 Cel 92). Por eso, dirá con toda razón Francisco: «Abandona todo lo que posee y pierde su cuerpo aquel que se entrega a sí mismo totalmente a la obediencia en manos de su prelado» (Adm 3,3); C. Andresen dirá a propósito de estas palabras: «La obediencia consiste en el despojamiento de uno mismo». Esta doctrina profunda aparece en su Carta a un ministro. Este se había dirigido a Francisco pidiéndole que le relevara de su cargo, ya que, a su juicio, las dificultades del oficio le impedían amar exclusivamente a Dios. Por tal motivo deseaba retirarse a un eremitorio, para así amar y servir a Dios lejos de la agitación diaria. Francisco, con la osadía de quien abandonó todas las cosas para encontrarlas de nuevo en Dios, le responde: «Te hablo, como mejor puedo, del caso de tu alma: todas las cosas que te estorban para amar al Señor Dios y cualquiera que te ponga estorbo, se trate de hermano u otros, aunque lleguen a azotarte, debes considerarlo como gracia. Y quiérelo así y no otra cosa. Y cúmplelo por verdadera obediencia al Señor Dios y a mí, pues sé firmemente que ésta es verdadera obediencia. Y ama a los que esto te hacen. Y no pretendas de ellos otra cosa, sino cuanto el Señor te dé. Y ámalos precisamente en esto, y tú no exijas que sean cristianos mejores. Y que te valga esto más que vivir en un eremitorio» (CtaM 2-8). La verdadera obediencia se muestra aquí, con toda lógica, cual expresión de una renuncia radical. La verdadera obediencia es plena atención y disponibilidad suma a la voluntad divina, cualidades que sólo son posibles a quien renuncia a todo querer propio, y no espera nada para sí, quedando en todo sólo a merced de la bondad de Dios y de su voluntad. Cuando se ha llegado a este grado de docilidad a la voluntad de Dios, todo se convierte en gracia: los hombres y las circunstancias, cualesquiera y comoquiera que sean, todo lo lleva directamente al amor de Dios. El caso del ministro ofrece a Francisco la ocasión de desenmascarar las astucias del amor propio, habilísimo en camuflarse bajo apariencias espirituales. Ahí radica precisamente a su juicio el obstáculo mayor a la libre acción de la gracia: «Guardémonos mucho de la malicia y astucia de Satanás, que quiere que el hombre no tenga su mente y su corazón vueltos a Dios. Y, acechando en torno, desea apoderarse del corazón del hombre, so pretexto de alguna merced o favor» (1 R 22,19-20). Todos los pretextos bajo los que se encubre y disimula la acción de Satanás persiguen siempre la misma finalidad: hacer que el hombre tome su vida y la dirija según sus propios gustos. En cambio, la obediencia, que es la forma más pura de desasimiento, frustrará totalmente las argucias del demonio. Francisco, «perseverando en la cruz, mereció volar a las alturas de los espíritus más sublimes. Siempre permaneció en la cruz, no esquivando trabajo ni dolor alguno, con tal de que se realizara en sí y por sí la voluntad del Señor» (1 Cel 115). [K. Esser, Temas espirituales. Oñate 1980, pp. 59-61]
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