DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

VOCACIÓN FRANCISCANA

por Lázaro Iriarte, o.f.m.cap.


Capítulo 15:
FRATERNIDAD ABIERTA
A TODOS LOS SERES
[1]

El hombre, en su marcha trabajosa hacia su propia liberación frente al mundo inferior que condiciona su vida, conforme al plan trazado por el Creador, no siempre ha acertado a tomar la postura justa, aun al amparo de la filosofía o de la religión. O bien se ha visto él mismo inmerso en la realidad material, desconociendo la finalidad extrínseca de los seres que le rodean, o bien los ha visto animados por genios de orden superior, y entonces ha dado culto al sol, al monte, al árbol, al animal sagrado..., o bien ha envuelto todo lo existente en una concepción panteísta indescifrable. Y con frecuencia, cuando el sentimiento religioso ha alcanzado niveles muy elevados a impulso de un ascetismo de minorías, ha hecho su aparición la actitud pesimista hacia la creación inferior. El maniqueísmo en la antigüedad y el catarismo en la Edad Media son manifestaciones de la infiltración en la espiritualidad cristiana de ese dualismo, que mira la materia como esencialmente mala y al hombre empeñado en librarse de ella, odiándola en sí y en los demás seres.

La revelación bíblica enseña al hombre a ver el mundo todo como obra del amor creador de Dios. Jesús, en sus enseñanzas, se esfuerza por descubrir ante el hombre la presencia del Padre en la creación, en la marcha del mundo, en el acontecer humano. Todo lo que Dios ha creado es bueno (1 Tim 4,4), será el mensaje del cristianismo, que no siempre ha logrado informar la mentalidad de los cristianos. Pero la fe descubre al mismo tiempo la violencia a la que está sometida la creación, no por sí misma, sino por causa del hombre que la profana y desvía con el pecado; hay en ella un continuo anhelar por la manifestación de los hijos de Dios (Rm 8,18-23). En la visión que san Pablo tiene del mundo, todo el universo creado está ordenado totalmente a Cristo, alfa y omega, principio y fin de todo: en Él y para Él ha sido hecho todo, Él está destinado a ser Cabeza de cuanto hay en los cielos y en la tierra (Ef 1,3-14).

FRANCISCO, INTÉRPRETE DE LA CREACIÓN

«Las cosas no saben mentir», dijo Aristóteles. Es verdad. La creación es el primer libro entregado por Dios al hombre, su mensaje fundamental. Y el hombre puede, si acierta a leerlo, elevarse de las obras visibles al conocimiento de lo invisible de Dios (Rm 1,20). Pero la dificultad está en el arte de saber leer en el libro de la creación. Una corriente mística, deudora a san Agustín, y representada principalmente por los escritores de la escuela de San Víctor (siglo XII) y luego por san Buenaventura, contempla la creación como un sacramento envuelto en signos de expresión simbólica; un códice, bellamente caligrafiado, que no tendría secretos para el hombre si no se hubiera interpuesto el pecado. Pero en la condición actual, esclavo de los sentidos y del egocentrismo, el hombre corre peligro de detenerse en los primores de la caligrafía, sin leer el contenido. El mundo creado resulta para el hombre caído como un libro en cifra; es preciso hacerse con la clave para poder leerlo, «descifrarlo». Y la clave nos la ha traído Cristo, es Él mismo. Consagrada por la Encarnación, toda la realidad creada adquiere un sentido teológico. Es la palabra exterior del Verbo. Un «espejo», según otra figura muy del agrado de los escritores medievales, que refleja las perfecciones de Dios y sirve para recordar al hombre el valor trascendente de su vida.

Sólo el hombre purificado de toda sujeción a lo sensible y hecho a gustar las comunicaciones de Aquel que es la Causa de todos los bienes creados, logra interpretar rectamente el mensaje de las cosas. Francisco nada sabía de esas corrientes de escuela. Pero supo dar con la «clave» y miró la creación con corazón limpio. Y ofreció a los hombres el mensaje más optimista y jubiloso, el que él escuchaba en la obra de Dios.

Los seres se le representan como amables en sí mismos. Rima con las cosas por una especie de indigencia de su temperamento. Es poeta; nunca deja de poner una grácil sensibilidad en cada manifestación personal. Por eso hay en él una compasión tierna hacia el gusanillo que se arrastra penosamente entre el polvo del camino, expuesto en cada momento a perecer aplastado bajo el casco de una cabalgadura o la planta de cualquier caminante; tiembla por esa existencia efímera y, tomando entre sus manos la oruga, la aparta del camino para que viva más segura y luego, convertida en mariposa, ponga un trazo de luz en la pradera. Otro día manda poner en libertad el lebratillo tembloroso, que alguien ha puesto en sus manos como obsequio, o devuelve a su elemento los pececillos palpitantes. En otra ocasión rescata, al precio de su propio manto, dos corderillos que un pastor lleva colgados al matadero; los balidos de los animalitos le han llegado al alma; luego se los devuelve al mismo vendedor con encargo de que les conserve la vida. Para que las abejas no perezcan de hambre en el invierno las provee de miel o de vino dulce.

El mismo amor compasivo lo extiende a las criaturas insensibles. Se indigna cuando ve que alguien no las trata «cortésmente». No quiere que, al hacer leña en el bosque, los hermanos corten del todo los árboles, sin dejarles esperanza de vivir. Se entristece cuando ve roturar el huerto para el cultivo de las legumbres y manda dejar una parte libre para que crezcan a sus anchas las hermanas flores. No se atreve a apagar el fuego que prende en su hábito, y al hermano que corre a librarle del serio peligro, le increpa: «¡Hermano, no hagas daño al hermano fuego!». Sufre si tiene que matar una candela encendida. No permite que la hermana agua sea derramada donde la puedan pisar o ensuciar... (cf. 1 Cel 60, 80; 2 Cel 165; LP 86-88).

A la compasión júntase aquella sintonía única con todos los seres: con los hermanos pájaros, a los que invita a cantar después de hacerles escuchar su palabra, y en especial con el hermano halcón, que le despierta cada noche a la hora de cantar las alabanzas divinas; con el hermano faisán, aficionado al santo hasta el punto de no querer separarse de él; con la hermana cigarra que, invitada por el santo a cantar al Creador, sigue haciéndolo ante su celda por ocho días seguidos, hasta que él la licencia; con las hermanas alondras, que con su plumaje terroso, su caminar raudo por los campos en busca de alimento y su manera de cantar como suspendidas en la altura, libres y alegres, se le antojan la imagen ideal de los hermanos menores (2 Cel 168, 170-171; LP 84).

Es un lenguaje que él entiende, una mutua emoción de él a las criaturas y de las criaturas a él. Lo que hubiera sido la convivencia del hombre inocente con los seres inferiores, sin la caída de origen, según el Génesis (Gn 2,19-20).

Pero Francisco, por encima de su sensibilidad temperamental, posee una robusta personalidad de creyente, y un creyente que no se paga de principios abstractos sino de vivencias. Para él las criaturas inferiores son eso, criaturas, manifestaciones del poder de Dios, mensajeras suyas, medios para que el hombre le conozca y le ame. Sabe percibir en ellas la belleza y la bondad que se eleva a la fuente de todo bien, hacia Aquel que es «todo el bien».

«¿Quién será capaz -se pregunta Celano- de narrar de cuánta dulzura gozaba Francisco al contemplar en las criaturas la sabiduría del Creador, su poder y su bondad? En verdad, esta consideración le llenaba muchísimas veces de admirable e inefable gozo viendo el sol, mirando la luna y contemplando las estrellas y el firmamento» (1 Cel 80).

Y el mismo Celano, después de referir el sermón que dirigió el santo a las avecillas, añade:

«A partir, pues, de aquel día, comenzó a exhortar con todo empeño a todas las aves, a todos los animales y a todos los reptiles, e incluso a todas las criaturas insensibles, a que loasen y amasen al Creador, ya que comprobaba a diario la obediencia de todos ellos al invocar el nombre del Salvador» (1 Cel 58).

Por eso se sentía hermano de todos los seres: «A todas las criaturas las llamaba hermanas, como quien había llegado a la gloriosa libertad de los hijos de Dios, y con la agudeza de su corazón penetraba, de modo eminente y desconocido a los demás, los secretos de las criaturas» (1 Cel 81). Aquí, como también al principio del número siguiente de Celano («hombre nuevo», «hombre del otro mundo»), Francisco es considerado como quien ha reconquistado la inocencia original y como quien ha entrado ya en la eternidad bienaventurada. Véase también 1 Cel 36.

Es la unidad en el amor paternal de Dios lo que hace de hombres, animales, plantas y minerales una única familia. Cuando el santo habla a las hermanas aves o a las hermanas flores, invitándolas con candor sincerísimo e ingenua pureza a bendecir al Señor, sabe bien que no le entienden, lo mismo que la hermana agua o el hermano viento; pero él se habla a sí mismo, o mejor, habla al Creador con el lenguaje de las criaturas todas.

Su mirada de fe le hace descubrir siempre a Cristo, el Verbo hecho carne, corona y sentido de la creación. Todas las cosas lo simbolizan, lo contienen y lo pregonan, cada una a su manera. Por eso, cuando aparta el gusano del camino va meditando en el texto profético en que se habla del Siervo paciente: Soy gusano y no hombre... (Sal 21,6); cuando libra el corderillo piensa en el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Jn 1,36) o en la mansedumbre de Aquel que se dejó conducir como oveja llevada al matadero (Is 53,7); si posa sus pies con reverencia en las piedras lo hace por consideración al que es la Piedra (1 Cor 10,4); si se enternece al percibir la fragancia y la belleza de las flores, es por el recuerdo de la Flor que brota de la raíz de Jesé (Is 11,1). «Amaba con más cariño y contemplaba con mayor regocijo las cosas en las que se encontraba alguna semejanza alegórica del Hijo de Dios», resume Tomás de Celano (1 Cel 77 y 80; 2 Cel 165; LP 88).

Su espíritu, como se deja entender, hallaba mayor afinidad con los seres humildes y débiles: «Llama hermanos a todos los animales, si bien ama particularmente, entre todos, a los mansos» (2 Cel 165).

RESPETO A LA AUTONOMÍA DE LOS SERES

Los primeros biógrafos, pródigos en informaciones sobre este aspecto peculiarísimo de la espiritualidad del Poverello, intentaron dar su interpretación en clave ascético-teológica. Tomás de Celano en su Vida I, pone como título: «Amor que tenía a todas las criaturas por el Creador» (cf. 1 Cel 80); es la impresión inmediata de quien ha observado o tenido noticia de los hechos, sin ir más allá. En la Vida II, en cambio, se eleva al plano teologal y recoge en siete capítulos los episodios bajo el título: «La contemplación del Creador en las creaturas» (cf. 2 Cel 165); era la interpretación mística de la escuela de San Víctor, aceptada ya como convencionalismo docto. Finalmente, san Buenaventura, siguiendo otro convencionalismo, de cuño escolástico, derivado de la hermenéutica corriente de Gn 1,28, ve ante todo el dominio de Francisco sobre las criaturas, que «se someten al mandato del siervo de Dios» (cf. LM 5,11), y en la Leyenda menor formula su interpretación con este título: «Obediencia de las creaturas y condescendencia divina» (cf. Lm 5).

Muy diferente es la perspectiva minorítica que fluye de los mismos episodios, cuando se leen a la luz de los escritos del santo, especialmente del saludo a las virtudes:

«La santa obediencia confunde a todas las voluntades corporales y carnales, y tiene mortificado su cuerpo para obedecer al espíritu y para obedecer a su hermano, y está sujeto y sometido a todos los hombres que hay en el mundo, y no únicamente a solos los hombres, sino también a todas las bestias y fieras, para que puedan hacer de él todo lo que quieran, en la medida en que les fuere dado desde arriba por el Señor» (SalVir 14-18).

Francisco no se siente ni esclavo ni dueño de las criaturas de Dios. Las bellezas creadas no aprisionan ni limitan su afecto, sino que lo dilatan y lo lanzan hacia arriba y hacia afuera. Se siente libre, pero no utiliza en propio provecho los seres inferiores, si no es en la finalidad natural asignada a cada uno; reconoce y respeta su autonomía. Tiene la conciencia de ir peregrinando hacia el Dios Altísimo con todas sus criaturas, compañeras de viaje, destinadas por Dios para utilidad del hombre, pero no para su disfrute egoísta.

Hubo un tiempo en que él también buscó agrado y satisfacción en la criatura como tal; pero desde que Cristo se le atravesó en el camino de su vida y se produjo en él aquella mutación de lo amargo en dulce y de lo dulce en amargo (Test), las cosas tuvieron para él el mismo lenguaje de antes, pero un mensaje diferente. Celano refiere así ese efecto de la conversión iniciada:

«Cuando, ya repuesto un tanto de su enfermedad y apoyado en un bastón, comenzaba a caminar de acá para allá dentro de la casa paterna para recobrar fuerzas, cierto día salió fuera y se puso a contemplar con más interés la campiña que se extendía a su alrededor. Mas, ni la hermosura de los campos, ni la frondosidad de los viñedos, ni cuanto de más deleitoso hay a los ojos pudo en modo alguno deleitarle. Maravillábase Francisco de tan repentina mutación y juzgaba muy necios a quienes amaban tales cosas» (1 Cel 3).

Sólo cuando uno ha llegado a sentir ese cambio, sólo el convertido, está en disposición de elevarse a Dios desde las criaturas y de hallar en éstas un medio de liberación y no un estorbo en el camino. A Francisco le vemos muchas veces inundado de gozo ante la creación hermana y bendiciendo a Dios por ella, pero ni una sola vez nos lo han presentado sus biógrafos abandonándose al goce de las cosas bellas y agradables; y no por el miedo ascético al peligro que puede venirle de las mismas, sino porque detenerse egoístamente en lo que tienen de placentero es un género de «apropiación», un atentado contra la libertad con que ellas deben pregonar la bondad del Dios Altísimo, de quien es todo bien: «Vamos a dar permiso a la hermana cigarra -dijo el bienaventurado Francisco- para que vaya a donde quiera. Nos ha consolado bastante. Y podría ser ocasión de vanagloria para nuestra carne».[2]

No lo hubiera sufrido ni su sensibilidad ni su fe retener prisionero en la jaula, por propio entretenimiento, un pajarillo, creado para vivir y cantar libre en la enramada; ni cortar una flor, hecha para alegrar el espacio con perfumes y colores, para solazarse él privadamente. Daba libertad siempre que podía aun a los animalitos destinados a servir de alimento.

Sabido es que, precisamente, ese respeto del Poverello a la naturaleza, individualizada en tantos hermanos y hermanas cuantos son los seres con derecho a la existencia y a la libertad, es lo que le ha merecido el ser declarado Patrono de los ecologistas. El breve pontificio, que lo proclamó como tal en 1979, fue promulgado a petición de las sociedades ecologistas.[3]

EL CÁNTICO DE LAS CRIATURAS[4]

Al leer el maravilloso Cántico de las Criaturas o del Hermano Sol, creeríamos que salió del alma del santo trovador en una mañana radiante, cuando la belleza de la naturaleza se le metía por los ojos, por los oídos, por todo su ser, embriagándole de dulzura; y nos lo imaginamos rebosante de bienestar, cantando al Hacedor por el agrado que ha puesto en las cosas para servicio y satisfacción del hombre. Pero la realidad fue muy otra. El Poverello, copia viva del Crucificado con sus miembros llagados, iba acercándose al final de su vida. Ya no podía tener en pie aquel cuerpo dolorido, atormentado de enfermedades y de pesadumbres, probado largamente en el seguimiento amante del Redentor. Estaba ciego. Para él ya no lucía aquel Sol hermano. La luz le atormentaba; le atormentaban las voces, los rumores: le atormentaban todas las criaturas. Clara le había hecho construir una choza en el huerto de San Damián; allí, después de cincuenta días sin hallar reposo por el fuerte dolor de los ojos, pasó una noche malísima, con dolores corporales y angustias espirituales. No parecía sino que toda la creación de Dios se daba cita para hacerle sufrir; hasta se añadieron los ratones, corriendo a bandadas por encima de sus miembros enfermos.

Y fue entonces cuando, llegada por fin la mañana, llamó a sus compañeros y, como en un éxtasis de amor y de gozo, los fue enseñando a cantar: Altísimo, omnipotente, Señor bueno... Loado seas, mi Señor, con todas tus creaturas... (cf. LP 83; EP 120). Añaden los «tres compañeros», testigos inmediatos, que desde entonces, en los momentos de mayor recrudecimiento de los dolores corporales, se hacía cantar el Cántico del Hermano Sol con melodía compuesta por él mismo, «para poder apartar la atención de la acerbidad de los dolores mediante el gusto de las alabanzas del Señor; y así hasta el día de su muerte (LP 83).

Es la culminación de una vida toda ella penitencial, sostenida por un amor purificante. Francisco pudo captar y celebrar cuanto hay de bello, de bueno y de útil en las cosas, precisamente porque su corazón se había liberado de todo acaparamiento posesivo. Todo ser creado le resulta amable aun cuando, para él, se convierte en fuente de sufrimiento. Quien mira la creación como objeto de goce o de pura utilización no llegará nunca a entenderla.

Pero también este hallazgo temió apropiárselo si se lo reservaba para sí solo. Había que hacer de él un medio de servicio fraterno a los hombres. Su mensaje de paz, embajada de amor y alegría, había que decirlo cantando, con el arte de la gaya ciencia, que entonces hallaba acogida siempre favorable en todos los ánimos. Los hermanos menores debían ser los juglares de Dios, y ayudarían a los hombres, inmersos en los afanes terrenos y faltos de perspectiva para percibir el concierto de las cosas, a captar la voz encerrada en cada una, saber usarlas con respeto y con sentimiento de hermandad, con gratitud rendida al Creador, porque son bellas y útiles. Tenía la seguridad de que así los hombres se sentirían más hermanos (cf. LP 83).

Y sucedió que, cuando ya tenía compuesta su canción y preparado su equipo de juglares de Dios, a las órdenes de fray Pacífico, el «trovador laureado», se trabaron en una enemistad escandalosa el obispo y el podestá de Asís. Entonces Francisco añadió una estrofa que comenzaba así: Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor, y envió a sus juglares a cantar todo el cántico ante las dos autoridades reunidas con sus comitivas. Obispo y podestá terminaron por abrazarse conmovidos, y la paz fue restablecida (LP 84).

También para Clara y sus hermanas compuso Francisco un mensaje con canto sobre el tema de la caridad mutua y de la unión de corazones, y lo hizo cantar al grupo de hermanos cantores; es el Audite, poverelle (LP 85).

El alma de Clara, por lo demás, fue también en esto exacta resonancia de la de Francisco, aun estando alejada, en su retiro, de las bellezas creadas. Así lo declara una testigo del Proceso de canonización:

«Cuando la santísima madre enviaba fuera del monasterio a las hermanas externas, las exhortaba a que, cuando viesen los árboles bellos, floridos y frondosos, alabasen a Dios; y que, igualmente, al ver a los hombres y a las demás criaturas, alabasen a Dios siempre, por todas y en todas las cosas» (Proc 14,9).

Tampoco ella necesitaba gozar del bien que el Creador ha derramado en los seres para sentirse hermana de cada uno.

El Cántico de las Criaturas siguió resonando día y noche junto al lecho del Poverello, entre otras cosas para hacer más llevaderos los relevos a los soldados que, por orden del municipio de Asís, montaban la guardia para evitar un golpe de fuerza de alguna ciudad vecina. Fray Elías, con su conciencia de responsable del buen nombre del fundador, canonizado en vida por el pueblo, no veía con buenos ojos aquel ambiente de cantos y de fiesta en torno al lecho del Padre moribundo. «Deja, hermano -le replicó Francisco-, que me alegre en el Señor y que cante sus alabanzas en medio de mis dolencias» (LP 99). Cuando el médico le anunció la inminencia del desenlace, exclamó desbordante de alegría: «¡Bienvenida sea mi hermana muerte!». Y fue esta muerte hermana, incorporada también por Francisco a la fraternidad como un don más del Padre común, la que celebró en la estrofa final de su Cántico (LP 100).

* * *

El cristianismo, con la fe en el Dios personal y en la creación obra de sus manos, con la interiorización de la religión y el nuevo culto en espíritu y en verdad, acabó con la concepción pagana de la confusión entre naturaleza y Dios. En cierto sentido «desacralizó la naturaleza». Pero ésta siguió siendo «sacramento» de la presencia de Dios en el mundo, camino para ir a Él, testimonio de su providencia. Ese sentido simbólico de la realidad visible hizo que en la Edad Media todo fuera ciencia de Dios, teología.

Pero al sobrevenir la ciencia nueva, orientada a la observación positiva, y más tarde la técnica, que va desvelando los misterios del mundo y del hombre mismo, la naturaleza va dejando de ser, ante el hombre de hoy, «vicaria de Dios». Ya no la vemos como símbolo de otra cosa; la estudiamos, la conocemos en sí misma, disponemos de ella, la dominamos. Cada vez más se la ve en relación con el hombre y con el progreso del hombre. No sólo la visión de la creación, que para el hombre moderno ha dejado de ser símbolo o presencia de la divinidad, sino aun la visión del hombre sobre sí mismo y su destino está sufriendo profunda transformación.

La visión del mundo se ha «secularizado». ¿Es anticristiana esta nueva perspectiva? No faltan hoy teólogos que más bien ven en este proceso una concepción más madura de la relación del mundo y de Dios, así como del puesto del hombre en la creación, que arranca del Nuevo Testamento. El hombre que se sabe «destinado», agente libre y responsable en el conjunto de los seres y de la historia, está hoy más preparado que nunca para descubrir, en el dinamismo de una naturaleza que él mismo va transformando y enriqueciendo, los signos de la comunicación de Dios con él.[5] Y está naciendo una nueva sacramentalización del universo, descubierto por el hombre como valor autónomo, un nuevo sentido del impulso hacia la unidad, y un nuevo sentido de hermandad en que las cosas vuelven a dialogar con el creyente, no ya con lenguaje de símbolo, sino de verificación científica. Hoy más que nunca la creación se nos presenta como un don de Dios, un mensaje de su bondad y un testimonio del destino transcendente del hombre. No sin razón se ha establecido un paralelismo de inspiración entre el Himno a la materia de Teilhard de Chardin y el Cántico de las Criaturas de san Francisco.[6]

He aquí el camino para un «aggiornamento» de la visión franciscana del mundo creado. Pero el creyente moderno posee, además, una particular sensibilidad para percibir otro aspecto imprescindible de la presencia de Dios en la realidad histórica. No basta descubrir en la naturaleza la omnipotencia, la sabiduría y la providencia de Dios. Es preciso llegar a descubrir su amor. Y sucede que multitud de hechos, que hieren cada día nuestra atención -una inundación, un terremoto que deja sin abrigo a miles de familias, una guerra absurda, el nacimiento de una criatura monstruosa- están como demostrando que Dios o no existe o es insensible a la suerte de cada hombre. La dimensión real a través de la cual vemos al Dios creador es la del Dios encarnado, introducido como uno más en el curso de la historia humana, hecho Él mismo una existencia vulnerable, limitada, en todo igual a los demás hombres menos en el pecado, voluntariamente impotente ante sus enemigos cuando han logrado fijarlo en una cruz.

Al espíritu franciscano no le resulta difícil conciliar esos extremos aparentemente contradictorios, que no lo fueron para el humilde y alegre Francisco, como vemos en sus Alabanzas del Dios altísimo:

«Tú eres santo, Señor Dios único, que haces maravillas.
Tú eres fuerte, tú eres grande, tú eres altísimo, tú eres rey omnipotente...
Tú eres el bien, todo el bien, el sumo bien, Señor Dios vivo y verdadero.
Tú eres amor, caridad; tú eres sabiduría.
Tú eres humildad, tú eres paciencia, tú eres belleza.
Tú eres mansedumbre, tú eres seguridad, tú eres quietud, tú eres gozo...
Tú eres belleza, tú eres mansedumbre.
Tú eres protector, tú eres custodio y defensor nuestro.
Tú eres fortaleza, tú eres refrigerio.
Tú eres esperanza nuestra, tú eres fe nuestra, tú eres caridad nuestra.
Tú eres toda dulzura nuestra, tú eres vida eterna nuestra:
Grande y admirable Señor, Dios omnipotente, misericordioso Salvador».

NOTAS:

[1] D. Silvestrini, San Francesco e gli animali, Roma 1927; A. Zimei, La concezione della natura in S. Francesco d'Assisi, Roma 1929; Feliciano de Ventosa, San Francisco y el panteísmo naturalista, en Naturaleza y Gracia 2 (1955) 209-227; E. Mariani, Realtà terrestre e spiritualità, Roma 1965; D. Gagnan, François au livre de la nature, en Études Franciscaines 23 (1973) 90-116; P. Beguin, Visión bíblica y franciscana de Dios y del mundo en Dios, Santiago de Chile 1975; E. Leclerc, La Pascua florida de Francisco de Asís, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 5, núm. 13-14 (1976) 49-56; E. Leclerc, El santo patrono de los ecologistas, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 9, núm. 27 (1980) 329-333; K. J. Verleye, San Francisco de Asís y la protección del medio ambiente, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 9, núm. 27 (1980) 296-314; L. Iriarte, Visión del mundo en S. Francisco, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 6, núm. 18 (1977) 317-335; M. De Marzi, L'ecologia e Francesco d'Assisi, Ed. Borla, Turín 1982; G. Lauriola, Francesco d'Assisi «pastore dell'essere», en Studi Francescani 79 (1982) 289-326; P. G. Salvani, Francesco d'Assisi guida alla natura, Asís 1982.

[2] LP 110. «Nuestra carne», o sea, nuestro yo, que podría apropiarse la hermana cigarra mediante la vanagloria.

[3] Juan Pablo II, Bula "Inter Sanctos" por la que se nombra a S. Francisco patrono de los ecologistas:

«Entre los santos y hombres preclaros que apreciaron la naturaleza como un don maravilloso hecho por Dios al género humano, se incluye con toda razón a San Francisco de Asís. Pues él llegó a comprender de modo singular todas las obras del Creador e, inflamado por el espíritu divino, cantó aquel bellísimo "Cántico de las Criaturas", por las cuales, especialmente el hermano sol y la hermana luna y las estrellas del cielo, tributó al altísimo, omnipotente y buen Señor, la debida alabanza, gloria, honor y toda bendición. Con muy buen criterio, pues, Nuestro Venerable Hermano Oddi, Cardenal de la Santa Iglesia Romana, Prefecto de la Sagrada Congregación del Clero, en nombre principalmente de los miembros de la Sociedad Internacional llamada "Planning environmental and ecologycal Institute for quality of life" [Instituto de planificación ambiental y ecológica para la calidad de vida], pidió a esta Sede Apostólica que San Francisco de Asís fuera declarado Patrono ante Dios de los ecologistas. Nos, pues, de acuerdo con el dictamen de la Sagrada Congregación de Sacramentos y del Culto Divino, en virtud de estas Letras y a perpetuidad, nombramos a San Francisco de Asís celestial Patrono de los ecologistas, con todos los honores anejos y con los privilegios litúrgicos correspondientes, sin que obste nada en contrario. Así lo ordenamos, mandando que las presentes Letras sean observadas religiosamente y que tengan sus efectos tanto ahora como en el futuro. Dado en Roma, junto a San Pedro, bajo el anillo del Pescador, el día 29 de Noviembre del año del Señor 1979, segundo de Nuestro Pontificado». Texto latino en AAS 71 (1979) 1509-1510, y en Acta OFM 99 (1980) 24; Texto español en Selecciones de Franciscanismo, vol. 9, núm. 27 (1980) 295.

Cf. E. Leclerc, El santo patrono de los ecologistas, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 9, núm. 27 (1980) 329-333.

[4] Pueden verse varios artículos sobre el Cántico de las criaturas de san Francisco en nuestra sección Estudios sobre los escritos.

Selecciones de Franciscanismo, vol. 5, núm. 13-14 (1976) 3-220, reúne varios artículos de distintos autores al Cántico.

F. Bajetto, Treinta años de estudios (1941-1973) sobre el Cántico del Hermano Sol. Bibliografía razonada, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 5, núm. 13-14 (1976) 173-220; E. Leclerc, El Cántico de las criaturas, Aránzazu 1977; E. Leclerc, Canto, Cantico, en DF, 115-127; E. Doyle, Francesco d'Assisi e il cantico delle creature: Inno della fratellanza universale, Asís 1982; M.-M. Le Braz, Le «Cantique des créatures» de François d'Assise: de la littérature a la littéralité, en Laurentianum 25 (1984) 210 232.

[5] Cf. Concilio Vaticano II, Gaudium et Spes, nn. 4-5, 12-15, 33-39.

[6] L. Scheffczyk, El «Cántico del Hermano Sol» de san Francisco de Asís y el «Himno a la materia» de Theilhard de Chardin, en Selecciones de Franciscanismo, vol. 5, núm. 13-14 (1976) 108-122; N. G. M. Van Doornik, Francisco de Asís, profeta de nuestro tiempo, Santiago de Chile 1978, p. 210, nota 6, y p. 217 nota 15.

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