DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

DISCÍPULOS DE JESÚS

por Miguel Payá Andrés


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CAPÍTULO VII

JESÚS EL VIVIENTE

En la última página del Nuevo Testamento resuenan estas palabras solemnes de Jesús: «Yo soy el Alfa y la Omega, el primero y el último, el principio y el fin» (Ap 22,13). Y a esta suprema manifestación responde la fe de la Iglesia confesando: «Jesucristo es el mismo ayer, hoy y siempre» (Heb 13,8). Esta profesión de fe fue elegida por el Papa como lema del primer año preparatorio para el Jubileo del 2000.

Hemos ido recordando la historia y el mensaje de Jesús. Pero Jesús no es para nosotros un simple pasado, sino el presente decisivo de nuestra vida y el futuro absoluto de toda la humanidad. La comunidad cristiana del siglo XX proclamó solemnemente en el Concilio Vaticano II:

«La Iglesia cree que Cristo, muerto y resucitado por todos, da al hombre luz y fuerzas por su Espíritu, para que pueda responder a su máxima vocación; y que no ha sido dado a los hombres bajo el cielo ningún otro nombre en el que haya que salvarse. Igualmente, cree que la clave, el centro y el fin de toda la historia humana se encuentra en su Señor y Maestro. Afirma además la Iglesia que, en todos los cambios, subsisten muchas cosas que no cambian y que tienen su último fundamento en Cristo, que es el mismo ayer, hoy y siempre» (Gaudium et spes, 10).

Vamos pues a reflexionar en este tema sobre el hoy y el mañana de Jesús en nuestra vida y en la de todos los hombres.

1. «Estaré con vosotros…»: La nueva presencia de Jesús

Dice el Evangelio según San Marcos: «Después de hablarles, el Señor Jesús fue elevado al cielo y se sentó a la derecha de Dios» (Mc 16,19). Con estas palabras se nos indica la entrada definitiva de la humanidad de Jesús en la vida gloriosa de la Trinidad, donde existía como Hijo de Dios antes de todos los siglos. Con ello, Jesús desapareció ante los ojos de los hombres. Pero, ¿quiere esto decir que nos ha abandonado?

El mismo Evangelio que acabamos de citar termina con estas palabras: «Ellos salieron a predicar por todas partes y el Señor cooperaba con ellos, confirmando la palabra con señales que la acompañaban» (Mc 16,20). Y el Evangelio según San Mateo termina a su vez con estas palabras del mismo Jesús: «Y sabed que yo estoy con vosotros todos los días hasta el final del mundo» (Mt 28,20).

En este momento, pues, Jesús, además de estar junto al Padre, está también con nosotros. ¿Cómo está presente Jesús en nuestra vida?

  1. Jesús está presente en nuestra vida personal de fe. Como los primeros discípulos, nosotros también podemos decir: «Hemos encontrado al Mesías» (Jn 1,41). Por caminos misteriosos y distintos, nuestra historia personal y la historia de Jesús se han encontrado, hasta el punto de que Cristo es el centro de nuestra vida. Hemos escuchado su llamada personal e intransferible a ser sus discípulos. Por el bautismo hemos sido incorporados a su persona y a su destino. Somos como miembros de su propio cuerpo. Lo consideramos el modelo a imitar y el ideal supremo a conseguir. Y, sobre todo, experimentamos su amistad cercana que nos consuela y anima, nos cura y perdona, nos invita constantemente a crecer y va transformando poco a poco toda nuestra personalidad, hasta el punto de poder decir cada día con más verdad: «Ya no soy yo el que vivo, es Cristo quien vive en mí» (Gál 2,20). O, de forma aún más terminante: «Para mí, vivir es Cristo» (Flp 1,21). Por todo ello, los evangelios no sólo describen la experiencia de los primeros que se encontraron con Jesús, sino también nuestra experiencia.

  2. Jesús está presente en su Iglesia. Nuestro encuentro personal con Jesús ha acontecido en la comunidad fundada por él. La Iglesia es el lugar donde los bautizados experimentamos y vivimos juntos la presencia de Jesús. Y esta presencia del Señor en su familia tiene múltiples manifestaciones:

    1. Jesús está presente a través de su palabra, acogida y proclamada constante y fielmente por la Iglesia, como origen y fundamento de todo su existir.

    2. Jesús está presente y actúa en los sacramentos, a través de los cuales el Señor glorioso nos comunica el don del Espíritu, que nos transforma y construye como personas y como Iglesia.

    3. Jesús está presente en los ministros de la Iglesia, que actúan en su nombre, transparentan su solicitud pastoral y son los guías y garantes de la autenticidad de nuestro encuentro con Cristo.

    4. Jesús está presente en nuestra vida comunitaria, es decir, siempre que nos reunimos para orar en común, para compartir nuestros bienes y ayudarnos, para trabajar juntos en la extensión del Reino.

    5. Jesús está presente en el impulso misionero que lleva constantemente a la Iglesia a hacer nuevos discípulos en todos los pueblos de la tierra.

  3. Jesús está presente en los pobres. Cada vez que un hambriento o desnudo, un perseguido o marginado, solicita nuestra atención y ayuda, es Cristo quien nos viene al encuentro pidiendo nuestro amor y ofreciéndonos la posibilidad de encontrar la verdadera vida y superar la falsa vida del egoísmo y la cerrazón. El que se encarnó como pobre, sigue encarnándose en todos los pobres de la tierra.

  4. Jesús está presente en todo hombre y mujer. Dios «quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1 Tim 2,4). Por eso Cristo murió por todos y ofrece a todos la posibilidad de que, por caminos misteriosos que sólo Dios conoce, sean alcanzados por su salvación. Estos caminos misteriosos que sólo Dios conoce son en realidad la obediencia a la propia conciencia recta, el obrar el bien y evitar el mal, la adhesión a la verdad percibida. Por eso Cristo está presente en toda vida humana, y en toda vida humana ha de ser reconocido y amado.

2. El don del Espíritu

La presencia de Jesús Resucitado entre nosotros se produce y se revela sólo gracias a otra presencia oculta y discreta, pero determinante, la del Espíritu Santo.

Esta tercera Persona de la Santísima Trinidad es la «persona-don», porque es el amor recíproco entre el Padre y el Hijo. Y, a través de ella, Dios nos comunica su propio ser que es amor. Así nos lo dice San Pablo: «El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo que se nos ha dado» (Rom 5,5). Él es, pues, el origen y la causa de todos los demás dones que Dios concede a sus criaturas.

El Hijo y el Espíritu Santo fueron enviados por el Padre al mismo tiempo. Pero durante la vida terrena de Jesús, el Espíritu sólo estaba en él, desde la encarnación. Jesús era el único «ungido» (Mesías en hebreo; Cristo en griego), expresión simbólica que significa «el que posee el Espíritu». Cuando Jesús resucitó y fue glorificado, envió el Espíritu a los que creían en él: es lo que sucedió en Pentecostés. Desde entonces, la misión conjunta de Cristo y del Espíritu se despliega en los hijos adoptados por el Padre. El Espíritu nos revela a Cristo como imagen de Dios invisible, nos une a él y nos hace vivir en él.

Describir la acción del Espíritu es describir por dentro nuestra vida personal y comunitaria, es decir, acercarnos al misterio que hay en cada uno de nosotros y en la Iglesia. Este será el gran tema que nos ocupará en el segundo año de preparación para el Jubileo del 2000. Sin embargo, conviene que adelantemos brevemente algunos aspectos fundamentales del dinamismo que crea en nosotros el Espíritu.

1. La acción del Espíritu en la persona

Jesús lo llamó «Paráclito», que significa «aquel que es llamado junto a uno». Solemos traducir esta palabra como «Abogado defensor», o también «Consolador». En definitiva, es aquel que habita en nosotros y crea amorosamente una nueva vida, la misma vida de Dios. La Iglesia lo aclama como «dulce huésped del alma». Y la palabra de Dios describe con todo detalle la gran revolución interior que produce en nosotros este divino huésped.

Ante todo, nos infunde la gracia santificante, don gratuito que Dios nos hace de su propia vida, y que nos purifica y santifica para que seamos capaces de vivir y obrar según la vocación divina. Con ella, el Espíritu crea en nosotros como una nueva personalidad, que asume nuestra personalidad natural, la eleva y la lleva a perfección.

Con esta nueva personalidad, el Espíritu nos regala también tres nuevas capacidades, que nos permiten comportarnos como hijos de Dios: las tres virtudes teologales, la fe, la esperanza y la caridad.

Además, nos regala también una serie de dones que ayudan a nuestra inteligencia y voluntad, y nos permiten vivir el amor cristiano de múltiples formas. Son lo que la tradición cristiana ha denominado «dones del Espíritu Santo» y «carismas».

Y toda esta acción multiforme del Espíritu produce en nosotros unos frutos, es decir, unas actitudes y comportamientos concretos, que coinciden con los que Jesús proclamó en las Bienaventuranzas.

2. La acción del Espíritu en la Iglesia

Además de esta actividad en el interior de la persona, el Espíritu es el principio vital y unificador de la Iglesia. Los apóstoles definen a la Iglesia con dos palabras: «el Espíritu y nosotros» (Hch 15,28). En efecto, él es quien:

— nos hace recordar y comprender las palabras de Jesús;

— ora en nosotros;

— nos pone en comunión con Cristo a través de los sacramentos;

— distribuye los ministerios y carismas para el bien común;

— nos une en el amor, y

— lanza a la Iglesia a la tarea misionera.

3. «Sentado a la derecha del Padre»: Jesús Mediador y Señor

Hemos reflexionado sobre la presencia misteriosa de Jesús entre nosotros a través de su Espíritu. Contemplemos ahora la otra situación actual de Jesús: él está sentado a la derecha del Padre. Con esta afirmación del Nuevo Testamento, que profesamos en el Credo, se quieren decir tres verdades muy importantes:

  1. Que Jesús ha entrado definitivamente en la gloria de Dios con toda su humanidad, con su cuerpo y su alma humanos.

  2. Que el Padre le ha dado todo poder en los cielos y en la tierra, constituyéndole Señor del mundo y de la historia. Esta afirmación tremenda significa que es él quien conduce la evolución del mundo hacia el fin querido por Dios. Este fin es la salvación de la humanidad. Por eso dijo Jesús: «Yo no he venido para condenar al mundo, sino para salvarlo» (Jn 12,47). Él es el único Salvador: «Bajo el cielo no se nos ha dado otro nombre que pueda salvarnos», proclama San Pedro (Hch 4,12). Con ello se está afirmando que la salvación del hombre sólo viene de Dios y que esta salvación pasa necesariamente por Jesucristo.

  3. Que Cristo está permanentemente junto al Padre para interceder por nosotros. Allí repite sin interrupción aquella plegaria que hizo al final de su vida: «Padre santo, guarda en tu nombre a los que me has dado…, que sean uno como tú y yo somos uno…, defiéndelos del maligno…, que puedan estar conmigo donde estoy yo…» (Jn 17,11-24). Por eso Jesús es el único Sacerdote y Mediador: a través de él, el Padre se nos revela y comunica; a través de él tenemos acceso al Padre.

4. «Vendrá de nuevo»: Jesús, fin de la historia humana

«Galileos, ¿por qué seguís mirando al cielo? Este Jesús que acaba de subir de vuestro lado al cielo, vendrá como lo habéis visto marcharse» (Hch 1,11). Estas palabras de los ángeles en el momento de la ascensión, colocan a los discípulos de Jesús en la expectativa de su segunda venida. El mismo Jesús afirmó: «Me voy y volveré a vosotros» (Jn 14,3).

Esta segunda venida, a diferencia de la primera que se realizó en la humildad y la pobreza, será una venida en gloria: «Cuando el Hijo del hombre venga en su gloria acompañado de todos sus ángeles, entonces se sentará en su trono de gloria y reunirá ante él a todas las naciones» (Mt 25,31-32). Entonces le serán definitivamente sometidas todas las cosas: el mal, el pecado, la muerte y toda la creación. Entonces se consumará definitivamente el Reino de Dios. Entonces la humanidad entera entrará en su descanso definitivo.

En aquel último día, habrá un juicio: se pondrá a la luz la conducta de cada uno y el secreto de los corazones. Será condenada la incredulidad culpable que ha despreciado la oferta de la gracia. Saldrá a la luz la acogida o el rechazo de Dios en la persona de los pobres. Pero, entendamos bien, en este juicio no será Jesús el que condene; él sólo sabe salvar. Tampoco será el Padre, amor incondicional y absoluto. Las que nos condenarán o salvarán serán nuestras propias obras, nuestra acogida o rechazo del amor insondable de un Dios que, para salvarnos, ha dado todo lo que tenía.

Ante esta perspectiva, los cristianos sabemos que el mundo no es eterno, un día acabará. Sabemos que la evolución del mundo no es un destino ciego, sino que camina hacia la consumación prevista por Dios. Sabemos que la mentira, la injusticia y la opresión no quedarán impunes para siempre; un día saldrán a la luz y serán desenmascaradas y condenadas.

Y, además, sabemos que la historia no la hacemos solamente los hombres a nuestro antojo. Afortunadamente, hay otro que la dirige hacia una meta mucho más dichosa que las metas oscuras que proyectamos los hombres. Por eso, los cristianos, en este umbral del siglo XXI, en un momento en que parece que los hombres se han olvidado de Dios y se creen los únicos dueños del destino de la humanidad, seguimos afirmando con la gracia de Dios:

«El Verbo de Dios, por quien todo fue hecho, se encarnó para que, hombre perfecto, salvara a todos y recapitulara todas las cosas. El Señor es el fin de la historia humana, punto de convergencia hacia el cual tienden los deseos de la historia y de la civilización, centro de la humanidad, gozo del corazón humano y plenitud total de sus aspiraciones. Él es aquel a quien el Padre resucitó, exaltó y colocó a su derecha, constituyéndolo juez de vivos y muertos. Vivificados y reunidos en su Espíritu, caminamos como peregrinos hacia la consumación de la historia humana, la cual coincide plenamente con su amoroso designio: Restaurar en Cristo todo lo que hay en el cielo y en la tierra» (Gaudium et spes, 45).

En definitiva, sabemos que, al final, toda rodilla se doblará ante Jesús y toda lengua confesará que él es Señor para gloria de Dios Padre (cf. Flp 2,10-11). Ante esta gozosa expectativa, con nuestra oración, con nuestro trabajo, con nuestro esfuerzo por crecer y con nuestro amor a todos los hombres, le pedimos: «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20).

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