DIRECTORIO FRANCISCANO
Temas de estudio y meditación

DISCÍPULOS DE JESÚS

por Miguel Payá Andrés


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CAPÍTULO I

¿QUIÉN ES JESÚS

Según el Evangelio de Marcos, un día Jesús preguntó a sus discípulos: «¿Quién dicen los hombres que soy yo?» Ellos le manifestaron las distintas opiniones de la gente sobre su persona. Pero, después, Jesús les hizo una segunda pregunta: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» (Mc 8,27-29).

Esta cuestión se sigue planteando hoy a todo hombre a quien llega la noticia sobre Jesús y su mensaje. Y hemos de advertir en seguida que se trata de una cuestión muy comprometedora, porque la respuesta que demos afectará necesariamente a nuestra vida.

1. La historia de Jesús

Ante todo hemos de decir que Jesús fue un personaje que existió realmente y que vivió hace ahora veinte siglos. Para reconstruir su historia contamos hoy con cuatro tipos de fuentes:

  • La historia civil romana: En efecto, los grandes historiadores romanos de los siglos I y II, Flavio Josefo, Tácito, Suetonio y Plinio, nos dan noticias sobre un nuevo movimiento religioso surgido en el seno del judaísmo y que, según ellos, fue fundado por un tal Jesús que murió ejecutado siendo procurador de Judea Poncio Pilato.

  • La literatura judía contemporánea: Los escritos de los rabinos judíos del siglo I nos permiten reconstruir la cultura, las costumbres y, sobre todo, la religión de la época de Jesús.

  • Los descubrimientos arqueológicos: Las excavaciones realizadas en este siglo nos han permitido conocer muy de cerca algunos lugares relacionados con la vida de Jesús. Son particularmente importantes los descubrimientos de Nazaret, Cafarnaúm y Jerusalén. [Puede verse amplia información y abundantes imágenes al respecto en las páginas con las que enlazamos en la nuestra dedicada a Tierra Santa].

  • Los escritos del Nuevo Testamento: Se trata de las noticias conservadas por sus propios discípulos, puestas por escrito de veinte a sesenta años después de la muerte de Jesús. Ésta es la fuente más importante.

Todas estas noticias no nos permiten reconstruir una biografía completa de Jesús, pero sí fijar una serie de datos históricos perfectamente justificados y fiables. Y esto es muy importante, ya que todo el valor del mensaje de Jesús reside precisamente en que Jesús haya existido. La historia de Jesús es parte esencial del Credo cristiano: «Nació de santa María Virgen, padeció bajo el poder de Poncio Pilato, fue crucificado, muerto y sepultado, resucitó al tercer día…» Son todas afirmaciones de tipo histórico.

a) El país de Jesús

Jesús fue un hombre de raza judía que nació, vivió y murió en el territorio que los romanos llamaban «Palestina» y que coincide casi exactamente con el moderno estado de Israel. ¿En qué situación se encontraba este país hace exactamente veinte siglos?

Políticamente este territorio pertenecía al Imperio Romano. Palestina fue conquistada por las legiones romanas de Pompeyo en el año 63 antes de Cristo e incorporada a la provincia romana de Siria. Siguiendo su política de congraciarse con los pueblos conquistados, los romanos respetaron la religión judía con su culto y su organización sacerdotal. El año 37 a.C. confiaron el gobierno de Palestina a un idumeo, Herodes el Grande, que gobernó con el título de «rey aliado» hasta el año 4 a.C. en que murió. Fue un tirano sanguinario que asesinó incluso a varios miembros de su familia. En los últimos años de su reinado nacería Jesús. Cuando murió este rey, los romanos dividieron Palestina en tres partes, que confiaron a tres de sus hijos: Judea y Samaria (sur y centro) a Arquelao, que pronto sería destituido y sustituido por un procurador; Galilea (norte) a Herodes Antipas, y los territorios del nordeste del Jordán a Filipo. En los años de su vida pública, Jesús vivió bajo la jurisdicción de Herodes Antipas mientras estaba en Galilea, y bajo la jurisdicción del procurador Poncio Pilato cuando bajaba a la capital Jerusalén.

La religión judía, basada en la Ley de Moisés y en los escritos de los Profetas, giraba en torno a dos instituciones: el gran Templo de Jerusalén, verdadero centro espiritual del país, y la sinagoga, institución local donde los judíos se reunían para escuchar la palabra de Dios y para orar. Pero el judaísmo de esta época estaba dividido en una serie de tendencias o partidos, aun aceptando todos un mismo credo básico. Las dos tendencias más influyentes eran los «saduceos», miembros casi todos del alto sacerdocio, y los «fariseos», que eran muy legalistas y tenían gran influencia social. Después estaban también los «zelotas», que se oponían de forma violenta a la dominación romana; los «esenios», una especie de secta que no aceptaba ni el Templo ni su sacerdocio, y los «samaritanos», que eran considerados como herejes. Jesús se relacionó prácticamente con personas de todas las tendencias, pero no se dejó encuadrar en ninguna de ellas.

Las fuentes de riqueza eran la agricultura, la ganadería, el pequeño comercio y la pesca en el lago de Galilea y en las orillas del Mediterráneo. Pero en la época de Jesús el país era bastante pobre, debido sobre todo a la voracidad recaudatoria de los romanos. Además, la propiedad estaba en muy pocas manos: la inmensa mayoría de la población eran jornaleros, siervos y esclavos. Entre esta clase ínfima, que tenía serios problemas para subsistir, y el grupo reducido de los terratenientes, había una pequeña clase media formada por artesanos, comerciantes y patronos de pesca, que disfrutaban de una mayor libertad económica aun dentro de la penuria. Jesús nació en una familia de artesanos y tuvo contacto con todas las clases sociales, aunque se dirigió preferentemente a la clase más humilde y a lo que hoy llamaríamos mundo de la marginación.

b) La vida de Jesús

No sabemos con exactitud la fecha del nacimiento de Jesús, pero podemos aproximarnos bastante a ella. Hay que situarla entre el año 7 antes de nuestra era, en el que comenzó el censo de población que determinaría el lugar del nacimiento, y el año 4, también a.C., en el cual murió Herodes el Grande; por tanto, unos años antes de la fecha que se fijó a principios de la Edad Media para dar comienzo a nuestra era. Su madre, llamada María (Miriam en arameo), era una joven de Nazaret que, según la costumbre de la época, debía de tener alrededor de 15 años a la hora de casarse y tener el primer hijo. El que todos consideraban su padre, José, era de la estirpe del rey David y, por tanto, oriundo de Belén de Judea, patria del gran rey israelita. Cuando se casó debía de tener entre los 18 y los 25 años. Ejercía el oficio de artesano («tekton») que en aquella época abarcaba todas las tareas del ramo de la construcción: picapedrero, albañil, carpintero…

Jesús no nació en Nazaret, donde vivían sus padres, sino en Belén, el pueblo del que era natural su padre. La circunstancia humana que motivó este hecho fue el censo que mandó hacer el emperador Augusto y que obligó a José a desplazarse con su esposa a Belén, cuando ya María estaba a punto de dar a luz. Pero detrás de esta motivación política se esconde un designio providencial importante: Jesús iba a ser el «Hijo de David» por excelencia, es decir, el nuevo vástago del tronco de Jesé (el padre de David) ungido por el Espíritu para establecer definitivamente la justicia, según anunció el profeta Isaías (cf. Is 11,1-9). En él se cumpliría la antigua profecía que hizo Natán a David: «Tu dinastía y tu reino subsistirán para siempre ante mí y tu trono se afirmará para siempre» (2 Sm 7,16). Por eso el profeta Miqueas había anunciado que el Mesías nacería en la misma patria de David (cf. Miq 5,1).

Durante la mayor parte de su vida, Jesús vivió en Nazaret y trabajó en el mismo oficio de su padre. Cuando tenía aproximadamente unos 30 años se hizo bautizar por Juan el Bautista y comenzó lo que llamamos su «vida pública», que duró de dos a tres años. A este período tan corto pertenecen la mayor parte de las noticias que conservamos sobre él. Recorrió predicando casi toda Palestina, con algunas incursiones a los países vecinos que hoy llamamos Líbano, Jordania y Siria.

Los recuerdos que nos transmiten los Evangelios nos permiten dividir esta vida pública en dos períodos un poco distintos. En el primero, más intenso en desplazamientos y contactos, Jesús se dedicó a predicar a las multitudes y a ir creando un pequeño grupo de discípulos; el escenario fundamental de este período fue Galilea, y la base de operaciones la ciudad de Cafarnaúm. En el segundo, que el evangelista Lucas presenta como un largo viaje hacia Jerusalén, se concentró más en la formación de sus discípulos, mientras iba subiendo de tono su confrontación con el judaísmo oficial. Y este enfrentamiento llevó a su arresto, juicio y ejecución.

Sabemos con certeza que Jesús murió crucificado la víspera de la Pascua judía del año 30 de nuestra era. Si ese año la Pascua se hubiera celebrado normalmente según el calendario judío, extremo que no conocemos con toda seguridad, Jesús habría muerto el 6 de abril del año 30. También conocemos el lugar donde fue ejecutado: en una gran piedra situada fuera de las murallas de Jerusalén, que, quizás por su forma, la gente llamaba «La Calavera».

2. La personalidad de Jesús

La lectura atenta de los Evangelios nos permite descubrir, no sólo la trayectoria general de la vida de Jesús, sino también los rasgos fundamentales de su personalidad humana, tal como fueron percibidos por sus discípulos e incluso por sus enemigos.

a) Un hombre libre

Ya desde su adolescencia (cf. Lc 2,41-52) Jesús se manifiesta como un hombre libre frente a todo y frente a todos los que puedan obstaculizar su misión. Libre frente a su familia (cf. Mc 3,21) y a sus amigos (cf. Mc 8,31-33). Libre frente al poder político de los romanos (cf. Lc 13,31-33). Y libre, sobre todo, frente a los ritos, las prescripciones y las costumbres del judaísmo de su tiempo, cuando él creía que se convertían en obstáculos para cumplir la auténtica voluntad de Dios y servir al bien del hombre. Fue precisamente esta libertad la que irritó a todos los poderes constituidos, que decidieron acabar con él.

b) Un hombre con una experiencia religiosa profunda y original

Hay un elemento fundamental en la vida de Jesús: su obediencia radical y su confianza total en Dios, a quien le llamaba «Abba» («papá»). Lo que alimentaba su vida y daba sentido a toda su actuación era hacer la voluntad del Padre (cf. Jn 4,34). Y ésta era también la motivación y la fuerza que hacía posible su libertad: necesitaba ser libre para amar y obedecer al Padre.

No es de extrañar, pues, que fuera un gran orante: dedicaba largas horas todos los días a dialogar con el Padre (cf. Lc 6,12), y nos ha dejado oraciones de una profundidad y belleza inigualables (cf. Mt 11,25-26; Lc 11,1-3; Jn 17; Mc 14,36). Y fue precisamente su rica y original experiencia de Dios lo que quiso transmitirnos. El objetivo último de toda su vida fue manifestarnos a un Dios cercano, amigo de los hombres, liberador, que se preocupa de los últimos, que sabe acoger y perdonar y que nos convoca a todos a la gran fiesta de su Reino. En una palabra, a un Dios que es «Buena Noticia» para el hombre.

c) Un hombre con una gran sensibilidad

La fortaleza de su carácter se armonizaba con una gran riqueza de sentimientos. Era sumamente sensible para apreciar las maravillas de la naturaleza: le gustaban los montes y el mar, y se fijaba en la belleza de las flores y de los pájaros (cf. Mt 6,26-30). Pero sus sentimientos se manifiestan sobre todo en las relaciones humanas. Siente una compasión espontánea ante todo tipo de necesidad o desgracia (cf. Mc 1,41; Lc 7,11-17; Mc 6,32-33); ama profundamente a sus amigos y llora ante su muerte (cf. Jn 11,35-38; 18,8); se indigna ante la injusticia o la adulteración de la religión (cf. Mc 3,5; 10,14; Jn 2,13-22); se angustia profundamente ante la perspectiva de su muerte (cf. Mc 14,33).

d) Un hombre para los demás

Jesús dijo que «no había venido a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). En efecto, nunca buscó su propio interés, no se preocupó de su propia fama (cf. Mt 8,20), no buscó dinero ni seguridad alguna (cf. Lc 16,3), tampoco buscó el poder (cf. Jn 6,15), no vivió para una esposa ni una familia y supo renunciar a sus proyectos para servir a los demás (cf. Mc 6,32-37). Fue siempre un hombre disponible para los otros.

Además, sabía acoger a cada persona en su originalidad y en su problemática irrepetible. No pensaba en la humanidad, sino en cada hombre y en todo hombre que se cruzaba en su camino, como Zaqueo (cf. Lc 19,1-10), la samaritana (cf. Jn 4), la adúltera (cf. Jn 8,2-11)…

Y, sobre todo, estuvo siempre de parte de los que necesitaban ayuda para ser libres y encontrar la verdad de su vida: el pueblo humilde (cf. Mc 6,34), la gente inculta (cf. Jn 9,34), las personas de mala reputación (cf. Lc 7,36.50), los enfermos (cf. Mc 1,23-28), las mujeres (cf. Lc 8,2-3) y los niños (cf. Mc 10,13- 16).

3. El misterio de Jesús

a) Nacido de María, virgen

Los evangelistas Mateo y Lucas, dos fuentes independientes entre sí, afirman explícitamente un hecho desconcertante: Jesús nació sin intervención de varón (cf. Mt 1,18-20; Lc 1,34-35). No hay precedentes de una afirmación similar ni en el mundo bíblico ni en el extrabíblico. Y concretamente en el ambiente judío la virginidad no tenía ningún sentido. Los cristianos, en cambio, hemos mantenido siempre este dato que choca con las leyes de la naturaleza y que se prestó, ya en la antigüedad, a bromas de mal gusto: Orígenes, en el siglo II, se tuvo que enfrentar con la leyenda malévola de que Jesús era hijo de María y de un centurión romano que la había violado. ¿Qué significado pudo tener este acontecimiento?

Desde luego no tuvo una significación moral: no era nada indigno que Jesús naciera del amor de un hombre y una mujer, como nacemos todos por disposición del Creador. La solución hay que buscarla en la explicación que da el ángel a María: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra; por eso el santo que va a nacer se llamará Hijo de Dios» (Lc 1,35). Es decir, Dios ha querido manifestar con la intervención del Espíritu creador que con Jesús comienza algo nuevo; ha pegado un corte en la continuidad de la creación para indicar un nuevo inicio, una nueva creación. Y, sobre todo, ha querido subrayar que a Jesús no lo hemos producido nosotros, que viene desde arriba, que nos es regalado. Jesús no tiene más padre que Dios.

b) Superior a Moisés

Jesús se presentó como el único que podía interpretar legítimamente la Ley de Moisés (cf. Mt 19,7-9). Más aún, tuvo la osadía de corregir esa Ley que, para el pueblo judío, era la manifestación suprema de la voluntad de Dios. En el Sermón de la Montaña afirma varias veces: «Se dijo a los antepasados… pero yo os digo» (cf. Mt 5,21-48), cambiando así el alcance y la significación de varios preceptos de esa Ley. Con ello se colocaba por encima de Moisés y se presentaba como el único que conoce la voluntad verdadera de Dios (cf. Mt 11,27). ¿De dónde le viene esta autoridad y libertad para adoptar actitud tan inaudita?

c) Portador de la salvación

Jesús ofrece el perdón de los pecados a hombres y a mujeres (cf. Mt 9,1-8; Lc 7,36-50). Y lo hace de manera gratuita, sin exigirles una penitencia previa. Ante el escándalo de los judíos, que estaban convencidos de que esa autoridad sólo la tenía Dios, Jesús explica que el Dios verdadero es amor y perdón (cf. Lc 15). Y, además, afirma que ese Dios perdona a través de él. ¿Con qué derecho identifica su obrar con el de Dios?

Pero la oferta del perdón es sólo parte de una pretensión más inaudita: la suerte final de los hombres depende de la postura que adopten ante él (cf. Lc 12,8; Mc 8,35). Y esto es así porque está convencido de que, en su actuación y mensaje, Dios libera y salva definitivamente al hombre. ¿Cómo se puede colocar en un lugar tan decisivo entre Dios y la humanidad?

d) Hijo de Dios

Ya hemos visto que Jesús se dirigió a Dios con la misma confianza y familiaridad con que un niño judío se dirigía a su padre. Ningún judío se había atrevido nunca a llamar a Dios «Abba». Pero con este nombre, Jesús no sólo manifiesta una confianza inusitada en Dios, sino también la conciencia de estar en una relación única con él, distinta de la que pueden tener otros hombres: «Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce bien al Hijo sino el Padre, ni al Padre le conoce bien nadie sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar» (Mt 11,27). Y esta conciencia la mantendrá hasta el final, jugándose la vida por ella (cf. Lc 22,69-71).

Sí, Jesús se proclamó Hijo de Dios y explicó la afirmación diciendo: «El Padre y yo somos una misma cosa» (Jn 10,30). Ante esta pretensión, que explica todas las demás, caben cuatro reacciones, que son otras tantas respuestas a la pregunta que hemos formulado al principio:

  1. Se trata de un loco. Algunos contemporáneos, incluso familiares, lo llegaron a pensar así. Pero esta explicación no satisface: Jesús aparece como un hombre muy equilibrado. Y así lo ven incluso sus enemigos, a quienes les parece más peligroso que un loco.

  2. Es un embaucador ambicioso. Tampoco esta interpretación casa: nunca quiso aparecer como un milagrero y siempre rehuyó la tentación política. Además, el hecho de que diera su vida por mantener su pretensión da autenticidad a sus palabras.

  3. Fue una persona bienintencionada, pero que se equivocó. Quizás pensaron esto sus discípulos después de su muerte. Pero los acontecimientos inmediatos desmontaron también esta hipótesis.

  4. Jesús es el Hijo de Dios vivo. Esta fue la gran confesión de Pedro hacia la mitad de la vida pública (cf. Mt 16,16). Posteriormente creyó haberse equivocado. Pero, al tercer día después de la muerte de Jesús, tuvo que reconocer, junto con los demás apóstoles, que, en Jesús, se había encontrado con Dios mismo. Y esto es lo que predicaron por todo el mundo hasta dar la vida por ello. Lo que pasa es que, para dar esta respuesta, hace falta algo más que nuestra inteligencia y nuestro conocimiento de la historia: «Bienaventurado tú… porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre que está en el cielo» (Mt 16,17). «Nadie puede venir a mí, si el Padre que me ha enviado no le atrae» (Jn 6,44).

Si nosotros, como Pedro, somos capaces de responder que Jesús es el Hijo de Dios, es porque hemos recibido el mismo don, la fe.

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