DIRECTORIO FRANCISCANO
Santa Clara de Asís

EL TRÁNSITO DE LA DAMA POBRE
SANTA CLARA DE ASÍS

por María Victoria Triviño, o.s.c.

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LA HORA DE MORIR

Remontándonos a la época de Francisco y de Clara, se sabe que en los monasterios se celebraba la muerte como un acontecimiento feliz, y con un detallado ritual. Se iniciaba cuando, conocida la gravedad de un monje, era trasladado a la enfermería con el permiso del abad y celebraba un acto de reconciliación con la comunidad. Momentos particularmente solemnes eran los de la administración del viático y de la unción, con sus salmos y lecturas preceptivos. Impresionante era el momento de morir en tierra sobre el cilicio y la ceniza.

La reflexión sobre la muerte en sus aspectos penitenciales o de conversión insistía en lo penoso, agonía, duelo, descomposición, separación. Era algo inexorable, el camino por donde nos vamos todos. Aunque lo realmente terrible no era el morir, sino el no estar preparado y morir eternamente. Pero en el contexto religioso de salida del siglo y opción por el Reino, la muerte se aceptaba conscientemente como el fin de toda carne, y se esperaba con serenidad, y hasta con alegría, en la certeza de la vida eterna, en su sentido Pascual.

El ritual para morir de los monasterios se fue extendiendo a los laicos, tomando algunos de sus ritos y oraciones.

San Francisco

San Francisco, conocedor del ritual monástico, tomó la iniciativa en la celebración de su propia muerte. Creó unos ritos originales y muy expresivos de su identificación con Cristo. Tomó también algunos de los ritos al uso, aunque cambiando salmos y lecturas a su elección.1

Son suyos: la fracción del pan repartido entre sus hermanos; la elección del Evangelio de San Juan: «Pidió que se leyera el Evangelio de San Juan desde aquellas palabras: Seis días antes de la Pascua...»;2 la elección del Salmo 141;3 el canto de la alabanza compuesta por él mismo, el Cántico de las criaturas.

Toma del Ritual monástico la postración en tierra. «Ordenó luego que le pusieran un cilicio y que esparcieran ceniza sobre él, ya que dentro de poco sería tierra y ceniza» (1 Cel 109). Más explícito todavía: «Hizo que lo pusieran desnudo sobre la desnuda tierra» (2 Cel 214). Seguramente también celebró la confesión y la comunión bajo las dos especies, como era costumbre.

Introduce gestos propios de su condición de fundador: promesas de consuelo para los presentes y para Clara y sus hermanas (LP 7.13); la Bendición con imposición de manos «tanto para los presentes como para los ausentes» (1 Cel 109). Exhortación: «He concluido mi tarea, Cristo os enseñe la vuestra» (2 Cel 214). Y en este contexto de consolación, el mensaje de Clara inconsolable y la visita de Jacoba de Settesolli consuelan a Francisco, y la visión de fray Jacobo de Asís consuela a los hermanos: «Vio cómo el alma del santísimo Padre subía entre muchas aguas derecha al cielo. Era como una estrella, parecida en tamaño a la luna, fúlgida como el sol, llevada en una blanca nubecilla» (1 Cel 110). Francisco no estaba fuera de la predicación de su tiempo en torno a la muerte, de su sentido penitencial, y de su sentido pascual abrazándose a la muerte y resurrección del Señor. «El hecho de entender la muerte como desposeedora de la corporalidad de la persona, dejándola completamente libre, lleva a Francisco a poderla incluir en el Cántico y a poder darle la bienvenida».4 Adopta el gesto de yacer un tiempo desnudo en tierra, sobre la ceniza. Es su último acto de expropiación, el abrazo a Dama Pobreza que sella el Sagrado Intercambio. Francisco quiere morir pobre y desnudo, pegado a la tierra, como el Señor pobre y desnudo en la cruz. Francisco, verdadero amante, entregado y libre, comienza a celebrar las bodas con Cristo crucificado y resucitado. Las amargas lágrimas de la separación se transformarán en alegría.

Santa Clara

La hermana Clara no asistió a la muerte de Francisco por estar en aquellos días gravemente enferma. Desde su lecho participó en el llanto de los hermanos que veían el fin inminente de Francisco. En su lecho recibió el consuelo, cuando llegaron los frailes a cantarle el poema que el enfermo les había dictado para su consuelo y el de sus hermanas. «Escuchad, pobrecillas... Vivid siempre en caridad para morir en obediencia... Soportadlo todo en paz... y seréis coronadas con la Virgen María». Él tuvo un mensaje personal para ella: «Le dirás que no llore ni esté triste... me verá y recibirá un gran consuelo».

Clara escuchó muchas veces el relato del tránsito de San Francisco. En su relación, cada hermano subrayaría aquellos gestos y palabras que más le habían impactado, cada uno haría su comentario. Clara escuchaba desde el conocimiento que tenía del hermano del alma.

En sus escritos cita once veces la muerte, nunca en su aspecto negativo y siempre para fijar la mirada en la muerte del Hijo de Dios, o para recomendar la pobreza y desnudez, hasta el fin, como abrazo de virgen pobre a Cristo pobre y crucificado.

EL TRÁNSITO DE CLARA

Cuando a Clara le llegó la hora de morir, hizo como Francisco los gestos de fundadora: dijo palabras de exhortación y de consuelo, dejó en herencia su Forma de Vida aprobada y bulada, impartió su Bendición. Pero si Francisco quedaba ante la Orden como «otro Cristo», ella se alza gloriosa como «otra María». Eso daría un colorido diverso a la muerte de la Dama Pobre. Destacamos las notas del tránsito de Clara.

Llanto y alegría

Como Francisco expresa gozo ante los frailes llorosos e inconsolables por su muerte inminente, Clara irradia confianza y alegría en la visión positiva de la muerte. Hay un contraste de tristeza y júbilo en cada duelo cuando lo ilumina la fe. Clara y Francisco imparten su lección magistral por última vez: lo amargo se ha de transformar en dulzura de alma y cuerpo. Es el eco de la palabra del Señor que transmiten como fe pascual: «Vuestra tristeza se convertirá en gozo» (Jn 16,20).

Era costumbre, cuando se avecinaba la muerte, poner el lecho del enfermo en el centro de la habitación a fin de que la comunidad lo pudiera rodear. «Rodean el lecho de la Madre aquellas hijas... cuyas almas atravesaba una espada de dolor» (cf. Lc 2,35). La comparación lleva el dolor de las hermanas hasta el de la Virgen en el duelo del Hijo. Las hermanas lloran (Proc XI,3) porque «la espada de un dolor sin medida» (LCl 39) había caído sobre ellas. También los frailes la rodean y lloran.

Consuelo. A Inés su hermana: «Hermana carísima: es del agrado de Dios que yo me vaya; mas tú, cesa de llorar, porque llegarás al Señor enseguida de mí; y él te concederá un gran consuelo antes de que me aparte de ti» (LCl 43).

Francisco prometió a Clara un gran consuelo... Fue verle, besar sus llagas, rendirle homenaje después de muerto.

Clara promete a Inés un gran consuelo. Sin duda fue ver la glorificación de su santa hermana y el cumplimiento de la promesa de seguirla catorce días después.

Fray Ángel, lloroso, conforta a Clara con la lectura del Evangelio, e intenta dar consuelo a las hermanas. Fray León besa el lecho de Clara rindiendo en aquellos besos el homenaje a la «Madre de toda la Orden». Será fray Junípero quien conforta y enardece a Clara con sus saetas.

Confesión bella y viático. No solamente tenía el sentido de la reconciliación con Dios, sino también con la comunidad, por eso fue pública, y sor Felipa, que la escuchó, puede darle el calificativo que le merece: «Hizo su confesión tan hermosa y bella, que la testigo jamás oyó otra igual. E hizo esta confesión porque dudaba de haber ofendido en algo a lo prometido en el Bautismo» (Proc III,23).

Bella e inocente debió ser la confesión que al Papa hizo exclamar: «Ojalá no tuviese mayor necesidad de perdón yo que ella». La comunión la recibe de manos de fray Ángel de Rieti.

Memorial de la Pasión

El gran ayuno. Hacía dieciséis días que no probaba bocado. Las fiestas se preparaban con el ayuno, o con largos ayunos. A semejanza del gran ayuno que precedió a la muerte del Señor, Clara preparó su vuelo de bodas.

Oración de las cinco llagas. Pidió que se la recitase a sor Inés de Asís. «Estando santa Clara en trance de morir, exhortaba a la testigo y a las demás hermanas a que permanecieran en oración, y que la testigo le recitase la oración de las cinco llagas del Señor». Tenía en sus labios la Pasión del Señor y «el nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Proc X,10).

Sabemos que Clara rezaba la oración de las cinco llagas del Señor. No parece que esta oración, que sor Inés es invitada a recitar, llegara a recogerse por escrito. En todo caso nada ha llegado a nosotros. Seguramente se componía de cinco oraciones breves e intensas como saetas, para llevar a la contemplación y adoración de cada una de las llagas del Señor.

Es posible que Francisco también hubiera recitado estas oraciones hasta cumplírsele el deseo de verlas impresas en su propia carne. Clara vio esas llagas a Francisco y... viendo la semejanza con el Hijo de Dios, sintió el dolor y el amor en semejanza con la Madre del Señor. Cuando Clara decía esta oración con llanto en los ojos, debía recordar a la Madre dolorosa. Con espíritu materno las decía sobre el dolor del Hijo descendido de la cruz, y sobre las llagas de Francisco y de todos los hijos sufrientes... Queden impresas en mi corazón las llagas del Crucificado... Hiéreme con tus llagas, embriágame con tu cruz...: Sancta Mater, istud agas, / Crucifixi fige plagas / Cordi meo válide... / Fac me plagis vulnerari, / Fac me cruce inebriari, / Et cruore Filii (Jacopone de Todi, Stabat Mater, vv. 11.17).

Con el espíritu que palpita en la inmortal Laude Stabat Mater de Jacopone de Todi (1230-1306), rezaría Clara junto a la Virgen al pie de la cruz. Pero ahora, en la hora de pasar de este mundo al Padre, al venir la agonía de la muerte y aprestarse para vivir su pascua, pidió a una hija que dijera la oración... Sor Inés de Asís decía la oración y Clara, identificada con el Hijo, ponía su fin y su agonía en el regazo de la Madre. Corrobora esta interpretación la comparación del biógrafo con la espada de dolor que atravesaba el alma de las hermanas. Es el memorial de la Pasión, a ejemplo de Francisco, pero en clave mariana.

Aceptación de la muerte o pobreza. «Vete segura...», entrega del cuerpo. «Vete segura...», desapropiación. Con estas palabras Clara da a entender el mismo espíritu que animaba a Francisco cuando permaneció desnudo sobre el cilicio y la ceniza en la tierra.

Gestos de fundadora

Visita del Papa el 8/VIII/1253. Tiene un triple sentido: La fundadora y madre pide al Papa la bula para su Regla. Y se le otorga. Clara es reconocida por su función eclesial de alumbrar una familia evangélica nueva, por su intercesión y testimonio de santidad. Esposa en la Esposa. «La visitan asiduamente cardenales y prelados» (LCl 44). Los hombres y mujeres en tropel corren hacia San Damián.

La visita del papa Inocencio IV había sido profetizada un año antes por una benedictina de San Pablo. Era una señal. Clara recibiría la visita del Señor con los apóstoles antes de morir. El pontífice le ofrece la mano, ella pide besar el pie y lo hace amorosamente, tiernamente, acercándolo a su rostro, besándolo por la planta y empeine.

Bartoli interpreta este último gesto que supera la cortesía y en verdad está animado por una grande fe: «El gesto quiere recordar, casi seguramente, la actitud de la Magdalena a los pies de la cruz. El beso a los pies del Crucificado es una constante en las laudes de la Pasión y de la iconografía de aquella época».5 Sin embargo, un sensus femenino desde la espiritualidad, y sobre todo la reiterada pregunta a sor Amada: «¿Ves tú el Rey de la gloria que yo estoy viendo? Y esto lo dijo más veces, y pocos días después expiró» (Proc IV,19), nos inclina a interpretar el gesto de Clara en paralelo al de María, sí, pero en el huerto de la resurrección: «¡Rabbuní!».

Ciertamente se habla de la meditación de la Pasión de Clara en aquellos días, y a este gesto sigue la petición de una indulgencia plenaria que el Papa le concede con este comentario: «¡Ojalá no tuviera yo más necesidad de perdón que ella!».

Exhortación a guardar la Pobreza. Cuando recibe la Bula que aprueba su Forma de Vida la besa (Proc III, 32). Y reiteradamente exhorta a las hermanas presentes y futuras a la guarda de la altísima Pobreza, la del Hijo de Dios que les mostró Francisco.

Dice también palabras misteriosas que las hermanas se ven impotentes para retener. Pero sosiega su empeño con la advertencia de que sus palabras de este momento las entenderán después... (Proc III,21).

Invitación a la alabanza. «Hijitas mías, alabad a Dios, porque no bastarán el cielo y la tierra para tanto beneficio como he recibido de Dios, pues le he recibido a Él en el Santo Sacramento y lo he visto también en su Vicario» (Proc III,24). No se dice aquí de qué forma alaban juntas.

La Bendición de Clara. Alcanza a todas las hermanas presentes y futuras (n. 5). En la bendición hallamos algunas características: su alcance y la solidaridad entre las mujeres.

Imparte Clara una bendición destinada a renovarse, después de su muerte, en las generaciones futuras. «Os bendigo en mi vida y después de mi muerte». Alcanza a las presentes y a las futuras que no hayan sucumbido por fragilidad en la guarda de la Pobreza. Porque para todas, presentes y futuras, profetizó San Francisco: «No sólo de nosotras -dice Clara- profetizó estas cosas nuestro beatísimo padre, sino también de las demás que nos habían de seguir en la santa vocación a la cual nos llamó el Señor» (cf. TestCl 17). Lo confirma y abre su alcance el biógrafo, porque a Clara acompañan frailes, gentes del pueblo y eclesiásticos: «Bendice a sus devotos y devotas e implora la gracia de una larga bendición sobre todas las damas pobres de sus monasterios, tanto presentes como futuras» (LCl 45).

Pide la intercesión de «todas las santas». También sor Bienvenida verá que vienen las santas vírgenes a cubrirla con el velo transparente (Proc XI,4). ¿No podían haber venido también algunos santos? San Francisco, por ejemplo. «Es una añadidura significativa: para Clara no hay solamente comunión de los santos; hay también comunión de las santas, es decir, una solidaridad especial entre las mujeres que en vida tratan de obedecer al Evangelio, y las que le precedieron en el camino de la fe.

»Esta idea de una relación especial, que liga entre sí a las mujeres de fe (muertas o vivas), es patrimonio común de todas las sorores de San Damián. Los testimonios depuestos en el Proceso lo subrayan precisamente; en particular, entre todas ellas, el testimonio de Bienvenida de madonna Diambra de Asís, que vio en visión el cortejo de las santas en torno a María, que bajaba al lecho de Clara a rendirle el último homenaje».6

El amor a las santas, la predilección por la virginidad, la adhesión a la Virgen.

«La figura de María acompañó el camino vocacional de la santa de Asís hasta el final de su vida. Según un significativo testimonio dado durante su proceso de canonización, en el momento en que Clara estaba para morir, la Virgen se acercó a su lecho e inclinó la cabeza sobre ella, cuya vida había sido una radiante imagen suya».7

La oración de Clara, la cristiana, vuela en exaltación mística con la presencia de fray Junípero, al que ella llamaba Saetero de Dios. Se diría que va de fiesta. Y dando gracias por haber sido creada, Clara de Asís, la amante de Jesucristo pobre y crucificado, entregó su espíritu al Señor. Era el 11 de agosto de 1253.

NOTAS:

1) J. Treserras Basela, La muerte de San Francisco como celebración memorial, Roma 1990, Ed. Antonianum, p. 149.

2) Cf. 1 Cel 110. Se solía leer la Pasión según san Marcos.

3) Cf. 1 Cel 109.Se recitaban los Salmos 6, 31, 51, 101, 129.

4) J. Treserras Basela, La muerte de San Francisco..., p.186.

5) M. Bartoli, Clara de Asís, Oñati 1992, p. 262.

6) M. Bartoli, Clara de Asís, Oñati 1992, pp. 264-265.

7) Juan Pablo II, Mensaje a las Clarisas con ocasión del 750 aniversario de la muerte de santa Clara de Asís, L'Oss. Rom. ed. en esp. del 22-VIII-2003, p. 435.

[Triviño, María Victoria, OSC, El tránsito de la Dama Pobre, Santa Clara de Asís, en Selecciones de Franciscanismo, vol. XXXIII, n. 98 (2004) 235-241].

LA MUERTE DE SANTA CLARA
EN SUS FUENTES BIOGRÁFICAS

LEYENDA DE SANTA CLARA (LCl 39-48)

39. Había corrido Clara durante cuarenta años en el estadio de la altísima pobreza, y he aquí que, precedida de múltiples dolores, se acercaba ya al premio de la llamada suprema. Y es que el vigor de su constitución física, castigado en los primeros años por la austeridad de la penitencia, fue vencido en los últimos tiempos por una cruel enfermedad; y así, la que estando sana se había enriquecido con los méritos de sus obras, estando enferma se enriquecía con los méritos de sus sufrimientos. Puesto que la virtud se perfecciona en la enfermedad (cf 2 Cor 12,9).

Hasta qué punto su maravillosa virtud se acrisoló en la enfermedad se manifiesta principalmente en que durante veintiocho años de continuo dolor no resuena en sus labios una murmuración ni una queja; por el contrario, a todas horas brotan de sus labios santas palabras, a todas horas acciones de gracias.

Y aunque, rendida por el peso de las enfermedades, parecía que era inminente su fin, plugo, sin embargo, al Señor retrasar su tránsito hasta el momento en que pudiese ser exaltada con dignos honores por la Iglesia romana, de la que era hechura e hija singular. Es el caso que, mientras el Sumo Pontífice con los cardenales se demoraba en Lyón, Clara empezó a sentirse más apretada que de costumbre por su enfermedad, y la espada de un dolor sin medida atormentaba las almas de sus hijas.

40. Por aquellos días, una sierva de Cristo, virgen consagrada a Dios en el monasterio de San Pablo de la orden de San Benito, tiene la siguiente visión: se ve a sí misma en San Damián, juntamente con sus hermanas, asistiendo a la enfermedad de madonna Clara, y ve a ésta yacer en un lecho precioso. Y mientras lloran todas aguardando entre lágrimas el tránsito de la bienaventurada Clara, aparece una hermosa mujer a la cabecera del lecho y habla a las que lloran: «No lloréis, ¡oh hijas! -les dice-, a la que aún ha de seguir viviendo; porque no podrá morir hasta que venga el Señor con sus discípulos».

Y he aquí que a poco llegó la Curia romana a Perusa. Enterado el señor Ostiense de que la gravedad iba en aumento, se apresura a visitar desde Perusa a la esposa de Cristo, de la cual había sido por oficio, padre; por la atención, mentor; por afecto purísimo, siempre devoto amigo. Alimenta a la enferma con el sacramento del Cuerpo del Señor, alimenta también a las demás con la exhortación de una saludable plática.

Suplica ella con lágrimas a este padre únicamente que, por el nombre de Cristo, tome bajo su amparo su alma y las de las otras damas. Pero sobre todo le pide que le obtenga del señor Papa y de los cardenales la confirmación del privilegio de la pobreza; lo que aquel fidelísimo amigo de la Orden, cual lo prometió de palabra, lo realizó en los hechos.

Al cabo de un año, el señor Papa se trasladó desde Perusa a Asís con los cardenales, cumpliéndose así la referida visión sobre el tránsito de la santa. Porque hay que tener en cuenta que el Sumo Pontífice, colocado entre Dios y los hombres, representa a la persona misma del Señor; y así, en el templo de la Iglesia militante le rodean familiarmente los señores cardenales, como a Cristo sus discípulos.

41. Se apresura ya la divina Providencia a cumplir sus propósitos respecto a Clara; se apresura Cristo a sublimar al palacio del reino soberano a la pobre peregrina. Ansía ya ella y suspira con todo su anhelo verse libre de este cuerpo de muerte (cf. Rm 7,24) y contemplar en las etéreas mansiones a Cristo reinante, a quien pobre en la tierra, ella, pobrecilla, ha seguido de todo corazón. Y he aquí que a sus benditos miembros, deshechos ya por viejas dolencias, se les suma una extrema debilidad, que presagia su próxima llamada hacia el Señor y le prepara el camino de la salud eterna.

Se da prisa el señor Inocencio IV, de santa memoria, juntamente con los cardenales, por visitar a la sierva de Cristo, y no duda en honrar con su presencia papal la muerte de aquella cuya vida había comprobado tan superior a la de las demás mujeres de nuestro tiempo. Entrando en el monasterio, se dirige al lecho y acerca su mano a los labios de la enferma para que la bese. La toma ella con suma gratitud y pide besar con exquisita reverencia el pie del Papa. Se acomoda bondadosamente sobre un escaño de madera el cortés Pontífice, y le presenta su pie, que ella llena de besos en la planta y en el empeine, reclinando sobre él reverentemente su rostro.

42. Pide luego con rostro angelical al Sumo Pontífice la remisión de todos sus pecados. Y él exclama: «¡Ojalá no tuviera yo más necesidad de perdón!»; y le imparte, con el beneficio de una total absolución, la gracia de una bendición amplísima. Cuando todos se retiran, como aquel día había recibido también de manos del ministro provincial la sagrada Hostia, levantados los ojos al cielo y juntas las manos hacia Dios, dice con lágrimas a sus hermanas: «Hijitas mías, alabad al Señor, ya que Cristo se ha dignado concederme hoy tales beneficios, que cielo y tierra no se bastarían para pagarlos. Hoy -prosiguió- he recibido al Altísimo y he merecido ver a su Vicario».

43. Rodean el lecho de su Madre aquellas hijas que muy pronto quedarán huérfanas, cuyas almas atravesaba una espada de dolor.

No las retrae el sueño, no las aparta el hambre; sino que, olvidadas del lecho y de la mesa, día y noche tan sólo piensan en llorar. Entre ellas, la devota virgen Inés, saturada de amargas lágrimas, le dice insistentemente a su hermana que no se marche abandonándola a ella. Le responde Clara: «Hermana carísima, es del agrado de Dios que yo me vaya; mas tú cesa de llorar, porque llegarás ante el Señor en seguida de mí, y Él te concederá un gran consuelo antes de que me aparte de ti».

44. Se la ve, finalmente, debatirse en la agonía durante muchos días, en los que va en aumento la fe de las gentes y la devoción de los pueblos. La visitan asiduamente cardenales y prelados honrándola cada día como a verdadera santa. Y es ciertamente admirable que, no pudiendo tomar alimento alguno durante diecisiete días, la vigorizaba el Señor con tanta fortaleza, que podía ella confortar en el servicio de Cristo a cuantos la visitaban. Y como el piadoso varón fray Rainaldo la exhortara a la paciencia en aquel prolongado martirio de tan graves enfermedades, ella, con voz clara y serena, le contestó: «Desde que conocí la gracia de mi Señor Jesucristo por medio de aquel su siervo Francisco, ninguna pena me resultó molesta, ninguna penitencia gravosa, ninguna enfermedad, hermano carísimo, difícil».

45. Mostrándose ya más cerca el Señor, y como si ya estuviera a la puerta, quiere que le asistan los sacerdotes y los hermanos espirituales, para que le reciten la pasión del Señor y sus santas palabras. Cuando aparece entre ellos fray Junípero, notable saetero del Señor, que solía lanzar ardientes palabras sobre Él, inundada de renovada alegría, pregunta si tiene a punto alguna nueva. Él, abriendo su boca, desde el horno de su ferviente corazón, deja salir las chispas llameantes de sus dichos, y en sus palabras la virgen de Dios recibe gran consuelo.

Vuélvese finalmente a las hijas que lloran para recomendarles la pobreza del Señor y les recuerda con ponderación los beneficios divinos. Bendice a sus devotos y devotas e implora la gracia de una larga bendición sobre todas las damas pobres de sus monasterios, tanto presentes como futuros.

¿Quién podrá relatar el resto sin llorar? Están presentes aquellos dos benditos compañeros del bienaventurado Francisco: Ángel el uno, que, lloroso él, consuela a las que lloran; León el otro, que besa el lecho de la moribunda. Plañen las hijas desamparadas ante la separación de la piadosa madre y acompañan con lágrimas a quien se les va y no han de ver más en la tierra. Duélense muy amargamente de que todo su consuelo se les marcha con ella y de que, abandonadas en este valle de lágrimas, ya no se verán más consoladas por su maestra.

A duras penas, únicamente el pudor retiene sus manos para que no se desgarren sus cuerpos; y el fuego del dolor se hace más ardiente porque no puede evaporarse con el llanto exterior. La observancia conventual ordena silencio, pero la violencia del dolor les arranca gemidos y sollozos; los rostros están ya tumefactos por las lágrimas, mas el ímpetu del corazón lacerado les suministra nuevos ríos de llanto.

46. Entretanto, la virgen santísima, vuelta hacia sí misma, habla quedamente a su alma: «Ve segura -le dice-, porque llevas buena escolta para el viaje. Ve -añade-, porque aquel que te creó te santificó; y, guardándote siempre, como la madre al hijo, te ha amado con amor tierno. Tú, Señor -prosigue-, seas bendito porque me creaste».

Preguntándole una de las hermanas que a quién hablaba, ella le respondió: «Hablo a mi alma bendita». No estaba ya lejano su glorioso tránsito, pues, dirigiéndose luego a una de sus hijas, le dice: «¿Ves tú, ¡oh hija!, al Rey de la gloria a quien estoy viendo?»

La mano del Señor se posó también sobre otra de las hermanas, quien con sus ojos corporales, entre lágrimas, contempló esta feliz visión: estando en verdad traspasada por el dardo del más hondo dolor, dirige su mirada hacia la puerta de la habitación, y he aquí que ve entrar una procesión de vírgenes vestidas de blanco, llevando todas en sus cabezas coronas de oro. Marcha entre ellas una que deslumbra más que las otras, de cuya corona, que en su remate presenta una especie de incensario con orificios, irradia tanto esplendor que convierte la noche en día luminoso dentro de la casa. Se adelanta hasta el lecho donde yace la esposa de su Hijo e, inclinándose amorosísimamente sobre ella, le da un dulcísimo abrazo. Las vírgenes llevan un palio de maravillosa belleza y, extendiéndolo entre todas a porfía, dejan el cuerpo de Clara cubierto y el tálamo adornado.

A la mañana siguiente, pues, del día del bienaventurado Lorenzo, sale aquella alma santísima para ser laureada con el premio eterno; y, disuelto el templo de su carne, el espíritu emigra felizmente a los cielos. Bendito este éxodo del valle de miseria que para ella fue la entrada en la vida bienaventurada. Ahora, a cambio de sus austerísimos ayunos, se alegra en la mesa de los ciudadanos del cielo; y desde ahora, a cambio de la vileza de las cenizas, es bienaventurada en el reino celeste, condecorada con la estola de la eterna gloria.

47. La noticia del tránsito de la virgen conmovió de inmediato, con impresionante resonancia, a toda la ciudad.

Acuden en tropel los hombres, acuden en masa las mujeres al lugar, y es tal la marea de gente que afluye, que la ciudad parece desierta. Todos la proclaman santa, todos la llaman amada de Dios y no pocos, en medio de las frases laudatorias, rompen a llorar. Acude el podestá con un cortejo de caballeros y una tropa de hombres armados, y aquella tarde y toda la noche hacen guardia vigilante, no sea que perdiesen algo de aquel precioso tesoro que está al alcance de todos.

Al día siguiente se pone en movimiento toda la Curia: el Vicario de Cristo, con los cardenales, llega al lugar, y toda la población se encamina hacia San Damián. Era justo el momento en que iban a comenzar los oficios divinos y los frailes iniciaban el de difuntos; cuando, de pronto, el señor papa dice que debe rezarse el oficio de las vírgenes, y no el de difuntos, como si quisiera canonizarla antes aún de que su cuerpo fuera entregado a la sepultura. Observándole el eminentísimo señor Ostiense que en esta materia se ha de proceder con prudente demora, se celebra por fin la misa de difuntos.

A continuación, sentándose el Sumo Pontífice, y con él la comitiva de cardenales y prelados, el obispo Ostiense, tomando como tema el de vanidad de vanidades, elogia en notable sermón a esta gloriosa despreciadora de la vanidad.

48. A continuación, los cardenales presbíteros, con devota deferencia, rodean el santo cadáver y, en torno al cuerpo de la virgen, terminan los oficios de ritual. Al final, considerando que ni es seguro ni conveniente que tan inestimable tesoro quede a trasmano de los ciudadanos, en medio de himnos y cánticos, entre sones de trompeta y júbilo extraordinario, la levantan y la conducen con todo honor a San Jorge.

Este es el mismo lugar donde el cuerpo del santo padre Francisco había sido enterrado primeramente, como si quien le había trazado mientras vivía el camino de la vida, le hubiese preparado como por presagio el lugar de descanso para cuando muriera.

Muy pronto comenzó a acudir al túmulo de la virgen gran concurrencia de pueblo que alababa a Dios y clamaba: «Verdaderamente santa, verdaderamente gloriosa, reina con los ángeles la que tanto honor recibe de los hombres en la tierra. Intercede por nosotros ante Cristo, tú, primiceria de las Damas Pobres, que a tantos guiaste a la penitencia, a tantos a la vida».

Al cabo de pocos días, Inés, llamada a las bodas del Cordero, siguió a su hermana Clara a las eternas delicias; allí entrambas hijas de Sión, hermanas por naturaleza, por gracia y por reinado, exultan en Dios con júbilo sin fin.

Y por cierto que antes de morir recibió Inés aquella consolación que Clara le había prometido. En efecto, como había pasado del mundo a la cruz precedida por su hermana, asimismo, ahora que Clara comenzaba a brillar con prodigios y milagros, Inés pasó ya madura, en pos de ella, de esta luz languideciente, a resplandecer por siempre ante Dios. Por concesión de nuestro Señor Jesucristo, quien vive y reina con el Padre y el Espíritu Santo por los siglos de los siglos. Amén.

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NOTIFICACIÓN OFICIAL DE LA MUERTE DE SANTA CLARA

[Existe para santa Clara, como para san Francisco, un documento interesante redactado a raíz de la muerte, respectivamente, de él o de ella: una carta circular por la que se comunica a todas las Hermanas del mundo el acontecimiento con noticias dignas de atención acerca del personaje recién difunto. En el caso de san Francisco fue Fr. Elías quien hizo la comunicación, destacando sobre todo la maravilla de las Llagas, impresas milagrosamente en el cuerpo del Seráfico Patriarca. El documento relativo a santa Clara, que contiene un resumen de toda su admirable vida, parece estar redactado no por las mismas monjas, sino por algún curial de la cancillería del cardenal Rainaldo, protector de la Orden, presente en los funerales de la santa, con la Curia romana.]

A todas las hermanas de la Orden de San Damián extendidas por el mundo, las hermanas que moran en Asís les desean salud en el Autor de ella.

Mientras nos atormenta el aguijón de una lúgubre tristeza, vamos a comunicaros, no sin lágrimas, la desconsoladora historia, y os referiremos, no sin dolorosos lamentos, la funesta noticia: el espejo de la estrella matutina, en cuyo esplendor admirábamos nosotras el reflejo de la luz verdadera, ha desaparecido de nuestra vista; pereció la que era apoyo de nuestra vida religiosa, y la portadora de nuestra profesión ha recorrido ya, ¡oh dolor!, el estadio de la peregrinación humana. Madonna Clara, guía, venerable madre y formadora nuestra, reclamada por el mensajero que disuelve los vínculos de la carne, a saber, la muerte, ha volado hace poco al tálamo del celestial Esposo. Y su triunfal partida y tránsito solemne de la tierra al cielo, de la sombra de las tinieblas a la región luciente, aunque espiritualmente colma de gozo nuestros sentidos, desde el punto de vista temporal vela nuestros ojos con un aluvión de llanto; ya que, si bien es cierto que sustrajo sus pasos del terreno resbaladizo del placer humano y los dirigió por la senda de la salvación, pero al mismo tiempo ella se ocultó, ¡ay!, a nuestros ojos. Por culpa tal vez de nuestra imperfección, plugo al Señor que Clara, gloriosa, irradie su claridad en el trono del cielo más bien que no siga presidiendo graciosa a las hermanas desde su sede de la tierra.

Y, ciertamente, bien acreedora se había hecho a este premio de la eterna retribución quien, si repasamos los méritos de su santidad, vemos que ya desde sus tiernos años había florecido en la divina contemplación; quien había derramado sus ansias de piedad en ingenuas devociones; la que había reservado para los esponsales con Cristo, rechazando a los galanes de esta tierra, el lirio de su pudor virginal; quien de tal modo se había enlazado nupcialmente con el anillo de su amor, que no obstante el esplendor de su belleza, pese a sus copiosos bienes y a su ilustre cuna, al llegar a la edad núbil, vistió un pobre sayal en vez de la púrpura de desposada, una mortaja en lugar del traje nupcial y, a cambio del cinturón marital, una tosca cuerda.

¡Oh conyugio solemne, oh virginidad prolífica, que, limpia de todo carnal contacto, se resuelve empero en tan abundante y numerosa prole! ¡Oh maravillosa fecundidad de un germen que, sin conocer corrupción alguna, propaga una descendencia incontable con el hálito del soplo divino!

Llenaos de estupor, ¡oh hermanas!, considerando con cuántos ejemplos de virtud brilla aquí la natural sensibilidad femenina y con qué vigor de fortaleza reluce. Clara supera con su andar inmaculado el fango de la lubricidad mundana; no prorrumpe en gemidos quejumbrosos ni abre la boca a lamentaciones seniles, no obstante sentirse herida por el punzón de una larga enfermedad y estar roída por la debilidad de una edad avanzada. Cuanto más oprimida se siente por el calcañar de su dolencia, tanto más rendidamente ofrece al Señor el cántico de alabanza. Con qué cíngulo de sobriedad iría ceñida y en qué llama de caridad estaría encendida quien de tal modo sustraía sus velas, con las manos de la modestia, a los vientos tempestuosos, que ningún ímpetu de adversa borrasca podía turbar la tranquilidad de su alma; la que, confortando nuestros pechos para el abrazo con la divinidad, los reanimaba amorosamente con el antídoto de un consuelo ininterrumpido.

Y cuando advertía, según los casos, que algunas carecían de suficiente vestido, que otras sufrían hambre o sed, aportaba remedio susurrando cariñosa estas palabras: «Soportad con gentileza, llevad con paciencia las cargas de la pobreza y aceptad con humildad el peso de la indigencia, porque la paciencia ejercitada en obsequio a la divinidad conducirá a quienes la practican a las delicias del paraíso y les proporcionará el tesoro de la eterna recompensa».

¿Para qué hablar más? No puede explicarse con expresiones humanas la hondura de tanta bienaventuranza. Mas conviene conozcáis al menos el regalo que por la gracia de Dios recibió ella en sus momentos finales; ya que la visitó, agonizante, el Vicario de Cristo con su venerable colegio de cardenales, y lo que es más de agradecer aún, presidiendo sus funerales, honró con solemnes exequias su cadáver.

Ante su muerte, aun cuando según la carne una pena desgarradora nos lacera las entrañas, queremos extender la diestra de nuestro espíritu a la gloria de la divina alabanza, a la palma del eterno gozo; por si nuestra mísera inteligencia mortal es capaz de imaginar entre qué danzas de júbilo de las milicias del ejército celestial marcha Clara al encuentro de las almas bienaventuradas y presenta ante los ojos del Creador la milagrosa máquina de su venerable cuerpo que, operando por el poder del mismo Hacedor, resplandece con el fulgor de innumerables milagros...

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PROCESO DE CANONIZACIÓN DE SANTA CLARA

Tercera testigo: Sor Felipa

20. Dijo también la testigo que, estando la dicha madonna y santa madre Clara cercana a la muerte, una noche, al comienzo del sábado, la bienaventurada madre comenzó a hablar, expresándose así: «Vete segura en paz, porque tendrás buena escolta: el que te creó, antes te santificó, y después que te creó puso en ti el Espíritu Santo, y siempre te ha mirado como la madre al hijo a quien ama». Y añadió: «¡Bendito seas Tú, Señor, porque me has creado!» Y dijo muchas cosas hablando de la Trinidad, tan sutilmente, que las hermanas no la podían entender bien.

21. Y, diciendo la testigo a una hermana que estaba allí: «Tú, que tienes buena memoria, retén bien en la mente lo que dice la madonna», ella oyó la frase y dijo a las hermanas que estaban allí presentes: «Recordaréis lo que ahora digo en la medida en que os lo conceda Aquel que me lo hace decir».

22. Además, una hermana llamada sor Anastasia preguntó a la madonna con quién o a quién hablaba cuando dijo las primeras palabras referidas más arriba. Y ella le contestó: «Hablo a mi alma».

23. Y añadió la testigo que, durante toda la noche de aquel día en que ella pasó de esta vida, aconsejó a las hermanas, predicándoles. Y al final hizo su confesión, tan hermosa y buena, que la testigo nunca había oído cosa igual. Y esta confesión la hizo porque dudaba haber ofendido en algo a la fe prometida en el bautismo.

24. Y el señor papa Inocencio fue a visitarla cuando estaba gravemente enferma. Y ella dijo después a las hermanas: «Hijitas mías, alabad a Dios, porque el cielo y la tierra no son bastantes para tantos beneficios como yo he recibido de Dios, pues le he recibido hoy en el santo Sacramento y he visto también a su Vicario».

Preguntada sobre cómo sabía las dichas cosas, respondió: porque las había visto y había estado presente.

Preguntada sobre cuántos días antes de la muerte de madonna Clara había ocurrido esto, respondió: pocos días antes.

32. Y al fin de su vida, llamando a todas sus hermanas, les recomendó encarecidamente el Privilegio de la Pobreza. Y con grandes deseos de tener bulada la regla de la Orden y de poder besar un día la bula y al día siguiente morir, le ocurrió como deseaba; pues, ya próxima a la muerte, llegó un fraile con las Letras buladas, y, tomándolas reverentemente, ella misma se llevó la bula a los labios para besarla.

Y luego, al día siguiente, pasó de esta vida al Señor la sobredicha madonna Clara, verdaderamente Clara, sin mancha, sin oscuridad de pecado, a la claridad de la luz eterna. Y esto la testigo, y todas las hermanas, y todos los demás que conocieron su santidad, lo tienen por indudable.

Cuarta testigo: Sor Amada

19. Dijo también que, estando madonna Clara a punto de pasar de esta vida -es decir, el viernes anterior a su muerte-, dijo a la testigo, que había quedado a solas con ella: «¿Ves tú al Rey de la gloria, al que yo estoy viendo?»

Y esto lo dijo más veces, y pocos días después expiró.

Décima testigo: Sor Inés

10. Dijo también que, estando santa Clara cercana a la muerte, exhortaba a la testigo y a las otras hermanas a permanecer en oración, y pedía a la testigo que recitase la oración de las cinco llagas del Señor. Y, dentro de lo que se le podía entender, pues hablaba muy bajo, tenía continuamente en los labios la Pasión del Señor, y lo mismo el nombre de nuestro Señor Jesucristo.

Y casi la última palabra que la santa madre habló a la dicha testigo fue ésta: «Preciosa es a los ojos del Señor la muerte de sus santos» (Sal 115,15).

Undécima testigo: Sor Bienvenida

3. Dijo también la testigo que entre el viernes y el sábado, tercer día antes de la muerte de madonna Clara, de feliz memoria, la testigo estaba sentada junto al lecho de la madonna, con otras hermanas, llorando la muerte de tal y tan grande madre. Y sin que nadie le hablase, la madonna comenzó a encomendar su alma, diciendo así: «Vete en paz, pues tendrás buena escolta; porque el que te creó previó antes que serías santificada; y, después que te creó, infundió en ti el Espíritu Santo; y luego te ha cuidado como la madre a su hijo pequeñito».

Y una hermana, llamada sor Anastasia, preguntó a la madonna con quién hablaba y a quién decía aquellas palabras, y la madonna respondió: «Hablo a mi alma bendita».

4. Y entonces la testigo comenzó en seguida a reflexionar sobre la grande y maravillosa santidad de madonna Clara; y en este pensamiento le parecía que toda la corte celestial se ponía en movimiento y se preparaba para honrarla. Y especialmente nuestra gloriosa Señora, la bienaventurada Virgen María, preparaba sus prendas para vestir a la nueva santa. Y mientras la testigo se entretenía pensando e imaginando esto, vio de pronto con los ojos de su cuerpo una gran multitud de vírgenes, vestidas de blanco, con coronas sobre sus cabezas, que se acercaban y entraban por la puerta de la habitación en que yacía la dicha madre santa Clara. Y en medio de estas vírgenes había una más alta, y, por encima de lo que se puede decir, bellísima entre todas las otras, la cual tenía en la cabeza una corona mayor que las demás. Y sobre la corona tenía una bola de oro, a modo de un incensario, del que salía tal resplandor, que parecía iluminar toda la casa.

Y las vírgenes se acercaron al lecho de la dicha madonna santa Clara. Y la que parecía más alta la cubrió primero en el lecho con una tela finísima, tan fina que, por su sutileza, se veía a madonna Clara, aun estando cubierta con ella.

Luego, la Virgen de las vírgenes, la más alta, inclinó su rostro sobre el rostro de la virgen santa Clara, o quizá sobre su pecho, pues la testigo no pudo distinguir bien si sobre el uno o sobre el otro. Hecho esto, desaparecieron todas.

Preguntada sobre si la testigo entonces velaba o dormía, contestó que estaba despierta, y bien despierta, y que eso fue entrando la noche, como se ha dicho.

Preguntada sobre quiénes estaban presentes, dijo que había varias hermanas, de las que unas dormían y otras velaban; pero no sabía si vieron las cosas que vio ella, pues la testigo no se lo había revelado a nadie nunca hasta ahora.

Preguntada sobre cuándo y en qué día había sucedido esto, contestó: el viernes, al anochecer; y la santísima madonna Clara murió luego, el lunes siguiente.

Decimotercera testigo: Sor Cristiana

10. Declaró también que la dicha madonna Clara, en la enfermedad de que murió, no dejaba nunca de alabar a Dios, exhortando a las hermanas a la perfecta observancia de la Orden, y, sobre todo, al amor de la pobreza.

Preguntada por cómo lo sabía, dijo que muchas veces había estado presente.

Decimocuarta testigo: Sor Angeluccia

7. Declaró también la testigo que la muerte de la dicha madonna Clara fue maravillosa y gloriosa; y que pocos días antes de su muerte, una tarde comenzó a hablar de la Trinidad y a decir otras palabras sobre Dios con tal sutileza, que muchos doctos apenas la habrían podido comprender; y dijo otras cosas más.

Preguntada sobre qué otras palabras había dicho, respondió y dijo lo mismo que acerca de esto había dicho sor Felipa, citada antes.

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