DIRECTORIO FRANCISCANO
Santa Clara de Asís

LA ALIANZA NUPCIAL CON CRISTO
EN LAS CARTAS DE SANTA CLARA DE ASÍS

por Elena Marchitielli

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La autora hace en este estudio una relectura de las cartas de santa Clara a la luz de la siguiente clave de interpretación: la vida religiosa es sentida y experimentada por Clara en San Damián como una alianza nupcial sellada con Cristo. Las cuatro cartas a Inés de Bohemia o de Praga están concebidas y elaboradas sobre esta base bíblica. La única intención de Clara es mostrar a su hija y hermana espiritual, geográficamente distante, que tal verdad no sólo es necesaria e indispensable para la vida religiosa, sino también indicarle que solamente la referida alianza nupcial confirma y justifica la renuncia al amor humano, al derecho de poseer bienes materiales y al ejercicio de la propia autonomía y libertad. Todas estas cosas se ofrecen al único Señor, Jesucristo, con el que cada persona consagrada está íntimamente unida a través de una alianza nupcial. De manera particular, la autora analiza dos temas: la alianza nupcial con Cristo y la suma pobreza, y la alianza nupcial con Cristo vivida como experiencia mística.

Quien saborea con fruición y asiduidad los contenidos del mensaje de la Biblia se convence cada vez más de que pocos términos recorren la Escritura de principio a fin como el de «alianza». Y creo que esto se debe al peso simbólico y existencial que tal categoría, la «alianza», tuvo, primero, en la formación del antiguo Israel y, después, en la economía neotestamentaria con la fundación del nuevo pueblo de santos, la Iglesia.

La misma vida consagrada, desde sus orígenes evangélicos hasta la llegada de la Escolástica y la sistematización del pensamiento tomista, reconoció en la alianza nupcial, sellada con Cristo en el acto de la profesión religiosa, su fundamento teologal y cristológico. Pero el curso de la historia, como es sabido, no siempre procede de un modo lineal, desarrollando de manera armónica y consecuente las premisas originarias de ciertos acontecimientos; así, en el caso de la vida religiosa, la reflexión teológica, a partir de la baja Edad Media, se encauzó decididamente por otras pistas y por caminos de signo contrario, dando lugar a una ruptura con el anterior patrimonio bíblico, teológico, patrístico y jurídico. Una ruptura secular que ha causado a la vida consagrada daños notables y no pocos estragos. Hoy, después de muchas fatigas, búsquedas tenaces y debates, se perciben aquí y allá los signos de la recuperación de una verdad que durante cerca de trece siglos animó y fundamentó la experiencia de los consagrados en la Iglesia. En efecto, por diversas partes se está tomando cada vez más conciencia de que se trata de recuperar una verdad básica, sin la cual, como sigue demostrando puntualmente la experiencia, no es posible construir una auténtica vida de total donación a Dios, tal como la pensó y la quiso su mismo fundador, Jesucristo.

Ciertamente, los intentos, con frecuencia laboriosos, de conducir de nuevo la teología de la vida consagrada a su cauce natural, que es justamente el ámbito de la alianza nupcial con Cristo, se han debido en verdad a unos pocos espíritus clarividentes y conocedores profundos de tal realidad. Pero es mérito de Juan Pablo II el haber demostrado, con la autoridad de su magisterio, que esa «pequeña grey» había acertado, acogiendo en su exhortación apostólica «Redemptionis donum» (1984) los resultados de decenios de estudio y de apasionada búsqueda, aunque una mala traducción del texto latino traicione el pensamiento genuino del Papa.1 Hay que reconocer finalmente que el magisterio del Pontífice ha puesto orden en esta materia, porque afirma sin medios términos que lo que constituye el fundamento teológico de la vida religiosa no son los consejos evangélicos, sino «el pacto», «la alianza nupcial con Cristo», por lo que los consejos evangélicos son únicamente un modo de explicitar tal «pacto» (foedus).

En este intento de «reconstrucción» de la vida religiosa no es de poca monta profundizar en la experiencia mística de santa Clara, experiencia fundada en una relación personalizada con Cristo, y relación expresada en términos de alianza nupcial. Nos proponemos, por tanto, identificar la concepción que tuvo Clara de la vida religiosa, y hacerlo a través de sus «cartas», porque en esta «catequesis» suya es donde santa Clara revela sus más profundas convicciones sobre la vida consagrada.

En este trabajo trataremos, en primer lugar, de cómo comprende Clara la vida religiosa, siguiendo el pensamiento de Clara y su desarrollo en las cuatro cartas a Inés. En efecto, las cartas de Clara demuestran, de forma inequívoca, cómo toda la experiencia de la Santa se construye en torno a la persona de Cristo, en la dimensión de la nupcialidad y en el empeño en querer seguir, poseer, admirar y espejarse en Él solo. De esto se deduce que, para Clara, los consejos evangélicos de pobreza, castidad y obediencia, en armonía con la teología de su tiempo, son sólo medios para expresar una realidad mucho más profunda, cual es justamente el pacto nupcial sellado con Cristo en un momento preciso de la propia existencia.

En segundo lugar, detendremos nuestra atención en el binomio alianza nupcial y pobreza. Recorriendo las cartas, no nos será difícil demostrar que Clara expresa hasta visiblemente su «connubio» con Cristo con el empeño de vivir en pobreza absoluta. En la Regla de Clara, el mandato evangélico «ve», «vende», «distribuye a los pobres», subsumido directamente de Francisco y de su legislación, es una decisión requerida como condición necesaria para ratificar la alianza nupcial con Jesucristo.

Por último, entresacaremos de las cartas de santa Clara los valores místicos de la experiencia nupcial con Cristo.

1. La profesión religiosa concebida y vivida por Clara
como «pacto nupcial» con Cristo

El interés personal por una correcta comprensión de los problemas subyacentes en la vida religiosa de estos últimos tiempos me ha ofrecido la posibilidad de constatar y verificar un «retorno», lento pero progresivo, y esperemos que imparable, de la vida religiosa a su antiguo fundamento evangélico. Por otra parte, la celebración del VIII Centenario del nacimiento de Clara de Asís ha creado en mí la exigencia de releer sus cartas a la luz del concepto bíblico de «alianza» y demostrar que la Santa umbra alimentó en esta fuente su visión de la vida religiosa.

Se trata de una temática que ni siquiera en el año centenario ha sido afrontada, y ésta es la «novedad» que justifica esta pequeña contribución, convencida como estoy de que en materia de publicaciones e investigaciones culturales habría que aplicar con mayor rigor el principio metafísico de la economía occamista: «No hay que multiplicar las cosas sin necesidad».

Así pues, la elección que he hecho depende de un doble orden de motivaciones: 1.º profundizar en la reflexión sobre la realidad de la alianza nupcial con Cristo como hecho constitutivo de la vida de Clara de Asís, como lo demuestran las cartas enviadas por ella a Inés de Praga o de Bohemia; 2.º ofrecer una contribución histórico-teológica para volver a comprender hoy la vida consagrada a la luz de su fundamento, o sea, su condición de ser ante todo y sobre todo un «pacto» de naturaleza nupcial hecho con el mismo Cristo; y ésta es la concepción que tiene Clara de su vida y de la vida consagrada en general, como se deduce de sus escritos y como intentaré demostrar en este trabajo.

Al afrontar esta materia es necesario liberar inmediatamente el campo de un prejuicio que viene de lejos, y dejar bien sentado que Clara hace profesión de vivir la alianza nupcial con la persona de Cristo. El concepto de «voto» y de profesión de los «votos» le es del todo desconocido, por el simple hecho de que su reflexión se alimenta en las fuentes de la teología anterior a la escolástica y al tomismo.

Así, después de tantas relaciones y estudios como llenan este año centenario: sobre el rostro femenino del franciscanismo; sobre la personalidad de Clara, vista como el complemento del Seráfico de Asís, y esto, vale la pena repetirlo, en el plano de la gracia y en el plano de la constitución ontológica de la díada humana, hecha de reciprocidad en la diferencia; después de tantas cosas como se han dicho y escrito sobre la oración y la clausura, la pobreza y la vida fraterna, la amistad y el respeto a todo ser creado; después de todo eso, decimos, este trabajo no quiere llamar la atención sobre un tema referente a la literatura, ni pretende indagar aspectos aún inexplorados de la vida de Clara, sino que quiere volver al fundamento sobre el que Clara edifica su experiencia de mujer consagrada en su tiempo. Esto es vital hoy, sobre todo para nosotros, que somos herederos de una teología que, sólo a ráfagas y gracias a unas pocas voces, consigue entrever el verdadero horizonte de la vida religiosa. También, a una escala más amplia, es una enseñanza válida para todo bautizado, hombre o mujer, que se interrogue sobre el sentido de su ser en el mundo, de su vivir, de su hacer y de su morir: lanzado por una especie de nostalgia a la búsqueda de «otro» significado que dar a la aventura humana, buscador de una respuesta que ofrecer a la urgente demanda de fundamento y de significado, cosa que en nuestro tiempo parece cada vez más difícil de individuar. Por eso, como dijo Juan Pablo II, es necesario volver también a Clara de Asís, para recuperar en plenitud la verdad-eje de una vida totalmente entregada a Dios, o sea, su condición de ser una alianza nupcial con Cristo. Sólo si tal doctrina, con todo lo que ella significa y expresa en el plano de la vida, sale de la nebulosidad que de muchas maneras aún la determina, y entra en las dimensiones concretas del existir, la vida de las comunidades religiosas y de las personas individuales se renovará en profundidad, realizando los deseos del Vaticano II, y la recuperación del fundamento evangélico dará mucho fruto. Y no sólo los consagrados, sino toda la Iglesia, gracias al misterioso principio que enlaza en unidad a los miembros del cuerpo místico de Cristo, llamados todos, con diversas vocaciones y carismas, a la santidad, notará los beneficiosos efectos de esta especie de revolución copernicana en el campo religioso.

Superados los problemas y las dudas acerca de la autenticidad de las cuatro cartas de Clara a Inés de Praga, se entiende que estos Escritos ofrecen una clave preciosa de lectura para comprender un poco mejor la personalidad de la Santa, la densidad de sus pensamientos, deseos y emociones, las líneas fundamentales de su espiritualidad, la comprensión que Ella tenía de su vida;2 a la vez que una investigación estilística demostraría, muy probablemente, un saber adquirido también con el estudio.

En las cartas a Inés, el término «alianza» se encuentra todo él comprendido y significado en el tema de las «nupcias», del «connubio» entre Inés y Cristo, en el «sanctum propositum», «santo propósito» de seguir a Cristo durante toda la vida, en el «foedus» o «pacto» que une a los dos contrayentes en comunión de vida y de finalidad (1 Tim 5,11-12).

Clara conoce la Escritura y vive de sus enseñanzas y, por tanto, desea que también la hermana e hija espiritual lejana fundamente su experiencia de consagrada sobre esta comunicabilidad dialógica y nupcial con Cristo; es la comunión que el Evangelio propone a todo bautizado y, de modo particular, a quien es llamado a revivir su experiencia y a proponer de nuevo al mundo su estilo de vida pobre, casta y obediente. Ciertamente, no se comprende el alcance del breve pero intenso epistolario clariano, si no se enfoca bien esta verdad que abarca toda la vida de Clara y la transforma con la fuerza de su transcendente poder unitivo. Asimismo, no se comprende el significado de nuestro ser religiosos hoy, si este fundamento bíblico y existencial no está suficientemente claro y no se ha adquirido bastante a lo largo de todo el período formativo. Clara sí lo había comprendido y lo expresa con acentos bíblicos, teológicos y místicos, con el lirismo y la conmoción que un corazón puro de mujer intuye de una manera más completa, porque, sin hacer feminismo barato, no hay que olvidar que el misterio de la nueva y definitiva alianza entre Dios y la humanidad se realiza y se hace visible en la realidad intramundana gracias al sí de una Mujer. Por eso, en el cristianismo, la mujer encuentra su colocación antropológica y ontológica en el misterio de la Alianza. Clara es mujer del Medievo, y esto quiere decir que, para ella, pensar en la vida consagrada como una situación irreversible de comunión, un connubio, un pacto sellado con la persona de Jesucristo, es algo absolutamente natural. ¡Ésta es una verdad evidente! Los problemas vinieron más tarde, cuando la gran Escolástica, influenciada por corrientes de pensamiento neoplatónico, desarrolló una reflexión filosófica y teológica que sentaría las bases de una involución doctrinal, que oscurecería el fundamento bíblico, o sea, la alianza nupcial con Cristo, desviando la atención a aspectos y expresiones de la vida religiosa que ciertamente no son de matriz evangélica, sino de una tradición eclesiástica sobrevalorada y sacralizada, en detrimento de las más genuinas enseñanzas bíblicas sobre esta materia.

Para Clara, en cambio, no hay dudas y el problema no existe: una persona consagrada debe revivir y proponer de nuevo al mundo el misterio de Cristo, hasta la completa asimilación y conformación con Él, y, para este empeño, las imágenes y símbolos sacados de la condición matrimonial son verdaderamente eficaces. Esto quiere decir que Cristo constituye lo absoluto en la vida de Clara, y de este bien absoluto deben vivir también sus Hermanas, porque lo que da sentido a la vida religiosa es la total y amorosa entrega a Jesucristo. Francisco y Clara aman a Cristo con pasión, con un ímpetu que arrebata sus personas, y hay que partir de este amor si queremos aproximarnos al misterio de estas dos almas.

De esta verdad nacen las cartas, en las que Clara, en sintonía con la teología de su tiempo, concede una prioridad absoluta al tema de la nupcialidad con Cristo. Por lo demás, la misma motivación de esta correspondencia epistolar nace de la siguiente noticia exultante: «Me alegro muchísimo en el Señor y salto de gozo», porque la Princesa bohema ha renunciado a desposarse legítimamente, con fausto regio, con el ínclito Emperador, para darse a «un Esposo del más noble linaje, el Señor Jesucristo».3 Por tanto, las cuatro cartas están como tejidas y construidas sobre el «seguimiento de Cristo», el Esposo, y la temática nupcial se desliza bajo todo el epistolario, dando forma y concretez a las diversas expresiones de la vida religiosa: la pobreza y la vida fraterna, la virginidad y la contemplación, la clausura y el silencio, la caridad y la penitencia. En el pensamiento de Clara, los valores evangélicos de este vasto conjunto están correlacionados entre sí y se derivan todos del «connubio» con Cristo.

Ahora bien, ante la imposibilidad de analizar, en el espacio de un artículo, el vasto conjunto de valores y experiencias a los que da vida y alimenta el pacto nupcial con Cristo, me limitaré a reflexionar sobre «la alianza nupcial con Cristo y la pobreza» y «la alianza nupcial con Cristo y la experiencia mística y contemplativa».

2. «La alianza nupcial» expresada por Claracomo empeño de pobreza absoluta

Clara, en la primera carta a Inés, teje el elogio de la pobreza evangélica. Pobreza conocida y amada gracias al ejemplo de Francisco que celebra su «alianza» con Dama Pobreza. Éste es, en efecto, el sentido del Opúsculo Sacrum Commercium S. Francisci cum domina paupertate, «Alianza sagrada de S. Francisco con Dama Pobreza», donde pobreza, amor y fidelidad son sinónimos de «alianza» de amor con Jesucristo, el Señor. Pobreza que, en San Damián, pide a las Damas Pobres heroísmo y una fuerte carga de amor al «Señor tan grande y de tal calidad que, encarnándose en el seno de la Virgen, quiso aparecer en este mundo como un hombre despreciado, necesitado y pobre, para que los hombres, pobrísimos e indigentes, con gran necesidad del alimento celeste, se hicieran en él ricos».4 En esta carta se entretejen reminiscencias bíblicas, experiencias espirituales y expresiones que, sin reticencias, dan testimonio de una vida consagrada vivida en la dimensión mística de la nupcialidad con Cristo Esposo. Como tales suenan las palabras «caricias», «posesión», «potencia», «generosidad», «abrazo». Y ella, Inés, por la renuncia a los honores de su noble condición y por haber preferido a Cristo pobre y crucificado antes que a un hombre, aunque fuera el más grande de la tierra, ha llegado a ser, como por otra parte lo es toda persona consagrada fiel a su vocación, «esposa y madre y hermana»5 del único Señor. A esta verdad hace eco el pensamiento de Gertrud von Le Fort, escritora alemana de los años 30, que en su obra La mujer eterna escribe: «La religiosa consagrada a la adoración, a la caridad, a las misiones, lleva el título de madre; lo lleva como virgo mater».6

Así pues, resulta evidente que Clara había asimilado profundamente esta verdad fundante, y que, por esta razón, todo su ser, como se desprende de sus Escritos, revela la madura familiaridad con una teología de la vida religiosa cuyo centro de gravedad es la persona de Jesucristo, quien se une a la criatura humana, trabando con ella una relación nupcial. Clara traduce este acontecimiento, extraordinario para la condición humana, al lenguaje nupcial y lo expresa en términos de amor, de acogida, de donación, de comunión con Cristo; hasta que esta nupcialidad encuentre su pleno cumplimiento en la eterna bienaventuranza: «Correré, y no desfalleceré, hasta que me introduzcas en la bodega, hasta que tu izquierda esté bajo mi cabeza y tu derecha me abrace deliciosamente, y me beses con el ósculo felicísimo de tu boca».7 Este pasaje de la carta es una clara invitación a la contemplación, un tejido de resonancias del Cantar de los Cantares, texto que celebra la alianza nupcial entre Dios y su Pueblo, recurriendo a las imágenes y al simbolismo de la relación nupcial entre un hombre y una mujer.

Desde esta perspectiva se comprende también por qué Clara, de la vida de Cristo, recuerda en particular la encarnación y la muerte en cruz: la encarnación, cuyo misterio realiza el nacimiento de una humanidad nueva, porque reconciliada con Dios; el Calvario, la hora que sella la nueva y eterna alianza en la sangre y en el sacrificio redentor del Hijo de Dios. Dos momentos fundantes de la nueva alianza, en los que la pobreza del pesebre de Belén y la desnudez de la Cruz se abisman en el misterio del supremo anonadamiento del Hombre-Dios. Dos momentos que deben estar siempre presentes en la mirada de la esposa por razón de la estrecha unión nupcial con Cristo. Una meditación dictada por la amorosa entrega, más que por simple compasión femenina hacia la dolorosísima Pasión de Jesucristo: «Mira, te digo, al comienzo de este espejo, la pobreza, pues es colocado en un pesebre y envuelto en pañales... Y en lo más alto del mismo espejo contempla la inefable caridad: con ella escogió padecer en el leño de la cruz y morir en él con la muerte más infamante».8 Por tanto, Clara, Inés, Beatriz, Bona, Hortelana y las muchas clarisas que hay en el mundo deben acoger en su vida a Cristo, y darlo a luz espiritualmente en el mundo, como don supremo a los hombres de todos los tiempos y lugares. En resumen, en el himno a la pobreza de la primera carta, Clara no sólo demuestra que conoce y experimenta las exigencias evangélicas del «seguimiento de Cristo», sino que, además, al insistir en el valor de la renuncia y de la desapropiación de todos los bienes de la tierra, como ya había hecho Francisco (2 R 2), pone una condición seria para la posibilidad de realizar la unión nupcial con Cristo. El magisterio de Clara en esta materia es claro y exigente, y el haber unido con una interdependencia indisoluble comunión nupcial y pobreza, significa que ella está convencida en grado superlativo de tal verdad; verdad, es necesario reconocerlo, hoy tal vez demasiado desvalorizada y mercantilizada por nosotros. En otras palabras, Clara recuerda a Inés, y en ella a cada una de sus Hermanas, una condición esencial para hacer realidad la consagración: o nos liberamos día tras día de todo y de todos y se desembaraza la mente y el corazón de todo y de todos, llevando así a cumplimiento el pacto de recíproca donación entre Cristo y la persona llamada a compartir su estilo de vida pobre, casta y obediente, o, de lo contrario, tal proyecto altísimo se frustra miserablemente, porque la persona llamada a «estar con Cristo» (Mc 3,14), no está dispuesta, como el joven rico del Evangelio (Mt 19,16-22), a desprenderse de sus bienes, y, en tal caso, no se cumplen las condiciones puestas por el mismo Cristo a quien, bajo iniciativa divina, decide seguirlo.

Después de tantas complicaciones, pretextos, atajos y tentativas de ablandar y aguar el Evangelio, a nosotros los modernos nos cuesta comprender el hilo indisoluble que vincula la pobreza a la nupcialidad con Cristo. A Clara no, ella no tiene dudas al respecto. En síntesis, ella expone a Inés, con otros matices, la doctrina que un autor franciscano, el padre Andrea Boni, afirma en su reciente libro Vangelo e vita religiosa: «Desde el punto de visto bíblico, la profesión religiosa fue instituida por Cristo como "pacto de alianza nupcial" en la invitación que dirigió al joven que le pregunta cómo alcanzar la vida eterna: "Ve, vende todo lo que tienes, distribuye lo recibido entre los pobres y sígueme"».9 Precisamente en este contexto, Clara demuestra que percibe y vive su consagración como una realidad de institución evangélica, querida por el mismo Cristo en persona, y no, ciertamente, tal y como en muchas partes se sigue aún pensando y enseñando, como un tipo de organización de la existencia de algunos hombres y mujeres querido por la Iglesia. ¡Y es fácil entender la diferencia abismal que existe entre estas dos concepciones doctrinales!

De esta sólida teología se alimenta la reflexión conceptual y la vida espiritual de Clara de Asís, y, por ejemplo, a ella es necesario reconducir, si se quiere comprender rectamente la actitud de la Santa, su respetuosa pero firme negativa al Papa que trataba de hacerla desistir de su firme propósito de vivir la pobreza de Cristo sin privilegios ni dispensas.

«Al intentar -el papa Gregorio- convencerla a que se aviniese a tener algunas posesiones, que él mismo le ofrecía con liberalidad en previsión de eventuales circunstancias y de los peligros de los tiempos, Clara se le resistió con ánimo esforzadísimo y de ningún modo accedió. Y cuando el Pontífice le responde: "Si temes por el voto, Nos te desligamos del voto", le dice ella: "Santísimo Padre, a ningún precio deseo ser dispensada del seguimiento indeclinable de Cristo"».10 Bajo el aspecto histórico-social, la preocupación del Papa atestigua y confirma que, en el Medievo, la desapropiación total de bienes, la vida en pobreza absoluta era un ideal impracticable para el mundo femenino; y es precisamente en esta opción de Clara donde el ideal de Francisco llega al mundo femenino.

La verdadera riqueza de Clara es, por tanto, la persona de Jesucristo, su humanidad doliente, su despojamiento total. Por eso en Clara, como en Francisco, la pobreza está personificada, es Dama Pobreza, es Cristo mismo. Esta identificación da fuerza al ideal evangélico de los dos Santos umbros y vuelve practicable la pobreza en su crudo realismo. Por eso, atentar contra la pobreza significa para Clara minar las bases mismas del connubio con Cristo, y esto es motivo de ansia y de algún modo de angustia.

La segunda carta atestigua en tal sentido una preocupación desgarradora, porque es la misma Iglesia, en la persona del Papa, realidad con la que Clara tiene una relación de obediencia en la fe fuera de toda discusión, la que presiona y pide moderación a los monasterios que se inspiran en la Fundadora de Asís. En esta carta, Clara, sin demora, alerta a Inés, porque ceder en materia de pobreza significa contaminar una relación que se nutre totalmente de Dios, en comparación con el cual, todo otro bien debe ser estimado en nada. «Con andar apresurado... sin que tropiecen tus pies... de nadie te fíes ni asientas a ninguno que quiera apartarte de este propósito... si alguien te dijere o sugiriere algo que estorbe tu perfección... no sigas su consejo, sino abraza como virgen pobre a Cristo pobre».11 Estas expresiones nos ofrecen la posibilidad de comprender la espiritualidad de Clara y su vivencia de mujer vinculada a Cristo, pero también son esenciales para un conocimiento más que aproximativo de su personalidad humana y psicológica: mujer apacible y fuerte al mismo tiempo, prudente y obediente, consciente de sus compromisos y profunda conocedora de la fragilidad humana y de las ideologías que pueden apartar del camino seguro de los «divinos mandamientos». Y está fuera de duda que Francisco, el padre de su alma, contribuyó decisivamente en la formación de esta personalidad robusta, integrada con admirable equilibrio en todos sus componentes. La Leyenda dice: «El padre Francisco le exhorta al desprecio del mundo; demostrándole con vivas expresiones la vanidad de la esperanza y el engaño de los atractivos del siglo, destila en su oído la dulzura de su desposorio con Cristo, persuadiéndola a reservar la joya de la pureza virginal para aquel bienaventurado Esposo a quien el amor hizo hombre».12 Aunque la descripción de Celano alude a un cierto desprecio del mundo, creo que en nuestro caso no se trata del «contemptus saeculi», que el Medievo codificó y del que dio la justificación metafísica,13 porque en Francisco la idea del desprecio se aviene mal con su profesión de optimismo cristiano que nace de la meditación del primer capítulo del Génesis: «Y vio Dios que era bueno»; por eso, Francisco, el defensor y cantor de la bondad intrínseca de todas las criaturas, como celebra el Cántico del Hermano Sol, quiere tan sólo empujar a su incomparable discípula a una conversión radical dándose totalmente a Dios, a «salir del siglo» a fin de reencontrarse a sí misma en plenitud de vida y de comunión con Dios, con la fraternidad de San Damián, con la comunidad humana, con la creación entera.

Clara no se forja ilusiones ni hace concebir falsas ilusiones a Inés, la vida religiosa comporta sacrificio; la altísima pobreza y la virginidad son fruto de la gracia y de grandes renuncias, para librarse de todo lazo, «porque una sola cosa es necesaria».14

Por eso, desde la primera carta, Clara recuerda a Inés con realismo evangélico la verdadera situación en que viene a encontrarse quien es llamado al seguimiento de Cristo; luego, de inmediato, salta su comprensión humana y he aquí las palabras llenas de aliento para la hermana lejana: «Así, pues, hermana carísima, y aun más, señora respetabilísima, pues sois esposa y madre y hermana de mi Señor Jesucristo, adornada esplendorosamente con el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza: ya que Vos habéis comenzado con tan ardiente anhelo del Pobre Crucificado, confirmaos en su santo servicio».15 Sin titubeos, Clara habla el lenguaje de la cruz y de la crucifixión como experiencia difícil pero liberadora para todo hombre. En esta óptica se comprende el regocijo y la alegría que Clara experimenta ante la noticia de que Inés, como ella y las Damianitas, está sólidamente anclada en el ideal de la pobreza absoluta, y por esta consolación Clara abre a su hija espiritual el cofrecito precioso de su experiencia mística, pues ahora ella sabe ya qué significa convertirse en morada de Aquel a quien «los cielos, con las demás criaturas, no pueden abarcar».16 La altísima pobreza vivida por amor de Cristo pobre da a cambio la suprema riqueza de poseer y ser poseídos por el amor infinito de Dios. Por eso, en su concepción de la vida religiosa, Clara considera la pobreza como condición necesaria para la pertenencia exclusiva a Cristo; una pobreza que libera para vivir en comunión, porque el Dios Uno y Trino desea entrar en comunión con el hombre, y siente solicitud y premura por la unidad del mundo. Pobreza como «parte de la herencia», «que conduce a la tierra de los vivientes»17 y lleva a la comunión con Cristo. Y puesto que Inés vive su consagración bajo el signo de la nupcialidad con Cristo, Clara la llama «domina», «señora», no sólo porque es hermana «del ilustre rey de Bohemia», sino sobre todo porque ella es «hermana y esposa del Rey supremo de los cielos».18 Después, la reflexión se extiende al campo del apostolado, ministerio que una clarisa, por vocación, debe desarrollar a través del compromiso de la oración y de la alabanza ininterrumpida al Padre, y Clara escribe así: «Te considero cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable»,19 y esto porque Inés ha realizado una intensa vida de comunión con Cristo; como Él, ella se ha hecho pobre, casta y obediente, renunciando a sus derechos de mujer: la familia, las riquezas, la libertad.

3. «La alianza nupcial» con Cristo
vivida como experiencia mística

Si las cartas de Clara se estudian con seriedad y se sitúan correctamente en su contexto histórico, teológico y espiritual, pueden suministrar indicaciones dignas de consideración para dar una respuesta a la cuestión que nos planteábamos al principio, es decir, si Clara de Asís debe ser contada, o no, entre las grandes figuras místicas del siglo XIII.

Pasando por alto las dificultades hermenéuticas que esta rama de la teología espiritual debe superar todavía para llegar a una correcta definición de su ámbito de investigación, de su método y de su estatuto epistemológico, trataré de decir algo sobre la experiencia mística de Clara a través del análisis del lenguaje de las cartas a Inés de Praga, como lugar que revela el proceso de asimilación a la verdad contemplada.

En las cartas de Clara no hay testimonios de visiones, de experiencias extáticas, de manifestaciones fuera de lo ordinario. Y, sin embargo, lo excepcional y original de Clara consiste en su extraordinaria capacidad de tejer una experiencia fuertemente cristocéntrica, en la que la persona de Cristo es el esposo, y toda su meditación se desarrolla en torno a un fuerte e irreprimible deseo de conocimiento de Él y de unión con Él.

Clara constituye, por tanto, una feliz excepción en el mundo y en la cultura medieval; en efecto, parece que no se puede aplicar a ella la tesis que considera a la mujer mística medieval privada y desprovista de cultura teológica y, por consiguiente, obligada a transformar el lenguaje de las visiones y de los éxtasis en lenguaje teológico, dando así al mundo femenino el derecho de ciudadanía en el gran universo del saber teológico.

Con relación a este punto es útil recordar que la contemplación pertenece a la condición ordinaria de la vida cristiana, fundada en el bautismo. El evangelista Juan, en su primera carta, da razón de esta experiencia mística, propia del bautizado, cuando escribe: «Lo que hemos visto con nuestros ojos, lo que contemplamos y tocaron nuestras manos acerca de la Palabra de la Vida..., nosotros os lo anunciamos a vosotros» (1 Jn 1,1-4). Aquí, ese «vosotros» no se refiere a categorías particulares de personas, a supercristianos o superbautizados, que no existen en la Iglesia, sino a todo miembro del nuevo pueblo de los redimidos, que reconoce en Jesús al Señor. Y esto, porque la perfección cristiana no está reservada a algunos, no es monopolio de castas espiritualmente privilegiadas, y por eso el Evangelista se siente feliz al comunicar a los destinatarios de su carta aquello que él ha experimentado de la «Palabra de la Vida» y hacerlos también a ellos partícipes de este gozo inefable de la intimidad con Dios.

El Medievo, y en particular el siglo de Clara, había comprendido bien la vocación común a la santidad. La idea de que el Evangelio es la única norma y la regla común a los diversos estados de vida animaba la espiritualidad y religiosidad popular. Esto lo confirma, por ejemplo, y de manera autorizada Jacobo de Vitry (†1240) cuando escribe: «Consideramos regulares no sólo a aquellos que renuncian al siglo y entran en religión, sino también a todos los fieles de Cristo que sirven al Señor bajo la regla del evangelio y bajo el Abad único y supremo».20

Por lo demás, en la Iglesia, el mismo ejercicio de la «lectio divina» en sus cuatro momentos: «lectio-ruminatio-oratio-contemplatio», lectura- reflexión-oración-contemplación, no es patrimonio de los monjes y de los presbíteros, sino que es don de Dios, y la vocación a la alabanza de Dios pertenece a todo bautizado.

La Dei Verbum, la Constitución Dogmática sobre la Divina Revelación, del Vaticano II, ha puesto de relieve precisamente y de manera especial la importancia de la lectura de la Palabra de Dios y de la escucha religiosa que se debe prestar a la misma por parte de toda la Iglesia, que peregrina en la tierra. La comunidad cristiana, en la diversidad de vocaciones, roles y funciones, es convocada efectivamente por la Palabra, y crece y se desarrolla en su escucha, en el diálogo con Dios, en la meditación de cuanto la misma Palabra propone, en la contemplación amorosa de la verdad.

Ciertamente, es difícil penetrar en la experiencia interior de Clara a través de los signos verbales; incluso porque no hay que olvidar que la experiencia mística es de por sí incomunicable y, por tanto, no se puede enseñar. En este tipo de experiencias, en efecto, la palabra humana no consigue expresar lo que se vive en lo profundo del alma, y todo intento de decir aquello que interiormente, en el secreto del corazón, se manifiesta, se revela como un balbuceo o un hablar que los otros no comprenden. Esto le ocurre también a Clara de Asís. Hay un episodio que se sitúa al final de su vida y que da razón de cuanto hemos dicho. Ante la inminencia de la muerte, Clara entabló un diálogo con su alma y comenzó a decir: «Vete en paz, pues tendrás buena escolta»; sor Anastasia, inclinándose sobre la Madre que agonizaba, le preguntó: «¿Con quién hablas, madonna?»; y Clara le respondió: «Hablo a mi alma bendita».21 «¡Estupenda seguridad de la conciencia pura!», comenta M. Sticco.22 Pero de la mente absorta en Dios solo y de los labios exangües de Clara salieron otras palabras en torno al misterio de Dios y de la Trinidad, «con tal sutileza, que muchos doctos apenas las habrían podido comprender».23

Lo que hay de seguro en todo esto es que Clara, en la escuela del padre san Francisco, fue introducida en los secretos de la meditación afectiva del misterio de Cristo y de su vida, y de esta forma ella alcanzó sin duda los vértices del conocimiento místico y del proceso unitivo. Por eso se dice también en el Proceso que, «al venir de la oración, animaba y confortaba a las hermanas, hablando siempre palabras de Dios, que tenía siempre a flor de labios, tanto que no quería hablar ni oír hablar de vanidades. Y, cuando ella volvía de la oración, las hermanas se alegraban como si viniera del cielo».24

En el camino del amor, Clara se unió a Dios y Dios a ella, precisamente como dice el Cantar de los Cantares: «Mi Amado es para mí, y yo soy para mi Amado» (Cant 2,16); y Clara se dejó amar por Dios, se hizo puro espacio para que el Amado la poseyera totalmente y obrara a través de ella: «... y por mí llevarás tú fruto» (Os 14,9). En las cartas de Clara, la dimensión mística está expresada con imágenes y símbolos, con la analogía nupcial, elementos familiares al lenguaje audaz de los místicos. En la cuarta carta recurre en efecto al Cantar de los Cantares, texto nunca citado por Francisco: «Suspirando por un vehemente deseo del corazón y por amor, proclama: ¡Atráeme! ¡Correremos a tu zaga al olor de tus perfumes, oh Esposo celestial!...».25 Inés, «la esposa dignísima de Jesucristo»,26 «convertida en diligente imitadora del Padre perfecto» a través de un itinerario de purificación y de ascesis, será introducida por el mismo Rey «en su tálamo celestial», para unirse eternamente a Aquel a quien en vida ha amado con todo su ser y con el que ha merecido unirse en matrimonio (connubio copulari).27 Y Cristo «guardará siempre intacta y sin mancilla la virginidad» de Inés.28

Nos parece natural que Clara use estas expresiones y que señale a Inés metas espirituales tan arduas, porque ella ha experimentado, como en una sucesión creciente, todos los estadios de la experiencia contemplativa y mística: del saber conceptual al ver, del conocer al amar, del poseer al ser transformada por medio de la contemplación de la divinidad del Esposo: «Transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad»,29 le dice Clara a Inés.

En tal sentido, después de un gran silencio debido a circunstancias históricas y contingentes, la cuarta carta, escrita cuando Clara está a punto de cruzar el umbral de la eternidad para ir a celebrar en el cielo las nupcias eternas con Cristo, es una celebración festiva, una emotiva «exaltación de la vida contemplativa», un testimonio de su incansable búsqueda de Dios, que ha llenado los largos años de silencio en San Damián.

Clara es una mística con una originalísima e inconfundible nota suya: la concretez. En sus cartas, el diálogo con Inés nunca es abstracto o cerebral; sus descripciones, incluso las de las realidades más íntimas, son siempre vivas y concretas; sus palabras son cálidas, palabras que deben ser examinadas, palabras que no tienen la pretensión de explicar el misterio, sino que lo anuncian y tan sólo aluden al mismo, por lo que no se meten como unas «intrusas» (Eckart) entre Dios y nosotros. Por tanto, las cartas de Clara de Asís a Inés de Bohemia, escritas en el espacio de veinte años, no son ejercicios retóricos, sino que revelan la urgencia de comunicar a la hermana e hija espiritual, geográficamente lejana, una experiencia de Cristo; por eso, Clara en sus cartas, más que hablar de Cristo, celebra la belleza y la sublimidad de la relación nupcial con Él, y esto es lo que quiere comunicarle a Inés con sencillez y humildad.

Clara se ha alimentado y ha calmado su sed en la fuente inagotable del encuentro con Dios, con los hermanos y las hermanas, con todas las criaturas de la creación, y desde estas categorías del «encuentro» y de la «presencia», categorías típicamente franciscanas, ha desarrollado todas las implicaciones y los significados experienciales encerrados en ellas. En la perfecta transparencia y simplicidad, libre de todo esquematismo y de laboriosas teorizaciones, Clara ha unificado toda su vida en la luz de Dios. Por esta razón, la misma clausura es una «fuga mundi» para vivir en la presencia constante de Dios, de las Hermanas y de los seres creados. En esta línea, la soledad del claustro se convierte en una escuela de comunicación superior, y la clausura en un espacio infinito abierto sobre el mundo, espacio del alma en el que Clara celebra su amor de esposa a Cristo. «En la cárcel de este estrecho lugar -refiere la Leyenda- se encerró la virgen Clara por amor a su celeste Esposo. Aquí, guareciéndose de la tempestad del mundo, encarceló su cuerpo de por vida. Anidando en las grietas de esta roca, la paloma de plata engendró un colegio de vírgenes de Cristo, instituyó un santo monasterio e inició la Orden de las Damas Pobres».30 Tomando en consideración todo lo dicho, creo que puede aplicarse a la experiencia espiritual de Clara de Asís, sin forzar nada, la definición de la mística que da Juan Gerson (1363-1429): «Un conocimiento experimental de Dios».31 Es oportuno recordar también que la Antología «Scrittrici mistiche italiane», que sigue el criterio cronológico, se abre con los Escritos de Sta. Clara de Asís.32

En la segunda carta, vv. 19-20, Clara expresa su experiencia de los desposorios místicos con Cristo con los verbos «observa», «considera», «contempla», «anhela imitarlo [al Esposo]»; «Tú, oh reina, esposa de Jesucristo, mira diariamente este espejo».33 En la contemplación, Inés debe embellecerse, hacerse digna del Esposo, y, en este espejo divino, debe escrutar continuamente su rostro. Donde este mirarse en el espejo es descubrimiento de la propia identidad humana y espiritual, el conocimiento de una realidad humano-divina felizmente inobjetivable e indescriptible.

Clara sabe por experiencia personal que la contemplación conduce a la transformación, y en la tercera carta dice a Inés: «Fija tu corazón en la figura de la divina sustancia, y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad».34 Gracias a esta concretez y a este equilibrio superior, en las cartas de Clara no se encuentra ni sombra de sublimación que raye en lo irreal. Y por esta concretez, Clara es la mujer que, por ejemplo, no ha proyectado sobre Francisco su necesidad psicológica de protección ni sus exigencias afectivas. En un tiempo en que la mujer era vista como un oscuro peligro en el que el hombre, antes o después, acababa por perderse, Francisco y Clara se encontraron en el «mysterium charitatis», en el ágape, como un nuevo camino de encuentro y comunicación, como una nueva posibilidad de santificación.

Por encima de todo, Clara vive su alianza nupcial con Cristo como un acontecimiento real que se celebra en la fe, y con lenguaje festivo celebra su condición de esposa de Jesucristo. Por esta su experiencia Clara es una gran figura de la mística. Cada día, en su monasterio, en comunión de vida y de ideales con sus hermanas, con Francisco y sus hermanos, Clara templaba su cítara y anunciaba con el Salmista a su ciudad, tal vez revuelta y en graves dificultades, y al mundo: «... es eterna su misericordia» (Sal 135).

A la mujer contemporánea nuestra, Clara le enseña cómo transmitir por las arterias de la vida amenazada una fuerte corriente de humanidad, de sensibilidad, de belleza, de amor, de libertad, de esperanza. Y en nuestro mundo, en equilibrio entre el ser y la nada, nos viene de parte de Clara la llamada a una cultura de la gratuidad, de la disponibilidad, de la solidaridad, para educar al hombre a la ternura.

Llegados a este punto hemos de augurarnos que esta dimensión mística de esta gran mujer y gran santa sea ulteriormente estudiada y esclarecida, porque «un mundo totalmente antimístico sería totalmente un mundo ciego y enajenado» (A. Huxley), y yo me permito añadir que sería un mundo totalmente deshumanizado.

Conclusión

El propósito de releer las cartas de Clara de Asís a Inés de Praga a la luz de la alianza nupcial con Cristo, alianza que, como hemos procurado demostrar en este artículo, es percibida por Clara como núcleo doctrinal constitutivo de la vida religiosa, nació de la necesidad de iluminar de manera más profunda, en este VIII Centenario de su nacimiento, los temas esenciales de su experiencia: la profesión religiosa entendida como «pacto» nupcial con Cristo; el compromiso de vivir en absoluta pobreza para hacer visible tal «pacto»; la nupcialidad con Cristo vivida como experiencia mística.

En este especial momento histórico de la vida religiosa, la vuelta a Clara, a su concepción de la vida religiosa, a sus valientes propuestas evangélicas, es puro don del Espíritu para nosotros, los religiosos de este tiempo. Tenemos necesidad de Clara, de sus enseñanzas y de su experiencia, porque la Iglesia, para ser Iglesia, tiene necesidad de la vida religiosa y, por tanto, tiene necesidad también de Clara. Pero es igualmente verdad que la Iglesia tiene necesidad de experiencias plenas, vitales, fecundas, como las de Francisco, las de Clara, la primera «plantita» seráfica del mundo femenino.

La Iglesia, que se encamina a cruzar el umbral del tercer milenio de la era cristiana, siente la gran urgencia de dar a luz, de su seno, hombres y mujeres como Francisco y Clara, capaces de proponer de nuevo a este mundo la «locura» de considerarlo «todo basura» y «pura pérdida» en comparación con la sublimidad del conocimiento y de la unión nupcial con Cristo el Señor.

El secreto de Clara se encierra todo él en haber comprendido y vivido su vida religiosa como «connubio» con la persona de Jesucristo. Este hecho ilumina su vida y sus opciones. Clara, «esposa de Cristo», quiere seguir con absoluta fidelidad al «Esposo» y, por esta pasión divina, el Espíritu le concede intuir en primer lugar que, para hacer realidad tal propósito, su consagración debe nutrirse sustancialmente de pobreza, la de Cristo y la de su Madre pobrecilla. Esto es lo que Clara busca, incansable, durante los largos años de San Damián. Y cuando llega la hermana muerte, Clara, aunque en paz con su alma, siente partir de este mundo sin haber podido besar la bula de la confirmación pontificia del «Privilegio de la pobreza».

El amor al Esposo pobre llenó la vida de Clara, de modo que pasó de la experiencia cognitiva de Cristo, que se nutre de la Palabra revelada, a la experiencia mística, que se funda en la «unitio amoris», la «unión de amor», como intuye Buenaventura de Bagnoregio, una realidad distinta, «otra», que, por su naturaleza, pertenece al orden de las realidades suprarracionales.

Pero Dios concedió a Clara esta secreta dulzura mística, y sus cartas lo dejan entrever y aluden a ello como a escape, porque Clara deseó con todo el amor de su corazón de carne y de su alma femenina la unión nupcial con Cristo, y en esta ininterrumpida celebración se consumó.

Clara recorrió este largo camino en la clausura de San Damián; fue un andar sin descanso hacia su Creador, hacia su Redentor, hacia el Esposo que la hizo suya para siempre.

Y, por una obligada referencia a nuestro tiempo, estamos invitados a hacer nuestro el secreto de Clara, a dar de nuevo a Cristo a la vida religiosa y, por tanto, a volver al Evangelio como regla suprema de nuestro ser y de nuestro vivir.


NOTAS:

1) Juan Pablo II, Redemptionis donum, n. 8: «Así pues, queridos Hermanos y Hermanas, todos vosotros que en la Iglesia entera vivís la alianza de la profesión de los consejos evangélicos... De este modo se forma la particular alianza del amor nupcial...»: «Sic ergo, dilecti Fratres et Sorores, omnes vos, qui in universa Ecclesia ex foedere in professione consiliorum evangelicorum inito vivitis... Hoc modo peculiari foedus amoris sponsalis efficitur...» (AAS 76, 1984, pp. 524 y 525).

2) Citamos los textos de las cartas de santa Clara según la edición preparada por I. Omaechevarría, Escritos de santa Clara y documentos complementarios, Madrid, B.A.C., 1993, 3.ª ed.

3) 1 CtaCl 5-7: «Realmente, Vos hubierais podido disfrutar más que nadie de las pompas y de los honores y de las grandezas del siglo, con la gloria suprema de desposaros legítimamente con el ínclito Emperador, como correspondía a la dignidad de él y a la vuestra. Y lo habéis desdeñado todo, y, con entereza de alma y enamorado corazón, habéis preferido la santísima pobreza y la escasez corporal, uniéndoos con el Esposo del más noble linaje, el Señor Jesucristo. Él guardará vuestra virginidad siempre intacta y sin mancilla».

4) 1 CtaCl 19-23: «Pues si un Señor tan grande y de tal calidad, encarnándose en el seno de la Virgen, quiso aparecer en este mundo como un hombre despreciado, necesitado y pobre (cf. 2 Cor 8,9), para que los hombres, pobrísimos e indigentes, con gran necesidad del alimento celeste, se hicieran en él ricos (cf. 2 Cor 8,9) por la posesión del reino de los cielos, alegraos Vos y saltad de júbilo (Hab 3,18), colmada de alegría espiritual y de inmenso gozo, pues Vos, al preferir el desprecio del siglo a los honores, la pobreza a las riquezas temporales, y guardar cuidadosamente los tesoros en el cielo y no en la tierra, allí donde ni la herrumbre los corroe, ni los come la polilla, ni los ladrones los descubren y roban (Mt 6,20), os habéis asegurado una recompensa copiosísima en los cielos (Mt 5,12)...».

5) 1 CtaCl 12-14: «Así, pues, hermana carísima, y aun más, señora respetabilísima, pues sois esposa y madre y hermana (2 Cor 11,2; Mt 12,50) de mi Señor Jesucristo, adornada esplendorosamente con el estandarte de la virginidad inviolable y de la santísima pobreza: ya que Vos habéis comenzado con tan ardiente anhelo del Pobre Crucificado, confirmaos en su santo servicio; que Él sufrió por nosotros el suplicio de la cruz (Heb 12,12), liberándonos del poder del príncipe de las tinieblas (Col 1,13)...».

6) Gertrud von Le Fort, La mujer eterna, Madrid, Ed. Rialp, 1957, 2.ª ed., pp. 23-24.

7) 4 CtaCl 31-32.

8) 4 CtaCl 19 y 23.

9) A. Boni, Vangelo e vita religiosa, Roma 1994, p. 29.

10) LCl 14.

11) 2 CtaCl 11-18: «... que, recordando como otra Raquel (cf. Gén 29,16) tu propósito, y mirando siempre tu punto de partida, retengas lo que tienes, hagas lo que haces, y jamás cejes (cf. Cant 3,4). Con andar apresurado, con paso ligero, sin que tropiecen tus pies ni aun se te pegue el polvo del camino, recorre la senda de la felicidad, segura, gozosa y expedita, y con cautela: de nadie te fíes ni asientas a ninguno que quiera apartarte de este propósito, o que te ponga obstáculos (cf. Rom 14,13) para que no cumplas tus votos al Altísimo (Sal 49,14) con la perfección a la que el Espíritu del Señor te ha llamado. Y, para avanzar con mayor seguridad en el camino de la voluntad del Señor (cf. Sal 118,32), sigue los consejos de nuestro venerable padre el hermano Elías, ministro general; antepón su consejo al de todos los demás, y tenlo por más preciado que cualquier regalo. Y, si alguien te dijere o sugiriere algo que estorbe tu perfección, o que parezca contrario a tu vocación divina, aunque estés en el deber de respetarle, no sigas su consejo, sino abraza como virgen pobre a Cristo pobre».

12) LCl 5.

13) E. Gilson, Lo spirito della filosofia medioevale, Brescia 1988, p. 141.

14) 2 CtaCl 10: «Pues sólo una cosa es necesaria (Lc 10,42), y esto único es lo que protesto y aconsejo, por amor de Aquel a quien te ofrendaste como hostia santa y agradable (cf. Rom 12,1)».

15) 1 CtaCl 12-13.

16) 3 CtaCl 21-23: «Pues es clarísimo que, por la gracia de Dios, la más noble de sus criaturas, el alma del hombre fiel, es mayor que el cielo: los cielos, con las demás criaturas, no pueden abarcar a su Creador (cf. 1 Re 8,27); pero el alma fiel --y sola ella-- viene a ser su morada y asiento (cf. Jn 14,23), y se hace tal sólo en virtud de la caridad, de la que carecen los impíos. Así lo afirma la misma Verdad: "Quien me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y vendremos a él, y moraremos en él" (Jn 14,21.23)».

17) 2 R 6,5; RCl 8,5.

18) 1 CtaCl 1.

19) 3 CtaCl 8: «Lo diré con palabras del mismo Apóstol: te considero cooperadora del mismo Dios y sostenedora de los miembros vacilantes de su Cuerpo inefable (cf. 1 Cor 3,9; Rom 16,3)».

20) J. F. Hinnebusch, OP, The Historia Occidentalis of Jacques de Vitry, A Critical Edition, Spicilegium Friburgense, Friburgo 1972, cap. XXXIIII, 20, p. 165.

21) Proc 11,3.

22) M. Sticco, San Francesco d'Assisi, Milán 1982, p. 350.

23) Proc 14,7.

24) Proc 1,9.

25) 4 CtaCl 29-32.

26) 2 CtaCl 1.

27) 2 CtaCl 5-7: «Por esta perfección, por la que el mismo Rey se acompañará de ti en su tálamo celestial, donde se asienta glorioso en su solio de estrellas: que, despreciando la alteza de un reino terrenal, y estimando en poco la oferta de matrimonio con un emperador, te has hecho émula de la santísima pobreza, y, con el espíritu de una gran humildad y de una caridad ardorosísima, has seguido las huellas (cf. 1 Pe 2,21) de Aquel que merecidamente te ha tomado por esposa».

28) 1 CtaCl 7: «... uniéndoos con el Esposo del más noble linaje, el Señor Jesucristo. Él guardará vuestra virginidad siempre intacta y sin mancilla».

29) 3 CtaCl 13: «... fija tu corazón en la figura de la divina sustancia (cf. Heb 1,3), y transfórmate toda entera, por la contemplación, en imagen de su divinidad (cf. 2 Cor 3,18)».

30) LCl 10.

31) J. Gerson, Teologia mistica, Cinisello Balsamo 1992, pp. 150-151: «Theologia mistica est extensio animi in Deum per amoris Deum... Theologia mistica est cognitio experimentalis habita de Deo per amoris unitivi complexum».

32) G. Pozzi - C. Leonardo, Scrittrici mistiche italiane, Marietti 1988.

33) 4 CtaCl 15.

34) 3 CtaCl 13.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. XXVIII, núm. 84 (1999) 416-434]

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