DIRECTORIO FRANCISCANO
Santa Clara de Asís

UNA «LECTURA» DE CLARA DE ASÍS
A TRAVÉS DE LAS FUENTES FRANCISCANAS

por Chiara Augusta Lainati, o.s.c.

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I. CLARA, UNA «MUJER POBRE»

Considero tarea particularmente ardua hacer emerger de las Fuentes, con simplicidad, el ser de Clara de Asís frente a Dios y a los hombres, la sustancia de su vida, el secreto de su itinerario espiritual.

Se necesitaría haber hecho su misma experiencia -una experiencia cristiana y contemplativa que se impone como validísima y actual para el mundo de hoy- para poder hablar de ella con claridad y linealidad. Porque, al igual que Francisco, también Clara, su «pequeña planta» (TestCl), es una figura extremadamente lineal: una mujer de pocas ideas, pero limpias, fuertes y profundas, y vividas con tal coherencia y profundidad que se convierten en ideas-fuerza e ideas-vida de toda una existencia. Pocas ideas, pero tan abismales que en el fondo de ellas necesariamente se toca, como hizo ella, el Absoluto.

Su vida espiritual, tal cual emerge de las Fuentes, oscila entre dos polos: Pobreza y Reino de Dios; vacío de sí, plenitud de Dios: en Cristo pobre y humilde. Son dos polos; pero en la vida de Clara, lo mismo que en el Evangelio, se van convirtiendo, con el avance del camino espiritual, en uno solo, con rostro de Cristo, pobre y crucificado y, a la vez, «rey de la gloria» (Proceso 4,19) y canal del Espíritu en la humanidad.

«El reino -en efecto- es de los pobres» (Mt 5,3). La pobreza del hombre y la plenitud del Padre se desposan en Cristo Jesús, el reino presente entre nosotros. Clara tiene conciencia nítida de ello:

«¡Oh pobreza dichosa, que procuras riquezas eternas a quien te ama y te abraza! ¡Oh pobreza santa, a quienes te poseen y desean, Dios promete el reino de los cielos y ofrece infaliblemente la gloria eterna y la vida bienaventurada!» (Carta I).

Cristo «se hizo pobre, para que los hombres se hicieran en Él ricos por la posesión del reino de los cielos» (Carta I).

«Vos, que habéis preferido el desprecio del siglo a los honores, la pobreza a las riquezas temporales y el esconder vuestros tesoros, no en la tierra, sino en el cielo, donde ni la herrumbre los corroe, ni los come la polilla, ni los ladrones los descubren y roban, recibiréis una recompensa copiosísima en los cielos y con todo derecho seréis llamada hermana, esposa y madre del Hijo del Altísimo Padre y de la Virgen gloriosa» (Carta I).

«El reino de los cielos sólo se promete y se da por Dios a los pobres; ya que en tanto se pierde el fruto de la caridad en cuanto se ama algo temporal» (Carta I).

«No es posible ambicionar la gloria en este mundo y después reinar allí con Cristo» (Carta I).

«Negocio grande y laudable es dejar los bienes temporales por los eternos, merecer los bienes celestes a cambio de los terrenos, recibir el ciento por uno, y asegurarse por siempre la vida bienaventurada» (Carta I).

«Esta es la perfección por la cual el Rey mismo te asociará a sí en el tálamo eterno... porque, teniendo a menos la alteza de un reino terreno, como emuladora de la santísima pobreza, te comprometiste, en espíritu de gran humildad y de ardentísima caridad, a seguir las huellas de Aquel con quien has merecido unirte como esposa» (Carta II).

Frente a Dios, Clara es «la pobre» por excelencia. Su vida, por voluntad del Altísimo Padre celestial y bajo la guía de Francisco (TestCl), pasa al través de una experiencia áspera, dura, desnuda e integral de una pobreza material y moral que la misma Clara, en su Regla, deberá llamar con muchos nombres para hacerse comprender: «pobreza, trabajo, tribulación, ignominia, desprecio del mundo» (RCl 6).

Esta experiencia inicial de su vida religiosa -que le fue propuesta por Francisco casi como prueba de su vocación al Evangelio (TestCl), pero que ella continuó a lo largo de toda su vida- la vacía de toda posible seguridad, fuera de Dios; la despoja de toda posible ilusión, de todo apego y de toda espera, que no sea la espera de sólo Dios, de Él, el Señor: una presencia que embriaga de alegría el corazón que se le abre de par en par humilde y pobre en una oración que es amor «en lo secreto del Padre» (Mt 6,6). «El amor de Él hace felices, su contemplación nutre, su bondad colma, su suavidad sacia, su recuerdo alumbra suavemente...» (Carta IV).

La pobreza de Clara: fe desnuda

Es preciso no tener ya a nadie en este mundo, haber dado completamente las espaldas a la familia, como el hijo de Pietro Bernardone y Clara Favarone: «Desde ahora quiero decir: Padre nuestro, que estás en los cielos, y no padre Pedro Bernardone» (TC 20). Es preciso no ser ya de este mundo, en el sentido de que todo lo que es del mundo se escapa ahora ya a la experiencia y se siente como extraño, ya no da nada al alma; es preciso no tener y no esperar más ayuda de nadie, sino de sólo Dios: entonces, la pobreza se hace fe desnuda.

Tal es precisamente la pobreza de Clara, según la reflejan sus fuentes: un abrirse de par en par frente a Dios, con ilimitada confianza en las promesas evangélicas hechas a los pobres (Mt 6,19-21 y 25-34; Lc 12,22-32). Un abandonarse infinito y sin cálculos a la confianza en el «Padre de las misericordias», que es «el que da todo bien» (TestCl; Bendición; Carta II), de quien «debemos considerar los inmensos beneficios que nos ha otorgado» (TestCl). Un quedarse libres, con el corazón desembarazado de toda preocupación humana, libres como «pájaros del cielo» (Lc 12,6), en las manos de aquel Padre, el Altísimo, que conoce hasta el número de nuestros cabellos y que sabe todo lo que necesitan sus hijos (Lc 12,22-32).

«No os aparta de vuestro propósito -escribe Gregorio IX en aquel Privilegio de la pobreza que, concedido primero por Inocencio III, está en la base de la experiencia evangélica de Clara-, no os aparta de vuestro propósito la penuria de las cosas, porque la siniestra del Esposo celestial está bajo vuestra cabeza para sostener las flaquezas de vuestro cuerpo... y Aquel que alimenta las aves del cielo y viste los lirios del campo, no permitirá que os falte el sustento y el vestido... Por lo cual, vendido todo y distribuido a los pobres, os proponéis no tener posesión alguna, siguiendo en todo las huellas de Aquel que por nosotros se hizo pobre, camino, verdad y vida...».

El Padre celestial es, para Clara, aquel Padre de quien se puede decir, al fin de la vida, que «siempre te ha mirado como la madre al hijo pequeño que ama»; y bendecirlo y darle gracias, frente a la hermana muerte, como «mujer pobre» que todo lo ha recibido gratuitamente de Él: «Tú, Señor, seas bendito porque me has creado...» (Proceso 3,20; 11,3).

El reino es de los pobres: la plenitud del Bien pide sólo un vacío que lo acoja. La pobreza de Clara es una pobreza radical, capaz de excavar este vacío hasta en lo más íntimo del corazón; es una kénosis o anonadamiento -una gama amplia de pobreza-obediencia-amor de la humillación (cf. LCl 12-14)- capaz de hincar de rodillas, ante el Altísimo Padre, no sólo la persona, sino aquel fondo del ser humano donde anida, negligente y doble, el yo del orgullo. Dios mira siempre la humildad de su esclava: pero no se llega a ser humildes, pobres de sí mismo, hasta el punto de hacer la experiencia del «reino» prometido a los pobres -de la comunión con Dios Padre e Hijo en el Espíritu Santo- sin antes gozar, alegrándose como Clara, de esta herencia de «pobreza, trabajo, tribulación, ignominia y desprecio del mundo» (RCl 6), que fue la herencia del Hijo de Dios y de su pobrecilla Madre (TestCl) y que será para siempre, siguiendo sus huellas, «la herencia que lleva a la tierra de los vivientes» (RCl 8). Francisco dirá: «Quien es pobre de verdad, se odia a sí mismo y ama a los que le golpeen en la mejilla» (Adm 14,4).

El secreto de Clara -el secreto «fontal» de su vida de contemplación y de fraternidad-, el secreto de su realización plena como mujer, como cristiana (y así la llamaba Francisco, «cristiana», según el testimonio de fray Esteban de Narni), como franciscana, está en el haber querido y buscado y amado, en la raíz de toda su existencia, esta herencia de pobreza, de sufrimiento humano, por amor de Cristo pobre y de su Madre virgen; y en el haberla impulsado, por Él y de la mano sabia de Francisco, hasta el grado sumo, con la locura de los Santos.

Desprovista de todo apoyo natural y humano, Clara se hace libre, desligada, abierta, disponible ante la plenitud del Bien, que brota como manantial gozoso del seno del Padre de las misericordias e inunda de «secreta dulzura el corazón de los amigos» (Carta III). Incluso el recuerdo de esta plenitud de Bien hace que el corazón se le sobresalte: «brilla dulcemente en la memoria» (Carta IV), escribe Clara, e invita, exhorta, apremia a ser cada vez más pobres, más vaciados: pobres a la medida de Francisco, para ser, como él, cabida del Dios «todo el Bien».

Una medida propia de enamorados

La medida de Francisco: una medida de enamorados. «Y los que venían a tomar esta vida, daban a los pobres todo lo que podían tener, y se contentaban con una túnica, remendada por dentro y por fuera, con el cordón y los calzones. Y no queríamos tener más» (Test 16-17).

Esta misma es la medida de Clara, enamorada como Francisco. «Y lo primero, al comienzo de su conversión, hizo vender la herencia paterna que le había tocado y, sin reservarse para sí nada de lo recaudado, lo distribuyó entre los pobres. Desde aquella hora, dejando el mundo afuera, enriquecida la mente hacia dentro, ligera y sin bolsa, corre en pos de Cristo» (LCl 13).

Y en la Regla, siguiendo la línea de la Regla I de Francisco y de la Bulada, prescribe: «Si alguna, movida por inspiración divina, viniere a nosotras queriendo abrazar esta vida... dígasele la palabra del santo Evangelio: Que vaya y venda todas sus cosas y procure repartirlas entre los pobres» (RCl 2): porque «el Señor nació pobre y fue reclinado en el pesebre, pobre vivió en el mundo y desnudo permaneció en el patíbulo...» (TestCl).

Es la medida más amarga y, a la vez, la más dulce: amarga para la naturaleza que sufre, dulce para el corazón que ama y experimenta la embriaguez del amor. «Lo que me había parecido amargo, se me tornó en dulzura de alma y de cuerpo», dice Francisco (Test 3).

Y, al igual que la de Francisco, la pobreza de Clara rechaza incluso tener acá abajo siquiera una covachuela por pequeña que sea. Es una pobreza que convierte en itinerantes, en un camino de fe, de éxodo, hacia la tierra prometida: sin seguridades humanas, sin morada fija en este mundo, sin lugar donde reposar la cabeza, como Cristo. Porque, repite Clara con Francisco, «las zorras tienen madrigueras y los pájaros nidos, pero el Hijo del Hombre no tiene dónde reclinar la cabeza» (Mt 8,20; Carta I; LP 13; 2 Cel 56; EP 9).

En el estrecho marco de cuatro muros claustrales, Clara vive, encerrada, una itinerancia en la fe y en la pobreza: la itinerancia de quien está en camino hacia el reino, y no ha «llegado» nunca ni «llegará» jamás aquí abajo, antes por el contrario, experimenta en cada instante la prisa de la noche pascual (Ex 12,11). Así escribe Clara a Inés de Praga:

«Me limito a rogarte y amonestarte... que no cejes, sino que camines con cautela por la senda de la bienaventuranza, segura, gozosa y alegre, con andar apresurado y paso ligero, de modo que no tropiecen tus pies y ni aun se te pegue el polvo del camino; y de nadie te fíes ni asientas a ninguno que quisiera apartarte de este propósito... sino abraza a Cristo pobre como virgen pobre. Míralo hecho despreciable por ti, y síguelo haciéndote despreciable por él en este mundo» (Carta II).

«Correré y no desfalleceré hasta que me introduzcas en la bodega, hasta que tu siniestra se pose bajo mi cabeza, y tu diestra felizmente me abrace, y me beses con el ósculo felicísimo de tu boca» (Carta IV).

Ni siquiera su bello San Damián -el monasterio reconstruido por Francisco entre los olivos del Subasio, donde Clara consumó su existencia entera-, ni siquiera los cuatro muros de la clausura más rígida tienen el poder de sustraer a Clara de este su andar espiritual, «peregrina y forastera en este mundo» (RCl 8) como Francisco, revestida de la pobreza del Señor Jesús y de su Madre pobrecilla, de ésta su itinerancia en la fe y en la pobreza que reconoce como propia una sola morada: la humanidad pobre y crucificada del Señor Jesús. «Por amor de Cristo pobre, de tal modo pactó y tal amor contrajo con la santa pobreza, que nada quería tener sino a Cristo Señor; no permitía que sus hijas poseyeran nada» (LCl 13).

Su itinerancia es la de quien no se siente nunca «en casa» en este mundo, ni siquiera entre los muros de un monasterio. Tomándolo de Francisco y con su misma convicción radical, escribe en la Regla: «Nada se apropien las hermanas, ni casa, ni lugar, ni cosa alguna; sino que, como peregrinas y forasteras en este mundo, sirvan al Señor en pobreza y humildad... porque el Señor se hizo pobre por nosotros en este mundo» (RCl 8).

Quien ha llegado «a casa» corre el peligro de sentirse seguro, cómodo; de no tener más que desear, como no sea -una vez dejada la itinerancia- custodiar o incluso mejorar su pequeña covachuela, aunque sea monástica. Santa Clara, no, no quiere «casa», no quiere tener puesto donde reposar la cabeza.

Uno solo, para ella y para sus Hermanas Pobres, es el monasterio; para ella, pobre e itinerante en la fe: la humanidad pobre y crucificada del Señor Jesús, «el más hermoso de los hijos de los hombres, convertido por tu salvación en el más vil de los hombres» (Carta II), «que se nos ha hecho camino» (TestCl), camino de «pobreza, trabajo, tribulación, ignominia y desprecio del mundo» (RCl 6).

Asida a Él, a sólo Él, como virgen pobre, sin el embarazo del bagaje para el camino, sin vestidos de recambio, sin bolsa de dinero, sin bastón de apoyo, como está escrito en el Evangelio (Mt 10,10; Lc 9,3; 10,4), Clara se convierte en una única cosa con Su humanidad crucificada y dolorosa frente a la plenitud de un Bien, el Padre, que colma de alegría, de la bienaventuranza de los pobres, e inunda de íntima y segura luz la larga noche del sufrimiento humano. Es el secreto fontal de Clara, fuerte, pobre, límpida, lineal y segura. Hasta el fin: «Vete segura en paz, alma mía bendita» (Proceso 3,20).

II. CLARA, UNA «MUJER ENCERRADA»
EN EL MISTERIO DE DIOS

Oración y contemplación

De la pobreza, que se hace «cavidad» de Dios en la fe, que excava el vacío en el corazón, a la oración y a la contemplación, el paso es breve y tal vez no exista siquiera. «Hazte capacidad y yo me haré torrente», dijo el Señor a la beata Ángela de Foligno. Hazte pobre, y tuyo es el «reino», plenitud de amor, comunión con el Padre y con el Hijo en el Espíritu; hazte una cavidad amplia para el Espíritu del Señor, y el Señor habitará en ti.

Hacerse «pobres» en sentido pleno es hacerse contemplativos: abrirse al Espíritu del Señor, que es el Padre de los pobres y ha encarnado la Palabra en María.

La noche de la fuga a la Porciúncula, a los dieciocho años, cierra a las espaldas de Clara el mundo, pero sólo para abrirle el umbral del misterio de Dios: en este misterio Clara «se encierra», y de este misterio la clausura material es sólo un signo, algo que los sentidos perciben. Pero Clara se encierra en San Damián como en una larga noche de oración y de contemplación, una «noche de Francisco con Dios» prolongada por toda una vida.

Entre aquellos cuatro muros desnudos de San Damián, Clara encontrará, perdida en Dios, el susurro de los bosques sacudidos por el «hermano viento», la soledad de las grutas, la calma tranquila del Trasimeno, impregnados del coloquio de Francisco, «vilísimo gusano», con su «dulcísimo Dios».

La clausura de Clara es la libertad de que gozaba Francisco, solo, de tú a tú con su Señor.

La «esposa del Espíritu Santo»

Sabido es que Francisco dio a Clara y a sus Hermanas Pobres de San Damián, al comienzo de su experiencia, una breve «forma de vida», fechada normalmente, incluso en la última edición crítica de los escritos de san Francisco editada por el P. Kajetan Esser, en 1212-1213. Es, por tanto, sin duda alguna, el primer escrito que tenemos de san Francisco, el más antiguo; y destinado a las Hermanas de San Damián será también el último escrito de Francisco, la Última voluntad.

Clara, en el capítulo VI de su Regla de 1253, inserta al pie de la letra un fragmento de la «Forma vivendi» que le dio Francisco. Este fragmento, el único del que se puede decir con certeza absoluta que fue dado por Francisco a Clara en los inicios de su vida religiosa, me parece de una importancia excepcional: porque contiene la línea espiritual, el fundamento teológico-espiritual de la Segunda Orden, tal como Francisco la pensó y la quiso, con tina referencia clara e ineludible al Evangelio de la Anunciación, de Lucas 1,26-37:

Forma vivendi (RCl 6): «Ya que por inspiración divina os hicisteis hijas y siervas del altísimo Rey y sumo Padre celestial, y os desposasteis con el Espíritu Santo, eligiendo vivir según la perfección del santo Evangelio, quiero y prometo, por mí y por mis hermanos, tener siempre de vosotras diligente cuidado y especial solicitud, lo mismo que de ellos».

Evangelio de Lucas (1,26-37): «Aquí está la esclava del Señor... El Espíritu Santo bajará sobre ti y la fuerza del Altísimo te cubrirá con su sombra... El que nacerá de ti se llamará Hijo del Altísimo».

Para Francisco, el hombre del Evangelio, Clara es hija y esclava del Altísimo Padre celestial y esposa del Espíritu Santo, para encarnar a Cristo siguiendo el Evangelio (RCl 6): como María, la «virgen hecha Iglesia»:

«¡Salve, Señora, santa Reina, santa Madre de Dios, María, que eres virgen hecha iglesia y elegida por el santísimo Padre del cielo, consagrada por Él con su santísimo Hijo amado y el Espíritu Santo Paráclito; que tuvo y tiene toda la plenitud de la gracia y todo bien!» (SalVM 1-3).

Es la primera vez, de forma absoluta -1212-1213-, que aparecen en los escritos de Francisco los términos siervo, Altísimo, Espíritu del Señor, palabras-clave de la herencia franciscana. Y aparecen con referencia al Evangelio de la Anunciación, que es un contexto de desposorio con el Espíritu Santo, para dar a luz a Cristo en la Iglesia.

Por este paralelismo con María, Clara es para Francisco «esposa del Espíritu Santo». El silencio contemplativo de Clara se inscribe en un hacerse acogida humilde del Espíritu del Señor, para dar a Cristo a la Iglesia, como, por su fe, lo dio en la carne María: «Las Hermanas Pobres, sobre todas las cosas, deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre a Dios con un corazón puro y tener humildad..." (RCl 10).

La «santa operación» es, en este contexto, génesis de Cristo en nosotros, maternidad de Cristo para la Iglesia; y nada puede anteponerse a este contemplativo abrirse de par en par al Espíritu, que fecunda a su Iglesia -y a la «virgen hecha Iglesia»- haciéndola madre de un Cristo que se encarna día a día, siguiendo sus huellas de pobreza y humildad.

En la raíz de todo el camino espiritual, hay una moción del Espíritu Santo, una inspiración (RCl 2; 6; TestCl; Carta II; 1 R 2,1) que mueve a seguir a Cristo, a encarnar el Evangelio. En la medida en que eso se realiza, en la fe, en un puro perderse en el seguimiento de Cristo pobre y humilde, la operación del Espíritu del Señor fecunda al alma y a la Iglesia entera, haciendo germinar, como en el seno de María, al Hijo del Altísimo.

Es el contexto de la Carta a los fieles de Francisco:

«Y sobre todos aquellos y aquellas que cumplan estas cosas y perseveren hasta el fin, se posará el Espíritu del Señor, y hará en ellos habitación y morada. Y serán hijos del Padre celestial, cuyas obras realizan. Y son esposos, hermanos y madres de nuestro Señor Jesucristo. Somos esposos cuando el alma fiel se une, por el Espíritu Santo, a Jesucristo. Y hermanos somos cuando cumplimos la voluntad del Padre, que está en el cielo. Somos madres cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor y por una conciencia pura y sincera; y lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros» (2CtaF 48-53).

Y es también el contexto mariano-esponsal, en el Espíritu Santo, de la Carta III de Clara a santa Inés de Praga, que nos revela hasta qué punto Clara tuviese conciencia de haber sido llamada a revivir contemplativamente el misterio de María, madre del Señor, como un campo abierto, en el silencio, a la obra fecunda del Espíritu:

«Adhiérete a su Madre dulcísima, que engendró un Hijo que los cielos no podían contener, y ella, sin embargo, lo tuvo en el estrecho claustro de su útero y lo llevó en su virginal seno...

Por la gracia de Dios, el alma del hombre... es mayor que el cielo... es morada y residencia del Creador...

Así, pues, como la gloriosa Virgen de las vírgenes lo llevó materialmente en su útero, de modo semejante tú, siguiendo sus huellas, principalmente las de la humildad y pobreza, podrás llevarlo siempre sin duda alguna espiritualmente en tu cuerpo casto y virginal, y contener a Aquel que te contiene a ti y a todas las criaturas...».

Por este su ser, como «María virgen hecha Iglesia», contemplativamente abiertas de par en par al Espíritu del Señor para encarnar a Cristo siguiendo el Evangelio, las Hermanas de San Damián son para Francisco «Mujeres Pobres»: impronta y reflejo de la «Mujer santa», la Madre de Dios, María (cf. SalVM 1), y «cada una de ellas será reina en el cielo coronada con la Virgen María» (ExhCla).

No sorprende ya, pues, a estas alturas, el paralelismo entre la antífona de la Virgen en el Oficio de la Pasión compuesto por san Francisco y la Forma vivendi que él mismo dio a las Hermanas Pobres, como para diseñarles el ambiente natural de su vivir contemplativo, en apertura al Espíritu: «Santa Virgen María... hija y esclava del altísimo Rey sumo y Padre celestial, madre de nuestro santísimo Señor Jesucristo, esposa del Espíritu Santo...» (OfP Ant).

En esta antífona, que solía recitar habitualmente en el Oficio de la Pasión (cf. LCl 30), Clara se veía reflejada a sí misma y su función propia en la Iglesia; encontraba en la experiencia de María en la Anunciación el modelo de la experiencia suya y de sus Hermanas en la vida del Espíritu: tal como Francisco la había visto y diseñado para ellas, en los comienzos de San Damián.

Para probar cuán clara fuese esta convicción en el ambiente de San Damián, este sobrevenir del Espíritu al alma pobre y vacía de sí, bastaría la lectura de algunos testimonios del Proceso, comenzando por el de Inés de Opórtulo (Proceso 10,8), que hace referencia directa al Evangelio de Lucas para explicar el gran resplandor que rodeó la cabeza de la Santa: «No sabiendo la testigo qué era aquello, se le respondió, no con la voz, pero sí en la mente: "El Espíritu Santo descenderá sobre ti" (Lc 1,35)». El mismo «niño Jesús», que aparece frecuentemente junto a Clara, es el fruto, en la fecundidad del Espíritu, del poder del Altísimo que cubre con sus alas la humildad de su esclava (cf. Proceso 9,4).

Tal apertura al Espíritu es un punto de partida en el camino de la contemplación y, a la vez, un punto de llegada que presupone un camino entero: el itinerario de oración de Clara, su modo de situarse frente a Dios, que emerge limpio y evidente del conjunto de las Fuentes.

No es un «método de oración»: son puntos de experiencia, ejes de una vida vivida enteramente con Dios, y que pueden servir de postes indicativos a quienquiera que busque la vía franciscana de la oración contemplativa.

El camino de la oración

¿Cómo orar? ¿Cómo ponerse ante Dios? De las Fuentes emergen tres puntos de experiencia esenciales en el camino de oración de Clara:

-- la custodia del corazón; la pureza de corazón, para «orar siempre con un corazón puro» (RCl 10), la defensa del espíritu de oración y devoción;

-- el hambre de Dios, un deseo ardiente del Señor, que da alma a la oración;

-- una mirada continua de la mente y del corazón hacia Dios; contemplación activa unida a la práctica de la virtud: «Obsérvalo, medítalo, contémplalo, deseando imitarlo» (Carta II).

1) La custodia del corazón, ante todo, como una valla para defensa del «espíritu de oración y devoción», al que todas las cosas terrenas deben servir (RCl 7).

La Regla entera de santa Clara, en sus aspectos de silencio, de clausura, de penitencia, de custodia, tiene como mira esta pureza de corazón, para que éste se convierta en morada de Dios; traza como un camino de liberación del pecado y de los mismos condicionamientos humanos, para ofrecerse, en pureza, como un campo abierto y despejado a la operación del Espíritu, meta de toda aspiración y deseo (RCl 10).

El programa está ya definido en dos palabras («clauso corpore... mente libera») en la Carta del Card. Rainaldo de Ostia, introducida en la Bula de la Regla entregada a Clara dos días antes de su muerte: «Elegisteis vivir encerradas (clauso corpore) y servir al Señor en suma pobreza, a fin de servirle con libertad de espíritu (mente libera)» (RCl Introd.).

«Clauso corpore... mente libera»: la clausura del cuerpo responde a un fin de liberación y de pureza del ánimo. Con otra expresión Francisco dirá lo mismo, al final de su vida, en las palabras con melodía que envió para su consuelo a Clara y a las Hermanas (LP 45): «No miréis la vida de afuera, que la del espíritu es mejor» (ExhCl 3).

En la Regla, Clara no se difunde en discursos acerca de la oración; indica, no obstante, claramente su camino, diseñando la vía de la pureza del corazón y poniendo, siempre que puede, una valla para custodia del espíritu de oración. Pues:

-- es necesario purificar el corazón del pecado con la penitencia: RCl 3;

-- evitar toda dispersión, guardando el silencio: RCl 5,

-- y la clausura: RCl 11;

-- también las Hermanas Externas, que prestan servicio fuera del monasterio, están obligadas a no permanecer largo tiempo fuera y a evitar toda clase de compromisos: RCl 9;

-- el trabajo, si bien es una obligación, no debe, sin embargo, ser nunca tal que llegue a apagar, con el afán, el «espíritu de la santa oración y devoción»: RCl 7;

-- es necesario absolutamente guardarse «de toda soberbia, vanagloria, envidia, avaricia, cuidado y solicitud de este siglo, de la detracción y murmuración, de la disensión y división»: RCl 10;

-- la misma cultura tiene valor para Clara sólo en la medida en que está subordinada a la búsqueda de la pureza de corazón, al desplegarse libre y pobre del alma a la operación del Espíritu que encarna a Cristo en el corazón: «Y las que no saben letras, no se cuiden de aprenderlas; mas piensen que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre a Dios con un corazón puro...»: RCl 10.

En síntesis: «Todas las cosas temporales deben servir al espíritu de la santa oración y devoción» (RCl 7).

La Leyenda de santa Clara, en el núm. 36, que se basa, no en el Proceso de canonización, sino en los testimonios directos y orales de las Hermanas Pobres de San Damián, es maestra al revelar en Clara una fuerte y neta conciencia de que el camino de la oración y de la comunión con Dios pasa, como tramo primero, a través de la purificación del corazón:

«Primero enseña a alejar de la morada de la mente todo estrépito, a fin de que puedan permanecer fijas únicamente en la intimidad de Dios.

Enseña después a no dejarse llevar del amor de los parientes según la carne y a olvidar la casa paterna, para agradar a Cristo.

Las exhorta a no hacer caso de las exigencias del cuerpo frágil y a frenar con el imperio de la razón las veleidades de la carne.

Les demuestra que el enemigo insidioso tiende lazos ocultos a las almas puras, y que tienta a los santos de un modo, y a los mundanos de otro.

Quiere también, por último, que, a determinadas horas, se ocupen en labores manuales de modo que, al mismo tiempo, según el deseo del Fundador, conserven el fervor mediante el ejercicio de la oración y, abandonando la torpeza de la negligencia, con el fuego del santo amor desechen el frío de la indevoción» (LCl 3).

2) Un deseo ardiente del Señor, el «hambre de Dios»; este deseo es el que da alma a la oración, el que introduce en el mundo de Dios y hace abrazar, en el amor, a Cristo pobre y crucificado, hasta «transformarse en la imagen de su divinidad» (Carta III).

Los escritos de Clara, sobre todo las cuatro Cartas a santa Inés de Praga, están llenos de este deseo, que es el verdadero medio franciscano para romper la barrera de las cosas humanas y entrar «de golpe» en Dios:

«Las Hermanas Pobres piensen que sobre todas las cosas deben desear tener el Espíritu del Señor y su santa operación, orar siempre a Dios con un corazón puro...» (RCl 10).

«Habéis preferido con toda el alma y afecto del corazón... uniros a un Esposo de más noble linaje, el Señor Jesucristo...» (Carta I).

«Confortaos en este santo servicio, por el que os habéis decidido, llevada del ardiente deseo de Cristo, crucificado, pobre...» (Carta I).

«Confirmaos en su santo servicio... a fin de que Aquel a quien servís con todo el anhelo de vuestra alma se digne otorgaros el premio deseado...» (Carta I).

«Ama totalmente a Aquel que del todo se entregó por tu amor...» (Carta III).

«Así te inflamarás cada vez más fuertemente en el ardor de la caridad... y exclama por el deseo excesivo del corazón y por el amor: "Arrástrame tras de ti, Esposo celestial..."» (Carta IV).

Este es el deseo que hace que las noches pasadas con el Señor, noches «inflamadas» «por el deseo excesivo del corazón y por el amor», le parezcan breves a Clara.

El Proceso de canonización y la Leyenda vuelven con insistencia sobre este motivo:

«También dijo que la bienaventurada Madre velaba tanto durante la noche en oración...» (Proceso 1,7), y «que era asidua y solícita en la oración, permaneciendo largo tiempo tendida en tierra, estando postrada humildemente» (Proceso 1,9).

«Dijo también la testigo que la Madre Santa Clara era muy asidua en la oración día y noche y que sobre la media noche despertaba a las hermanas cuidadosamente, con ciertos signos, para alabar a Dios» (Proceso 2,9). «Aun cuando estaba gravemente enferma, no quiso nunca dejar sus acostumbradas oraciones» (Proceso 2,19).

«Madonna Clara, por la noche, después de Completas, quedaba largo tiempo en oración derramando abundantes lágrimas. Cerca de la medianoche, de modo semejante, se levantaba a la oración...» (Proceso 10,3).

«En el tiempo en que la testigo había entrado en el monasterio, madonna Clara estaba enferma; y, sin embargo, de noche se incorporaba en el lecho y velaba en oración con abundantes lágrimas» (Proceso 14,2).

El autor de la Leyenda anota al respecto:

«Había fijado ya en la Luz la fervidísima mirada del interior deseo, y, como quien había trascendido la esfera de los estratos terrenos, abría más anchamente el seno de la mente al torrente de las gracias. Durante largo rato, después de Completas, sigue orando con las hermanas... Y después que las demás se retiraban a reponer sus cansados miembros sobre duras camas, ella permanecía en oración, muy despierta e infatigable para recoger entonces furtivamente la vena del divino susurro... Muchísimas veces, postrada rostro en tierra en oración, riega el suelo con lágrimas y lo acaricia con besos: de manera tal que parece tener siempre en las manos a su Jesús, sobre cuyos pies corren aquellas lágrimas y se graban los besos» (LCl 19).

3) Una mirada continua de la mente y del corazón hacia Dios: un colocar ojos, mente, corazón en Cristo, para hacer «pascua» con Él en el deseo (Carta III): contemplación activa, que en la práctica de Clara no está nunca separada de la práctica ascética de la imitación del Señor pobre y humilde. Es un mirar, un contemplar, para imitar y transformarse en Él:

«Míralo hecho despreciable por ti, y síguelo, haciéndote despreciable por Él en este mundo.

Mira... a tu Esposo, el más hermoso de los hijos de los hombres, convertido por tu salvación en el más vil de los hombres, despreciado, golpeado, azotado de mil formas en todo su cuerpo, y muriendo en la cruz entre atroces angustias.

Mira, medita, contempla, con deseos de imitarlo... Si sufres con Él, reinarás también con Él; si con Él lloras, con Él gozarás...» (Carta II).

«Aplica tu mente al espejo de la eternidad, y pon tu alma en el esplendor de la gloria, y tu corazón en la figura de la divina sustancia, y transfórmate totalmente por la contemplación en la imagen de su divinidad» (Carta III).

«Mira diariamente este espejo (Cristo, esplendor de la gloria)... para revestirte totalmente... de todas las virtudes...

Mira... la pobreza del niño colocado en el pesebre y envuelto en pañales...

Considera luego... la humildad, la pobreza bienaventurada, y los múltiples trabajos y penalidades que soportó...

Contempla, por fin... la inefable caridad, a cuyo impulso quiso padecer en el leño de la cruz y morir...» (Carta IV).

Una mirada continua a Cristo: del corazón y de la mente, que se hace meditación de su vida, contemplación de su persona humana y de su gloria en el Padre: hasta hacer «pascua» con Él: pasar, transformarte en Él, en el Padre.

El itinerario activo, en efecto, desemboca en el «reino»: «sagrado convite en el que te adhieres de todo corazón a Aquel cuya belleza admiran sin cesar todos los bienaventurados escuadrones del cielo» (Carta IV).

Es la suerte que espera a quien es ya tan pobre, en Cristo pobre, que está «muerto» y su «vida está escondida con Cristo en Dios» (Col 3,3).

«Dichosos los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5,3).

La contemplación infusa: el «reino»

1) El Hijo de Dios es una generación de Luz. Un relámpago desgarra la noche de la fe y una Luz se enciende y arde, serena y vivaz, en el alma pobre y pacificada. El Hijo de Dios visita y establece su morada en el alma fiel, como en el seno de María: «Lo atestigua la Verdad: Quien me ama, será amado por mi Padre, y yo lo amaré, y vendremos a él y en él moraremos» (Carta III).

Es una generación de Luz que da razón del nombre profético de Clara (cf. LCl 2):

«Era asidua en la oración y contemplación, y, cuando volvía de la oración, su rostro parecía más claro y más bello que el sol, y sus palabras trascendían una dulzura indecible, al extremo que toda su vida parecía por completo celestial» (Proceso 4,4).

«Era vigilante en la oración, sublime en la contemplación, hasta el punto de que, alguna vez, volviendo de la oración, su rostro aparecía más claro de lo acostumbrado y de su boca se desprendía cierta dulzura» (Proceso 6,3).

«Y cuando salía de la oración las hermanas se alegraban como si hubiese venido del cielo» (Proceso 1,9).

La Bula de canonización «Clara claris praeclara», del Papa Alejandro IV, promulgada en Anagni en 1255, se entreteje preciosamente sobre «el claror de esta fuente luminosa», de esta «lámpara tan viva, tan esplendente en la casa del Señor...».

Mas para Clara, «Mujer pobre», pero «Mujer de Dios», esta Luz es una experiencia de amor, como en el éxtasis de la noche de Navidad de 1252 (cf. Proceso 3,30; 4,16; 7,9; LCl 29).

Es el «santísimo y amadísimo Niño, envuelto en pobrísimos pañales y reclinado en el pesebre» (RCl 2), que, «nacido pobre, fue reclinado en el pesebre» (TestCl), frente al cual el alma se siente desbordada por tanto amor y admiración: «¡Oh admirable humildad, oh estupenda pobreza! El Rey de los ángeles, el Señor de cielo y tierra, reclinado en un pesebre» (Carta IV).

Clara, «altera Maria», otra María, se encuentra entre aquellos que acogieron «la luz verdadera, la que alumbra a todo hombre» (Jn 1,9), al llegar la luz al mundo: es un «niño bellísimo», que unas veces aparece en el regazo de Clara, ante su pecho, como lo vio y atestigua bajo juramento sor Francisca de Capitaneo (Proceso 9,4), otras veces se entretiene junto a ella, como declara sor Inés de Opórtulo (Proceso 10,8).

Incluso el Cuerpo del Señor, apenas recibido por Clara, parece «un niño pequeño y muy hermoso» (Proceso 9,10), y es una voz infantil la que tranquiliza a Clara, mientras brama la furia salvaje de los sarracenos contra la puerta del refectorio de San Damián: «Yo siempre os defenderé» (LCl 22).

2) La unión tiene también sus noches: también Clara tiene su larga «noche» de sufrimiento, de cruz, en la que saborea hasta el fondo el significado de la palabra tribulación, que con demasiada frecuencia y demasiado frecuentemente aparece en sus escritos para ser casual... (cf. RCl 4; 6; 10; TestCl; Carta II y V).

Tiene una larga «noche» de casi veintinueve años de enfermedad, en la que aprende el significado de la palabra paciencia (RCl 10) y hace la experiencia de un «Esposo de sangre» pobre y crucificado, «clavado en el leño de la cruz» (Carta IV), hasta padecer con Él insensible a cualquier cosa terrena (cf. el éxtasis del Viernes Santo en Proceso 3,25; LCl 31).

El Cristo de Clara lleva esculpidos en su carne los signos del amor y de la pobreza, y arrastra consigo a cuantos están dispuestos a seguirlo hasta el último extremo:

«Si sufres con Él, reinarás también con Él; si con Él lloras, con Él gozarás; si mueres con Él en la cruz de la tribulación, poseerás las moradas eternas en el esplendor de los santos y tu nombre, inscrito en el libro de la vida, será glorioso entre los hombres. Porque tendrás para siempre la gloria del reino celeste...» (Carta II).

«...el mismo espejo (Cristo), colocado en el leño de la cruz, sugería a la consideración de los transeúntes: "¡Oh vosotros todos, que pasáis por el camino, mirad y ved si hay dolor semejante al mío!" Y respondamos a una voz y con un solo corazón: "Te recordaré con perpetuo recuerdo y mi alma se disolverá en mí"» (Carta IV; p. 340-341).

3) Finalmente, la augusta experiencia del Ser de Dios, la plenitud del Bien, manantial de alegría dado a los amigos:

«También tú experimentarás lo que experimentan los amigos cuando saborean la dulzura escondida que el mismo Dios reservó desde el principio para sus amadores» (Carta III).

«Dichosa tú, a quien se le concede gozar de este sagrado banquete, en el que te adhieres de todo corazón a Aquel cuya belleza admiran sin cesar todos los bienaventurados escuadrones del cielo; cuyo amor aficiona, cuya contemplación nutre, cuya benignidad llena, cuya suavidad sacia, cuyo recuerdo suavemente alumbra, a cuyo olor se revivificarán los muertos, cuya visión gloriosa hará felices a todos los ciudadanos de la Jerusalén celeste» (Carta IV).

«Hermana, esposa y madre del Hijo del Altísimo Padre y de la gloriosa Virgen» (Carta I), el alma, adornada por el Esposo como una «nueva primavera» (Carta I) y pasiva bajo la acción del Esposo, experimenta en la unión la dicha de ser poseída por un Dios cuya esencia es amor: «... tu siniestra se pose bajo mi cabeza, y tu diestra felizmente me abrace, y me beses con el ósculo felicísimo de tu boca» (Carta IV).

Clara no escribió mucho; pero, como Francisco, todo cuanto escribió es fruto de su experiencia, de su «estar» con Dios, por sus esponsales en el Espíritu Santo, velados, como los de María, por un velo de silencio.

Sólo la hermana muerte, al acercarse a ella, descorrerá un poco este velo: y aparecerá una Clara «hija y sierva del Altísimo Padre», como Francisco la quiso, en una maravillosa «infancia espiritual»:

«Vete segura en paz -alma mía bendita-, porque tendrás buena escolta: el que te creó, antes te santificó y, después que te creó, puso en ti al Espíritu Santo, y siempre te ha mirado como la madre al hijo que ama... Tú, Señor, seas bendito porque me has creado.- Y dijo muchas cosas hablando de la Trinidad, en tono tan bajo que las hermanas no la podían entender bien» (Proceso 3,20).

«Dijo también que, estando madonna Clara al fin de su vida, había dicho a la testigo...: "¿Ves tú al Rey de la gloria que yo estoy viendo?"; repitió lo mismo más veces, y pocos días después expiró» (Proceso 4,19).

El «reino» es de los pobres (Lc 6,20; Mt 5,3).

Clara, «madonna pobre», está pronta para el «Rey de la gloria».

III. CLARA, UNA «HERMANA ENTRE HERMANAS»

La pobreza de espíritu, la renuncia evangélica a sí mismo, la humildad que retrocede y hace espacio, búsqueda activa de humillación y del último lugar (Mt 23,11), como abren a la plenitud de la posesión contemplativa de Dios, abren igualmente a la plenitud de la relación fraterna, son fuente de fraternidad, hacen grupo, hacen Iglesia, hacen «reino de Dios» en horizontal. Los dos mandamientos del amor son uno, y «donde están dos o tres reunidos en mi nombre -dice el Señor-, allí, en medio de ellos, estoy yo» (Mt 18,20). Cristo presente entre los suyos, «una sola cosa con los suyos», es el reino realizado.

«Hermanas» en el Espíritu

En los inicios de su vocación, «iluminada por la gracia para seguir el ejemplo y las enseñanzas del bienaventurado Padre san Francisco» (RCl 6), Clara se abre al «don» del Espíritu: el seguimiento limpio del Evangelio sobre los pasos de Cristo pobre y humilde.

El «don», sin embargo, no es para ella sola: es para muchas, como Francisco lo predijo «iluminado por el Espíritu Santo». A otras «el mismo Señor llamará a seguir la misma vocación» de Clara, a otras «llamará el Señor para tan grandes cosas». El «don» hecho a una, se convierte así en el «don» de todas; la misma fraternidad es un «don del Espíritu», en el que cada una es «dada» por el Señor a la otra: «junto con las Hermanas que Dios me había dado poco después de mi conversión...» (TestCl).

Acuñada en el carisma de Francisco y en obediencia a aquel mismo Espíritu que se comunica a las Hermanas Pobres de San Damián siempre y sólo «por su amado siervo, nuestro bienaventurado Padre Francisco» (TestCl), la Segunda Orden franciscana nace como una fraternidad en el Espíritu, sobre la base evangélica del «Vosotros todos sois hermanos» (Mt 23,8) y del «Quien entre vosotros quiera llegar a ser grande, sea vuestro servidor; y el que entre vosotros quiera ser el primero, sea vuestro siervo, así como el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y dar su vida en redención de muchos» (Mt 20,26-28).

Estos son los pasajes evangélicos clave de la fraternidad franciscana (cf. 1 R 5,14; 6,3), a los que está ligado el nombre mismo de la nueva Orden: Hermanos Menores.

«Hermanas Pobres» es el equivalente exacto de «Hermanos Menores», en femenino.

«Orden de las Hermanas Pobres» es el único nombre con que Clara reconoce a su fraternidad en la Regla (cap. 1). Sólo más tarde, en 1263, con la Regla del Papa Urbano, las Hermanas Pobres tomarán el nombre de la misma Clara y serán las «Clarisas».

Y así como a Francisco los Hermanos Menores le parecen «un pueblo humilde y pobre, contento con solo Dios», así también el grupo de Hermanas, que le habían sido «dadas» por el Señor en San Damián, le parece a Clara «una pequeña grey que el Señor y Padre engendró en su Iglesia santa con la palabra y ejemplo del bienaventurado Francisco, para seguir la pobreza y humildad de su amado Hijo y de la gloriosa Virgen su Madre» (TestCl): un pueblo pequeño «itinerante» en la fe y en la pobreza del Hijo de Dios, una «ecclesiola» en el vasto respiro de la Iglesia. «Hermanas», porque nacidas de un único y mismo Espíritu, para un único ideal: el seguimiento del Evangelio, en pobreza y humildad.

Nada menos que sesenta y una vez usa Clara en la Regla el término hermanas, no sustituyéndolo nunca -salvo una sola vez, en una expresión técnica ritual (c. 9)- por el de monialis, monja.

Y la vida en San Damián se define como un «modo de santa unidad» (RCl Introd.), una «forma de vida, según la cual debéis vivir comunitariamente en unidad de espíritu» (Ibíd.), «solícitas siempre de guardar unas con otras la unidad de la mutua dilección, que es vínculo de perfección» (RCl 10).

El «reino» dado a los pobres, la comunión con el Padre y con el Hijo en el Espíritu Santo, es el mismo «reino» que es dado a las Hermanas cuando, en humildad y paciencia, se aman mutuamente, no airándose ni conturbándose por razón alguna (RCl 9), antes bien, «amando a quienes nos persiguen, reprenden y acusan; porque dice el Señor: "Dichosos los que padecen persecución por la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos"» (RCl 10).

Se requieren, no obstante, «condiciones» para que este «reino» -Cristo mismo presente entre los suyos- nazca y se desarrolle en el ámbito de la fraternidad.

Clara las conoce y las indica decididamente, bajo la guía de Francisco.

El amor, que el Espíritu pone en el corazón, se encarna -sin evasiones ilusorias- en obras de fraternidad: «Y amándoos mutuamente con la caridad de Cristo, manifestad exteriormente con vuestras obras el amor que interiormente tenéis, a fin de que, movidas las hermanas con este ejemplo, crezcan siempre en el amor de Dios y en la mutua caridad» (TestCl). En efecto, afirma Francisco en la Carta a los fieles: «Somos madres de Cristo cuando lo llevamos en el corazón y en nuestro cuerpo por el amor... y lo damos a luz por las obras santas, que deben ser luz para ejemplo de otros» (2CtaF 53).

El mismo amor que se tiene en el corazón debe abrirse en relaciones interpersonales, de mutua dilección y de servicio recíproco en la fe, entre la madre -que es «la sierva de todas las Hermanas» (RCl 10)- y las Hermanas, y entre las Hermanas unas con otras (RCl cc. 4, 8, 9, 10; TestCl y passim).

La atmósfera normal en que debe vivir el grupo es la de la «familiaridad» (RCl 10; TestCl), y el vínculo que estrecha a la familia espiritual es aún más fuerte que el lazo de sangre de la familia natural (RCl 8).

«Para conservar la unión del mutuo amor y de la paz» (RCl 4), las decisiones deben tomarse ordinariamente en común, al menos las de mayor relieve, en el Capítulo en que participan todas las Hermanas, convocado regularmente al menos una vez cada semana (Ibíd). En él, la voz del más pequeño tiene el mismo peso que la del mayor: más aún, aquella es privilegiada en el Espíritu por aquel privilegio que reconoce a los pequeños el mismo Evangelio: «Has ocultado estas cosas a los sabios y discretos y las has revelado a los pequeñuelos» (Mt 11,25). «Muchas veces -subraya Clara- revela el Señor al menor lo que es mejor» (RCl 4).

Inserta en un contexto monástico femenino, en el contexto de Clara y de sus Hermanas Pobres, la fraternidad de Francisco y de sus Hermanos Menores no pierde nada de su frescor evangélico.

CONCLUSIÓN

Considero que la síntesis del pensamiento espiritual de Clara permite una más fácil lectura de sus fuentes, sobre todo de sus escritos: porque deja en evidencia el vínculo íntimo que existe entre los textos, particularmente entre la Regla, el Testamento y las Cartas de Clara, que representan momentos diversos de su experiencia espiritual y que podrían casi parecer heterogéneos entre sí y sin una conexión íntima, profunda.

Por eso me he extendido en esta síntesis más ampliamente, tal vez, de lo que era necesario; y, sin embargo, soy consciente de haber sólo iniciado un discurso que merecería ser proseguido con mayor amplitud y profundidad. Porque profundizar en el alma y experiencia espiritual de Clara de Asís, hoy, equivale a profundizar y enriquecer el franciscanismo entero con aquella dimensión de oración y de contemplación, sin la cual, hoy, franciscano no se es ni se llega a ser.

[Selecciones de Franciscanismo, vol. IX, n. 25-26 (1980) 199-217]

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