DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

LA MIRADA DE FRANCISCO,
REFLEJO DE LA DE CRISTO

por Martín Steiner, o.f.m.

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En el célebre retrato de san Francisco bosquejado por Fr. Tomás de Celano (1 Cel 83), un largo pasaje describe el aspecto exterior del Poverello. La descripción corporal se ve interrumpida por algunas anotaciones de orden espiritual: los ojos de Francisco son presentados como «regulares, negros y candorosos»; su lengua (su palabra) es calificada de «dulce, ardorosa y aguda», y su voz de «vehemente, suave, clara y timbrada»; en cuanto a sus pequeñas orejas, se nos dice que las tenía erectae, o sea, «erguidas», como si estuviera siempre pronto a escuchar. Bien sabido es que la mirada, la calidad de la palabra, la entonación de la voz y la capacidad de escucha revelan perfectamente una determinada personalidad.

Detengámonos en la mirada. Ciertas miradas expresan ternura, presencia atenta y cariñosa hacia los demás. Otras revelan un ser ausente o indiferente. Algunos ojos reflejan una ironía que paraliza; otros, un humor que estimula. Hay miradas que hielan, y también las hay que fascinan. Ojos desorbitados por la ira, y ojos que traducen el desprecio o una piedad despectiva. Hay miradas luminosas, límpidas; otras son turbias y causan turbación en aquellos sobre quienes se fijan.

Los ojos de Francisco son simples, sencillos, límpidos. Los ojos son como una ventana que da a lo esencial de la personalidad. En Francisco, revelan la sencillez, la «santa y pura sencillez» (SalVir 1). Todo es límpido en Francisco, nada turbio. En él, no hay repliegues sobre sí mismo: la acogida está inmune de reticencias, porque Francisco es por entero capacidad de acogida; el don de sí no sabe de cálculos, porque Francisco nada de sí retiene para sí mismo. Su mirada no es huidiza, porque Francisco jamás está a la defensiva: nunca trata de evitar a los importunos. ¿Qué se le podría arrebatar? Lo ha dado todo por adelantado: su tiempo, su corazón... En cuanto a bienes materiales, no tiene ninguno que proteger.

En su mirada se refleja la limpidez del corazón del hombre tal cual originariamente salió de las manos de Dios. Sus ojos son admiración y asombro ante todo lo bello. Mejor, descubren la irradiación oculta que hay en cada ser, incluso en el más descarriado o envilecido. Se fijan en esa belleza y acaban por no dejarse obnubilar ya por la fealdad. Por eso, revelan confianza, una confianza dada a todos y cada uno por adelantado, e infunden confianza incluso a quienes se sienten envilecidos ante sus propios ojos.

Por encima de todo, la mirada de Francisco revela un ser habitado por Alguien. Quienquiera que se cruce con esa mirada, encuentra en ella la ternura, la paciencia, la misericordia de Cristo.

I. LA MIRADA DE UN CONVERTIDO

Pero no nos engañemos. La mirada de Francisco no siempre fue el espejo de un ser que se ofrece por entero en la acogida y en el don, reflejo puro de la de su Señor. Esta mirada es la de un convertido. Francisco, sin duda, jamás tuvo la mirada turbia del descarriado y envilecido, ni los ojos ardientes de deseo del hombre de pasiones egoístas. No conoció la juventud de un Agustín o de un Carlos de Foucauld. Tomás de Celano, en su Vida I, habría querido ensombrecerla, para exaltar a continuación la fuerza transformadora de la gracia. No llegó a tanto. Sin embargo, Francisco mismo tiene viva conciencia de ello: ha pasado la primera parte de su vida «en pecados» (Test 1). Después de su conversión, su vida anterior le parece perdida para Dios. Y su pecado se manifestaba en su mirada. «Cuando estaba en pecados, me parecía muy amargo ver a los leprosos» (Test 1).

No se puede ser más claro. ¿El signo de su pecado? Su mirada no traduce todavía la simplicidad de un ser entregado a todos. Hay personas cuya simple vista le resulta «muy amarga», insoportable. La Leyenda de los tres Compañeros asegura: «De tal manera le echaba atrás el ver a los leprosos que, como él dijo, no sólo no quería verlos, sino que evitaba hasta el acercarse al lazareto. Y si alguna vez le tocaba pasar cerca de sus casas o verlos, aunque la compasión le indujese a darles limosna por medio de otras personas, siempre lo hacía volviendo el rostro y tapándose las narices con las manos» (TC 11).

¿El signo de su conversión? Francisco establece una relación completamente nueva con aquellos a quienes antes excluía de su universo negándose a verlos. Tiene conciencia de que este cambio es obra del Señor. Su conversión, cuyo relato minucioso no vamos a reproducir aquí, se manifiesta en todo caso en la transformación de la mirada. «El Señor me dio de esta manera a mí, el hermano Francisco, el comenzar a hacer penitencia: pues cuando estaba en pecados, me parecía muy amargo ver a los leprosos. Y el Señor mismo me condujo entre ellos y yo los traté con misericordia. Y al separarme de ellos, lo que me había parecido amargo, se me convirtió en dulzura del alma y del cuerpo» (Test 1-3). Los tres Compañeros mencionan el «beso al leproso», el beso que le devolvió el leproso a Francisco y las espléndidas limosnas que éste hizo a todos los leprosos, días después, en su hospital. Y concluyen: «Al salir del hospital, lo que antes era para él repugnante, es decir, ver y palpar a los leprosos, se le convirtió en dulzura» (TC 11).

¿Qué dulzura es esa de la que Francisco es el primero en hablar? Los relatos del «beso al leproso» incluyen en general un elemento que nos permite captarlo: al ósculo de paz recibido del leproso según los tres Compañeros, corresponde en Celano (2 Cel 9) y en san Buenaventura (LM 1, 5) la misteriosa desaparición del leproso. El sentido de estas puntualizaciones es claro: en los leprosos acogidos, servidos, favorecidos con su generosidad, Francisco se ha encontrado con su Señor. Ahora bien, para Francisco, el Señor manifiesta su presencia activa a través de la «dulzura», la ternura, el amor gratuito que sale al encuentro de lo que se había perdido (TC 7; 2CtaF 56).

Este encuentro con el Señor en el servicio a los leprosos, pobres entre los pobres, fue una experiencia tan fuerte, que Francisco ya no pudo continuar por mucho tiempo en la sociedad que los rechazaba: «Y, después de esto, permanecí un poco de tiempo y salí del siglo» (Test 3).

Tal es, por tanto, según la confesión misma de Francisco, la etapa decisiva de su vida: el comienzo de su vida nueva, de su vida en «penitencia».

Un largo caminar, sin embargo, precedió a ese verdadero punto de partida de su existencia de convertido. Describiendo esa evolución previa, la Leyenda de los tres Compañeros aporta, en dos ocasiones, un rasgo significativo. La Leyenda habla de la cortesía de Francisco, virtud que impulsa al joven a la decisión de ser «por amor de Dios... generoso y afable con los pobres». Y el relato prosigue: «Desde entonces veía con satisfacción a los pobres y les daba limosna abundantemente» (TC 3). Más adelante, al enumerar los efectos de la transformación iniciada en el joven por la célebre experiencia de la dulzura, de la ternura de Dios, experiencia que vivió Francisco una noche de fiesta (TC 7), el autor de la Leyenda escribe: «Así como antes le gustaba salir con los amigos cuando lo llamaban y tanto le atraía su compañía que muchas veces se levantaba de la mesa a medio comer, causando gran pena a sus padres por estas intempestivas salidas, así ahora tenía todo su corazón pendiente de ver u oír a algún pobre para darle limosna» (TC 9).

De este modo, si damos crédito a la Leyenda de los tres Compañeros, las etapas preparatorias del viraje decisivo de la vida de Francisco estuvieron marcadas, entre otras cosas, por una mirada totalmente nueva hacia los pobres, y esa mirada estuvo vinculada en cada ocasión a una experiencia de Dios: a causa del sentido que Francisco tenía de la liberalidad de Dios (TC 3: «... que es generosísimo en dar la recompensa»), «veía con satisfacción a los pobres»; después de haber sido invadido por la dulzura de Dios (TC 7), «tenía todo su corazón pendiente de ver u oír a algún pobre» (TC 9), con la misma intensidad con que antes buscaba la compañía de sus amigos y camaradas de fiesta y diversión.

La mirada expresa la orientación profunda del ser. Francisco, nacido de la clase mercader entonces en plena ascensión social, no tenía ojos al principio más que para los de su propio mundillo. En éstos encontraba las mismas aspiraciones que lo habitaban a él: deseo de libertad, de promoción social por el éxito, de igualdad también. En su mundo mercantil, esta última -así empezaba él a comprobarlo- se revelaba irrealizable: el rey-dinero lo pervertía todo y transformaba el común, el nuevo municipio, en campo cerrado de luchas por el poder y la riqueza. Y Francisco mismo, en su punto de partida, había sido como todos los ricos: ¡ni tan siquiera «veía» a los pobres! Su mirada podía muy bien encontrarlos fortuitamente, pero resbalaba por la superficie de sus apariencias. Todavía no revelaba un corazón que penetrara en el drama de los demás, es decir, un corazón que comulgara con la mirada de Dios. Dios, en efecto, se revela en la historia de su Pueblo primeramente como Quien ve la desgracia del pobre y oye el clamor de su indigencia (cf. Ex 3,7; etc.).

En adelante, también Francisco verá al pobre. En estrecha relación con la experiencia del Dios vivo, Francisco se va desprendiendo progresivamente de su propio mundo para volverse cada vez más resueltamente hacia los excluidos del banquete de la vida. Finalmente se abre a los leprosos, los últimos de los pobres a quienes él no veía, no quería ver. Se solidariza con ellos, prolongando así la andadura de Dios que no se contentó con ver la indigencia del pobre, sino que quiso hacerse su hermano en la Encarnación.

II. LA HUMANIDAD DE DIOS
QUE IRRADIA DEL ROSTRO DE CRISTO

Francisco frecuenta, pues, el trato de los leprosos, cuida sus llagas. La vista diaria de su rostro desfigurado le prepara al descubrimiento de otro Rostro.

En esta época, a Francisco le gusta sumergirse en la contemplación de un icono del Crucificado, en la capilla ruinosa de San Damián, situada algo a las afueras de Asís. Un día, este icono recobra vida para él y lo interpela: «Francisco, ve y repara mi iglesia que, como ves, se derrumba en ruinas». Francisco queda conmovido por esta voz. Se consagrará con todas sus fuerzas a la ejecución de la orden recibida. Pero Francisco ha quedado fascinado, tanto o aún más, por el rostro del Señor. De estilo bizantino, el icono que contempla representa ciertamente a un Crucificado. Pero sus rasgos no evocan al hombre de dolores en cuanto tal. Lo que Francisco descubre en el rostro vuelto hacia él, es la humanidad de Dios. Ya no es el Dios de majestad, el todopoderoso, cuyos señoríos, los tenga el Imperio o la Iglesia, son, y muy a gusto, los garantes seguros de su poder. Tampoco el Dios que debía salir fiador del nuevo orden de cosas instaurado por el «común». Del Crucificado irradia una nueva gloria, la de la humildad de Dios. Dios hecho tan humilde que, en adelante, será el hermano de todos, pero principalmente del más pequeño, del más pobre. Se desposa con el destino humano hasta compartir la suerte del más miserable. ¡Humanización de Dios que es revelación suprema de su gloria! Sólo en Dios el amor es suficientemente poderoso para hacer suya la experiencia total del ser amado, incluida hasta la muerte.

Tal es el Rostro cuyos rasgos se imprimen de forma indeleble en el corazón de Francisco. En adelante, su vida entera puede ser considerada como una búsqueda de la luz de ese Rostro, hasta la experiencia transformante de La Verna, hasta el encuentro final cuando, «cumplidos, por fin, en Francisco todos los misterios, liberada su alma santísima de las ataduras de la carne y sumergida en el abismo de la divina claridad, se durmió en el Señor este varón bienaventurado» (LM 14,6; cf. 1 Cel 110).

Por el momento, Francisco no aparta la vista de la mirada de bondad infinita del Crucificado que reposa sobre él. En esta luz divina, evalúa mejor aún las tinieblas en que está sumergido: búsqueda angustiosa de su camino, que el mandato del Crucificado comienza a esclarecer; recuerdos de su pasado, perdido para Dios, del que sólo la misericordia del Señor podría preservarlo en el futuro; a ello se añade, sin embargo, la convicción de que Aquel que le ha dado la orden de reparar la iglesia -¡y solo Él!- puede concederle el llevar a buen término una tarea para la que se siente tan poco preparado.

Pide entonces incesantemente ser iluminado por ese Rostro para tomar de su luz la fe, la esperanza y el amor necesarios y para discernir cada vez mejor el alcance de la orden recibida de lo alto de la cruz:

Sumo, glorioso Dios,
ilumina las tinieblas de mi corazón
y dame fe recta, esperanza cierta y caridad perfecta,
sentido y conocimiento, Señor,
para que cumpla
tu santo y verdadero mandamiento (OrSD).

¡La faz del Señor toda radiante de humanidad de Dios! ¡Claridad que ilumina progresivamente un mundo inhumano, esclavizado por la sed de dominio y de placer! ¡Experiencia que marca definitivamente el caminar de Francisco! Señalamos aquí solamente algunas de las consecuencias en que se prolonga esa experiencia.

3. Francisco, pues, al igual que todos los grandes creyentes, conoció las noches oscuras o del espíritu. Pero su mística es radicalmente una mística de luz. Para Francisco, el símbolo del Altísimo es «el señor hermano Sol, el cual es día, y por el cual nos alumbras. Y él es bello y radiante con gran esplendor» (Cánt 3-4). Dios, por tanto, es luz. Para Francisco, acercarse a Él, no es sumergirse en las tinieblas, como para algunos Padres griegos. Según Gregorio de Nisa, por ejemplo, la luz divina es tan deslumbradora que, para nosotros, resulta tiniebla; progresar en el conocimiento de Dios es reconocer con evidencia creciente cuán incognoscible es Dios.

También para Francisco Dios es «invisible, inenarrable, inefable, incomprensible, inescrutable» (1 R 23,11), porque «habita en una luz inaccesible» (Adm 1,5). Sin embargo, Francisco cree que ya desde ahora, en este bajo mundo, Dios quiere iluminarlo progresivamente. Y así ora: «Clarificada sea en nosotros tu noticia...» (ParPN 3). ¿Por qué? Precisamente porque en la raíz de su vida nueva está la experiencia de Cristo que le ha arrancado de sus tinieblas, de Cristo por quien ha hecho irrupción, en su vida, la revelación de la humanidad de Dios, esa nueva luz. De esta manera, Francisco fue llevado de golpe al corazón mismo de la fe cristiana, a Aquel que dijo: «Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie va al Padre sino por mí. Si me conocéis a mí, conoceréis también a mi Padre; desde ahora lo conocéis y lo habéis visto... Felipe, el que me ve a mí, ve al Padre» (Jn 14,6-9; cf. Adm 1,1-4). En resumen, Francisco, en su búsqueda de Dios, permanece centrado en el misterio de la Encarnación. Esta humanización de Dios es la que, para él, hace brillar la única luz decisiva sobre Dios: Cristo, luz verdadera, le conduce al Padre.

¡Ver a Cristo es ver al Padre! Meditar larga y profundamente los comportamientos, actos y gestos de Cristo, es penetrar en un conocimiento profundo de Dios; escrutar el rostro humano de Jesús, es introducirse a ver resplandecer en él todo el movimiento de amor de Dios al hombre, movimiento que coincide con el ser divino mismo. Estas certezas no pudieron menos que agudizar, en un hombre visual como Francisco, el deseo de ver a su Señor. Tal es, por ejemplo, el sentido del «belén» de Greccio. Francisco se explaya con un buen hombre llamado Juan y le expone sus proyectos: «Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos (cf. Adm 1, 21) lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno» (1 Cel 84). Tomás de Celano, a quien debemos el relato de dicho acontecimiento, nos describe el arrobamiento de Francisco y la alegría de todos los que participaron en aquella noche (cf. 1 Cel 85-86).

Ahora bien, hay un lugar en el que Francisco puede ver a diario a Aquel que es el camino de acceso al conocimiento del Padre: es la Eucaristía. «... en este siglo nada veo corporalmente del mismo altísimo Hijo de Dios sino su santísimo cuerpo y santísima sangre... » (Test 10). «Nada, en efecto, tenemos ni vemos corporalmente en este mundo del Altísimo mismo, sino el cuerpo y la sangre, los nombres y las palabras, por los que hemos sido hechos y redimidos de la muerte a la vida» (CtaCle 3). Y porque los sacerdotes le administran la Eucaristía, Francisco discierne en ellos al Hijo de Dios (Test 9-10). No se trata aquí -¿habrá que recordarlo con Francisco?- de una visión que se para en la realidad exterior. La Encarnación revela, en una existencia humana, la verdad y la plenitud de Dios. Ella nos intima a que nos abramos en la fe a esa plenitud y a esa verdad, traducidas, manifestadas en el ser humano de Jesús de Nazaret. En resumen, como dice Francisco siguiendo a Juan, es necesario «ver y creer», «según el espíritu y la divinidad» (Adm 1, 8). Exigencia absoluta que se impuso a los apóstoles frente al hombre Jesús, como también se nos impone a nosotros frente a la Eucaristía (Adm 1,19-21).

Ahora bien, sólo el Espíritu nos hace capaces de esta visión de fe, de esta «contemplación» (Adm 1, 7. 12. 20). Por eso Francisco pide a Dios la iluminación interior del Espíritu Santo, a fin de poder seguir las huellas de Cristo, único camino de acceso al Padre (CtaO 51-52). Porque está convencido de esto, escribirá que solas la gracia y la iluminación del Espíritu Santo pueden infundirnos las «virtudes», los dinamismos interiores que hacen de nosotros, de infieles que somos por nosotros mismos, creyentes y fieles a Dios (SalVM 6).

De este modo, para Francisco, el conocimiento de Dios irradia del rostro de Cristo. Ahí se revela plenamente lo que los pobres esperaban y presentían: la humanidad de Dios. La humildad de la Encarnación, que lleva a la «kénosis», al anonadamiento de la Pasión, y que se prolonga en «la pequeña forma de pan» eucarístico (CtaO 27), es para el Pobrecillo la fuente inagotable de su contemplación de Dios, el camino de unión a Dios, la luz indefectible de su vida.

III. REFLEJAR LA MIRADA DEL SEÑOR

Desde el día en que los rasgos del Crucificado se grabaron en su corazón, Francisco hizo de su vida entera una búsqueda de ese rostro. Lo descubre en toda la creación: tanto en el gusano de la tierra como en el cordero, lo mismo en la piedra que en las flores (cf. 1 Cel 77 y 81; 2 Cel 165). Pero es el hombre, y sobre todo el hombre más desamparado, el que le hace llegar mejor el reflejo de ese rostro. Esto lo comprobamos desde su servicio a los leprosos, servicio que marcó el inicio de su conversión.

Así nos lo asegura san Buenaventura: «... Ahora, por amor a Cristo crucificado, que, según la expresión del profeta, apareció despreciable como un leproso..., les prestaba con benéfica piedad a los leprosos sus humildes y humanitarios servicios. Visitaba con frecuencia sus casas, les proporcionaba generosas limosnas y can gran afecto y compasión les besaba la mano y hasta la misma boca» (LM 1,6). «El alma de Francisco -explica Celano- desfallecía a la vista de los pobres; y a los que no podía echar una mano, les mostraba el afecto. Toda indigencia, toda penuria que veía, lo arrebataba hacia Cristo, centrándolo plenamente en él. En todos los pobres veía al Hijo de la Señora pobre llevando desnudo en el corazón a quien ella llevaba desnudo en los brazos» (2 Cel 83). Y añade Celano que, por esta razón, Francisco no consiguió desprenderse de la envidia a los que le parecían más pobres que él. A un hermano que había hablado mal de un pobre, le impuso una severa penitencia, y luego le dijo: «Hermano, cuando ves a un pobre, ves un espejo del Señor y de su madre pobre. Y mira igualmente en los enfermos las enfermedades que tomó él sobre sí por nosotros» (2 Cel 85). «Quien dice mal de un pobre, ofende a Cristo, de quien lleva la enseña de nobleza y que se hizo pobre por nosotros en este mundo» (1 Cel 76). Celano concluye: «En suma: Francisco llevaba siempre consigo el hacecillo de mirra (cf. Ct 1, 13); estaba siempre contemplando el rostro de su Cristo (cf. Sal 83, 10); estaba siempre acariciando al varón de dolores y conocedor de todo quebranto (cf. Is 53,3; Heb 4,15)» (2 Cel 85).

Pero Francisco no sólo busca incesantemente el Rostro de su Señor, sino que, iluminado él mismo por la claridad de ese Rostro, comulga cada vez más con la mirada del Señor sobre los seres y las cosas, y pide también a sus hermanos que se desposen con la mirada de bondad y de misericordia de Cristo sobre todos y cada uno de los hombres.

Francisco, que había acogido a cada hermano como un don del Señor (Test 14), tenía siempre una mirada admirativa hacia todos ellos, pensando en las cualidades propias de cada uno (cf. EP 85). Considerándolos a todos como «hermanos espirituales (2 R 6,8), los quería animados por la «santa operación» del Espíritu (2 R 10,9) y, especialmente, unidos por la «caridad del Espíritu» (1 R 5,14).

Por eso les recomendaba que, en cualquier circunstancia, tuvieran los unos para con los otros la mirada que el Espíritu del Señor Jesús iba creando en ellos: «Y, dondequiera que estén o en cualquier lugar en que se encuentren unos con otros, los hermanos deben tratarse (la ed. crítica de Esser dice: se revidere) espiritual y amorosamente (es decir, con la mirada de bondad del Señor, suscitada en ellos por el Espíritu) y honrarse mutuamente sin murmuración» (1 R 7,15).

Se trata de la mirada que refleja toda la capacidad de acogida y de don que, por su Espíritu, el Señor quiere infundir en nosotros para re-crearnos a su imagen. Para caracterizarla, habrá que repetir todo lo que Francisco dice sobre el amor fraterno. Bástenos recordar aquí algunos consejos o directrices que se refieren de manera más explícita a la mirada.

En la carta de Francisco a un Ministro que, desanimado por el comportamiento de sus hermanos, pedía irse a un eremitorio, leemos: «Y en esto quiero conocer que amas al Señor y me amas a mí, siervo suyo y tuyo, si procedes así: que no haya en el mundo hermano que, por mucho que hubiere pecado, se aleje jamás de ti después de haber contemplado tus ojos (=de haberse encontrado con tu mirada) sin haber obtenido tu misericordia, si es que la busca. Y, si no busca tu misericordia, pregúntale tú si la quiere. Y, si mil veces volviere a pecar ante tus propios ojos, ámale más que a mí, para atraerlo al Señor; y compadécete siempre de los tales» (CtaM 9-11). Poder encontrar en la mirada de un hermano la certeza de la misericordia, por enorme que haya sido la falta cometida; ver que el perdón es ofrecido aun cuando no haya sido pedido; sentirse amado más que el mejor amigo por aquel bajo cuya mirada se ha caído una vez más en la misma falta; esto es verdaderamente encontrar en esa mirada fraterna la misericordia insondable, invencible del Señor. Sin duda alguna, en esta carta Francisco, de quien Chesterton pudo decir que fue el perdón mismo de Dios pasando sobre nuestra tierra, se ha revelado al máximo él mismo.

Es cierto que en Francisco se encuentran también otros acentos. En la Carta a toda la Orden, Francisco se subleva contra los hermanos que rehúsan observar la Regla o celebrar el Oficio como prescribe la Regla: «No los tengo por católicos ni por hermanos míos; tampoco quiero verlos ni hablarles hasta que se arrepientan» (CtaO 44; cf. vv. 40-46). Hemos de confesar que, a primera vista, resulta difícil concebir una actitud más opuesta a la que él mismo pedía tan insistentemente en la Carta a un Ministro. Por otra parte, difícil sería imaginar castigo mayor que el quedar excluido de la mirada de Francisco. ¿Bastará para explicar semejante diferencia de tono recordar que la Carta a un Ministro, escrita ciertamente antes de 1223, es anterior a la Carta a toda la Orden, redactada probablemente el año mismo de la muerte de Francisco? Ante los abusos graves y repetidos, ¿se habría endurecido Francisco? La eventual parte de verdad que haya en esta explicación me parece mínima.

En realidad, Francisco no contempla la misma situación en ambos escritos: en la Carta a un Ministro habla, como prueba todo el contexto, de hermanos faltos de delicadeza, difíciles, llenos de defectos. Para con éstos, la misericordia debe emplearse a fondo. La Carta a toda la Orden evoca el caso de hermanos que andan vagando fuera de toda obediencia, que rechazan las prescripciones de la Regla que han prometido observar o que se niegan a celebrar el Oficio. Francisco, en el fondo, comprueba que no son católicos (el rezo del Oficio fue siempre para él un signo necesario de la profesión de fe católica) y que ya no son hermanos suyos (puesto que reniegan de la Regla cuya común profesión los había hecho hermanos a ellos y a él). No estamos ya en presencia de hermanos llenos de debilidades y de defectos, sino de hombres que se han separado ellos mismos de la fraternidad al violar los compromisos que habían asumido. A la espera de que se arrepientan, hagan penitencia y se conviertan de nuevo, Francisco saca la conclusión lógica de su actitud: no quiere verlos ni hablarles. En resumen: sin querer negar que existe una cierta tensión entre las afirmaciones de las dos cartas, hay que reconocer, al menos, que, fundamentalmente, las situaciones contempladas son diferentes.

En la mirada que los hermanos se dirigen unos a otros, se da necesariamente siempre esa tensión. Su mirada expresa siempre a la vez la misericordia, el aliento y estímulo, la invitación a comenzar de nuevo, y también la vigilancia, pues todos son responsables del mantenimiento de la «rectitud de nuestra vida» (1 R 5,4). Así, los Ministros deben «visitar frecuentemente» a sus hermanos, ir a verles, para amonestarlos y animarlos espiritualmente (1 R 4,2). Los hermanos, por su parte, deben «considerar razonable y atentamente la conducta de los ministros y siervos; y si vieren que alguno de ellos se comporta carnal y no espiritualmente en conformidad con nuestra vida», tendrían que seguir todo un proceso para conducirlo a cambiar de orientación (1 R 5,3-4). Podríamos citar otros ejemplos. Esta manera de unir misericordia y aliento, por una parte, exigencia y rigor, por otra, está en profunda conformidad con el Evangelio. Caracteriza la mirada del Señor mismo, con la que comulga Francisco. En último análisis, sin embargo, la misericordia debe prevalecer siempre. Francisco lo justifica con el mismo argumento que el Señor empleaba frente a sus detractores: «No necesitan de médico los sanos, sino los enfermos» (1 R 5,8; CtaM 15=Mt 9,12).

Cuando los hermanos van por el mundo, su mirada debe también reflejar la de su Salvador, quien no vino al mundo para juzgar o condenar, sino para salvar y traernos la ternura del Padre: «Amonesto y exhorto a todos ellos a que no desprecien ni juzguen a quienes ven que visten de prendas muelles y de colores y que toman manjares y bebidas exquisitos; al contrario, cada uno júzguese y despréciese a sí mismo» (2 R 2,17; cf. 3,10-11; 1 R 11).

La mirada del Hermano Menor debe expresar su negativa a juzgar (Francisco insiste en ello con frecuencia); la actitud acogedora hacia todos y cada uno, reconocido por sí mismo, tal cual es, con su aportación personal; el respeto a todo hombre, cualquiera que sea su raza, su clase social, incluso su mérito o demérito; la confianza depositada en todos y cada uno, porque Dios, el autor de todo bien, está actuando en cualquiera para suscitar en él transformaciones sorprendentes; la disponibilidad al servicio de todos.

No podemos ahora desarrollar más el tema. Se trata, en definitiva, de la mirada de aquel que está habitado por la convicción que animaba a Jesús mismo en todo encuentro: todo ser, cada ser es amado por Dios; ha salido del mismo amor del Padre que crea y sostiene a todos los hombres; tiene, de parte de Dios, una riqueza única que compartir; esta vocación es más importante que todos sus inevitables defectos; mediante todo mi modo de ser, es necesario que yo lo estimule a realizar esa vocación para que, también por él, se construya el Reino de Dios.

[En Selecciones de Franciscanismo, vol. XII, núm. 36 (1983) 363-374]

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