DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

DESCUBRIMIENTO GRADUAL
DE LA FORMA DE VIDA EVANGÉLICA
POR FRANCISCO DE ASÍS

por Octaviano Schmucki, o.f.m.cap.

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IV. INCIDENCIA DE LA SAGRADA ESCRITURA,
DESDE LA «REGLA BULADA» (1223)
HASTA LA MUERTE DEL FUNDADOR

1. El año 1223 trajo a Francisco y a su Orden el importante acontecimiento de la elaboración, conseguida no sin sufrimientos internos, del nuevo proyecto de regla, las correspondientes gestiones en la Curia romana, y su aprobación solemne con la bula de Honorio III Solet annuere, del 29 de noviembre de 1223. Naturalmente, es imposible tratar aquí las múltiples y complejas cuestiones relativas al desarrollo histórico de la Regla bulada y a la colaboración de canonistas y de la misma Curia en su redacción final. Nos limitamos a señalar el resultado a que llega el autor protestante Karlmann Beyschlag: « La Regla bulada puede considerarse, al igual que la Regla no bulada, como expresión válida de la voluntad de Francisco. Que en ella se exprese, además, toda la voluntad de Francisco, es una cuestión que debe quedar abierta...»1

A cualquiera que lea ambas Reglas, le llama la atención no sólo su diversa longitud, sino también sus diferencias de estilo y de estructura. Se advierte de inmediato que la Regla bulada contiene un número de citas bíblicas notablemente inferior al contenido en la Regla no bulada. Por otra parte, el capítulo primero, introductorio, y el doce, conclusivo, ofrecen en cierto modo una clave evangélica para su comprensión global: «La regla y vida de los hermanos menores es ésta: guardar el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo viviendo en obediencia, sin nada propio y en castidad» (2 R 1,1). En el capítulo doce, el Fundador prescribe pedir «al señor papa» un cardenal protector «para que, siempre sumisos y sujetos a los pies de la misma santa Iglesia, firmes en la fe católica, guardemos la pobreza y la humildad y el santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo que firmemente prometimos» (2 R 12,4).

De la frase conclusiva de la Regla bulada se deduce con claridad que el Evangelio no ha de entenderse como mera causa formal, según la cual deben vivirse los tres votos. La referencia al «santo Evangelio de nuestro Señor Jesucristo» expresa esencialmente lo mismo que el concilio Vaticano II establece en el Decreto sobre la renovación de la vida religiosa: «Como quiera que la norma última de la vida religiosa es el seguimiento de Cristo tal como se propone en el Evangelio, ésa ha de tenerse por todos los institutos como regla suprema» (PC 2a). El legalismo que, por desgracia, reemplazó poco después de la muerte de Francisco al carácter fontal y modélico del Evangelio, sustrajo a la fundación franciscana mucha de su frescura, libertad y eficacia originales.2

Quien se toma la molestia de ponderar desde más cerca los elementos bíblicos de la Regla bulada, comprueba, en primer lugar, la siguiente relación numérica: en los doce capítulos hay cinco citas propiamente dichas del Nuevo Testamento, dos reminiscencias de lugares del Antiguo Testamento y dieciocho del Nuevo. Si se la compara con la Regla no bulada, nadie dirá que en la bulada se esboza un ensanchamiento del horizonte espiritual bíblico de Francisco. Los principales momentos de su desarrollo espiritual permanecen en la Regla bulada bajo una forma redaccional notablemente reducida, pero que conserva fielmente la esencia del carisma originario. Los discursos de misión están representados por el saludo de paz de Lc 10,5 y la licencia para comer de todos los alimentos de Lc 10,8 (2 R 3,13-14). De los fragmentos que cayeron bajo los ojos de Francisco y de sus dos primeros compañeros en la iglesia de San Nicolás, sólo reaparece la alusión a la renuncia total a poseer según Mt 19,21 (2 R 2,5).

El capítulo bíblicamente más rico es, sin duda, el sexto, que contiene cinco referencias neotestamentarias. Especial mención merece el hecho de que, por influjo sin duda de consejeros de la Curia, el significado exegéticamente discutible de la pobreza mendicante de Jesús, su Madre y sus discípulos ceda aquí el lugar a una cita parcial de 2 Cor 8,9: «Conocéis bien la generosidad de nuestro Señor Jesucristo, el cual, siendo rico, por vosotros se hizo pobre a fin de que os enriquecierais con su pobreza» (cf. 2 R 6,2-3). Exacta es, igualmente, la reminiscencia de 1 Pe 2,11, con la imagen del peregrino y forastero, como forma de vida de los hermanos menores (v. 2). En el mismo capítulo (v. 9), Francisco aplica la llamada «regla de oro» de Mt 7,12 al cuidado de los enfermos en su fraternidad.

Un segundo polo bíblico lo constituye el capítulo diez, con tres citas textuales y tres reminiscencias bíblicas. En las líneas de este capítulo aflora, como en ningún otro, el tono cálido del Seráfico Padre amonestando a sus hijos. Así, es probable que en ninguna otra Regla monástica se encuentre una exhortación comparable a la que sigue al derecho de recurrir a los ministros, concedido a todos los hermanos «que sepan y conozcan que no pueden guardar espiritualmente la Regla»: «Y los ministros acójanlos caritativa y benignamente, y tengan para con ellos una familiaridad tan grande, que puedan los hermanos hablar y comportarse con los ministros como los señores con sus siervos; pues así debe ser, que los ministros sean siervos de todos los hermanos» (2 R 10,4-6; cf. Mt 20,26-27). El Santo refleja aquí de manera insuperable, y con una terminología parcialmente bíblica, el espíritu del Nuevo Testamento. Otras reminiscencias de Lc 12,15 y de Mt 13,22 afluyen espontáneamente en la advertencia del Fundador respecto a los pecados de los hermanos contra la humildad, la excesiva preocupación terrena y las transgresiones al amor fraterno (2 R 10,7-8). Las tres citas de Mt 5,44, 5,10 y 10,22, instruyen sobre el amor a los enemigos y la oración por los perseguidores, sobre la bienaventuranza evangélica a quienes padecen persecución y sobre la promesa de salvación eterna a quien persevere hasta el fin (2 R 10,10-12).

A la mayoría de los hermanos de entonces debió parecerles revolucionaria la prescripción del capítulo tercero: «Los clérigos cumplan con el oficio divino según la ordenación de la santa Iglesia romana, a excepción del salterio» (2 R 3,1). Probablemente por consejo del cardenal Hugolino, Francisco prefiere aquí el llamado salterio galicano a la traducción defectuosa y en parte incomprensible del salterio romano. El salterio romano se empleaba en Roma, en Italia (salvo en el norte) y en gran parte de Occidente. El salterio galicano es una revisión del texto de los salmos, realizada por san Jerónimo por motivos de estudio en 389, en base a la Hexapla.

No podemos ni imaginar lo que este cambio significaba, antes de la invención de la imprenta, para los miembros de una Orden consagrada a la pobreza absoluta. Puesto que Francisco, como se ha indicado antes (I, 2), sabía de memoria el salterio romano, este cambio le afectó personalmente. Aprender de nuevo un texto, en parte bastante distinto y, a la vez, parcialmente idéntico, presentaba todavía más dificultades para Francisco, pues durante su viaje misionero a Oriente Medio (1219/1220) había contraído la temible enfermedad contagiosa del tracoma (conjuntivitis tracomatosa o granulosa). La enfermedad se caracteriza por granulaciones que degeneran en cicatrices, con abundantes secreciones lagrimales, fotofobia y alteraciones de la función visiva ocular. A consecuencia de la progresiva opacidad de la córnea, Francisco casi no podía leer, y no digamos aprender de memoria todos los salmos. Tal vez esto explique el hecho de que en el Oficio de la Pasión del Señor aparezcan con frecuencia versículos provenientes del salterio romano.

2. En la sacristía del protomonasterio de Santa Clara, en Asís, se ha conservado con gran respeto y solicitud el llamado Breviario de san Francisco. Con toda razón, pues este manuscrito de 320 folios, de 17 x 12 cm., es el testimonio más precioso de la reforma litúrgica prescrita por Inocencio III y puesta en práctica entre 1213-1216 por los miembros de la Curia papal. Entre 1216-1223, el Breviario perteneció a un capellán de la Curia, de quien el Fundador de la Orden, durante sus gestiones en Roma para la confirmación de la Regla bulada, lo adquirió en 1223 a fin de adaptarse a la nueva legislación litúrgica de la Orden. En los folios 265ra-319vb se encuentran, transcritos a dos columnas, los evangelios siguiendo el curso del año litúrgico; primero, los de los tiempos litúrgicos principales, empezando por el Adviento; después, los de los propios y comunes de los santos. La escritura regular y un tanto artificiosa del «evangeliario» denota influencias francesas y remite, si se lo compara con otras partes del breviario manual, a un tiempo algo posterior; en cualquier caso, parece haber sido escrito ya en los primeros veinte años del siglo XIII. Las huellas que un uso frecuente y prolongado han dejado en los folios, hacen suponer que el «evangeliario» fue utilizado primero como libro independiente y que, más tarde, fue unido al breviario.

Estas noticias más bien técnicas nos permiten comprender más fácilmente la anotación escrita, de su puño y letra, por fray León en el folio 1v del Breviario:

«El bienaventurado Francisco adquirió este breviario para sus compañeros los hermanos Ángel y León, y quiso servirse de él para decir el oficio divino cuando gozaba de buena salud, como se contiene en la Regla. Y, cuando estaba enfermo y no podía recitar el oficio, quería, al menos, escucharlo. Y así lo vino haciendo mientras vivió.

»Hizo también escribir este evangeliario. Y el día que no podía oír misa, por motivo de enfermedad o por cualquier otro notorio impedimento, se hacía leer el evangelio que aquel mismo día se leía en la iglesia durante la misa. Mantuvo esta práctica hasta su muerte. Pues solía decir: "Cuando no oigo misa, adoro el cuerpo de Cristo con los ojos de la mente en la oración, como lo adoro cuando lo veo en la misa". Y, una vez oído o leído el evangelio, el bienaventurado Francisco besaba siempre el evangelio con grandísima reverencia hacia el Señor.

»Por este motivo, nosotros, hermano Ángel y hermano León, suplicamos encarecidamente a la señora Benedicta, abadesa de las damas pobres del monasterio de Santa Clara, y a todas las abadesas del mismo monasterio que lo sean en el futuro, que, en recuerdo y veneración del santo Padre, conserven siempre en el monasterio de Santa Clara este libro, en el que tantas veces leyó el mencionado Padre».3

Este testimonio histórico de primera mano es tan patente e impresionante, que huelga cualquier comentario. Para el tema de nuestro estudio sería importante, con todo, saber con precisión cuándo se escribió el libro de las perícopas evangélicas y cuándo empezó el Santo a hacer la lectura diaria de los evangelios. Gracias a Laurent Gallant conocemos la lista exacta de todos los fragmentos evangélicos que Francisco leía o escuchaba a lo largo del año litúrgico.4 Este investigador ha prometido, además, un estudio especial en el que examinará cuidadosamente esta serie de perícopas evangélicas a la luz de la historia litúrgica. Es un trabajo deseable, aun cuando St. A. Van Dijk ha comprobado, en su descripción del Breviario, que la serie de perícopas concuerda fundamentalmente con la de la liturgia romana anterior a la reforma postconciliar; así y todo, deberá prestarse particular atención a algunas divergencias. En cualquier caso, lo cierto es que en este manuscrito del «Protomonasterio» se esconde una fuente principal de los conocimientos evangélicos de Francisco durante los últimos años de su vida.

3. A la luz de los datos de las fuentes antiguas, la respuesta a la pregunta sobre si Francisco visitó Tierra Santa durante la V Cruzada (1219-1220), en la que participó, parece que ha de ser negativa. Sin embargo, la cercanía espiritual y geográfica a los lugares del nacimiento, vida y pasión de nuestro Señor, independientemente de si el Santo de hecho los visitó o no, dejó huellas indelebles en su piedad. Prueba de ello son la celebración navideña en Greccio (1223) y su crucifixión mística en La Verna (1224), acontecimientos ambos ocurridos poco después de su viaje a Siria y Egipto. Evidentemente, no es posible describir aquí, ni siquiera en sus rasgos generales, estas dos cumbres de la mística franciscana. Conviene, no obstante, subrayar que, con esta doble experiencia religiosa, el Fundador de la Orden ofreció a sus contemporáneos una «exégesis» casi visible y palpable del relato del nacimiento de Jesús según Lc 2,1-20, y de la crucifixión de Cristo.

En la Misa de medianoche, celebrada a cielo abierto en la naturaleza invernal de Greccio, Francisco se propuso actualizar de manera simbólico-conmemorativa en el aquí y el ahora la entrada en el mundo del Verbo de Dios hecho hombre. Según el relato de Celano, Francisco explicó así sus propósitos al noble Juan, su amigo: «Deseo celebrar la memoria del niño que nació en Belén y quiero contemplar de alguna manera con mis ojos lo que sufrió en su invalidez de niño, cómo fue reclinado en el pesebre y cómo fue colocado sobre heno entre el buey y el asno» (1 Cel 84). Haría falta una monografía para poder ponderar este «intento de traducción» de un misterio de la fe al horizonte del pensamiento y de la sensibilidad del pueblo sencillo.

4. Antes de que transcurriera un año, acaeció la segunda poderosa irrupción cristológico-mística en la vida del Pobrecillo, mediante la impresión de las llagas de la Pasión, «cierta mañana de un día próximo a la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz» (LM 13,3). Es obvio que en un artículo panorámico, en el que se examinan algunas etapas diseminadas a lo largo de toda una vida, sólo pueden mencionarse algunos aspectos históricos de la estigmatización.

Francisco subió al monte Alverna, acompañado de algunos compañeros íntimos, antes del 15 de agosto de 1224, para iniciar la cuaresma votiva «en honor de la bienaventurada Virgen María, Madre de Dios, y del bienaventurado Miguel Arcángel».5 Antes de la fiesta de la Asunción, le asaltó a Francisco la duda de si los motivos de su propósito eran excesivamente humanos. Refiere fidedignamente un relato de los «Compañeros»:

«Entró en la celda [es decir, en la choza provisional preparada en el recinto del eremitorio] que pensaba ocupar continuamente durante todo ese tiempo [los 40 días de la cuaresma votiva]; la primera noche rogó al Señor que le diera una señal de si era voluntad divina que él se quedara allí [en el Alverna].

»Es que, cuando el bienaventurado Francisco se detenía en algún lugar para orar o cuando iba por el mundo a predicar, se preocupaba siempre de conocer la voluntad del Señor para poder agradarle más. Temía algunas veces que, so pretexto de retirarse a la soledad para orar, su cuerpo buscase en realidad descansar y rehuir las fatigas de ir por el mundo a predicar, que es por lo que Cristo bajó del cielo a este mundo» (LP 118).

Según Tomás de Celano, el Santo se llegó ante el altar construido en el eremitorio, tomó el evangeliario y, con gran veneración, lo depositó sobre el altar. Después, «postrado en la oración de Dios..., pedía en humilde súplica que el Dios benigno, Padre de las misericordias y Dios de todo consuelo, se dignara manifestarle su voluntad...; imploraba con humildad se le mostrase, en la primera apertura del libro, lo que tendría que hacer» (1 Cel 92).

«Levantóse luego de la oración, con espíritu de humildad y contrito corazón; fortalecióse con la señal de la santa cruz, tomó el libro del altar y lo abrió con reverencia y temor. Lo primero con que dieron sus ojos al abrir el libro fue la pasión de nuestro Señor Jesucristo, y en ésta, el pasaje que anunciaba que había de padecer tribulación. Para que no se pudiera pensar que esto había sucedido por casualidad, abrió el libro por segunda y tercera vez, y dio con el mismo pasaje u otro parecido. Invadido del espíritu de Dios, comprendió que debía entrar en su reino a través de muchas tribulaciones, de muchas angustias y de muchos combates» (1 Cel 93).

Para desembarazarse de sus atormentadores escrúpulos de conciencia, el Santo consulta con confianza incondicional en Dios, guía de su vida, el códice de las perícopas evangélicas mediante las suertes bíblicas. Dada la vaguedad de los datos transmitidos por el biógrafo, es imposible saber qué fragmentos neotestamentarios cayeron bajo sus ojos. Las tres perícopas encontradas en la apertura al azar se referían de algún modo a la Pasión de Jesús, y más concretamente al anuncio de la misma. Por eso le pareció a Francisco que la estancia en La Verna era grata a los ojos de Dios, pues durante ese período le esperaba una participación especial en la Pasión del Señor.

El acontecimiento de la estigmatización ocurrió durante una visión extática. Refiere, en efecto, el primer biógrafo: «Vio a un hombre que estaba sobre él; tenía seis alas, las manos extendidas y los pies juntos, y aparecía clavado en una cruz. Dos alas se alzaban sobre su cabeza, otras dos se desplegaban para volar, y con las otras dos cubría todo su cuerpo» (1 Cel 94). Para saber que la figura presente en su espíritu era la de un serafín, el vidente tenía que conocer las características de este misterioso ser celestial a través de la visión de la vocación relatada en Is 6,2-7.

Tomás de Celano transmite la descripción oficial de la forma de las llagas, que probablemente había sido sometida (cf. 1 Cel 123) al examen de la comisión cardenalicia encargada de la canonización en 1228:

«Las manos y los pies se veían atravesados en su mismo centro por clavos, cuyas cabezas sobresalían en la palma de las manos y en el empeine de los pies y cuyas puntas aparecían a la parte opuesta. Estas señales eran redondas en la palma de la mano y alargadas en el dorso; se veía una carnosidad, como si fuera la punta de los clavos retorcida y remachada, que sobresalía del resto de la carne. De igual modo estaban grabadas estas señales de los clavos en los pies, de forma que destacaban del resto de la carne. Y en el costado derecho, que parecía atravesado por una lanza, tenía una cicatriz que muchas veces manaba, de suerte que túnica y calzones quedaban enrojecidos con aquella sangre bendita» (1 Cel 95).

La forma de las llagas sólo pudo ser observada con detalle después de la muerte del Seráfico Padre, quien en vida se había servido de todas las estratagemas imaginables para alejar de este acontecimiento extraordinario la atención cada vez mayor de los hermanos, aplicando a su propio caso aquella discreción espiritual que él había recomendado tan encarecidamente: «¡Ay de aquel religioso que no retiene en su corazón los favores (cf. Lc 2,19.51) que el Señor le manifiesta y, en vez de darlos a conocer a los demás por las obras, prefiere manifestarlos a los hombres por medio de palabras con la mira en la recompensa. Este tal recibe su recompensa (cf. Mt 6,2.16), y poco fruto cosechan los que le oyen» (Adm 21,2-3). Ciertas manifestaciones y confidencias públicas de la propia vida espiritual, fomentadas hoy día en diversos grupos eclesiales, hubieran encontrado en Francisco las más severas reservas. Del mismo modo le hubiera contrariado en lo más profundo verse manipulado como oráculo o como objeto de fanatismo o sensacionalismo religioso.

Tras su muerte, «podía, en efecto, apreciarse en él una reproducción de la cruz y pasión del Cordero inmaculado que lavó los crímenes del mundo; cual si todavía recientemente hubiera sido bajado de la cruz, ostentaba las manos y pies traspasados por los clavos, y el costado derecho como atravesado por una lanza» (1 Cel 112; cf. Jn 19,34). Como nosotros hemos tenido noticias de muchos casos de personas, especialmente mujeres, estigmatizadas después de Francisco, algunas de ellas contemporáneas nuestras, no podemos imaginarnos el inmenso influjo de la primera crucifixión mística en los cristianos de la Edad Media. Francisco les pareció el cumplimiento profético de la frase paulina: «En adelante, nadie me moleste, pues llevo sobre mi cuerpo las señales de Jesús» (Gál 6,17). Este «don singular, señal del privilegio del amor» (1 Cel 114), tuvo repercusiones de tal alcance histórico, que la religiosidad cristocéntrica de Francisco fue interpretada, en contraste con sus escritos, en un sentido cada vez más «pasiocéntrico».6 En la piedad occidental se desarrolló, en buena parte por influencia del primer caso de estigmatización carismática, una devoción a la pasión de Jesús desvinculada del conjunto de los misterios de Cristo. En un proceso ascendente y cada vez más atrevido, en el que hubo influencias joaquinitas-«espirituales»,7 se llegó a exaltar a Francisco como «segundo Cristo» y «ángel del sexto sello» (cf. Ap 7,2). Tales errores de tiempos pasados deberían instruirnos respecto a un consciente autocontrol y una cristiana sobriedad a la hora de hablar y escribir sobre Francisco. ¡Su grandeza histórico-eclesial no necesita en modo alguno de tales patrañas!

En el pequeño pergamino que contiene las Alabanzas de Dios y la Bendición a fray León, éste anotó en tinta roja, entre otras cosas, lo siguiente: «Y el Señor puso su mano sobre él. Después de la visión y de las palabras del serafín y de la impresión en su cuerpo de las llagas de Cristo, compuso estas alabanzas que están al otro lado de esta hoja, y que escribió de su mano, dando gracias a Dios por el beneficio que le había hecho». No es este el lugar para comentar las Alabanzas litánicas al Dios altísimo. En cambio, sí reviste importancia para nuestro tema la Bendición a fray León. Gracias a Tomás de Celano (2 Cel 49), conocemos los siguientes detalles: el hermano León, confidente y confesor del Santo, había acompañado a este último a La Verna y sufrió allí una tentación espiritual grave y persistente. Las palabras de la Bendición dan a entender que pudo tratarse de una profunda angustia respecto a la certeza de su salvación eterna. Fray León «deseaba con mucho afán tener por escrito, para que le confortase, alguna de las palabras del Señor, acompañada de una breve anotación manuscrita de san Francisco. Creía, en efecto, que con eso desaparecería, o se aliviaría por lo menos, una tentación molesta...» (2 Cel 49). Tenía miedo de manifestarle al Santo su deseo, pero, de improviso, éste le pidió que le trajese papel y tinta.

Según el propósito manifestado expresamente a fray León, Francisco se dirigió en sus Alabanzas a Dios trino, para darle gracias por el carisma de la estigmatización. Con la Bendición aaronítica, en cambio, se dirige a su compañero, terriblemente angustiado, para serenarlo. En tres frases rítmicas de augurio, el Fundador le ofrece la bendición y la protección, la benevolencia y la misericordia, la complacencia y la paz de Dios. La invocación concluye con la mención expresa del destinatario: «El Señor te bendiga, hermano León». El P. Esteban J. P. van Dijk ha expuesto en un estudio la conjetura de que Francisco conoció la bendición de Aarón no a partir de la Vulgata (Núm 6,22-27), sino a través de la liturgia de las órdenes menores en uso en la Italia central de entonces.8

En la última línea de la Bendición: «Dominus benedicat, f(rater) Leo, te», el nombre «Leo» incluye (entre la e y la o) una Tau alta que nace de un dibujo parecido a una mancha y nada fácil de interpretar. En el borde inferior del pergamino anotó también fray León: «Simili modo fecit istud signum thau cum capite manu sua». «También de su puño hizo el signo tau y la cabeza». Las explicaciones sobre la relación entre la Tau y el dibujo de donde brota pueden resumirse en dos. Un número cada vez mayor de autores opina que en el dibujo está representada la colina del Gólgota con la cabeza de Adán. Otros reconocen en el dibujo la cabeza de fray León, destinatario de la bendición. En el fondo estaría la visión de Ezequiel (Ez 9,4): «El Señor le dijo (al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escriba a la cintura, v. 3): "Pasa por la ciudad, por Jerusalén, y señala con la letra tau la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las prácticas abominables que se cometen en medio de ella"» (cf. también Ap 7,2s). El Seráfico Padre habría querido confortar al hermano tentado con la bendición y con la promesa: el sello de la cruz está inscrito en tu frente, pues perteneces a los verdaderos penitentes y, por tanto, a los elegidos de Dios.

No fue, con todo, en La Verna, en 1224, cuando entró por primera vez el signo místico de la Tau en el horizonte espiritual de Francisco. El hecho de que Francisco lo eligiera como sello y escudo de su Orden (cf. 3 Cel 3), demuestra cuán profundamente enraizado estaba en la esencia de la forma de vida franciscana. Francisco expresa en esta letra bíblica simbólica su vida de penitencia evangélica sellada con el sello de la cruz. Con la separación radical del mundo y la conversión incondicional a Dios, vivió una vida de despojamiento total, de amor fraterno y de servicial ser-para-los-demás en seguimiento de la pasión de Cristo. En ello veía la garantía de la salvación eterna.

5. La Carta a san Antonio debe fecharse, sin duda, a principios de 1224. Esta carta se relaciona con nuestro tema mucho más de lo que pueda parecer a primera vista. Dirigiéndose a este activísimo predicador, «a quien el Señor abrió la inteligencia para que entendiese las Escrituras» (1 Cel 48; cf. Lc 24,25), con el título honorífico de «mi obispo», y permitiéndole enseñar «la sagrada teología a los hermanos», el Fundador de la Orden aprueba en principio el estudio de la Sagrada Escritura en su Instituto. Se apresura, sin embargo, a añadir una condición que considera inseparablemente unida al permiso: «a condición de que, por razón de este estudio, no apagues el espíritu de la oración y devoción, como se contiene en la Regla». Toda la vida franciscana está sometida al primado inderogable de la oración y de la consagración a Dios. Con más razón aún, en la fraternidad evangélica el estudio y la enseñanza de la Biblia tienen que estar al servicio de fines prevalentemente contemplativos.

Hay motivos para dudar de que Francisco se diera perfecta cuenta de las consecuencias prácticas que se derivaban de este privilegio personal concedido a Antonio. Esta actividad del estudio y la enseñanza, aun siendo muy modesta, requería al menos un códice con la Biblia completa y algunos otros libros. Lo que el Santo concedió a un hermano en concreto, despertó inevitablemente en otros el deseo de libros, estudio y participación en la enseñanza. Así ocurrió especialmente entre los hermanos que habían entrado en la Fraternidad minorítica con estudios superiores, y que fueron cada vez más numerosos a partir de 1215. El afán, advertido en todas partes, de saber leer y escribir y, así, obtener permiso para usar un salterio personal, se convirtió en símbolo de ascensión en la escala de los valores sociales. Francisco era espiritualmente demasiado clarividente como para no darse cuenta de estos momentos de peligro. Y se inquietó mucho por la minoridad, simplicidad, fraternidad y pobreza de su Orden. Tuvo muy clara esta preocupación cuando insertó en la Regla bulada esa prohibición que nos resulta muy difícil de entender hoy en día: «y no se preocupen de hacer estudios los que no los hayan hecho» (2 R 10,7).

Las narraciones de los «Compañeros» contenidas en la Leyenda Perusina transcriben una serie de episodios relativos a este problema. Particularmente significativo es el largo relato sobre el «hermano novicio que sabía leer el salterio, pero no bien» (LP 103a). Por razones que he expuesto brevemente en otro lugar,9 en la Regla bulada (2 R 3,3) se revocó a los hermanos laicos que sabían leer la licencia que se les había concedido precedentemente para tener el salterio para el oficio divino (1 R 3,8). Según el relato de LP, el novicio había pedido y obtenido del vicario general, fray Elías sin ninguna duda, el permiso de tener el salterio, que tal vez había traído consigo al entrar en la Orden. No se sentía tranquilo con este permiso especial, conseguido con bastantes presiones, y deseaba que el Fundador de la Orden tranquilizase su conciencia confirmándole explícitamente el permiso. Con inusitada tenacidad intentó conseguirlo mediante una serie de coloquios con el Santo. En un momento de la discusión, Francisco le respondió:

«Cuando tengas un salterio, anhelarás tener un breviario; y, cuando tengas un breviario, te sentarás en un sillón como un gran prelado y dirás a tu hermano: "Tráeme el breviario". Dicho esto, con gran fervor de espíritu tomó ceniza con la mano, la esparció sobre su cabeza, y la restregó en la misma como quien la lava, mientras decía: "¡Yo soy el breviario! ¡Yo soy el breviario!» (LP 104).10

Siguiendo costumbres bíblicas y, sobre todo, litúrgicas, el Santo se humilla en el polvo de su nulidad con una acción simbólica característica suya. Al mismo tiempo, se califica con esta exclamación enigmática como síntesis viva de la forma de vida evangélico-minorítica.11

El relato de los «Compañeros» añade:

«El hermano quedó confuso y avergonzado. Luego continuó el bienaventurado Francisco: "También yo, hermano, sufrí la tentación de tener libros; pero para conocer la voluntad del Señor sobre este punto tomé el libro de los evangelios y le pedí al Señor que me diera a conocer, en la primera página que yo abriese al azar, lo que Él quería de mí. Terminada mi plegaria, abrí el libro, y ante mis ojos apareció este versículo: A vosotros se os ha dado a conocer el misterio del reino de Dios, pero a los otros todo se les dice en parábolas (Lc 8,10)". Continuó: "Son tantos los que desean adquirir ciencia, que es dichoso quien se hace estéril por amor del Señor Dios"» (LP 104).

Con una acomodación, sin duda discutible, el Santo entendió así el fragmento lucano (Lc 8,10) salido al azar al abrir el «evangeliario»: a los verdaderos discípulos de Jesús se les ofrece el conocimiento de los misterios del Reino sin necesidad de enseñanza científica, en tanto que la ciencia libresca queda aferrada sólo a la envoltura externa de las parábolas. El adjetivo «sterilis», estéril, refleja una reminiscencia del canto de acción de gracias de Ana, explicado alegóricamente: «La estéril da a luz siete veces, la de muchos hijos se marchita» (1 Sam 2,5). Para Francisco, «estéril es mi hermano pobrecillo, que no tiene el cargo de engendrar hijos en la Iglesia» (2 Cel 164) con el anuncio de la palabra divina. Se dedica más bien a la oración y la meditación en lugares solitarios, en los que llora los pecados propios y ajenos y gana así, sin saberlo, muchos hombres para el cielo. A tales hermanos los llama «mis caballeros de la Tabla Redonda» (LP 103c), es decir, hermanos menores en todo el sentido de la palabra. En este juicio de valor, aparecen cambiados los papeles: los hermanos predicadores que se vanaglorian de sus éxitos, se convierten por su orgullo en estériles; en cambio, los hermanos aparentemente estériles, los hermanos «maría» de los eremitorios (cf. REr 2), cosecharán maravillosos frutos apostólicos con su vida dedicada a los demás en la oración y la penitencia.

6. La situación del cristiano de la Italia medieval respecto a la Biblia era, comparada con la del cristiano de hoy, muy desventajosa, pues carecía de traducciones en lengua vulgar. Al parecer, la primera vez que se tradujo gran parte de la Sagrada Escritura al italiano fue en 1260, para satisfacer las necesidades religiosas de la aristocracia comercial de Florencia.12 Desde esta situación se comprende en todo su relieve el incomparable significado pastoral del «Cantico di frate Sole» o Cántico de las criaturas. Con esta poesía, la más importante sin duda de los comienzos de la lengua italiana, Francisco emprendió la tarea de traducir a una lengua comprensible para todos los oyentes del pueblo el Cántico de los tres jóvenes en el horno (Dan 3,51-90). Este intento de traducción se configura en torno a la concepción de las ciencias naturales de entonces, basada en los cuatro elementos del universo: la luz, el aire, el agua y la tierra. En estos elementos básicos del mundo creado, en su belleza incomparable, en su destino de significar al Creador, y en su importante cometido de alimentar e instruir al hombre, descubre el cantor los motivos para alabar al «Altissimu onnipotente bon Signore».13

Para comprender el significado y sentido de este eminente canto religioso de alabanza, es muy importante entender adecuadamente el sentido de la preposición «per». Un relato calificado expresamente como testimonio de los «Compañeros» nos asegura que, con ella, Francisco quería indicar no una relación instrumental, sino una relación causal:

«Nosotros que hemos vivido con él hemos podido apreciar cómo hallaba en casi todas las criaturas un motivo de alegría íntima, que se manifestaba exteriormente; cómo las acariciaba y las contemplaba amorosamente como si su espíritu estuviera no en la tierra, sino en el cielo. Y es verdadero y manifiesto que, a causa de los muchos consuelos que había recibido y recibía en las criaturas de Dios, compuso poco antes de su muerte unas Alabanzas del Señor por sus criaturas, para mover los corazones de los que las escuchaban a la alabanza de Dios y a fin de que el Señor fuera alabado por todos en sus criaturas» (LP 88).

Comenta Raúl Manselli: «Este pasaje nos parece de particular importancia en y para la interpretación del Cántico del Hermano Sol, por cuanto permite excluir de manera inequívoca la interpretación de L. F. Benedetto que pretende transformar el per del Cántico de complemento de causa en complemento de agente. Los Compañeros que vivieron la composición del Cántico nos garantizan que Francisco quiso que Dios fuese alabado por el Hermano Sol, es decir, no que el Hermano Sol alabase a Dios, como quería Benedetto, sino que Dios fuese alabado a causa del Hermano Sol, por medio del Hermano Sol».14

El conjunto originario de los nueve primeros versículos del Cántico (con la cláusula final del v. 14 muy probablemente), en alabanza del Señor por los cuatro elementos, sufrió dos ampliaciones significativas en dos ocasiones de las que nos informan explícitamente los «Compañeros». Guido II, obispo de Asís (1204-1228), y Opórtulo de Bernardo, podestà de la misma ciudad (1225), estaban duramente enfrentados, hasta el punto de odiarse recíprocamente, y nadie movía un dedo para conseguir su mutua reconciliación; ante tales hechos, el Seráfico Padre, que sufría una fase aguda de tracoma, mandó añadir «la estrofa del perdón» (LP 84): «Loado seas, mi Señor, por aquellos que perdonan por tu amor / y soportan enfermedad y tribulación. / Bienaventurados aquellos que las sufren en paz, / pues por ti, Altísimo, coronados serán».15 Francisco experimenta aquí la bienaventuranza evangélica de los constructores de la paz (Mt 5,9) y, al mismo tiempo, exalta el ideal del amor a los enemigos propuesto por Jesús en el sermón de la montaña (cf. Mt 6,12).

La última estrofa (vv. 12-13) se remonta también al período de la postrera enfermedad de Francisco. Un hermano, cuyo nombre no se indica, le dijo con mucha franqueza: «Padre, es necesario que sepas que, si el Señor no envía desde el cielo remedio para tu cuerpo, tu enfermedad es incurable y vas a vivir poco tiempo, según dijeron ya los médicos... Entonces Francisco, aunque se encontraba consumido por las enfermedades, alabó al Señor con ardiente fervor de espíritu y gozo interior y exterior» (LP 7). Acto seguido, y a pesar de su grave enfermedad, hizo llamar al hermano Ángel Tancredi y al hermano León, para que le cantaran «a la hermana muerte» (LP 7). Desde un punto de vista meramente natural, resulta incomprensible que se salude a la muerte con el nombre de «hermana». Pero, a la luz de la fe, para Francisco la muerte es una puerta abierta a la vida segunda, la eterna. Sólo para quien fallece en un estado de alejamiento pecaminoso de Dios, la muerte primera es también puerta de entrada a la muerte eterna. En esta estrofa resuena claramente una reminiscencia de Ap 2,11b (ó 20,6). Estos versos están sin duda impregnados por la exclamación proferida por aquella misteriosa voz del cielo según Ap 14,13: «Dichosos los muertos que mueren en el Señor». Por otra parte, también la estrofa inicial cita palabras de Ap 5,12: «Altísimo, omnipotente, buen Señor, tuyas son las alabanzas, la gloria y el honor y toda bendición».16

Considerado desde la perspectiva del influjo bíblico, el Cántico de las criaturas ofrece un punto de vista nuevo y digno de tenerse en cuenta. No se trata simplemente de citas o reminiscencias bíblicas, agrupadas en un mosaico meditativo, antes bien es un genial intento de traducir poéticamente al italiano un modelo véterotestamentario (Dan 3), al que se han injertado textos del Nuevo Testamento relativos al amor a los enemigos y a la escatología. El poeta, con todo, «supera» a su modelo, enriqueciéndolo con sus conocimientos sobre los cuatro elementos y con su experiencia mística de la naturaleza. El apelativo «hermano» y «hermana» es algo propio e inconfundible del Santo17 y, en cierto modo, constituye el empalme espiritual que ensambla la alegría de la creación y el realismo de la muerte, y garantiza la unidad literaria del Cántico.

7. Un episodio descrito ampliamente por los «Compañeros» (LP 79) y sucintamente por Celano (2 Cel 105), podría, a primera vista, parecer un testimonio negativo sobre nuestro tema:

«Durante su enfermedad de la vista sufría tan grandes dolores que un día le dijo un ministro: "Hermano, ¿por qué no dices a tu compañero que te lea algún pasaje de los profetas o algún otro capítulo de las Escrituras? Tu alma se recreará en el Señor y hallará gran consuelo". Sabía que se alegraba mucho en el Señor cuando escuchaba la lectura de las divinas Escrituras. Mas él respondió: "Hermano, siento todos los días tanta dulzura y consuelo en el recuerdo y meditación de la humildad manifestada en la tierra por el Hijo de Dios, que podría vivir hasta el fin del mundo sin mucha necesidad de escuchar o meditar otros pasajes de las Escrituras"» (LP 79).

El diálogo entre Francisco y un ministro, probablemente provincial y cuyo nombre no se cita, reflejado en este «exemplum»,18 digno de crédito, se refiere a los últimos años de su vida y alude sin ninguna duda a una situación especial de su salud. Los casi insufribles dolores de ojos y de cabeza, producidos por la conjuntivitis infecciosa, tuvieron que reducir fuertemente su capacidad perceptiva. Por otra parte, en aquellos momentos su memoria abarcaba muchas partes de la Biblia. Merece atención la costumbre, atestiguada aquí de manera más bien indirecta, de hacerse leer por un hermano fragmentos bíblicos y no sólo del Nuevo Testamento, lo cual viene a confirmar la anotación escrita por fray León en el «evangeliario». Es característica su participación espiritual, tal como Francisco la revela en este pasaje: Oyendo la palabra divina se sentía aliviado en sus dolores internos y externos, y se sentía colmado de altísima alegría mística. Su meditación alimentada en la Sagrada Escritura, se centraba en la imagen del Cristo humilde del Nuevo Testamento, que resplandecía en su conciencia religiosa.

Toda su vida, desde su conversión, y, con más evidencia aún, su última enfermedad, revelan el esfuerzo permanente y siempre renovado de Francisco por conformarse a Cristo. «(Francisco) acompaña meditando y copiando la vida terrena de Cristo y lo hace con una participación tan viva como si lo estuviese viendo caminar vivo delante de sí» (A. Styra). Como he procurado ilustrar este tema en más de un estudio, baste aquí aludir a un acontecimiento significativo de la penúltima semana antes de su tránsito, y que puede suplir a muchos otros. Tras una noche en vela a causa de los agudísimos dolores, Francisco, convencido erróneamente de que era jueves, quiso imitar la cena de Jesús.19 Pidió al ministro, probablemente el vicario general fray Elías, que estaba a su cabecera, que le leyese el fragmento del lavatorio de los pies del evangelio de san Juan (Jn 13,1-20). Dada la importancia del relato biográfico, permítaseme reproducir la cita en latín: «...hoc [Evangelium] etiam in prima libri apertione occurrit, cum tota et plena Bibliotheca esset, in qua Evangelium legi debebat»: «...fue también el texto evangélico que salió al abrir por primera vez el libro, siendo así que dicho volumen, del que tenía que leer el evangelio, contenía la Biblia íntegra» (1 Cel 110). Por tanto, en el eremitorio cercano al santuario mariano de la Porciúncula, los hermanos disponían en 1226 de una biblia completa. Tal es el sentido del término «bibliotheca».

En aquel momento debió de tener lugar, probablemente, la bendición a todos los hermanos de la Fraternidad, hecha en la persona de los íntimos que estaban alrededor de su lecho. Así al menos parece deducirse del relato de los «Compañeros» (LP 22). Advierten explícitamente cuánto le dolía no poder ver a todos sus hijos y hermanos:

«Luego mandó traer panes y los bendijo. Como, a causa de la enfermedad, no podía partirlos, hizo que un hermano los partiera en muchos trozos; y, tomando de ellos, entregó a cada uno de los hermanos su trozo, ordenándoles que lo comieran entero. Pues así como el Señor el jueves santo quiso cenar con los apóstoles antes de su muerte, del mismo modo -así les pareció a aquellos hermanos- el bienaventurado Francisco quiso antes de su muerte bendecirles a ellos, y, en ellos, a todos los demás hermanos, y quiso también que comieran de aquel pan bendito como si realmente lo comieran con todos los demás hermanos.

»Creemos que esta fue su intención, pues, aunque ese día no era jueves, había dicho a los hermanos que creía que era jueves» (LP 22).

En este testimonio incomparable sobresale extraordinariamente el carácter mímico de su «exégesis» del relato de san Juan. El Santo renueva plásticamente, mediante una representación sagrada, lo que Jesús realizó como cena de despedida con los apóstoles. Repitiendo, en cierto modo, la cena, comprende la inconcebible humildad y el infinito amor del Señor en la Eucaristía. Ciertamente no era consciente de que su celebración de despedida podía confundirse con la pretensión valdense de que los laicos celebraran la eucaristía cuando no había sacerdotes dignos. Su propia índole poética y el influjo de los trovadores provenzales le indujeron a representar los misterios de Cristo relatados en el Evangelio, con una especie de exégesis místico-mímica, en un auto sacramental.

8. También debe situarse unos días antes del tránsito de Francisco su última admonición, transmitida sólo en líneas generales por Tomás de Celano:

«Mandó, pues, que llamasen a todos los hermanos que estaban en el lugar para que vinieran a él, y, alentándolos con palabras de consolación ante el dolor que les causaba su muerte, los exhortó, con afecto de padre, al amor de Dios. Habló largo sobre la paciencia y la guarda de la pobreza, recomendando el santo Evangelio por encima de todas las demás disposiciones» (2 Cel 216).

El Evangelio, entendido en un sentido global, que abarca el mensaje bíblico de salvación, cuyo centro es Jesucristo, especialmente en su pobreza y humildad, y en el que el Antiguo Testamento es visto a la luz de su cumplimiento en el Nuevo, es orientación irrenunciable de la fundación franciscana.

9. Contrariamente a una opinión no pocas veces repetida sin comprobación previa en las fuentes, Francisco no murió mientras recitaba el salmo 142 (ó 141); al contrario, fue él mismo quien lo entonó, pocos días antes de morir (cf. 1 Cel 109; 2 Cel 217). Buenaventura anota al respecto que el Seráfico Padre «lo recitó hasta el fin» (LM 14,5), hasta el último versículo. Ambos biógrafos consideraron innecesario advertir que el moribundo cantó el salmo de memoria. Por desgracia, tampoco mencionan las razones por las que escogió precisamente este texto, y no otro. Si se observa más detenidamente, asombra comprobar cuan bien se adapta esta lamentación de un prisionero terriblemente angustiado a las condiciones de un moribundo como Francisco.

Su agonía explica su clamor al Señor en petición de auxilio (v. 2). El sentido del v. 4ab apenas se comprende en la versión del salterio galicano: «In deficiendo ex me spiritum meum, et tu cognovisti semitas meas». Una traducción moderna vierte del siguiente modo el versículo: «...me va faltando el aliento. Pero tú conoces mis senderos». El orante medieval pensaba muy probablemente en la fuga del alma del cuerpo en el momento de la muerte.20 En los versículos 4c-5d el Santo debió experimentar y expresar la indecible soledad a la que está abandonado todo agonizante. Para la elección de este salmo fue determinante, sin duda, el versículo 6: «A ti grito, Señor; te digo: "Tú eres mi refugio y mi lote en la tierra de los vivientes"». De hecho, la confianza incondicional en Dios fue la característica fundamental de la vida de Francisco. La «tierra de los vivientes» tenía para él -véase, por ejemplo, 2 R 6,5- el mismo significado que la vida eterna, que le había sido asegurada en una audición mística en San Damián el año 1225 (LP 83d-e).

El versículo último: «Educ de custodia animam meam, ad confitendum nomini tuo: me exspectant iusti donec retribuas mihi», «Saca mi alma de la prisión, y daré gracias a tu nombre: me rodearán los justos cuando me devuelvas tu favor», se acoplaba a la perfección a su propia manera de pensar: así, por ejemplo, según una narración de los «Compañeros», Francisco describe el cuerpo humano como una «celda»: «Pues dondequiera que estemos o adondequiera que vayamos, llevamos nuestra celda con nosotros; nuestra celda, en efecto, es el hermano cuerpo, y nuestra alma es el ermitaño, que habita en ella para orar a Dios y para meditar»; o cuando, en otro lugar, acentúa, al igual que toda la teología y espiritualidad de su época, el pensamiento del mérito y de la recompensa. Con el Salmo 142 (ó 141), que él recitaba alternando con los hermanos que rodeaban su lecho, se cierra en cierto modo el círculo: a las puertas de la muerte, el Fundador de la Orden retorna a la enseñanza de los salmos de su juventud y a la piedad de sus primeros tiempos, tan marcada por este libro sagrado.

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NOTAS:

1) Die Bergpredigt und Franz von Assisi, Gütersloh 1955, 82.

2) Para convencerse de ello, basta con consultar la interminable serie de exposiciones de la Regla, con honrosas excepciones. El hecho es claramente perceptible ya en la Expositio Quatuor Magistrorum super Regulam Fratrum Minorum (1241-1242), Ed. L. Oliger 1950; cf. Col Fran 51 (1951) 434-435.

3) Cf. San Francisco de Asís. Escritos... (ed. J. A. Guerra), Madrid, BAC, 1978, p. 974.

4) L'Evangéliaire de saint François d'Assise, en Col Fran 53 (1983) 5-22 (cf. Selecciones de Franciscanismo n. 37, 1984, 161); L'Evangéliaire de saint François d'Assise. Quelques remarques à partir du contexte liturgique et franciscain, en Col Fran 54 (1984) 241-260 (cf. Selecciones de Franciscanismo n. 40, 1985, 157-158).

5) Cf. en la introducción a AlD (BAC, p. 24), la nota manuscrita del hermano León sobre el pergamino en que constan los autógrafos de san Francisco.

6) Cf. O. Schmucki, Das Leiden Christi, en Col Fran 30 (1960) 388-395.

7) Cf. Stanislao da Campagnola, L'angelo del sesto sigillo e l'«alter Christus», Roma 1971; cf. BF XIII, n. 632.

8) Saint Francis' Blessing of Brother Leo, en Arch Fran Hist 47 (1954) 199-201.

9) O. Schmucki, La oración litúrgica, en Selecciones de Franciscanismo n. 24 (1979) 488-493.

10) Nota del traductor.- La última frase, en su original latino, según la «Compilatio Assisiensis» editada por el P. M. Bigaroni, Porciúncula 1975, p. 314, dice así: «Ego breviarium! ego breviarium!» El texto alemán dice: «Ich bin das Brevier. Ich bin das Brevier». El texto italiano dice: «Io, il Breviario! io, il Breviario!» Siguiendo la versión alemana hemos traducido: «¡Yo soy el breviario! ¡Yo soy el breviario!»

11) Cf. L. Casutt, La herencia de un gran corazón, Barcelona, Ed. Franciscana, 1962, 114-124. Sobre el gesto simbólico, Cf. O. Schmucki, Das Leiden Christi 359, nota 98; R. Manselli, El gesto como predicación para san Francisco de Asís, en Selecciones de Franciscanismo n. 33 (1982) 413-426.

12) Nos basamos aquí en B. Hall, Bibelübersetzungen III/3, en Theol. Realenzyklopädie VI, Berlín-Nueva York 1980, 256 (bibliog.). Una cuestión distinta, que merecería una ulterior investigación puntual, es si Francisco se sirvió de alguna concordancia o sinopsis latina o vulgar de los evangelios.

13) En este apartado me he inspirado particularmente en el estudio de G. Pozzi, Releyendo el Cántico del Hermano Sol, en Selecciones de Franciscanismo n. 13-14 (1976) 65-79. Para la bibliografía, cf. F. Bajetto, Treinta años de estudios (1941,1973) sobre el Cántico del Hermano Sol. Bibliografía razonada, en Selecciones de Franciscanismo n. 13-14 (1976) 173-220; véase también BF XIV, n. 372-425.

14) R. Manselli, Nos qui cum eo fuimus, Roma 1980, 134. Cf. además las interpretaciones divergentes del per indicadas por F. Bajetto, pp. 217-218.

15) Cánt 10-11. Cf. O. Schmucki, San Francisco, mensajero de paz en su tiempo, en Selecciones de Franciscanismo n. 22 (1979) 133-145, 142-144; R. Manselli, Nos qui cum eo fuimus, 169-175.

16) Sobre la estrofa de la muerte, cf. P. Prini, Loado seas, mi Señor, por nuestra hermana la muerte corporal, en Selecciones de Franciscanismo n. 28 (1981) 145-153; I.-E. Motte, Mundo, vida y muerte en el Cántico, en Selecciones de Franciscanismo n. 13-14 (1976) 80-86.

17) Pueden verse consideraciones notables sobre este punto en Max Scheler, Esencia y formas de la simpatía, Buenos Aires 1957.

18) Aun teniendo en cuenta este género literario, con evidentes finalidades parenéticas, sería excesivo negar toda credibilidad al episodio.

19) Cf. O. Schmucki, San Francisco de Asís y la experiencia cristiana de la muerte, en Selecciones de Franciscanismo n. 50 (1988) 247-264; p. 252: «Respecto al sentido religioso de la escena, salta a la vista su referencia al ejemplo de Cristo, aun cuando el Fundador pudo haberse inspirado también en la costumbre de los monjes de distribuir pan bendecido, las así llamadas "eulogias"».

20) Esto, sin embargo, no resulta ser así según los comentarios de Anselmo de Laon (Glossa ordinaria) o de Pedro Lombardo.

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