DIRECTORIO FRANCISCANO
San Francisco de Asís

FRANCISCO DE ASÍS, TESTIGO DE LA GRATUIDAD DE DIOS

por Michel Hubaut, o.f.m.

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El sentido de la gratuidad y el gusto por ella, son ciertamente uno de los componentes esenciales de la tradición franciscana. La juventud, la conversión, toda la vida evangélica y misionera de san Francisco, al igual que su vida de oración, están marcadas por la gratuidad.

¿Por qué? Sin duda, a causa de Dios, que es esencialmente «don» y «gratuidad». El Pobrecillo de Asís entrevió ahí los fundamentos y el horizonte del cristianismo. En un mundo en el que el Dios «útil» se derrumba, es preciso elegir entre el ateísmo y el redescubrimiento del Dios de la Alianza.

Además, en una sociedad en la que todo debe ser rentable, los testigos de la «gratuidad» del amor se vuelven de una urgente y vital actualidad. El cantante callejero, el hermano menor vagabundo y mendicante, el comprometido con los no-rentables, los pregoneros de la Buena Nueva, la clarisa en su claustro..., son hoy tan necesarios como el ingeniero de informática o el astronauta.

Sin esta gratuidad vivida libremente, gozosamente, la tierra corre el peligro de morir de asfixia espiritual. No enterremos este carisma aparentemente tan poco «rentable» y, sin embargo, tan necesario y tan creador para el futuro del hombre.

1. Una conversión y una vida
marcadas por la gratuidad

«Pues el salario del pecado es la muerte; pero el don gratuito de Dios, la vida eterna en Cristo Jesús Señor nuestro» (Rom 6,23).

Si recordamos la primera acepción con que el diccionario define la palabra «gratuidad»: cualidad de gratuito, o sea, cualidad de lo que se hace, se da o se recibe de balde o de gracia, parece claro que Francisco, según sus biógrafos, tuvo instintivamente el sentido de la gratuidad y el gusto por la misma. Sus extravagancias y calaveradas de juventud no lograron extinguir en él la sensibilidad y las generosidades de un corazón espontáneamente abierto. Todos sus actos son muestra de que no va tras la mera búsqueda inmediata de sus intereses. Esta predisposición natural, si bien es frecuente en el niño, lo es mucho menos en el adulto. ¡Al señor Bernardone padre debía de lastimársele la boca al pronunciar la palabra «gratuidad», suponiendo que no la hubiera desterrado definitivamente de su vocabulario!

La paciencia de Francisco para con un irascible compañero de prisión en Perusa, la donación de sus ricos vestidos a un caballero pobre, sus liberalidades y su cortesía hacia los compañeros de alegres locuras, sus bruscos deseos de sentarse con los mendigos en el atrio de la basílica de Letrán en Roma, su gesto de gran señor que arroja a puñados el dinero delante del altar del Príncipe de los Apóstoles, su precipitación por alcanzar al pobre a quien había rechazado muy expeditivamente, su costumbre, cuando estaba solo con su madre, de llenar la mesa de panes para eventuales mendigos... Todos estos fotogramas de la vida de Francisco manifiestan hasta qué punto este hombre tenía, de natural, el sentido de la gratuidad. Gratuidad en la que conviven un tanto el gusto por el riesgo, por la ostentación o la provocación, la alegría de dar gusto y darse gusto, el inconformismo social, una mezcla de Don Quijote y de Cirano de Bergerac, y, sobre todo, la generosidad desbordante de un corazón magnánimo.

La experiencia de su conversión ahondará y ensanchará estas predisposiciones naturales. Pues, según su propio testimonio, la primera etapa del cambio radical de su vida empezará el día en que tomará conciencia de la gratuidad de Dios. Un Dios que no pertenece al orden de lo necesario y de lo útil. Francisco Bernardone no necesitaba de Dios para triunfar humanamente, para hacer fructificar sus talentos personales y los dineros de su padre. No necesitaba del apoyo de la religión para llevar una vida feliz. Pero ese Dios que, de repente, surge de una honesta e inofensiva cultura religiosa tradicional, seduce su corazón, transtorna el horizonte de sus proyectos humanos, es ese «plus», ese «más» que lo cambia todo, como el sol naciente que no añade nada al paisaje y, sin embargo, lo transforma totalmente.

Francisco se acordará siempre de las «visitas» inesperadas, gratuitas, de Dios. Visitas que le sorprenden lo mismo a la salida de un espléndido banquete que en las grutas de la campiña de Asís. Dios ya no es en aquellos momentos un tema de discusión ni una definición transmitida por el catecismo, sino una Realidad viva, cuya presencia se hace sentir unas veces suave como una caricia del alma y otras inasible como un soplo. ¿Ese Dios que descubre Francisco no se llama ya Gratuidad, Amor gratuito?

1. «El Señor me dio de esta manera, a mí el hermano Francisco, el comenzar...» (Test 1)

¡El Dios que le «dio» la gracia de comenzar a hacer penitencia, llevándole a donde jamás hubiera ido por sí mismo: entre los leprosos! ¡El Dios que le «dio» una fe tan grande en las iglesias y en la Presencia permanente y universal de Cristo crucificado, Salvador y Señor! ¡El Dios que le «dio» durante toda su vida una fe tan grande en los sacerdotes que, a pesar de sus fragilidades, quiso amarlos y honrarlos como signos privilegiados de la Salvación! ¡El Dios que le «dio» hermanos inesperados y le reveló que debía vivir según la forma del santo Evangelio!... Ese Dios no podía ser para Francisco, hombre colmado de tantas «gracias», sino Don.

Por eso Francisco captó de entrada el núcleo central de la revelación judeo-cristiana, la esencia del cristianismo: la gratuidad de Dios. Su posterior itinerario espiritual y su rumia de las Escrituras no harán sino ahondar estas intuiciones iniciales, recibidas durante los primeros y decisivos años de su conversión. Sabe existencialmente que el Dios que le llama y lo trastorna es el Dios de la Alianza, el Dios que tomó la iniciativa de comprometerse en la historia de su pueblo. Francisco vivió su Nombre antes incluso de poder deletrearlo. Comprendió que la gratuidad de Dios es esa «gracia» (kharis en griego) de la que san Pablo habla más de cien veces en sus escritos. El vocablo «gracia» expresa el don gratuito del Dios de la Alianza cantado por toda la Biblia. Siempre es esclarecedora la etimología de las palabras. Gratuidad viene del latín gratuitus, gratis, gratia, y del griego kharis, que traduce, a su vez, dos términos hebreos: Hen, inclinarse favorablemente sobre alguien, y Hesed, amor gracioso y fiel del Dios de la Alianza.

He ahí la Buena Noticia que culmina en Jesucristo. Francisco está asombrado por ella. Dios es gracia, plenitud de Vida, Fuente inagotable de ternura desbordante, gratuita, fiel; como escribe san Pablo, Dios no se arrepiente de sus llamadas y sus dones. La encarnación, vida, gestos, enseñanza, muerte y resurrección de Cristo son multiformes e inauditas muestras de tal verdad. El Pobrecillo ya no podrá separarse de la contemplación del Rostro de ese Amor, dado, entregado gratuitamente. A partir de ahora, para él todo es don.

«Amemos todos con todo el corazón, con toda el alma, con toda la mente, con toda la fuerza y poder, con todo el entendimiento, con todas las energías, con todo el empeño, con todo el afecto, con todas las entrañas, con todos los deseos y quereres, al Señor Dios, que nos dio y nos da a todos nosotros todo el cuerpo, toda el alma y toda la vida; que nos creó, nos redimió y por su sola misericordia nos salvará; que nos ha hecho y hace todo bien a nosotros, miserables y míseros, pútridos y hediondos, ingratos y malos» (1 R 23,8). La vida cristiana es un itinerario dinámico, cuyo punto de partida y cuyo término son la gratuidad de una llamada, de una promesa, de una dicha, de una vida eterna, de un Amor. «Omnipotente, eterno, justo y misericordioso Dios, concédenos por ti mismo a nosotros, miserables, hacer lo que sabemos que quieres y querer siempre lo que te agrada, a fin de que, interiormente purgados, iluminados interiormente y encendidos por el fuego del Espíritu Santo, podamos seguir las huellas de tu amado Hijo, nuestro Señor Jesucristo, y llegar, por tu sola gracia, a ti Altísimo...» (CtaO 50-52).

2. ¿Qué puede atribuirse realmente el hombre?

El Evangelio es la revelación última de la «gracia» de Dios, de la gratuidad de la creación y de la redención. Quien descubre y acoge esta gratuidad del Amor, que salva, libera y perfecciona al hombre, se adentra, como Francisco, en la alegría. ¿No está la palabra kharis-gracia emparentada con la palabra kharis-alegría? No hace falta demostrar que la alegría y la libertad franciscana manan de ese sentido de la gratuidad.

¿Qué puede atribuirse realmente el hombre? ¿Lo mejor que hay en él, no es acaso reflejo, imagen de Dios? ¿No es el Reino de Cristo lo mejor de sus deseos y aspiraciones? ¿No es un don del Espíritu lo mejor de sus opciones y compromisos?

A fin de cuentas, ¿no es la tendencia a tomar, a atesorar, a usurpar cuanto hemos recibido gratuitamente, lo que nos pertenece en propiedad? Esta tendencia del hombre a apropiarse de los dones de Dios es lo que le da a Francisco su mirada realista, que podría parecer pesimista a quien la juzgue precipitadamente. «Y ningún ministro o predicador se apropie el ser ministro de los hermanos o el oficio de la predicación... Por lo que, en la caridad que es Dios, ruego a todos mis hermanos, predicadores, orantes, trabajadores, tanto clérigos como laicos, que procuren humillarse en todo, no gloriarse ni gozarse en sí mismos, ni exaltarse interiormente de las palabras y obras buenas; más aún, de ningún bien que Dios hace o dice y obra alguna vez en ellos... Y tengamos la firme convicción de que a nosotros no nos pertenecen sino los vicios y pecados» (1 R 17,4-7). Para Francisco, el hombre pecador es el hombre que ha perdido el sentido de la gratuidad de los dones de Dios. El pecado es una idolatría, una usurpación de bienes, una miopía del espíritu, un acartonamiento del corazón, una perversión de la voluntad humana. Es el pecado original y permanente: «Come, en efecto, del árbol de la ciencia del bien el que se apropia para sí su voluntad y se enaltece de lo bueno que el Señor dice o hace en él» (Adm 2,3).

El hombre que ha perdido tal sentido de la gratuidad, pronto o tarde se vuelve un decepcionado, un desesperado o un explotador de sus hermanos y acaparador de la creación. El hombre que se constituye centro absoluto es visceralmente dominador, propietario y homicida. Puesto que su origen, su reposo interior y su esperanza ya no radican en Dios, en la gratuidad del amor creador, se ve obligado a «hacerse» a sí mismo solo, a pulso. Se siente frágil. Tiene miedo. Y enmascarará el miedo y la fragilidad poseyendo, dominando o excluyendo a los demás. En semejante perspectiva no queda espacio para la gratuidad de las relaciones humanas ni, por tanto, para la fraternidad. Francisco es liberado de esa preocupación de hacerse a sí mismo solo. Se recibe de Dios. En Él encuentra su consistencia y su futuro. Es liberado del miedo. Ya no tiene bienes que defender. Sólo tiene regalos de vida recibidos de balde y que compartir de balde. Puesto que todo es gracia, todos nuestros bienes y todas nuestras actividades quedan relativizadas por su origen y su finalidad.

Sumergido de este modo en la gratuidad de Dios, Francisco se convirtió poco a poco en un hombre libre. Hele aquí liberado del lúgubre ascetismo del hombre tenso que quiere merecer su propia salvación. Hele aquí liberado del hombre angustiado que quiere «realizarse» solo. Hele aquí liberado del hombre ansioso que cree que el futuro del mundo descansa sobre sus solas espaldas. Hele aquí liberado del hombre inquieto que acumula bienes y títulos para hacerse un nombre.

La libertad cristiana no tiene otro origen que Dios, acogido como Soberano Bien y Riqueza Total. La gratuidad de su amor lo ilumina todo: el origen, el significado y el destino último del hombre y de su historia. Todo, el hombre y sus facultades humanas, el cosmos, la tierra, los bienes espirituales y materiales, todo es gracia, profusión de la paternidad creadora de Dios. Todo es don.

Esta importante dimensión de la espiritualidad franciscana ilumina todos sus componentes. La fraternidad se basa esencialmente en la gratuidad: «Dichoso el siervo que ama tanto a su hermano cuando está enfermo y no puede corresponderle como cuando está sano y puede corresponderle» (Adm 24). «Enterado un día de las ganas de comer uvas que tenía un enfermo, lo llevó a la viña y, sentándose bajo una vid, comenzó a comerlas para animar al enfermo a que las comiera» (2 Cel 176). El trabajo es una gracia: «Aquellos hermanos a quienes ha dado el Señor la gracia del trabajo, trabajen fiel y devotamente» (2 R 5,1). Junto al trabajo remunerado, asalariado, habrá que apreciar altamente el trabajo gratuito, no rentable, al servicio de los leprosos de todas las épocas, incapaces de devolvernos el cumplido. El título del capítulo séptimo de la Regla no bulada revela muy bien esta preocupación de Francisco: «Modo de servir y trabajar».

II. Una misión enraizada en la gratuidad

«Gratis lo recibisteis; dadlo gratis. No os procuréis oro, ni plata, ni calderilla...» (Mt 10,8-10).

¿Qué franciscano no comparte al punto esta consigna? Cuantas veces resuena en sus oídos, provoca en él una profunda vibración, aun cuando la mísera pesadez de la debilidad humana se afane en sofocarla. Y es que el alma franciscana presiente instintivamente en tal consigna la lógica terrible y liberadora del amor.

La cima de toda la Revelación de la gratuidad de Dios radica, para Francisco, en la loca, inaudita y disparatada decisión de enviarnos a su Hijo. Revelación humanamente insostenible e increíble de un amor desmedido, desinteresado, gratuito. ¡Si conocieras el don de Dios! ¡La Encarnación no era una necesidad! ¿Acaso Dios no hubiera podido inventar una forma menos gravosa para salvar al hombre? El abajamiento voluntario del Amor increado, encarnado en el Niño de Belén, acurrucado en el regazo de María, y en ese hombre de treinta años clavado en una cruz, renovará sin cesar en el corazón de Francisco su sentido de la gratuidad. «Tanto amó Dios al mundo que le dio a su Hijo único para que tenga vida y no perezca ninguno de los que creen en él» (Jn 3,16).

La vida de Cristo, su evidente predilección por los pobres, los pecadores, los excluidos, los marginados religiosa y socialmente, por cuantos son incapaces de devolverle el cumplido, manifiestan bien a las claras la insondable gratuidad de Dios. Y precisamente de esta gratuidad es de donde extraerá Francisco su dinamismo, sus intuiciones y sus convicciones misioneras. El «gratis lo recibisteis, dadlo gratis», lo acosará toda la vida.

La Iglesia necesita, sin duda, visibilidad, estructuras, jerarquía, toda una organización pesada y con frecuencia recargada con los despojos de los siglos pasados. Francisco no niega tal necesidad. Los hombres de Iglesia pueden sentir la tentación de explotar o de manipular el sentimiento religioso, de recuperar los miedos y necesidades de religión para dominar, instalarse e, incluso, enriquecerse. Francisco lo sabe, pero no juzga. Simplemente el Espíritu lo guía a otra parte.

Su único deseo es dar gratuitamente, anunciar de balde la Buena Noticia del amor gratuito, creador y liberador, revelado en Jesucristo. Y no para hacer «carrera», ni siquiera eclesiástica, sino pura y simplemente porque tal gratuidad le abrasa las manos y el corazón, y siente la imperiosa necesidad de compartirla. Tendrá ganas de gritar hasta el agotamiento de sus fuerzas: «Vuestro Creador os ama excesiva y locamente. Vino adrede para decíroslo. Se desplazó (¡y menuda distancia hay desde el infinito a la tierra!) para liberaros de cuanto os impide amar con libertad. Os ofrece incluso lo que jamás os atreveríais a pedirle: la vida eterna con Él, en Él. ¡Sin exigir nada a cambio! Gratis pro Deo. ¡Fabuloso!»

«El Espíritu y la novia dicen: "¡Ven!" Y el que oiga diga: "¡Ven!" Y el que tenga sed, que se acerque, y el que quiera, reciba gratis agua de vida» (Ap 22,17). ¡Se comprende que esta Buena Noticia, aunque concierne a todos los hombres, tenga una urgencia y repercusión especiales para los pobres, que no son capaces de pagarse nada ni de compensarlo! Lo que hace falta es tener disponible el corazón y vacías las manos para acoger los dones de Dios.

Una vez más, se inscribe aquí la pobreza voluntaria, itinerante, pascual de Francisco y sus hermanos en la lógica de la revelación de la gratuidad de Dios. Jesús, el Hijo que espera todo del Padre, que recibe todo del Padre, es para ellos un camino que los seduce y los fascina. Cuando juristas, sabios, caballeros, adinerados comerciantes renuncian a sus bienes, al poder, a los privilegios vinculados a su situación social; cuando se les oye decir que han abandonado todo porque han descubierto un «tesoro» gratuito que devalúa todos sus bienes anteriores, ¡algo insólito palpita en el aire! Y lo insólito se transforma poco a poco en verdadera Buena Noticia. Su manera de vivir se vuelve contagiosa. Nunca concibió Francisco de otro modo su misión: una dicha contagiosa. Su vida y la de sus hermanos es misionera en la medida en que la Buena Noticia de la gratuidad de la Salvación los colma de paz, de alegría, de dicha, e incita a quienes buscan la felicidad a atreverse a andar el mismo camino. Pobre, alegre, servidor libre, su comportamiento proclama un mensaje antes incluso de empezar a hablar. Visibiliza el abajamiento voluntario y gratuito de Cristo: «Porque ya sabéis lo generoso que fue nuestro Señor, Jesús el Mesías: siendo rico, se hizo pobre por vosotros para enriqueceros con su pobreza» (2 Cor 8,9). Este texto estuvo siempre presente en la misión de Francisco.

Así, Francisco captó desde dentro la lógica del amor de Dios, el estrecho parentesco existente entre su llamada gratuita, la pobreza voluntaria y la misión. Presintió una misteriosa e imperiosa coherencia. ¡Cómo anunciar el Evangelio de Cristo sin dar de balde lo que he recibido gratis! ¡Si los bienes del Reino, la ternura misericordiosa de Cristo, su perdón, la libertad del Espíritu, la vida eterna..., si todo esto es gratuito, si todo esto es gracia, la misión no puede ser más que una alianza de amor gratuitamente recibida y compartida gratuitamente! ¿Ser discípulo y testigo de Cristo no es haber vivido la experiencia personal, desconcertante, pacificadora y gozosa de la gratuidad de Dios? La pobreza evangélica de Francisco y sus hermanos significa, más allá de todo razonamiento, que el Reino de Dios no es un derecho ni una conquista del hombre, sino un don que se acoge en la acción de gracias.

«¡Ay de mí si no predicara el Evangelio!... Ahora bien, ¿cuál es mi recompensa? Predicar el Evangelio entregándolo gratuitamente, renunciando al derecho que me confiere el Evangelio» (1 Cor 9,16-18). Fascinado por esta revelación, Francisco percibió de inmediato el desfase existente entre los medios humanos del apostolado y el fin de la misión. Pues, ¿qué es la misión sino abrir el corazón del hombre al Don de Dios? ¡Y para ello son insuficientes todas las revoluciones socio-económicas, todos los estudios de mercado, todas las técnicas de punta! Esta misión no es a la medida humana. Por eso está convencido Francisco de que sólo hay un método posible: revivir el itinerario pascual, los actos salvadores de Jesús. Presiente en ello la fecundidad misionera de la pobreza voluntaria, de la humildad, de la minoridad. ¿No es este el mismo camino del Hijo de Dios, el mismo movimiento de la encarnación, del abajamiento gratuito de Dios para dar a los hombres la plenitud de la vida? «¡Ojalá pudierais soportar un poco mi necedad!... ¿Acaso tendré yo culpa porque me abajé a mí mismo para ensalzaros anunciándoos gratuitamente el Evangelio de Dios?» (2 Cor 11,1-2).

III. Una oración que mana de la gratuidad

«Regresaron los setenta y dos alegres, diciendo: "Señor, hasta los demonios se nos someten en tu nombre". Él les dijo: "... Mirad, os he dado el poder de pisar sobre serpientes y escorpiones, y sobre todo poder del enemigo, y nada os podrá hacer daño; pero no os alegréis de que los espíritus se os sometan; alegraos de que vuestros nombres estén escritos en los cielos". En aquel momento, se llenó de gozo Jesús en el Espíritu Santo, y dijo: "Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a sabios e inteligentes, y se las has revelado a pequeños"» (Lc 10,17-21).

Esta escena del Evangelio ilustra a la perfección el clima fundamental de la misión de Francisco y sus hermanos. La potencia de vida, de liberación integral que nos ha dado Jesús, no debe subírsenos a la cabeza. La alegría del enviado no consiste en realizar acciones espectaculares, sino en estar asociado a la misión de Jesús y llamado a compartir el Reino de Dios. Esa es la fuente de su acción de gracias.

En el relato citado, Jesús vibra interiormente y da gracias al escuchar a sus discípulos de regreso de su misión. Discierne la acción de su Padre en el corazón de los hombres. Los «pequeños» acogen su Palabra, su Buena Noticia, el misterio del Reino. Des-centrado de sí mismo, nada se atribuye. Atribuye a su Padre los frutos de su misión. Se admira y le da gracias.

De ahí que no sea una mera casualidad el hecho de que casi todas las oraciones de Francisco conservadas por la tradición sean oraciones de acción de gracias. A ejemplo de la oración de Cristo, la oración espontánea del corazón humilde es la acción de gracias. Dios actúa sin cesar, pero la mayoría de las veces lo hace con gran discreción. El hombre que sabe ser su testigo, en la fe, rebosa de acción de gracias.

Todo es don: el Amor que crea y perfecciona al hombre, el Evangelio de Cristo, su perdón, su paz, su alegría, la vida que brota de su muerte y resurrección. La primera respuesta del hombre que descubre la permanente iniciativa del Creador es «darle las gracias», devolverle su graciosa gratuidad. Esta oración libera al hombre y ensancha su horizonte.

El hombre o la sociedad que ya no saben asombrarse y dar gracias, corren el riesgo de deslizarse lentamente hacia la autodestrucción o el tedio, el desengaño, las alegrías artificiales y la desesperanza. La Iglesia de Cristo es una comunidad que celebra una inmensa acción de gracias. ¿No es su oración esencial, la eucaristía -acción de gracias-, un himno a la gratuidad? La vida de Francisco y de sus hermanos invita a toda la humanidad a ponerse en «estado de acción de gracias», y al hombre a hacerse «eucaristía».

IV. Urgente actualidad del carisma franciscano

Hoy día los negocios son los negocios. En el mundo del trabajo, en el que impera una concurrencia despiadada, la eficacia y la rentabilidad son leyes imperativas y necesarias. Pero este mundo, que tiene su propia lógica interna, necesita vitalmente de testigos de la gratuidad, para no volverse humanamente insoportable. Se juega ahí el sentido del hombre, la calidad de la vida, el significado último de las relaciones humanas e incluso de la historia.

La gratuidad representa todo cuanto nunca será mensurable, contable, rentable en el sentido estricto del término; pero sin esta gratuidad el hombre se autodestruye. La ternura de Dios, la música, la pintura, las flores, la poesía, el don de sí, la amistad, la benevolencia..., no sirven para nada en un plano estrictamente «utilitario»; pero sin ellos la tierra se convertiría en un monstruoso planeta de robots.

Por último, nada es más rentable ni más eficaz para el porvenir del hombre que la gratuidad. Tanta falta hacen el cantante de la esquina de la calle y la contemplativa en su claustro, como el ingeniero y el astronauta. Por eso debemos mantener y alentar el sentido de la gratuidad en la familia franciscana. Ésta debe encontrar en la gratuidad un lugar de fidelidad a una dimensión esencial de su carisma en el seno de la Iglesia y del mundo. Por consiguiente, nos es menester apoyar a nuestras hermanas clarisas, multiplicar nuestros eremitorios en el desierto o en el centro de las ciudades, apoyar las experiencias un tanto «alocadas» como las de nuestros hermanos «mendigos», apoyar a los hermanos y hermanas comprometidos en múltiples actividades entre los más pobres: ancianos, enfermos, inmigrantes, prisioneros... Apoyar las opciones de los miembros de la Fraternidad Seglar en los organismos humanitarios o asociaciones con finalidad no lucrativa... ¡La gratuidad es nuestra gracia! ¡No la enterremos!

«Y restituyamos todos los bienes al Señor Dios altísimo y sumo, y reconozcamos que todos son suyos, y démosle gracias por todos ellos, ya que todo bien de Él procede» (1 R 17,17).

«Yo soy el Alfa y la Omega, el Principio y el Fin; al que tenga sed, yo le daré gratuitamente del manantial del agua de la vida» (Ap 21,6).


Michel Hubaut, O.F.M., Francisco de Asís, testigo de la gratuidad de Dios, en Selecciones de Franciscanismo, vol. XV, n. 43 (1975) 21-30.

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