DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

19 de mayo
SAN TEÓFILO DE CORTE (1676-1740)

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Nació en Corte (isla de Cerdeña) en 1676. De joven entró en la Orden franciscana. Estudió filosofía en Roma y teología en Nápoles, donde recibió la ordenación sacerdotal. Cuando su vida se orientaba a la docencia de teología, santo Tomás de Cori lo conquistó para la causa de la reforma franciscana que había emprendido, y así se convirtió en propagador de los "retiros" de la estricta observancia dentro de la familia franciscana. Su vida se desarrolló luego en los "retiros" de Bellegra y Palombara (Roma), Zuani (Córcega) y Fucecchio (Florencia). A la vez destacó por su fervoroso apostolado popular en la predicación y en los ejercicios espirituales, en su asidua y prolongada dedicación al confesonario, en la atención a los enfermos y sobre todo a los moribundos, para los que siempre estaba disponible. Murió tras breve enfermedad en Fucecchio el 19 de mayo de 1740.

San Teófilo de Corte, sacerdote franciscano, predicador popular y propagador de los "retiros" de la estricta observancia dentro de la familia franciscana, nació en Corte (isla de Córcega) el 30 de octubre de 1676, un par de meses antes de que naciera san Leonardo de Porto Mauricio, y murió en Fucecchio, cerca de Florencia, el 19 de mayo de 1740.

Dos días después de su nacimiento, sus padres, Juan-Antonio De Signori y María Magdalena Arrighi, personas ilustres en su ciudad, llevaron a bautizar al único hijo que tuvieron a la parroquia de San Marcelo y le pusieron el nombre de Biagio (Blas). El pequeño creció en un hogar cristiano en el que imperaba el amor y la armonía. Pronto empezó a frecuentar la escuela, en la que dio muestras de poseer una vivaz inteligencia y una memoria extraordinaria. Además, frecuentaba la iglesia y participaba atentamente en las funciones sagradas, hasta el punto de llamar la atención de sus amigos, que lo admiraban o se reían de él, según las actitudes religiosas de cada uno.

En aquel tiempo, Córcega tenía unos cincuenta conventos de los hijos de san Francisco, y en Corte había dos: uno de franciscanos y otro de capuchinos. El joven Blas, impulsado por la gracia, iba desarrollando en su interior la vocación religiosa y el deseo de seguir de cerca al Poverello. Llegado a la edad de 16 años, dejó la casa paterna y se recogió en el convento de los capuchinos con la intención de vestir su hábito. Semejante decisión les pareció a sus padres tal vez poco madura, y de buenas formas consiguieron que el hijo volviera con ellos. Pero poco después, precisamente el 17 de septiembre de 1693, fiesta de la impresión de las llagas del Seráfico Padre, y esta vez con el asentimiento de los suyos, Blas entró en el convento de San Francisco. Días después vistió el habito franciscano, momento en el que cambió el nombre de Blas por el de Teófilo, que significa amigo de Dios, y, terminado el año de noviciado, hizo la profesión el 22 de septiembre de 1694 consagrándose para siempre a Dios entre los seguidores del Pobrecillo de Asís. Desde el noviciado el lema de su vida fue la observancia íntegra y estricta de la Regla de su Orden, para así, con Francisco, seguir más de cerca las huellas de Cristo.

Dos años más tarde, los superiores, apreciando la capacidad intelectual de fray Teófilo, lo enviaron a la península italiana a fin de que completara su formación. Se despidió de sus padres, a los que ya no vería en la tierra, y emprendió el viaje. Estudió filosofía en Roma, en el convento de Aracoeli, entonces sede del Ministro general de la Orden, y luego marchó a Nápoles, al convento de Santa María la Nova, donde estudió teología. El 30 de noviembre de 1700 fue ordenado de sacerdote en Pozzuoli por Mons. Giuseppe Falcez, franciscano. Enseguida recibió del Comisario general de la Orden la patente de predicador y de lector.

Aconsejado seguramente por los superiores, nuestro santo decidió concurrir a la cátedra de teología. En julio de 1701, completados los estudios en Nápoles, emprendió viaje a Roma, en cuyo convento de Aracoeli debía tener lugar la disputa pública para optar a la cátedra. Ya en la ciudad eterna y mientras esperaba el momento de la oposición, pensó en retirarse por unos días al conventito solitario de Bellegra (entonces Civitella San Sisto), cerca de Subiaco, para reflexionar en profundidad sobre su futuro. Estaba preparado para afrontar las oposiciones, pero no veía claro si la misión de la enseñanza y de la cátedra era la que la Providencia le había reservado, y, ante esa indecisión, quería buscar en la soledad y la oración la voluntad de Dios.

Cuando llegó a Bellegra era guardián del convento santo Tomás de Cori, hombre de Dios, cuya fama de santidad se había extendido por toda aquella región. Tomás tenía 21 años más que Teófilo y, siendo como era un experto en el discernimiento y dirección de las almas, no tardó en adivinar cuál era la verdadera vocación del joven estudioso. Y así, después de unos ejercicios espirituales, el santo superior aconsejó a su virtuoso huésped que dejara la dedicación al estudio, renunciara a las oposiciones para la cátedra de teología y se consagrara a la propagación de los santos Retiros según el modelo de Bellegra. No desagradó al joven tal consejo, pero consideró que era deber suyo volver primero a Roma y participar en las oposiciones a las que se había comprometido.

Durante el viaje de Bellegra a Roma, al pasar por Tívoli, una mañana muy temprano, nuestro santo cayó en un foso y se fracturó el fémur derecho, por lo que tuvieron que trasladarlo en un pequeño carro a la enfermería de Aracoeli. Cuando la noticia del accidente llegó a Bellegra, santo Tomás se trasladó presto a Roma para visitar al enfermo y para exhortale a que, una vez recuperado, volviera al conventito solitario. La exhortación del santo guardián fue acogida por el accidentado como una orden expresa del cielo. Y el P. Teófilo emprendió una nueva carrera en su vida, en la que llegaría a ser gran maestro, no tanto de la ciencia teórica cuanto de la ciencia práctica y vivida en la estricta observancia de la forma de vida que san Francisco legó a sus hijos.

Apenas recuperado de su enfermedad, Teófilo, con los debidos permisos, emprendió el camino de Bellegra. La soledad, la paz y la espiritualidad profunda que se vivían en aquel eremitorio restablecerían su cuerpo y su espíritu. El guardián lo recibió con los brazos abiertos, y entre los dos se tejió una profunda y santa amistad que los llevó, primero como maestro y discípulo y luego como compañeros, a empeñarse con todas sus fuerzas en la renovación de la vida franciscana con los «Retiros» principalmente y a volcar en el apostolado popular las riquezas espirituales acumuladas en la vida de oración y penitencia. Teófilo amaba la soledad, y amaba también las almas; en la soledad, meditando la pasión de Cristo, aprendió a estimar cada vez más el inmenso valor de las almas que habían sido redimidas por la sangre del Señor, y esto lo llevó a entregarse con fervor al apostolado.

Las poblaciones de la Sabina y de la región de Subiaco, como más tarde muchas de Córcega y de Toscana, escucharon de tiempo en tiempo la palabra enardecida que brotaba de aquel corazón lleno de Dios, quien quiso valerse con frecuencia de su siervo Teófilo para mover los corazones, llevarlos a la conversión, comprometerlos a una vida más cristiana. Con todo, la sede preferida y más habitual de su apostolado fue el confesonario, en el que pasaba a veces jornadas enteras, sin casi tiempo para comer ni descansar. Siempre estaba pronto para atender a los penitentes, a los que trataba con gran comprensión y benevolencia; su máxima era: confesar a pocos, pero bien. Al ministerio de las confesiones unía el de las tandas de ejercicios espirituales para el clero secular, los religiosos y también los seglares, tanto en las parroquias como en el convento. Atendía con prontitud las peticiones de los párrocos, de los obispos o de los superiores religiosos, feliz de cooperar de una u otra forma al bien de las almas.

Hay que añadir que los preferidos de la actividad del P. Teófilo fueron los enfermos y especialmente los moribundos. Cuando lo llamaban a la cabecera de un moribundo, o sencillamente de un enfermo, interrumpía lo que estuviera haciendo y acudía presuroso, sin que le preocupara el cansancio ni las incomodidades del viaje ni las inclemencias del tiempo; había que atender a una persona en trance de emprender el viaje a la otra vida, y esa tarea tenía preferencia sobre las demás; y lo mismo valía cuando se trataba de administrar los sacramentos a un enfermo, o de consolar y aconsejar al mismo o a sus familiares.

La múltiple actividad apostólica no le impedía a nuestro santo mantener el espíritu de oración y observar la estricta disciplina claustral. Por mucho que se hubiera fatigado a lo largo del día, no se dispensaba de los maitines a media noche; y cuando volvía al convento, incluso después de un largo y penoso viaje, se unía de inmediato a los actos o ejercicios en que se ocupaba la comunidad.

Otra faceta de la vida y actividad de nuestro santo fue la paciencia y la confianza en la Providencia de Dios. A pesar de su santidad, de su bondad y de sus notables cualidades, no siempre agradó a todos. En su empeño en devolver la estricta observancia de la Regla a los conventos, se encontró con bastantes incomprensiones y contrariedades. Hubo frailes que por muchas y diversas razones no aceptaran la estricta observancia que propugnaban Tomás y Teófilo, y que no sólo los combatieron en el campo interno de la Orden sino que, además, implicaron en su rechazo a los seglares, quienes, por ejemplo, se negaron a dar limosna a los limosneros de los Retiros. Teófilo no perdió nunca la calma ni las buenas formas, repitiendo siempre: ¡Dios nos ayudará!, ¡Dios proveerá!

En 1709, los superiores trasladaron al P. Teófilo al Retiro de Palombara Sabina (Roma), donde permaneció seis años, siendo guardián de la comunidad de 1713 a 1715, año en que regresó al eremitorio de Bellegra, para el que fue elegido guardián en 1715 y 1724. De nuevo marchó a Palombara en 1727 para recuperar la observancia que se había relajado un tanto, y en 1729 se encontraba una vez más en Bellegra, donde había fallecido santo Tomás de Cori el 11 de enero de aquel mismo año.

Los superiores de la Provincia franciscana de Roma veían con buenos ojos los «retiros» en que se habían convertido algunos de sus conventos, por los frutos de santidad que estaban dando, aunque no todo fueran éxitos, y la Orden los apoyaba. Llegó el momento en que los frailes de Córcega les pidieron que abrieran en alguno de sus conventos una de esas fraternidades de estricta observancia. La petición fue aceptada y para convertirla en realidad seleccionaron un grupo de seis religiosos, entre ellos el P. Teófilo, por ser corso y por sus cualidades, así como por su experiencia. En octubre de 1730 partieron para la isla, a la que nuestro santo volvía después de 34 años de haberse ausentado de la misma, y en la que fueron muy bien recibidos por los frailes y por la gente. Pero, cuando empezó a hacer las oportunas averiguaciones para escoger el lugar adecuado en el que establecer el Retiro, todo fueron dificultades. Sucesivamente se propuso el proyecto a los conventos de Farinóla, Nonza, Campoloro y Caccia, y ninguno lo aceptó, y de algunos tuvo que retirarse como huyendo. Llegada la cuaresma de 1731, lo enviaron a predicar a Corte, con la esperanza de que, en su pueblo, su fervorosa elocuencia y el ejemplo de su vida virtuosa y penitente allanarían las dificultades y harían posible la renovación de su convento. Pero tampoco en aquella comunidad pudo establecer la estricta observancia.

La Providencia, sin embargo, abrió otros caminos. El superior del convento de Zuani renunció a su oficio, y el Provincial, para sustituirlo, nombró al P. Teófilo primero presidente y luego, el 20 de diciembre de 1732, guardián de la casa. Y así fue como el santo, poco a poco, fue introduciendo en aquella comunidad los usos y costumbres de los Retiros de Bellegra y Palombara: silencio riguroso, maitines a media noche, horas de oración, numerosas prácticas piadosas además de los oficios litúrgicos, ninguna limosna como estipendio por las misas, que debían celebrarse todas por los bienhechores, Vía crucis solemne en la iglesia todos los domingos y viernes de cuaresma, mucha austeridad en el comer, en el vestir y en toda la casa, nada de cuestaciones generales de grano ni de mosto, etc., etc. La buena gente de Zuani creía que no podrían mantener por mucho tiempo ese tenor de vida, y se compadecía de los buenos frailes. El P. Teófilo repetía como de costumbre: «¡Dios proveerá!». Y espléndida se mostró la Providencia. En aquel convento, en tiempos normales, apenas podían vivir seis religiosos; ahora vivían allí sin agobios hasta 18. El convento se quedó pequeño y hacía falta ampliarlo, y el santo pudo levantar un ala nueva con las limosnas que le llegaban de improviso. El guardián aventajaba a todos en la santidad de vida y en la paterna amabilidad y prudencia para con todos.

A lo largo de la vida del P. Teófilo, Dios se dignó obrar en él y por medio de él numerosos hechos prodigiosos. En Bellegra, con una bendición hizo desaparecer los gusanos que devastaban las legumbres del huerto. En Zuani, un moribundo quedó sin habla y no podía confesarse; acudió el P. Teófilo, y el paciente recuperó la palabra y pudo confesarse; luego volvió a quedarse mudo. En cierta ocasión se escapó del convento una vaca que les había regalado un bienhechor; era un día de niebla tan densa que no se la podía localizar; una bendición del santo hizo que el tiempo se despejara de inmediato, y encontraron el animal en un bosque vecino. En otra ocasión llevaron a la iglesia del Retiro a una mujer endemoniada; los exorcismos del P. Teófilo liberaron enseguida a la infeliz. Un joven de Zuani, de vida licenciosa, la víspera de su boda perdió a la joven con la que iba a casarse pero que se ahogó; en su desesperación el joven acudió al P. Teófilo buscando una palabra de consuelo; la actitud y las palabras del santo cambiaron de tal modo el ánimo del joven, que se consagró totalmente a Dios, fue un sacerdote muy celoso y elocuente predicador, y murió en olor de santidad.

La estancia del P. Teófilo en su isla natal duró unos cuatro años. Consolidado el Retiro de Zuani, los superiores lo llamaron a Roma, y el 30 de septiembre de 1734 se encontraba de nuevo en Aracoeli. Luego lo enviaron a Palombara para que con su presencia reavivara el fervor de antaño que, durante su ausencia, se había debilitado. Al año siguiente lo nombraron una vez más guardián de su querido Retiro de Bellegra, y durante su permanencia en el mismo volvió muy gustoso a Palombara como testigo en el proceso informativo sobre la santidad de su amigo y maestro santo Tomás de Cori, muerto en 1729, del que había sido discípulo y ahora era el continuador principal en la obra de los Retiros.

Mientras tanto, también los franciscanos de Toscana deseaban tener casas en las que imperara la estricta observancia de la Regla del Seráfico Padre, y para hacer realidad tal deseo pidieron ayuda a los superiores de la Orden. Así, por obediencia, el 17 de enero de 1736, el P. Teófilo dejó Bellegra y se dirigió a Florencia para llevar a cabo en aquella Provincia minorítica la fundación de un Retiro como los de Bellegra, Palombara y Zuani. A finales de febrero llegó a la capital toscana y se hospedó en el convento de Ognisanti. El 24 de abril de aquel mismo año lo eligieron guardián del convento La Virgen, de Fucecchio, a 45 Km de Florencia, en la ribera del río Arno, para fundar allí el retiro. El santo se trasladó a su nuevo destino y se presentó de la mejor manera que supo, pero la acogida que le dispensaron los frailes no fue calurosa ni alegre. Más aún, hubo quienes, para impedir la proyectada reforma, recurrieron a las autoridades civiles y quienes soliviantaron a la gente y la indujeron a que no dieran más limosnas al convento, y hasta hubo algunos que llegaron a insultar al santo. No por ello su turbó el nuevo guardián, sino que, cosa habitual en él, permaneció sereno y confiado en que la providencia de Dios lo ayudaría a cumplir la misión que se le había encomendado.

Y Dios hizo fructificar la paciencia de su siervo. El día de san Antonio, 13 de junio, se celebraba una gran fiesta, y en la misa solemne predicó el P. Teófilo con tanta unción y elocuencia, que empezaron a desvanecerse en el ánimo de sus frailes los prejuicios contra él y contra su obra. A partir de entonces y con rapidez fue cambiando el ritmo de vida de aquella comunidad, en la que se respiraba, cada vez más, un aire nuevo de renovación espiritual, de aproximación a los ideales de san Francisco, de entrega evangélica a la gente. El pueblo quedó muy edificado, y llenaba la iglesia en todas las celebraciones. También el clero acudía a los ejercicios espirituales y a las conferencias morales que predicaba el santo. Éste y los demás frailes, por su parte, eran asiduos en los servicios religiosos: en el confesionario, en la predicación, en la asistencia a los enfermos, etc. Al amor de la vida recogida y contemplativa se unió un mayor espíritu de entrega y de apostolado. La reforma produjo frutos de santidad no sólo en el convento sino también en el pueblo.

Una vez más hay que subrayar que nuestro santo era un verdadero amante del retiro, de la soledad, de la oración. No contento con las muchas prácticas religiosas del Retiro, en las que participaba con viva fe, encontraba la forma y manera de orar continuamente tanto en la celda, como en el trabajo o yendo de camino. Era un hombre hecho oración, como decía Celano del Seráfico Padre. Enamorado de Cristo crucificado, practicaba con gran fervor el ejercicio del Vía crucis en comunidad y también en privado, e incluso durante los viajes, teniendo en la mano una cruz pequeña. En cierta ocasión, cuando iba de Bellegra a Roma, el compañero de viaje, Fray José d'Affile, le preguntó si haciendo así el Vía crucis se ganarían las correspondientes indulgencias. El santo le respondió que no practicaba interesadamente; pero luego repensó la cosa y, cuando llegaron a Roma, pidió y obtuvo del papa Clemente XII, para sí y para sus compañeros de viaje, el poder ganar las indulgencias meditando los misterios de la pasión del Señor ante la cruz que siempre llevaba consigo y que entonces le bendijo, a tal fin, el mismo Sumo Pontífice.

El P. Teófilo era amante de la juventud, por lo que trabajó hasta conseguir que el Retiro de Fucecchio fuera también casa de noviciado. El convento resultaba insuficiente, por lo que hizo que se construyera un ala nueva para los jóvenes aspirantes a la vida franciscana, y que se construyera con una cierta comodidad, que no ofendiera la pobreza y simplicidad seráfica, pero que respondiera a las exigencias sanitarias e higiénicas de entonces. Esto no lo habrían permitido otros reformadores franciscanos, ni siquiera los de su tiempo como santo Tomás de Cori o san Leonardo de Porto Mauricio. Pero nuestro santo buscaba el equilibrio en todas las cosas, estaba a favor de la normalidad y en contra de los excesos y abusos. Cuando en 1737 se introdujo la causa de beatificación de santo Tomás de Cori, el P. Teófilo leyó en el refectorio el correspondiente decreto e hizo un sentido discurso que cerró con estas palabras: «No creáis que el P. Tomás haya hecho cosas singulares. Observó con exactitud la Regla y las leyes del Retiro, y eso basta para hacerse santos».

Las actas del proceso de beatificación de nuestro santo, por una parte, muestran cómo se entregaba en cuerpo y alma a la realización de sus tareas, aun las más ordinarias, mientras afrontaba con toda humildad y sencillez los asuntos más importantes; por otra parte, reúnen un número considerable de hechos extraordinarios e incluso de verdaderos milagros con los que el Señor acreditaba la santidad de su siervo.

A pesar de las penitencias y austeridades con que había mortificado su cuerpo, parecía que aún le quedaban años de vida al P. Teófilo. Pero un día, al salir del confesonario, se desmayó; recuperados los sentidos dijo a sus hermanos que no tenía importancia, y continuó su ritmo de vida habitual. Desde hacía tiempo sufría de una grave hernia inguinal, que con frecuencia requería la atención de los médicos. Un día el Dr. Calaverdi lo estaba curando cuando un aldeano lo llamó para confesar a un enfermo; el P. Teófilo apenas dejó al médico terminar su trabajo y marchó presuroso con peligro de su vida. El 10 de mayo de 1740 lo llamaron temprano para asistir a un moribundo; soplaba fuerte la tramontana. El P. Zacarías de Lucca se ofreció para sustituirlo, pero el santo le respondió: «No, hijo; me han llamado a mí, y quiero hacer yo esta obra de caridad». A partir de aquel día aparecieron los síntomas de la enfermedad que rápidamente acabaría con su vida. Le fiebre se iba agravando y el santo, presintiendo que se acercaba el tránsito a la eternidad, pidió confesarse y que le administraran el santo Viático. Se enteró de que querían trasladarlo a la enfermería de Lucca, pero él se opuso rotundamente, como también se opuso a que llamaran a un médico especialista de fuera para curarlo.

Al atardecer del día 19 de mayo de 1740 expiró serenamente en el Retiro de La Virgen de Fucecchio san Teófilo de Corte, que tanto había trabajado para que floreciera de nuevo el espíritu y la perfecta observancia de la Regla de san Francisco.

Sus funerales fueron una gran manifestación pública de la estima y veneración en que le tenían el pueblo y los frailes, que lo consideraban un santo. Su cuerpo tuvo que permanecer dos días expuesto a la devoción de los fieles. La fama de su santidad se extendió admirablemente, eran frecuentes y numerosas las peregrinaciones a su tumba y se multiplicaron los milagros con que Dios glorificaba a su humilde siervo, de manera que, ya en 1750, a los diez años de su muerte, se abrió el primer proceso canónico para su beatificación. Y así, fue declarado venerable por el papa Benedicto XIV el 21 de noviembre de 1755; lo beatificó León XIII el 19 de enero de 1896, y, tras nuevos milagros que Dios realizó por intercesión del beato Teófilo, Pío XI lo canonizó solemnemente el 29 de junio de 1930. En la correspondiente bula de canonización, el papa hacía este elogio de nuestro santo: «En Teófilo de Corte, discípulo de Francisco de Asís, aprendan especialmente los religiosos el desprecio de las cosas terrenas, la unión íntima con Dios, en el silencio y el retiro, la observancia perfecta de la disciplina regular, el celo apostólico en el procurar la salud de las almas, la ardiente caridad hacia Dios y hacia el prójimo...».

Conservamos varios escritos del santo publicados en italiano y en latín, y también un número considerable de cartas dirigidas al P. Scalabrini, entonces ministro provincial de Toscana, que describen las dificultades y vicisitudes del Retiro de Fucecchio. Otros escritos suyos, de carácter formativo y espiritual, se han perdido.

Sus restos mortales se conservan en Fucecchio, en la iglesia de La Virgen, debajo del altar mayor, sobre el que san Teófilo celebró tantas veces con ardiente devoción los sagrados misterios. Los franciscanos permanecieron en el convento La Virgen, de Fucecchio (Florencia), hasta 1995.

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SAN TEÓFILO DE CORTE

San Teófilo de Corte es considerado el gran promotor de los Sagrados Retiros, en los cuales los religiosos transcurren por lo menos dos horas diarias en oración común, se levantan de noche para Maitines y observan la abstinencia durante cuatro cuaresmas, es decir, casi medio año.

Nació en Córcega, en Corte, el 30 de octubre de 1676, hijo único de una familia acomodada, de Juan Antonio De Signori y María Magdalena Arrighi. En el bautismo recibió el nombre de Blas, que luego cambió por el de Teófilo, es decir, amigo de Dios, cuando, realizados los primeros estudios, ingresó entre los Hermanos Menores de su ciudad natal. La familia era bienhechora de los franciscanos y poseía en su iglesia su propia sepultura.

Recibido el hábito, terminó los estudios de filosofía en Roma y los de teología en Nápoles. El 30 de noviembre de 1700 fue ordenado sacerdote, y desde entonces casi siempre permaneció en el continente, solamente volvió a su isla natal una vez, treinta años más tarde, con comprensible emoción, pero con muchas dificultades, a fin de establecer también allí uno de sus Retiros. Durante años pasó alternadamente entre los conventos de Civitella (hoy Bellegra) y de Palombara Sabina, lugares de sus dos primeros Retiros, cuya dirección ejerció alternadamente con su propio superior, santo Tomás de Cori, en fraterna armonía de miras y de obras.

Delicado en la dirección de las almas y paciente hasta el extremo, aunque por temperamento era fogoso y arrebatado, Teófilo de Corte no tuvo una vida fácil en su empeño de promover los Sagrados Retiros. El apostolado de la predicación en medio del pueblo resultaba eficacísimo después de la intensa preparación en los retiros. Teófilo aparecía en medio del pueblo como un mensajero de bondad. Los pecadores regresaban a Dios y la vida cristiana adquiría nuevos ritmos de fe y de apostolado.

Superó toda clase de dificultades con la dulzura y la tenacidad, suavizando todas las asperezas. Uno de los últimos reconocimientos lo tuvo en Toscana, en Fucecchio, donde el último descendiente de los Médici, el gran duque Gian Gastone apoyó su obra, que, como siempre, aparecía al principio llena de dificultades y obstáculos.

En Fucecchio, donde era guardián del convento, murió ejemplarmente a los 64 años de edad el 19 de mayo de 1740, después de haber pedido perdón a sus hermanos de religión por las faltas que pesaban sobre su delicadísima conciencia y que en cambio todos los demás consideraban otras tantas virtudes dignas de un Santo. Fue canonizado por Pío XI el 29 de junio de 1930.

[Ferrini-Ramírez, Santos franciscanos para cada día. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 153-154]

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SAN TEÓFILO DE CORTE

En el Martyrologium romano-seraphicum encontramos bajo el epígrafe Decimo quarto kalendas junii: «San Teófilo de Corte, en Fucecchio, de Etruria, sacerdote y confesor, de la Orden de los Menores, propagador de los sagrados retiros, gran devoto de la Pasión del Señor y de la Virgen Madre de Dios, consagró su vida a visitar a los pobres y enfermos, a la oración y predicación y a recibir la confesión de los penitentes».

Supo hacer honor a su nombre de religión: «amigo de Dios». Aunque en el bautismo había recibido el de Blas, Biagio de Signori, como sería llamado en su Corte natal. Allí, en la hermosa isla mediterránea de Córcega que, por entonces, ya había pasado de la corona española a manos genovesas, nació nuestro protagonista el treinta de octubre de 1676, hijo de Giovanni Antonio y Maddalena Arrighi.

En esta familia, acomodada y piadosa, aprendió el pequeño Biagio el santo temor de Dios, y en aquel hogar creció respirando a pleno pulmón la devoción al Poverello de Asís y a sus hijos: los Signori eran bienhechores de los franciscanos de Corte, en cuya iglesia poseían, incluso, su propia sepultura.

Con su ejemplo y enseñanzas, aquellos padres, fervientes cristianos, iban contribuyendo a que en el alma del niño fuese haciendo madurar el Espíritu Santo el don sobrenatural de la vocación a la Orden seráfica. No debía de extrañarles, pues, que tras una infancia inocente y una adolescencia forjada en la virtud, manifestara el joven hijo, a sus dieciséis años, su decisión firme de abandonar el mundo para unirse a los hijos de San Francisco. No debía de extrañarles, pero... les cogió de sorpresa la determinación de Biagio. Tanto que, habiendo concebido sobre él otras ilusiones y proyectos, se opusieron enérgicamente, en un principio, a su vocación.

El muchacho, que habría de manifestar su acerado temple en no pocas ocasiones a lo largo de su vida, no estaba dispuesto a claudicar: el ideal de consagrarse a Dios era en él más fuerte que los lazos de la carne. Escapándose de la casa paterna, se refugió en el convento de los capuchinos, adonde fueron a buscarlo sus familiares para llevárselo de nuevo con ellos. Vuelto a casa, e inamovible en su santo propósito, Biagio consiguió al fin arrancar el permiso a sus progenitores, poniéndole éstos la condición de que, al menos, tomase el hábito de los «franciscanos observantes», religión algo más suave que la de los capuchinos. Y así, el 21 de septiembre de 1693, cuando aún no había cumplido diecisiete años, vestía Biagio el pardo sayal franciscano entre los Menores Observantes del vecino convento de San Francisco de Corte (hoy desaparecido), tomando el nombre de Teófilo, cuyo significado llenará plenamente en su vida de consagrado.

Emitida su profesión religiosa, tras el año canónico de noviciado, el 22 de septiembre de 1694, permaneció por dos años en Córcega, y en 1696 fue destinado al convento de Santa María in Aracoeli, en Roma, donde realizó los estudios de filosofía. La teología la cursó en el convento, hoy monumental, de Santa María Nova, en Nápoles, donde recibió la ordenación sacerdotal el 30 de noviembre de 1700, a sus veinticuatro años. Uno después recibiría las licencias para predicar.

Hay que notar que aquel corso, cuya juventud se había mecido entre el rumor de las olas del Mediterráneo, ahora ya permanecerá para siempre en el continente, sin otra excepción que una vuelta a su isla natal treinta años más tarde para, luchando con mil dificultades, establecer en Córcega uno de sus famosos «Retiros».

A sus veinticinco años, fray Teófilo ha sido nombrado en la Orden predicador y lector: los superiores han visto en él capacidad suficiente de doctrina y de virtud para ejercer con fruto el delicado ministerio de enseñar. Pero... Dios tiene otros designios sobre su siervo. Para prepararse a su tarea docente, se traslada de Nápoles a Roma, deteniéndose unos días en el convento de San Francisco, en Civitella San Sisto (actual Bellegra), cerca de Subiaco. En aquel austero y escondido cenobio, perfumado por entonces con las virtudes de su guardián, santo Tomás de Cori, siente Teófilo vivísimos deseos de vivir ignorado de todos, vacando a Dios en asidua oración y generosa penitencia. Cuando lo consulta con el superior, fray Tomás, éste le alienta a realizar lo que considera una inspiración divina. Pero Teófilo había parado en Civitella provisionalmente, ¿qué hacer? Reanudará su viaje a Roma y, durante él, comenzará el Señor a manifestar su voluntad. En Tibur, donde se detiene el viajero, tiene una peligrosa caída, rompiéndose gravemente un fémur. Trasladado a Roma, tarda mucho tiempo en sanar. Y entre tanto, se muestra claro en su alma el querer de Dios, que lo destina al suave apostolado -no menos fecundo que el ruidoso y agitado- de la oración en el retiro, para volcarse luego en los demás, con palabras encendidas y ejemplos virtuosos. Y así, con la anuencia de los superiores retorna a Civitella, como miembro efectivo o religioso conventual de aquel eremitorio, en el que permanecerá hasta 1709, siete largos años en los que se forja y sedimenta su vocación ermitaña, entregado allí a la más alta contemplación. El que es ahora su maestro, santo Tomás de Cori, será más tarde su compañero de correrías apostólicas, en continuo pugilato sobre quién de los dos ha de ser más humilde, más mortificado y pobre y de mayor abnegación y sacrificio en la siembra espiritual de los favores acumulados en las asperezas del retiro de Civitella.

En 1709 fue destinado Teófilo al Retiro de Palombara Sabina (Roma), establecido pocos años antes por Tomás de Cori, y en 1713 fue nombrado superior de aquel convento. En 1715 vuelve a Civitella, donde vivirá doce años y será superior hasta 1718. Reelegido en 1724, obtiene una prudente reducción de los ayunos en el «Retiro»: se limitarán a los viernes de marzo y las vigilias de las fiestas de la Virgen, de San Francisco y San Antonio.

De nuevo, en 1727, es destinado a Palombara, para restaurar la primitiva disciplina según los deseos de santo Tomás de Cori, lo que logró enseguida merced a su elevado espíritu seráfico, un ferviente celo apostólico y eficaces dotes de gobierno.

En 1729 emprende de nuevo el camino del Retiro de Civitella, privado ahora de la presencia de Tomás, fallecido pocos días antes. Teófilo será su heredero y su más fiel continuador. Y ello quedará tan patente a los ojos de todos, en especial de los superiores, que, cuando un año más tarde se decida la erección de un retiro en Córcega, el elegido para fundarlo será fray Teófilo, no sólo por ser nativo de la isla, sino, sobre todo, por sus innegables dotes espirituales y morales. Partirá, pues, en 1730, y después de inútiles tentativas de establecer el «Retiro» en varios conventos (Campoloro, Nonza, Caccia, e incluso su villa natal de Corte), se escogió el de Zùani, donde se inició el nuevo régimen de vida en mayo de 1732, quedando el santo como superior provisional, y siendo confirmado en el cargo el 20 de diciembre del mismo año.

En 1734 fue reclamado por el ministro provincial a Roma y en enero de 1735 fue nuevamente elegido superior de Civitella, donde sólo ejercería un año el cargo de guardián, porque en enero de 1736 los superiores lo envían a fundar un nuevo «Retiro» en Toscana. Sería el convento de la Virgen de Fucecchio, cerca de Florencia, en la margen derecha del Arno, donde Teófilo comenzó a ser superior el 20 de abril de 1736, y lo sería hasta el fin de su intensa y laboriosa vida, viviendo allí desde ahora con preferencia e irradiando desde aquel Retiro la luz de su santidad y su influencia bienhechora en las almas. Al principio de la fundación de Fucecchio tuvo dificultades y adversidades, muchas y graves, para introducir las severas prácticas de los Retiros e ir perfeccionándolas paulatinamente. Bajo la experta guía de su santo guardián el convento se afirmó, constituyendo pronto un centro de verdadera atracción espiritual.

A pesar de su constante retiro crecía, imparable, la fama del solitario de Fucecchio. Los obispos solicitaban con empeño su presencia en sus diócesis para dar misiones o retiros espirituales, de los que Teófilo sabía sacar el mayor fruto para las conciencias, por lo que acudía solícito sin reparar en sacrificios ni penalidades, ni en lo débil de su salud. Predicador excelente y persuasivo, aparecía en medio del pueblo como un mensajero de bondad, portador incansable de la Palabra de Dios. Las multitudes le seguían, anhelosas de sus enseñanzas, o de abrir sus almas en la intimidad del confesonario, para el que Dios le había concedido un don especial de consolar e iluminar las conciencias más enmarañadas y llenas de angustia. Acompañaban al santo los prodigios y milagros, efectuando numerosas curaciones con su oración y la señal de la cruz. Tuvo en alto grado el don de profecía y el de leer en el interior de los corazones, con cuyo medio obtuvo los mayores éxitos en el tribunal de la penitencia. Allá donde él predicaba, la vida cristiana adquiría nuevos ritmos de fe y de apostolado.

La actividad de su vida interior era riquísima también en dones sobrenaturales. A una devoción encendida a los misterios de la Eucaristía y la Pasión del Salvador unía un amor ternísimo a la Virgen María, a la que acudía con sencillez de niño para con su madre, infundiendo estos mismos amores en las almas de cuantos trataba. En su porte exterior había un atractivo espiritual tan acentuado, que muchos pecadores, aun antes de escuchar su palabra, con sólo mirarlo, sentían despertarse dentro de sí una profunda contrición.

Delicado en la dirección de las almas y paciente hasta el extremo, aunque por temperamento era fogoso y arrebatado, Teófilo de Corte no tuvo una vida fácil en su empeño de promover los «sagrados Retiros». Pero superó toda clase de dificultades con la dulzura y la tenacidad, suavizando todas las asperezas. En tantos y continuos trabajos era el primero en cumplir las rigurosas leyes de los conventos de retiro, en que siempre vivió, pese a su quebrantada salud. De todas estas contradicciones y vicisitudes da cuenta el santo en sus numerosas cartas al padre Scalabrini, a la sazón ministro provincial de la Toscana. Es lástima que otros escritos suyos, de carácter formativo y espiritual, se hayan perdido. Presumimos que reflejarían al religioso amantísimo de la pobreza, que buscaba siempre para sí lo más vil y despreciable, y tan fiel y exacto en la virtud de la obediencia, que aun en cosas muy ásperas no sufría la más pequeña demora entre el mandato y la ejecución.

Recogido en su amada soledad de Fucecchio, le acometió una breve enfermedad y, sintiendo llegar la muerte, pidió perdón a sus hermanos en términos conmovedores por las faltas que pesaban sobre su delicadísima conciencia, y que para los demás no eran consideradas sino virtudes admirables, dignas de un santo. Recibidos los santos sacramentos con su fervor y entusiasmo característicos, se durmió en el Señor a los sesenta y cuatro años y medio, el 19 de mayo de 1740.

Ese mismo día comenzaron los prodigios en su sepulcro y los grandes concursos de gentes, venidas de todas partes a pedir remedio para sus males a aquel que en vida llamaban padre a boca llena. Diez años más tarde se incoaba el proceso canónico para su beatificación. Algunos de los testigos recordaron entonces que, cuando algún tiempo atrás hubo de presentarse fray Teófilo ante un tribunal eclesiástico para deponer en el proceso de beatificación de su maestro santo Tomás de Cori, el obispo de Nicotera, hondamente impresionado a la vista del santo, dijo cuando se retiró éste: «Hoy se ha presentado un santo a testificar de otro santo; y os aseguro que el padre Teófilo es más santo que el padre Tomás, y que se hará en su día por aquél lo que estamos haciendo hoy por éste...».

De hecho, Teófilo llevaría la delantera a Tomás en los honores de la glorificación.

Teófilo de Corte fue declarado venerable por el papa Benedicto XIV el 21 de noviembre de 1755, beatificado por León XIII el 19 de enero de 1896 (Breve de beatificación, 24-9-1895), y al fin, el 29 de junio de 1930, en virtud de nuevos milagros realizados por su intercesión, el solitario de Fucecchio y apóstol de toda la diócesis de San Miniato era canonizado por Pío XI.

Juan XXIII, en uno de sus cortos viajes por Italia, decidió visitar, fuera de programa, el convento franciscano de Bellegra (antigua Civitella). Era el 25 de agosto de 1959. Entre la alegría de recibir al Sumo Pontífice y la ausencia de preparación adecuada para tan alta e inesperada visita, los frailes presentaron al Santo Padre sus excusas. Pero el buen papa Juan (hoy Beato Juan XXIII) les confesó que se encontraba a sus anchas en aquel «Retiro», en el que el beato Tomás de Cori (no sería canonizado hasta el 21 de noviembre de 1999, por Juan Pablo II) había mantenido una singular «competición» con san Teófilo de Corte, iniciador de los «Retiros», apostando ambos por la «dama pobreza».

[Alberto José González Chaves, en Año cristiano. V. Mayo. Madrid, BAC, 2004, pp. 416-422]

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