DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

25 de abril
SAN PEDRO DE SAN JOSÉ BETANCUR (1626-1667)

Terciario franciscano

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El hermano Pedro nació en la isla de Tenerife y murió en la Antigua Guatemala, donde está enterrado en la iglesia de San Francisco el Grande. Tras una juventud dada a la piedad y al trabajo, embarcó para América con el ideal de evangelizar a los nativos y socorrer a los necesitados. Con sus 16 años dedicados en Guatemala al cuidado de los enfermos, los pobres, los analfabetos, etc., y las obras que para ellos promovió, ha permanecido en la memoria de todos como el Santo hermano Pedro o, sencillamente, el Hermano Pedro. Juan Pablo II lo beatificó en 1980 y lo canonizó el 30 de julio de 2002, siendo el primer santo guatemalteco y tinerfeño.

El hermano Pedro de San José Betancur nace en Vilaflor de Tenerife (Islas Canarias, España) el 21 de marzo de 1626 y muere en Guatemala el 25 de abril de 1667. La distancia en el tiempo no opaca la luz que emana de su figura y que ha iluminado tanto a Tenerife como a toda la América Central desde aquellos remotos días de la Colonia.

El hermano Pedro de San José Betancur supo leer el Evangelio con los ojos de los humildes y vivió intensamente los Misterios de Belén y de la Cruz, los cuales orientaron todo su pensamiento y acción de caridad. Hijo de pastores y agricultores, tuvo la gracia de ser educado por sus padres profundamente cristianos; a los 23 años abandonó su nativa Tenerife y, después de 2 años, llegó a Guatemala, tierra que la Providencia había asignado para su apostolado misionero.

Apenas desembarcado en el Nuevo Mundo, una grave enfermedad lo puso en contacto directo con los más pobres y desheredados. Recuperada inesperadamente la salud, quiso consagrar su vida a Dios realizando los estudios eclesiásticos pero, al no poder hacerlo, profesó como terciario en el Convento de San Francisco, en la actual Antigua Guatemala, con un bien determinado programa de revivir la experiencia de Jesús de Nazaret en la humildad, la pobreza, la penitencia y el servicio a los pobres.

En un primer momento realizó su programa como custodio y sacristán de la Ermita del Santo Calvario, cercana al convento franciscano, que se convierte en el centro irradiador de su caridad. Visitó hospitales, cárceles, las casas de los pobres; los emigrantes sin trabajo, los adolescentes descarriados, sin instrucción y ya entregados a los vicios, para quienes logró realizar una primera fundación para acoger a los pequeños vagabundos blancos, mestizos y negros. Atendió la instrucción religiosa y civil con criterios todavía hoy calificados como modernos.

Construyó un oratorio, una escuela, una enfermería, una posada para sacerdotes que se encontraban de paso por la ciudad y para estudiantes universitarios, necesitados de alojamiento seguro y económico. Recordando la pobreza de la primera posada de Jesús en la tierra, llamó a su obra «Belén».

Otros terciarios franciscanos lo imitaron, compartiendo con el hermano Pedro penitencia, oración y actividad caritativa: la vida comunitaria tomó forma cuando el hermano Pedro escribió un reglamento, que fue adoptado también por las mujeres que atendían a la educación de los niños; estaba surgiendo aquello que más tarde debería tener su desarrollo natural: la Orden de los Bethlemitas y de las Bethlemitas, aun cuando éstas sólo obtuvieron el reconocimiento de la Santa Sede más tarde.

El hermano Pedro se adelantó a los tiempos con métodos pedagógicos nuevos y estableció servicios sociales no imaginables en su época, como el hospital para convalecientes. Sus escritos espirituales son de una agudeza y profundidad inigualables.

Muere apenas a los 41 años el que en vida era llamado «Madre de Guatemala». A más de tres siglos de distancia, la memoria del «hombre que fue caridad» es sentida grandemente, viva y concreta, en su nativa Tenerife, en Guatemala y en todos los lugares donde se conoce su obra. El hermano Pedro fue beatificado solemnemente por Juan Pablo II el 22 de junio de 1980 y canonizado el 30 de julio de 2002, en un acontecimiento de incalculable valor pastoral y eclesial para Guatemala y para toda América.

[Del archivo informático de la Santa Sede]

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El hermano Pedro de Betancur,
estrella que señala rutas de Evangelio

por Soledad Hernández, bethlemita

El hermano Pedro nace en la primavera del año 1626 en Vilaflor, pintoresco poblado del interior de la isla de Tenerife, islas Canarias (España). Es bautizado el mismo día 21 de marzo. Son sus padres Amador Betancur y Ana García, cristianos viejos para quienes la fe y el amor a Dios constituyen la mayor riqueza. Por línea paterna desciende del caballero normando Maciot de Betancourt, señor de Lanzarote.

No han insistido los biógrafos en este entronque del hermano Pedro con los osados normandos, pero rasgos personales de conducta, si bien frenados por la gracia y por una rigurosa ascesis, parecen derivar de su ancestro noble y guerrero, como «el orgullo, el protagonismo, el instinto de vencer y dominar, la tendencia a la autodeterminación» y otros a los que vence por la práctica de las virtudes diametralmente opuestas: humildad, sencillez, obediencia y un afán, siempre creciente, de empequeñecerse lo mismo a los ojos de Dios que a los de sus hermanos.

De su madre hereda la devoción, la alegría y la facilidad para expresar su fervor con gracejo y buen humor. Pasa su infancia y primera juventud entregado al pastoreo del menguado rebaño de su padre. En los valles de la Escalona y en las playas de El Médano encuentra abundante alimento para su ganado y lugar propicio para la oración. Comienza a desarrollar una actitud de asombro y de serena contemplación, actitud que lo llevará por la vida rastreando a Dios en todas las cosas, «amándolo, alabándolo, estando con él».

A la muerte de su padre deja el oficio de pastor y se dedica a cultivar el reducido predio familiar. Su vida de penitencia se hace más rigurosa y en comunión con la tierra, que se da en plena entrega, crece en olvido de sí y en deseo de servir. Su madre hace para él planes de matrimonio. Tal vez, con intuición femenina, ha descubierto en la mirada de su hijo afán de lejanías. No está equivocada, porque desde el día que oyera a su pariente fray Luis de Betancur hablar de América, de sus selvas y de sus indios, sólo sueña con viajar a Honduras y entregarse a la evangelización de los nativos.

Pedro pide tiempo para orar y para consultar con su tía, que reside en el corazón de la isla. En oración y reflexión examinan el deseo de la madre y los anhelos del joven. Y es entonces cuando la tía, señalando hacia donde queda el mar, le dice: «Debes salir al encuentro de Dios, como Pedro sobre las aguas». El corazón del joven exulta ante la clara expresión del querer de Dios; se embarcará para América y gastará la vida en servicio misionero a los numerosos indios que lo esperan allí.

Se dirige, sin pasar por Vilaflor, al puerto de Santa Cruz de Tenerife, donde en viejo maltrecho navío emprende la travesía del Atlántico, rumbo a América. Sobre el puente y antes de levar anclas escribe a su madre para decirle que un amor mayor y un servicio más comprometido lo impulsan a dejarlo todo. Cuando desembarca en La Habana corre el año de 1649 y tiene 23 años.

Dos años después sale de La Habana, viaja como mozo de a bordo para pagar su pasaje. Es tal la calidad de su trabajo y tanta su bondad, que al llegar a su destino se niegan a dejarlo partir. Pedro lo acepta como expresión temporal de la voluntad de Dios y continúa firme en su anhelo misionero.

Y Dios habla. Lo atacan unas fiebres violentas, que hacen temer por su vida; deciden dejarlo en la playa, donde lo encuentra un pescador que le habla de Guatemala. Al oírlo, Pedro exclama: «¡A esa ciudad quiero ir porque, con interior júbilo y superior fuerza, me siento animado a caminar a ella!». Entra en Santiago de Guatemala el 18 de febrero de 1651. Son las dos de la tarde y desde esa hora no cesa de temblar. Pedro, que ha besado la tierra en actitud agradecida, lo interpreta -en su humildad- como reacción al beso de «un tan gran pecador».

A partir de ese momento se dan cambios decisivos en el ser y hacer de Pedro. Por consejo del confesor inicia estudios para el sacerdocio; se esfuerza día y noche sobre los libros, pero todo resulta inútil. En el campo del saber humano no tendrá ningún título ni hará mayores progresos. David Vela, uno de sus biógrafos, le conferirá, no obstante, el grado de «Doctor en humildad» y el título de «Sabio en misericordia».

Recurre a la Virgen del Rosario y ella lo ilumina para que desista del sacerdocio y entre en la Tercera Orden Franciscana.

En enero de 1655 viste el hábito exterior de Terciario y se retira al Calvario, donde ejerce el oficio de sacristán. Se dedica a la oración, a la penitencia y a la práctica de las obras de misericordia.

En 1658, en una casa pajiza y en carencia casi total de medios humanos, inicia la obra que coloca bajo la protección de Santa María de Belén. Familiarmente la llama «casita de la Virgen» y la convierte en centro de catequesis y de alfabetización para los niños de la calle; lugar de acogida para los estudiantes forasteros y refugio para los pobres convalecientes.

Se convierte, así, «el indocto» en el fundador de la primera escuela gratuita de alfabetización de la América central y del primer hospital de convalecientes en las colonias de España en América. Como tiene puesta toda su confianza en Dios, no busca rentas fijas, recurre siempre a la generosidad de familias acomodadas, que por turno proveen el alimento diario. Para las otras necesidades recorre sin cansancio las calles solicitando ayuda, y las puertas se le abren y el pan se multiplica en las arcas y el grano en la despensa. En el deambular por la ciudad no hay dolor o miseria que no trate de remediar. Ayuda a los pobres vergonzantes, visita a los enfermos y a los presos, socorre a los forasteros, aconseja a las mujeres del prostíbulo y a los desocupados en las calles y plazas; sobre todo, va en busca de los sacerdotes que tienen dificultades espirituales y materiales. No se escapan a su interés los animales enfermos o maltrechos; tiene para ellos gestos de ternura y bondad. Por esto, el Papa Juan Pablo II, en la carta apostólica de beatificación, «Adoranda Christi», destaca su amor ardiente por los desheredados, abandonados y vagabundos de la calle y lo llama «Madre de Guatemala».

La santidad de vida de Pedro atrae a un grupo de terciarios franciscanos deseosos de dedicarse al servicio de los convalecientes. Para ellos el hermano Pedro propone un estilo sencillo de vida donde con la oración y la penitencia alterna el cuidado de los enfermos; su vida edifica a toda la ciudad. Se constituye el hermano Pedro, por obra del amor y del ejemplo, en el fundador de una nueva familia religiosa: la Orden Hospitalaria de Belén, reconocida y aprobada por la Iglesia después de la muerte de Pedro.

La vida interior de Pedro y su devoción se centran en tres grandes misterios de la vida de Cristo: el nacimiento en Belén, la dolorosa pasión y la Eucaristía. De la contemplación de ellos le nace el deseo, cada vez más vivo, de configurarse con el Cristo que se desnuda de su dignidad de Dios y busca el más absoluto anonadamiento.

Por la contemplación del sufrimiento de Cristo, que se inicia en Belén, llega a su plenitud sobre la cruz y se prolonga en la Eucaristía, Pedro desarrolla una actitud de reparación que lo lleva a sufrir con el Cristo paciente y a alimentar un vivo celo por la conversión de los pecadores.

A su recorrer diario agrega el caminar nocturno por calles y plazas alertando a todos con el tañido de su campanilla y su inquietante mensaje de conversión: «Acordaos, hermanos, que un alma tenemos y, si la perdemos, no la recobramos».

Consumido por los ayunos y penitencias constantes, y atacado por una bronconeumonía, muere a los escasos 41 años, el 25 de abril de 1667, no sin antes dejar su obra y su familia religiosa al cuidado de fray Rodrigo de la Cruz, otrora Rodrigo de Arias y Maldonado, marqués de Talamanca y ex gobernador de Costa Rica, milagrosamente transformado por la vida y ejemplo de Pedro.

Canonizado por Su Santidad Juan Pablo II, luego de la aprobación del milagro canónicamente exigido, entra en el catálogo de los santos de la Iglesia católica.

Después de más de tres siglos, su mensaje no pierde actualidad. El hermano Pedro es un estímulo para el laicado, tan vigoroso y promisorio en el hoy de la Iglesia. Es un ejemplo para todos, porque nos anima a vivir el mensaje de las Bienaventuranzas y a la práctica de las obras de misericordia en el diario acaecer; porque nos compromete en un amor de amistad con el Cristo humilde y paciente, y nos lleva en fidelidad y oración a buscar la voluntad de Dios en sencillez de vida.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 9-VIII-02]

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De la homilía de Juan Pablo II
en la misa de canonización

(Guatemala, 30-VII-2002)

1. «Venid vosotros, benditos de mi Padre... Os aseguro que cada vez que lo hicisteis con uno de estos mis humildes hermanos, conmigo lo hicisteis» (Mt 25, 34.40). ¿Cómo no pensar que estas palabras de Jesús, con las que se concluirá la historia de la humanidad, puedan aplicarse también al hermano Pedro, que con tanta generosidad se dedicó al servicio de los más pobres y abandonados?

Al inscribir hoy en el catálogo de los santos al hermano Pedro de San José de Betancur, lo hago convencido de la actualidad de su mensaje. El nuevo santo, con el único equipaje de su fe y su confianza en Dios, surcó el Atlántico para atender a los pobres e indígenas de América: primero en Cuba, después en Honduras y, finalmente, en esta bendita tierra de Guatemala, su «tierra prometida».

2. (...) Un saludo especial y afectuoso también a los Hermanos de la Orden de Belén y a las Hermanas Bethlemitas, fruto de la inspiración de la madre Encarnación Rosal, primera beata guatemalteca y reformadora del Beaterio donde fraguó la fundación para recuperar los valores fundamentales de los seguidores del hermano Pedro. (...).

3. «Que su Espíritu los fortalezca interiormente y que Cristo habite en sus corazones. Así, arraigados y cimentados en el amor, podrán comprender (...) la profundidad del amor de Cristo» (Ef 3,16-19). Estas palabras de san Pablo que hemos escuchado hoy, manifiestan cómo el encuentro interior con Cristo transforma al ser humano, llenándole de misericordia para con el prójimo.

El hermano Pedro fue hombre de profunda oración, ya en su tierra natal, Tenerife, y después en todas las etapas de su vida, hasta llegar aquí, donde, especialmente en la ermita del Calvario, buscaba asiduamente la voluntad de Dios en cada momento.

Por eso es un ejemplo eximio para los cristianos de hoy, a quienes recuerda que, para ser santo, «es necesario un cristianismo que se distinga ante todo en el arte de la oración» (Novo millennio ineunte, 32). Por tanto, renuevo mi exhortación a todas las comunidades cristianas, de Guatemala y de otros países, a ser auténticas escuelas de oración, donde orar sea parte central de toda actividad. Una intensa vida de piedad produce siempre frutos abundantes.

El hermano Pedro forjó así su espiritualidad, particularmente en la contemplación de los misterios de Belén y de la Cruz. Si en el nacimiento e infancia de Jesús ahondó en el acontecimiento fundamental de la Encarnación del Verbo, que le lleva a descubrir casi con naturalidad el rostro de Dios en el hombre, en la meditación sobre la Cruz encontró la fuerza para practicar heroicamente la misericordia con los más pequeños y necesitados.

4. Hoy somos testigos de la profunda verdad de las palabras del Salmo que antes hemos recitado: el justo «no temerá. Distribuyó, dio a los pobres; su justicia permanece por los siglos de los siglos» (Sal 111,8-9). La justicia que perdura es la que se practica con humildad, compartiendo cordialmente la suerte de los hermanos, sembrando por doquier el espíritu de perdón y misericordia.

Pedro de Betancur se distinguió precisamente por practicar la misericordia con espíritu humilde y vida austera. Sentía en su corazón de servidor la amonestación del apóstol Pablo: «Todo cuanto hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3,23). Por eso fue verdaderamente hermano de todo el que vive en el infortunio y se entregó con ternura e inmenso amor a su salvación. Así se pone de manifiesto en los acontecimientos de su vida, como su dedicación a los enfermos en el pequeño hospital de Nuestra Señora de Belén, cuna de la Orden Bethlemita.

El nuevo santo es también hoy un apremiante llamado a practicar la misericordia en la sociedad actual, sobre todo cuando son tantos los que esperan una mano tendida que los socorra. Pensemos en los niños y jóvenes sin hogar o sin educación; en las mujeres abandonadas con muchas necesidades que remediar; en la multitud de marginados en las ciudades; en las víctimas de organizaciones del crimen organizado, de la prostitución o la droga; en los enfermos desatendidos o en los ancianos que viven en soledad.

5. El hermano Pedro «es una herencia que no se debe perder y que se ha de transmitir por un perenne deber de gratitud y un renovado propósito de imitación» (Novo millennio ineunte, 7). Esta herencia ha de suscitar en los cristianos y en todos los ciudadanos el deseo de transformar la comunidad humana en una gran familia, donde las relaciones sociales, políticas y económicas sean dignas del hombre, y se promueva la dignidad de la persona con el reconocimiento efectivo de sus derechos inalienables.

Quisiera concluir recordando cómo la devoción a la Santísima Virgen acompañó siempre la vida de piedad y misericordia del hermano Pedro. Que ella nos guíe también a nosotros para que, iluminados por los ejemplos del «hombre que fue caridad», como se conoce a Pedro de Betancur, podamos llegar hasta su hijo Jesús. Amén.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 9-VIII-02]

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Carta pastoral del Episcopado guatemalteco
ante la canonización del Hermano Pedro de San José Betancur

La Carta, extensa, titulada "Anda y haz tú lo mismo", lleva fecha de 2 de junio de 2002, y la escribieron los Obispos de Guatemala en la perspectiva de la canonización del hermano Pedro que iba a realizar Juan Pablo II el 30 de julio siguiente. Consta de tres partes, tituladas respectivamente: ¿Cuál es la realidad de Guatemala hoy?, ¿Qué ejemplo nos ha heredado el hermano Pedro?, y ¿Qué nos pide el hermano Pedro hoy? Aquí reproducimos a continuación, casi íntegra, la segunda parte.

VIDA Y OBRA DEL HERMANO PEDRO

18. Desde hace más de tres siglos, los guatemaltecos hemos tenido presente la vida y obra del hermano Pedro: su ejemplo es parte de nuestra historia y de la identidad de nuestra fe.

a) Un mensajero del amor de Dios en América

Conocemos poco de la infancia y primera juventud del hermano Pedro. Sus biógrafos nos recuerdan que llegó a Guatemala el año 1651, a la edad de veinticuatro años, con la intención de hacerse sacerdote. Nació el 19 de marzo, fiesta de San José, en Chasna, hoy Vilaflor, en la isla canaria de Tenerife, y dos días después, el 21 de marzo de 1626, recibe el santo bautismo en la parroquia de San Pedro. Y según él mismo nos recuerda en su testamento, fueron sus padres Amador González Betancur de la Rosa y Ana García. Tuvo cinco hermanos más: Luisa, Catalina, Juan, Mateo y Pablo. Pedro se dedicaba a pastorear ovejas. Familia cristiana, en cuyo hogar él aprendió la fe y la caridad. Murió en Guatemala el 25 de abril de 1667 a la edad de 41 años, y fue enterrado en el templo de San Francisco, como era su voluntad en el testamento.

En su tierra natal escuchó hablar del trabajo misionero que muchos hombres y mujeres estaban llevando a cabo en las tierras de América; le entusiasmó la idea de anunciar el Evangelio en tierras lejanas en el nuevo continente. El testimonio de los grandes misioneros infundió en él un gran celo por la conversión y la salvación de las almas. Convencido de que sus brazos y sus pies podían ser útiles a esta gran obra de evangelización, se lanzó a una gran aventura. Esta aventura, ciertamente, fue el inicio de su camino de santidad por tierras de Guatemala. El 18 de septiembre de 1649 se embarca en el puerto de Santa Cruz de Tenerife sin que su familia se diera cuenta; llega a La Habana, Cuba, donde permanece un tiempo en espera de poder continuar viaje; en este tiempo aprende el oficio de tejedor. En enero de 1651 se embarca para Honduras, y a pie llega a la ciudad de Santiago de los Caballeros el 18 de febrero del mismo año, gravemente enfermo, yendo a parar al hospital real de Santiago. Recuperada su salud, gana el pan trabajando en el taller de tejidos de don Pedro de Armengol.

Cuenta su confesor y director espiritual que, llegado a la ciudad de Guatemala, «comenzó a vivir en ella como si fuese su patria, encontrando entrada y teniendo cabida en los vecinos que a porfía deseaban tenerle en sus casas, ya fuera porque su natural apacible y blando era índice de su alma pura, o porque interesaban muchas conveniencias en los humildes obsequios con que pagaba el hospedaje» (P. Manuel Lobo, s.j., Relación de la vida y virtudes del hermano Pedro de San José Betancur, cap. I). Añade todavía su biógrafo algo que nos parece digno de resaltar: «Todo el tiempo que conocimos a Pedro de Betancur le conocimos virtuoso. En él parecía connatural la virtud. Era tan amable como virtuoso, ninguno lo conoció que no lo amase y ninguno lo amó que no gustase de comunicarlo. Todos deseaban tenerlo en su casa, muchos lo procuraron». Como el santo de Asís, hizo de la pobreza su compañera, para no tener en esta tierra más tesoro que Jesucristo, y no rendir más tributo de amor que el que necesitaban los pobres, sus preferidos, en quienes encontró su patria verdadera.

Recorrió las calles de la ciudad de Santiago de los Caballeros, entraba en las casas de todos sus habitantes, y con su alma limpia y su corazón desprendido, salía como había entrado, sin apegos materiales y con la convicción de haber dejado sembrada la semilla de la conversión en muchos corazones. Así lo dice su biógrafo: «Dejaba el hermano Pedro las casas donde entraba bañadas de luz y salía de ellas sin menoscabo de su pureza».

b) La sabiduría de un hombre sencillo

La vida del hermano Pedro la leemos en sus obras más que en sus discursos. No fue un hombre elocuente en palabras. Quiso seguir la carrera sacerdotal, hizo intentos para entrar en una Orden religiosa; la dificultad encontrada en los estudios le convenció de que Dios no lo llamaba para ese camino. La gracia divina lo tenía reservado para otorgar a la humanidad un ejemplo luminoso de caridad, un verdadero apasionado por los pobres por amor a Cristo.

Hombre sincero y humilde, pero intuitivo y práctico, supo reconocer a Dios en la vida, y encontró a Cristo en las calles de la ciudad de Santiago de los Caballeros en Guatemala, adonde llegó sin bienes y sin ambiciones. Lejos de cuantos llegaban a estas tierras en busca de poder y riquezas, el hermano Pedro tenía en más alto honor el servicio de la catequesis, la oración y el alivio del sufrimiento humano de los pobres.

Poco a poco empezó a hacer realidad el ardor que sentía en su corazón; humilde como era, amparado en la hermana pobreza aprendida en los manantiales de la tradición de san Francisco de Asís, se fue haciendo responsable de los pobres que quedaban al margen de aquella gran ciudad en la que le tocó ser testigo del Evangelio.

No tenía más ambición que socorrer a Cristo en los pobres. Quería salir al paso de las necesidades de sus cuerpos, para hacer que Dios resplandeciera en sus almas. Como nos dice su biógrafo, el hermano Pedro no pudo ser sacerdote ni perteneció a ninguna Orden religiosa, sin embargo, abrazó la causa de Jesús con total entrega, haciéndose «fiel ministro de la misericordia» de Dios en medio del pueblo.

«Siempre ocupado en obras de misericordia», el hermano Pedro hizo de la «imitación del Cristo» un camino de fidelidad cotidiana, que lo comprometía sin desvelo a servir al Señor en las necesidades de los más pobres; a ellos entregó de forma desinteresada toda su vida (Juan Pablo II, Homilía de la beatificación). No dudó en reconocer que allí estaba su vocación, el lugar desde donde Dios le llamaba. Como la sangre a la herida, corría sin descanso el hermano Pedro a socorrer a los pobres. En este trabajo las horas se le hacían cortas e inmenso el deseo de servir.

Profundamente sensible a los dolores de Cristo en la cruz, el hermano Pedro quiso aliviar el sufrimiento de su Salvador en las cruces de los más pobres, y para ellos tuvo entrañas de misericordia, de benignidad y de paciencia (cf. Col 3,12), propias de quienes hacen del Evangelio su proyecto de vida. Experimentó en el amor de Cristo en los más pobres y abandonados la verdadera sabiduría del Evangelio (cf. 1 Cor 2,13ss).

c) El gusto por la oración

¿Quién era el hermano Pedro? Un hombre de fe sincera y de una relación profunda con Jesucristo. Fe en la que se reconocía humilde siervo de la santísima Trinidad: Padre, Hijo y Espíritu Santo.

El hermano Pedro se distinguió por vivir la comunión continua con Dios Padre a través de la oración y la perseverancia para hacer el bien a todos, aun a costa de las mayores dificultades, incomprensiones y contrariedades. Como Cristo su Maestro (cf. Lc 2,49; Jn 8,28), vivió la esperanza en Dios que es propia de los que depositan en el Padre el destino de su vida y el sentido de sus acciones.

Hizo del encuentro con los pobres un verdadero lugar de encuentro con Cristo. Fue un adelantado de la caridad prodigada a manos llenas. Imitando a Jesucristo, que pasó haciendo el bien (cf. Hch 10,38), también el hermano Pedro tuvo compasión de los abandonados (cf. Mt 9,36) y cumplió con prontitud y dedicación, incurriendo en grandes negaciones de su persona, el mandamiento del amor al prójimo (cf. Jn 13,35).

A imitación de Cristo, quiere andar en la presencia de Dios, conformarse con su voluntad y vivir en comunión con él. La humildad y la pobreza, consideradas por san Francisco de Asís virtudes reales, porque resplandecieron en Cristo en la cuna de Belén y en la cátedra de la cruz, son también las virtudes que acompañaban al hermano Pedro.

Fue un hombre abierto al Espíritu, quien conducía sus pasos, sus gestos, sus palabras; era el Espíritu quien presidía sus tiempos largos ante el Santísimo Sacramento, de donde sacaba la fuerza y las convicciones para volver a la calle, para encontrar la imagen de Dios derrotada, herida y humillada, ante la que nunca se resignó, sino que quiso responder con prontitud con corazón misericordioso. Lo que Dios le daba lo compartía con los pobres.

d) Peregrino y contemplativo

Aún perdura en el ambiente místico de la antigua ciudad de Santiago de los Caballeros, hoy La Antigua Guatemala, la huella espiritual del peregrino y penitente que llegó a sus calles en el siglo XVII lleno de amor hacia el misterio de Jesús crucificado.

En dicha población, el hermano Pedro trazó un itinerario de lugares de oración, de recogimiento y de contemplación, pedagógicamente dispuestos, para que la tradición popular los hiciera propios. Su memoria espiritual perdura hasta el día de hoy: el Calvario -construido y plantado con sus propias manos-, el Cerro de la Cruz, los patios de la Posada de Belén, el Templo de San Francisco, las calles empedradas y bendecidas por su caminar orante e incansable, son otros tantos signos que nos hablan de su presencia permanente entre nosotros.

El hermano Pedro destaca en la religiosidad popular profunda, cimentada en la devoción a los misterios de Cristo y de la Virgen María, la frecuencia de los sacramentos y la meditación, con la preocupación constante por la salvación del alma. La vida de piedad tenía que ser acompañada de la práctica de la caridad y la ascesis estaba fundada en el amor alegre, afectivo, humano y espiritual hacia Dios y las personas. La fe del hermano Pedro quedó grabada en la ciudad de Santiago de los Caballeros por medio de la campanita, la pandereta y los alegres villancicos que celebraban el nacimiento del Hijo de Dios («con todo el frío que hace en Guatemala, al niño desnudo nadie le regala nada»); en su honor inició la tradición de las "posadas" que hoy celebramos con alegría, y la construcción de los belenes; promovió igualmente las alfombras para la fiesta del Corpus Christi.

e) Un laico, fundador de una Orden religiosa

El hermano Pedro fue un laico cuyo encuentro con Cristo en los más necesitados fructificó en varias formas de asistencia inmediata hacia ellos, especialmente con los ignorantes y enfermos, quienes por muchos motivos eran abandonados en el antiguo reino de Guatemala. Convencido de la importancia de la santidad y de los medios que Dios dispone para su consecución, «no gastó Pedro de Betancur mucho tiempo en deliberar qué vida había de seguir, a qué ejercicios se había de aplicar; porque los impulsos que lo gobernaban lo inclinaban a elegir un camino seguro, que lo condujese al fin que deseaba, que era la salvación de su alma, y el aprovechamiento de las de sus prójimos» (P. Manuel Lobo).

Pensó que este objetivo sería más fácil de realizar en el estado de religioso, o como sacerdote; comenzó a estudiar en el colegio de la Compañía de Jesús; pero sin gran aprovechamiento, como nos dicen sus biógrafos. Como «las ansias con las que vivía de aprender» no conseguían los resultados esperados, llegó a sentir gran desánimo «querellándose a Dios de su incapacidad» (P. Manuel Lobo). Vivió lo que significa el fracaso y el desaliento, pasó por la crisis de la duda y el dolor de la oscuridad. Sin embargo, no perdió nunca el sentido de la fe y el amor a Dios. «Desengañado Pedro de Betancur de que no le quería Dios para letrado...», se decidió en 1656 a vestir el hábito de la tercera Orden de penitencia de la Orden de san Francisco de Asís (Memorias autobiográficas, en Escritos).

Su caridad y celo apostólico pronto dieron frutos de buenas obras. Sobresalió «entre todos los de la Congregación de Nuestra Señora en la devoción tierna a esta purísima reina; y para servirla con más asistencia, pidió el oficio de sacristán de su capilla». Con la gente sencilla y con los que eran tenidos por esclavos, practicaba la caridad, rezaba el rosario y los socorría en sus necesidades. Uno de sus lugares preferidos era el santuario del Calvario, «en cuya quietud y soledad aseguraba la comodidad que deseaba para darse todo a la oración y penitencia» ante la imagen del crucificado. «Reconoció que los niños y niñas de los barrios vecinos al Calvario, así por su mucha pobreza, como por estar distantes del centro de la ciudad, carecían de doctrina y de maestros que los instruyesen en los misterios de nuestra santa fe; quiso por sí mismo cumplir esta falta... Les enseñaba las oraciones y la doctrina cristiana, y rezaba con ellos la corona de nuestra Señora...». A él acudían los niños, no sólo con gusto, sino con deseo de imitarlo. Y añade su biógrafo: «No sólo socorría a las almas con doctrina, sino también remediaba los cuerpos con el abrigo» (P. Manuel Lobo).

Convencido de que la caridad requería empezar por los más pobres, tocó en las casas de aquellas personas que pudieran participar con generosidad de sus mismos sentimientos, y «se determinó a buscar una especie de ellos, que por más necesitados hiciesen las limosnas más útiles [para ellos mismos] que a quienes las recibían, más meritorias también para quienes las daban, y a Dios más aceptas».

Como buen samaritano, salió al camino de cuantos padecían cualquier enfermedad y dolencia, de las que no habían obtenido curación en los hospitales establecidos. «Determinó dar solución a este ordinario daño con un eficaz remedio. Y este fue fundar un hospital de convalecientes, para que pasando del uno al otro los enfermos, asegurasen en el segundo la salud cobrada en el primero... Comunicó sus deseos a las dos cabezas eclesiástica y secular... Compró el sitio que le pareció a propósito para levantar el hospital, y en una casa pajiza que en él había puso una escuela de niños para continuar la enseñanza de la doctrina cristiana, enseñando a leer y escribir... Dispuso un oratorio decente y algunas celditas humildes y pobres, para recoger en ellas a los convalecientes, también a los forasteros pobres. Y por la gran devoción que tenía al dulcísimo misterio del nacimiento del Hijo de Dios le puso desde luego a todo el sitio por nombre, Nuestra Señora de Belén». Al parecer, este hospital del hermano Pedro es el primer hospital para convalecientes del mundo. Y como dice su biógrafo, si en el primer Belén los pastores encontraron al Verbo de Dios humanado, «en este Belén los pobres podían encontrar pan material para el sustento de los cuerpos, y el pan de la doctrina para alimento de las almas».

El ejemplo del hermano Pedro convence; su amor a los pobres arrastra a otros compañeros; «y como para servir juzgó que eran cortas sus fuerzas... deseó agregar algunos compañeros idóneos para dar cumplimiento a sus deseos y ministerio. Los ganó más con el ejemplo de su vida y la suavidad de sus costumbres, que con la persuasiva de sus palabras», dice su biógrafo el P. Manuel Lobo.

Con estos compañeros acordó una vida regular, de oración y muy austera, que a su trabajo con los pobres unía una rica espiritualidad de fidelidad a Dios y vida comunitaria. «Había tiempos determinados para la oración y meditación. Días señalados para el ayuno y la disciplina. Y a todos estos ejercicios devotos acudía gran número de personas fuera del hospital, atraídos con una suave violencia de amor y veneración que tenían al hermano Pedro... Con igual cuidado atendía al servicio de los pobres, a todos se dilataban los brazos de su afecto paternal... y todos cabían entre sus brazos» (P. Manuel Lobo).

Si durante su vida el hermano Pedro cimentó ciertas organizaciones laicales «para alivio de los enfermos y socorro de los pobres», su obra se extendió mucho más luego de su muerte, pues sus discípulos prolongaron el ejemplo de sus virtudes en otros lugares de América.

Las formas de su auxilio a los necesitados fueron muy variadas: desde el socorro a los convalecientes y extranjeros pobres, nativos, negros, mulatos y otros, a la asistencia social de niños y adultos, incluso en diversas obras de misericordia para con los indigentes, atención que completaba con la alfabetización de los que no sabían leer y escribir. (El Estado guatemalteco ha unido la memoria del hermano Pedro a la promoción de la alfabetización y la salud desde 1958, creando un reconocimiento que se otorga a quienes se distinguen en ambos campos, simbolizado en una cuerda con los tres nudos franciscanos y una campanita). El hermano Pedro vive la fe en el silencio, allí donde Dios es el único protagonista; esta es su discreción y su grandeza. ¡Qué bien entendió las obras de misericordia que deben caracterizar el sentido de fe de nuestras tradiciones religiosas populares!

De esta manera muy sencilla, y en razón de la vida de los pobres, organizó el hermano Pedro los cimientos de lo que andando el tiempo la Iglesia habría de reconocer como la Orden de los Betlemitas, fundada en Guatemala. Hoy esta comunidad sigue viva entre nosotros, al servicio de personas muy humildes y sin hogar.

En efecto, esta gran obra ha producido otro fruto admirable de santidad en tierras guatemaltecas: la beata sor María Encarnación Rosal (1820-1886), restauradora de la Orden Betlemita en la rama femenina, y también ella gloria de la Iglesia católica en Guatemala: su memoria y devoción deben incrementarse entre los guatemaltecos como modelo de mujer consagrada, rebosante de amor a Dios en los necesitados.

HERENCIA ESPIRITUAL DEL HERMANO PEDRO

19. Quisiéramos ahora resaltar, dentro de la herencia espiritual que nos ha legado el hermano Pedro, tres caminos de fe.

a) Camino espiritual

Este hombre de Dios ha heredado a la Iglesia una rica espiritualidad. En este campo era un verdadero maestro y pedagogo, cuyas intuiciones espirituales y humanas tienen hoy plena actualidad:

1) La adoración del misterio del Verbo encarnado: Es la devoción del hermano Pedro al misterio de Belén, que quiso imprimir a su obra religiosa, pues en cada uno de sus pobres veía la presencia del Jesús que nace humilde y pobre en Belén. Él mismo nos deja percibir en varias de sus «coplas de afecto» su tierna devoción al misterio de Belén cuando dice: «Aunque tan chiquito, este niño bello, sepa todo el mundo que es el Rey del cielo... A este Niño divino que nació en este portal, aunque le veas carne y sangre, Vino y Pan le has de ver» (Escritos, 12-13).

2) La meditación constante de la pasión de Cristo como tema central en la espiritualidad cristiana y centro del mensaje del Evangelio (cf. 1 Cor 1,17-22). El hermano Pedro tenía especial predilección por el vía crucis, recorriendo con sentido profundamente humano y cristiano las estaciones de la pasión de Cristo. En esta espiritualidad tan fecunda bebió la «sabiduría de la cruz» para reconocer con humildad que «Dios ha elegido lo que el mundo considera necio para confundir a los sabios; ha elegido lo que el mundo considera débil para confundir a los fuertes» (1 Cor 1,27). Descubrió la presencia y la fuerza del amor de Dios que en la cruz se hace salvación de todo ser humano que en verdad lo busca (cf. Jn 3,14-16). Lo queremos repetir con sus propias palabras: «Recréate siempre con la cruz de Cristo; todo el deseo del siervo de Dios ha de ser seguir a Cristo; este es el verdadero deseo del siervo de Dios».

3) El amor y la veneración al santísimo sacramento de la Eucaristía, presencia real de Cristo en su Cuerpo y Sangre como Pan de vida del que la Iglesia saca su fuerza y memoria viva de su presencia en el mundo (cf. Jn 6,33). La santa Eucaristía fue siempre lugar frecuentado con pasión por el hermano Pedro. «Se abrasaba para con el augustísimo Sacramento en cualquier parte, y en cualquier iglesia que se expusiera a la pública veneración, postrado en tierra y, casi enajenado de los sentidos, contemplaba aquel altísimo misterio y casi olvidado del cuerpo y de las cosas humanas se anegaba en aquella inmensidad». De su capacidad de sorprenderse ante el santísimo Sacramento nos hablan sus biógrafos y cuantos le conocieron en vida, al recordarnos cómo el hermano Pedro oraba con sencillez: «¡Oh mi gran Señor! Bueno está el disfraz que en sacramento a todos nos das... Yo no puedo más con ese misterio. Yo pierdo el juicio, que Dios me dé remedio». Y como Moisés ante el arca, así el hermano Pedro bailaba ante el santísimo Sacramento, el día de Corpus Christi.

En realidad, el hermano Pedro vive estos tres misterios como experiencia viva del anonadamiento del Verbo encarnado que inicia en Belén, crece de intensidad llegando a su cumbre en la cruz y se perpetúa en la historia en el misterio de la Eucaristía. Esta síntesis espiritual la podemos profundizar en los «Escritos» del hermano Pedro.

4) El amor a la Madre de Dios y la devoción del santo rosario, de cuya tradición el hermano Pedro fue devoto impulsor, pues en el santo rosario descubrió la meditación práctica de los misterios de la vida de Cristo al calor de la humanidad de María, la humilde sierva del Señor. A ella encomendó continuamente su vida y su obra, pues siempre la consideró especialmente cercana a los que sufren. De su profundo amor a la Madre de Dios en la devoción de la Inmaculada Concepción queremos recordar algunas palabras en las que el hermano Pedro demuestra singular ternura y amor filial: «¡Alegrémonos, hermanos, dé saltos el corazón, pues nos enseña la Iglesia la fe en la Concepción! Celebremos este día, con pureza y devoción, pues nos enseña la Iglesia la fe en la Concepción».

5) La práctica de la mortificación, de la penitencia y del ayuno, medios de perfección a los que dio mucha importancia el hermano Pedro, nos recuerda gestos y palabras del mismo Jesús con sus discípulos. Para el hermano Pedro, dichas prácticas poseían un valor concreto sólo si estaban asociadas al cumplimiento de la voluntad de Dios. En la espiritualidad del hermano Pedro, encontramos en todo esto una coherente unidad, pues a la mortificación unía la contemplación de Cristo y el amor a los hermanos. De sus escritos lo podemos deducir: «Vale más una pequeña cruz, un dolorcito, una pena o congoja o enfermedad enviada por Dios, que los ayunos, disciplinas, cilicios, penitencias y mortificaciones que nosotros hacemos, si ellas nos llevan a Dios» (Escritos, 38).

b) Camino misericordioso

Como fruto de su intensa vida de oración y contemplación, el hermano Pedro pudo «encontrar a Jesucristo» en los hermanos más pobres y sufrientes. Su ejemplo nos habla de un hombre sensible a toda necesidad humana. Su oración se inspiraba en la realidad cotidiana de las necesidades y sufrimientos humanos, necesidades que llevaba a la oración de cada día, a los que volvía con más entrega y dedicación.

Es necesario, entonces, resaltar en el hermano Pedro la profunda unidad de vida, expresada en la oración y acción en favor de los pobres. Y es necesario también detenerse en dos rasgos de su fe cristiana auténtica:

1) El amor a los pobres como signo de la verdadera santidad cristiana. Dicen sus biógrafos que desde que llegó a Guatemala «abrazaba con cariño la pobreza, actitud evangélica fecunda en humanidad, como dice san Pablo: «Aunque hable las lenguas de los hombres y de los ángeles, aunque entregue todo lo que tengo y yo mismo me mortifique, si no tengo caridad, no soy nada» (cf. 1 Co 13,2 ss). Así como muchos experimentan en la virtud un trabajo difícil, la práctica del amor a los pobres era el camino ordinario para el hermano Pedro. Él reconocía en ellos a los verdaderos representantes del mismo Jesús. Reclamaba invertir todo para socorrer a los pobres: «Fuera de peligro está lo que a los pobres dieres, que lo que en ellos gastares, guardado en el corazón de Cristo está... Quien con los pobres tuviere verdadera caridad, asegúrale mi Dios que nunca nada le ha de faltar».

2) La solidaridad, como fruto del amor cristiano, traducida en la actitud del hermano Pedro de hacerse todo con todos (cf. 1 Co 9,20-22). Efectivo en el amor, se hacía cercano del que sufría cualquier carencia humana o espiritual, actitud por la cual aún brilla en nuestros días como modelo a seguir en toda convivencia social, porque en él se cumple a la perfección el sentido de la caridad vivida por los primeros cristianos: «Si un hermano o hermana están desnudos y carecen del sustento diario, y alguno de ustedes les dice: "Vayan en paz, abríguense y llénense", pero no les dan lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve? Así, también la fe, si no tiene obras, está realmente muerta» (St 2,15-16).

El hermano Pedro de San José Betancur, habiendo asistido especialmente a los enfermos convalecientes que encontraba, logró contagiar de su acción solidaria a muchos en su tiempo, de acuerdo con lo que escribe al rey Felipe IV de España en 1663: «Es mucha la necesidad que los pobres convalecientes pasan en la ciudad de Santiago de Guatemala... Pido a vuestra real Majestad concederme licencia para fundar un hospital de convalecientes... Muchos piadosos cristianos me ayudan con sus limosnas, y me compraron un sitio donde hice un cuarto para estos pobres convalecientes».

Este camino es un reto a nuestra vida y trabajo pastoral hoy, pues debemos traducir con creatividad los ideales vividos por el hermano Pedro al servicio de las apremiantes realidades de hoy. Hay nuevos pobres y nuevas pobrezas. Hay tantas necesidades que hacen muy actual la misión emprendida por el hermano Pedro. La solidaridad es el nombre del amor y la caridad que hoy nos debe acercar a los más necesitados, para ser fieles al espíritu del estilo de vida que vivió y promovió en su tiempo el hermano Pedro.

c) Camino profético

Situado en medio de una joven sociedad colonial en la cual también se advertían los signos del pecado de opresión, esclavitud, indiferencia religiosa y apego desmedido a las riquezas, el hermano Pedro emprendió lo que puede parecer un extraño apostolado de asistencia más allá de las dádivas materiales, cuando al final de la jornada diaria recorría las calles de la ciudad de Santiago de los Caballeros llamando a las conciencias de sus contemporáneos con aquel dicho que la memoria popular recuerda: «Acordaos, hermanos, que un alma tenemos, y si la perdemos, no la recobramos» (Esta frase, popularizada gracias a la pluma de José Milla, literalmente decía así: «Un alma tienes no más, si la pierdes, ¿qué harás?»). Palabras que hoy nos advierten de que no debemos prescindir de Dios en nada de cuanto hacemos o emprendemos.

En ese apostolado suyo descubrimos valores perennes de la evangelización auténtica:

1) El evangelizador verdadero no condena definitivamente a nadie, pues si lo hiciera estaría fuera del plan de Dios, quien desea «que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (cf. 1 Tm 2,4). Más bien, el evangelizador auténtico imita al buen Pastor que, dejando las demás ovejas, va en busca de la que está perdida (cf. Lc 15,4), sabiendo que hay más alegría en el cielo por un pecador que se convierte, que por muchos justos que no necesitan arrepentirse (cf. Lc 15,7).

Por este camino logró el hermano Pedro sensibilizar muchos corazones tenidos por ajenos a la verdad y duros ante la caridad. Son famosas las conversiones que con su llamado logró en todos los estratos sociales. Por ejemplo, alrededor de 1667, la conversión de Rodrigo Arias de Maldonado y Góngora, gobernador de la provincia de Costa Rica, y luego primer general de la Orden de los Frailes Betlemitas.

Aún hoy, en los inicios de este nuevo milenio, para la conciencia cristiana sensible a la acción misionera parece resonar su llamado a no olvidar que el amor de Dios se ofrece especialmente a quien se siente alejado de él, pues el Señor no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 33,11).

2) El evangelizador propone el plan de Dios a un mundo dominado por el afán de las riquezas, la ambición del poder y la indiferencia regida por el placer, como en cierta medida debió serlo aquella sociedad colonial de Santiago de los Caballeros que conoció el hermano Pedro. En ella supo reconocer todo tipo de pobreza en los hombres y mujeres de su tiempo. Fue testigo de la pobreza material, pero sobre todo de las pobrezas espirituales que cierran los corazones al hermano y los tornan indiferentes a la misericordia. A ellos el hermano Pedro les descubrió el verdadero tesoro por el que hay que luchar en la vida: el reino de Dios presente ya en el amor a los más necesitados (cf. Mt 6,19-20; Lc 12,33-34).

En su llamado profético a la conciencia de sus contemporáneos, el hermano Pedro les advertía del peligro de perder el alma; insistía en que la dimensión espiritual que nos lleva a amar a Dios debe ser la mayor riqueza de todo ser humano. Con lenguaje muy expresivo, exhortaba a sus contemporáneos: «Examina bien tus obras, y huye de la vanidad, que a muchos ha derribado, sin que se puedan levantar». «En esta vida prestada, donde el bien vivir es la clave, el que se salva: ¡ese sabe!, que si no, no sabe nada... Haz aquello que quisieras haber hecho cuando mueras... Arrendadorcillos: comen en cubiertos de plata, y morirán en grillos» (Escritos).

20. Al escuchar espiritualmente la voz y los pasos del hermano Pedro en las calles de nuestra conciencia como guatemaltecos, nos parece verlo de nuevo encaminarse hacia los más pobres, muchos de ellos excluidos hoy por un nuevo modelo de sociedad que se impone, y necesitados de todo. A ellos nos invita a ir el hermano Pedro, para que seamos nosotros quienes en la Guatemala del siglo XXI los tratemos como quien trata al mismo Señor (cf. Mt 25,31 ss).

(...)

Señor y Dios nuestro, Padre, Hijo y Espíritu Santo,
tú que conduces la historia humana,
derrama tu gracia abundante sobre nuestra Guatemala.
Hoy te lo pedimos con fe
por intercesión del Hermano Pedro:
tu siervo humilde y misericordioso.
Que siguiendo su ejemplo,
sepamos encontrar a Jesucristo
en todos aquellos que necesitan
el consuelo cercano del amor
y la luz firme de la esperanza.
Que nunca cerremos el corazón
a los hermanos más pequeños
presencia tuya, que encontraremos
en tu venida al final de los tiempos cuando nos digas:
Lo que hicieron con ellos, conmigo lo hicieron.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 5-VII-02]

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