DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

19 de octubre

San Pedro de Alcántara (1499-1562)

Santo Franciscano
por Mariano Acebal, o.f.m.

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1.- Vida

Juan de Sanabria nació en Alcántara en 1499.

Su padre, Pedro Alonso Garavito, después de haber estudiado derecho en Salamanca, fue regidor de Alcántara y murió en 1507. Su madre, María Villela de Sanabria, murió en 1544; de familia acomodada, tuvo de él tres hijos. Después de la muerte de Pedro Alonso ella se volvió a casar con Alfonso Barrantes (que murió en 1529), que era viudo como ella. Él tenía cinco hijos y con ella tuvo otros dos.

Juan estudió gramática en su villa natal. Después, de 1511 a 1515, artes liberales, filosofía y derecho canónico en Salamanca.

En 1515 ingresó en los franciscanos de la custodia del Santo Evangelio. Esta custodia, fundada en 1502 por Juan de Guadalupe, dependiente de los Conventuales de la Provincia de Santiago, había sido oficialmente establecida por el breve Sub gravi religionis jugo (17 de marzo de 1508) de Julio II y permaneció en dependencias de los Conventuales hasta 1517 en que, por la Bula Ite vos in vineam meam del 29 de mayo, León X la agregó a los Observantes de Santiago. Juan de Sanabria hizo allí su noviciado en el convento de San Francisco de los Majarretes (Cáceres), cuando Francisco de Fregenal dirigía la custodia. Recibió el hábito del guardián del convento, su tío Miguel Roco, y al profesar cambió su nombre de Juan por el de Pedro. Hizo sus estudios eclesiásticos en Majarretes y Belvís de Monroy.

La Custodia del Santo Evangelio o de Extremadura se convirtió en la provincia de San Gabriel en el capítulo provincial de los Observantes de Santiago, el 22 de julio de 1519 (confirmación de León X, Bula Accepimus quod, 23 de enero de 1520, y del capítulo general de Burdeos el mismo año). Está considerada como la provincia madre de los descalzos de España. Pedro permaneció allí hasta 1557. Recibió el subdiaconado en 1522, el diaconado en 1523 y el sacerdocio en 1524.

No es fácil seguir sus desplazamientos por los conventos de los descalzos. Aunque de alma contemplativa, viajó tanto como Santa Teresa. En su provincia ocupó cargos importantes: fue guardián de Robledillo de Gata (Badajoz) y La Lapa (Plasencia). Clemente VII (breve Exponi nobis, de 26 de mayo de 1526) le nombró procurador para la defensa de los conventos de Robledillo y Hoyo de Mérida, en contra de los Observantes de Santiago. Fue definidor en tres ocasiones (1535, 1544 y 1551), provincial de 1538 a 1541, y otras tres veces candidato a provincial sin llegar a serlo.

Elegido en 1540 custos custodum para asistir al capítulo general de Mantua (1541), no pudo asistir retenido por una enfermedad en Barcelona, donde conoció a Francisco de Borja (cf. Ubald d'Alençon, en Franciscana, t. 6, 1923, pp. 265-78; en Estudios Franciscanos, t. 31, 1923, pp. 34-45); fue también elegido en 1552 para el capítulo general de Salamanca (1553). Se le tiene como fundador en esta época de tres conventos: Villanueva del Fresno en 1538, Tabladilla en 1540 y Valverde de Leganés en el mismo año.

En cuanto a sus viajes al extranjero, el más probable es el de Niza, donde asistió al capítulo general de 1535; un viaje a Roma en 1554 para encontrarse con Julio III es poco verosímil. Sin embargo, vivió en Portugal: en 1539 se encontraba en la sierra de Arrábida para ayudar a su pariente Martín de Santa María Benavides († 1546) en la fundación del convento y de la custodia de Arrábida, dependiente de la Observancia. De 1542 a 1544 fue guardián y maestro de novicios en Palhaes; en diversas ocasiones (1548, 1550, 1553 y 1557) volvió después al Portugal que tanto amaba.

En 1555 su provincial, Juan de Espinosa, le permite retirarse a la soledad de Santa Cruz de Paniagua (Cáceres), donde tomó contacto con Juan Pascual († 1557), fundador de la Custodia de San Simón en Galicia, dependiente de los Conventuales de Santiago. Pedro, el 7 de febrero de 1557, sucedió a Pascual como Comisario general de los Conventuales reformados, con patente del Maestro general Julio Magnani, todo lo cual fue confirmado por un breve de Paulo IV (Cum a nobis petitur, 2 de mayo de 1559). A esta época se remontan las fundaciones en 1557 del célebre convento de Pedroso de Acim (Concepción del Palancar) y, en 1558, en Jerez de los Caballeros (Badajoz), del «beatario» de los Terciarios regulares; en 1561 comenzaban las fundaciones de Aldea de Palo y de Arenas. Sin duda, del hecho de su cargo de Comisario general de los Conventuales reformados, Pedro asistió en 1559 al capítulo general de Aquila.

El 2 de febrero de 1561 obtuvo para la custodia de San José el rango de provincia, en dependencia de los Conventuales, a pesar de una fuerte tendencia en favor de la Observancia. Cuando llegó la confirmación de Pío IV (Bula In suprema militantis Ecclesiae, 25 de enero de 1563), Pedro de Alcántara ya no estaba allí. Había muerto en casa de Vázquez, médico de Arenas, el 18 de octubre de 1562. Había recibido la Extremaunción del padre fray Arias. De sus 47 años de vida religiosa, había pasado 42 en la provincia de San Gabriel (1515-1557) y cinco en la de San José (1557-1562): 37 años con los Observantes (1517-1554) y 10 con los Conventuales (1515-1517 y 1554-1562), siempre entre los descalzos.

Se considera a Pedro de Alcántara como el renovador del franciscanismo. Uno de los principales oradores del Siglo de Oro en España. Fue un hombre lleno de celo apostólico, tranquilo y prudente, pobre y generoso, disponible y obediente, humilde y magnánimo, penitente y acogedor.

El Proceso informativo tuvo lugar en Arenas en 1601; el Proceso en sentido estricto, comenzó el 9 de abril de 1615, se prolongó hasta 1622 (en Toledo, Avila, Plasencia, Alcántara, Coria y Arenas). El decreto de beatificación es del 5 de marzo de 1622 y la Bula de Gregorio XV, In sede Principis Apostolorum, del 18 de abril de 1622. El texto del Proceso se encuentra en los Archivos de la Congregación de los Ritos, volúmenes 4-7 y 10-13 (el de canonización en los otros volúmenes 8-9 y 14-15). Y comparecieron 551 testigos, de los que 104 no habían conocido a Pedro. Gregorio XV le llama doctor y maestro iluminado en teología mística.

El proceso de canonización comenzó el 9 de abril de 1647 (Archivos San Isidoro, Roma, ms. 1/123, 53 f.) y fue aprobado el 23 de diciembre de 1649. Pedro de Alcántara fue canonizado al mismo tiempo que María Magdalena de Pazzi († 1607) por Clemente IX, el 28 de abril de 1669. La Bula de canonización Romanorum gesta Pontificum, del 11 de mayo de 1670, es de su sucesor Clemente X.

Para la iconografía, ver Archivo Ibero-Americano (t. 22, 1962, pp. 563- 715; BS, t. 10, 1968, col. 661-62).

2.- Escritos

a) “Tratado de la oración y meditación”

La atribución de esta obra a Pedro de Alcántara ha suscitado una larga querella. Algunos han pensado que había que atribuirla a Luis de Granada († 1588; DS, t. 9, col. 1043-54), como una recopilación sacada de su célebre Libro de la oración aparecido en 1553. Se conoce también el de Martín de Lillo, Suma de Fray Luis de Granada (Alcalá, 1558, en la Biblioteca Vaticana, Barberini U. XI. 45), el de Hernando de Villarreal (edición de 1559 desaparecida; Alcalá, 1570); otro anónimo (Alcalá, 1571), y el que hizo el mismo Granada (Recopilación breve del Libro..., Salamanca, D. de Portonariis, 1574).

No es dudoso que la obra impresa bajo el nombre de Pedro tome prestado de la de Granada y le resuma frecuentemente. Pero Pedro aporta mucho de sí mismo y da a su obra un carácter más concentrado y más contemplativo. La dificultad está en esclarecer la historia de la composición.

Parece que un primer trabajo del santo sobre la oración circulaba en manuscrito en 1537 (cf. el testimonio de María, infanta de Portugal, muerta en 1577). Una primera edición debió aparecer después de 1548, la cual se perdió. La edición más antigua que tenemos es la procurada por Juan Blavio en Lisboa, sin fecha; se discute si apareció en 1556 ó 1558 (70 páginas; único ejemplar conocido en la Biblioteca Nacional de Lisboa, Res. 1395 A). Después las ediciones se multiplican [en diferentes lenguas, que se citan una por una].

La aportación más importante de Pedro es de orden pedagógico y doctrinal; buscando atender a las gentes pobres en medios y en tiempo, escribe en un estilo sobrio y conciso, muy diferente del elocuente y abundante de Granada; da una enseñanza sólida y al mismo tiempo atrevida para su época, visto el amplio público al que se dirige, orientaciones nítidas, seguras y suficientemente completas sobre la oración. Utiliza el Libro de su amigo Granada sin plagiarlo; lo condensa, lo completa aquí y allá, lo mejora frecuentemente (por ejemplo, en la estructura de las exposiciones), añade y llega a realizar uno de los mejores manuales de oración.

Pedro cita poco: además de las Escrituras, Agustín, Bernardo, las Meditationes vitae Christi de Juan de Caulibus, Juan Tauler, Lorenzo Justiniano, Alonso de Madrid, Francisco de Osuna, Antonio de Guevara, la Instrucción para novicios de Martín de Santa María Benavides.

Ciertas inserciones debidas a Pedro y que no se encuentran en Luis de Granada parecen suponer el conocimiento del texto español de los Ejercicios espirituales de San Ignacio; Francisco de Borja se lo habría comunicado a Pedro.

La obra, dividida en dos partes, comienza tratando del fin del hombre, de la vida purificante, de la meditación.

El capítulo uno, propio de Pedro, enseña el fruto que se espera de la oración: la devoción, que define con Tomás de Aquino.

El capítulo dos indica las materias de meditación (=las de la tarde en la obra de Granada, evocan las de las dos primeras semanas de los Ejercicios ignacianos).

Un corto capítulo tres precisa que estas meditaciones convienen al principio de la conversión, cuando el hombre vuelve a Dios.

El capítulo cuatro ofrece siete meditaciones sobre la Pasión, la Resurrección y la Ascensión (=meditaciones de la mañana en la obra de Granada; mismos temas que en la tercera y cuarta semanas de los Ejercicios).

El capítulo cinco expone el conjunto de las seis partes de las que se compone la oración: preparación, lectura, meditación, acción de gracias, ofrenda, petición (Granada no menciona la ofrenda), partes que son el objeto de los capítulos seis al once, donde Granada es muy utilizado (por ejemplo, los capítulos siete a nueve).

El capítulo once se inspira en Osuna, en Granada, los cuales siguen a Luis de Blois en la petición última del amor de Dios, pero él es más «extático», más orientado hacia la Encarnación que a la Pasión, más afectivo también.

El capítulo doce contiene 8 Avisos (Granada no trae más que siete):

  1. No ser esclavo del método.

  2. No razonar demasiado.

  3. Controlar los movimientos afectivos para evitar lo artificial.

  4. Evitar la contención.

  5. ¿Qué hacer cuando falta la devoción?

  6. Duración de la oración (mejor una larga que dos cortas).

  7. Cuando el alma es visitada por el Señor, de lo que ella se aprovecha (es la teoría franciscana de las paradas, pausas).

Viene después el octavo aviso: «Se debe procurar en este santo ejercicio mezclar meditación y contemplación, de manera que, cuando se ha alcanzado el puerto no hay que navegar más».

La doctrina aquí enseñada es equivalente a lo que después se ha llamado contemplación adquirida, o incluso la oración de sencillez.

La segunda parte trata de la devoción, la cual proviene del amor como la llama del fuego. Los cinco capítulos precisan la noción, los medios que la favorecen, las causas que la perjudican, dan avisos para la vida espiritual. Esta segunda parte trata, de hecho, de la vida unitiva.

b) Otras obras

Super psalmum Miserere. Transcrito en 1561 por Bernardo Benegas, discípulo de Juan de Avila; el texto comenta los seis primeros versículos; se conserva en Madrid (Real Academia de la Historia). La crítica se lo atribuye con casi toda certeza a Pedro.

Constituciones de la provincia de San Gabriel, 1540 (=C. 1), conforme a los Estatutos de Juan de Guadalupe (1501): manuscritos en el Archivo Histórico Nacional de Madrid (Clero, Monteceli del Hoyo, Leg. 1434). Constan de 11 artículos.

Constituciones de la provincia de San José, de 1561 y 1562 (=C. 2, C. 3); 11 y 20 artículos, más jurídicos que los de 1540; estarán en vigor hasta 1598.

Los puntos principales regulados por estas Constituciones son la oración y la penitencia. Habrá dos horas cotidianas de oración (C. 1, 8; tres horas en C. 2, y C. 3, 4); las misas se celebrarán sin honorarios (C.2, 8; C. 3, 15); se recitará el Oficio divino, el de la Virgen María y el de difuntos (C. 1, 1; C. 2, 1; C.3, 3), en voz baja y sin cantar; se confesará al menos dos veces por semana y se comulgará al menos los dominios y días de fiesta (C. 3, 7).

En cuanto a la vida de penitencia, estará prohibido manejar dinero (salvo en favor de los enfermos); se trabajará manualmente una hora diaria; las dimensiones del convento, de las celdas, de la capilla, etc., vienen fijadas, incluso las camas, la vestimenta (se irá descalzo), el sustento, la disciplina cotidiana, etc. Estas prescripciones se imponen, pero no bajo pena de pecado.

Un breve Camino de perfección es atribuido a Pedro (Biblioteca Universidad de Barcelona, ms. 1744, f. 63r-67v; copia del siglo XVII-XVIII).

Paz del alma, atribuida a Pedro, es de Juan de Bonilla. El Tratado de los votos, que ha sido también atribuido a Pedro, es de Jerónimo Savonarola († 1498).

Se discute también acerca del autor del Dictamen o Aviso (hacia el año 1558) sobre la relación espiritual que transmite Teresa de Avila a diversas autoridades. Está atribuido a Pedro o al dominico Pedro Ibáñez († 1565), o al jesuita Baltasar Álvarez († 1580). Es una exposición precisa en 33 puntos sobre el discernimiento de los estados místicos auténticos. La edición del Tratado de la oración de Madrid, 1977, da el texto en apéndice, páginas 191-95.

Pedro de Alcántara ha traducido o copiado una traducción del Soliloquium de San Buenaventura (manuscrito autógrafo, Archivo Franciscano Ibero Oriental de Madrid, cajón 541, 98f).

c) Cartas

Se conocen 12, cuya autenticidad no es discutida. Una carta certifica la autenticidad del Comentario del Apocalipsis del bienaventurado Amadeo de Silva († 1482) (21 de febrero de 1543); se conserva en el Archivo de la Curia general de los Franciscanos (ms. 5/11, f. 319v320v). Otras tres son cartas de fraternidad en favor de Lope de la Cadena (9 de abril de 1539), de Gabriel Sánchez (25 de mayo de 1560) y para la fundación del convento de Aldea de Palo por Guiomar de Ulloa (9 de enero de 1561). Las ocho últimas son cartas propiamente dichas: a la infanta Isabel de Portugal (octubre de 1552), a la infanta María (15 de junio de 1553), a una princesa portuguesa (15 de junio de 1557); tres a Luisa de la Cerda (10 de marzo, 12 de junio y 12 de agosto de 1562); una a Teresa de Avila (14 de abril de 1562), y la última (finales de agosto de 1562) a Álvaro de Mendoza, obispo de Avila († 1586). Estas cartas han sido publicadas en parte por A. Barrado Manzano (San Pedro de Alcántara, Madrid 1965) [Publicadas también en Vida y escritos de San Pedro de Alcántara, edición de la BAC, de 1996, preparada por R. Sanz].

3.- Doctrina espiritual

La enseñanza alcantarina se inscribe en la óptica platónico-agustina común a la espiritualidad española de su tiempo. Lo que la caracteriza, además, es la insistencia que pone en la pobreza, la penitencia y la oración. La pobreza, en particular, que él quiere que sea de las más estrictas, fue la base de todas las reformas franciscanas; ni los Observantes, ni los Conventuales pudieron realizar el ideal del «pobre eremita» franciscano.

Pedro no pretendió reformar la Observancia, sino vivir la «descalcez». No presenta tendencia quietista, como la espiritualidad «capucha»; la suya era, como la de los Descalzos, activa y misionera.

Se sabe del éxito de su reforma: los Descalzos alcanzaron los 7.000 y se expandieron por Europa, Asia y América. Su ejemplo suscitó parecidas reformas en los Carmelitas, Agustinos, Camaldulenses, Cistercienses, Servitas, etc. Es una de las tres grandes figuras de los reformadores religiosos en España.

Se le ha llamado el más penitente de los santos. Pero no era ni triste, ni retirado. Algunos han visto en él una desviación del ideal de Francisco de Asís, pero la verdad es que se le ha desfigurado volviéndole casi inhumano. Su Tratado ha contribuido a formar en la oración a una multitud de franciscanos. El valor de la obra no proviene de la sabia teología de su autor sino de su discernimiento y de su experiencia en la oración.

Mariano Acebal Luján, O.F.M.,
San Pedro de Alcántara, santo franciscano,
en Santuario (Arenas de San Pedro), núm. 124, noviembre- diciembre 1998,
7-12.- Traducido por A. Martín de Pierre d’Alcantara, Saint, en Dict. de Spiritualitè. T. XII, 2ª parte, cols. 1489-1495, París, Beauchesne, 1986.

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