DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

19 de octubre

San Pedro de Alcántara (1499-1562)

REFORMADOR DE LA ORDEN FRANCISCANA
por José Álvarez, o.f.m.

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«San Pedro de Alcántara es, ante todo, un profeta extraordinario que emerge en una coyuntura histórica grandiosa (siglo XVI). Esa coyuntura fue su circunstancia, sin conocer la cual él sería impensable (...). San Pedro, por su breve obra escrita, su obra fundacional y su existencia singular es la gran figura exponencial que encarna todo lo mejor de lo antiguo y de lo moderno, todo ello depurado, llevado a su cumbre, a un límite que sería inexacto si no se dieran todos los elementos juntos que en él se dan, y que hacen de él un caso admirable y excepcional» (Baldomero Jiménez Duque).

1. San Pedro de Alcántara y su circunstancia histórica

La historia de la Orden Franciscana está jalonada por los constantes y sucesivos conatos de renovación en busca del ideal evangélico soñado por su fundador Francisco de Asís. Se puede decir que las reformas dentro e la Orden son una constante histórica. San Buenaventura, ya al poco de morir San Francisco, al tratar de organizar la vida del crecido número de hermanos y responder a sus generosos impulsos espirituales, hubo de prestar particular atención a no pocos hermanos que, movidos por el buen espíritu, querían llevar una vida de mayor austeridad, pobreza y soledad, ofreciéndoles la posibilidad y los lugares aptos para la «recolección» a fin de que pudieran vivir la Regla en toda su pureza.

Los eremitorios que hoy conocemos como «lugares franciscanos» (Le Carceri, cerca de Asís, Greccio, La Foresta, etc.) son en la Orden, ya desde el siglo XIV, modelos de referencia para todos los espíritus más inquietos e inconformistas de la Orden, que nunca se han contentado con poco ni han pactado con la mediocridad de una conciencia acostumbrada, y que han constituido la mejor reserva espiritual de la Orden a lo largo de su dilatada historia. Denominador común: vivir la Regla como dice San Francisco en el Testamento, «sin glosas». Esta pretensión casi utópica, que encontró en la España del siglo XVI su mejor exponente en San Pedro de Alcántara, tiene ejemplares predecesores en España que es preciso y justo reconocer como jalones en ese proceso de renovación y reforma de la vida cristiana y religiosa que se respira en la Península Ibérica, España y Portugal, y más concretamente por tierras extremeñas entre los franciscanos. Destacamos, entre otros muchos, a fray Juan de la Puebla, fray Juan de Guadalupe y fray Juan Pascual.

Fray Juan de la Puebla (1453-1495), extremeño, ingresa primeramente en un monasterio de monjes Jerónimos, y más tarde, insatisfecho de esa vida, se hace franciscano. Impulsado por Espíritu del Señor decide vivir como un eremita la Regla franciscana y observarla en toda su pureza, conforme expresa San Francisco en el Testamento. Con este objeto viaja a Italia y se retira a los eremitorios más emblemáticos: Le Carceri, Greccio, etc., donde bebe hasta saciarse aquel espíritu de absoluta pobreza y observancia regular que iba buscando.

Tras serio discernimiento se dirige a Roma para pedir permiso y trasvasar aquel espíritu y género de vida a España. Inocencio VIII accedió gustoso a tan generosos propósitos y, mediante el breve Sacrae Religionis, del 25 de marzo de 1487, le concede su autorización, y también para recibir a cuantos quisieran seguirle por ese camino. La Orden en España acogió la iniciativa con división de opiniones, pero en el Capítulo General celebrado en Francia el año 1495 se aprobaba por mayoría el proyecto presentado por fray Juan de la Puebla y sus compañeros.

La semilla de la estrecha observancia en España estaba sembrada. Nacía la nueva familia, que bautizaron con el nombre de Custodia de los Angeles. Este espíritu reformista, común a gran número de órdenes religiosas, encontró en el ambiente sociopolítico y eclesial su mejor caldo de cultivo.

En este deseo de responder a la demanda generalizada de reforma, dentro de la Orden Franciscana nos encontramos con fray Juan de Guadalupe. Discípulo de fray Juan de la Puebla, da un salto cualitativo en el proceso de reforma, y acuña la espiritualidad de los que serán reconocidos como los «descalzos», por su forma de vivir en la más estricta observancia de la Regla, y los «capuchos», por su forma de vestir.

Pese a las dificultades e, incluso, oposición de sus mismos hermanos de la Observancia, fray Juan de Guadalupe saca adelante su proyecto de reforma, para el que consigue la aprobación del Papa Alejandro VI con el Breve Sanctae Mutantis Ecclesiae, y lo ensaya en la Custodia de Extremadura (1514), que no tardará en transformarse en la que será provincia franciscana de San Gabriel (1519), en la que templó su espíritu San Pedro de Alcántara.

Otro eslabón importante en esta cadena de auténticos gigantes del espíritu, que procede de los descalzos, es fray Juan Pascual. Nuevo proyecto de estricta observancia de la Regla, siempre «in crescendo». A su muerte, con los conventos de su reforma nace la custodia de San José (1559). Destacamos la importancia de esta nueva entidad por constituir el marco en el que vamos a contemplar a San Pedro de Alcántara los últimos años de su vida, y que él personalmente elevará al rango de Provincia en el Capítulo celebrado en el Palancar el 2 de febrero de 1561, un año antes de su muerte en Arenas.

2. San Pedro de Alcántara el reformador

San Pedro es, pues, un hombre inmerso en un ambiente que respira un clima espiritual de reforma y en el que, por gracia correspondida, llegó a ocupar un puesto destacado en la amplia galería de personalidades con las que convivió, alternó y ayudó también en su obra reformadora, como es el caso de Santa Teresa, por señalar el más conocido e importante.

La marca de autenticidad de los reformadores franciscanos, común a San Pedro y a sus predecesores, consiste en que cuando deciden acudir a la superioridad para obtener permiso para retirarse a un lugar solitario o fundar un convento para ello, no lo hacen, en primer lugar, con el fin de separarse de la comunidad o tratar de reformarla, sino para vivir ellos con mayor austeridad y radicalismo el evangelio y sus exigencias de pobreza, penitencia, oración, etc.; es decir, su pretensión es ante todo la de reformarse ellos mismos, respondiendo con fidelidad a una vocación personal de Dios. La otra característica común a todos ellos es la forma de articular el proyecto de vida; siempre en torno a unos núcleos esenciales: pobreza-minoridad, comunión fraterna, oración-comunión con Dios, y misión apostólica. Estas opciones prioritarias vertebradoras de la Regla franciscana permanecen presentes, en menor o mayor grado, en todos los proyectos de reforma.

San Pedro de Alcántara ha sido testigo y a su vez cómplice, en parte al menos, de estos impulsos reformadores durante los 40 años que vivió en la Provincia franciscana de San Gabriel, avivando con su vida y su magisterio la llama ardiente de la estrictísima observancia.

Siendo él su Provincial presentó a la asamblea capitular y fueron aprobadas sus primeras Ordenaciones para el gobierno y animación espiritual de la Provincia (1540). Finalizado su ministerio marcha a Portugal, donde con un grupo de hermanos pondrá en marcha la Custodia de La Arrábida, con cuyo proyecto se siente profundamente identificado por su radicalidad de vida franciscana.

Con los años ve crecer en él sus deseos de mayor soledad, austeridad de vida y pobreza, que no considera satisfechos en su Provincia de San Gabriel. En 1555, «con el parecer y licencia del superior provincial electo, padre Juan de Espinosa», se retira a Santa Cruz de Paniagua o de las Cebollas, donde inicia una vida eremítica acompañado por fray Miguel de la Cadena.

3. Hacia la utopía posible

Su vida oculta en el eremitorio de Santa Cruz de Paniagua duró sólo dos años (1555-1557). Fue una especie de noviciado. Un paso cualitativo en el camino emprendido es su aceptación de El Palancar, donde funda el primer convento de su reforma.

Por dificultades surgidas con su Provincia de San Gabriel se pasa a los Conventuales reformados. Comienzan a sumársele nuevos hermanos. Hace falta abrir nuevas casas y esto requería autorización de los superiores. Siguiendo los pasos y práctica de sus predecesores emprende el camino hacia Roma, acompañado de su primogénito hermano de aventura fray Miguel de la Cadena. En Roma es bien acogido su proyecto y vuelve con todas las bendiciones y su nombramiento como Comisario General de los Conventuales reformados.

El cargo de Comisario convertía a San Pedro en un doble del General en España, con amplias facultades para recibir nuevas vocaciones, fundar conventos, erigir custodias y provincias, celebrar y presidir Capítulos y dictar ordenaciones para regir la vida de las mismas.

En 1559, con su convento de El Palancar y los conventos Descalzos de fray Juan Pascual, se crea la Custodia de San José, convertida en Provincia en el Capítulo de 1561, bajo la autoridad de San Pedro de Alcántara, en el que se concreta el ideal de pobreza en las famosas Ordenaciones que, con las añadiduras introducidas en el Capítulo de 1562, serán el auténtico y definitivo código normativo de los Descalzos. La firma de San Pedro le convierte en el verdadero y más autorizado reformador de la Orden.

En dichas Ordenaciones de 1562 «se ordena, en primer lugar, que todos los frailes guarden la Regla de nuestro padre San Francisco sin usar de alguna Bula que relaje la misma» (n. 1). A continuación se establece la forma de recitar el Oficio divino, el tiempo dedicado a la oración mental –tres horas diarias–, el ejercicio de la disciplina comunitaria, y los ayunos y abstinencias a pan y agua, que tenían lugar prácticamente todos los días... (nn. 3-5). Pero lo que llama mayormente la atención es lo que se prescribe referente a la pobreza y austeridad de vida: «Se ordena que no se demande para los frailes sanos, carne, pescado, vino ni otra cosa alguna, salvo cuando faltase pan, que vayan a pedir una vez a la semana, o más si alguna vez fuera necesario... Y no se coma, los miércoles, ni se fuerce a los frailes sanos a que coman en ningún tiempo, carne, ni grosura, ni huevos, ni cosas de leche o pescado... No se haga cuesta de alguna cosa, salvo aceite, legumbres y fruta, para un mes o dos o más..., pero esto ya con permiso de los superiores» (n. 9).

Los frailes deben andar todos descalzos y vestidos de sayal tosco y pobre, sus hábitos «no sean más largos de hasta el tobillo ni más anchos de diez palmos, y las mangas no tengan más de un geme a las bocas, ni más de palmo y medio a los hombros... Y los mantillos no sean más largos de cuanto cubran los cabos de los dedos...» (n. 10); en ellos, pues, el fraile no podía por menos de ir embutido.

Para el escaso reposo nocturno se «ordena que todos los frailes sanos duerman sobre un corcho o tabla y pellejo puesto. Y pueden tener una o dos mantas de sayal en los meses de otoño-invierno, el resto del año nada» (n. 11). Se establece una excepción para los frailes viejos y enfermos: «Los frailes viejos sean muy bien tratados; y los enfermos muy bien curados...» (n. 12).

Respecto a las edificaciones prescriben: «Ninguna pared de las casas sea de cantera labrada, y toda la madera de la casa sea tosca y no labrada a cepillo... La iglesia tenga a lo menos ocho pies de ancho y 24 de largo, con capilla y todo; y a lo más, diez pies de ancho y treinta de largo...». Y siguen las medidas de las demás dependencias, que son por el estilo. Al tratar de las habitaciones dice: «Todas las celdas no tendrán más de siete pies de largo y seis de ancho... Las puertas de las celdas no tendrán más de media vara de ancho y una vara y tres cuartos de alto, y las ventanas serán del ancho de las puertas y un tercio más alto» (n. 18). Esto hace decir a los cronistas que tales celdas más parecían sepulturas de muertos que estancias de vivos.

Como es sabido, San Pedro plasmó este diseño en el convento de El Palancar –que afortunadamente aún permanece en pie–, cuna de su reforma y el primero de los fundados por él de nueva planta. El Palancar, la «Porciúncula» alcantarina, fue su paraíso en la tierra. Siguiendo el mismo modelo, el de las Ordenaciones de 1561, debió construirse el de San Andrés del Monte, en Arenas, que se levanta por esas fechas.

Se ha dicho que el ideal alcantarino no coincide con el de San Francisco de Asís, que en algunos aspectos le desborda, sobre todo en la penitencia. Eso puede discutirse, pero lo que no admite dudas es que San Pedro es un franciscano, desmesurado si se quiere, pero «marca registrada», una figura egregia, original y exponencial –como ha escrito Baldomero Jiménez Duque–, cuyo vuelo es en algunos aspectos tan atrevido, que sólo le podemos admirar. Dios quiso hacer de él un grito asombroso de los valores transcendentes y supremos, una llama pura de pasión de amor divino, y encontró en este hombre la respuesta adecuada.

Por eso, en la reforma alcantarina, aunque son importantes las Ordenaciones del santo, el verdadero soporte de la reforma es su persona. Él es «la forma» de la vida de sus hermanos, el espejo, la medida y el modelo. Me parece acertada la valoración de Baldomero Jiménez Duque: «San Pedro de Alcántara, el gran reformador franciscano, es el hombre que expresa y sintetiza, de manera abrupta y desmesurada, si se quiere, toda la riqueza interior, mística y contemplativa, toda la ascética furiosa, y toda la proyección apostólica y misionera sin límites de la España espiritual del siglo XVI. Producto y signo de aquella vitalidad magnífica. Su exponente genial».

Tal vez se pueda decir que en la Orden franciscana, antes de él, salvo San Francisco, nadie había vivido la Regla a esa altura. Tan arrolladora personalidad arrastró a muchos a vivir su proyecto, y fue tal el número de alcantarinos y su proyección apostólica y misionera, que llegaron a formar casi una rama más dentro de la Orden. Su talla de reformador se mide hoy en la basílica vaticana con los grandes fundadores de las órdenes religiosas, dato bien significativo.

4. Compartir carisma

La figura de San Pedro se agiganta y su misión reformadora se enriquece aún más si lo relacionamos con Santa Teresa, presa de la misma inquietud reformadora y las mismas loquedades de un afán: vivir el evangelio en toda su radicalidad.

Providencialmente Dios le llevó a su encuentro que tuvo lugar en Avila. Ella le abrió su alma y expuso su proyecto, y «vi ya desde el principio, –dice la Santa– que me comprendía..., y me dio luz en todo» (Vida 30,5-7). La cuestión era lanzarse por el camino de la pobreza absoluta, como estaba haciendo ya Pedro. Hasta ese momento todo eran obstáculos. La oposición de los superiores, incluido el Obispo, fue vencida por la fe y la persuasiva mediación de San Pedro, que descubrió clarísimo el espíritu que animaba a Teresa y la voluntad de Dios sobre su proyecto.

La Santa se siente agradecida y dice con toda sinceridad: «Pedro lo hizo todo, parece que lo había guardado su majestad hasta acabar este negocio» (Vida 36,2). Pocos meses antes de su muerte, concretamente el 14 de abril de 1562 le escribe el Santo una carta que yo titularía el credo de San Pedro, en la que le certifica y asegura que debe seguir el camino emprendido, pues está seguro que tal es la voluntad de Dios. La Santa recibe tal luz que escribe en su autobiografía: «Ya con este parecer [sobre la pobreza], determiné no andar buscando otros» (Vida 35,5). Y nació la primera fundación, el convento de San José, cuna de la reforma teresiana de la Orden del Carmelo.

Pedro y Teresa, almas gemelas, ambos colosales en todo, nos dejaron sus huellas y sus recuerdos en dos monumentos inseparables e insuperables, pobres de materiales, pero ricos de espiritualidad: San José de Avila, el palomarcico del Carmelo, y Nuestra Señora de la Concepción de El Palancar, que son dos hermanos gemelos, como en el espíritu lo fueron Teresa de Jesús y Pedro de Alcántara.

Nota bibliográfica:

Hipólito Amez Prieto, Los Descalzos de San Francisco en Extremadura desde fray Juan de Guadalupe a San Pedro de Alcántara, en San Pedro de Alcántara, hombre universal, Congreso de Guadalupe 1997, págs. 113-222.

Ángel Barrado Manzano, San Pedro de Alcántara en las provincias de San Gabriel, La Arrábida y San José, en Archivo Ibero-Americano, Madrid 1962, págs. 474-560.

Rafael Sanz Valdivieso, Vida y Escritos de San Pedro de Alcántara. BAC, Madrid 1996.

Baldomero Jiménez Duque, San Pedro de Alcántara y su tiempo, en AA. VV., Un hombre de ayer y de hoy: San Pedro de Alcántara, Cisneros, Madrid 1976, 13-37.

José Álvarez Alonso, O.F.M.,
San Pedro de Alcántara, reformador de la Orden Franciscana,
en Santuario (Arenas de San Pedro), núm. 123, septiembre-octubre de 1998, 26-30.

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