DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

22 de septiembre

Beatos Pascual Fortuño y Compañeros,
Mártires Valencianos
(†1936)

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El 11 de marzo del año 2001, el papa Juan Pablo II beatificó a 233 mártires de la persecución religiosa en España (1936-39), y estableció que su fiesta se celebre el 22 de septiembre. Son el Beato José Aparicio y 232 compañeros. Entre ellos hay 49 miembros de la Familia Franciscana: 4 Franciscanos (Bto. Pascual Fortuño y Comps.); 6 Conventuales (Bto. Alfonso López y Comps.); 12 Capuchinos (Bto. Aurelio de Vinalesa y Comps.); 5 Clarisas-Capuchinas (Bta. María Jesús Masiá y Comps.); 19 Terciarios Capuchinos y 3 Terciarias Capuchinas (Bto. Vicente Cabanes y Comps.); además, están los Terciarios, miembros de la Orden Franciscana Seglar, laicos o sacerdotes seculares. En esta página prestamos particular atención a los Franciscanos (O.F.M.), mientras remitimos a las correspondientes páginas para los demás miembros de la Familia Franciscana.

Estos son los cuatro Beatos franciscanos a los que dedicamos este espacio:

Pascual Fortuño, que encabeza el grupo, era sacerdote. Refugiado en casa de una hermana suya en Vila-Real, fue detenido el 7 de septiembre de 1936 y asesinado al amanecer del día siguiente en la carretera entre Castellón y Benicásim. Se le recuerda como buen educador y estimado director espiritual.

Plácido García, igualmente sacerdote, fue detenido el 15 de agosto de 1936 en Benitachell, muerto a tiros y mutilado aquel mismo día en la carretera de Denia a Jávea. Era hombre dedicado al estudio y la enseñanza, que compaginaba con el ejercicio del sagrado ministerio. Es el segundo alumno del Pontificio Ateneo Antonianum de Roma elevado al honor de los altares; el otro es uno de los santos mártires de China en 1900.

Alfredo Pellicer, clérigo profeso, fue detenido el 4 de octubre de 1936 y ejecutado casi inmediatamente a pocos kilómetros de Gandía. Era un joven estudiante que había terminado el primer curso de teología, y que rechazó las proposiciones que se le hicieron para evitarle el fusilamiento.

Salvador Mollar, hermano profeso, encarcelado el 13 de octubre de 1936 cuando se encontraba en casa de una hermana suya en Manises, y fusilado la noche del 27 del mismo mes en el Picadero de Paterna. Diligente y pulcro sacristán. Muy devoto de la Virgen.

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La II República española, proclamada el 14 de abril de 1931, llegó impregnada de fuerte anticlericalismo. Apenas un mes más tarde se produjeron incendios de templos en Madrid, Valencia, Málaga y otras ciudades, sin que el Gobierno hiciera nada para impedirlos y sin buscar a los responsables para juzgarles según la ley. Los daños fueron inmensos, pero el Gobierno no los reparó ni material ni moralmente, por lo que fue acusado de connivencia. La Iglesia había acatado a la República no sólo con respeto, sino también con espíritu de colaboración por el bien de España. Estas fueron las instrucciones que el Papa Pío XI y los obispos dieron a los católicos. Pero las leyes sectarias crecieron día a día. En este contexto fue suprimida la Compañía de Jesús y expulsados los jesuitas.

Durante la revolución comunista de Asturias (octubre de 1934), derramaron su sangre muchos sacerdotes y religiosos, entre ellos los diez Mártires de Turón, 9 Hermanos de las Escuelas Cristianas y un Pasionista, canonizados el 21 de noviembre de 1999.

Durante el primer semestre de 1936, después del triunfo del Frente Popular, formado por socialistas, comunistas y otros grupos radicales, se produjeron atentados más graves, con nuevos incendios de templos, derribos de cruces, expulsiones de párrocos, prohibición de entierros y procesiones, etc., y amenazas de mayores violencias.

Éstas se desataron, con verdadero furor, después del 18 de julio de 1936. España volvió a ser tierra de mártires desde esa fecha hasta el 1 de abril de 1939, pues en la zona republicana se desencadenó la mayor persecución religiosa conocida en la historia desde los tiempos del Imperio Romano, superior incluso a la de la Revolución Francesa.

Fue un trienio trágico y glorioso a la vez, el de 1936 a 1939, que se debe recordar fielmente para que no se pierda la memoria histórica.

Al finalizar la persecución, el número de mártires ascendía a casi diez mil: 13 obispos; 4.184 sacerdotes diocesanos y seminaristas, 2.365 religiosos, 283 religiosas y varios miles de seglares, de uno y otro sexo, militantes de Acción Católica y de otras asociaciones apostólicas, cuyo número definitivo todavía no es posible precisar.

El testimonio más elocuente de esta persecución lo dio Manuel de Irujo, ministro del Gobierno republicano, que en una reunión del mismo celebrada en Valencia -entonces capital de la República-, a principios de 1937, presentó el siguiente Memorándum:

«La situación de hecho de la Iglesia, a partir de julio pasado, en todo el territorio leal, excepto el vasco, es la siguiente: a) Todos los altares, imágenes y objetos de culto, salvo muy contadas excepciones, han sido destruidos, los más con vilipendio. b) Todas las iglesias se han cerrado al culto, el cual ha quedado total y absolutamente suspendido. c) Una gran parte de los templos, en Cataluña con carácter de normalidad, se incendiaron. d) Los parques y organismos oficiales recibieron campanas, cálices, custodias, candelabros y otros objetos de culto, los han fundido y aún han aprovechado para la guerra o para fines industriales sus materiales. e) En las iglesias han sido instalados depósitos de todas clases, mercados, garajes, cuadras, cuarteles, refugios y otros modos de ocupación diversos. f) Todos los conventos han sido desalojados y suspendida la vida religiosa en los mismos. Sus edificios, objetos de culto y bienes de todas clases fueron incendiados, saqueados, ocupados y derruidos. g) Sacerdotes y religiosos han sido detenidos, sometidos a prisión y fusilados sin formación de causa por miles, hechos que, si bien amenguados, continúan aún, no tan sólo en la población rural, donde se les ha dado caza y muerte de modo salvaje, sino en las poblaciones. Madrid y Barcelona y las restantes grandes ciudades suman por cientos los presos en sus cárceles sin otra causa conocida que su carácter de sacerdote o religioso. h) Se ha llegado a la prohibición absoluta de retención privada de imágenes y objetos de culto. La policía que practica registros domiciliarios, buceando en el interior de las habitaciones, de vida íntima personal o familiar, destruye con escarnio y violencia imágenes, estampas, libros religiosos y cuanto con el culto se relaciona o lo recuerde».

A los sacerdotes, religiosos y seglares que entregaron su vida por Dios el pueblo comenzó a llamarles mártires porque no tuvieron ninguna implicación política ni hicieron la guerra contra nadie. Por ello, no se les puede considerar caídos en acciones bélicas, ni víctimas de la represión ideológica, que se dio en las dos zonas, sino mártires de la fe. Sí, hoy los veneramos en los altares como mártires de la fe cristiana, porque la Iglesia ha reconocido oficialmente que entregaron sus vidas por Dios durante la persecución religiosa de 1936.

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El papa Juan Pablo II decía en la homilía de la misa de beatificación el 11 de marzo del 2001:

«Podemos preguntarnos: ¿Cómo son los hombres y mujeres "transfigurados"? La respuesta es muy hermosa: Son los que siguen a Cristo en su vida y en su muerte, se inspiran en Él y se dejan inundar por la gracia que Él nos da; son aquéllos cuyo alimento es cumplir la voluntad del Padre; los que se dejan llevar por el Espíritu; los que nada anteponen al Reino de Cristo; los que aman a los demás hasta derramar su sangre por ellos; los que están dispuestos a darlo todo sin exigir nada a cambio; los que -en pocas palabras- viven amando y mueren perdonando.

»Así vivieron y murieron José Aparicio Sanz y sus doscientos treinta y dos compañeros, asesinados durante la terrible persecución religiosa que azotó España en los años treinta del siglo pasado. Eran hombres y mujeres de todas las edades y condiciones: sacerdotes diocesanos, religiosos, religiosas, padres y madres de familia, jóvenes laicos. Fueron asesinados por ser cristianos, por su fe en Cristo, por ser miembros activos de la Iglesia. Todos ellos, según consta en los procesos canónicos para su declaración como mártires, antes de morir perdonaron de corazón a sus verdugos. (...)

»¡Cuántos ejemplos de serenidad y esperanza cristiana! Todos estos nuevos Beatos y muchos otros mártires anónimos pagaron con su sangre el odio a la fe y a la Iglesia desatado con la persecución religiosa y el estallido de la guerra civil, esa gran tragedia vivida en España durante el siglo XX. En aquellos años terribles muchos sacerdotes, religiosos y laicos fueron asesinados sencillamente por ser miembros activos de la Iglesia. Los nuevos beatos que hoy suben a los altares no estuvieron implicados en luchas políticas o ideológicas, ni quisieron entrar en ellas. Bien lo sabéis muchos de vosotros que sois familiares suyos y hoy participáis con gran alegría en esta beatificación. Ellos murieron únicamente por motivos religiosos. Ahora, con esta solemne proclamación de martirio, la Iglesia quiere reconocer en aquellos hombres y mujeres un ejemplo de valentía y constancia en la fe, auxiliados por la gracia de Dios. Son para nosotros modelo de coherencia con la verdad profesada, a la vez que honran al noble pueblo español y a la Iglesia. (...)

»¡Que su recuerdo bendito aleje para siempre del suelo español cualquier forma de violencia, odio y resentimiento! Que todos, y especialmente los jóvenes, puedan experimentar la bendición de la paz en libertad: ¡Paz siempre, paz con todos y para todos!

»Queridos hermanos, en diversas ocasiones he recordado la necesidad de custodiar la memoria de los mártires. Su testimonio no debe ser olvidado. Ellos son la prueba más elocuente de la verdad de la fe, que sabe dar un rostro humano incluso a la muerte más violenta y manifiesta su belleza aun en medio de atroces padecimientos. Es preciso que las Iglesias particulares hagan todo lo posible por no perder el recuerdo de quienes han sufrido el martirio».

En su meditación mariana de la hora del Ángeles, al final de la misa de beatificación el 11 de marzo del 2001, Juan Pablo II decía entre otras cosas:

«Estos nuevos beatos confiaron en ella, la Virgen fiel, en los momentos dramáticos de la persecución. Cuando se les impidió profesar libremente la fe o, después, durante su permanencia en la cárcel, para afrontar el momento supremo, encontraron un apoyo constante en el santo rosario, rezado a solas o en pequeños grupos. ¡Cuán eficaz resulta esta tradicional oración mariana en su sencillez y profundidad! El rosario constituye en todas las épocas una valiosa ayuda para innumerables creyentes».

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Los cuatro mártires de la Orden de Frailes Menores beatificados el 11 de marzo del 2001 eran miembros de la Provincia franciscana de Valencia, en España, una de las más antiguas de la Orden y que ha dado a la Iglesia religiosos eminentes por su santidad y su doctrina, entre los que destaca San Pascual Bailón († 1592).

Valencia, como gran parte de España, sufrió la persecución cruel y violenta del comunismo en la tercera década del siglo XX. En 1936 se desató de manera atroz el odio a la religión cristiana, incendiando iglesias y conventos, prohibiendo el culto y persiguiendo a muerte a sacerdotes, religiosos y religiosas, así como a laicos que se distinguían por su vida coherente con la fe.

Cuarenta religiosos de esta Provincia franciscana sellaron con su sangre la fidelidad a Cristo y a la Iglesia. La Iglesia por su parte ha reconocido ya oficialmente el testimonio heroico de fe que dieron cuatro de estos «mártires», elevándolos como beatos al honor de los altares. En la Curia eclesiástica de Valencia está en curso el proceso diocesano del martirio de los otros treinta y seis con miras a su beatificación.

A continuación ofrecemos una reseña biográfica de los Beatos basada principalmente en las actas del Proceso de beatificación.

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Beato Pascual Fortuño Almela (1886-1936)

Nació el 3 de marzo de 1886 en Villarreal o Vila-Real, próspera ciudad de La Plana, provincia de Castellón y diócesis entonces de Tortosa y ahora de Segorbe-Castellón. Fue bautizado al día siguiente con el nombre de Pascual. Su infancia transcurrió en el sano ambiente de una familia piadosa y acomodada que cultivaba sus propios campos; allí aprendió las virtudes cristianas y la laboriosidad. Estudió las primeras letras en el colegio de los franciscanos de Vila-Real.

A la edad de doce años ingresó en el seminario menor franciscano de Balaguer (Lérida), perteneciente a la Provincia franciscana de Cataluña, donde comenzó el estudio de las humanidades, que terminó en el seminario menor de Benissa (Alicante), perteneciente a la Provincia franciscana de Valencia, al que se había pasado. Vistió el hábito franciscano en la casa noviciado de Santo Espíritu del Monte (Gilet-Valencia) el 18 de enero de 1905, y allí mismo hizo la profesión religiosa el 21 de enero de 1906. Cursados los estudios de filosofía y teología en el Estudiantado franciscano de Onteniente (Valencia), recibió la ordenación sacerdotal el 15 de agosto de 1913 en Teruel.

Tras su ordenación, los superiores lo destinaron al seminario menor de Benissa como educador de los benjamines de la Provincia, por quienes se desveló y de quienes se ganó el aprecio y la confianza por su entrega y sus cualidades pedagógicas. Cuatro años estuvo dedicado a este ministerio, pues en 1917 fue destinado al servicio de la Custodia de San Antonio, en Argentina, dependiente entonces de la Provincia franciscana de Valencia; durante cinco años estuvo ejerciendo con ejemplaridad el ministerio sacerdotal en la casa de Azul y en otras a las que lo destinaron los superiores.

De regreso en su patria, se dedicó de nuevo a la formación de los alumnos del seminario de Benissa. Estuvo luego en el convento de Pego y durante algún tiempo fue morador del convento de Segorbe. Ya establecida la II República en España, en 1931 fue nombrado vicario del convento-noviciado de Santo Espíritu del Monte, donde lo sorprendió la persecución religiosa de 1936.

Estimado de todos, era un franciscano ejemplar, fiel a sus deberes religiosos, y un pedagogo modelo que vivía lo que enseñaba a los otros. No obstante su carácter sanguíneo, sabía dominarse y siempre se manifestaba amable y acogedor. En los años de ejercicio del ministerio sacerdotal fue asiduo al confesonario y prudente director de almas. Como predicador de la palabra de Dios, se preparaba con esmero y tesón. Fue también director de ejercicios espirituales, y muy solicitado por las religiosas para pláticas espirituales de formación. Quienes convivieron con él destacan las virtudes morales y religiosas de que estaba adornado, así como su devoción al Santísimo Sacramento, a la Virgen María, a la práctica del vía crucis, su vida de oración, etc. Recalcan su sólida formación, su delicada conciencia y su profunda vivencia religiosa, a la vez que su afán de inculcar estas virtudes y devociones a sus alumnos con el tacto de un buen pedagogo. Según el parecer de no pocos testigos, aunque no hubiera sido mártir, debería haberse incoado su proceso de beatificación.

El 18 de julio de 1936, desencadenada en España la persecución religiosa, tuvo que dejar el monasterio de Santo Espíritu, como sus hermanos de hábito, y refugiarse en Vila-Real. Pasados los primeros días en casa de sus padres, para mayor seguridad se trasladó con su familia a una masía o casa de campo, donde permanecieron algo más de un mes. Ante la inseguridad con que incluso allí vivían, se refugió de nuevo en el pueblo, en casa de su hermana Rosario, donde más tarde fue detenido. Según refieren los testigos, era admirable la predisposición y preparación del P. Pascual para el martirio. Solía repetir, con paz y confianza: «Sea lo que Dios quiera». «Que se cumpla la voluntad de Dios». «Estemos preparados para lo que el Señor quiera de nosotros. Esto es lo único que nos interesa en la vida». Es singularmente elocuente el diálogo que mantuvo con su madre, según cuenta una sobrina del mártir: «Cuando salió del "maset" para esconderse en casa de su hermana Rosario, su anciana madre, que le quería mucho, le dice llorando: "Adiós, adiós, hijo mío, ya no te volveré a ver". A lo que el P. Pascual contesta: "No llores, madre, pues, cuando me maten, tendrás un hijo en el cielo. Tú me preguntas que a dónde voy; me voy al cielo"».

En Vila-Real, como por todas partes, irrumpió con violencia la persecución religiosa: fueron asesinados muchos sacerdotes y religiosos, quemados los templos, entre ellos el de San Pascual, y los restos del Santo, que se conservaban con gran veneración del pueblo. Según declaran los testigos, en este ambiente de odio y persecución religiosa, el P. Pascual fue detenido en casa de su hermana el día 7 de septiembre de 1936, y encarcelado en el cuartel de la Guardia Civil. Aquel mismo día, por la noche, fueron a llevarle la cena y un colchón sus hermanos Joaquín y Rosario y la sirvienta de la familia Dña. Trinidad Manzanet, últimos familiares que le vieron y pudieron hablar brevemente con él, guardando un grato recuerdo de su confianza en Dios y de su disposición para aceptar su santa voluntad. Testigo de excepción del tiempo que estuvo en la cárcel el P. Pascual y de los malos tratos que allí recibió es don Julio Pascual, que se encontraba en la misma cárcel cuando ingresó en ella nuestro mártir, y a quien el Beato hizo estas premoniciones: «A usted no le pasará nada. Yo sé positivamente a dónde voy: estoy destinado al martirio; diga a mis hermanos que voy conformado al martirio; que recen mucho por estos pobres hombres». Don Julio recordó toda su vida estas palabras y las repitió con devoción, pues se cumplió lo que el padre Pascual le había dicho. También él fue llevado al patíbulo de la muerte, del que pudo escapar y sobrevivir.

El P. Pascual Fortuño fue asesinado la madrugada del día 8 de septiembre de 1936, en la carretera entre Castellón y Benicásim. Había sido detenido la víspera. Tenía entonces 50 años de edad, 31 de hábito franciscano y 23 de sacerdocio. Refieren los testigos que, una vez conducido al lugar de su fusilamiento y cuando trataban de ejecutarlo, las balas rebotaban sobre su pecho y caían a tierra. Ante este hecho, el mártir dijo a quienes disparaban contra él: «Es inútil que disparéis; si queréis matarme, tiene que ser con un arma blanca». Por eso, le hundieron una bayoneta o machete en el pecho. Sus ejecutores quedaron muy impresionados y asustados: «Hemos hecho mal en matarlo -decían-; era un santo. Si es verdad que hay santos, éste es uno de ellos».

Su cadáver fue trasladado al cementerio de Castellón y enterrado en el suelo, en fosa individual. Ese mismo día, hechas las oportunas averiguaciones, algunos familiares del mártir y doña Trinidad Manzanet se personaron en el cementerio de Castellón, donde el enterrador les indicó el lugar en que lo había enterrado hacía poco, y les mostró sus ropas, que ellos reconocieron.

El 3 de noviembre de 1938, liberada ya Vila-Real por el ejército del general Franco, fueron exhumados y reconocidos los restos del P. Pascual y trasladados al cementerio de su pueblo natal, que les dispensó un fervoroso y popular recibimiento, siendo depositados en el panteón de los franciscanos. En agosto de 1967, introducida su causa de beatificación, los restos del mártir fueron trasladados a la iglesia de los franciscanos de la misma ciudad.

El P. Llorens, cronista de la Provincia franciscana de Valencia, dice de nuestro Beato: «Esta vida, más angélica que humana, tuvo en el martirio su coronación más completa. Fue como broche de oro que el seráfico Padre quiso poner a aquella existencia que mereció ver los días de Rivotorto y la Porciúncula, en los que el Santo Padre y Fundador amaestraba a sus hijos en la práctica de la humildad, sencillez, abnegación y amor de Dios».

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Beato Plácido García Gilabert (1895-1936)

Nació el día 1 de enero de 1895 en Benitachell, provincia de Alicante y diócesis de Valencia. Al día siguiente fue bautizado y se le impuso el nombre de Miguel. Su familia, profundamente cristiana, gozaba de gran estima, y en ella aprendió a amar y servir al Señor. Hizo los estudios primarios en las escuelas nacionales de su pueblo, destacando entre sus compañeros por sus dotes intelectuales y por su carácter bondadoso, avispado y organizador; era siempre el primero de clase. En 1907, a los doce años, ingresó en el Seminario menor franciscano de Benissa (Alicante), donde cursó las Humanidades con notable aprovechamiento.

El 3 de octubre de 1910 vistió el hábito franciscano en el monasterio de Santo Espíritu del Monte (Gilet-Valencia), cambiando su nombre de pila por el de Plácido. Terminado el noviciado, hizo allí mismo la profesión religiosa el 24 de octubre de 1911. Cursó brillantemente los estudios de filosofía y teología en el Estudiantado franciscano de la Provincia de Valencia y fue ordenado sacerdote el 21 de septiembre de 1918. En su época de estudiante se tenía muy buen concepto de él, tanto por su aplicación en los estudios como por su conducta religiosa ejemplar.

Después de su ordenación sacerdotal, su ministerio principal fue el de la enseñanza en las casas de formación de la Provincia franciscana de Valencia y también en el colegio «La Concepción» de Onteniente (Valencia). Se distinguió como predicador elocuente de la Palabra de Dios. Fue muy asiduo al ministerio del confesonario y estimado director de almas. Enseñó humanidades en el seminario franciscano de Benissa; después, teología en el estudiantado franciscano de Cocentaina, donde también fue maestro de estudiantes.

Más tarde, por su capacidad intelectual y por sus aptitudes para la enseñanza, fue enviado para ampliar estudios a Roma (1930-1933), donde obtuvo el título de Lector general en la Facultad de Derecho Canónico del «Antonianum» con la máxima calificación. Al regresar a su Provincia franciscana, enseñó teología en el estudiantado franciscano de Onteniente, donde también fue superior de la comunidad franciscana y rector del colegio. Los testigos de su Proceso abundan en testimonios sobre las cualidades morales y religiosas de que estuvo adornado el P. Plácido en el desempeño de sus ministerios y en el cumplimiento de sus responsabilidades religiosas, destacando su fervor, rectitud, espíritu de sacrificio, humildad y caridad, amor al silencio y a la oración, así como su devoción al Santísimo Sacramento, a la Santísima Virgen y a la práctica del Vía Crucis.

El 18 de julio de 1936, cuando se inició la guerra civil y se desbocó la persecución religiosa española, el padre Plácido estaba de morador en el Colegio «La Concepción» de Onteniente. Tres días después se vieron obligados a dispersarse los religiosos del mismo. El padre Plácido se refugió en casa de los suyos en Benitachell, buscando seguridad entre sus familiares y paisanos. Confiado en esa supuesta seguridad y en la Providencia de Dios, no quería esconderse y hacía vida normal en su pueblo. Ante las advertencias de sus familiares sobre el peligro que corría llevando el hábito religioso y no escondiéndose, solía responder: «¿Qué me puede pasar? ¿Que me quiten la vida? ¡La doy gustoso!» Incluso, según sus propias palabras, se ofreció como víctima. Así lo refiere un testigo, explicando la conversación que mantuvo el Beato con una señora maestra: «Ante los temores que le manifestó la citada maestra, el Siervo de Dios dijo: "La encuentro muy desanimada. No sea así; hemos de recibir del Señor todo lo que él nos mande; recibirlo con alegría. Yo ya me he ofrecido como víctima; no se lo digo por vanagloriarme, sino para que usted se anime. ¿Qué mejor que morir por la causa de Dios?"» Al proponerle su familia la posibilidad de trasladarse a Mallorca por su seguridad, contestó: «No, que luego se vengarán en vosotros; yo soy solo y no hago falta a nadie; vosotros os debéis a vuestras familias. De manera que ni pensar que yo me esconda».

Así pues, desde finales de julio de 1936 el P. Plácido estuvo en su pueblo, con sus familiares, haciendo una vida más o menos normal, celebrando algunos días la Santa Misa y prestando algunos servicios espirituales, siempre en privado, por supuesto, ya que todo lo religioso estaba perseguido. A instancias de la familia y para mayor seguridad, se retiró a una casa de campo de su hermano Vicente. Allí vivió «muy sereno y lleno de confianza en la voluntad de Dios», refiere un testigo, hasta el día 15 de agosto en que fue detenido.

Su hermano Vicente, en su declaración testifical, da los detalles de la detención del P. Plácido: «El día 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen, serían las tres de la tarde, vinieron al pueblo un camión de milicianos con ametralladoras, procedentes, según se decía, de Jávea y Denia. Estuvieron a buscarlo en una casita de campo de mi propiedad en las afueras del pueblo. Al no encontrarle, los mismos milicianos les acompañaron a la casita de mi hermano Gabriel, más alejada del pueblo, donde el Siervo de Dios se encontraba entonces. Y allí fue detenido. Los milicianos preguntaron por un sacerdote. Mi hermano Gabriel dijo que allí no había ningún sacerdote. El Siervo de Dios que estaba en el interior, al oír aquellas palabras salió inmediatamente y dijo: "Aquí lo que hay es un fraile y soy yo". Entonces le intimaron a que se fuera con ellos inmediatamente y sin reparo alguno. Voluntariamente el Siervo de Dios les siguió... El Siervo de Dios fue subido a un camión y paseado por todo el pueblo, para que todos los vecinos se enteraran de su detención, y luego llevado a Denia».

Su mismo hermano Vicente cuenta lo que ocurrió el 16 de agosto de 1936 en la carretera de Denia a Jávea, en la partida llamada «La Plana»: «Al amanecer del día siguiente de su detención, el Siervo de Dios fue conducido, según oí decir, en el mismo camión, a La Plana de Denia. Los milicianos le invitaron a que se apease y de allí tomase la dirección hacia el pueblo, pues le dijeron que estaba libre y que él ya conocía el camino. Apenas hubo empezado la marcha el Siervo de Dios, los milicianos le dispararon unos tiros dejándolo muerto en el acto. La noche del 15 al 16 de agosto yo la pasé en vela preocupado por la muerte de mi hermano Plácido. Un niño, por la calle, gritó: "Ya han muerto al fraile". Entonces yo marché al Comité a pedirles que, por lo menos, recogieran su cadáver. Fueron a buscarlo unos miembros del Comité y un familiar nuestro. No estaba ya su cadáver en la carretera, pero lo encontraron en el cementerio de Denia. Entonces los mismos miembros del Comité de Benitachell y mi primo, se trajeron el cadáver del Siervo de Dios al cementerio de Benitachell. Yo mismo vi su cadáver martirizado y herido por las armas de fuego en la espalda y un ojo vacío».

De otro lado, un testigo que presenció las exploraciones periciales practicadas sobre el cuerpo del Beato, nos asegura que había sido brutalmente maltratado y mutilado: «El día 17 de agosto de 1936 fui requerido por el Dr. D. Vicente Noguera, médico titular de Benitachell, ya fallecido, para que le ayudase a practicar la autopsia del padre Plácido García Gilabert, que según rumores populares había sido martirizado y asesinado la noche anterior, por unos forasteros, en La Plana de la carretera de Denia a Jávea. Esa mañana nos trasladamos al cementerio, donde estaba el cadáver del Siervo de Dios, a quien reconocimos inmediatamente... El cuerpo del Siervo de Dios, joven y corpulento, estaba mutilado: le faltaban los órganos sexuales y una oreja; y además presentaba señales punzantes en nalgas y otras partes, como producidas por una aguja "saquera". No recuerdo con exactitud si también le faltaba la otra oreja». Practicado el reconocimiento pericial por el médico titular de Benitachell y su ayudante, se dio sepultura al mártir en un nicho de la familia en el mismo cementerio. Contaba el P. Plácido 41 años de edad, 25 de hábito y 17 de presbiterado. En 1967 sus restos fueron trasladados devota y solemnemente en la iglesia parroquial de Benitachell.

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Beato Alfredo Pellicer Muñoz (1914-1936)

Nació en Bellreguart, provincia y diócesis de Valencia, el 10 de abril de 1914, y lo bautizaron el día 14, imponiéndole el nombre de Jaime. Bellreguart es un pueblo de la huerta de Gandía, en el litoral levantino, de buena situación económica por la fertilidad de sus campos, dedicados principalmente al cultivo de la naranja. Sus habitantes se han distinguido por su religiosidad, y fruto de la piedad de sus familias han sido las numerosas vocaciones sacerdotales y religiosas, particularmente franciscanas. En el seno de una de esas familias, significada por su formación y práctica cristiana, nació y se educó Jaime, que aprendió las primeras letras en las escuelas nacionales de su pueblo, hasta que, a los once años, ingresó en el Seminario menor franciscano de Benissa (Alicante), donde cursó los estudios del bachillerato.

A los 16 años marchó al monasterio de Santo Espíritu del Monte (Gilet-Valencia), donde tomó el hábito franciscano el 25 de agosto de 1930, cambiando el nombre de pila por el de Alfredo. La proclamación de la II República española el 14 de abril de 1931, con la revuelta política y los alborotos callejeros subsiguientes, aconsejaron a los superiores disolver el noviciado a mediados del mes de mayo y enviar a los novicios a casa de sus familiares, en espera del desarrollo de los acontecimientos. Treinta días después fueron invitados los novicios a reanudar el noviciado en dos lugares distintos según sus respectivas zonas de origen: Chelva (Valencia) y Pego (Alicante). Fray Alfredo pasó aquel mes en Bellreguart, en casa de sus padres, y terminó el noviciado en el convento franciscano de Pego, donde hizo la profesión simple el 27 de septiembre de 1931. Pasó luego al convento-colegio de Onteniente, también casa de formación franciscana, y allí estudió la filosofía y un curso de teología, haciendo la Profesión solemne en la fecha ya crítica del 5 de julio de 1936.

Dada su corta edad (22 años en el momento de dar la vida) y su condición de estudiante, fray Alfredo no pudo ser conocido sino por sus familiares y sus hermanos en religión, particularmente sus condiscípulos. Estos testigos recuerdan que era de carácter alegre, simpático, cordial y festivo, optimista y buen compañero, respetuoso con los demás. Se distinguió por la firmeza en la fe y en su vocación franciscana, a pesar de las pruebas que tuvo que superar y las dudas y tentaciones que supo vencer. Era caritativo, humilde y piadoso, amante del trabajo y ejemplar en el cumplimiento de sus obligaciones. De su familia había heredado el amor a san Francisco y a su espíritu: abnegado, desprendido y sencillo, abierto y bondadoso.

Cuando estalló la guerra civil española y se agravó la persecución religiosa el 18 de julio de 1936, fray Alfredo Pellicer se encontraba en el convento-colegio de Onteniente. Tres días después los religiosos de esta comunidad se vieron forzados a dispersarse. Fray Alfredo, estudiante de teología, que acababa de hacer la profesión solemne, se refugió en casa de sus padres en Bellreguart, donde vivió algún tiempo con relativa tranquilidad. Los suyos le propusieron estudiar magisterio, pero Fr. Alfredo rechazó esta propuesta, porque deseaba perseverar en su vocación franciscana. Así lo refiere su hermano carnal Vicente: «El Siervo de Dios, al estallar la revolución, se encontraba en Onteniente a donde fuimos a recogerle para que se refugiase en casa de nuestros padres. No se escondió, por el contrario nos acompañaba a nosotros al campo en donde, a pesar de nuestra oposición, trabajaba como uno de nosotros y eso lo realizaba rebosante de alegría y optimismo». En conversaciones con su madre le decía Alfredo: «Madre, ¿usted sabe la gloria que es ser mártir? No tendré yo esa suerte; sería mi mayor alegría».

Como los demás pueblos de la huerta de Gandía, también Bellreguart sufrió en carne viva la persecución religiosa, pues fueron varias las víctimas humanas, se quemaron las imágenes y objetos del culto y la iglesia parroquial quedó asolada. Con serenidad y alegría interior vivía fray Alfredo en casa de sus padres desde que llegara de Onteniente, hasta que el día 4 de octubre de ese año de 1936 fue detenido y asesinado. Su hermano Vicente cuenta lo sucedido con profusión de detalles: «El día 3 de octubre de 1936, mi hermano el Siervo de Dios le dijo a mi madre que era deseo suyo que al día siguiente, fiesta de San Francisco de Asís, fundador de la Orden, todos los hermanos comiésemos juntos. Nosotros éramos dos hermanas y cuatro hermanos. Las dos hermanas eran ya casadas. Al día siguiente, domingo 4 de octubre, nos reunimos todos, junto con nuestros padres para almorzar ya juntos. Antes del almuerzo el Siervo de Dios nos leyó un librito religioso. Serían de las 12'30 a la una cuando aparecieron en el pueblo cuatro camiones cargados de milicianos. Ante su presencia, todos los habitantes del pueblo quedaron despavoridos, pues los camiones iban blindados con colchones... Mi madre y el Siervo de Dios estaban en la «cambra», piso alto, de rodillas y haciendo sus oraciones. Pasados unos diez minutos sonaron en la puerta unos golpes y como en nuestra casa estaba la central de teléfonos no tuvimos más remedio que abrir. Entraron precipitadamente cuatro milicianos que apoyaron sus fusiles sobre nuestros pechos. Nos preguntaron quién era el fraile que había cantado misa, y yo le dije que allí no había ningún fraile que hubiese cantado misa. Mi hermano Ramón, tremendamente impetuoso, daba señales de lanzarse contra los milicianos, y entonces se presentó el Siervo de Dios manifestando que él era religioso franciscano; y entonces le obligaron a seguirles... Al ver que pasaba el tiempo y el Siervo de Dios no regresaba a casa, me decidí a visitar al Comité. Pregunté por mi hermano, pero el Presidente del Comité me amenazó si no me marchaba. Mi hermano ya no estaba allí. Después, por testigos fidedignos y presenciales, me enteré de lo ocurrido. El Siervo de Dios fue conducido, después de la detención, al Comité; allí le preguntaron qué haría si terminara la guerra, a lo que contestó que inmediatamente ingresaría en el convento. Algunos del Comité, que lo querían, le recomendaban que renegase de Dios, que se casase, que se hiciera republicano, a lo que el Siervo de Dios, ante la admiración de todos, respondía que prefería una y mil veces la muerte antes que renegar de su fe y de su estado. Esta fue, así me lo dijeron algunos, la causa de su muerte». También otros testigos coinciden en afirmar que a nuestro Beato le hicieron en el Comité local halagüeñas proposiciones si renegaba de la fe, lo que fray Alfredo rechazó siempre con firmeza. Más aún, camino del suplicio animaba a sus compañeros de martirio con estas palabras: «No sufráis ni lloréis; un poco más y veremos al Señor y a San Francisco. Buenos ánimos, confiemos en Dios; total un momento de sufrir... y luego al cielo».

La consumación del martirio tuvo lugar el mismo día 4 de octubre de 1936, hacia las tres de la tarde, en el lugar llamado «La Pedrera», a unos tres kilómetros de Gandía, en dirección a Valencia, cuando tenía 22 años de edad, 6 de hábito franciscano y tan sólo tres meses de profesión solemne. Fue fusilado juntamente con un sacerdote del clero secular, el hermano lego franciscano fray Vicente García Catalá y un señor seglar, según las declaraciones concordantes de los testigos, quienes están de acuerdo también en afirmar que no pudo haber otro motivo para el asesinato de fray Alfredo sino su condición de religioso, pues ni siquiera había sido ordenado sacerdote; estando en período de formación, no había desarrollado ninguna actividad ministerial y no había podido tener manifestación pública alguna y menos de signo político.

Los restos de nuestro Beato, con los de los otros tres compañeros de martirio, fueron enterrados en el cementerio de Gandía, según testimonio del enterrador, amigo de la familia Pellicer, en una fosa común para los cuatro. Terminada la guerra civil, el 3 de junio de 1939 se personaron familiares de los cuatro mártires en el cementerio de Gandía y el mismo enterrador les indicó el lugar donde les había dado sepultura en 1936. Exhumados los cadáveres, los allí presentes reconocieron a sus respectivos familiares por las ropas y otros indicios. Colocados los restos de los cuatro mártires en una sola caja, fueron trasladados a Bellreguart y enterrados al día siguiente en el cementerio local. Poco antes de la beatificación, las reliquias insignes de fray Alfredo fueron identificadas y trasladadas a la iglesia parroquial de su pueblo.

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Beato Salvador Mollar Ventura (1896-1936)

El 27 de marzo de 1896 nació en Manises, pueblo que dista unos 6 Km de Valencia, próspero por la industria de la cerámica, de fama internacional, el cuarto de los siete hijos que tuvieron Bautista Mollar y María Ventura, esposos que, procedentes de Bechí (Castellón), habían llegado al pueblo en busca de trabajo para mejorar sus condiciones de vida. Formaban un hogar de gente pobre y trabajadora, a la vez que humilde y sencilla, honrada y cristiana. Dos días después de su nacimiento, bautizaron a su hijo en la parroquial de San Juan Bautista, y le llamaron como a su padre. Dada la situación económica familiar, Bautista estudió sólo la enseñanza primaria en las escuelas nacionales del pueblo, y muy pronto tuvo que empezar a trabajar a fin de ayudar a los suyos. El tiempo libre que le dejaba el trabajo lo dedicaba a la piedad y al apostolado entre los niños de los barrios pobres.

Hasta su ingreso en la Orden franciscana, estuvo muy vinculado a la Parroquia. Era miembro de la Adoración Nocturna y de las Conferencias de San Vicente de Paúl. Los domingos enseñaba el catecismo a los niños y recitaba con ellos el rosario. Siendo ya mayorcito, el joven Bautista se retiraba todos los años, durante unos días, al monasterio franciscano de Santo Espíritu del Monte (Gilet-Valencia). Sin duda, aquel contacto con los religiosos fomentó en él la vocación franciscana. El 20 de enero de 1921, vistió allí mismo el hábito de San Francisco como hermano no clérigo, cambiando el nombre de pila por el de Salvador, y, terminado el noviciado, emitió su profesión religiosa el 22 de enero de 1922, a la edad de 25 años. Alguna persona recomendó a su madre que no permitiera al hijo irse de fraile por la merma que supondría en los ingresos familiares; pero la madre respondió: «Estoy contenta de que siga su vocación, pues él será como una lámpara encendida que arderá siempre ante el Sagrario».

Los quince años de vida religiosa de fray Salvador se desarrollaron entre los conventos de Santo Espíritu y de Benissa, y una estancia de tres años (1930-33) en San Francisco el Grande de Madrid. Siempre desempeñó el oficio de sacristán, y lo hizo con gran esmero y pulcritud, no menos que con espíritu de piedad y devoción; su tarea principal no le impedía ocuparse también de otros menesteres del convento, o de salir de limosnero por las casas y campos para sustento de los niños y jóvenes del seminario menor franciscano.

El comportamiento devoto y virtuoso que ya de seglar observaba fray Salvador se afianzó y acrecentó en el claustro. Era humilde, obediente y sacrificado. De carácter alegre, jovial y optimista. Recibía las adversidades con resignación, aceptando siempre la voluntad de Dios. Destacaba por su actitud modesta, su recogimiento y gravedad. Fiel observante de sus deberes religiosos. Como sacristán, procuraba el mayor decoro en el culto y la iglesia, pero profesaba una particular devoción a la Virgen María, como se ponía de manifiesto en el ornato de su altar, especialmente en el «Mes de Mayo».

Al estallar la guerra civil española y arreciar la persecución religiosa en julio de 1936, la comunidad de Benissa se vio obligada a abandonar el convento, y fray Salvador se refugió durante unos quince días en el mismo pueblo, en la casa de campo de unos bienhechores; pero luego, para no comprometerlos cuando se recrudecía la persecución, buscó refugio en Manises, en casa de su hermana Consuelo. Allí permaneció fray Salvador haciendo vida retirada, ayudando a sus familiares en los trabajos domésticos, sin descuidar sus prácticas piadosas y ejercicios espirituales. Según declaran los testigos, presentía su martirio, para el que se preparaba en la plena aceptación de la voluntad de Dios.

Manises fue una de las poblaciones de la región valenciana donde más se enconó la persecución religiosa, con la detención y asesinato de numerosos sacerdotes, religiosos y seglares católicos destacados.

El 13 de octubre de 1936 se presentaron unos milicianos en casa de la hermana de fray Salvador con el pretexto de hacer un registro. Dña. María Auxiliadora Vilar, testigo presencial de los hechos, declara: «Los milicianos llamaron a la puerta y dijeron que querían registrar la casa y así lo hicieron. Luego le dijeron al Siervo de Dios: "Ahora usted se viene con nosotros, que le tenemos que hacer una pregunta". No permitieron que el Siervo de Dios se arreglara o vistiera mejor. Los milicianos iban armados de pistolas... Fue encerrado en el convento de las madres carmelitas de Manises, convertido en cárcel. Le encerraron en un cuartito muy pequeño que era el confesonario de las monjitas, lugar muy incómodo, donde no se podía acostar, tal vez sólo sentarse. En aquel cuarto estaba él solo. Allí estuvo hasta el día 27 de octubre de 1936. Yo, todos los días, le llevaba la comida y la cena; y lo veía cuando abrían la puerta de su celda y él marchaba a coger agua, pero no me decía nada». Por las averiguaciones y comprobaciones que se hicieron después de la guerra, se deduce con certeza que los presos del convento de las carmelitas de Manises fueron sometidos a duras torturas, de las que no se libraría fray Salvador.

Cuando el día 28, su sobrina María Auxiliadora fue a llevarle la comida como todos los días, le dijeron: «El pájaro ya ha volado», con lo que ella entendió que lo habían asesinado. Lo fusilaron la noche del 27 de octubre de 1936 en el tristemente célebre «Picadero de Paterna», y luego lo enterraron en el cementerio municipal de Valencia, en fosa común, pero en ataúd. Tenía entonces fray Salvador 40 años de edad y 15 de hábito franciscano.

Dadas las características de fray Salvador, hermano no clérigo, dedicado al cuidado de la iglesia en el cumplimiento fiel de su cargo de sacristán, que desde joven se había distinguido por su sencillez, honradez y dedicación al trabajo, sin manifestación ni implicación alguna en el campo social o político, etc., no pudo haber otro motivo para su asesinato que su condición de religioso. Además, no fue juzgado, sino que directamente lo llevaron al «Picadero» por odio a la fe y por el mero hecho de ser fraile.

Del mismo fray Salvador conservamos un testimonio de inestimable valor sobre su preparación para el martirio, su firmeza en la fe, su actitud de perdón de los verdugos y sus deseos de cielo: se trata de un escrito de su puño y letra que, estando en la cárcel, hizo llegar a sus familiares escondido dentro de un pedazo de pan, y que dice así:

«Queridas hermanas, cuñadas y sobrinas: Yo estoy bien y muy conformado en la voluntad de Dios. Espero me diréis como lo pasáis por esa. No padezcáis por mí, pero orad mucho por mí, pues necesito mucho de vuestras oraciones.

»Queridos míos: Os pido perdón de todas las ofensas y malos ejemplos que os haya dado; yo también perdono de todo corazón a todos mis enemigos, pues quiero que Dios me perdone de todos mis pecados. Encargo mucho a Auxiliadora, a Consuelín y Salvador que sean muy honestos y piadosos.

»Queridas mías: Pueda ser que dentro de pocos días me encuentre en la eternidad; acordaos de mí como me acordaré de vosotras y no temamos que Dios fue por el mismo camino y sin culpa propia».

En 1939, terminada la guerra civil, los familiares de fray Salvador acudieron al cementerio municipal de Valencia, donde se procedió a la exhumación del cadáver, que la familia reconoció por las ropas que llevaba y por el mismo rostro del finado, pues se hallaba casi incorrupto. Entonces, los restos fueron trasladados a Manises, allí recibidos en el patio del monasterio de las religiosas carmelitas descalzas, donde había estado encerrado fray Salvador y de donde salió para su inmolación, y finalmente inhumados en el cementerio local junto a otros mártires. En 1949, los restos mortales de los religiosos y sacerdotes hijos de Manises que habían sufrido martirio, fueron inhumados en el crucero de la Parroquia de San Juan Bautista. En 1968, introducida la causa de canonización de fray Salvador, sus restos fueron trasladados junto al altar de San Francisco de la misma parroquia.

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