DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

7 de enero
BEATO MATEO GUIMERÁ DE AGRIGENTO
(1377-1450)

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Nació en Agrigento (Sicilia) hacia el año 1377. De joven ingresó en los franciscanos Conventuales, que lo enviaron a estudiar a España. En 1418, se pasó a los franciscanos Observantes atraído por el movimiento de reforma que impulsaba san Bernardino de Siena, de quien fue compañero en la implantación de la Observancia y en la predicación, propagando la devoción al Santísimo Nombre de Jesús, a la que el Beato unía la que profesaba a la Virgen, por lo que a muchos de los conventos que fundó en Italia y España les puso el nombre de Santa María de Jesús. Elegido obispo de su ciudad natal en 1442, se empeñó en renovar la vida de la diócesis y ayudar a los pobres, por lo que tuvo que sufrir hasta calumnias. Probada su inocencia, renunció a su cargo y se retiró a un convento de Palermo, donde murió el 7 de enero de 1450.

Mateo, a quien se le han dado muchos y variados apelativos, nació el año 1376 ó 1377 en Girgenti, hoy Agrigento, en el reino de Sicilia, que entonces pertenecía a la corona de Aragón; más tarde, en su vida de apostolado, gozaría Mateo de la amistad, admiración y protección de sus reyes, D. Alfonso V el Magnánimo y su esposa Dña. María de Castilla.

Sus padres eran, según algunos autores, oriundos de Valencia (España), y ciertamente le dieron una buena educación cristiana. Muy joven, en 1391-92, vistió el hábito de los franciscanos Conventuales en el convento de San Francisco de Agrigento, donde hizo la profesión religiosa en 1394. Prendados de sus cualidades espirituales e intelectuales, los superiores lo enviaron a estudiar al famoso centro de estudios que la Orden tenía en Bolonia. Luego lo mandaron para completar sus estudios a Barcelona, donde los Conventuales tenían otro centro de estudios importante; allí consiguió probablemente el título de maestro, y recibió la ordenación sacerdotal en 1400. Aquel mismo año empezó el apostolado de la predicación en Tarragona y en otras poblaciones.

En los años 1405-1416, lo encontramos en Padua, en el convento de San Antonio de los Conventuales, como maestro de novicios o de recién profesos, lo que, una vez más, muestra el aprecio en que le tenían los superiores. Después volvió a España, donde permaneció hasta finales de 1417; así lo dice una carta del rey Alfonso el Magnánimo, de fecha 28 de noviembre de 1417, que explica además la razón por la que Mateo regresaba tan pronto a Italia: su deseo de encontrarse con san Bernardino de Siena, de conocer el movimiento de la Observancia y de incorporarse al mismo.

El movimiento franciscano de la Observancia, que trataba de llevar a la Orden de Hermanos Menores a una más fiel y estricta observancia de la Regla de San Francisco, sin dispensas ni atenuaciones, surgió en el siglo XIV y se fue organizando y difundiendo en el siglo siguiente, bajo la guía e impulso de san Bernardino de Siena, que tuvo como principales colaboradores a san Juan de Capistrano, Alberto de Sarteano, san Jaime de la Marca y el beato Mateo de Agrigento. Éste se encontró con san Bernardino en 1418, tal vez en el Capítulo general de Mantua, y, con los debidos permisos, se pasó en seguida a los Observantes. Hay que tener en cuenta que la Orden de Hermanos Menores, fundada por san Francisco de Asís, fue una sola Orden hasta que, en 1517, León X la dividió jurídicamente en dos: Conventuales y Observantes; con anterioridad, ya existían en su seno esas diversas tendencias, ramas o grupos, pero seguían siendo una misma familia religiosa.

El encuentro y la amistad con san Bernardino marcaron profundamente la vida del beato Mateo. El gran santo lo tomó como compañero al descubrir en él afanes y sentimientos muy similares a los suyos. Y junto a él en muchas ocasiones y a veces, por indicación suya, en otros lugares predicó Mateo sin descanso; su vida austera y llena de espiritualidad acreditaba por todas partes sus sermones. También se cuentan milagros que Dios obró por medio de su siervo. Al mismo tiempo, se había hecho paladín del Nombre de Jesús, como San Bernardino, pero quería que al de Jesús fuera unido el de María, la Madre del Señor. Y por ello, a muchos de los conventos que fundó en Italia y en España les puso el nombre de Santa María de Jesús.

En época reciente se han encontrado, y los comenzó a editar el P. Agustín Amore en 1960, casi un centenar de sermones del beato Mateo, escritos en lengua vulgar o en latín y que suelen comentar un texto bíblico. En ellos se pone de manifiesto la sólida formación teológica de su autor, la lógica con que argumentaba y el celo apostólico y hasta los sentimientos íntimos que embargaban su espíritu.

A la vez que a la predicación, se dedicó con ardor a la expansión y organización de la Observancia, lo que le valió la estima del rey Alfonso V y la confianza del papa Eugenio IV que le encomendó delicadas misiones para la renovación de los religiosos y del clero, particularmente en Sicilia. En 1425 el papa Martín V concedió al beato Mateo la facultad de fundar conventos de la Observancia, y fueron numerosos los que fundó o reformó tanto en Italia como en España, a la mayoría de los cuales, como queda dicho, aunque no a todos, dio el nombre de Santa María de Jesús: Mesina, Palermo, Agrigento, Siracusa, Barcelona, Valencia, etc. Además ejerció cargos de gobierno en Sicilia: fue Vicario provincial de 1425 a 1430, y Comisario general de la Provincia de Sicilia de 1432 a 1440.

El beato Mateo pasó en España al menos cuatro temporadas, dos cuando estaba con los Conventuales y otras dos estando con los Observantes. A las dos primeras ya nos hemos referido. La tercera tuvo lugar en 1427-28, cuando por invitación de los soberanos aragoneses estuvo predicando en Valencia, Barcelona, Vich y otras ciudades. De nuevo, la primera mitad del año 1430, por invitación insistente de la reina Dña. María, esposa del rey Alfonso V, el Beato la pasó por tierras de Valencia y Barcelona predicando y, como ya había hecho antes, cumpliendo misiones reales de pacificación y de beneficencia, difundiendo la devoción al Santísimo Nombre de Jesús, impulsando la implantación de la Observancia y fundando o reformando conventos.

Dedicado de lleno a un apostolado intenso y fecundo se hallaba el beato Mateo, cuando su diócesis natal lo eligió y reclamó como obispo; él se resistió cuanto pudo a lo que consideraba una dignidad y puesto para el que no estaba preparado. Pero el rey Alfonso insistió ante el papa Eugenio IV, quien lo nombró obispo de Agrigento el 17 de septiembre de 1442. El 30 de junio de 1443 recibió la consagración episcopal y, por obediencia, hubo de tomar el báculo pastoral de la diócesis.

No era un secreto para nadie qué tipo de obispo iba a ser fray Mateo: un obispo reformador, un hombre celoso de la disciplina eclesiástica, impulsor de la renovación, con criterio y actitudes evangélicas, así en el clero como en el pueblo confiado a su cuidado. Ello le enfrentó con quienes se negaban a cualquier reforma que supusiera pérdida de posiciones poco edificantes o de intereses bastardos, y ante la firmeza de Mateo no dudaron en acudir con calumnias a la Santa Sede, que lo llamó y le pidió explicaciones de su conducta. En efecto, por su generosidad hacia los pobres fue acusado por los clérigos que le eran contrarios, de dilapidar los bienes de la Iglesia; lo cierto es que había renunciado a todos sus ingresos en favor de los pobres, reservándose lo estrictamente necesario para sí mismo y para sus más inmediatos colaboradores. Además, lo acusaron falsamente de relaciones ilícitas con una mujer. En el proceso, que se desarrolló en la corte pontificia, se demostró la total inocencia del Beato, por lo que el Papa lo absolvió de todas las acusaciones, le confirmó su confianza y lo devolvió a su sede episcopal.

El beato Mateo se sintió confortado por el esclarecimiento de la verdad y por la bendición que mereció del Papa su conducta y forma de proceder, y continuó en su misma labor reformadora. Pero sus adversarios no se aquietaron y muy pronto le crearon nuevos problemas y conflictos. El santo obispo llegó a pensar que las dificultades se debían a su incapacidad para el episcopado, y rogó y suplicó a la Santa Sede, después de madura reflexión e incluso de consultar el caso con san Bernardino de Siena, que le aceptara la renuncia a su cargo, y tanto insistió que al fin le fue aceptada. Había permanecido tres escasos años al frente de su diócesis. Entonces, con la mayor humildad, se reintegró a su comunidad religiosa en Palermo, en la que vivió como un fraile más, sin admitir que se le dieran honores o privilegios. Y allí falleció santamente el 7 de enero de 1450. El pueblo cristiano lo tuvo por santo desde entonces y su culto continuó a lo largo de los siglos. En 1759 se inició el proceso diocesano de beatificación. Y por último, la confirmación oficial de su culto inmemorial o beatificación equivalente, con aprobación del culto, misa y oficio del Beato, la concedió el papa Clemente XIII el 22 de febrero de 1767.

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BEATO MATEO GUIMERÁ O DE AGRIGENTO

Nació en Sicilia, pero de padres españoles y apellido valenciano. Sospechamos que fue hijo de una de las familias que acompañaron a D. Alfonso V a Nápoles. Esto nos explicaría mejor el porqué de la venida y larga estancia de fr. Mateo a Valencia. Tomó el hábito en los claustrales de aquella Isla, pasando luego a los Observantes y acompañando a san Bernardino de Sena en sus correrías apostólicas. Según el Dietario del Capellán del rey D. Alfonso V el Magnánimo, vino a Valencia el 27 de octubre de 1427 con el fin de propagar en estos Reinos, a la vez que la Observancia, el culto del Santísimo Nombre de Jesús, y el 10 de mayo de 1428 fundó el Convento de Santa María de Jesús, extramuros de la Ciudad: «En el año 1427, a 27 de octubre, vino Fray Mateo a Valencia... En el año 1428, a 10 de mayo, se comenzó el monasterio de la Virgen María de Jesús, el cual lo comenzó Fray Mateo y la Señora Reina María, esposa del Rey de Aragón Don Alfonso. Y se comenzó en el huerto de D. Berenguer Minguet». Según Hebrera, fundó además el Convento de Ntra. Sra. de los Ángeles de Alicante en 1437, permaneciendo por consiguiente en estas tierras alrededor de diez años. Vuelto a Sicilia, a petición del rey Alfonso V, Eugenio IV en 1442 lo nombró obispo de Agrigento, cargo al que, a los pocos años, renunció, retirándose luego al Convento conventual de Palermo, donde murió el 7 de enero de 1451. Goza de culto público inmemorial, reconocido por Clemente XIII el 22 de febrero de 1767.

[Conrado Ángel, Religiosos ilustres de las Seráficas Provincias de Valencia. Petra (Mallorca), Apóstol y Civilizador, 1988, p. 40].

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BEATO MATEO DE AGRIGENTO

El P. Agustín Amore, O. F. M., publicó en Archivum Franciscanum Historicum, XLIX (julio-octubre 1956), 255-335, un doctísimo trabajo con el título La predicazione del B. Mateo d'Agrigento a Barcelona e Valenza, del cual nos place extraer algunas noticias interesantes para nuestra historia.

El Beato Mateo de Agrigento, discípulo muy aprovechado de San Bernardino de Sena, famoso predicador y propagador del Santo Nombre de Jesús y de la Observancia en la Provincia de Aragón, mayormente en Valencia, Barcelona y en otras ciudades, fue parte muy principal en la fundación del Convento de Santa María de Barcelona con el favor que supo ganarse de los Reyes Alfonso V y, más aún, de su esposa María.

El Beato llegó a España en los comienzos de la cuaresma de 1427. Estaba ya en Valencia el 26 de marzo de este año, llamando allí poderosamente la atención de todos con su predicación apostólica y santidad de vida. Terminada la cuaresma de Valencia, inducido por la Reina, pasó a la ciudad de Barcelona. Repetidos terremotos en aquellos días sembraban el pánico entre las gentes. Los hubo allí el 2, 13, 14, 19, 21 y 22 de marzo, y uno más terrible el 22 de abril. Los sermones del Beato siciliano en Barcelona duraron todo el mes de mayo y casi todo junio. Después de un sermón predicado en Vich, se reconciliaron en santa paz unas catorce personas, según acto notarial firmado en esta ciudad el 31 de agosto de 1427 por el discreto Gabriel Estanyol.

El fruto principal del Beato en Barcelona fue la fundación de Santa María de Jesús por los Frailes de la Observancia. Este Convento fue el primero, el Padre de la Observancia en Cataluña, la cual entró con esto en la Observancia de la Provincia de Aragón. El fundador de Santa María de Jesús de Barcelona no fue, como dice Marca, Fr. Mateo de Reggio, lo que había ya contradicho Hebrera, sino el B. Mateo de Agrigento.

Obtenida la licencia del Rey y del Consejo de Ciento, el martes de Pentecostés, 10 de junio de 1427, en presencia del Monarca, del Obispo, del B. Mateo, de los conselleres de la ciudad, del clero y de gran masa de pueblo, se puso la primera piedra de la nueva construcción, o mejor dicho, se pusieron cinco, una en nombre del Rey, otra de la Reina, y así sucesivamente del Obispo, conselleres, y del Gobernador de Cataluña. Según el Ceremonial del Consejo de Barcelona, el Convento quedó ultimado el año 1429. El P. Guardián era, ya desde el año anterior 1428, Fr. Francisco Camós. La iglesia tardó más tiempo en su construcción. En 1450, se estaba todavía trabajando en ella. El Convento, capaz de hospedar hasta setenta religiosos, vino a ser luego el centro propulsor, no sólo de la Observancia en la Provincia de Aragón, sino aun en toda España, de manera que en 1451 pudo celebrarse allí el Capítulo General de la Familia Ultramontana (para nosotros Cismontana), en el cual fueron publicados los famosos Estatutos de Barcelona.

El B. Mateo de Agrigento continuó aún en Barcelona por algún tiempo. A petición del Consejo Municipal de Vich, con conselleres del Rey, el Beato fue a predicar a esta ciudad, llegando a ella en la segunda mitad de agosto de 1427, prolongando allí su estancia hasta primeros de septiembre. Predicó también en Gerona y Huesca, hallándose de nuevo en Valencia el 27 de noviembre, en Játiva el 16 de noviembre, y otra vez en Valencia en febrero de 1428.

En Vich se conservan tres documentos notariales de paz del Beato, y probablemente un cuarto. Gracias sobre todo a la Reina María y al B. Mateo de Agrigento, el 7 de mayo de 1428 se puso en la ciudad de Valencia la primera piedra del Convento de Santa María de Jesús. Y los Soberanos escriben al Provincial, Fr. Francisco de Alagón el 7 de mayo, que pusiese allí de Superior a Fr. Bernardo Escoriola. El Beato estuvo en Valencia enfermo en febrero y marzo de 1428. La Reina anuncia el 6 de mayo de 1428 que Fr. Mateo, antes de regresar a Sicilia, pasará por Mallorca al objeto de predicar allí unos sermones. El gran predicador B. Mateo, el 10 de mayo de 1428 ya regresaba a Italia. Volvió aún a España y se hallaba en Tortosa en enero de 1430.

[Pedro Sanahuja, Historia de la Seráfica Provincia de Cataluña. Barcelona, Ed. Seráfica, 1959, 927-928].

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BEATO MATEO GUIMERÁ

En el siglo XV destacó en la sociedad valenciana el beato Mateo Guimerá, que desplegó una gran actividad misionera en el pueblo cristiano.

Había nacido en Agrigento, Sicilia, cuando formaba esta isla parte de la corona de Aragón. Su apellido valenciano, Guimerá, indica que era procedente de Valencia, siendo probablemente de una de las familias que acompañaron al rey Alfonso V el Magnánimo a Nápoles.

Esto explica el porqué de su venida y larga estancia en Valencia.

Ya religioso franciscano entre los conventuales, pasó a la observancia que acaudillaba san Bernardino de Siena en tierras italianas. Restaurador este santo del primitivo espíritu franciscano, lanzó de los eremitorios la observancia para distribuir al pueblo cristiano los tesoros de vida cristiana concentrados en la oración. Los cristianos se vieron conmovidos por el encanto y vigor de la palabra divina.

Compañero de san Bernardino y san Juan de Capistrano, insigne predicador y ambos divulgadores de la devoción al nombre de Jesús, fue enviado por el primero a fundar en 1425 los conventos de Mesina y Palermo con la advocación de Santa María de Jesús, y el de Agrigento, dedicado a San Nicolás.

El 27 de octubre de 1427 llegaba el beato Mateo a Valencia para introducir la observancia franciscana que capitaneaba san Bernardino en tierras italianas. A su llegada ya se había dado en el reino valenciano un florecimiento de la espiritualidad franciscana, protagonizado por Francisco Eximenis (1340-1409). Este polígrafo valenciano es considerado como el iniciador del pensamiento pedagógico en la cultura valenciana. Tuvo una notable influencia pública y religiosa en el reino de Valencia en el último tercio del siglo XIV y primer decenio del XV. En Valencia escribió la mayor parte de sus obras, que produjeron una gran impronta en la vida cristiana de la sociedad de entonces.

Protegido por la reina María de Castilla, esposa de Alfonso V el Magnánimo, el beato Mateo se dedicó por las tierras valencianas a la predicación, cosechando grandes frutos. Su elocuencia era netamente evangélica. La sociedad se transformaba a la voz de su palabra.

El 10 de mayo de 1428 fundó, para establecer la reforma de san Bernardino, un convento en una ermita dedicada a san Cristóbal, a extramuros de la ciudad de Valencia, al que, por su devoción a la Santísima Virgen y al dulce nombre de Jesús, denominó Santa María de Jesús.

Fundó además el convento de Nuestra Señora de los Ángeles de Alicante.

Permaneció en tierras valencianas unos diez años, reconciliando a las familias por medio de su predicación y apaciguando los ánimos de las diversas facciones que componían la sociedad.

Vuelto a Sicilia, a instancias de Alfonso V el Magnánimo, el papa Eugenio IV, en 1442, lo nombró obispo de Agrigento, pero a los pocos años renunció a su obispado, retirándose a Palermo, donde murió el 7 de enero de 1451.

El papa Clemente XIII aprobó su culto el 22 de febrero de 1767.

La renovación cristiana del pueblo fiel, obra de la acción misionera del beato Mateo Guimerá, nos recuerda que sólo se operará una regeneración cristiana en nuestra sociedad si estamos dispuestos a hacerlo posible con nuestro testimonio y cooperación eclesial.

[A. Llin, Testigos de la fe en Valencia. Valencia 1997, pp. 75-76]

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BEATO MATEO DE AGRIGENTO

Mateo de Gallo Cimarra nació en Agrigento en 1377 de padres oriundos de España. Su madre lo educó en el santo temor de Dios, en la bondad, la pureza, la fe más ardiente. El joven correspondió generosamente a los cuidados maternos. A los 18 años se hizo franciscano; en España se doctoró en filosofía y teología, se ordenó sacerdote en 1400. Enseñó a sus hermanos de religión en España por espacio de cuatro años.

Cuando San Bernardino comenzó su apostolado por toda Italia, Mateo parte de España y se va a Siena, donde es acogido por san Bernardino como compañero de apostolado. Los dos trabajan juntos por unos 15 años en la difusión del culto al Smo. Nombre de Jesús y la devoción a nuestra Señora, y se empeñan en volver al primitivo ideal a la Orden franciscana. Edificó muchos nuevos conventos, centros de espiritualidad franciscana. En 1443 fue elegido Provincial de Sicilia, que contaba con 50 conventos, de los cuales 38 llevaban el nombre de Santa María de Jesús.

Con el Santo Nombre de Jesús recorrió la Sicilia, predicó el Evangelio, recordó a los sacerdotes su dignidad, reavivó la fe del pueblo, convirtió pecadores; su predicación fue confirmada por milagros. Fue maestro y forjador de santos, a quienes quiso como colaboradores: Beatos Juan de Palermo, Cristóbal Giudici, Gandolfo de Agrigento, Arcángel de Calatafimi, Lorenzo de Palermo y Santa Eustoquia de Mesina.

San Bernardino de Siena había sido acusado de herejía ante el papa Martín V por haber predicado el culto al Nombre de Jesús. El beato Mateo y san Juan de Capistrano defendieron enérgicamente al gran maestro. Y el proceso concluyó en triunfo del acusado.

Eugenio IV lo nombró obispo de Agrigento en 1442, y fue consagrado el año siguiente. Desarrolló una intensa actividad; reformó su rebaño, extirpó los abusos, restauró la disciplina, destinó a los pobres las ricas rentas de su obispado, combatió la simonía. Fue injustamente acusado ante Eugenio IV, quien lo llamó a sí, y reconoció su inocencia. Después de tres años de episcopado, renunció a la diócesis y obtuvo permiso del Papa para volver al convento en Palermo, donde vivió los últimos años en oración y soledad, dando ejemplo de admirables virtudes. El 7 de enero de 1451 pasó al descanso eterno. Tenía 71 años. Su sepulcro se hizo célebre por los frecuentes milagros. Aprobó su culto Clemente XIII el 22 de febrero de 1767.

[Ferrini-Ramírez, Santos franciscanos para cada día. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 15-16]

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