DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

30 de mayo
BEATA MARÍA CELINA DE LA PRESENTACIÓN
Clarisa (1878 - 1897)

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Clarisa del monasterio de Burdeos Talance (Francia), que murió a los 19 años de edad. A los cuatro años contrajo una poliomielitis que le paralizó la pierna izquierda. Desde pequeña destacó por su bondad, servicialidad, piedad y devoción a la Eucaristía. El descalabro económico de su padre, llevó a la familia a vivir en un tugurio insalubre. De jovencita fue acogida en una institución religiosa de beneficencia de Burdeos, donde aprendió pequeñas labores y fue madurando su vocación religiosa, que se vería obstaculizada por su minusvalía y su pobreza. Finalmente en 1896 ingresó en las clarisas de Burdeos como postulante, empezó el noviciado y a mitad del mismo tuvo que hacer la profesión religiosa ante la inminencia de la muerte a causa de la tuberculosis. Murió el 30 de mayo de 1897. En la vida sencilla y ordinaria de la gente pobre y en medio de grandes padecimientos, supo acoger y responder con alegría y serenidad al amor del Señor.

María Celina de la Presentación de la Bienaventurada Virgen María (en el siglo, Jeanne Germaine Castang) nació en Nojals, aldea de Dordoña (Francia), el 24 de mayo de 1878. Sus padres, Germain Castang y Marie Lafage, humildes campesinos pero testigos ejemplares del Evangelio, tuvieron doce hijos.

Fue bautizada el mismo día de su nacimiento y puesta bajo la protección de la Madre del Señor. A la edad de cuatro años, mientras jugaba con sus hermanos, cayó en las aguas heladas de un arroyo. El accidente le causó poliomielitis, privándola del uso de la pierna izquierda. A pesar de esa discapacidad, la niña no se encerró en sí misma, sino que colaboraba en los quehaceres domésticos. Frecuentó la escuela de su aldea, dirigida por las Hermanas de San José de Aubenas, y se destacó por su inteligencia y jovialidad. Se integró, además, en las actividades parroquiales.

En 1887 la familia, por una grave crisis económica, se vio obligada a abandonar su hermosa casa y trasladarse a vivir en una casucha en el campo. En la situación de indigencia de la familia, Jeanne Germaine, a sus diez años, dando muestras de humildad y disponibilidad, llegó incluso a ir al pueblo a pedir limosna para que sus padres y sus hermanos pudieran comer. Tuvo que abandonar la escuela y dejar de frecuentar diariamente la parroquia, porque le quedaba muy lejos.

En febrero de 1891, en el hospital infantil de Burdeos, se sometió a la operación de la pierna. Permaneció cinco meses en este centro de salud, soportando el dolor con «paciencia angélica», como testimoniaron las enfermeras del hospital, Hijas de la Caridad de San Vicente de Paúl. En julio de ese mismo año, aún convaleciente, entró en el Instituto «Nazaret» de Burdeos, dirigido por las Hermanas de Jesús María de Le Dorat, que acogía muchachas con dificultades, para recibir los cuidados que su familia no podía proporcionarles. Fue un período fecundo de su vida, porque allí comenzó a discernir con mayor claridad la voluntad de Dios para ella.

El 12 de junio de 1892 recibió, con extraordinaria devoción, la primera Comunión; y en julio sucesivo la Confirmación. Ya entonces daba la impresión de vivir constantemente en la presencia de Dios. El 29 de diciembre de ese año murió su madre y ocho días después su hermano mayor; por eso, Jeanne Germaine tuvo que encargarse de sus dos hermanas pequeñas, a las que se llevó al Instituto «Nazaret» de Burdeos.

Para entonces ya pensaba en consagrarse a Dios. Cuando las religiosas de San José de Aubenas, congregación a la que pertenecía su hermana mayor, acogieron a sus dos hermanas pequeñas, ella por fin pudo llevar adelante su plan de consagración total al Señor. Primero solicitó el ingreso en las clarisas de Burdeos y luego en las Religiosas de Jesús María de Le Dorat, pero no la aceptaron por su cojera y porque aún no tenía quince años. Tuvo que esperar.

Por fin, a los 18 años, el 12 de junio de 1896 pudo ingresar como postulante en el cercano monasterio «Ave María» de las clarisas, y el 21 de noviembre de ese mismo año vistió el hábito franciscano, tomando el nombre religioso de María Celina de la Presentación de la Santísima Virgen María.

En el convento conservó la actitud de caridad y servicio que la había caracterizado en su familia, y progresó sobre todo en el camino de la humildad, la mortificación y el ocultamiento. Su salud comenzó a empeorar. La enfermedad, que se manifestó en una grave forma de tuberculosis, reveló la grandeza de su fe y la firme voluntad de completar en su frágil cuerpo lo que falta a la Pasión de Cristo.

Pocos días antes de su muerte, escribió en su diario: «No te complacen los holocaustos ni las víctimas. ¡Heme aquí! He venido para tomar mi cruz. Me ofrezco como víctima, como Jesús... Hasta ahora he sacrificado todo: afectos, pensamientos... ¿Deberé ser ahora menos generosa? No. ¡Heme aquí! Corta, quema, amputa, haz de mí lo que quieras, con tal de que mi amor a ti aumente siempre más y más. Sólo pido esto».

El 30 de mayo de 1897, ciento noventa días después de ingresar en el noviciado, tras emitir la profesión religiosa «in artículo mortis», María Celina entregó su alma a Dios.

La beatificó el papa Benedicto XVI, y presidió la ceremonia de la beatificación, celebrada en Burdeos el 16 de septiembre de 2007, el cardenal José Saraiva, Prefecto de la Congregación para las causas de los santos.

[L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, del 5-X-07]

HOMILÍA DEL CARD. JEAN-PIERRE RICARD
EN LA MISA DE BEATIFICACIÓN (Burdeos, 16-IX-07)

Su santidad, su respuesta generosa
al amor del Señor en la vida ordinaria

Eminencia; hermanos y hermanas en Cristo:

Cuando murió sor María Celina de la Presentación en el monasterio de las clarisas de Talence, en 1897, el mismo año de la muerte de santa Teresa del Niño Jesús, tenía sólo 19 años. Y en las semanas, los meses y los años siguientes, se produjo en Burdeos un fenómeno inesperado, asombroso y sorprendente: hombres, mujeres, sacerdotes y religiosos iban a rezar a su tumba, elevaban oraciones por su intercesión, le encomendaban a los niños.

El abad Louis Gabard, capellán del convento, escribe: «Son personas de todas las condiciones y de todas las edades, sacerdotes y laicos; no sólo habitantes de Burdeos y sus alrededores; hay personas que vienen de muy lejos. Algunos extranjeros que vienen a Burdeos piden visitar su tumba; el número aumenta cada vez más. No pasa día sin que haya al menos alguna visita. Nadie ha hecho nada para crear, incentivar o frenar este movimiento. Esta devoción parece totalmente espontánea». El recuerdo de sor María Celina siguió siendo muy fuerte en Burdeos, sobre todo entre las dos guerras mundiales. Muchos bordeleses de origen han compartido conmigo, en estos últimos tiempos, recuerdos familiares relativos a ella.

Entonces, ¿cómo comprender esa fama de santidad, que culmina hoy en esta beatificación? Desde un punto de vista humano, muy humano, sin duda demasiado humano, nada en la vida de nuestra beata parece extraordinario, heroico. No vivió más que unos pocos meses de vida religiosa, escribió muy poco y no dejó una doctrina espiritual elaborada. Entonces, ¿en qué consiste su esplendor? Digámoslo enseguida: su santidad consiste en su respuesta al amor del Señor en la vida ordinaria.

Sin embargo, su vida fue difícil y no se le ahorraron penas. Ante todo, pruebas físicas. Germaine Castang nació en Nojals, en Dordoña, en la comarca de Perigord, el 24 de mayo de 1878. Pero muy pronto le llegó el sufrimiento a causa de su salud. A los cuatro años y medio, por haber permanecido demasiado tiempo en el agua fría de un arroyo, se le deformó la pierna izquierda y el pie. Más tarde la operaron, pero tuvo que vivir con lo que para ella fue una discapacidad. Durante mucho tiempo fue un obstáculo que le impidió ser aceptada en una congregación, aunque tenía una gran ilusión por ser religiosa. De salud frágil, murió, como otros miembros de su familia, de tuberculosis pulmonar. No olvidemos que en aquella época muchos morían jóvenes, especialmente en los monasterios.

A las pruebas físicas se añadieron las pruebas familiares. A su padre, por no poder pagar sus deudas, le fueron incautadas la pequeña tienda de ultramarinos que tenía y la casa familiar, y toda la familia tuvo que irse a vivir a una casucha insalubre, en un lugar llamado Salabert. Allí sufrió el frío, el hambre y la enfermedad, la muerte de hermanos y hermanas menores.

Se puede decir que Germaine vivió realmente lo que hoy se llamaría una vida de cuarto mundo. A los catorce años perdió a su madre y después a su hermano Luis; se ocupó de su padre, de carácter caprichoso y difícil. Tuvo la desgracia de ver la ruptura de la familia y la imposible reconciliación de sus hermanos con su padre. En 1892 su padre le permitió entrar en el asilo de las Religiosas de Nazaret, situado en lo alto del bulevar de Saint-Genes, en Burdeos. Durante cuatro años fue acogida en el taller de costura. Allí aprendió a hacer muchas pequeñas labores y vivió en un contexto humano donde las relaciones entre las jóvenes acogidas no siempre eran fáciles.

Sintió en su interior una llamada muy fuerte a la vida religiosa. Pero su tormento consistió en ver que ninguna congregación la podía recibir, por su discapacidad, su estado de salud y su pobreza. Y ¡qué alegría experimentó cuando la madre abadesa del convento de las clarisas de Talence le abrió las puertas en 1896! Admitida al postulantado y después al noviciado, la enfermedad volvió a aparecer; sin embargo, de una forma muy excepcional, se le autorizó a hacer su profesión solemne en su lecho de enferma, poco antes de morir.

Entonces, ¿en qué consiste el esplendor de la mujer a la que la Iglesia declara hoy beata? En su fe y en su confianza en Dios. Desde pequeña mantuvo una íntima relación con Dios. Cada día acogía su amor y se entregaba a él. La oración era para ella su tiempo de intimidad con el Señor. De ella sacaba su fuerza, su firmeza en el amor y su perseverancia. Desde luego, su primera Comunión, su oración en la capilla del asilo de Nazaret, su ingreso en las clarisas y sus pocos meses de vida religiosa revelaron algo de la intensidad de su vida con el Señor. Pero su vida diaria fue el lugar de su respuesta a Dios, de su unión con Aquel que dijo: «Mi alimento es hacer la voluntad del que me ha enviado y llevar a cabo su obra» (Jn 4,34). Esta presencia de Dios en ella suavizó su carácter impetuoso.

Ya desde su adolescencia manifestó una madurez sorprendente. Ayudaba, servía, asumía responsabilidades, era paciente, buscaba sobre todo el bien de los demás. En una palabra, amaba con obras y de verdad. La santidad es la acogida de este amor del Señor en sí. María Celina nos dice que se puede vivir la santidad en todas las etapas de la vida. Contrariamente a lo que muchos piensan, la santidad no está reservada a los adultos, a los que tienen toda una vida detrás de sí, a los que son ricos en experiencias. Puede alcanzar la santidad un niño o un adolescente. María Celina nos dibuja el rostro de la santidad.

Ese amor que llevaba en su corazón interrogaba a quienes la rodeaban. Ya en el taller de costura las demás percibían esta luz espiritual que emanaba de ella. Fue aún más evidente para las monjas clarisas, que la acompañaron durante los pocos meses de su vida religiosa. Y ese esplendor prosiguió de modo sorprendente después de su muerte.

Así, María Celina nos recuerda que la fecundidad evangélica no se mide por la eficacia humana. Brota de un corazón que se abre totalmente a la acción y al amor de Dios. Es el fruto de una vida que se entrega, se abandona a Cristo y acepta pasar por la muerte como el grano de trigo caído en tierra (cf. Jn 12,24). Por eso, en el Evangelio, sólo quienes tienen un corazón pobre, un corazón sencillo, pueden acoger plenamente las palabras de gracia de Jesús. En ellos nada se interpone a la gratuidad del don de Dios. Su debilidad remite espontáneamente a la fuerza transformadora del Señor: «Yo te bendigo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has ocultado estas cosas a los sabios e inteligentes, y se las has revelado a los pequeños» (Lc 10,21).

Al comienzo de este año pastoral, escuchemos esta llamada a la santidad en la cotidianidad, que nos dirige nuestra nueva beata. No dudemos en encomendarnos mutuamente al Señor, invocando su intercesión. No dudemos en encomendarle cada una de nuestras diócesis. ¿No dijo ella antes de su muerte: «En el cielo no olvidaré a nadie»? Amén.

[L´Osservatore Romano, ed. semanal en lengua española, del 5-X-07]

{Para más información, vease la página dedicada a la beata María Celina:http://lafranclaire.free.fr}

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