DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

27 de febrero
BEATA MARÍA CARIDAD BRADER
(1860-1943)

Fundadora de las Franciscanas de María Inmaculada

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La madre Caridad Brader nació en Suiza donde, en plena juventud, ingresó en una comunidad de religiosas franciscanas dedicadas a la contemplación y la enseñanza. Junto con otras religiosas marchó como misionera a Ecuador y, años más tarde, a Colombia, donde pasó el resto de su larga vida. Para mejor responder a las numerosas y urgentes necesidades de sus gentes, fundó las Franciscanas de María Inmaculada, congregación que gobernó muchos años con sabiduría y prudencia, inculcando a sus religiosas tanto la dimensión contemplativa de sus vidas como su entrega a la acción evangelizadora.

María Caridad Brader, hija de Joseph Sebastián Brader y de María Carolina Zahner, nació el 14 de agosto de 1860 en Kaltbrunn, St. Gallen (Suiza). Fue bautizada al día siguiente con el nombre de María Josefa Carolina.

Dotada de una inteligencia poco común y guiada por las sendas del saber y la virtud por una madre tierna y solícita, la pequeña Carolina moldeaba su corazón mediante una sólida formación cristiana, un intenso amor a Jesucristo y una tierna devoción a la Virgen María.

Conocedora del talento y aptitudes de su hija, su madre procuró darle una esmerada educación. En la escuela de Kaltbrunn hizo, con gran aprovechamiento, los estudios de la enseñanza primaria; y en el instituto de María Hilf de Altstätten, dirigido por una comunidad de religiosas de la Tercera Orden Regular de san Francisco, los de enseñanza media. Luego, su madre la envió a Friburgo para perfeccionar sus conocimientos y recibió el diploma oficial de maestra.

Cuando el mundo se abría ante ella atrayéndola con todos sus halagos, la voz de Cristo resonó en su corazón, y decidió abrazar la vida consagrada. Esta elección de vida, como era previsible, provocó al inicio la oposición de su madre, pues era viuda y Carolina era su única hija.

El 1 de octubre de 1880 ingresó en el convento franciscano de clausura «María Hilf», en Altstätten, que regentaba un colegio como servicio necesario a la Iglesia católica de Suiza.

El primero de marzo de 1881 vistió el hábito de franciscana, recibiendo el nombre de María Caridad del Amor del Espíritu Santo. El 22 de agosto del año siguiente emitió los votos religiosos. Dada su preparación pedagógica, fue destinada a la enseñanza en el colegio anexo al monasterio.

Abierta la posibilidad para que las religiosas de clausura pudieran dejar el monasterio y colaborar en la extensión del Reino de Dios, los obispos misioneros, a finales del siglo XIX, se acercaron a los conventos en busca de monjas dispuestas a trabajar en los territorios de misión.

Monseñor Pedro Schumacher, celoso misionero de san Vicente de Paúl y Obispo de Portoviejo (Ecuador), escribió una carta a las religiosas de María Hilf, pidiendo voluntarias para trabajar como misioneras en su diócesis.

Las religiosas respondieron con entusiasmo a esta invitación. Una de las más entusiastas para marchar a las misiones era la madre Caridad Brader. La beata María Bernarda Bütler, superiora del convento, la cual encabezó el grupo de las seis misioneras, la eligió entre las voluntarias diciendo: «A la fundación misionera va la madre Caridad, generosa en sumo grado, que no retrocede ante ningún sacrificio y, con su extraordinario don de gentes y su pedagogía, podrá prestar a la misión grandes servicios».

El 19 de junio de 1888 la madre Caridad y sus compañeras emprendieron el viaje hacia Chone, Ecuador. En 1893, después de duro trabajo en Chone y de haber catequizado a innumerables grupos de niños, la madre Caridad fue destinada para una fundación en Túquerres, Colombia.

Allí desplegó su celo misionero: amaba a los indígenas y no escatimaba esfuerzo alguno para llegar hasta ellos, desafiando las embravecidas olas del océano, las intrincadas selvas y el frío intenso de los páramos. Su celo no conocía descanso. Le preocupaban sobre todo los más pobres, los marginados, los que no conocían todavía el Evangelio.

Ante la urgente necesidad de encontrar más misioneras para tan vasto campo de apostolado, apoyada por el padre alemán Reinaldo Herbrand, fundó en 1894 la congregación de Franciscanas de María Inmaculada. La Congregación estuvo compuesta al inicio de jóvenes suizas que, llevadas por el celo misionero, seguían el ejemplo de la madre Caridad. A ellas se unieron pronto las vocaciones autóctonas, sobre todo de Colombia, que hicieron crecer la naciente Congregación y se extendieron por varios países.

La madre Caridad, en su actividad apostólica, supo compaginar muy bien la contemplación y la acción. Exhortaba a sus hijas a una preparación académica eficiente pero «sin que se apague el espíritu de la santa oración y devoción». «No olviden -les decía- que cuanto más instrucción y capacidad tenga la educadora, tanto más podrá hacer a favor de la santa religión y gloria de Dios, sobre todo cuando la virtud va por delante del saber. Cuanto más intensa y visible es la actividad externa, más profunda y fervorosa debe ser la vida interior».

Encauzó su apostolado principalmente hacia la educación, sobre todo en ambientes pobres y marginados. Las fundaciones se sucedían donde quiera que la necesidad lo requería. Cuando se trataba de cubrir una necesidad o de sembrar la semilla de la Buena Nueva, no existían para ella fronteras ni obstáculo alguno.

Alma eucarística por excelencia, halló en Jesús sacramentado los valores espirituales que dieron calor y sentido a su vida. Llevada por ese amor a Jesús Eucaristía, puso todo su empeño en obtener el privilegio de la Adoración Perpetua diurna y nocturna, que dejó como el patrimonio más estimado a su comunidad, junto con el amor y veneración a los sacerdotes como ministro de Dios.

Amante de la vida interior, vivía en continua presencia de Dios. Por eso veía en todos los acontecimientos su mano providente y misericordiosa, y exhortaba a los demás a «ver en todo la permisión de Dios, y por amor a Él, cumplir gustosamente su voluntad». De ahí su lema: «Él lo quiere», que fue el programa de su vida.

Como superiora general, fue la guía espiritual de su Congregación desde 1893 hasta el 1919, y de 1928 hasta el 1940, año en que manifestó, en forma irrevocable, su decisión de no aceptar una nueva reelección. A la superiora general elegida le prometió filial obediencia y veneración. En 1933 tuvo la alegría de recibir la aprobación pontificia de su Congregación.

A los 82 años de vida, presintiendo su muerte, exhortaba a sus hijas: «Me voy; no dejen las buenas obras que tiene entre manos la Congregación, la limosna y mucha caridad con los pobres, grandísima caridad entre las hermanas, la adhesión a los obispos y sacerdotes».

El 27 de febrero de 1943, en Pasto (Colombia), de repente dijo a la enfermera: «Jesús, me muero». Fueron las últimas palabras, con las que entregó su alma al Señor.

Apenas se divulgó la noticia de su fallecimiento, comenzó a pasar ante sus restos mortales una interminable procesión de devotos que pedían reliquias y se encomendaban a su intercesión.

Los funerales tuvieron lugar el 2 de marzo de 1943, con la asistencia de autoridades eclesiásticas y civiles y de una gran multitud de fieles, que decían: «ha muerto una santa». Después de su muerte, su tumba ha sido meta constante de devotos que la invocan en sus necesidades.

Las virtudes que practicó se conjugan admirablemente con las características que su Santidad Juan Pablo II destaca en su Encíclica «Redemptoris Missio» y que deben identificar al auténtico misionero. Entre ellas, como decía Jesús a sus apóstoles: «la pobreza, la mansedumbre y la aceptación de los sufrimientos».

La madre Caridad practicó la pobreza según el espíritu de san Francisco y mantuvo durante toda la vida un desprendimiento total. Como misionera en Chone, experimentó el consuelo de sentirse auténticamente pobre, al nivel de la gente que había ido a instruir y evangelizar. Entre los valores evangélicos que como fundadora se esforzó por mantener en la Congregación, la pobreza ocupaba un lugar destacado.

La aceptación de los sufrimientos, según el Papa, es un distintivo del verdadero misionero. ¡Qué bien realizado encontramos este aspecto en la vida espiritual de la madre Caridad! Su vida se deslizó día tras día bajo la austera sombra de la cruz. El sufrimiento fue su inseparable compañero y lo soportó con admirable paciencia hasta la muerte.

Otro aspecto de la vida misionera que destaca el Papa es la alegría interior que nace de la fe. También la madre Caridad vivió intensamente esa alegría en medio de su vida austera. Era alegre de ánimo y quería que todas su hijas estuvieran contentas y confiaran en el Señor.

Estas y muchas otras virtudes fueron reconocidas por la Congregación de las Causas de los Santos y aprobadas como primer paso para llegar a la Beatificación. Se diría que Dios ha querido ratificar la santidad de la madre Caridad con un admirable milagro concedido por su intercesión en favor de la niña Johana Mercedes Melo Díaz. Una encefalitis aguda había producido un daño cerebral que le impedía el habla y la deambulación. Al término de una novena que hizo su madre con fe viva y profunda devoción, la niña pronunció las primeras palabras llamando a su madre y comenzó a caminar espontáneamente, adquiriendo en poco tiempo la normalidad. Hoy, está aquí, en Roma, para agradecer a la madre Caridad en su solemne Beatificación.

[L´Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 21-III-03; y servicio informático de la Santa Sede]

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De la homilía de Juan Pablo II
en la misa de beatificación
(23-III-2003)

A lo largo de la historia, innumerables hombres y mujeres han anunciado el reino de Dios en todo el mundo. Entre estos se encuentra la madre Caridad Brader, fundadora de las Misioneras Franciscanas de María Inmaculada.

De la intensa vida contemplativa en el convento de María Hilf, en Suiza, su patria, partió un día la nueva beata para dedicarse completamente a la misión ad gentes, primero en Ecuador y después en Colombia. Con ilimitada confianza en la divina Providencia fundó escuelas y asilos, sobre todo en barrios pobres, y difundió en ellos una profunda devoción eucarística.

A punto de morir, decía a sus hermanas: «No abandonéis las buenas obras de la Congregación, las limosnas y mucha caridad con los pobres, mucha caridad entre las hermanas, adhesión a los obispos y sacerdotes». ¡Hermosa lección de una vida misionera al servicio de Dios y de los hombres!

[L´Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 28-III-03]

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Del discurso que Juan Pablo II dirigió,
al día siguiente, a los peregrinos
(24-III-2003)

De entre las virtudes de la beata Caridad Brader, deseo resaltar su ardor misionero, que no se detiene ante las dificultades.

Queridas hermanas Franciscanas de María Inmaculada, imitad con gozo el ejemplo de vuestra fundadora; seguid con abnegación su camino, infundiendo nueva esperanza a la humanidad. Ya tenéis una historia importante; la Iglesia os agradece vuestra misión y os alienta a continuarla con la intercesión y la protección de la madre Caridad.

[L´Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 28-III-03]

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Espiritualidad de la madre Caridad Brader
por Sor Rosa Amalia López, fmi

La madre Caridad Brader nació en Kaltbrunn, cantón de St. Gallen (Suiza), el 14 de agosto de 1860. Después de su profesión religiosa en el año 1882, viajó en 1888 como misionera a Chone (Ecuador), lugar del cual fue enviada en 1893 a una fundación en Túquerres (Colombia), donde inició su labor como fundadora de la congregación de Hermanas Franciscanas de María Inmaculada.

De la madre Caridad podría decirse, como del gran san Francisco de Asís, que «era la oración encarnada», porque supo encontrar en el trato con Dios un mundo de sabiduría, de desprendimiento, de comprensión y de amor para difundir a su alrededor. Siempre se la vio profundamente unida con Dios; infundió en sus hijas con esmero y diligencia la necesidad de la oración como garantía de éxito en la labor apostólica que se les confiara. La madre Caridad superó las amargas pruebas por las que Dios la condujo en los comienzos de su congregación; la oración la sostuvo en el sufrimiento y el dolor al ver partir a un grupo de jóvenes novicias europeas hacia ha eternidad como consecuencia de la epidemia de tifo; asimismo, afrontó uno de los hechos más tristes de los comienzos de su pequeña congregación, la salida de Túquerres, a causa de un grupo adverso, hacia el cual llegaba influencia de la persecución contra la religión, que desde Ecuador se infiltró en Colombia en el siglo XIX, y se vieron obligadas a abandonar definitivamente la población. Mujer de fe profunda, de amor encendido, de esperanza sin límites, esa fue la vida de la madre Caridad.

El fundamento de la vida cristiana son las virtudes teologales; ellas fueron el hilo conductor que dio sentido a toda la vida de la madre Caridad, luz de sus iniciativas, que llevaban siempre como propósito la gloria de Dios y el bien de los hombres. Su fe se centraba en la presencia eucarística de Cristo, la que expresaba con su ferviente amor a este admirable Sacramento, que se propuso honrar, logrando establecer la adoración en la capilla de su convento en Pasto (Colombia) y con los largos ratos de adoración ante el santísimo Sacramento a pesar de sus múltiples ocupaciones. A sus hermanas les inculcaba insistentemente el amor a la presencia real de Jesús en la Eucaristía.

Una consecuencia de la vida de fe es la aceptación de la voluntad de Dios; esta actitud la dejó plasmada la madre Caridad en su lema: «Todo por amor a Dios y como él lo quiere». En las vicisitudes favorables o adversas le resultaba fácil elevarse a la consideración del amor providente de Dios y aceptar con paz interior todos los contratiempos. Con espíritu franciscano admiraba la huella de Dios en la belleza de la creación.

A la fe va íntimamente unida la esperanza, y ella la tuvo siempre firme y la practicó en grado heroico; en ella fundaba su vida porque se fiaba del Señor.

El amor a Dios y al prójimo aparecía en todas las actuaciones de la madre Caridad, y en torno a la ley del amor gravitaban todos sus esfuerzos de perfección. Sus consejos los daba con mirada universal: mucha caridad con los pobres, grandísima caridad entre las hermanas.

Además de la fidelidad con que practicó las virtudes teologales, es de destacar su minoridad, faceta esencial de la espiritualidad franciscana que se concreta en la práctica de la pobreza, de la humildad y de la obediencia.

Que la madre Caridad amaba la virtud de la pobreza y la asumía con amor puede condensarse en su expresión: «¡Oh feliz, santa pobreza, que tantas cosas nos hace innecesarias y, al estar contentas con poco, nos hace tan felices!» Enseñaba a vivir la pobreza, no sólo como austeridad externa en el uso de las cosas, sino como una actitud de desprendimiento sobre todo interior.

Ella trabajó constante y animosamente toda su vida para adquirir una sólida humildad, teniendo esta virtud como base y complemento de todas las demás. Fue un verdadero ejemplo de humildad. Nunca hablaba de sus sacrificios, de sus trabajos, ni de sus éxitos; todo lo atribuía a la infinita misericordia de Dios.

Consecuencia de la vivencia de las virtudes de la humildad y de la pobreza fue su obediencia, que se hizo más patente en la sumisión a la Iglesia y a su superiora general cuando ella entregó este cargo a su sucesora.

Tuvo como fuerza motriz de su vida la extensión del reino de Dios en los lugares a los que la guiara el Espíritu, que sopla donde quiere. Se lanzó a la conquista de muchas almas que no conocían a Dios, que no habían recibido el don de la fe, que no podían nutrir su inteligencia con el pan de la verdad.

Con una clarísima visión del futuro la madre Caridad abrió establecimientos educativos de toda índole, bien fuera escuelas primarias, normales y colegios de bachillerato, o talleres de artes manuales para brindar a la niñez y a la juventud un medio no sólo de cultura, sino también de ayuda a sus necesidades materiales.

La visión profética de la madre Caridad alcanzó los umbrales del siglo XXI; al final de su vida había realizado obras que hoy asombran por la proyección social y evangelizadora que cumple cabalmente con las directrices dadas por el concilio Vaticano II.

La pastoral social, el trabajo de promoción, la formación, la evangelización y la enseñanza religiosa por medios diferentes a los de las aulas escolares, fueron puestos en obra por la madre Caridad y secundados por sus religiosas con el correr del tiempo, de acuerdo con las normas eclesiásticas de la época. Ella estuvo atenta para que sus religiosas colaboraran con los párrocos, especialmente en la pastoral sacramental.

Como conclusión se puede deducir que la madre Caridad fue una persona entregada completamente a Dios y a los hermanos allí donde se necesitara más su presencia para la extensión del Reino, viviendo el amor en todas las dimensiones y con todas sus consecuencias.

[L´Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 28-III-03]

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Tres santos en el sur de Colombia:
Caridad Brader, Ezequiel Moreno y Pedro Schumacher
por Ángel Martínez Cuesta, o.a.r.

La beatificación de la madre Caridad Brader (1860-1943) es buena ocasión para recordar a dos santos que compartieron con ella ilusiones, iniciativas y dificultades. Son san Ezequiel Moreno (1848-1906), canonizado en Santo Domingo el año 1992 en el marco de las solemnes celebraciones del V Centenario de la evangelización de América y de la IV Conferencia general del Episcopado latinoamericano; y Pedro Schumacher (1839-1902), obispo de Portoviejo (Ecuador), cuyo proceso de canonización todavía no se ha iniciado. Como tantas veces en la historia de la Iglesia -recordemos a los que rodearon a san Agustín en el siglo V, a san Ignacio de Loyola en el XVI o a san Antonio María Claret en el XIX-, también la madre Caridad tuvo a su lado varios santos.

Los tres que ahora quiero recordar eran de carácter, formación y hasta edad y nacionalidad distintos, pero al fin de sus días coincidieron todos en la diócesis de Pasto, en la frontera de Colombia con Ecuador. La madre Caridad procedía de Suiza, donde ingresó en un convento de franciscanas de clausura episcopal, y pasó la mayor parte de su vida (1893-1943) en Colombia, dedicada a la organización y afianzamiento de su Congregación. Era la más joven del terceto, y también sería la más longeva, llegando a cumplir 83 años. Los otros dos fueron obispos y dedicaron su vida a la formación de las vocaciones sacerdotales, al gobierno y a las tareas pastorales. Schumacher era alemán, miembro de la Congregación de la Misión, misionero en Chile, profesor en Francia y Ecuador y, finalmente, obispo de Portoviejo (1885). Murió desterrado en Samaniego (Colombia) en 1902, a los 63 años de edad. Ezequiel, por su parte, era español y agustino recoleto, misionero en Filipinas (1871-1885), restaurador de su Orden en Colombia (1888), primer vicario apostólico de Casanare y, finalmente, obispo de Pasto (1896-1906). Murió a los 58 años en España, a donde se había retirado para someterse a una dolorosa e infructuosa operación del cáncer que le llevó al sepulcro.

Pero los tres poseían una virtud común, que fue la que terminó por reunirlos en una diócesis apartada de Colombia. El deseo de extender el reino de Dios movió a Ezequiel a preferir el noviciado agustino al seminario diocesano; a Pedro, recién graduado, a viajar a París para entrar en la Congregación de la Misión; y a sor Caridad, brillante maestra en Altstätten, a trocar la tranquilidad de la escuela monástica por las incertidumbres de una misión en tierras lejanas. El aguijón misionero impulsa a los dos religiosos desde su primera juventud a tierras lejanas. Ezequiel trabaja en las islas Filipinas; y Pedro, en Chile y luego en Ecuador. La madre Caridad lo sentirá a los 24 años de edad, en 1887, cuando resuena en su monasterio la voz de Schumacher, angustiado por la escasez de operarios en su diócesis ecuatoriana. La llamada del obispo se clava en su corazón y en agosto de 1888 desembarca en Ecuador con seis compañeras.

Desde ese momento hasta la muerte del obispo sus vidas caminan íntimamente entrelazadas. Durante los cinco años que la madre Caridad pasa en Ecuador (1888-1893), la relación entre ellos es más bien vertical, de padre a hija, de maestro a discípula. El obispo hace de padre espiritual, de providencia material y de guía y mentor en el trabajo misional. Con su experiencia va introduciendo a la pequeña y desorientada comunidad de franciscanas centroeuropeas en los entresijos de la vida sudamericana. No siempre su relación fue fácil, ya que ambos eran de carácter fuerte y sabían defender sus opiniones. La madre, como todas sus compañeras, creía factible conjugar las austeridades de la vida claustral -descalcez, maitines a media noche, ayunos y austeridades varias-, con la vida apostólica, mientras que el obispo, más curtido por la vida, propugnaba ciertas adaptaciones y mitigaciones, que al fin terminaron por imponerse. Pero esas tensiones nunca interrumpieron el clima de confianza y santa colaboración.

Durante los siete años colombianos (1895-1902), sus relaciones adquirieron una dimensión más horizontal. La madre Caridad se adelantó un par de años al obispo y así estuvo en condiciones de acogerlo cuando, acosado por los radicales del presidente Alfaro, se vio obligado a traspasar la frontera. En su convento de Túquerres encontró refugio durante medio año, y también tranquilidad para programar su futuro en el vecino pueblo de Samaniego, donde don Pedro consumiría los últimos seis años de su vida dedicado al servicio espiritual y material de sus moradores. Y tampoco en él le abandonó la madre. Le prestó a Cristina Hoffman para que cuidara de su casa y le atendiera en sus necesidades; cuando se le acercó la hora de la muerte le envió tres religiosas que no se separaron de su lecho. El obispo correspondió sirviendo a la comunidad de capellán interino, dirigiéndole retiros y ejercicios, acompañándola con su consejo e influencia, y poniendo a su disposición los servicios del grupo de sacerdotes suizos y alemanes que había traído a Ecuador y luego le siguieron a Colombia. Uno de ellos, Reinaldo Herbrand, sería durante treinta años (1895-1925) su capellán y, a la vez, su aparejador, maestro de capilla, consejero pedagógico, corredactor de sus Constituciones y promotor de su desarrollo numérico y constitucional. Incluso se le podría considerar como el cofundador de la congregación. Pero la relación entre monseñor Schumacher y la madre Caridad supera la superficie de los hechos visibles para adentrarse en los estratos más profundos de su espíritu. Eran dos almas gemelas, que se entendían, se consolaban y se espoleaban recíprocamente.

Ezequiel venía de experiencias muy distintas. Su campo de acción había sido las misiones de Filipinas, los conventos recoletos de España y Bogotá y, por último, el nuevo vicariato apostólico de Casanare. En mayo de 1896 llegó a Pasto, diócesis tenida por tranquila, pero la realidad no tardó en desmentir esta presunción. En mayo de 1895 el liberalismo radical, encabezado por Eloy Alfaro, se apoderó del poder en la vecina República de Ecuador e inmediatamente desencadenó una sistemática persecución contra la Iglesia: supresión de diócesis y conventos, destierro de obispos y religiosos extranjeros, asesinato de algunos sacerdotes y acoso sistemático por medio de la prensa y de las leyes. Todo ello se filtraba inmediatamente a la diócesis de Pasto a través de 600 kilómetros de frontera franca. Entre ambas partes de la frontera había una comunicación constante, existencial e ideológica, favorecida por la tradición y la identidad de lengua y cultura.

Entre quienes traspasaron la frontera y se establecieron en Pasto estaban la madre Caridad y monseñor Schumacher. La presencia de este en la zona disgustaba al Gobierno de Ecuador, que no dudó en recurrir a toda clase de presiones y calumnias para alejarlo de ella. Ezequiel no podía tolerar en silencio una campaña tan burda contra uno de los exponentes más caracterizados de la jerarquía ecuatoriana. A los dos meses de su llegada a Pasto empuñó la pluma y redactó una valiente pastoral en la que denunciaba tan burda campaña. Schumacher agradeció profundamente el apoyo de su colega y desde entonces se estableció entre ellos una corriente de simpatía, favorecida por una total sintonía espiritual y doctrinal. Una veintena de cartas todavía dan fe de ella. Ezequiel le confió la administración de una parte de su diócesis y a su muerte quiso honrar su memoria con unas solemnes exequias, en las que él mismo pronunció la oración fúnebre. Don Pedro le correspondió con igual afecto, identificándose con sus directivas pastorales, recordándolo en sus cartas y dedicándole uno de sus libros.

También la madre Caridad era, en cierto sentido, una exiliada. El desarrollo de los acontecimientos le había movido, aconsejada por los capuchinos y monseñor Schumacher, a buscar refugio en Túquerres. Ezequiel la consideró como una bendición celestial para su diócesis. Admiraba su celo, su entereza, su caridad para con los enfermos y el clima de armonía y observancia que había instaurado en su comunidad. En agosto de 1896 le hizo una primera visita para presidir el capítulo de la comunidad y luego la visitó con alguna frecuencia, se cuidó de que nunca le faltara el servicio espiritual, favoreció su expansión por la diócesis aprobando las fundaciones de Ipiales (1897) y Pupiales (1904), y no descansó hasta que en 1905 la madre se decidió a fundar una casa en la capital de la diócesis. En ella pronunció el santo su último sermón antes de salir para España en busca de la salud perdida.

[L´Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 28-III-03]

Para una mayor información sobre
la Beata María Caridad Brader y su Congregación,
véase el sitio oficial de las Franciscanas de María Inmaculada
en la siguiente dirección:
http://www.mundilink.com/franciscanas/

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