DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

28 de agosto

Beato Junípero Serra (1713-1784),
Apóstol de Sierra Gorda y California

por Salustiano Vicedo, o.f.m.

.

 

Para facilitar una visión más completa de la figura de Fray Junípero, lo presentamos desde tres perspectivas diferentes pero complementarias: un resumen de su vida, en el que se compendian las notas más destacadas de su personalidad y obra; la carta de despedida que el propio Fray Junípero escribió a sus padres, que es expresión de los ideales que lo animaban; por último, un escrito redactado en forma epistolar, en el que el historiador máximo del Beato Junípero, el P. Maynard J. Geiger, expresa el cariño y admiración que despertaron en él las investigaciones sobre tan extraordinario apóstol y civilizador.

El 24 de noviembre de 1713 nació en Petra (Mallorca), del matrimonio formado por Antonio Serra y Margarita Ferrer, un niño a quien se le impuso en el bautismo el nombre de Miguel José. Vino al mundo en el humilde hogar de una familia sencilla, de modestos labradores, honrados, devotos y de ejemplares costumbres. Tal como iba creciendo y dando los primeros pasos por las calles de su pueblo, sus padres lo iban encaminando por los senderos de la fe católica y el santo amor de Dios. Ellos eran analfabetos, pero trataron de dar a su hijo una mejor formación, llevándole a la escuela del convento franciscano de San Bernardino. Aquí en su pueblo el muchacho aprendió las primeras letras e hizo grandes progresos en su formación, por lo que pronto lo encaminaron hacia Palma para cursar estudios superiores.

A la edad de 15 años empieza a asistir a las clases de filosofía en el convento de San Francisco de Palma y, sintiéndose llamado por la vocación religiosa, al año siguiente viste el hábito franciscano en el convento de Jesús, extramuros de la ciudad. El 15 de Septiembre de 1731 emite los votos religiosos, cambiando el nombre de Miguel José por el de Junípero.

Cursa con gran brillantez los estudios eclesiásticos, e inmediatamente lo encontramos dictando clases de filosofía en el convento de San Francisco, en la Cátedra ganada por oposición, con el consenso unánime de todos sus examinadores. Su tarea docente en San Francisco duró de 1740 a 1743, año este último en que pasó a ocupar la cátedra de Teología Escotista en la entonces famosa Universidad Luliana de Palma de Mallorca. Los muchos y notables alumnos salidos de sus aulas con brillantes títulos, son testigos de la alta categoría docente del P. Serra, quien alternaba la docencia y la predicación, campo éste en el que también cosechó abundantes frutos y estima; en cierta ocasión, predicando ante el Claustro de profesores de la Universidad, fue tan grande la admiración causada por su pieza oratoria, que un catedrático y orador de mucha fama exclamó: «Digno es este sermón de que se imprima en letras de oro».

Cuando se había hecho acreedor de los mayores honores y aplausos, decidió dejarlo todo para seguir la vocación misionera. En 1749 estuvo predicando la cuaresma en Petra, su pueblo natal, y cuando ya la estaba terminando le llegó la noticia de que le habían sido concedidos todos los permisos necesarios para trasladarse al Colegio de Misioneros de San Fernando, situado en la capital de México; sólo faltaba contratar el barco, lo que significaba tener que esperar algunos pocos días. Fray Junípero había ocultado siempre a sus padres la vocación misionera que lo animaba, y, terminada aquella cuaresma, se despidió de sus ancianos progenitores sin notificarles su próxima partida hacia América. De momento no quiso disgustarlos, y con el fuerte abrazo, que le desgarraba el corazón, se marchó para no volver a verlos. El 13 de Abril de 1749 embarca hacia Málaga, rumbo a Cádiz, en cuya travesía se enfrenta seria y comprometidamente con el capitán del barco para defender los principios evangélicos; no encontrando argumentos convincentes para defender su postura, el furibundo marino inglés a punto estuvo de tirar al P. Serra a la mar. En Cádiz permanecieron los misioneros más tiempo del previsto, esperando el momento de embarcar, y desde allí escribió Fray Junípero la carta que reproducimos más adelante, dirigida al P. Francisco Serra, que no era familiar suyo aunque tuviera su mismo apellido, residente entonces en el convento franciscano de Petra. El motivo de la carta era consolar y confortar a sus padres, y, como éstos eran analfabetos, se la dirigió al fraile amigo para que éste se la leyera.

Tras una larga y peligrosa travesía de 99 días, llegó a Veracruz en las costas mexicanas. Con otro compañero hizo a pie la caminata de cien leguas, hasta el Colegio de Misioneros de San Fernando en la Capital de México. Durante el trayecto, por causa de la picadura de un insecto, se le formó una llaga en la pierna que le será molesta compañera hasta la muerte.

A los seis meses de su llegada lo vemos ya enrolado, como Presidente, en un grupo de voluntarios camino hacia el corazón de la Sierra Gorda, en donde inicia su brillante carrera misionera. Ocho años estuvo en aquellas inhóspitas tierras, donde tantos otros habían fracasado. Su historial fue muy diferente. Siempre infatigable y emprendedor, aprende la lengua nativa. Enseña a cultivar la tierra. Monta granjas y talleres. Inicia a los indios en los más elementales rudimentos de las ciencias y las artes. Les adiestra igualmente en el comercio. Les instruye particularmente en los principios doctrinales de la fe católica. Los misioneros emulan las iniciativas y logros de Serra.

Fue tal la transformación realizada en aquella zona montañosa que, de un erial infructuoso, sus valles se transformaron en fecundo vergel. Y unos indios semisalvajes y ariscos, quedaron convertidos en sociables ciudadanos, instruidos en los diferentes campos de la actividad humana de aquellos tiempos. De la extraordinaria actividad del P. Serra en este rincón serrano, todavía queda en Jalpan, como testigo elocuente, el esbelto y artístico templo churrigueresco levantado bajo su dirección.

En plena euforia de sus trabajos en Sierra Gorda, es requerido para ocupar las misiones de San Saba, en Texas, devastadas por los apaches, quienes habían flechado a sus misioneros. Acepta contento, aun siendo consciente de que se expone a sufrir el martirio. Pero Dios le tenía reservado otro campo muy distinto. En efecto, no se llevó a cabo el proyecto para el que habían recurrido a Fray Junípero, y éste, al quedar libre de otras obligaciones, se dedica a dar misiones populares por todo el Territorio de la Nueva España, poniendo de manifiesto, una vez más, sus grandes cualidades pastorales y oratorias. Fruto de su fervorosa predicación fueron sonadas conversiones y multitud de penitentes postrados a sus pies para pedir la reconciliación de sus pecados.

Por aquel tiempo se suprimieron los Jesuitas en todos los territorios españoles y, en consecuencia, quedaron abandonadas las misiones de la Baja California. El Gobierno del Virreinato encargó a los franciscanos llenar ese vacío, y de nuevo tenemos al P. Serra, también como Presidente y voluntario, al frente de una expedición de dieciséis religiosos.

El 14 de Marzo de 1769 embarca hacia Loreto, Baja California, y en cuanto toma posesión de su cargo, elabora planes, distribuye el personal y visita varias misiones.

Transcurrido un año en este ministerio, llegan noticias de que los rusos, partiendo de Alaska, pretenden ocupar la costa oeste del norte americano. Para adelantárseles, el Virrey Marqués de Croix encarga al Visitador General D. José de Gálvez que organice una expedición para la conquista de aquellas tierras.

De inmediato Gálvez inicia la operación, tratando el plan con la oficialidad; pero pronto cae en la cuenta de que hay un personaje clave e imprescindible para el feliz éxito de la empresa: el P. Junípero Serra. Gálvez sabía bien que los fusiles y los cañones eran insuficientes para una conquista estable y duradera. Era indispensable conquistar, además del territorio, el corazón de los indios, y esta tarea fundamental sólo se podía afrontar con las armas de la fe y el estandarte de la cruz. Por esto, el Visitador General llama junto a sí al Presidente de los misioneros, y ambos conjuntamente ultiman los planes a seguir. Huelga decir el papel tan importante que desempeñó Serra en el enfoque y desarrollo de los preparativos.

Formando expedición por tierra con el Comandante Portolá, inicia Serra la marcha hacia el norte. La preocupante herida de su pierna ulcerada hacía tan torpe y pesado su caminar, que otros, en su lugar, se hubieran dado por vencidos, quedando a la vera del camino, mientras con nostálgica pena habrían visto cómo los demás compañeros continuaban la marcha. Pero Fr. Junípero no se rinde.

El primero de Julio de 1769 llegan al puerto de San Diego y, mientras las tropas izan la bandera de España y levantan el campamento, el P. Serra enarbola la cruz y funda la primera misión en la Alta California. Terminada de poner la primera piedra de la cristiandad en aquellas lejanas tierras, Fray Junípero, limpiándose el rostro, deja salir un profundo respiro de satisfacción al ver levantada la señal de Cristo en medio de un pueblo completamente pagano.

Al principio, las relaciones con los naturales del país no fueron tan cordiales como hubiera sido de desear. La rapiña y la agresión hicieron acto de presencia sin dilación. Los indios robaban cuanto podían y, en un momento dado, atacaron el desprovisto campamento español. Fruto de la sangrienta lucha, cayó mortalmente herido a sus pies el sirviente indio a quien tanto apreciaba el P. Serra.

Este primer contacto con los naturales del lugar, tan adverso como desagradable, no fue capaz de tronchar la vida misionera de nuestro Beato. Muy al contrario, su espíritu salió reforzado, y aumentó su amor hacia aquellos desaforados y rapaces indígenas, a quienes apreciaba y quería convertir en vasallos de ambas majestades: el Rey de los Cielos y el Rey de España. Sin duda alguna, la tenacidad del P. Serra fue un factor importantísimo para que no fracasara en sus mismos inicios la conquista de la Alta California. Las provisiones de víveres llegaron a escasear de tal forma, que el Comandante Portolá ordena la retirada. Con este paso hacia atrás, Serra veía derrumbarse todos sus afanes de convertir almas paganas para el cielo. Pero sus ruegos lograron que se aplazara la retirada y, en el ínterin, llegó el barco con nuevos recursos.

Se reanuda la marcha siguiendo el rumbo prefijado, y tan pronto como llegan a Monterrey, Fray Junípero se instala junto al Río Carmelo, donde funda la segunda misión, misión que se convirtió en su residencia habitual, de la que partiría tantísimas veces para ensanchar las fronteras de la conquista espiritual.

Las mayores dificultades que encontró el P. Serra en el desarrollo de su tarea misionera, y las que más le hicieron sufrir, fueron las incomprensiones y la falta de ayuda por parte de los gobernadores de California. La acción de los misioneros estaba supeditada al poder civil y militar, por lo que más de una vez los frailes se vieron oprimidos o limitados por los intereses y caprichos de quienes tenían otros ideales. Continuos y con frecuencia duros fueron estos enfrentamientos.

No obstante sus achaques y las incomodidades de los viajes, Fray Junípero, sin reparar en ellos, toma el camino de la Corte del Virreinato de Méjico, para tratar allí la marcha de las misiones y solucionar las impertinentes y molestas discrepancias habidas con el Gobernador de California. El Virrey D. Antonio María Bucareli recibió con afecto singular al celoso misionero. Escuchó sus razones y quedó persuadido tanto de sus argumentos como de su celo y santidad. Serra actuaba con tal entusiasmo y firmeza, que no sólo convenció y salió airoso de sus gestiones, sino que además pudo volver a sus misiones cargado con abundantes alimentos, telas y utensilios de toda clase.

Con tales refuerzos y amparado en las nuevas normas dictadas para el gobierno de la Provincia de California, elaboradas por él y aprobadas por el Virrey, Junípero inyecta mayores entusiasmos a sus misioneros, y de nuevo se abren más amplios horizontes al celo evangelizador de aquellos hombres.

Ya habían sido fundadas las misiones de San Diego, San Carlos en Carmelo, San Antonio, San Gabriel y San Luis Obispo; ahora se establecerán las de San Francisco, San Juan de Capistrano, Santa Clara y San Buenaventura. Además, se inicia la fundación de Santa Bárbara, que el P. Serra no llegará a ver coronada porque le visitará antes la hermana muerte.

Su celo por las almas y su dinamismo por levantar más obras, lo espoleaban continuamente para trasladarse de cerro en cerro, entre valles y montañas, y así poder congregar al indio disperso y desprovisto de todo, dándole cobijo y sustento junto a la acogedora misión. Miles y miles de kilómetros pisó en su fecunda vida. Cojeando y valiéndose de un bastón, cruza repetidas veces los floridos campos californianos para visitar las misiones y estar con sus hermanos los misioneros. A todos escucha y atiende. Se hace cargo de cada situación concreta. Busca y presenta acertadas soluciones. Da nuevas orientaciones y consejos acertados. Predica, bautiza, confirma, confiesa y aún le queda tiempo, para él el más precioso, en el que se ocupa de los problemas y necesidades de sus queridos indios.

Aquel hombre de temperamento fuerte y de carácter firme, pero afable, de dotes singulares y de ambiciosas iniciativas, nunca cedió ni jamás retrocedió. Pero al fin cayó rendido en el encuentro con la hermana muerte. Su fallecimiento ocurrió el 28 de Agosto de 1784, en la Misión de San Carlos Borromeo, junto al río Carmelo, cerca de Monterrey.

Entonces pasó a gozar de un merecido premio y descanso en el seno del Padre, junto a los indios que él redimió y que le precedieron: sin duda salieron a recibirle en solemne cortejo a las puertas de la eternidad gloriosa, en compañía de la Virgen, los Angeles y los Santos, cuya devoción tantas veces les inculcó.

Los que quedaron a su lado, lloraban desconsolados la pérdida de un verdadero padre. Experimentaban la triste desaparición de su gran bienhechor. Como expresión del más sincero agradecimiento, amortajaron al «Padre viejo», como así le llamaban cariñosamente, con sus abundantes lágrimas de pesar y las flores de aquellos campos, tantas veces hollados por esos pies ahora fríos, desnudos y trabados sin poder dar un paso más.

Además de la inmensa actividad misionera y civilizadora desarrollada durante toda su vida por el P. Serra, a su iniciativa se deben las nueve primeras misiones de las veintiuna fundadas por los franciscanos españoles en la Alta California; aquellas nueve se establecieron mientras Fray Junípero desempeñaba el cargo de Presidente de todos los religiosos residentes en aquellas lejanas tierras. Con razón, su discípulo, amigo y biógrafo, el P. Francisco Palou, dejó grabadas estas proféticas palabras: «No se apagará su memoria, porque las obras que hizo cuando vivía han de quedar estampadas entre los habitantes de la Nueva California».

Desde entonces, su vida, obra y virtudes han merecido la más encomiástica exaltación y gloria, por toda clase de personas, tanto en el orden humano como espiritual. La piedra y el bronce, incluso el cemento, perpetúan su memoria en esbeltos monumentos levantados por donde pasó. La pintura y la escultura han plasmado con variedad de formas y belleza su figura. Las letras no se han quedado en zaga a la hora de transmitirnos sus hazañas y cantar sus glorias.

El 25 de septiembre de 1988, Juan Pablo II, que había visitado la tumba de Fray Junípero en la Misión de San Carlos, lo beatificó solemnemente en Roma.


CARTA DE DESPEDIDA DE FRAY JUNÍPERO

Como ya hemos indicado, Fray Junípero, para no apenar a sus padres, emprendió el viaje a América sin despedirse de ellos. Mientras esperaba en Cádiz el momento de embarcar, escribió esta carta, que va dirigida a sus ancianos padres, pero que, por no saber ellos leer, la envía a un fraile residente en Petra, el P. Francisco Serra, que no es familiar suyo, para que éste se la lea.

«Jesús, María, Joseh».

Carísimo amigo en Cristo Jesús, Padre Francisco Serra. Ésta va de despedida, pues estamos ya para salir de esta ciudad de Cádiz y embarcarnos para México. El día fijo no lo sé, pero están ya cerrados los baúles de nuestros trastillos, y se dice que dentro de dos, o a lo más en 3 ó 4 días, se hará a la vela el navío llamado Villasota, en el que hemos de embarcar. Habíamos pensado que fuera más pronto; por esto os escribí que para cerca de San Buenaventura, pero se ha retardado hasta ahora.

Amigo de mi corazón, me faltan en ésta palabras, aunque me sobren afectos para despedirme y para repetiros la súplica del consuelo de mis padres, a quienes no dudo no les faltará su aflicción. Yo quisiera poder infundirles la gran alegría en que me encuentro, y pienso que me instarían a seguir adelante y no retroceder nunca.

Deben advertir que el cargo de Predicador Apostólico, y máxime adjunto con el actual ejercicio, es lo más que ellos podían desear para verme bien establecido.

Que su vida, como son ya tan viejos, es ya muy deleznable, y casi preciso que sea breve. Y si la saben comparar a la eternidad verán claramente que no puede ser más que un instante. Y siendo así, será muy del caso y muy conforme a la santísima voluntad de Dios que reparen poco en la poquísima ayuda que yo les pueda hacer en las conveniencias de esta vida para merecer de Dios nuestro Señor que, si no nos volvemos a ver en esta vida, estemos juntos para siempre en la Gloria.

Decirles que yo no dejo de sentir el no poder estar más cerca de ellos, como estaba antes, para consolarles, pero pensando también que lo primero es lo primero, y que antes que ninguna otra, lo primero es hacer la voluntad de Dios cumpliéndola; por amor de Dios los he dejado, y si yo por amor de Dios y con su gracia, tengo fuerza de voluntad para dejarlos, del caso será que también ellos, por amor de Dios, estén contentos al quedar privados de mi compañía.

Que se hagan cargo de lo que sobre esto les dirá el confesor y verán que, en verdad, ahora les ha entrado Dios por su casa. Con santa paciencia y resignación ante la divina voluntad, poseerán sus almas, porque alcanzarán la vida eterna.

Que no atribuyan a nadie, sino sólo a Dios Nuestro Señor, lo que lamentan, y verán cómo les será suave su yugo y se les mudará en gran consuelo lo que ahora tal vez padecen como una aflicción. No es hora ya de alterarse ni afligirse por ninguna cosa de esta vida, y así de conformarse en un todo con la voluntad de Dios, procurando prepararse para bien morir, que es lo único que importa de cuantas cosas pueda haber en esta vida, pues alcanzando aquélla, poco importa que se pierda todo lo demás; y si no se alcanza, nada aprovecha todo lo demás.

Que se alegren de tener un sacerdote, aunque malo y pecador, que todos los días, en el Santo Sacrificio de la Misa, ruega por ellos con todas sus fuerzas y muchísimos días aplica por ellos solamente la Misa, porque el Señor los asista, porque no les falte lo necesario para el sustento, les dé paciencia en los trabajos, resignación a su santa voluntad, paz y unión con todo el mundo, valor para resistir a las tentaciones del demonio y, finalmente, cuando convenga, una muerte lúcida y en su santa gracia.

Si yo, con la ayuda de la gracia de Dios, llegase a ser un buen religioso, serían más eficaces mis oraciones y no serían ellos poco interesados en esta ganancia; y lo mismo digo de mi querida hermana en Cristo, Juana, y Miguel mi cuñado: que no piensen en mí por ahora sino para encomendarme a Dios para que yo sea un buen sacerdote y un buen ministro de Dios; que en esto estamos todos muy interesados, y esto es lo que importa. Recuerdo que mi padre, cuando tuvo aquella enfermedad, tan grave que lo extremaunciaron, y yo, que ya era religioso, lo asistía, pensando que ya se moría, estando él y yo a solas, me dijo: «Hijo mío, lo que te encargo es que seas un buen religioso del Padre S. Francisco». Pues, padre mío, sabed que tengo aquellas palabras tan presentes como si en este mismo instante las oyera de vuestra boca. Y sabed también que para procurar ser un buen religioso emprendí este camino.

No estéis afligidos porque yo haga vuestra voluntad, que es también la voluntad de Dios.

De mi madre sé también que nunca se descuidó de encomendarme a Dios con el mismo cariño para que yo fuese un buen religioso. Pues, madre mía, si tal vez por vuestras oraciones Dios me ha puesto en este camino, estad contenta de lo que Dios dispone y decid siempre en todos los trabajos: «Bendito sea Dios y hágase su santa voluntad».

Mi hermana Juana ya sabe que no hace mucho que se vio a las puertas de la muerte y el Señor por los méritos e intercesión de María Santísima, le restituyó la salud perfecta. Si hubiera muerto, a estas horas no tendría pena el que yo estuviese o no en Mallorca; pues que dé gracias al Señor y acate lo que Él dispone, ya que lo por Él dispuesto es lo que conviene, y es muy creíble que el Señor le concediese a ella la salud para que pudiera servir de consuelo a los buenos viejos, ya que yo habría de irme.

Alabemos a Dios, que Dios nos ama y nos estima a todos. Cuñado Miguel y hermana Juana: os suplico muy de veras lo que antes os encargué, esto es, que continuéis entre los dos con gran paz y quietud; que procuréis respetar, sufrir y consolar a los viejos, y que tengáis diligentísimo cuidado en la buena crianza de vuestros hijos; y a todos juntamente os encargo que seáis cuidadosos en ir a la iglesia a confesar y comulgar con frecuencia, practicando el ejercicio de la Vía Sacra, y que procuréis totalmente ser buenos cristianos.

Yo confío que así como hasta aquí me han sabido encomendar a Dios para que me asistiese no dejarán de hacerlo igual de aquí en adelante y que suplicando al Señor mutuamente yo por ellos y ellos por mí, el Señor mismo nos asista a todos y nos dé en esta vida su santa gracia y después de esta vida la gloria.

¡Adiós, padre mío! ¡Adiós, madre mía! ¡Adiós, Juana, hermana mía! ¡Adiós, Miguel, cuñado mío! Cuidado con que Miguelito sea buen cristiano y buen estudiante, y que sean buenas cristianas las dos chicas. Y confianza en Dios, que tal vez les valga de algo su señor tío. ¡Adiós, adiós!

Carísimo hermano Padre Serra, adiós. Mis cartas, de aquí en adelante, serán, según dije, más espaciadas; mas en lo que respecta al consuelo de mis padres, hermana y cuñado, atended al buen cariño que os he dicho, a vos primero y sin semejante, y después al Padre Vicario, al Padre Guardián, Padre Mestre, les digo y confío que «epistola mea omnes vos estis» [«todos vosotros sois mi carta», cf. 2 Cor 2,3]. El Padre Vicario y Mestre, si viene bien, que se encuentren presentes cuando se lea esta carta, si lo halla conveniente para mayor consuelo. Y que sea sin la reunión de otras personas, sino a solas, delante de los cuatro: padre, madre, hermana y cuñado.

Y si alguien más haya de oírlo sea la prima Juana, vecina, para la cual añadiréis muchas y cordialísimas memorias, como también a su marido, al primo Roig, la tía Apolonia Boronada Jorja y demás parientes.

Memorias a cada uno de los individuos de esa comunidad de Petra, sin omitir ninguno, y máxime fray Antonio Vives.

Memorias al Dr. Fiol, su hermano; al señor Antonio, su padre y a toda su casa.

Memorias muy especiales al Amon Rafael Moragues Costa y a su esposa; al Dr. Moragues, su hermano y a su señora, y lo mismo al Dr. Serralta; al Señor Vicario Perelló, señor Alzamora, al señor Juan Nicolau y el regidor Bartolomé su hermano y a toda la casa. Y para abreviar, a todos los amigos.

Al Padre Vicario, que confío en que llegará el libro del santo Negro, pues si no ha llegado de Madrid cuando yo saliere ya dejo orden aquí para que cuando vayan los Fornaris a Mallorca se lo lleven. Y que procure inducirle devoción hacia mi señor S. Francisco Solano.

La adjunta va a Mado Maxica, vecina del convento, y es de su hijo Sebastián, que ha llegado de las Indias y me parece que se da buen trato.

Finalmente, el Señor nos junte en la gloria y guarde de presente a Vuestra Reverencia muchos años, como os lo suplico.

De esta casa de la santa misión y ciudad de Cádiz, a 20 de agosto de 1749.

El lector Palóu da a Vuestra Reverencia muchísimas memorias y se las dará de parte de los dos al señor Guillermo Roca y a su casa.

Cordial amigo en Cristo,
Fray Junípero Serra, indignísimo sacerdote.
Reverendo Padre Fray Francisco Serra, Religioso Menor.


CARTA DEL P. GEIGER AL PADRE SERRA

El P. Maynard J. Geiger, franciscano, de la Provincia de Santa Bárbara de California, consagró toda su vida, por disposición de los superiores, a la investigación y estudio de la vida y obra de Fray Junípero Serra. Usando los medios de trasporte a su alcance, incluidas muchas horas de camino a pie, recorrió los lugares por donde había pasado el gran misionero de aquellas tierras, y visitó todos los sitios en que suponía que podía encontrarse algún dato o documento referente a Fray Junípero o que pudiera ayudarle a conocerlo mejor. Tras muchos años de intensa investigación, consiguió reunir más de diez mil documentos que iluminan la figura del P. Serra. Tan prendado quedó de la personalidad de este extraordinario misionero y civilizador, que al final, entusiasmado, le escribió la siguiente carta que, evidentemente, es anterior a la beatificación de Fray Junípero.

Misión Santa Bárbara. California. Noviembre, 1943.

Carísimo Padre Serra:

Creo que ya te conozco tan íntimamente, que a veces me imagino ser tu compañero de viaje, tanto en alta mar como en aquellas largas y laboriosas caminatas tuyas por Méjico y California. Los mismos reportajes y cartas que tú escribías tan llenos de lógica persuasiva, tan repletos de planes para extender el Reino de Dios, tan llenos de visión de largo alcance combinados con un sentido práctico poco ordinario. Todo me parece misivas personales que me escribías, y no sólo tú mismo me revelas tu gran personalidad; también aquel estudiante, compañero y admirador tuyo, Fray Francisco Palou, me cuenta muchas cosas de ti que tu innata modestia te hubiera prohibido decirme.

Tus cartas, en verdad, serían del agrado de San Bernardo, porque se conforman con sus principios: «No disfruto de lo que me escribes a no ser que lleve el eco de Jesús». Tú pensabas en aquel santo nombre en tus horas de vigilia. Frecuentemente lo grababas con amor en las páginas de tus cartas, y mientras dormías, según atestigua el Padre Palou, a menudo exclamabas: «Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo».

Me parece poder seguirte desde la humilde y encantadora Petra hasta el famoso y pintoresco Monterrey, último término de tu terrena peregrinación.

Te veo caminar, con paso todavía débil, acompañado de la mano de tu padre, al templo franciscano de San Bernardino, y oigo allí aquellas primeras notas que salían de tu voz infantil y que más tarde sonaban como trompetas de clarín, aún hasta tu último «Tantum Ergo». Hiciste que la música de Dios se oyera hermosa en dos continentes.

Contemplo cómo vestiste el hábito del Pobrecillo de Asís, y te veo crecer en fervoroso celo y nostálgica oración, mientras siendo novicio en el convento de Jesús Extramuros te vas convirtiendo en misionero en potencia y mártir en deseo. Hiciste tus votos, y nunca te olvidaste de aquel día. «Viniéronme por la profesión todos los bienes», decías. Nunca dejaste de renovar estos votos anualmente, aunque los testigos fueran tan sólo los cactus del desierto, y la única luz, las brillantes estrellas del firmamento.

Al igual que en el caso de otros religiosos, tu vida de preparación para el sacerdocio fue obscura y sin sentido para el mundo exterior; pero allí sembraste la semilla de la futura grandeza. Como estudiante fuiste inteligente; como profesor, tan profundo como popular. Tu consejo era requerido por las altas esferas, al tiempo que eras suficientemente humilde para catequizar al ignorante.

Traigo a la memoria el emocionante acontecimiento de tu encuentro con el P. Palou en tu celda de Palma, cuando mutuamente os revelasteis vuestra vocación misionera, que reconocíais como llamada de Dios; y recuerdo la despedida de tus ancianos padres sin hablarles de tu ulterior destino. Fue duro para ellos, pero quizá más duro para ti, siendo como eras un hijo tan amante; pero no querías que se dijera de ti en el día del juicio: «Quien ama a su padre y a su madre más que a mí, no es digno de mí». Tú no podías escoger el camino de la indecisión.

Defendiste la fe contra las injurias del herético inglés en tu primer viaje en barco, aun cuando te hubiera podido arrojar a la mar. «Quien me confiese ante los hombres, yo también le confesaré delante de mi Padre celestial». Cuando las olas tumultuosas amenazaban tanto a ti como a tus compañeros en un inminente naufragio, noto aquella profunda fe tuya en Dios y en la intercesión de los santos, y cómo llegabas salvo a las playas de tus futuros campos de labor.

Durante el tiempo de tu vida caminaste y caminaste, aun cuando legítimamente hubieras podido haber cabalgado. Trabajaste y trabajaste, cuando razonablemente hubieras podido tomarte un descanso. Ni siquiera aquella pierna tuya dolorida pudo cambiar tus planes ni alteró tu política. Sangrante, fatigado y con dolor caminabas por los campos misionales, como la fiera herida que cojea a través del bosque que ama. No obstante, con todo este dolor, aun te parabas y contemplabas las rosas, aunque sólo por breves momentos, porque el único pensamiento ardiente de tu mente y la única pulsación de tu corazón eran las almas de los indios, pues el ver un aborigen sin convertir te hacía exclamar: «Induimini Dominum Jesum Christum» (Revestíos del Señor Jesucristo).

Penetras en la Sierra Gorda como voluntario de Cristo y conviertes aquella zona montañosa en frondoso jardín, rejuvenecido con el Reino de Cristo. El Salvador Crucificado, su Madre Inmaculada, los Santos Angeles, vinieron a ser los héroes venerables de los Pames.

Viajaste por los anchos caminos y por los estrechos senderos de Méjico, llamando a los pecadores al arrepentimiento, teniendo por nada la hambre y la fatiga, el calor y el frío, con tal de que fuera mejor conocido y amado Cristo el Señor.

Cruzas el Golfo de California y vas a un páramo sembrado de misiones, en donde edificas sobre fundamento de otros. Mas tus anhelos no se satisfacen hasta que das con el corazón del país realmente pagano, donde el nombre de Cristo jamás había sido mencionado, y allí manifiestas tu más genuino celo.

Mantienes fijos los ojos en la estrella del norte celestial, a fin de añadir nuevas tierras al reino cristiano. Si otros hubieran sido tan celosos y dinámicos como tú, hubieras llegado a ser el Apóstol de Alaska, así como lo eres de California. Para ti la tierra no tenía fin. Siempre adelante, siempre adelante, por Cristo.

Las únicas rosas en tu vida fueron las de la orilla del camino; tu cama, una tabla. Cada paso que dabas era un dolor, cada movimiento era una angustia para tu alma, porque aquellos que debían ayudarte gozaban de colocar obstáculos sobre tu camino. Pero como lograste tal éxito, a pesar de la escasa ayuda recibida, la gente hoy te aclama como un héroe y pionero de pioneros. Y porque tu móvil era sobrenatural, la gente ya te aclama como santo y espera con ansias la declaración oficial de la Iglesia que tú amaste.

A través de tus cartas sé cuan tenaz, cuesta arriba, esforzada y cuajada de obstáculos fue tu carrera, pues en ellas reflejas los dolores de cabeza y corazón de aquellos tempranos días de labor por Cristo.

Yo comparto contigo tus alegrías y tus penas; tus temores y tus momentos de victoria. Siempre que poso sobre la colina del Presidio de San Diego, sobre aquel lugar el más sagrado de California, te veo arrodillado en oración, con la cruz del Crucificado en una mano y en la otra la imagen de Nuestra Señora, rezando en voz alta mientras la flecha india hiere la mano del Padre Vizcaíno y mata a tu sirviente indígena.

Te veo alborozado en San Antonio cuando suenas las campanas misionales recién levantadas, a fin de que el mundo entero conozca y acuda a Cristo.

Yo te acompaño de vuelta a Méjico para interceder por la causa de las misiones, cuando veías que podían frustrarse tus planes más nobles. Te oigo denunciar a los soldados inmorales y me pongo a tu lado, cuando igualas tu ingenio al de los astutos gobernantes. Te veo enrojecer con ira justificable, porque eres hombre y no ratón. San Pablo era así. Dicen que eras manso. Sí, lo fuiste, pero tu mansedumbre jamás degeneró en debilidad. Tenías un Amo a quien servir y almas a quienes salvar. Tu espíritu dinámico era necesario a los ojos de Dios para ganar las victorias que conquistaste. En este aspecto siempre te defenderé.

A lo largo de la dorada playa, veo levantarse nueve misiones blancas y hermosas que la gente aclama como lo más pintoresco de California. Puedes haber reconocido esto, pero tus pensamientos fueron para las almas indias. Un indio sin redimir hacía sangrar tu corazón; la misión sin fundar espoleaba tu celo, mas con todo tú eras paciente y prudente. Los niños de piel cobriza de los desfiladeros y los llanos se acercaban confiados a ti, porque veían en ti al ser sin egoísmos e interesado sólo por ellos. A sus almas dispensabas el alimento espiritual de los Santos Sacramentos y a sus cuerpos dabas comida y vestido.

Tu labor terminada, tu cuerpo roto, pero tu espíritu valiente hasta el fin lo recuerdo en la escena tuya en el Santo Carmelo. Tan única y edificante que ha sido plasmada en lienzo e inmortalizada en la literatura. Ningún hombre murió como tú. Y entonces en un vuelo abres tu camino hacia Dios, para gozar del primer y verdadero descanso. Quienes te enterraron y para quienes fuiste caballero y asceta hasta lo último, creen que fuiste derecho a Dios. Esto lo testificaron en tantísimas palabras, cuando escribieron a Méjico y a España, declarando que eras un santo. Sus declaraciones las tengo siempre a mi lado. Serán valiosos testimonios cuando sea voluntad de Dios tu canonización. Tu sepulcro es glorioso y los pueblos vienen y se postran en donde tú pasaste al Creador. Te llaman Padre Serra, hombre de hombres, hombre de Dios.

Querido Padre, tu gloria futura entre hombres está en las manos de Dios. Sus caminos no son nuestros caminos. Quizá nuestras oraciones no son aún bastante fervorosas, nuestra fe no sea la fe que mueve montañas. Si a través de tu intercesión se engendra en nosotros una fe verdadera y un fervor profundo, entonces se habrá logrado un glorioso comienzo.

Hace mucho tiempo que moriste, y aun cuando eres mejor conocido, van surgiendo tantos obstáculos en el camino de promover tu causa, que he llegado a la conclusión de que tu camino hacia los altares ha sido algo paralelo a tu carrera en la tierra: un período de olvido, un período de incomprensión y negligencia, un período de batalla y después el tiempo coronará el logro y la victoria. Contigo exclamo: «¡Paciencia, paciencia! ¡Fiat voluntas Dei!», «¡Hágase la voluntad de Dios!».

Tengo a San Antonio en la pista de tus cartas, aquel a quien tú llamabas «mi amado San Antonio». Tu ejemplo y tu intercesión suministrarán la paciencia y el celo invencibles, necesarios para proseguir tu causa a despecho de la guerra, la miopía humana y la «demora de la ley», inevitable en tu caso a consecuencia de las muchas cosas que escribiste, dijiste e hiciste. Pero la fe que tengo en tu causa nunca se obscurecerá, así como tu fe en el éxito de tu misión en California nunca disminuyó.

Tu progreso hacia los altares puede ser lento, pero cuando llegues allí yo aseguro un rejuvenecimiento espiritual del que California está necesitada. Tenemos una tierra de hermosura que mana leche y miel. Tenemos por tu causa ricas tradiciones espirituales, negadas a otros lugares. Sin embargo, no somos tan ricos en los valores del espíritu como deberíamos serlo. Quizá pensamos demasiado en términos de Hollywood, yates y magníficas autopistas. Sabes que ya no hacemos muchas caminatas y si guardamos vigilias hay luces de neón en la vecindad.

Cuando se coloque la aureola en torno a tu cabeza, el sacrificio de sí mismo, el amor al prójimo, la búsqueda primero del Reino de Dios significarán mucho más para todos los californianos. Estoy seguro. Carmel será entonces la meta de nuestros caminos terrenos y, de allí en adelante, muchos comenzarán a pisar el sendero estrecho, como el de tu propio Camino Real de antaño, hacia la playa de la eternidad.

Tu amigo,
Fr. Maynard.

.