DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

24 de mayo
BEATO JUAN DE PRADO (1563-1631)

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Sacerdote franciscano español, misionero y mártir en Marruecos.

Nació de familia noble hacia el año 1563 en el pequeño pueblo de Morgovejo, en las montañas de León, ya en las estribaciones de los Picos de Europa santanderinos y en la cabecera del río Cea. Estudió en Salamanca hasta que, a la edad de 21 años, vistió el hábito de san Francisco en el convento de Rocamador (Badajoz), perteneciente a la Provincia franciscana de San Gabriel. Cumplido el año de noviciado, profesó el 18 de noviembre de 1585. Completados los estudios y ordenado de sacerdote, se dedicó a la vida de oración y penitencia, armonizada con un intenso apostolado. Su buena preparación teológica hizo de él un predicador estimado; además, participó en la controversia en torno a la inmaculada Concepción de María, defendiendo, en sintonía con la escuela franciscana, el gran privilegio concedido por Dios a la Virgen.

Sus cualidades y sus virtudes le ganaron la confianza de los superiores de la Orden, que le confiaron cargos de responsabilidad: maestro de novicios, varias veces guardián de diferentes conventos, dos veces definidor o consejero del Provincial. Cuando el año 1620 la Provincia de San Gabriel se dividió en dos, fue nombrado primer Ministro de la recién formada con el título de San Diego en Andalucía. La gobernó hasta 1623, y ya liberado del cargo, quiso ir a la Isla de Guadalupe para evangelizar a los nativos; hizo las oportunas gestiones, y consiguió tanto la autorización civil como la eclesiástica, pero las múltiples complicaciones surgidas, ajenas a su voluntad, frustraron el proyecto.

La Misión de Marruecos, de tan larga tradición franciscana desde el mismo siglo XIII, consagrada en 1220 y precisamente en Marrakech con la sangre de los protomártires franciscanos, san Berardo y compañeros, y fecundada siete años más tarde en Ceuta por la predicación y martirio de san Daniel y sus compañeros, subsistía a principios del siglo XVI, si bien restringida a la asistencia de los cautivos cristianos. Después, a principios del siglo XVII, quedó interrumpida y se hallaba carente de predicadores evangélicos que atendieran a los esclavos e inmigrados católicos, sujetos a tan adversas circunstancias y a tan grande peligro de abandonar su fe. En estas circunstancias, un caballero y mercader toledano residente en Cádiz, que se llamaba Alonso Herrera de Torres y que tenía un agente de sus negocios en Marruecos, informó a Fr. Juan de la situación de abandono religioso en que se encontraban en Marrakech desde hacía años los cautivos cristianos. Esto impresionó a nuestro Beato y avivó en él la conciencia misionera. Entendió que era Dios quien le habría las puertas para cumplir sus antiguos deseos de ir entre infieles, lo trató con el mencionado Alonso Herrera y éste, mediante su agente, consiguió un salvoconducto y licencia del rey Muley Luali para ir a Marrakech a administrar los sacramentos a aquellos afligidos cristianos que tanta necesidad tenían de ministros del Señor.

Por su parte, fray Juan hizo rápidamente las pertinentes diligencias para obtener las preceptivas licencias de las autoridades civiles, eclesiásticas y de su propia Orden. Con todos los papeles en regla y, además, autorizado y bendecido por el papa Urbano VIII con singulares facultades y privilegios que lo convertían en Prefecto apostólico de las misiones de aquel imperio, el beato Juan de Prado, ya entrado en años, partió el día 27 de noviembre de 1630 de la ciudad de Cádiz, de cuyo convento de Nuestra Señora de los Ángeles era entonces guardián, con dos compañeros, Fr. Matías de San Francisco, sacerdote, y Fr. Ginés de Ocaña, hermano lego. Tras un viaje accidentado, la víspera de la Inmaculada llegaron a Mazagán (El Jadida), entonces plaza portuguesa, situada en la costa atlántica de Marruecos, a unos 90 Km. al sur de Casablanca. Fueron bien recibidos, pues hacía más de cuarenta años que no habían visto allí un hábito franciscano, y los frailes, por su parte, se ganaron la admiración y voluntad de todos por su apostolado y por el ejemplo de sus vidas. Aquella cuaresma, la de 1631, nuestros misioneros la pasaron predicando y confesando, confortando y edificando a los habitantes de la fortaleza con su palabra y su comportamiento.

Mientras tanto, cuando Fr. Juan llegó con sus compañeros a Mazagán, había muerto el rey que le había enviado el salvoconducto, por lo que el gobernador de la plaza, temiendo la crueldad del nuevo rey, les aconsejó que no llevaran adelante sus propósitos. Pero un buen día, empujados por sus ansias misioneras, Fr. Juan y Fr. Matías salieron disimuladamente de la fortaleza, dejando allí a Fr. Ginés para mayor disimulo. Cuando se enteró el gobernador, salió a buscarlos, los encontró y, con la promesa de que los enviaría con más facilidades y medios, los devolvió a Mazagán. Y en efecto, no tardó en enviar a los tres frailes con gente que los acompañaron hasta junto a Azamor, lugar de moros, distante unas seis leguas de Mazagán. Los misioneros se despidieron con amor y ternura de sus acompañantes a la vista de muchos moros, y fray Juan puso un paño blanco en su bordón convirtiéndolo en bandera de paz. Era el 2 de abril de 1631. Los moros los llevaron al alcaide, que los recibió bien porque llevaban una carta del gobernador de Mazagán en la que le decía al alcaide que los religiosos tenían salvoconducto y licencia del rey para pasar a Marruecos.

Luego, el alcaide le dijo a Fr. Juan que el rey que le había dado el salvoconducto había muerto y que, por tanto, él y sus compañeros eran cautivos del nuevo rey, y mandó que los llevaran a su presencia presos. Hicieron el viaje con las incomodidades y trabajos fáciles de imaginar. Cuando llegaron a Marrakech, entonces capital del reino, los presentaron al rey, que los recibió con buen semblante y los mandó llevar a la Sagena, que era la cárcel de los cautivos. Días después, el rey mandó llamar a Fr. Juan y le hizo algunas preguntas acerca de su viaje, a lo que el siervo de Dios respondió con humildad y libertad cristiana. Pasados pocos días, llamó a los tres frailes y, en presencia de otras autoridades del reino, preguntó a Fr. Juan a qué había ido sin licencia suya. El siervo de Dios le respondió que había ido con licencia de su hermano, ya difunto, a administrar los santos sacramentos a los cristianos cautivos. Y como el rey le preguntase cuál era mejor, la ley de los cristianos o la ley de Mahoma, Fr. Juan le respondió que la de Mahoma no era verdadera ley, y que sola la de los cristianos era la verdadera ley por la que se salvaban los fieles que creyéndola hacían buenas obras guardando lo que en ella se mandaba. Se enojó el rey y lo mandó azotar cruelmente en su presencia. Los volvieron a encerrar en prisión estrecha, oscura y húmeda, entregados a un guardián, renegado y cruel, que se ensañaba con ellos; y los tuvieron muchos días obligados a moler sal con la que luego se fabricaría pólvora. Allí se encontraron con Francisco Roque Bonet, natural de Vic, hombre importante con el anterior rey y que, una vez liberado, contaría lo que había presenciado. Los frailes soportaban con paciencia y humildad los malos tratos, y Fr. Juan, con devotas y fervorosas palabras, exhortaba a sus compañeros y los animaba a padecer por Dios tantas penalidades.

Volvió el rey a llamar a nuestro Beato, y después de discutir con él largo rato sobre cuestiones de fe sin conseguir doblegar su firmeza, lo mandó azotar de nuevo con tanta crueldad que lo dejaron como para expirar, tras de lo cual lo devolvió a la prisión. Aquella noche la pasó el siervo de Dios con sus hermanos en oración, bendiciendo y alabando al Señor. Antes del amanecer, dijo misa, dio la comunión a los que estaban con él en la mazmorra y les dirigió una devotísima y fervorosa plática espiritual exhortándolos y animándolos a padecer por Dios y por su fe. Por la mañana, fueron los funcionarios reales y se llevaron a Fr. Juan y a sus dos compañeros a la presencia del rey, el cual hizo varias preguntas a nuestro Beato y luego trató de persuadir a sus hermanos de la falsedad de la secta cristiana. Entonces el siervo de Dios, levantando la voz, dijo al rey: «¡Tirano, que quieres hacer prevaricar las almas que Dios crió para sí!». El rey montó en cólera e hirió con su alfanje a Fr. Juan en la cabeza. También los servidores del rey lo hirieron en la boca con sus armas porque seguía predicando. Ordenó el rey que le trajeran un arco y saetas, y le tiró cuatro, malhiriéndolo. Luego mandó que lo llevasen a las puertas de su palacio y allí lo quemaran vivo. El siervo de Dios estaba tan debilitado, que no se podía tener en pie. Los cautivos cristianos, a quienes les ordenaron que lo llevasen, por lástima se excusaban y no querían, por lo que les daban muchos palos. El siervo de Dios les decía com amor y ternura: «¡Ea, hijos!, llevadme que no ofendéis a Dios al llevarme; mirad que me lastima el que os traten mal, llevadme». Y lo llevaron a la puerta principal del palacio real. El rey salió a una ventana para verlo. Trajeron al lugar mucha leña y, mientras la apilaban y lo disponían todo, un moro le propinó tales golpes con un palo grueso, que dio con él en tierra. Luego lo pusieron sobre la leña y le prendieron fuego mientras el bendito fraile aún estaba predicando. Los moros presentes le tiraron muchas piedras y así, torturado, apedreado y quemado vivo, acabó su dichosa vida en Marrakech el 24 de mayo de 1631.

Después recogieron lo que quedó de sus huesos con los tizones y cenizas y lo echaron en el sumidero que había cerca del lugar en que lo inmolaron. Los cristianos recogieron como reliquias los huesos que pudieron, y los guardaron escondidos. Los compañeros del beato, Fr. Matías y Fr. Ginés, continuaron encarcelados, y el rey tuvo con ellos reiteradas disputas, particularmente con el P. Matías, a quien el soberano mandó azotar una y otra vez con tal crueldad, que Fr. Ginés y Francisco Roque llegaron a tenerlo por muerto.

Pero las cosas cambiaron pronto. Un hermano del rey, a quien éste tenía encarcelado, se amotinó apoyado por los renegados y mató al tirano, proclamándose nuevo rey. Éste dio la libertad a algunos cautivos y a los dos religiosos les dio la facultad de marcharse y de continuar administrando libremente su iglesia. Con la mediación del duque de Medina Sidonia, los restos del beato Juan se trajeron a España, vía Mazagán, llegando a Sanlúcar de Barrameda; luego reposaron primero en Sevilla y a partir de 1888 en Santiago de Compostela. Fray Juan fue beatificado por el papa Benedicto XIII el 24 de mayo de 1728.

[Se han tomado datos de J. M. Pou y Martí, Martirio y beatificación del B. Juan de Prado, restaurador de la Misiones de Marruecos, en Archivo Ibero-Americano 14 (1920) 323-343]

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BEATO JUAN DE PRADO

Nació el Beato Juan de Prado en Morgovejo, en el reino de León, de una familia ilustre en toda España.

A los cinco años quedó huérfano, por lo que un sacerdote, movido a piedad, le envió a Salamanca para su educación; pero desaparecidos sus bienes por culpa de su tutor, bien pronto empezó a sentir gran fastidio por el mundo; y a los veinticuatro años abrazó el estado religioso tomando el hábito franciscano en la Provincia de San Gabriel.

Desde el primer momento se distinguió por su gran amor a la perfección, y, estudiada la teología, fue destinado a predicar y confesar, ministerios para los cuales estaba favorecido del cielo con dotes singulares. Estas ocupaciones no le impedían la presencia continua de Dios y el ejercicio de la santa oración, en la que concibió deseos de pasar a tierra de infieles para ejercer allí su apostolado, aunque todavía no era el momento oportuno. Mientras llegaba éste, se dio a la austera mortificación de su carne, ayunando todo el año, durmiendo en el suelo y macerándose con cilicios y disciplinas. A la mortificación exterior unía la del espíritu, obedeciendo a todos, hasta a los novicios, haciendo los oficios más humildes aun siendo Guardián de Badajoz y de Sevilla.

A pesar de ser angelical, le levantaron una grave calumnia contra la pureza, que soportó en silencio sin defenderse, manifestando que sólo sentía el escándalo y el desdoro de la Orden. Bien pronto resplandeció su inocencia, y dadas todas las satisfacciones imaginables, fue nombrado Provincial en atención a su prudencia, a su severidad consigo mismo y su celo por la observancia.

Pudo conseguir, no sin graves dificultades, el permiso para trasladarse a Marruecos, para lo que obtuvo licencia de Urbano VIII, y en Mazagán se dedicó con gran celo a la evangelización de los soldados y demás fieles, que estaban muy abandonados en sus deberes religiosos.

Quiso salir de Mazagán para la capital, adonde iba destinado, pero se lo impidieron repetidas veces con pretextos de prudencia hasta que acompañado de otro fraile, el P. Matías, logró sus anhelos. Al llegar a las cercanías de Marrakech y ver a los esclavos cristianos, abrazóse a ellos, los consoló y les prometió dedicarse por completo a la atención de sus almas. Bien pronto tuvo noticia el Sultán de la llegada de los dos religiosos, y los hizo comparecer en su presencia. Al conocer el objeto de su venida, los encerró en un calabozo, cargados de cadenas. Venía con ellos un fraile hermano lego, a quien, como al P. Matías, había profetizado el beato Juan la próxima libertad después de morir él.

Los obligaron a moler diariamente muchos kilos de sal para fabricar pólvora, y cuando no terminaban la cantidad de labor señalada, les castigaban con palos. Sus cadenas no les impedían decir misa cotidianamente, enseñar y alentar a los cautivos y trabajar en la conversión de los paganos. Cuantas veces fue llamado a la presencia del rey, otras tantas dio respuestas dignas de los primeros mártires del cristianismo, tan claras y enérgicas, con tales razones, que parecían convencer o al menos confundir al rey.

Un día, por fin irritado del valor intrépido del santo, lo mandó azotar atado a una columna, y como no cesase de predicar la fe cristiana, el mismo rey le dio un fuerte golpe en la cabeza con su cimitarra. Después lo asaetearon y, como aun tuviera vida, después de darle muchas puñaladas, lo echaron en una hoguera para quemarlo vivo. Allí lo remataron a pedradas, rompiéndole el cráneo de un cruel hachazo.

Sus venerandos restos fueron traídos a España por sus compañeros, y recibidos con gran honor en Sanlúcar de Barrameda por el duque de Medina Sidonia, siendo trasladados años después a Santiago de Galicia.

Sufrió el martirio el 24 de mayo del año 1631, a los sesenta y ocho años de edad.

Glorioso por los milagros que obraron sus sagradas reliquias, lo beatificó Su Santidad Benedicto XIII, siendo venerado como patrón y protector de las misiones franciscanas de Marruecos.

[L. M.ª Fernández Espinosa, Año Seráfico, Tomo I, Barcelona-Madrid, Biblioteca Franciscana, 1932, pp. 454-457]

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BEATO JUAN DE PRADO

El Beato Juan de Prado ha pasado a la historia de los Hermanos Menores como el restaurador de las Misiones franciscanas en Marruecos.

Llegó, vio y venció; todo en un santiamén, y con singularidades notables: se convierte en misionero a los 67 años, y vence, triunfador con la palma del martirio, en solo un año, dejando fecundada con su sangre la heroica presencia franciscana en el reino de Marruecos.

Morgovejo (León) va asociado al nombre del gran padre de la Iglesia en el Perú, Santo Toribio de Mogrovejo, graduado en Cánones en la Universidad de Santiago, después de visitar, laico aún, la tumba del Apóstol; y Morgovejo es el pueblo natal del beato Juan de Prado, cuyos restos descansan en la misma ciudad de Compostela.

Nacido en 1563, realizó sus estudios en Salamanca. Allí maduró su vocación franciscana. Cumplidos los 21, tomó el hábito de San Francisco en el convento de Nuestra Señora de Rocamador en Badajoz. Pronto sus hermanos de Orden lo descubrieron como hombre emprendedor, con dotes de gobierno, y lo situaron desde muy joven en cargos de responsabilidad. Sus años se suceden como guardián de diversos conventos, siendo elegido dos veces definidor provincial. Al fundarse la provincia franciscana de San Diego, es elegido primer ministro el 19 de diciembre de 1620.

Sus designios eran claramente misioneros, y él mismo, terminado el trienio de su provincialato, decide atravesar el Atlántico para misionar en la Isla de Guadalupe. No resultaron viables sus propósitos, que mantuvo en una larga espera de siete años, ya entrado en la vejez. Conservaba muy joven el alma y su vocación misionera se consolidó con temple heroico: su destino vino a ser el de una misión verdaderamente heroica en el medio musulmán de Marruecos. El destino lo había acercado geográficamente. Se hallaba de guardián en el convento gaditano de Nuestra Señora de los Ángeles: Marruecos a la vista. Era el momento de seguir «las huellas del Caudillo enamorado».

El día 27 de diciembre de 1630 parte para Marruecos acompañado de sus hermanos fray Matías de San Francisco y fray Ginés de Ocaña. Lleva como el mejor refrendo el mandato de los Superiores de la Orden y, sobre todo, del papa Urbano VIII que le ha conferido facultades de prefecto apostólico. No ha procedido a ciegas: en su pobre valija lleva también un salvoconducto del Rey de Marruecos Abd al-Malik, que venía demostrando una actitud benévola hacia España.

Fray Juan de Prado, muy curtido en tareas de gobierno, todo lo ha previsto con exquisita prudencia. Pero el hombre propone y Dios dispone. Cuando llega a Marruecos, se encuentra con la más desconcertante novedad: el rey amigo de España ha muerto, y las cosas han cambiado radicalmente porque el trono lo ocupa su hermano Mulaj al-Walid, declarado enemigo del cristianismo. ¿Qué hacer? La fortaleza portuguesa de Mazagán es lugar seguro de acogida. Sus primeras labores, en tierra extraña, se centran en los cristianos que habitan la fortaleza. Llevaban más de cuarenta años sin recibir la visita de un sacerdote. Pero él ha llegado para atender a los muchos cristianos cautivos y misionar entre los musulmanes y no hay quien lo pare, ni siquiera los consejos disuasivos del gobernador portugués, que conoce perfectamente la situación. Su largo martirio va a comenzar inmediatamente. Desde luego, no lo tenía descartado pues tenía muy presentes a los protomártires de la Orden Seráfica, San Berardo y compañeros, que ya en 1220 habían regado con su sangre aquellas tierras, seguidos, siete años más tarde, de los también franciscanos San Daniel y compañeros mártires. Él se había dirigido a Marruecos dispuesto, si fuera preciso, a repetir su gesta.

Su fiel compañero fray Matías, que sobrevivió milagrosamente a la persecución, fue el testigo cualificado de sus padecimientos y de su muerte, y no vaciló en consignarlos inmediatamente, publicando su relación en Madrid, en 1643, cuando sólo habían transcurrido doce años de la muerte de fray Juan. Pero antes de que la Relación de fray Matías apareciera impresa, ya el sexto ministro de la provincia de San Diego, fray Juan de Puelles, había enviado a Roma las primeras informaciones, que completó varios años después en una amplia memoria que, en realidad, fue el primer paso orientado a obtener la beatificación; siempre contando con el testimonio directo de fray Matías.

Nos consta así que, dejando al hermano en la fortaleza, él y fray Matías se adentraron furtivamente seis leguas, llegando a Azamor. De nada le valió el salvoconducto del rey anterior. Apresado por el alcaide fue enviado a la presencia del nuevo rey, al que tuvo que dar cuenta de sus proyectos. La relación parece arrancada de las antiguas actas de los mártires: sucesivas comparecencias ante el rey, con intervalos de prisión cada vez más inhumana; controversias seguidas de flagelaciones. La sentencia final fue morir en la hoguera. «Tirándole los moros muchas piedras y así apedreado y quemado vivo, acabó su hermosa vida», escribe fray Juan de Puelles.

No tardaron en mejorar los tiempos con el acceso al trono de un nuevo rey, «nieto de una renegada andaluza y por eso muy afecto a los cristianos». Los franciscanos, con el apoyo del Duque de Medina Sidonia, pudieron traer a España sus restos, comenzando muy pronto un proceso de beatificación bastante prolongado en el tiempo. El papa Benedicto XIII lo declaró beato el 24 de mayo de 1728.

En 1862 el convento de San Francisco de Santiago, aniquilado con la exclaustración, renacía convertido en Colegio de Misioneros Franciscanos para Tierra Santa y Marruecos. Su templo era el lugar más adecuado para cobijar los restos del beato que desde 1889 inspiran devoción y temple martirial.

Bibliografía: Baudot, J. - Chaussin, L., OSB, Vies des Saints et des Bienheureux, VII: Juillet (París 1947). Castellanos, M., Compendio biográfico del glorioso mártir B. Juan de Prado (Tánger 1904). Fernández, F., Los Franciscanos en Marruecos (Tánger 1921). Pou y Martí, J. Mª, Martirio y Beatificación del B. Juan de Prado, restaurador de las Misiones de Marruecos, en Archivo Ibero-Americano 14 (1920) 323-343. San Diego, B. de, Vita, Martirio e Miracoli del V. P. Fr. Giovanni de Prado (Roma 1714).

[José M. Díaz Fernández, en Año cristiano. V. Mayo. Madrid, BAC, 2004, pp. 530-533]

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BEATO JUAN DE PRADO

Franciscano, nacido en Morgovejo (León) el año 1563 y muerto en Marruecos el 24 de mayo de 1631, mártir y beato.

Finalizados sus estudios en Salamanca, recibió el hábito franciscano en el convento de Rocamador (Badajoz), en 1584. Desde muy joven se le encomendaron cargos de responsabilidad en la Orden. Fue repetidas veces guardián de diversos conventos y, dos veces, definidor provincial. Al fundarse la nueva provincia de San Diego, es elegido primer ministro de la misma (19-XII-1620), cargo que desempeñó durante tres años.

Finalizado su mandato en diciembre de 1623 intentó pasar como misionero a la isla de Guadalupe en América, pero motivos ajenos a su voluntad se lo impidieron. No obstante, sus deseos de misionar se cumplirán algún tiempo después en misión más cercana, aunque más difícil. El día 27 de noviembre de 1630 partía de Cádiz, de cuyo convento de Nuestra Señora de los Angeles era a la sazón guardián, rumbo a Marruecos, acompañado por dos religiosos de su Orden, Matías de San Francisco y Ginés de Ocaña, provisto de autorización de sus superiores y del papa Urbano VIII, que le concede facultades como prefecto apostólico y de un salvoconducto del rey de Marruecos 'Abd al-Malik, benévolo hacia los españoles.

Durante el viaje murió 'Abd al-Malik y ocupó el trono su hermano, Mulaj al-Walid, enemigo de cuanto fuera cristiano. Llegado Juan de Prado a Mazagán, fortaleza portuguesa, dedicóse durante algún tiempo al ministerio apostólico entre aquellos fieles. Intenta internarse en el reino de Marruecos, desoyendo los consejos del gobernador portugués, y es apresado por los moros que lo llevan ante el nuevo rey, quien tras cortos días de cárcel y de prolongado y cruel martirio, ordena que sea quemado vivo. Fue beatificado por Benedicto XIII el 24 de mayo de 1728. La Iglesia celebra su festividad el mismo día.

Bibliografía: B. de San Diego, Vita, Martirio e Miracoli del V. P. Fr. Giovanni de Prado, Roma 1714; M. Castellanos, Compendio biográfico del glorioso mártir B. Juan de Prado, Tánger 1904; J. M. Pou y Martí, Martirio y Beatificación del B. Juan de Prado, restaurador de las Misiones de Marruecos, en Archivo Ibero-Americano 14 (1920) 323-343; F. Fernández, Los Franciscanos en Marruecos, Tánger 1921; J. Baudot, Vies des Saints et des Bienheureux, París 1947.

[Hermenegildo Zamora, OFM, s.v. Prado, Juan de, en Q. Aldea (dir), Diccionario de Historia Eclesiástica de España, III, Madrid 1973, 2013-2014].

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BEATO JUAN DE PRADO

Sacerdote y mártir, de la Primera Orden Franciscana (1560-1631). Beatificado por Benedicto XIII el 24 de mayo de 1728.

Juan de Prado nació en Morgovejo, España, en 1560, de nobles padres. Interrumpió los estudios en la universidad de Salamanca para vestir el hábito religioso entre los Hermanos Menores de Rocamador el 16 de noviembre de 1584; al año siguiente, el 18 de noviembre, hizo su profesión. Ferviente predicador y buen teólogo, tomó parte en las polémicas sobre la Inmaculada Concepción. Desempeñó los oficios de guardián en diversos conventos, maestro de novicios y dos veces definidor. Por sus virtudes y dones fue escogido para gobernar la nueva Provincia franciscana de San Diego, erigida en 1620. Bajo su provincialato intentó la restauración de la misión franciscana de Marruecos. En efecto, en 1630 obtuvo ser destinado a Marrakesh, capital de Marruecos, para asistir espiritualmente a los esclavos cristianos. Obtenido el salvoconducto del Sultán y provisto por Urbano VIII de las facultades de Prefecto apostólico de la misión, con otros dos frailes partió de Cádiz el 27 de noviembre de 1630.

Después de haber ejercido el ministerio en Mazagán por tres meses, intentó llegar a Marrakesh; arrestado en Azamor por las autoridades musulmanas, fue conducido a Marrakech el 2 de abril de 1631. Presentado al nuevo Sultán Mulay, confesó valientemente la fe cristiana. Fue puesto en prisión y flagelado varias veces; durante su última polémica religiosa con el sultán, fue apuñalado por éste, herido con flechas y condenado a la hoguera en la plaza del palacio. Mientras predicaba todavía sobre la hoguera intrépidamente la fe, fue ultimado a pedradas y a golpes de tronco, el 24 de mayo de 1631. Tenía 71 años. La tierra de Marruecos, bañada con la sangre de los Protomártires franciscanos y de los mártires de Ceuta, San Daniel y compañeros, recogió también la sangre de este ilustre hermano que por largos años había ejercido el apostolado en tierras de España y se había preparado para el martirio con rígidas penitencias, afianzadas en una desbordante vida de oración. Su gloriosa muerte fue acompañada de muchos milagros y numerosas conversiones.

[Ferrini-Ramírez, Santos franciscanos para cada día. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 157-158]

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