DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

5 de marzo

BEATO JEREMÍAS DE VALAQUIA (1556-1625)

por Francisco Javier Toppi, o.f.m.cap.

.

 

Hermano profeso capuchino, que nació en el seno de una familia campesina de Rumania y, en su juventud, emigró a Nápoles (Italia). Las virtudes aprendidas en el hogar, las desarrolló durante su larga vida religiosa en el oficio de enfermero, en el que prodigó su entrega, ternura y amor a los más débiles y desamparados. Lo beatificó Juan Pablo II en 1983, y es el primer rumano elevado oficialmente al honor de los altares.

Decía el Papa en la homilía de la beatificación: «Manantial inagotable de su vida interior era la oración, que le hacía crecer cada día en el amor al Padre y a los hermanos. Sacaba motivación y fuerza de la meditación asidua del crucifijo, de la intimidad con Jesús eucarístico y de una devoción filial a la Madre de Dios. Se prodigó generosamente por los pobres y empleó toda clase de medios para aliviarles las miserias. Con lúcida magnanimidad de espíritu decía que debemos inspirarnos en la liberalidad del Padre celestial y dar gratuitamente lo que gratuitamente recibimos para compartirlo con los hermanos necesitados. En la atención a los enfermos gastó toda la riqueza de su generosidad y abnegación heroica. Prestaba servicio sin tregua, se reservaba cual ansiado privilegio los servicios más humildes y fatigosos, y elegía siempre cuidar a los enfermos más difíciles y exigentes. Caridad tan extraordinaria no podía quedar encerrada entre las paredes del convento. Eclesiásticos, nobles y gente del pueblo pedían la visita del fraile de Valaquia cuando estaban enfermos. Y justamente por ir a visitar a un enfermo en un riguroso día de invierno, contrajo la pleuroneumonía que derrumbó su robusta fibra».

Fray Jeremías nació en Valaquia Menor, la actual Moldavia Inferior de Rumania; a los 18 años dejó su patria y marchó a Italia, donde permaneció hasta la muerte. Obedeció a una voz del Señor que le llegó, como a Abraham, a través de una experiencia interior y bajo el estímulo de unos signos exteriores convergentes.

Diversas veces contó a sus hermanos y amigos que el impulso para tal paso le vino cuando su madre le contaba cosas de Italia, una tierra singular, «donde estaban los buenos cristianos, donde todos los monjes eran santos y donde vivía el papa, vicario de Cristo».

Contaba también que un día, al ir al mercado de verduras con los frutos de sus campos, topó con un viejo mendigo, de quien recibió esta palabra: «Tú has de ir lejos, más allá de los montes, a tierras meridionales, a un país que se llama Italia. Recorrerás un camino muy largo y sufrirás mucho. Pero no tengas miedo, porque no te ha de pasar nada malo. Al término de tu viaje te pondrás al servicio de un grandísimo Señor; lo servirás con inmenso amor y gozo y serás gratificado generosamente».

Era un joven campesino. No sabía leer ni escribir. Hablaba sólo el dialecto de su región. Desconocía el camino que tendría que andar. No tenía recursos ni tampoco un claro programa, cuando abandonó su patria y familia para marcharse a Italia.

¿Se puso en camino por aquella sugerencia de la madre...? Pero cuando partió no le dijo nada, porque tenía motivos para pensar que nunca se lo habría consentido.

¿Se decidió por la predicción del viejo mendigo...? Pero, dado su carácter, templado en el trabajo del campo al duro realismo de la vida, aquella indicación era demasiado vaga e inadecuada para decisión tan comprometedora.

Para admitir que él se decidiera con tanta determinación y con tanta capacidad de resistencia, cuando la hubo de necesitar, hay que pensar que entre medio andaba el Señor. El Señor se hizo sentir en el corazón del joven, sirviéndose también de las palabras de la madre y del viejo mendigo. Fue un designio de amor y todo lo hizo converger para llevarlo a cumplimiento.

Viaje a Italia

Fray Jeremías había nacido en Tzazo, pequeña aldea de campesinos y pastores, el 29 de junio de 1556. Primogénito de cuatro hermanos y dos hermanas, recibió en el bautismo el nombre de Jon (Juan). Sus padres, Stoika Kostist y Margarita Barbato, eran agricultores holgados y con los hijos cultivaban una suficiente propiedad.

El ambiente familiar era sano y religioso. En los testimonios de los procesos canónicos de beatificación, los hermanos que convivieron con fray Jeremías se hacen eco unánimemente de los recuerdos edificantes que conservó siempre con nostalgia de su familia y de su tierra.

El abuelo materno, en un riguroso invierno, hizo talar en el monte leña a su propia costa para distribuirla gratuitamente entre los pobres.

En cierto tiempo de carestía, el padre, que contaba con buena provisión de trigo, echó sus cálculos para obtener una pingüe ganancia vendiendo el grano a fuerte precio. La madre le convenció para que, por amor de Dios, aquel grano fuera convertido en pan para los pobres.

Fray Jeremías conservó vivamente impresos en su memoria el ejemplo y las enseñanzas de la madre sobre la caridad que hemos de tener con el prójimo necesitado. Cuando exhortaba a dar generosamente a los pobres, a dar lo mejor por amor de Dios, porque se lo damos a Jesús mismo presente en los pobres, se complacía en subrayar, con visible emoción, que eso se lo había enseñado su madre.

Al parecer el padre no era de la misma generosidad que su mujer, pero guiado por el afecto que le profesaba, compartía plenamente con su esposa la preocupación por educar a sus hijos en una vida honesta conforme al temor de Dios.

Fue él quien cierto día dio un nuevo impulso al joven Jon en el camino de la vocación religiosa. Estaban trabajando juntos en el campo, cuando sobre sus cabezas cruzó una bandada de pájaros, volando hacia el cielo y alegrando con sus gorjeos a los hombres y las cosas.

-- ¿Ves esos pájaros -le dice al hijo- que suben al cielo, sueltos y veloces en el aire? Se parecen a los monjes que sin ataduras vuelan hacia el Señor.

Imágenes y chispazos como éstos se graban fácilmente en la fantasía y en el corazón de un joven y van dejando una huella que ha de influir a la hora de las decisiones definitivas.

Así le ocurrió a Jon Kostist.

Él fue como una de aquellas bandadas de pájaros cuando una mañana, antes del alba, sin decir nada a los suyos, despegó el vuelo rumbo a Italia, donde decía su madre «que vivían los buenos cristianos y todos los monjes eran santos».

En el lenguaje ingenuo de la madre debía de reflejarse la situación difícil de la minoría católica de Valaquia, angustiada bajo la presión de los ortodoxos, protestantes y turcos. Italia, centro del catolicismo y sede del vicario de Cristo, surgía ante sus ojos como una tierra ideal, donde era mucho más fácil llegar a ser buen cristiano o santo religioso. Aquella santa mujer habría tratado ciertamente con los misioneros conventuales, algunos de ellos oriundos de Italia, que con su fervor habrían contribuido a dar una imagen muy risueña de su tierra de origen.

El hijo de Margarita Barbato había acumulado todos estos estímulos en su ánimo reflexivo, los había asimilado muy bien y los había hecho operativos con la fuerza de la gracia cuando partió de casa. En el arriesgado paso que daba lo sostenía la palabra de Jesús: «El que deja casa, hermanos, hermanas, madre, padre por mí y por el Evangelio, tendrá cien veces más ahora al presente, con persecuciones, y en el tiempo venidero la vida eterna».

Imposible seguirle en todas las peripecias del larguísimo viaje. Tuvieron que ser muy duras, cuando las traía a colación como ejemplo de pruebas y sufrimientos, al animar a alguien a sobrellevar las cruces por amor de Dios. Decía que «para llegar hasta donde había llegado y para salvarse, había sufrido lo increíble desde que salió de su tierra. Había hecho de todo: obrero de fábrica, darle a la azada, guardar animales, servir a un médico y a un farmacéutico. Todos los oficios menos dos: paje y verdugo».

Sufrió hambre, se encontró solo en una aventura en medio de la tormenta, durmió a la intemperie o guarecido en cualquier montón de paja, muchas veces estuvo en peligro de perder la vida a manos de bandidos o de turcos.

Saliendo de su tierra, atravesó los Cárpatos y, bordeando el río Tatros, llegó a Brazov en Moldavia Superior al otro lado de Alba Real, capital de Transilvania, residencia del príncipe Esteban Barthory. Aquí se vio precisado a detenerse casis dos años, aguardando ocasión propicia para seguir adelante. La dura experiencia del trayecto le disuadía de aventurarse a seguir solo su camino. Entretanto halló medio de ganarse el pan acarreando a la espalda piedras y ladrillos en los trabajos de refuerzo de las murallas de la ciudad, empresa que entonces se encontraba en pleno curso porque urgía defenderse de los ataques de los turcos.

La providencia vino en su ayuda para allanarle el camino. El príncipe Esteban Barthory, gravemente enfermo, había traído de Bari al célebre médico Pedro Lo Iacono. Cumplida su misión con resultado positivo, éste se disponía a regresar a Bari y andaba buscando un criado que lo acompañara en el viaje. Le indicaron a nuestro Jon, que a toda costa quería llegar a Italia. Muy gustoso lo tomó a su servicio.

De Alba Real, pasando por Belgrado, llegó a Ragusa en Dalmacia; cerca de 2.000 kilómetros de recorrido por caminos impracticables. Necesitaron tres meses de viaje. Jon los hizo siguiendo a pie al médico, que montaba a caballo. Difícilmente podemos imaginar lo poco que le importaba al señor aquel comportamiento.

Llegaron a Ragusa como Dios quiso, y allí se embarcaron en una nave mercante rumbo a Bari. El médico despidió a Jon, que pasó como empleado a la farmacia de César Del Core.

Parecería que nuestro joven valaco podía quedarse ya contento. Al fin había alcanzado la meta de su aventurado viaje. Todo lo contrario. Aquí precisamente gustó el desengaño más amargo de su vida.

Había soñado, por lo que le decía su madre, con una tierra de buenos cristianos, pero ahora tocaba con sus propias manos, día a día, una realidad del todo diferente.

En su tierra había oído blasfemias, rara vez; pero aquí eso estaba a la orden del día. A los valacos les gustaba el vino, pero se emborrachaban sólo por Navidad y Pascua; pero aquí se podían ver borrachos a diario en las tabernas, riñendo a gritos bajo los humos de Baco. En moralidad, ni comparar aquella gente campesina con la gente de una ciudad con puerto al Adriático, donde se juntan todo tipo de razas. Su pueblo era un pueblo pacífico; aquí en cambio las enemistades terminaban en riñas a muerte, y no faltaba el criminal que asesinaba para satisfacer la sed de venganza de aquéllos que lo pagaban a sueldo. En su país, dirá un día a un hermano, no había tantos notarios y testigos; bastaba la palabra para firmar un contrato. Aquí cuanto más actas notariales, más trampas para pleitear y engañar.

En resumen, la imagen de la «tierra de los buenos cristianos» se deshizo brutalmente por la experiencia directa del campesino valaco, y se le impuso de forma perentoria la decisión de volverse a su patria.

Se despidió del farmacéutico Del Core y se encaminó al puerto en busca de una nave que lo llevara a Ragusa.

Pero aquí salió al paso la providencia para guiar el curso de los acontecimientos de tal forma que se cumpliera su proyecto.

De nuevo un viejo misterioso se hace encontradizo al joven Jon y lo aborda en términos decisivos.

-- ¿Dónde vas, amigo Jon?

El valaco queda estupefacto al oír su nombre en labios de un desconocido. No puede sustraerse a la mirada del anciano; siente que se encuentra ante un hombre enviado por Dios.

-- Me vuelvo a mi tierra de Valaquia -responde-. Había venido a Italia para vivir entre buenos cristianos, pero nada de esto he encontrado.

Y replicó el viejo misterioso:

-- Pero Bari no es toda Italia. Vete a Nápoles y verás; vete a Roma, donde está el vicario de Cristo; vete a Loreto, donde la Virgen ha querido trasladar su casa, y comprobarás que no faltan en Italia los buenos cristianos.

Jon encontró razonable la respuesta.

Volvió al farmacéutico y le manifestó el propósito de marchar a Nápoles. Del Core tenía un hermano y una tía en la capital del reino. Con una carta de recomendación envió al fiel empleado e incluso lo hizo acompañar de un amigo que aquellos días iba a Nápoles.

Ingresa en los capuchinos

Llegó a Nápoles durante la cuaresma de 1578; un tiempo muy oportuno para ofrecer la ciudad favorable impresión. Las iglesias abarrotadas de gente que se acercaba a escuchar la palabra de Dios. Al valaco le pareció que al fin había encontrado la tierra «de los buenos cristianos».

En Bari había conocido a los capuchinos y había frecuentado su pequeña iglesia. En Nápoles pensó que éstos serían «aquellos monjes santos» de quienes hablaba su madre. Se decidió, pues, a pedirles el hábito.

El ministro provincial, padre Urbano de Giffoni, acogió al joven aspirante, le escuchó y después de haberle hecho volver por segunda y tercera vez para aquilatar la firmeza del propósito, lo recibió en la Orden.

Para que lo acompañase al noviciado de Sessa Aurunca (Caserta), designó a un religioso que gozaba de fama de santidad, fray Pacífico de Salerno. Apenas se encontraron, se compenetraron inmediatamente aquel religioso ya provecto y el nuevo postulante, y se abrió el cauce de una deliciosa amistad espiritual que había de durar toda la vida.

Fray Pacífico de Salerno, que sobrevivió al amigo, sería uno de los testigos más cualificados en el proceso de beatificación y contaría, entre otras cosas, que durante aquel primer viaje que hicieron juntos, hizo que se le fueran a las manos de un mendigo del camino, sin sonrojar a nadie, el almuerzo de pan y queso que llevaba para alivio de la no breve caminata.

Estamos en el mes de mayo de 1578. Jon Kostist tomó el hábito capuchino en el convento de Sessa Aurunca y recibió el nombre de fray Jeremías, con el cual ha pasado a la historia. Al año siguiente, exactamente el 8 de mayo de 1579, emitió la profesión religiosa comprometiéndose a observar toda la vida la regla de los hermanos menores. Desde esta fecha hasta 1584 pasó con varios menesteres a diversos conventos, entre ellos a S. Efrén Antiguo de Nápoles y a Pozzuoli. En 1585 lo encontramos en el convento de S. Efrén Nuevo con la misión de atender a los enfermos en la gran enfermería de los frailes. Allí permaneció durante cuarenta años continuos, hasta su muerte, acaecida el 5 de marzo de 1625.

Se puso al lado de los últimos

Fray Jeremías había aprendido de su madre, y luego lo había ahondado en la escuela del Pobrecillo de Asís, a prodigarse en favor de los pobres, a rendir el precio de su persona para aliviar penas y enjugar miserias.

Todo lo que podía recoger en el convento y en la huerta, o que pudiera ahorrar de lo que estaba a su disposición, todo lo ponía generosamente en manos de los pobres. «Era tan grande esta su misericordia y caridad -dice un testigo del proceso-, que habría dado sus propios ojos a cualquiera».

Quería que para los pobres no sólo no se cerrase la puerta del convento, sino que también en la huerta tuviesen entrada libre para coger lo que quisieran. Cuando los hermanos hortelanos pusieron una cerca, protestó enérgicamente y dijo «que ya no vendrían más aquellas cebollas gordas y hermosas como cuando la huerta estaba sin cercar, y que semejante avaricia sería causa de carestía».

Había que inspirarse en la liberalidad del Padre del cielo y dar gratuita y generosamente lo que Dios da a algunos con el fin de transmitirlo a los demás.

Sus predilectos eran los pobres, los últimos, los que sufrían la penuria de todo.

No es que se afiliara a una sola parte; él no hacía discriminación de personas, miraba a Jesús en el Evangelio, y se comprometía sólo a ayudar a los necesitados y a llamar la atención de los ricos y poderosos frente a las exigencias de la justicia.

Y para tal propósito no se intimidaba a la hora de ir a pulsar a las casas de los ricos, de los nobles y del mismo virrey de Nápoles. Sus visitas eran para obtener recursos e influencias eficaces en favor de los desheredados.

Si llegaba el caso, afrontaba la denuncia de las injusticias. Quien lo conoció más de cerca, fray Pacífico de Salerno, atestigua haber presenciado no pocas veces cómo hacía la corrección abierta y valiente a quien descuidaba sus deberes públicos, sin importarle de quien se tratara. Tenemos motivos para pensar que entre éstos haya caído también el tan discutido Pedro Girón, duque de Osuna y virrey de Nápoles. Fray Jeremías se encontraba en el convento de San Efrén Nuevo cuando los notables de la ciudad, a fines de septiembre de 1618, se reunieron para pedir a san Lorenzo de Brindis que se hiciera portavoz, ante el rey de España, Felipe III, del pueblo oprimido y vejado por el virrey. Sin duda el hermano valaco fue uno de aquellos que más influyeron para inducir al santo, que no se encontraba bien y se resistía, a fin de que asumiera la gravosa y delicada misión.

Con sencillez de corazón se preocupaba ante todo de los pequeños y se guardaba muy mucho de lisonjear a los grandes. El padre Francisco Severini de Nápoles, su confesor, superior y primer biógrafo, da fe en los procesos, por experiencia hecha en propia persona, de que fray Jeremías prefería curar entre los enfermos a los frailes sencillos antes que a los superiores, porque -decía con franqueza- «ésos están bien atendidos por los demás religiosos».

Se ponía a disposición de cuantos tuvieran necesidad de un servicio; a todos se prestaba con prontitud y abnegación. Muy gustoso tomaba el encargo de lavar la ropa de los hermanos, enfermos y sanos, y lo hacía con un brío y presteza que encantaba. En el convento se decía que era la mano derecha de cada fraile.

Ponerse al servicio de todos era su ambición suprema. Con sinceridad y gozo podía elevar esta plegaria: «Señor, te doy gracias porque siempre he servido y nunca he sido servido, siempre he sido súbdito y nunca he mandado».

No deseaba éxtasis

El secreto de su vida santa y de su desvelado trabajo en favor de los hermanos se encuentra en la intimidad con Dios, que cultivaba con la oración prolongada e intensa. Los hermanos que con él convivieron dan testimonio, unánimes y llenos de admiración, de que pasaba muchas horas de la noche en la capilla de la enfermería, a pesar de la fatiga de todo el día, que jamás se la ahorraba asistiendo a los enfermos.

Era un auténtico enamorado de Dios. De él hablaba con el rostro encendido y con un ardor capaz de conmover a cualquiera que lo escuchara. Muchas veces repetía, casi con los mismos acentos de Francisco de Asís: «Amemos a este gran Dios que tanto merece ser amado. ¡Amémosle porque es infinitamente bueno y ha hecho tanto por nosotros!»

El amor de Dios pasaba para él a través de Jesús crucificado y de la virgen Madre. Su palabra habitual de ánimo era ésta: «¡Confiemos en la sangre de Jesucristo, derramada por nosotros, y en la virgen María, que es nuestra madrecita!».

Una noche, probablemente en la vigilia de la Asunción de 1608, se le apareció Nuestra Señora envuelta en un esplendor sobrehumano. Fray Jeremías, en un éxtasis de felicidad y amor, abrió sus grandes ojos, contempló la belleza inefable de la Madre de Dios, y luego, observando un detalle inédito para él, con filial confianza, preguntó:

-- Señora mía, ¿eres Reina y no llevas corona?

Y María, con entrañable ternura, replica estrechando contra el pecho al Niño Jesús:

-- Fray Jeremías, mi corona es este Hijo mío.

Su confesor y primer biógrafo refiere que aquella maravillosa visión dejó impreso tal reverbero de luz celestial en el rostro del humilde vidente, que fue imposible ocultar el extraordinario fenómeno y lo confió al íntimo amigo, fray Pacífico de Salerno.

No tardó en difundirse la noticia entre los hermanos y amigos. La princesa doña Isabel Della Rovere encargó un cuadro a un pintor, y se preocupó de que fuera reproducido mediante incisión en madera en centenares de copias. La Virgen de fray Jeremías se hizo popular en la ciudad y en el reino de Nápoles.

Con aquella su expresión singular: «Mi corona es mi Hijo», que evocaba los iconos de la «Theótocos» de sello oriental, la que se veneraba en la tierra de Valaquia, contribuyó a impulsar el culto a la Madre de Dios, dirigiéndolo «hacia su Hijo, a su sacrificio y amor al Padre», como lo enseñará en nuestros días el Concilio.

Tenemos una prueba ulterior en este pensamiento suyo: «Daré por los pobres hasta mis ojos, porque los pobres oran con sencillez y humildad; sus plegarias son muy gratas a la Virgen; la Señora acoge las oraciones de los pobres».

Pero ésta fue la única visión y el único éxtasis de fray Jeremías. Casi de seguro debió de pedir al Señor que no le diese más. De hecho repetía con frecuencia que «no deseaba éxtasis, porque le habrían impedido ejercitar la caridad con los hermanos, y que ejercitar la caridad con los hermanos era más que tener un éxtasis».

Se inscribía así en la línea de equilibrio que la Orden capuchina había adoptado desde 1536 y que volvía a reafirmar en los últimos decenios del siglo XVI frente a la tendencia que acentuaba unilateralmente la vida contemplativa. Al convento de S. Efrén Nuevo, cruce de hermanos y de directrices espirituales, llegaban los ecos del misticismo predominante en las provincias flamencas y las intervenciones de los superiores que propugnaban la unidad fuerte entre la ascética y la actividad apostólica y caritativa. La opción de fray Jeremías por el servicio del prójimo, con preferencia al éxtasis, se colocaba en ese contexto y traía un aporte constructivo a la integridad del carisma franciscano, esbozado junto a los leprosos del siglo XIII y rejuvenecido entre los capuchinos junto a los apestados y los hospitales de incurables ahora en el siglo XVI.

La suya fue una elección en la línea maestra del franciscanismo: amar al Padre sacrificándose por los hermanos, siguiendo el ejemplo de Cristo.

Describía su estilo de vida cuando a un joven hermano daba este consejo: «Hermano mío, no pierdas el tiempo; fatígate y cumple con diligencia tu oficio, porque así se sirve y se ama a Dios. Y cuando te sobre tiempo, retírate y haz oración».

¡Qué cara más alegre!

El amor que inundaba su corazón era un manantial de gozo sereno que irradiaba sobre su rostro. Era frecuente oír exclamar con toda espontaneidad a quienes posaban en él la mirada: «¡Qué cara más alegre que te da paz! ¡Es el rostro de un santo!»

Su misma austeridad estaba envuelta en un halo festivo. Su alimento preferido eran las habas, y a propósito bromeaba llamándolas «sus faisanes». Ponderaba sus excelentes virtudes y las comía con tanto gusto, que incitaba a pedirle estos manjares y él los repartía a manos llenas. Su rostro se mantuvo siempre, incluso de anciano, coloreado y fresco. Le decían chanceándose que se maquillaba, y en respuesta aseguraba que eso era efecto de «sus faisanes».

En todo su porte transpiraba la nobleza y belleza de su espíritu sobrio y puro; las madres querían para sus hijas una sonrisa «cual la sonrisa luminosa de fray Jeremías».

A la cabecera de los enfermos su alegría era el rayo de sol que acariciaba y traía alivio a las dolencias. Los testigos del proceso no se cansan de repetir que «hacía todo con júbilo y alegría grande»; «de su caridad y paciencia todos quedaban edificadísimos, máxime viéndole siempre alegre y contento»; que al prestar los servicios más humildes a los enfermos, «lo hacía con alegría y rostro sereno diciendo amorosas palabras, exactamente como acostumbran hacer las madres a los niños en semejantes circunstancias».

Este gozoso humorismo lograba amortiguar tensiones. El padre Basilio de Giffoni sufría de gota; por la deformación de las articulaciones no podía servirse para tomar bocado. Fray Jeremías, con delicadeza de madre, le daba el alimento a la boca y lo acomodaba en la cama. Pero intuyendo que aquel enfermo quedaría muy contento con un vaso de vino generoso, cuando salía del convento, lo pedía a los bienhechores. De aquí las iras y lamentos de los limosneros porque con este proceder se molestaba inútilmente a los devotos y se estropeaba la cuestación. Pero él, tranquilo, se saltaba los comentarios y seguía adelante. Hacía aquella caridad con mucha desenvoltura, sirviéndose de una especie de botella sin cuello a la que llamaba el bandido. Cuando se lo traía al enfermo, riendo y bromeando para consolarlo, le decía: «Estate tranquilo que aquí viene el bandido, aunque haya tenido una bravata de los limosneros».

Debía de tener un algo del fray Junípero de las Florecillas.

Una tarde el vicario del convento le reprendió ásperamente y sin razón, porque tomaba alimento fuera del refectorio y fuera de horario. Fray Jeremías le hizo observar respetuosamente que tenía permiso tanto del padre provincial como del padre guardián por exigencia de servicio en la enfermería. Añadió que estaba dispuesto a no hacerlo más, si así le parecía más oportuno al padre vicario. Éste recargó todavía más aquella dosis de reniegos hasta desvariar. El buen hermano lo tomó todo con paciencia, sin excitarse, y después, con simpático ceño, le insinuó: «Padre vicario, se ve que está cansado. No tome el asunto tan a pecho. Venga conmigo; tengo preparada el agua caliente y la he mezclado con hierbas aromáticas. Un buen lavatorio de pies le va a quitar el cansancio y le va a tranquilizar». La gracia con que se desenvolvió fue tal que todo terminó felizmente y con alegría.

Al lado de los enfermos

Por más de cuarenta años fray Jeremías estuvo fijo en la enfermería de S. Efrén Nuevo, que acogía a los enfermos más graves procedentes de los conventos del reino de Nápoles, de otras partes de Italia e incluso del extranjero. Allí acudían por la salubridad del clima y por las curas que se prodigaban con caridad y competencia. Sabemos que el convento disponía de 160 celdas y que casi la mitad estaban ocupadas por enfermos. Un verdadero hospital. Y diríamos que, como en los hospitales modernos la gente se lamenta por la aglomeración, al mismo tiempo que por la falta de puestos, así debía de ocurrir con la enfermería de S. Efrén Nuevo.

Fray Jeremías de hecho no tuvo nunca una celda propia, y cuando el superior, apiadado por la necesidad absoluta y urgente que mostraba el siervo de Dios, literalmente agotado de debilidad, quiso proporcionarle una, el hermano enfermero le hizo saber que no había ninguna disponible. El motivo profundo era que se podía contar a cierra ojos con la capacidad inagotable de sacrificio de nuestro fray Jeremías. Él se arreglaba de cualquier modo para dormir en un hueco o bajo una escalera o las más de las veces en las celdas de los enfermos más necesitados de asistencia continua. Y todo lo cubría con su cariz humorístico, diciendo «que no tenía celda propia, porque no le llegaba para pagar una pensión».

No se arrogaba otro privilegio que el de reservarse los enfermos más difíciles, los servicios más humildes y fatigosos.

Los hermanos que vivieron con él y se beneficiaron de su asistencia rivalizan en tejer, a la hora de los procesos, las alabanzas más sentidas y conmovedoras.

Entresacamos algunas muestras, retocando el texto para hacerlo más legible.

Su caridad con los enfermos era indecible. La observaba de una manera tan eminente que todos quedaban admirados. Día y noche servía a los enfermos y los consolaba como el padre común de todos. Mostraba con signos externos que todas sus delicias eran servir a los pobres lisiados, ulcerosos y otros que no podían valerse por sí mismos.

Sirvió a fray Anselmo de Calabria, un enfermo muy necesitado y molesto, porque se volvió loco y se ensuciaba de arriba abajo, de forma que daba repugnancia solamente pasar delante de su celda. Fray Jeremías le lavaba el hábito, la cama, la celda, y le bañaba mezclando el agua con hierbas olorosas.

El piamontés fray Plácido refiere aduciendo su experiencia personal: «Yo, por haber estado enfermo en los últimos años de la vida del dicho fray Jeremías, he vivido con él en la misma celda tres años y he experimentado en mi persona aquella caridad suya, que no sé si la habría tenido de mi propia madre».

Junto a su celda moraba fray Salvador de Nápoles, que además de lisiado había quedado tonto. Fray Jeremías lo servía como a una pequeña criatura y le daba el alimento a la boca como «a un pajarillo». Y a pesar de que éste lo llamara intempestivamente muchas veces de noche, fray Jeremías nunca se cansaba de ir a atenderlo y de tranquilizarlo diciéndole alguna gracia.

Y el elenco continúa con una retahíla de enfermos y enfermedades, para los cuales fray Jeremías tuvo siempre una palabra de aliento y un remedio.

Son voces de testigos oculares, simples, espontáneos, que evocan, con el candor de quien ha visto maravillas, la caridad seráfica del siervo de Dios. Se trató ciertamente de un fenómeno excepcional, cuando algunos hermanos declararon conmovidos en los procesos: «Tanto que, después de su muerte, si bien no faltan buenos hermanos, no hacen sino imitar su ejemplo y su caridad; pero a fray Jeremías, ¿quién puede igualarle? Nosotros hemos llorado muchas veces, como si hubiera sido nuestra madre».

Permaneció en el recuerdo de cuantos habían vivido a su lado sobre todo como aquel que, a través de su amor, hizo sentir la ternura de una madre. Un hermano de santa vida, fray Tomás de S. Donato, afirmaba: «No se puede explicar aquella su santa caridad que tenía, aunque haya llegado a conocimiento de los animales irracionales, por así decir, y de las piedras del convento».

Y en verdad que también hasta los animales se alargaba su corazón, teniendo la fineza de recomendar que se proveyera a sus necesidades, porque ellos, a diferencia de los hombres, no saben manifestarlas. Un día, para evitar que el asno cayera en un pozo, se dislocó un pie con bastante daño. Hasta en semejantes detalles tenía el espíritu del Pobrecillo de Asís.

Pero no se vaya a creer que todo le resultara fácil y no sintiera la debilidad de la naturaleza, y que no fuera tentado de ceder al inevitable cansancio. Se vio claramente en el caso de fray Martín el español, en tiempos brillante oficial en los ejércitos del rey de España y después religioso capuchino de gran austeridad y penitencia. Herido de un mal tremendo y misterioso, sufría dolores lacerantes que no le daban tregua y estaba totalmente cubierto de llagas de las que supuraban de continuo pus y sangre. Había que medicarlo y lavarlo doce veces o más al día. Ni médicos ni enfermeros podían resistir sino brevísimo tiempo en su celda. Tampoco fray Jeremías pudo resistir y llegó a pedir que le quitaran de la enfermería. Fue mandado «de vacaciones» como hortelano a S. Efrén Antiguo, y acaso se habría quedado allí de no haber intervenido el Señor para hacerle comprender, a través de un sueño admonitorio, que debía volver a tomar el servicio de los enfermos y particularmente el de fray Martín el español.

Ciertamente que no debía ser fácil semejante servicio, si todavía en tiempo posterior fue reprendido ásperamente por un ángel, por haberse mostrado poco diligente para responder a una insistente llamada del atormentado paciente.

Era hombre también él y sentía todo el peso de un «terrible cotidiano» de tal género.

Cerca de cuatro años duró el calvario de fray Martín y la lucha de fray Jeremías contra sí mismo. Resumía todo esto cuando a la muerte de fray Martín salió de la celda lamentándose por los corredores: «¡Ha muerto mi compañero y mi recreación! ¡Ha muerto el pobrecito fray Martín! ¡Era mi esparcimiento y mi recreación!»

Muere por un acto de caridad

Una caridad tan singular, perfumada de una humanidad tierna y serena, no podía quedar encerrada en los muros de la enfermería de los frailes. Grandes y pequeños, ricos y pobres, pedían, al enfermar, por lo menos una visita del hermano valaco, y los superiores no podían sustraerse a dar el mérito de la santa obediencia para una obra tan santa y benéfica. Fray Jeremías por su parte no escatimaba su entrega; no miraba sacrificio ni peligros de ningún género. Y así fue como murió víctima de caridad y de obediencia por visitar a un enfermo.

Estamos a finales de febrero de 1625. Fray Jeremías, ya anciano de 69 años, fue mandado por su superior junto con fray Pacífico de Salerno -aquel mismo del viaje al noviciado- a Torre del Greco a visitar a don Juan de Ávalos, gran camarlengo del reino, gravemente enfermo. Aquel año el invierno estaba siendo terriblemente riguroso, soplaba un viento capaz de arrancar árboles. Fray Jeremías debía recorrer a pie sus doce kilómetros en un camino azotado por el huracán. Llegó a Torre del Greco deshecho y calado hasta los huesos. Al día siguiente, de vuelta al convento de S. Efrén Nuevo, una inexorable pleuropulmonía le derribó. El 5 de marzo de aquel 1625, a las 10 de la noche, moría contento de haber obedecido y haber amado hasta dar la vida por los hermanos.

Indicio de su actitud de fondo es esta salida suya, pronunciada poco antes de morir, con su pizca de humor: «¡Ahora sí que nos vamos a encontrar con todos nuestros cojos y maltrechos!» Habla de ellos como de los íntimos de casa y contempla la muerte como un ir a encontrarlos para construir con ellos la familia de su corazón. Pregustaba el gozo del reencuentro en el cielo, transfigurado de gloria, con aquellos hermanos «cojos y maltrechos» con los cuales había vivido y sufrido en la tierra.

Hacia la glorificación

Al día siguiente un gentío indescriptible se abalanzó a la iglesia de S. Efrén Nuevo. En la imposibilidad de contener aquella riada de gente hubo que dar sepultura por la noche, en la intimidad, a los restos del siervo de Dios.

El 20 de septiembre del mismo año 1625 se introdujo el proceso para la causa de beatificación. Desfilaron numerosos testigos que aseguraron para la historia documentos de primera mano sobre la vida y virtudes del hermano valaco.

Pero solamente en nuestros días hemos tenido el gozo de ver proclamada, el 18 de diciembre de 1959, por el papa Juan XXIII, la heroicidad de las virtudes de nuestro venerable.

Signo de los tiempos: esta vez han sido los rumanos quienes han despertado el interés de la Iglesia y de la Orden por su compatriota; ha sido un ortodoxo, el profesor Gregorio Manoilescu, quien ha encontrado el sepulcro, caído en el olvido después que el convento de S. Efrén Nuevo había sido suprimido por el gobierno italiano y transformado en cárcel.

Los rumanos, ortodoxos y católicos juntos, han descubierto estos últimos decenios el mensaje de fray Jeremías; se han unido en torno a su figura, que sintetiza y expresa la tradición cristiana rumana y sus aspiraciones. En su historia milenaria, aun siendo tan rica de valores de fe, el hermano valaco es el único que hasta hoy ha escalado el honor de los altares.

El Papa Juan XXIII, al darle paso a la glorificación, lo señalaba como signo de esperanza en la hora de la prueba de aquella noble nación, la única de Oriente que lleva en la lengua y en el nombre la impronta de Roma.

Amado por ortodoxos y católicos, el humilde hermano capuchino enlaza, en el signo de su vida llena de vicisitudes, Rumania, su patria, con la sede de Pedro, y le da un nuevo empuje en la vía del ecumenismo.

Fue beatificado por Juan Pablo II el día 30 de octubre de 1983.

[Para redactar esta semblanza biográfica nos hemos servido principalmente de los testimonios depuestos en los procesos de beatificación]


Francisco Javier Toppi, O.F.M.Cap., Fray Jeremías de Valaquia. Un testigo de caridad llegado de Oriente, en AA.VV., «... el Señor me dio hermanos...». Biografías de santos, beatos y venerables capuchinos. Tomo I. Sevilla, Conferencia Ibérica de Capuchinos, 1993, págs. 115-132.

.