DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

7 de febrero
SANTA COLETA BOYLET DE CORBIE (1381-1447)

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Nació en Corbie el año 1381. Hija única y huérfana de padre y madre a los 18 años, distribuyó sus bienes entre los pobres y emprendió una variada experiencia religiosa, hasta profesar en las clarisas. Se sintió llamada por Dios a renovar su Orden y, con autorización pontificia, reformó y fundó monasterios. Aún en la actualidad son muchos los monasterios de "Coletinas". Su impulso renovador benefició también a los franciscanos. Murió en Gante el 6 de marzo de 1447.

Nació Coleta en Corbie, al norte de Francia, cerca de Amiens, el 13 de enero de 1381. Sus padres, el carpintero Roberto Boylet y su mujer Catalina, habían llegado a mayores sin tener descendencia, pero, cuando ya no la esperaban, providencialmente aún tuvieron una hija a la que llamaron Nicolette, familiarmente Colette, en agradecimiento a san Nicolás de Bari, a cuya intercesión atribuían el haberla tenido. La niña creció en un ambiente acogedor y muy religioso. Pero pronto quedó huérfana de padre y madre, y, a sus 18 años, emprendió una complicada y variable experiencia religiosa en la que, durante siete años, pudiera parecer que no acertaba con el destino al que Dios quería llevarla.

Siguiendo el consejo que Jesús da en el Evangelio, vendió todos sus bienes y los distribuyó entre los pobres. A continuación fue pasando de monasterio en monasterio, de institución en institución, sin encontrar sosiego. Primero estuvo en las Beguinas, de las que pasó a las Benedictinas de su pueblo natal; no colmaron éstas sus ansiedades espirituales, y entonces ingresó en las Clarisas; pero, insatisfecha de nuevo, optó por vestir el hábito de la Tercera Orden de San Francisco, en la que tampoco encontró reposo su espíritu, por lo que resolvió aislarse llevando vida solitaria, como «reclusa», en una pequeña ermita cercana a Corbie; esto, sin embargo, no era lo que Dios quería de ella.

A sus 25 años terminó Coleta su peregrinaje claustral. Ella, desde su profunda vida de pobreza y oración, se sintió llamada a renovar la Orden de santa Clara, devolviéndole el espíritu y la observancia que le diera la santa fundadora en su Regla. El P. Enrique de Baume, franciscano, supo discernir los planes de Dios y aconsejó a Coleta que volviera a las clarisas. Obtenida de la curia pontificia la dispensa del voto de reclusión perpetua, Coleta marchó el año 1406 a Niza, donde se encontraba en aquel tiempo Benedicto XIII, y le expuso amplia y detalladamente sus propósitos restauradores. Benedicto XIII, tras detenida y profunda reflexión, entendió que allí estaba la mano de Dios, que era quien guiaba a aquella mujer, por lo que, haciendo uso de su potestad, le impuso el velo de clarisa y la autorizó a reformar los monasterios de la Orden y a fundar otros nuevos. Esto sucedía en los trágicos tiempos del llamado «Cisma de Occidente», con papas y antipapas a la vez, que terminó en 1417. Los cristianos, en su desconcierto y buena voluntad, estaban del lado que tenían por auténtico o que les indicaban sus autoridades. Así, santa Catalina de Siena y santa Catalina de Suecia estaban con el papa de Roma, mientras san Vicente Ferrer y santa Coleta estaban con el de Aviñón, concretamente con Benedicto XIII.

No le resultó fácil a Coleta poner en marcha de inmediato sus proyectos. Durante algunos años fracasaron sus intentos de reforma, hasta que, en 1410, consiguió la reforma de un primer monasterio, el de Besançon, al que siguieron otros hasta un total de 16 ó 17, reformados o fundados de nuevo. Para todos ellos redactó unas Constituciones, que fueron aprobadas por la Iglesia.

También hubo conventos de frailes franciscanos que, permaneciendo bajo la autoridad de los propios superiores, acogieron el impulso renovador de Coleta y volvieron al espíritu y prácticas que san Francisco había querido para su Orden: vida de pobreza sin mitigaciones, vida austera, intensa oración personal y comunitaria, y mucha oración y penitencia por la unidad de la Iglesia, entonces dividida por el Cisma de Occidente.

El alma y motor de la reforma eran sin duda la vida y el ejemplo de Coleta, que había llegado a abandonarse en manos de Dios para serle un instrumento fiel. Su fama de santidad despertó un gran entusiasmo tanto en los monasterios como fuera de ellos. Dios le concedió además dones carismáticos extraordinarios: discernimiento de conciencias, profecía y hasta milagros. En tiempos tan difíciles para la Iglesia y cuando los hijos e hijas de san Francisco y santa Clara se encontraban en situación de manifiesta decadencia, Dios se valió de una mujer del pueblo, llana y sencilla, para llevar a cabo una renovación, aprobada por el Ministro general de los franciscanos en 1434 y por Pío II en 1458, cuya validez corroboran los frutos que entonces dio y que ha seguido danto hasta nuestros días. En la actualidad los monasterios de "coletinas" son unos 140, la mayor parte de los cuales se encuentra en Europa, aunque también los hay en América, Asia y África.

Murió en su monasterio de Gante (Bélgica) el 6 de marzo de 1447, y la canonizó el papa Pío VII en 1807.

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SANTA COLETA BOYLET DE CORBIE (1381-1447)

Nació en Corbie, poblado de la Picardía, al norte de Francia, el año 1381. Murió en Gante (Bélgica) en 1447.

Fue hija única de unos padres muy humildes, que la engendraron en edad avanzada, hacia los cincuenta años, creyendo siempre que se debió a la milagrosa intervención de San Nicolás, por lo que agradecidos le pusieron el nombre de Nicolette o Colette.

Desde muy pequeña dio muestras de una especial predilección por los pobres y necesitados siendo ella misma amante de la pobreza. Al morir sus padres, hacia 1399, cuando tenía solamente 18 años, repartió sus bienes entre los necesitados y buscó una especial dedicación a Dios en congregaciones religiosas pobres.

Inicialmente decidió entregarse a Dios en las religiosas llamadas Beguinas, después en las Benedictinas de Corbie, para terminar en las Clarisas de Moncel. Siguiendo los consejos de su confesor Enrique de Baume, se hizo de la Orden Tercera de Penitencia de San Francisco en Hesdin d'Artois, sin encontrar colmadas sus ansias de espiritualidad ya que las que profesaban este instituto no vivían aún en comunidad. Por eso ella misma terminó por encerrarse en una pequeña celda, cercana a la iglesia de Notre Dame donde oía misa y comulgaba, siempre con la aprobación del abad de Corbie. Aquí pasó cuatro años, ayunando toda la cuaresma a pan y agua, haciendo esto mismo otros muchos días al año. Su cama era un manojo de sarmientos extendidos sobre el suelo.

Posiblemente también aquí recibió un mensaje especial del cielo, donde el propio San Francisco se le apareció para pedirle que se comprometiera en la reforma de la Orden de las Religiosas de Santa Clara. Ella se resiste por su timidez y pobreza y la dificultad del proyecto a que parecía llamada. Quizás por eso de repente se vio muda y ciega como se le había pronosticado, en señal del destino para el que Dios la llamaba. Con tan clara señal se rindió a la voluntad del Señor y al instante recobró la vista y el habla.

Su tiempo conoció multitud de reformas en casi todas las órdenes religiosas, promovidas por humildes personajes. Ella era una de las elegidas.

Aconsejada por fray Enrique de Baume y convencida de tan especial llamamiento se presentó ante el papa Benedicto XIII en Aviñón, a quien entonces tanto España como Francia obedecían como papa verdadero. Le expone con tal unción sus deseos de tomar el hábito de Santa Clara y observar la primitiva Regla reformando los conventos de la Orden, que el Papa extendió una bula con fecha del 16 de octubre de 1406 aprobando sus propósitos y eligiéndola como abadesa futura de cuantos monasterios funde.

Coleta hizo un llamamiento a las religiosas que quisieran compartir sus experiencias de reforma y, aunque durante algún tiempo hubo bastante resistencia, terminó por encontrar un grupo de seguidoras, suficientes para permitir la existencia de un primer monasterio en Besançon. Luego vendrían otros también sobresalientes, como los de Auxonne, Poligny, Gante, Amiens, hasta un total de dieciocho. En tan ingente empeñó le prestaron su apoyo, además de su director espiritual, personajes tan relevantes como la condesa de Ginebra y las duquesas de Borgoña y Baviera. Era realmente la Providencia la que había puesto en marcha una de las más ascéticas reformas de la Iglesia valiéndose de un instrumento tan ínfimo como el de la humilde Coleta.

Nos lo resume el P. Croiset: «De esta manera se fundó y se propagó por toda Europa, aun en vida de Coleta, la famosa reforma, que fue como segundo renacimiento de la Religión de santa Clara, según el verdadero espíritu de su primitivo instituto. Consérvase en el día de hoy en todo su vigor y se ven resucitados en estos últimos tiempos aquellos grandes dechados de perfección; aquellos insignes ejemplos de inocencia, de fervor y de humildad; aquellos milagros de penitencia, de abnegación propia y de total desasimiento de todas las cosas, que admiramos tanto en los siglos más retirados; y los vemos con asombro renovados en tantas nobilísimas, ilustrísimas y santísimas doncellas, que sin reparar en la ternura de la edad, en la delicadeza de la complexión, ni en el regalo con que fueron criadas observan severísimamente la primitiva Regla de santa Clara, y sepultadas en su oscuro retiro se hacen invisibles a las criaturas, aspirando únicamente a que las vean los ojos de su criador. [...] Esto es lo que en parte se debe al infatigable celo, a los gloriosos sudores, y a la eminente virtud de nuestra santa Coleta».

Aquella ejemplar siembra con el título de clarisas pobres, perseguía el deseo de una auténtica pobreza real, una renuncia sin límites, una ejemplar austeridad, cual la predicada y exigida por Santa Clara de Asís, un par de siglos antes.

Para conseguirlo redactó Coleta unas Constituciones que fueron aprobadas por el Ministro general de la Orden franciscana en 1434 y años más tarde, en 1458, por el papa Pío II.

Coleta también extendió su influjo y deseos de reforma a los Hermanos Menores.

El 6 de marzo de 1447, a los 66 años de edad, con ejemplar resignación, Coleta murió en Gante, cargada de méritos y sacrificios y después de recibir los santos sacramentos.

El proceso de su canonización, iniciado a los pocos años de su muerte, en 1472, no fue realidad hasta bastantes años después. Fue beatificada por el papa Sixto IV, y Urbano VIII dio licencia para que se celebrase su fiesta en los conventos franciscanos. Pero no fue canonizada hasta el 24 de mayo de 1807 por el papa Pío VII. Su fiesta se celebra en el mismo día de su muerte: el 6 de marzo [La familia franciscana la celebra el 7 de febrero].

Pero ya antes las señales de un especial destino y su veneración habían comenzado, según relata el P Croiset: «Habiendo abierto el año de 1536, por orden y a presencia del obispo de Sarepla, sufragáneo del de Tornay, observó el prelado, y lo hizo observar también a los circunstantes, que chorreando agua la bóveda por todas partes, a causa de su excesiva humedad, no caía ni una sola gota sobre las preciosas reliquias de Coleta, y el paño de damasco blanco en que estaban envueltas se halló tan entero y tan fresco como el día en que se puso».

[J. Sendín Blázquez, en Año cristiano. Marzo. Madrid, BAC, 2003, pp. 109-111]

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SANTA COLETA BOYLET DE CORBIE (1381-1447)

El siglo XV se vio inundado por un vasto movimiento de reforma de la vida religiosa en casi todas las Órdenes. Mientras los franciscanos dan vida a la prodigiosa Observancia con un grupo de grandes santos y apóstoles, también la Orden de las clarisas conoció varios intentos de retorno a la primitiva austeridad. Dios mismo escogió a una humilde y fuerte virgen de Francia, para que promoviera una reforma intensa de la vida de las Hermanas Pobres de Santa Clara. Coleta vivió una niñez marcada por el signo del milagro: nacimiento de una madre anciana, crecimiento prodigioso, búsqueda de la soledad, de la penitencia y de la oración. Privada de sus padres por su fallecimiento, siente el impulso de la vida claustral, pero se resiste a la misión que Dios ya le ha manifestado claramente; por esto es castigada permaneciendo muda y ciega durante un tiempo; finalmente comprende y se presenta al Papa, que estaba entonces en Niza, y le expone la voluntad de Dios acerca de su vida. Es admitida por el Papa mismo a la vestición y a la profesión de la primera Regla de santa Clara y encargada por él de llevar su proyecto de reforma a todos los monasterios de clarisas de Francia.

Coleta, con dulzura y fortaleza emprendió la reforma, no sólo de las clarisas por mandato de Benedicto XIII, sino también de los Hermanos menores. Reformó 17 monasterios de la segunda Orden en la estricta pobreza de la Regla de santa Clara, a la cual añadió las Constituciones. Extendió su influjo a siete conventos de los Hermanos menores. En Italia entre las clarisas y en Francia entre las "coletinas" ingresaron no sólo muchachas nobles, sino también niñas sencillas. Murió santamente el 6 de marzo de 1447 en Gante, a los 66 años de edad. Fue canonizada por Pío VII el 24 de mayo de 1807.

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SANTA COLETA Y LA RENOVACIÓN DE LAS CLARISAS

El siglo XIV fue un siglo de decadencia, aunque no faltaron intentos de renovación y reforma.

Por fortuna, la Orden de santa Clara no fue en sus orígenes tan sólo una nueva organización monástica, sino que representó más bien un nuevo principio de vida a base de una vigorosa inspiración evangélica. No es cuestión de estructuras, sino de espíritu. Siempre han flotado en el ambiente los ideales encarnados en la Regla I o Regla propia de santa Clara (1253), que obran como un reactivo; mientras no se los tenga en cuenta, un monasterio de clarisas no se siente del todo en su centro por mucho que se cargue el acento en la regularidad monástica. A la inversa, cada vez que se renueva el ideal, se restauran también, como por añadidura, con un nuevo espíritu, la regularidad monástica, la vida común, la clausura, los ejercicios de oración y penitencia, los ayunos y abstinencias.

Y este espíritu de perenne renovación vital se encarnó, en el siglo XV, en figuras como la de santa Coleta de Corbie para la Europa central y septentrional.

Colette -que así se llamó en forma abreviada y cariñosa Nicolette Boylet- había nacido en Corbie, en la Picardia, el 13 de enero de 1381. Después de ensayar la vida religiosa entre las beguinas de Corbie y entre las clarisas de Moncel, decidió, en 1402, por consejo de fray Juan Pinet, guardián de Hesdin, hacer vida de reclusa o emparedada al arrimo de la iglesia de Notre Dame de su pueblo; si bien, sintiéndose llamada, como consecuencia de ciertas visiones, a reformar las Órdenes de san Francisco y de santa Clara, no tardó en solicitar la dispensa de su voto de reclusión perpetua y la autorización pontificia para fundar un monasterio de clarisas en el rigor ideal de la Regla I.

Una vez que hubo obtenido la autorización necesaria de la Curia pontificia de Avignon, con fecha 29 de abril de 1406, fue ante todo a entrevistarse con el papa aragonés Benedicto XIII, que entonces se hallaba en Niza, y que tenía dos hermanas clarisas en Calatayud, las cuales habían intentado ya emprender alguna reforma en su monasterio. El Pontífice quedó profundamente impresionado a la vista de Coleta; y en cuanto terminó de leer su plan de reforma, incorporó sin más, por autoridad apostólica, a la Orden de santa Clara a la doncella predestinada, confiriéndole el cargo de abadesa, con facultad para fundar un nuevo monasterio del que pudieran formar parte las personas escogidas por ella, fueran reclusas o religiosas de otros monasterios o seglares dispuestas a abrazar el nuevo género de vida (BF VII, 342ss).

Coleta salió de Niza llena de fervor y entusiasmo. Pensando fundar su monasterio en Hesdin, allá se dirigió ante todo, acompañada de fray Enrique de Baume y de dos aspirantes reclutadas a su paso por Corbie. Pero, como hubiera ya muerto el guardián de Hesdin, fray Juan Pinet, con cuyo apoyo contaba, no consiguió realizar allí sus proyectos. Acogióse, pues, con su pequeño grupo, a la hospitalidad que le ofrecía en el castillo de Grande Balme la noble señora doña Blanca de Ginebra; hasta que se enteró de la situación en que se hallaba el antiguo monasterio de Besançon, donde sólo quedaban dos monjas, y donde tan bien podría instalarse la comunidad proyectada.

En efecto, se trasladó a Besançon, después de haber obtenido del Papa, por enero de 1408, las facultades del caso. Y allí comenzó la reforma coletina, con la profesión de la Regla I, fungiendo fray Enrique de Baume como capellán de la pequeña comunidad naciente. Y como la fundación prosperara, la Santa pensó en establecer una nueva comunidad en Auxonne, en 1412. Y al visitar de paso el convento próximo de los frailes menores de Dole, viendo que simpatizaban con sus planes de reforma, los ganó fácilmente para su causa, con la esperanza de que entre ellos pudieran obtenerse capellanes y confesores para los futuros monasterios. De este modo se iniciaba, al arrimo de las clarisas coletinas, la rama de los Frailes de la reforma de Santa Coleta, que no se fundiría con los Observantes hasta 1517.

Siguieron las fundaciones de Poligny (1417), Decize (1419), Seurre (1421), Moulins (1422), Aigueperse (1424), Vevey (1425), Orbe (1428), etc. Y luego en el sur de Francia, las de Castres (1425), Lezignan (1431), de donde había de originarse el movimiento de las coletinas españolas, etc. Como norma, cada monasterio debía tener a su servicio cuatro frailes, según el breve de Martín V, de 1417. La dinámica reformadora, que desde 1430 se había puesto en relación con el Ministro general Fr. Guillermo de Casale, redactó en 1434 unas Constituciones que, remitidas al Ministro general y sometidas por éste a la revisión de dos cardenales y algunos otros expertos, recibieron su aprobación el 28 de septiembre del mismo año. Además, la madre Coleta fue facultada por el mismo fray Guillermo de Casale, como una especie de Abadesa general, para visitar todos los monasterios de la reforma, y para trasladar monjas, y aun frailes, de una comunidad a otra, según las necesidades (AFH 2, 1909, 450).

La vida de santa Coleta es interesante como una novela. Fue una mujer extraordinaria que supo obtener la colaboración de papas, frailes, príncipes, duques, capitanes para su loca empresa. Fueron cuatro los conventos de frailes adictos a su reforma -Dole, Chariez, Sellieres y Buevray (a los que más tarde se agregarían otros, como los de Chambery y Curtray)-, que desde 1427 tuvieron su propio Comisario o Prelado mayor en la persona de fray Enrique de Baume, por nombramiento de fray Guillermo de Casale (AFH 3, 1910, 95-96). Entre sus devotos, es particularmente emocionante el caso de Jaime de Borbón, rey de Nápoles, por su matrimonio en segundas nupcias con la reina doña Juana. Profundamente conmovido ante la decisión de las dos hijas de su primer matrimonio con doña Beatriz de Navarra, que profesaron la Regla de santa Clara con las Constituciones coletinas, acabó por convertirse a una vida de fervor y austeridad por el influjo irresistible de la genial reformadora; y, al morir su mujer, doña Juana de Nápoles, dispensado del año de noviciado por la Santa, profesó también él la Regla franciscana en el hospicio de los frailes anejo al monasterio de las monjas de Besançon. Y cuando vio acercarse la hora de la muerte, se hizo trasladar a la capilla de Santa Ana, en la iglesia de las monjas, y allí exhaló su último suspiro, mientras sus dos hijas y la madre Coleta, que presenciaban su agonía desde la reja, lo encomendaban a Dios en sus fervorosas oraciones.

Aún hubo nuevas fundaciones, no sólo en Francia (Hesdin, Amiens), sino también en Alemania (Heidelberg y Oppenheim) y en los Países Bajos. Y en los Países Bajos murió, en el monasterio de Gante, el 6 de marzo de 1447, la extraordinaria monja, después de haber fundado o reformado, en cuarenta años, unos 17 monasterios, y después de haber comunicado a su obra un dinamismo que la llevaría en los siglos sucesivos hasta América, Asia, África y Australia.

[I. Omaechevarría, Las Clarisas a través de los siglos. Madrid, Ed. Cisneros, 1972, 89-92]

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