DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

9 de mayo
SANTA CATALINA DE BOLONIA (1413-1463)

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Nació en Bolonia en 1413, de familia noble. Recibió una esmerada educación humanística en la corte de Ferrara. Después de una experiencia piadosa y de años de tribulación espiritual, formó parte, en 1432, de la primera comunidad de clarisas de Ferrara. La nombraron maestra de novicias, a las que dio una sólida formación. Allí escribió su obra principal, "Las siete armas". En 1436 se trasladó a Bolonia con otras monjas, para poner en marcha, como abadesa, el nuevo monasterio. Sobresalió en la pobreza y humildad. Vivió el seguimiento de Cristo crucificado, la contemplación del Niño de Belén y el amor a la Eucaristía con su temperamento vivaz y artístico. Murió en Bolonia en 1463.

Nació en Bolonia el 8 de septiembre de 1413. Su padre, Juan de Vigri, hombre honorable, descendía de una familia noble y rica de Ferrara, emparentada con la casa de Este, que entonces reinaba en aquella ciudad. Había ido a Bolonia a estudiar jurisprudencia, y allí sacó el doctorado en ambos derechos y consiguió una cátedra en su famosa Universidad. Además, contrajo matrimonio con Benvenuta de Mamollini, hija de una ilustre familia boloñesa. Pasado algún tiempo, Nicolás III de Este, informado de las dotes de Juan, lo llamó a Ferrara, lo nombró embajador suyo ante la república de Venecia y obtuvo para él una cátedra de derecho en Padua, ciudad en la que debía fijar su residencia. Obligado a partir sin demora para responder a la llamada del Duque, Juan dejó en Bolonia a su esposa, que se encontraba embarazada y que poco después dio a luz a su hija Catalina, nuestra santa, en la fiesta de la Natividad de la Virgen del año 1413. Junto a su madre, la niña fue desarrollando sus tendencias naturales a la vida de piedad y de oración, y su compasión generosa hacia los pobres.

A los 9 ó 10 años, su padre llevó a Catalina a Ferrara, porque Nicolás III, que estaba levantando entonces el ducado de Ferrara, Módena y Reggio, quiso que la pequeña fuera dama de honor de su hija la princesa Margarita de Este, y para recibir la adecuada formación se estableció en la corte, que vivía momentos de esplendor y era un hervidero de arte y de cultura. Allí recibió una esmerada educación humanística y desarrolló sus naturales cualidades para la música, la poesía y sobre todo la pintura, a la vez que continuó el estudio del latín iniciado en Bolonia, lengua que llegó a manejar con soltura hasta poder leer con facilidad los clásicos, los Santos Padres y la Biblia. Ya en aquel tiempo se ganó Catalina la simpatía de todos por sus dotes físicas y espirituales; en ella, sin embargo, iba creciendo el deseo de consagrarse al Señor.

Tres años llevaba Catalina en Ferrara cuando la princesa Margarita contrajo matrimonio con Roberto Malatesta, príncipe de Rímini, y marchó a vivir allí; quiso llevarse consigo a su joven dama, pero ésta tenía otros proyectos y decidió volver a Bolonia junto a su madre. Poco después, teniendo catorce años, su vida cambia de rumbo: muere su padre y su madre contrae nuevo matrimonio. Ella queda sola y abatida en Bolonia, heredera de un gran patrimonio y con muchos pretendientes por su riqueza y por sus dotes naturales y espirituales. Pero Catalina tiene otras perspectivas para su vida, que su madre respeta, y busca la paz interior por otros caminos. Y dará con ella.

Había entonces en Ferrara una dama piadosa llamada Lucía Mascheroni que, para servir mejor al Señor, había cambiado los vestidos seglares por el hábito negro de la Tercera Orden de San Agustín. Pronto se le unieron muchas jóvenes deseosas como ella de apartarse del mundo y llevar una vida de mayor perfección. Ocupaban su tiempo en los ejercicios de piedad y en las tareas de casa, de la que salían para asistir a los oficios religiosos en la iglesia de los franciscanos, que se convirtieron en los confesores y directores espirituales de aquella fervorosa comunidad, cuya fama de santidad se extendió por la ciudad y llegó hasta Bolonia.

Catalina se sintió atraída por la vida santa que llevaban aquellas mujeres, y pidió y obtuvo ser admitida en su asociación. Los ejemplos de Lucía la confortaron y la ayudaron a profundizar en los caminos de la oración y abnegación. Pronto empezó a gozar de dones extraordinarios del Señor, que la llenaba de paz y amor, y se le revelaba para guiarla por los caminos de la santidad. Pero este oasis de paz luego se convirtió en desierto de dudas y sufrimientos. Catalina entró en una profunda crisis interior, una noche del espíritu, que iba a durar cinco años. Parecería que Dios la había abandonado a los caprichos del demonio. Se estuvieron sucediendo manifestaciones divinas y apariciones diabólicas que bajo las más diversas formas querían llevarla a la desesperación y al abandono de su vida mística apenas empezada. En verdad, Dios lo dispuso todo para prepararla a un abandono total de sí y a una entrega incondicional a su Señor. La luz y la liberación le llegaron a Catalina un día en que, oyendo misa, al llegar al Sanctus, se sintió como envuelta en un coro angélico de alabanza y acción de gracias a Dios. A partir de entonces recuperó la serenidad de espíritu y el sueño reparador, y pudo entregarse a la oración libre de las asechanzas del diablo.

Las pruebas por las que había pasado en plena juventud, y que le hicieron experimentar la propia pequeñez y la grandeza de Dios, robustecieron su espíritu e iluminaron su mente para discernir lo que proviene del espíritu de Dios y lo que son insidias del demonio en las almas. De todo ello nos dejó Catalina constancia en su Tratado de las siete armas espirituales. En esta obra, escrita en 1438 siendo ya clarisa en Ferrara, pero que confió a su confesor sólo cuando estaba a punto de morir, y que tiene tanto de autobiografía como de tratado de espiritualidad, Catalina, bajo el seudónimo de Catella, cuenta las luchas que hubo de sostener y los medios que empleó para vencer las terribles tentaciones de que estuvo llena largo tiempo. Habla también de los favores espirituales con que Dios recompensó su fidelidad. Al mismo tiempo describe el itinerario que ha de seguir el alma que quiera de veras servir a Dios: empezar haciendo una buena confesión y un firme propósito de no ofender a Dios, para unirse luego al Señor en el camino de la cruz. Y como todos los que deciden servir al Señor tendrán que enfrentarse con enemigos formidables, necesita el alma estar provista de armas adecuadas para arrostrar los embates del enemigo.

Estas armas son siete: 1) La diligencia, o sea, la prontitud en hacer el bien, que aleja la negligencia y la tibieza. 2) La desconfianza de sí mismo, que no es un impedimento para la acción, sino que nos lo hace esperar todo de la gracia, sin la cual nada de bueno podemos hacer. 3) La confianza en Dios, creyendo firmemente que el Señor no abandona a quien se confía a Él; por consiguiente, hay que entrar en combate sin temores, y nuestra confianza debe ir creciendo tal como crezca la violencia del asalto, puesto que Dios tiene los ojos puestos en nosotros, y siempre está pronto para asistirnos en el momento del peligro. 4) La meditación asidua de la Pasión del Salvador, de la que se debe tomar ejemplo y sacar valor y ayuda para la práctica de todas las virtudes; sin ésta, las demás armas serían ineficaces. 5) El pensamiento de la propia muerte, de la que ignoramos el día y la hora, lo que debe obligarnos a estar siempre preparados y a aprovechar bien el tiempo presente, que es el tiempo de la misericordia divina. 6) El pensamiento del cielo y de la inmensa recompensa que está reservada a aquellos que hayan combatido bien su combate acá en la tierra. 7) La Sagrada Escritura impresa en nuestra memoria; siendo como es la palabra de Dios, hemos de guardar sus máximas en nuestro corazón para meditarlas, alimentar con ellas nuestra alma y hacer de ellas la regla de nuestra vida. La Santa cuenta a continuación sus propias experiencias y las veces que el demonio la engañó por no haber desconfiado de sí misma. Con su relato Catalina quiere ayudar a las almas que pasan por crisis y noches del espíritu, y da a todas las religiosas consejos llenos de sabiduría, insistiéndoles en que manifiesten de inmediato a sus superiores o directores espirituales los avatares de su espíritu.

Mientras Catalina atravesaba aún la noche espiritual a que nos hemos referido, una noble dama, la princesa de Verde, conmovida por el admirable ejemplo de Catalina y sus compañeras, pensó fundar un monasterio en Ferrara dedicado al Santísimo Sacramento en el que aquella asociación piadosa pudiera vivir bajo la Regla de santa Clara. Por su parte, Lucía Mascheroni sentía la necesidad de dar a su grupo una estructura canónica más sólida. Ella era ya terciaria agustina y se inclinaba por adoptar la Regla de San Agustín; otras mujeres, entre ellas Catalina, preferían la Regla de Santa Clara por su mayor austeridad y por la simpatía que sentían hacia los franciscanos, que las atendían espiritualmente; finalmente todas, incluida Lucía, se decidieron por la primera Regla de las clarisas. Y empezaron las obras y los trámites ante los superiores religiosos.

En 1432 el provincial de los franciscanos les dio la Regla propia de santa Clara y, después de haber vestido el hábito seráfico, las recibió bajo su jurisdicción. Catalina tenía veinte años. Para iniciar a la nueva comunidad en la vida clariana, un grupo de clarisas del monasterio de Mántova se trasladó al nuevo monasterio de Ferrara, al que se le dio el nombre de Corpus Domini; una de ellas, sor Tadea, hermana de la princesa de Verde, fue designada abadesa. La comunidad no tardó en hacer grandes progresos en el camino de la perfección. Abrazaron con tanto fervor la vida austera de la Regla, que en 1446 san Juan de Capistrano, Vicario general de la Observancia, se sintió obligado a pedir al papa Eugenio IV un decreto por el que se moderaran sus austeridades y ayunos y se les permitiera llevar sandalias. Se repetía así la intervención moderadora de san Francisco para con santa Clara, y la de ésta para con santa Inés de Praga. Catalina, habiendo dejado atrás los años de tribulación espiritual y viéndose ya hija de santa Clara, emprendió con renovado fervor el camino de la contemplación y de la penitencia, y el Señor la colmó de gracias y carismas extraordinarios, entre los que se cuentan apariciones divinas, profecías y milagros. Al mismo tiempo, ella ejerció al principio en el monasterio el oficio de hornera, en el que sufrió mucho por el calor y porque le dañaba la vista.

Viendo sus cualidades y su celo en la observancia de la Regla, los superiores creyeron que era la persona más indicada para la formación de las jóvenes que pedían ingresar en el monasterio. Al principio ella trató de eludir semejante responsabilidad por considerar que no estaba preparada, hasta que comprendió que era la obediencia la que la invitaba a ser maestra de novicias, y aceptó. De inmediato se entregó al cuidado de sus novicias, a las que brindó consejos llenos de sabiduría de Dios y, más que consejos, su propio ejemplo. Les recordaba con frecuencia que el fundamento más firme de la perfección es la firme voluntad de buscar siempre y en todo el beneplácito de Dios y procurar su gloria, por lo que recomendaba de modo especial la virtud de la obediencia. Solía decir que las religiosas tienen dos escaleras para subir al cielo: la de las virtudes y la de la humildad que, según san Benito, tiene doce escalones.

La escalera de las virtudes de santa Catalina consta de diez escalones: la clausura interior, o sea, el aislamiento del mundo y de lo mundano que impiden el amor de Dios; el deseo insaciable de oír la voz de Dios y la prontitud en escucharla, venga de donde venga, del exterior o del interior; la modestia propia y necesaria de las vírgenes consagradas a Dios; el amor al silencio sin el que nuestra religión sería vana; la cortesía, o sea, la manera gentil y amable de comportarse con todos sin excepción; la diligencia en todas las acciones, que aleja la tibieza y la negligencia y es regulada por la discreción; la pureza de intención que consiste en pensar bien del prójimo e interpretar bien sus acciones; la obediencia a los superiores y también a los demás, sobre todo a quienes destacan por su sabiduría y prudencia, evitando así el peligro de que nos traicione nuestro propio juicio; la humildad, que nos conforma al divino Maestro; y por último el amor a Dios y al prójimo, que es la cima de la perfección.

Después del oficio de maestra de novicias, le confiaron el cuidado de la portería. Este cometido suponía para ella un gran sacrificio porque con frecuencia tenía que interrumpir su oración y sus devociones para atender a las personas que acudían al monasterio. Pero, al mismo tiempo, era motivo de gozo espiritual al poder atender a las personas necesitadas con las limosnas, las palabras de consuelo, los buenos consejos y siempre la actitud y comportamiento impregnados de amor y de bondad que transparentaban a los visitantes la imagen paternal de Dios.

En 1451 falleció la madre Tadea, la abadesa procedente de Mántova, y se llegó a plantear seriamente que Catalina la sucediera en el cargo. Pero ella, con lucidez y buen criterio, consiguió convencer a todos de que era preferible pedir una nueva abadesa al monasterio de Mántova, y, al mismo tiempo, aprovechar esta circunstancia para introducir la clausura, que todavía no se había establecido, en el monasterio de Ferrara. A todo ello accedió el provincial de los franciscanos, con profunda alegría de Catalina.

La vida religiosa de esta comunidad claustral progresó constantemente, y la fama de su santidad se extendió por la ciudad y por las regiones vecinas. De todas partes llegaban al monasterio jóvenes de toda clase y condición social que deseaban consagrarse a Dios. El monasterio empezó a resultar insuficiente y los superiores no querían negar al ingreso a quienes lo pedían. En tales circunstancias, el Vicario general de la Observancia, el P. Bautista de Levanto, pidió al papa Calixto III y obtuvo de él la facultad de fundar en Italia otros monasterios. Tan pronto como de divulgó la noticia de la concesión pontificia, las autoridades y el pueblo de Bolonia y de Cremona pidieron la gracia de tener dentro de sus muros a las hijas de santa Clara, cuyas oraciones y sacrificios serían la mejor protección de sus ciudades y fuente segura de bendiciones divinas para las mismas.

Los superiores aceptaron la fundación de un monasterio en Bolonia, y designaron para dirigirlo como abadesa a Catalina; ella trató de rehusar el cargo por considerarse incompetente para el mismo; pero una vez más, superada una crisis de salud, llegó a comprender que esa era la voluntad de Dios. El 20 de julio de 1456 llegaron a Ferrara varios caballeros enviados por el senado de Bolonia, y con ellos iba el Vicario general de la Observancia acompañado del beato Marcos Fantuzzi, Provincial de Bolonia, y de otros religiosos. Esta delegación se había trasladado a Ferrara para recoger a la abadesa y a sus hermanas y conducirlas a su nuevo monasterio. Con Catalina marcharon otras quince monjas, nueve de las cuales pertenecían a familias distinguidas y nobles de Bolonia. Para evitar manifestaciones de los habitantes de Ferrara, la comitiva salió de noche.

Llegaron a Bolonia el 22 de julio. Salieron a esperar a Catalina y a sus compañeras el cardenal Besarión, legado de la Santa Sede, y el cardenal arzobispo de Bolonia con el clero, el senado y los magistrados, así como una multitud de gente que dio muestras de satisfacción y alegría al ver en su ciudad particularmente a Catalina, cuya fama de santidad les había llegado; de ella y de sus hermanas esperaban la intercesión ante el Señor para conseguir sus bendiciones y en especial la paz ciudadana, profundamente turbada por las facciones enfrentadas. Y de hecho, a partir de entonces poco a poco comenzaron a ceder las divisiones y se fue restableciendo la paz.

A este nuevo monasterio de Clarisas de Bolonia se le dio el mismo nombre que tenía el de Ferrara, del Corpus Domini, o sea, del Santísimo Sacramento. Catalina había pasado veinticuatro años en Ferrara como clarisa, e iba a pasar otros siete en Bolonia.

Apenas alojadas en su monasterio, Catalina se entregó con todo esmero y premura al progresivo establecimiento de la Regla y observancias de santa Clara en su comunidad, a la vez que se preocupaba de ir adaptando las instalaciones del monasterio a su vida claustral. Pronto empezaron a llegar nuevas vocaciones y se multiplicaron de tal manera que hubo que ampliar el edificio con nuevas construcciones. Terminado el trienio del mandato de Catalina, el Bto. Marcos Fantuzzi, provincial de Bolonia, las visitó para presidir el capítulo del monasterio que debía elegir a la nueva abadesa. Catalina fue elegida de nuevo y permaneció en el cargo hasta su muerte.

Huelga subrayar la caridad materna con que atendía a sus hijas espirituales en todas sus necesidades, sin ahorrarse fatigas ni trabajos; siempre estaba dispuesta a consolarlas en sus tribulaciones y a acompañarlas en sus crisis y tentaciones. Sentía una especial compasión por la enfermas, a las que visitaba con frecuencia, prestaba los servicios más humildes, consolaba con palabras llenas de ternura, fortalecía con acertadas motivaciones espirituales. Se dice que el Señor siguió concediéndole dones extraordinarios incluyendo visiones divinas y hechos milagrosos. En su vida se armonizaban una intensa actividad y una constante unión contemplativa con Dios.

En su espiritualidad hay que destacar ante todo su ardiente amor a Dios, motor y causa de toda su vida. Los largos y penosos años de crisis y lucha espiritual desarrollaron en ella una profunda humildad ante el Señor y también ante sus hermanas, a las que servía y a las que valoraba más que a sí misma. Mantener el vínculo de la caridad y de la paz entre sus hijas espirituales fue siempre una de sus grandes preocupaciones como abadesa. Alma profundamente franciscana, vivió con alegría interior el seguimiento de Cristo crucificado, la contemplación del Niño de Belén, el amor a Jesús vivo en la Eucaristía, y todo ello con su temperamento vivaz, artístico, que la llevaba al canto y a la danza. Escribía versos en italiano y en latín, enseñaba oraciones y cantos nuevos. Compuso textos de formación y de devoción, y un largo relato de la Pasión en latín. Tenía un breviario bilingüe escrito de su mano y que ella misma había adornado con ricas miniaturas; lo usaba ella y lo prestaba fácilmente a las demás, de suerte que parecía el breviario de la comunidad.

Pero llegó el momento en que la abadesa del monasterio del Corpus Domini de Bolonia podía decir con san Pablo: «He combatido bien mi combate, he corrido hasta la meta, he mantenido la fe. Ahora me aguarda la corona merecida con la que el Señor me premiará; y no sólo a mí, sino a todos los que tienen amor a su venida» (2 Tim 4,7-8). El 25 de febrero de 1463, Catalina reunió por última vez a sus hermanas y les habló largo tiempo, anunciándoles su próxima muerte, recordándoles las virtudes cuya práctica tanto les había inculcado y exhortándolas a mantener entre ellas la unión, la paz y la caridad. Pocos días después, sufrió violentos dolores, que ya no la dejaron. Aún dirigió a sus apenadas hijas palabras de consuelo, les prometió que nunca las abandonaría sino que acudiría siempre en su ayuda, y les recomendó especialmente el cuidado de las novicias y el respeto y obediencia a la vicaria; les encomendó también el cuidado de la madre de ella.

En 9 de marzo de 1463, en el monasterio del Corpus Domini de Bolonia, después de haber recibido los últimos sacramentos, Catalina entregó al confesor su tratado Le sette armi spirituali, que nadie había visto hasta entonces. Luego entró en agonía, su rostro se volvió hermoso y sereno, dirigió a sus hijas una mirada llena de paz y de amor, y expiró después de haber pronunciado tres veces el nombre de Jesús. Los franciscanos presidieron sus funerales y la santa fue enterrada en el cementerio de la comunidad. Pasado algún tiempo y en vista de los milagros y hechos prodigiosos que se producían en torno a la sepultura de la santa, con los debidos permisos desenterraron su cadáver, y lo encontraron incorrupto y difundiendo un suave perfume. Estuvo siete días expuesto a la veneración de los fieles, que acudían en masa a contemplar aquel cuerpo del que se decían cantidad de hechos maravillosos: los colores de la cara como si estuviera viva, el perfume que despedía, el saludo con una sonrisa a sus monjas mientras era trasladado, etc. El cuerpo de Catalina fue enterrado de nuevo, ahora en la iglesia del monasterio. Pero continuaron los hechos prodigiosos en torno a su tumba y se multiplicaron los visitantes y peregrinos. Una vez más desenterraron a la santa y la pusieron en una especie de urna de cristal, sentada en un trono con baldaquino, con el rostro descubierto, las manos sobre las rodillas y los pies a la vista. Así se conserva desde hace siglos, como si fuera una persona viva, en una capilla contigua a la sacristía. Se dice que cuando trasportaron el cuerpo de Catalina a su ubicación final, al pasar por el altar mayor, se incorporó y se inclinó profundamente como para adorar al Santísimo.

Ya en vida a Catalina la llamaban santa y este apelativo se difundió cada vez más a partir de su muerte, tanto entre quienes la conocieron como entre aquellos que nunca la vieron pero oyeron hablar de los prodigios que la acompañaron mientras vivió y después de muerta. La canonizó solemnemente el papa Clemente XI el 22 de mayo de 1712.

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SANTA CATALINA DE BOLONIA (1413-1463)

1. Nota biográfica.- Nació en Bolonia el 8 de septiembre de 1413, de Giovanni Vigri y Benvenuta Mammolini. Pero fue educada en Ferrara, donde, como dama de la corte de los Estenses, recibió una formación humanística. En 1432 se hizo clarisa en Ferrara y ejerció el oficio de maestra de novicias. En 1456 pasó a Bolonia, para ser abadesa del monasterio del Corpus Domini y donde murió el 9 de marzo de 1463. Su cuerpo se conserva incorrupto hasta hoy. Fue canonizada en 1712 y es «la santa» de Bolonia por excelencia.

2. Escritos y pensamiento.- Estando todavía en Ferrara, Catalina escribió dos obritas, fuentes principales de su espiritualidad: Le armi necessarie alle battaglie spirituali (de 1438) y el Breviarium (de 1452). Sus más recientes biobibliógrafos ya no le atribuyen la obra Rosarium metricum (en latín), que quizá es una parte del Breviarium. La primera de las obras citadas, llamada también Le sette armi, es la más célebre, y tuvo decenas de ediciones, en Italia y fuera de ella. La segunda todavía es inédita, pero es de gran interés (pensamientos, jaculatorias, invocaciones, versos) «y está escrita más con las lágrimas del amor que con la pluma» (dice sor Iluminada, en M. Muccioli, S. Caterina da Bologna, p. 138). Además, siempre para un mejor conocimiento de su espiritualidad, es validísima la primera biografía, escrita por su discípula y compañera, sor Iluminada Bembo: Specchio de Illuminazione.

El trasfondo propiamente teológico del pensamiento ascético-místico de Catalina es cristocéntrico y mariano. Sin embargo, fue eminentemente práctica, en cuanto que escribió para su propia autoeducación y para la educación de sus discípulas y hermanas en religión. Es exacto decir que su contribución a la espiritualidad católica en general está en hacer de puente, en Italia, entre los autores de la Devotio moderna y los ignacianos y carmelitas del siglo XVI.

«Las siete armas necesarias para las batallas espirituales» son: la solícita diligencia en el bien obrar, la desconfianza propia, la confianza en Dios, la meditación de la pasión de Jesús, el recuerdo de la propia muerte, el recuerdo de la gloria de Dios, la meditación de la Sagrada Escritura. Además, sor Iluminada reproduce bellísimas páginas de la acción formativa de Catalina, en especial cómo enseñaba la oración, dictando a propósito siete condiciones: pureza de vida, eficacia de intención, eficacia de perseverancia, humildad de compunción, desconfianza de sí, confianza divina, presencia de Dios (Muccioli, o. c., p. 129). Y para la buena recitación de la oración exigía también cinco condiciones: eliminar toda negligencia, no interrumpirla, guardar el silencio exterior, pronunciar las palabras distintamente, favorecer un gran fervor (ibid., p. 130-131). Las virtudes más practicadas por la Santa fueron la paciencia, la penitencia y la humildad. A propósito de esta última, recordamos su autodefinición: «mínima perrita boloñesa». Tuvo durante años diversas experiencias místicas.

Bibliografia.- M. Muccioli, Santa Caterina da Bologna, mistica del Quattrocento, Bolonia 1963 (cf. pp. 251-255, donde se encuentra una buena información bibliográfica); S. Caterina da Bologna, Le sette armi spirituali, Módena 1963; M. Muccioli, La spiritualità francescana in Santa Caterina da Bologna, en Vita Minorum 35 (1964) II, 29-51; S. Spano, Per uno studio su Caterina da Bologna, en Studi medievali Ser. III, 2 (1971) 713-759 (estudio archivístico y bibliográfico de gran importancia).

[A. Matanic, en E. Ancilli (dir.), Diccionario de Espiritualidad, I, Barcelona, Ed. Herder, 1983, p. 354]

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SANTA CATALINA DE BOLONIA (1413-1463)

Catalina nació en Bolonia el 8 de septiembre de 1413, hija de Juan Vigri de Ferrara y de Bienvenida Mammolini, de Bolonia. A los 11 años de edad fue llevada por el Duque del Este a la corte de Ferrara para ser educada con la princesa Margarita de Este. Creció bien educada e instruida. Leía y escribía corrientemente en latín con admirable elegancia hasta para los humanistas. La vida lujosa del ambiente cortesano no la atrajo. No se ensoberbeció por su vasta cultura. A los 13 años volvió su ánimo a Dios, combatiendo las tentaciones y las ambiciones, con aquellas que ella llamó en su propio tratado «Las siete armas espirituales». Con un grupo de otras jóvenes, guiadas por la condesa Dal Verde, entró en el monasterio de Ferrara, escogiendo la rígida regla de Santa Clara, y en 1432 hizo la profesión religiosa entre las Hermanas Clarisas.

Pronto se distinguió por la humildad y la delicadeza para con las hermanas enfermas, mientras se hacía siempre más profunda su unión con el celestial Esposo. Pero cuántas luchas hubo de sostener, inclusive antes de estar ligada a la regla de Santa Clara, sobre todo por parte del demonio que intentó con falsas apariciones lanzarla a la desesperación. Después comenzaron los gozos más profundos, que transformaron su vida haciendo de ella una de las contemplativas más célebres. Toda inmersa en la vida espiritual, tuvo visiones y éxtasis. Anunció la caída del Imperio de Oriente, acaecida en 1453, con la toma de Constantinopla por los Turcos y la muerte del último emperador.

Catalina no desdeñaba los oficios más humildes del monasterio. Fue hornera, encargada de amasar y cocer el pan cada día para sus hermanas. Pasó luego a la portería, donde sus oraciones eran continuamente interrumpidas por las llamadas, sin que esto la turbara o impacientara. Aunque rehusaba todo cargo, fue maestra de novicias, a quienes supo guiar por los caminos de la perfección seráfica.

Entretanto en Bolonia se estaba construyendo por voluntad del pueblo y de las autoridades, el monasterio del Corpus Domini, por lo cual en 1456 viajó a Ferrara una delegación para pedir una abadesa y hermanas para el nuevo monasterio, de modo que el 22 de julio Catalina volvió a su ciudad natal con un grupo de clarisas de Ferrara, acogida con gran deferencia por el legado de la Santa Sede el cardenal Besarión, por el arzobispo, las autoridades y el pueblo.

Como una nueva Santa Clara, durante ocho años formó un grupo de religiosas. Aunque muchas veces enferma, siempre estaba en comunión con su Señor. El Beato Marcos Fantuzzi de Bolonia fue por un tiempo su maestro y director de espíritu. El 9 de marzo de 1463, a los cincuenta años, después de haber hecho a las hermanas su última exhortación, expiró mientras su rostro se volvía luminoso y hermosísimo. Su cuerpo incorrupto es objeto de gran veneración.

[Ferrini-Ramírez, Santos franciscanos para cada día. Asís, Ed. Porziuncola, 2000, pp. 142-143]

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SANTA CATALINA DE BOLONIA

Una serie de coincidencias nada comunes hicieron de esta santa una de las más populares de nuestro martirologio, cuando su vida fue normalísima, aunque muy atractiva por haber sido vivida en entrega heroica. Esas coincidencias tienen que ver con la renovación de las religiosas clarisas, con sus escritos místicos y con el perfume de su cadáver.

Para formarnos una idea del personaje ante el que nos hallamos, nos basta repasar la Chronica seraphica, que en 1719, bajo el título «Vida admirable de la gloriosa Santa Catalina de Bolonia, virgen de la esclarecida Orden de Santa Clara», le dedica 158 páginas.

La enumeración de los capítulos sin más es suficiente para comprender la vida de tan especial mujer santa. Nos hablan de la terrible desolación de espíritu que padeció la Sierva de Dios por espacio de cinco años. De sus conflictos y tribulaciones interiores. De su profunda humildad, paciencia, obediencia, altísima pobreza, alentada confianza, castidad angélica, rigurosa penitencia, fe obsequiosa, esperanza ardiente, encendida caridad, abrasado celo por la gloria de Dios y de las almas, milagrosa caridad, prodigiosa misericordia, amor tiernísimo al Niño Jesús, ardiente devoción a la Eucaristía y a Cristo Crucificado, milagros con que ya en vida se vio favorecida, singulares favores recibidos...

Y cuando ya nos tiene deslumbrados, el autor seráfico pasa a la narración de los hechos históricos y biográficos de la Santa, donde se pone de manifiesto una amplia serie de acontecimientos, incluso milagrosos, realmente deslumbrantes, de los que forman también parte enfermedades, pruebas, cargos, escritos...

Cuesta trabajo, por lo tanto, intentar condensar una vida de tan excepcionales dimensiones en lo divino más que en lo humano.

Catalina nació en Bolonia el 8 de septiembre de 1413, en el seno de una familia de la más exquisita nobleza italiana. Su padre Juan era gentilhombre de Ferrara, de la ilustre familia de los Vigri. Su madre Benvenuta Mammolini, de la familia de los Acomobini de Bolonia. Muy pronto se traslada a Ferrara, la patria de su padre. A los catorce años fue nombrada dama de honor de la princesa Margarita de Este, hija de Nicolás III, pasando entonces a vivir en la corte, donde recibe una esmerada formación acorde con los sentimientos de aquellos tiempos que ya se barruntaban como renacentistas. Catalina aprende latín, música y pintura.

Muy pronto, en 1426, se casa la princesa Margarita, y Catalina se aleja de la corte. Se une a un grupo de unas cincuenta damas con el objetivo de formar una congregación piadosa, de espiritualidad agustiniana, dirigida por Lucía Mascheroni, tomando como sede la casa de ésta. El experimento no cuaja y después de cinco años se fracciona el grupo; Catalina con algunas compañeras entra en una nueva comunidad adherida al espíritu de las religiosas clarisas. Es el monasterio llamado Corpus Domini de Ferrara.

En 1432 hace sus votos solemnes, profesa la Regla propia de Santa Clara, y más tarde es nombrada maestra de novicias, como reconocimiento a su modélico comportamiento. En 1456 Catalina pasa a una nueva fundación en Bolonia, su ciudad natal, un monasterio con idénticos aires renovadores y conocido con el mismo nombre Corpus Domini. Fue acogida con gran deferencia por el legado de la Santa Sede, el cardenal Besarión, por el arzobispo, las autoridades y el pueblo en masa. Aquí, ahora abadesa, va a imprimir a la fundación un ejemplar aire de reforma. Ella misma se adentra en un especial ascetismo y contemplación hasta llegar a una auténtica unión mística con Dios, de la que son exponente sus escritos místicos.

En esta situación, su alma ya plenamente madura es llamada por Dios para unirse definitivamente a Él. Con sólo cincuenta años de edad, muere el 9 de marzo de 1463.

Las últimas palabras con que se despidió de sus religiosas son realmente admirables por su ternura: «Amadas hijas mías de mi corazón, no lloréis más sobre mí, desperdiciando lágrimas: llorad sobre vosotras y sobre las penas de nuestro Esposo Jesús, para que tenga vuestro llanto mejor y más debido empleo. Su voluntad santísima, movida de solos sus méritos, bondad y misericordia, quiere que hoy salga mi alma de la cárcel del cuerpo a tomar la posesión de la gloria, entrando en ella por las puertas precisas de la muerte. [...] La caridad, con que por la gracia de Jesús os he amado en esta vida, debéis creer que levantará más vigorosa y más perfecta llama en la otra y hará que mis ojos estén siempre sobre vuestras necesidades y mi corazón dentro de vuestros corazones».

Pero es después de su muerte cuando comienzan los hechos que van a dar singularidad a tan ilustre Santa, patrona actual de Bolonia.

Hoy están todos de acuerdo en que tanto Catalina de Bolonia en Italia como Coleta de Corbie en Francia, han sido instrumentos elegidos por Dios para la renovación de las religiosas clarisas.

Su ascensión hasta la declaración definitiva de su santidad, inicialmente fue un camino difícil y, también, prolongado, porque su ejemplo y su memoria fue vista con desinterés por sus paisanos, por motivos ajenos a la vida de la religiosa. Tienen que pasar casi dos siglos para ser reconocida santa de forma solemne, realidad que no llega hasta el año 1712. Hay una obra italiana de Boesch Gajano y Sebastiani que trata y esclarece todo el asunto referente a su canonización.

La primera biografía de Catalina fue escrita muy pronto, hacia 1469, por la religiosa Iluminada Bembo, sólo seis años después de su muerte. A causa de la celebridad alcanzada por su obra Las armas espirituales, aparecerán otras más a comienzos del siglo siguiente, una de ellas en latín para formar parte de las Acta sanctorum.

El segundo hecho, del que no hablan muchos de sus biógrafos, se refiere a una situación posterior a su muerte. Al morir Catalina y antes de ser enterrada, de su cuerpo brotó un perfume exquisito, que llegó a todas las religiosas presentes. A pesar de todo, el cadáver fue depositado en el hoyo correspondiente sin caja alguna, cubierto por un pobre sudario blanco y una tabla. Quizás fuera el deseo propio de la pobre abadesa y quizás también por eso la propia Providencia quiso demostrar que aquella pobreza de los hombres no se correspondía con la riqueza donada por el cielo. Cuantos se acercaban hasta allí, sentían el mismo perfume penetrante que en el momento de su muerte.

En los capítulos 33 y 34 de la Chronica seraphica se narran una serie de maravillas que acompañaron a su cuerpo muerto: «Apenas la sepultaron, a pesar de las tinieblas, inundaron el sepulcro resplandecientes rayos de luz, al modo que los suele despedir el sol en el ocaso. Para ilustrar sepulcro tan glorioso le enviaba el Cielo sus luces en hermosas estrellas, que, tocándole, inmediatamente le servían de antorchas [...] En testimonio de que al Señor no eran desagradables tales demostraciones, dio repentina salud a todas las monjas enfermas».

Con permiso del confesor, «a los diez y ocho días después del entierro de la Santa, [...] colocaron el cadáver incorrupto en una caja de madera». Cuando lo estaban desenterrando, como el cementerio se hallaba en un campo, sucedió que cayó un terrible aguacero que amenazaba con inundar todo el convento y también los restos de la Santa. Pero por la oración de una de las monjas asistentes cesó la lluvia inmediatamente: «Oh Cielo, de parte de Dios te mando que te pongas claro y sereno; si es tu voluntad que el cuerpo de esta fiel esposa tuya tenga la veneración que merece».

El cadáver «quiso Dios que, después de muerta, no tuviese su rostro mácula, ni ruga, sino que fuese toda hermosa, como verdadera Sunamitis».

Pero el momento culminante llegó antes: «Apenas quedó el santo cuerpo delante del altar mayor, cuando a vista y con estupendo asombro de toda la comunidad se incorporó en la caja, como si estuviese vivo; y abriendo los ojos, juntando las manos sobre el pecho e inclinando tres veces la cabeza, adoró al Santísimo Sacramento. [...] Hechas las tres adoraciones al Santísimo Sacramento, volvió a acomodarse en la caja, como antes estaba, apagándose al mismo punto los incendios del rostro y retirándole del todo la celestial fragancia que despedía».

Cuando desenterraron el cadáver y lo colocaron de nuevo en un ataúd, a pesar de que parte de su rostro había estado comprimido por la tabla y la tierra, al cambiarle el hábito «comenzó a sudar una especie de licor oloroso, tan extraordinario, que a veces era rojo como sangre viva, otras cristalino como agua, y otras blanco y encarnado como leche rociada de sangre. Fue tan copioso que caló toda la toca».

Pensaron las religiosas que todas estas maravillas eran una acusación contra las limitaciones del primer enterramiento. Por eso, como desagravio, dejaron sus restos expuestos durante algún tiempo a la veneración pública, porque el pueblo se amotinaba pidiendo a gritos conocer el prodigio. La noticia se había propagado por toda la ciudad y no sólo los boloñeses sino Italia entera acudía a contemplar el milagro. A la Santa ya no se la devolvió a la tierra sino que, desde entonces, se la muestra sentada en un sillón con su cuerpo momificado.

El tercero de los hechos referidos a Santa Catalina son sus escritos:

- Las siete armas para la batalla espiritual.

- De algunas particulares revelaciones.

- Rosario métrico de la vida de la Virgen María y de los misterios de la pasión de Cristo.

De estas obras, la más celebrada es la primera, que se refiere a las armas que puede emplear el alma en esta vida hasta llegar a Dios. Esas armas son: la diligencia en el bien obrar, la desconfianza de uno mismo, la confianza en Dios, la situación de nuestra peregrinación hasta la muerte, la memoria de los bienes que nos esperan y la meditación de la Santa Escritura.

Podríamos acompañar estas afirmaciones con las propias palabras de la Santa, que tienen toda la frescura de su sencillez y vivencia. Pero es en la última, la que se refiere a la Sagrada Escritura, donde se detiene la Santa demostrando a ejemplo de Jesús que aquí tenemos todos los medios necesarios para llegar a Dios, con el ejemplo de Cristo y las virtudes que aparecen en su vida evangélica, formando parte importante de este itinerario la ayuda que nos presta la Eucaristía y el perdón de los pecados. Utiliza con tanto aplomo las palabras evangélicas, que parecen más bien propias de un especialista.

La obra se propagó inmediatamente por todas partes gracias a las copias ofertadas por sus religiosas. La primera edición impresa que se conoce es de 1475. Luego se tradujo a todas las lenguas europeas más importantes.

Hoy es reconocida como una de las grandes figuras de su siglo. Los pintores de Bolonia la han elegido como patrona, ya que dominó perfectamente la técnica de la miniatura y pasó muchas horas iluminando su personal breviario de rezos.

La Chronica seraphica introduce la Vida de Santa Catalina con estas palabras, que a nosotros nos sirven de epitafio laudatorio: «Entre estos frutos de santidad y virtudes, goza de uno de los primeros lugares la ilustrísima y prudente virgen Santa Catalina de Bolonia: decoroso lustre de la esclarecida Orden de Clarisas y del templo de la Universal Iglesia. Lámpara refulgente, toda cristales por la caridad seráfica; toda resplandores por las heroicas virtudes de su prodigiosa vida. En ella la veremos caminar con firme planta y hermosos pasos a la remontada cumbre de la perfección, hasta llegar a reclinarse en brazos del Amado».

Fue canonizada por Clemente XI el 22 de mayo de 1712.

[J. Sendín Blásquez, en Año cristiano. Marzo. Madrid, BAC, 2003, pp. 185190]

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