DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

12 de enero

San Bernardo de Corleone (1605-1667)

Textos de L'Osservatore Romano

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Bernardo, en el siglo Filippo, religioso profeso capuchino, fue un joven irascible y violento, que a la vez se sentía comprometido con los pobres y los oprimidos. Arrepentido de la violencia ejercida en cierta ocasión, ingresó a la edad de 27 años en religión, donde se dedicó al ejercicio de tareas domésticas, mientras vivía cada vez con mayor intensidad en penitencia y alta contemplación. Murió en Palermo. Fue beatificado por Clemente XIII el 15 de mayo de 1768, y canonizado por Juan Pablo II el 10 de junio del 2001.

Filippo Latini, que así se llamaba de seglar nuestro santo, nació en Corleone (Sicilia, Italia), el 6 de febrero de 1605. De joven ejerció el oficio de zapatero. Su casa era conocida como «la casa de los santos», porque tanto su padre como sus hermanos eran muy caritativos y virtuosos. Por ello, recibió una buena formación religiosa y moral. Era muy devoto de Cristo crucificado y de la santísima Virgen. Sin embargo, tenía un carácter muy fuerte. En cierta ocasión, tuvo un enfrentamiento con otro joven; después de las palabras pasaron a las manos: ambos desenfundaron la espada y, tras un breve duelo, el otro quedó gravemente herido. Al huir de la justicia humana, buscó refugio en una iglesia, invocando el derecho de asilo, pero, aunque se libró de la justicia humana, no pudo escapar de su conciencia.

En la soledad y en la meditación reflexionó largamente sobre el delito cometido y sobre toda su vida, desperdiciada, inútil y disipada, odiosa a los demás y dañina para su alma, lo más precioso que el hombre posee. Se arrepintió, invocó el perdón de Dios y de los hombres e hizo áspera penitencia. Para reparar sus pecados, con vestidos de penitente decidió tomar el sayal de los Hermanos Menores Capuchinos. Abandonó Corleone, que le recordaba su pasado, y llamó a la puerta del convento de Caltanissetta, en Sicilia, donde fue admitido y tomó el nombre de Bernardo.

Como laico profeso de la orden de los Frailes Menores Capuchinos, fue en verdad un hombre nuevo, decidido a alcanzar una perfección cada vez más alta, con humildad, obediencia y austeridad. En el convento ejerció casi siempre el oficio de cocinero o ayudante de cocina. Además, atendía a los enfermos y realizaba una gran cantidad de trabajos complementarios, con el deseo de ser útil a todos, a los hermanos sobrecargados de trabajo y a los sacerdotes, a los que lavaba la ropa y prestaba otros servicios. Dormía en el suelo, no más de tres horas diarias, y multiplicaba sus ayunos.

Aunque inculto e iletrado, alcanzó las alturas de la contemplación, conoció los más profundos misterios, curó enfermos, distribuyó consuelos y consejos, intercedió con su oración para alcanzar de Dios abundantes gracias para los demás. Esto lo realizó durante treinta y cinco años, hasta su muerte. Su oración asidua, su caridad ferviente, su filial devoción a la Virgen Inmaculada y su acendrada devoción a la Eucaristía -a pesar de las costumbres de aquellos tiempos, recibía la comunión diariamente-, fueron el secreto de su santidad. Se preocupó por conformarse a Cristo crucificado. Tomó en serio el Evangelio y trató siempre de vivirlo con todas sus consecuencias.

Murió el 12 de enero de 1667 en Palermo. Tenía 62 años. El papa Clemente XIII lo beatificó el 15 de mayo de 1768, y Juan Pablo II lo canonizó el 10 de junio del 2001.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 8-VI-01]

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De la homilía de Juan Pablo II
en la misa de canonización
(10-VI-2001)

«Gloria al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo». A la luz del misterio de la Trinidad cobra singular elocuencia el testimonio evangélico de san Bernardo de Corleone. Todos se maravillaban y se preguntaban cómo un fraile iletrado como él podía hablar con tanta elevación sobre el misterio de la santísima Trinidad. En efecto, su vida estaba completamente orientada a Dios, a través de un esfuerzo constante de ascesis, impregnada de oración y de penitencia. Quienes lo conocieron testimonian unánimemente que «siempre estaba absorto en oración», «jamás dejaba de orar» y «oraba constantemente». De este coloquio ininterrumpido con Dios, que tenía en la Eucaristía su centro de acción, sacaba el alimento vital para su valiente apostolado, respondiendo a los desafíos sociales de su tiempo, no exento de tensiones e inquietudes.

También hoy el mundo necesita santos como fray Bernardo, inmersos en Dios y, precisamente por esto, capaces de transmitirle su verdad y su amor. El humilde ejemplo de este capuchino constituye un aliciente para no dejar de orar, pues la oración y la escucha de Dios son el alma de la auténtica santidad.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 15-VI-01]

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Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos
que fueron a Roma para la canonización
(11-VI-2001)

Saludo ahora a los que han venido a Roma para la canonización de Bernardo de Corleone, humilde fraile capuchino en el que brilla con todo su fulgor la fuerza del carisma franciscano, es decir, la austeridad, la esencialidad y la «itinerancia» caritativa. Saludo en particular al cardenal Salvatore De Giorgi, arzobispo de Palermo, a los obispos y a los fieles de Sicilia, tierra donde nació este nuevo santo. A pesar de ser analfabeto, supo escribir páginas brillantes de historia con su vida, impregnada de amor a Cristo crucificado, de servicio humilde y silencioso, y de solidaridad con el pueblo.

Fray Bernardo, aunque es un hombre del siglo XVII, por su auténtica configuración con el divino Maestro participa en la actualidad perenne del Evangelio. El modelo de santidad que propone es siempre actual. Más aún, con su historia personal, caracterizada por grandes pasiones civiles y religiosas, con un notable sentido de la justicia y de la verdad en medio de numerosas situaciones de sufrimiento y miseria, encarna, en cierto sentido, la imagen del santo contemporáneo, o sea, la de un hombre que se abre al fuego del amor sobrenatural y se deja inflamar por él, transmitiendo su calor a las almas de los hermanos. Como mostró a sus contemporáneos, también nos indica hoy a nosotros que la santidad, don de Dios, produce una transformación tan profunda de la persona, que la convierte en testimonio vivo de la presencia confortadora de Dios en el mundo.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 15-VI-01]

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