DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

26 de junio

BEATO SANTIAGO DE GHAZIR
(1875 - 1954)

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Nació en Líbano el año 1875. Siendo profesor de árabe en Alejandría (Egipto), decidió ingresar en los capuchinos y, cursados los estudios correspondientes, recibió la ordenación sacerdotal. Fue un incansable apóstol de la palabra y de la caridad en Líbano sobre todo y también en Palestina, Irán y Siria. Llevado de su amor y solicitud por los pobres y necesitados, fundó escuelas, hospitales, orfanatos. Para dar continuidad a su obra, fundó la congregación de las Hermanas Franciscanas de la Cruz de Líbano, que se dedican al cuidado de los minusválidos físicos y psíquicos, a la atención de ancianos y enfermos incurables no atendidos por sus familiares ni por las instituciones públicas, a la educación de niños huérfanos, etc. Nota particular de su espiritualidad fue la devoción a la Cruz de Cristo y a la Virgen. Murió en Beirut el año 1954. Fue beatificado el 2008.

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BEATO SANTIAGO DE GHAZIR,
UN GIGANTE DE LA CARIDAD.

Carta circular del General de los Capuchinos (9-VI-08)

A todos los hermanos y a todas las hermanas de la Orden.

Queridos hermanos:

Tengo el gozo de comunicarles que, una vez más, nuestra Orden tiene un motivo para alegrarse y dar gracias al Señor por el don de la santidad, en particular de una santidad nacida y desarrollada en una tierra hoy particularmente atormentada: el Líbano.

El 22 de junio de 2008, en Beirut, Abuna Santiago de Ghazir será proclamado beato. Con confianza ponemos nuestros ojos en el nuevo beato que hizo tanto por aliviar los sufrimientos de los pobres de su tiempo, para que obtenga del Señor la reconciliación y la paz para el mundo y para el Líbano.

¿Quién era Abuna Santiago? A muchos de nosotros este nombre nos dice poco o nada, pero en su tierra es reconocido como un gigante de la caridad. «Gran Constructor», «Apóstol de la Cruz», «San Vicente de Paúl de Líbano», «Nuevo Cottolengo», «Nuevo don Bosco», son los apelativos que los libaneses, cristianos y musulmanes, han usado y usan para nombrarlo, para rezarle, para reconocer su humanidad y su santidad.

Santiago nació en Ghazir, en la periferia de Beirut, el 1 de febrero de 1875 de Butros Haddad y Shams Haddad, el tercero de ocho hijos. La familia cristiana, de rito maronita, era profundamente creyente. La madre, en particular, con la santidad de su vida influyó decisivamente sobre su hijo, favoreciendo en él una fuerte propensión a la generosidad hacia Dios y hacia los hombres. Fue bautizado en Ghazir, en la Iglesia maronita, el 21 de febrero de 1875 con el nombre de Khalil y confirmado el 9 de febrero de 1881. Una vez realizados los estudios elementales, 1885-1891, en su ciudad natal, siguió los estudios de secundaria en Beirut en dos colegios religiosos. A los dieciséis años emigró a Alejandría de Egipto, donde, sacudido por el mal ejemplo de un sacerdote y por el conmovedor testimonio de la muerte de un hermano capuchino, el joven Khalil, a los 19 años de edad, toma la decisión de abrazar la vida consagrada entre los hermanos capuchinos.

Regresa a Líbano en 1894 para comunicar a su padre su decisión y así iniciar el noviciado en el convento de San Antonio de Padua, no lejos de su pueblo. Su padre, inicialmente contrario a la decisión, finalmente no pudo más que decir que sí. En el noviciado, como era costumbre en ese tiempo, recibió un nuevo nombre. Desde este momento se llamó fray Santiago de Ghazir, en recuerdo del santo hermano franciscano Santiago [=Jaime] de Las Marcas. Todos los hermanos lo admiraban por su abnegación, su piedad, su caridad, su obediencia, y por el sentido del humor, que no dejaba nunca de usar como instrumento de paz.

Terminados los estudios, el 1 de noviembre de 1901, en la capilla del Vicariato Apostólico de Beirut, el Delegado Apostólico Mons. Duval lo ordenó de sacerdote. Al día siguiente celebró su primera misa en su pueblo natal.

Sus superiores le confiaron la economía general de los cinco conventos de Beirut y de la Montaña, encargo que lo obligó a tratar cuestiones administrativas, recorriendo muchos caminos. Decenas de veces, como él mismo cuenta en sus Memorias, fue agredido, golpeado y amenazado de muerte, aunque milagrosamente la cruz de Jesús lo salvó siempre.

En 1905 fue nombrado director de las escuelas que los hermanos capuchinos tenían a su cargo en el Líbano, introduciendo en ellas importantes renovaciones. Su modelo no era tener una gran escuela con muchos alumnos, sino escuelas más pequeñas con clases de pocos alumnos. Así en 1910 las escuelas eran 230 con 7.500 alumnos.

Abuna Santiago también mostró una gran capacidad para organizar peregrinaciones, procesiones, celebraciones y particularmente las primeras comuniones. Decía: «Sembrad hostias, recogeréis santos».

Su carisma específico era la predicación. Sus sermones los preparaba de noche delante del Santísimo Sacramento. De Abuna Santiago conservamos más de ocho mil páginas de escritos. Predicó en Líbano, en Siria, en Iraq, en Palestina. En Beirut fundó la Tercera Orden Franciscana, que se difundió por todo el Líbano. Tuvo la alegría de ir a Lourdes, a Asís y a Roma, donde se encontró con el papa san Pío X. Consciente de la importancia de la prensa, en 1913 fundó la revista mensual «El Amigo de la Familia».

A causa del estallido de la Primera Guerra Mundial, en 1914, los capuchinos franceses dejaron el Líbano y a Abuna Santiago se le encomendó la Misión, a la que se dedicó con valentía y competencia. La nueva tarea no le impidió ocuparse de los Terciarios, de distribuir pan a los hambrientos, de dar sepultura a los muertos abandonados por las calles. La Providencia cuidaba de él. Muchas veces escapó del arresto, de la prisión e incluso del verdugo.

Habiendo gastado todas las energías y el dinero, no tenía ni siquiera unos pocos centavos para el aceite del sagrario, y decidió restituir las llaves de la Misión al Delegado Apostólico. Estaba extenuado.

Con el fin de la guerra, el ejército turco dejó el país y los capuchinos franceses regresaron para continuar la obra interrumpida. La apertura de centros para acoger a niños y a mujeres jóvenes en dificultad fue el nuevo campo de acción de Abuna Santiago.

También albergaba un sueño en su alma: levantar una gigantesca cruz en la cima de una colina de Líbano, para convertirla en lugar de encuentro para los Terciarios y, sobre todo, lugar de oración por los caídos en la guerra y por los libaneses que habían dejado su tierra. El sueño se realizó, con la ayuda de la Providencia, sobre la colina de Jall-Eddib, que, de «Colina de los Djinns», pasó a llamarse «Colina de la Cruz». Otra cruz fue elevada en Deir El-Qamar en el Chuf, una región pluriconfesional.

Pero la Providencia aún tenía reservadas para Abuna Santiago muchas cosas por hacer. Llamado a confesar a un sacerdote enfermo en un hospital público, quedó conmovido. El sacerdote, amén del estado lamentable en el que se encontraba por la mala asistencia, durante su recuperación nunca había tenido la posibilidad de celebrar la santa misa. Abuna Santiago no se lo pensó dos veces y lo llevó a Nuestra Señora del Mar, adonde en poco tiempo lo siguieron otros sacerdotes enfermos.

La Providencia tiene necesidad de brazos, pero sobre todo de corazones generosos y maternos que se sumen al trabajo cotidiano y fatigoso de la Misericordia. Así la idea de fundar una congregación lo inquietaba. Algunas hermanas Franciscanas de la Inmaculada Concepción de Lons-le-Saunier lo ayudaron a formar a muchachas jóvenes y, finalmente, en 1930 fundó la Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Cruz de Líbano. Sor María Zougheib fue su primera colaboradora y co-fundadora de la congregación.

En los estatutos de la nueva congregación Abuna Santiago insiste sobre todo en que no falten nunca las siguientes obra de misericordia: asistencia hospitalaria para los sacerdotes enfermos y que por su avanzada edad no puedan ejercitar el ministerio; cuidado de los disminuidos, de los ciegos, de los inválidos, de los discapacitados mentales, de los incurables abandonados; educación y cuidado de los huérfanos. Y agrega: «Cuando sea necesario, es posible dedicarse al apostolado en las escuelas en aquellas localidades donde ya existe una casa de las hermanas y no esté presente otra congregación dedicada a la educación».

El amor de Abuna Santiago por la humanidad que sufre caracterizó todo el arco de su vida. Fundó la escuela de San Francisco, en Jall-Eddib (1919), conocida hoy con el nombre de «Val Père Jacques» en Bkennaya; el hospital de Deir El-Qamar (1933), para niñas discapacitadas; el convento de Nuestra Señora del Pozo, en Bkennaya (1941), que comprende la casa general, el postulantado, el noviciado y el centro de acogida para retiros espirituales de sacerdotes, religiosas y grupos de oración; el hospital de Nuestra Señora, en Antélias (1946), para enfermos crónicos y ancianos. Y además, el Hospital San José, en Dora (1948), situado en un barrio popular; la escuela de las Hermanas de la Cruz, en Brummana (1950), que acoge a niños huérfanos y víctimas de la pobreza material y moral; el hospicio de Cristo Rey, en Zouk-Mosbeh (1950), construido sobre una colina que domina el camino de la costa que va hacia Biblos, coronada por una estatua de Cristo Rey de 12 metros de altura. La Providencia acompañó el camino de Abuna Santiago, no lo abandonó jamás y aún hoy es huésped habitual entre las hermanas.

En 1951 el Hospital de la Cruz fue enteramente reservado para el cuidado de enfermedades mentales. Hoy es el complejo psiquiátrico más grande de Oriente Próximo, centro universitario y académico, con más de mil enfermos, el 54% de ellos no cristianos. El Hospital de la Cruz acoge a los enfermos de cualquier religión con el espíritu de misericordia que distingue a la congregación de las Hermanas Franciscanas de la Cruz de Líbano: «Seamos semejantes a la fuente que no le dice nunca al sediento: dime primero de qué país vienes, de otro modo no te daré de beber».

Abuna Santiago, reconocido por las autoridades religiosas y por las civiles un gigante de la caridad, no tuvo otro objetivo en su vida sino el de «amar a Dios y amar al hombre, imagen del Crucificado».

La edad y la enfermedad mellaron la fuerte fibra del atleta de Cristo, y en particular su corazón que tantas veces Abuna Santiago había ofrecido al Señor: «Señor, si quieres mi corazón, aquí lo tienes; como también mi inteligencia, mi voluntad y todo mi ser».

Al amanecer del sábado 26 de junio de 1954 dijo: «¡Hoy es mi último día!». Murió a las 15:00 horas. La radio, la prensa, los amigos, las campanas de los pueblos anunciaron su muerte. Miles de personas acudieron al convento de la Cruz para llorar, para orar, para recibir una bendición de aquel que ahora vive en el Eterno.

El Nuncio Apostólico sintetizaba la vida de Abuna Santiago con estas palabras: «Fue el hombre más grande que el Líbano haya dado en nuestros días», y el presidente Naccache, en nombre del presidente de la República, Camille Chamoun, puso sobre su pecho la Medalla de oro del cedro de primera clase, signo de reconocimiento por el bien realizado. El cuerpo fue colocado en el sepulcro de la nueva Capilla del Calvario.

Por la fama de santidad de la que gozaba ya en vida y después de su muerte, se inició el proceso de beatificación, que se concluyó con el decreto de 17 de diciembre de 2007, firmado por el papa Benedicto XVI. El 22 de junio de 2008 tendremos la alegría de asistir en Beirut a su beatificación.

Abuna Santiago de Ghazir es una de aquellas figuras de capuchino que, siguiendo al seráfico Abuna san Francisco, supo dejarse tocar por el sufrimiento de su gente y practicó con ellos la misericordia. Se dejó interpelar por las urgentes necesidades de su tiempo y les respondió concretamente con fe, involucrándose con todas sus fuerzas y sin reservas.

Amó a su gente y utilizó todas sus dotes organizativas para encontrar las soluciones más adecuadas, pero sobre todo para que estas pudieran continuar y durar en el tiempo.

El año pasado tuve la ocasión de visitar algunas de las casas queridas por él y hoy dirigidas por la Congregación de las hermanas fundadas por él. Son centros que hospedan sacerdotes ancianos, enfermos psiquiátricos, ancianos abandonados, jóvenes portadores de discapacidades. Allí pude observar que, además de los cuidados sanitarios adecuados, se les asegura el respeto a la dignidad humana. Es evidente que una obra con un campo de acción tan amplio no hubiera podido ser realizada sin la colaboración de otras personas igualmente conmovidas por la necesidad de los que sufren, rasgo que sobresalía en Abuna Santiago. La congregación de las Hermanas Franciscanas de la Cruz de Líbano nació del amor que Abuna Santiago tenía por los necesitados y, al mismo tiempo, es la respuesta de mujeres que han acogido la propuesta que Dios les hacía por medio de Abuna Santiago.

Sólo un carácter fuerte y decidido podía realizar aquello que hizo. De hecho, no desdeñaba los desafíos difíciles y los sacrificios que suponían. Afirmaba muchas veces: «Quien quiere el cielo sin sufrimiento, es como quien quiere comprar mercancías sin pagar». Suyo también es el dicho: «La oración sin confianza es como una carta en el bolsillo; nunca llega a su destino», como diciendo que no se pueden emprender acciones sin esta fuente, sus innumerables fundaciones sin una profunda actitud de fe.

Toda la Orden y, en particular, los hermanos de la viceprovincia general del Oriente Próximo y las Hermanas Franciscanas de la Cruz de Líbano, pueden alegrarse por este momento de fiesta. Esta beatificación nos honra y nos impulsa a vivir nuestra consagración con una atención particular por los pobres y los desheredados. Hagámoslo recordando lo que afirman nuestras Constituciones: «Vivamos con gusto nuestra vida fraterna con los pobres, participando con verdadero amor de sus calamidades y baja condición" (n. 12,3).

Roma, 9 de junio de 2008.
Fr. Mauro Jöhri, Ministro General OFMCap.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 18-VII-2008]

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BEATIFICACIÓN DEL CAPUCHINO
SANTIAGO DE GHAZIR (Beirut, 22-VI-2008)

El domingo 22 de junio de 2008, en la plaza de los Mártires de Beirut, fue beatificado el siervo de Dios Santiago de Ghazir -Abuna Yaakub- Haddad (en el siglo, Khalil), presbítero, de la Orden de Frailes Menores Capuchinos, fundador de la Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Cruz de Líbano, que murió en 1954 a la edad de 79 años, después de realizar una amplia labor apostólica y social en su país.

Presidió la ceremonia, en nombre del papa Benedicto XVI, el cardenal José Saraiva Martins, cmf, entonces prefecto de la Congregación para las causas de los santos. La misa, en rito latino, se celebró en lengua francesa. Las lecturas se proclamaron en árabe. La coral acompañó la ceremonia con cantos polifónicos en latín, francés y árabe.

Al inicio del rito de beatificación, el arzobispo mons. Paul Dahdah, ocd, vicario apostólico de Beirut de los latinos, solicitó la beatificación. Siguió la lectura de una breve biografía del siervo de Dios, realizada por fray Selim Rizqalla, ofmcap, vice postulador de la causa. El cardenal Saraiva Martins leyó la carta apostólica de Benedicto XVI, en la que el Santo Padre establece que la fiesta del nuevo beato se celebre cada año el 26 de junio, aniversario de su muerte. Pronunció la homilía el cardenal Nasrallah Pierre Sfeir, patriarca de Antioquía de los maronitas.

Llevaron las ofrendas numerosas personas, manifestando el amplio campo de actividad de la caridad del beato Abuna Yaakub: dos niños de primera Comunión, un minusválido, enfermeros, médicos, un sobrino del beato con el árbol genealógico de la familia, el alcalde de Ghazir -de la misma familia que el beato-, una monja anciana con la Regla escrita por Abuna Yaakub. La madre general de las Hermanas Franciscanas de la Cruz de Líbano llevó una cruz con la reliquia del beato. Ese mismo día, después del rezo del Ángelus en el palacio pontificio de Castelgandolfo, el papa Benedicto XVI se refirió a la beatificación con estas palabras: «Hoy en Beirut, capital de Líbano, ha sido proclamado beato Yaakub Ghazir Haddad, en el siglo Khalil, sacerdote de la Orden de Frailes Menores Capuchinos y fundador de la Congregación de las Hermanas Franciscanas de la Cruz de Líbano. Felicito a sus hijas espirituales. Espero de todo corazón que la intercesión del beato Abuna Yaakub, junto con la de los santos libaneses, obtenga que ese amado y martirizado país, que tanto ha sufrido, finalmente encuentre una paz estable».

Ofrecemos seguidamente las palabras que pronunció el cardenal Saraiva Martins al final de la ceremonia de beatificación.

Palabras del Card. Saraiva Martins
al final de la ceremonia de beatificación

La beatificación de Abuna Yaakub, juntamente con el recuerdo de los santos libaneses Charbel, Rafka y Hardini, evoca toda la verdad y la belleza de las palabras de Juan Pablo II: «La santidad es el camino real para los creyentes del tercer milenio» (Catequesis del 16-V-2001).

Las vidas de los santos libaneses, a las que se añade hoy la de este nuevo beato, nos presentan a hombres y mujeres que, obedeciendo al plan de Dios, afrontaron a veces pruebas y sufrimientos indescriptibles. Pero, como nos recordó el papa Benedicto XVI: «Toda forma de santidad, aun siguiendo sendas diferentes, pasa siempre por el camino de la cruz, el camino de la renuncia a sí mismo» (Homilía del 1-XI-20069).

De este modo se nos ofrece una clave de lectura para interpretar toda nuestra vida. La santidad no ignora y no evita la cruz, la renuncia, la entrega. El beato Abuna Yaakub creyó de verdad en ello; por eso, enseñaba: «No hay cielo sin cruz. Quien quiere el cielo sin sufrimiento, es como quien quiere comprar mercancías sin pagar».

Así pues, aprendamos hoy, una vez más, del testimonio del nuevo beato, que se nos presenta como ejemplo, que sólo con estas condiciones la santidad puede realmente llegar a ser nuestra aspiración común y realizar en el hombre el verdadero ideal de felicidad, tan frecuentemente malentendido y sustituido, en nuestro siglo, con ídolos cansados que no pueden menos de entristecer al hombre.

El Santo Padre Benedicto XVI nos enseña que los beatos y los santos nos muestran el camino para llegar a ser felices y nos dan a conocer una verdad importante: las personas realmente santas lo han sido precisamente porque «no han buscado obstinadamente su propia felicidad, sino que han querido simplemente entregarse, porque han sido alcanzados por la luz de Cristo» (Homilía de la Jornada mundial de la juventud, 20-VIII-2005).

Queridos hermanos y hermanas, hoy el beato Santiago de Ghazir nos sale al encuentro y nos confirma la validez de un mensaje que la Iglesia desde tiempo inmemorial ha consolidado y transmitido a las diversas generaciones que se han sucedido en los dos mil años de su historia: la única forma posible de felicidad es precisamente la santidad. Estamos invitados a captar este mensaje decisivo en la vida y en el rostro de los santos y de los beatos que, con su obra continua, contribuyen a formar el tesoro más verdadero y precioso «de la Iglesia y de todos los que buscan la verdad y la perfección evangélica» (Mensaje de Benedicto XVI, 27-IV-2006).

El don de un nuevo beato a la Iglesia libanesa es un signo de esperanza en las extraordinarias posibilidades de este amado país, que tiene profundas raíces bíblicas. Contemplando al beato Santiago, podemos descubrir, hacer crecer y madurar las semillas de santidad que hay en nosotros. Confrontarnos con él nos ayuda a comprender mejor que Dios no suele sufrir derrotas ante la fragilidad humana. Abuna Yaakub, que se añade a los santos y mártires del Valle Santo -san Charbel, santa Rafka, san Hardini-, es para el Líbano y para los libaneses un signo admirable de reconciliación y de paz, de la paz que viene a la tierra a los hombres que Dios ama, como nos recuerda el evangelio del nacimiento de Cristo, así como una invitación a mirar la realidad con los ojos de la fe, a fin de tener en ellos la luz necesaria para superar las divisiones, para fortalecer el diálogo y la solidaridad, para promover el bien, para aliviar los sufrimientos, para llevar consuelo y esperanza para vivir, en el signo de la santidad, esta nueva era de serenidad y de paz.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 18-VII-2008]

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