DIRECTORIO FRANCISCANO
San Antonio de Padua

SAN ANTONIO DE PADUA
PRESBÍTERO FRANCISCANO,
DOCTOR DE LA IGLESIA

por Agostino Gardin, min. gen. o.f.m.conv

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Nació en Lisboa a finales del siglo XII. Muy joven ingresó en los canónigos regulares de San Agustín en Lisboa y después pidió el traslado a Coimbra. Aquí conoció a los franciscanos que se dirigían a Marruecos, cuyas reliquias contempló después de su martirio. Ansioso de propagar la fe entre los Musulmanes y de sufrir él mismo el martirio, se pasó a la Orden de Hermanos Menores. No logró su intento: cayó enfermo en Marruecos, y la nave en que regresaba a su patria fue a parar a Sicilia. Estaba destinado a desplegar su apostolado en regiones del mediodía de Francia y en Italia, infestadas por la herejía, y a ello se dedicó, tras un período de vida eremítica, cuando la Providencia quiso poner de manifiesto los talentos de que le había dotado. Fue el primer profesor de teología de la Orden. Escribió sermones llenos de ciencia, elegancia y unción. Murió en Padua en 1231. Tras su muerte, el Señor multiplicó los milagros por su intercesión. Lo canonizó Gregorio IX en 1232 y Pío XII lo proclamó doctor de la Iglesia en 1946.

Virgilio Gamboso, franciscano conventual, gran conocedor y estudioso del santo, escribe: «Antonio vivió una serie interesante y muy numerosa de desplantes y trasplantes, comenzando por su ruptura con el ambiente familiar perplejo y hostil. Lo vemos capaz de firmeza unida a diplomacia cuando se aleja sin dejar residuos de conflictos insuperables con los jóvenes padres y sus proyectos sobre el dotadísimo primogénito; cuando deja la canónica de San Vicente para pasar a la de Santa Cruz; cuando abandona esta forma de vida religiosa para unirse a la entonces discutida Orden franciscana; cuando se exilia hacia la aventura de Marrakech, que se presentaba cruenta, y así sucesivamente».

INFANCIA Y ADOLESCENCIA

Antonio de Padua nació en Lisboa en 1191-92. La tradición fija su nacimiento el 15 de agosto, fiesta de la Asunción de la Virgen. La Assidua, la primera biografía antoniana, no nos transmite la fecha de su nacimiento, sino la de su muerte. El estudio antropológico llevado a cabo sobre sus restos mortales, en la exhumación de 1981, dice lo siguiente acerca de su estatura y edad: «La altura de fray Antonio se fija en 1,69 m.; la edad en torno a los 39/40 años... Se puede concluir, con un buen margen de seguridad, que el santo murió en torno a los 40 años». En el bautismo, celebrado en la catedral, le pusieron por nombre Fernando.

Sus padres son Martín de Alfonso, caballero al servicio del rey Alfonso I de Portugal, descendiente de la familia de los Bouillón, según el testimonio tardío de Marcos de Lisboa, y María, de la familia Taveira, cuyo representante principal fue Fruela I, rey de Asturias, aunque carecen de un linaje nobiliario donde se refleje el origen de su estirpe. La Vida Primera del santo, como queriendo confirmar su noble linaje, dice que «en San Vicente le asediaban jóvenes de casas nobles». Se intenta trazar el camino de la santidad en paralelismo con la nobleza y la riqueza, mientras que el camino que va a recorrer Fernando, como todos los santos, es el de Jesús de Nazaret.

La Rigaldina, otra antigua biografía, refiere que Fernando era el primogénito. Documentadas, sólo tenemos noticias de su hermana María, sobre la cual se lee en el Martirologio de San Vicente de la Biblioteca Nacional de Oporto: «Murió María Martins, hermana de San Antonio, el 18 de febrero de 1279».

La Assidua dice que fue confiado, a edad debida, a la escuela de la catedral para que le instruyesen en las sagradas letras; allí, añaden fuentes posteriores, un tío suyo, de nombre Fernando, era canónigo-maestrescuela. Soeiro I (1185-1209), obispo de Lisboa, protegió esta escuela abierta para la enseñanza de los adictos al clero y de los estudiantes pobres. Se les iniciaba en la lectura del Salterio, la Escritura, las matemáticas, la música..., es decir, los cursos del «Trivium» y el «Quadrivium».

La Benignitas describe al joven Fernando diciendo que era buen oyente de la Palabra de Dios y la conservaba en su corazón; que echó sólidos cimientos al edificio de su vida espiritual y conservó la pureza de cuerpo y alma hasta el final de su vida.

HACIA LA VIDA RELIGIOSA

Voluntariamente he arrinconado abundantes aportaciones legendarias que hacen de Fernando Martins un modelo poco creíble y menos luminoso de lo deseable, con el propósito de penetrar y profundizar en el proceso y camino de su vida humana y cristiana que, con trazos cada vez más precisos, nos ha legado la historiografía.

La Vida Primera refiere que, pasados entre los suyos los años de la infancia y la adolescencia, y llegado a la edad de casarse, Fernando advirtió cómo crecían en él las sugestiones de la concupiscencia. No se dejó seducir por los estímulos de la carne ni por los placeres que le brindaba la brillante vida pública portuguesa. A esa vida era invitada la juventud noble y burguesa por el rey Sancho I, poco escrupuloso, a través del cebo de la fortuna y el disfrute, aprovechando la fragilidad de la condición humana y potenciando el ímpetu de la pasión. Se decidió a abandonar el mundo y determinó entrar en la canónica de San Vicente de Fora, de los Canónigos Regulares de San Agustín, levantada junto a los muros de la ciudad por el rey Alfonso I.

La entrada en la canónica de San Vicente es el primer paso de una serie de trazos elocuentes y nada despreciables en su proyecto de vida. La llamada es de Dios, y a cada uno le «da» (Dios es dador, regalador) la oportunidad de encontrarse con él de una manera específica, y por el camino que él traza, porque él es el camino. Familiares y amigos no comprenden su opción de vida. Intentarán con todos sus medios recuperar a Fernando, considerado un extraviado de la familia y la sociedad.

La Rigaldina habla más directamente de una fuerte crisis dentro de la familia, con circunstancias hoy desconocidas para nosotros, una crisis que Fernando resuelve personal y unilateralmente con la renuncia a la herencia paterna (no debemos olvidar situaciones semejantes en Francisco de Asís, desheredado por su padre, y en Clara de Asís, que vende su patrimonio) y optando por la vida consagrada. La conversión de Fernando está marcada por dos gestos muy significativos: la «desapropiación de la herencia» -se deshereda- y la entrada en San Vicente.

Este giro de ciento ochenta grados que da a su vida no es comprendido ni por parientes ni por amigos. Le acosan unos y otros en San Vicente de Fora, y no cejan en su intento mientras permanece en Santa Cruz, y teme el asalto, de nuevo, al pasar entre los Hermanos Menores, lo que le insta a pedir el cambio de nombre, con el fin de despistar a los molestos y tenaces parientes.

TRASLADO A COIMBRA

La situación insostenible en San Vicente hace que Fernando Martins pida ser trasladado al monasterio de Santa Cruz de Coimbra, la «casa madre» de la orden en Portugal, iniciada por Tello, archidiácono de la catedral de Coimbra. Esperaba que la distancia curase las heridas y aportase calma. Cuando llega Fernando, en torno al 1212, todavía se percibía en el ambiente el «buen olor y el latir» del testimonio evangélico de San Teotonio, su primer prior.

Con frecuencia hemos acaramelado la vida de Antonio (Fernando) hasta hacer de ella un cuento de hadas. Su talla viva y real requirió la forja de la propia personalidad, la exigencia del cincel y el martillo de opciones y renuncias, el sudor y el esfuerzo de quien se pone en camino porque se fía de la palabra del Señor de la vida: «Sal de tu tierra y de la casa de tu padre, y ve a la tierra que te mostraré» (Gn 12,1).

El catálogo de la biblioteca de San Vicente de Fora, que ha llegado hasta nosotros, de la época de Fernando Martins, muestra la riqueza de sus fondos y una formación enciclopédica prestada al santo, como se constata a través de los «Sermones Dominicales y Festivos».

En la formación va a tener, en San Vicente, maestros de gran talla, como el Maestro Pedro, prior de San Vicente, y Petrus Petri, hombre eminente en gramática, medicina, lógica y teología, además de ser un gran predicador. Y en Santa Cruz de Coimbra, centro intelectual de gran importancia, la escuela de los Victorinos de París dejará en Fernando una profunda huella agustiniana, y la influencia de la personalidad de Hugo de San Víctor.

Formados en París, y probablemente maestros suyos, son el llamado maestro de París, por haberse formado en dicha ciudad, el maestro Juan, prior de Santa Cruz en los años treinta del siglo XIII, y el maestro Raimundo, canónigo muy versado en diversas ciencias.

El ambiente de comunidad y apostolado en Santa Cruz de Coimbra se ve sacudido y perturbado por los enfrentamientos entre los reyes de Portugal y la Santa Sede, llegando a vivir en sus claustros banderías y discordias entre grupos de canónigos de uno u otro bando.

Alfonso II, con el fin de amedrentar a la Santa Sede, de la que era vasallo, y a la Iglesia portuguesa, desterró al obispo de Coimbra y en su lugar colocó al de Oporto. En estas luchas, el rey se vio apoyado por el prior de Santa Cruz, Juan. Inocencio III excomulgó al prior, esclavo del rey. El otro bando, adicto a la autoridad del papa y al obispo de Coimbra, estaba capitaneado por el docto Juan.

Estos hechos ayudaron a Fernando a madurar y forjar su propia personalidad, a «renunciar» a su comunidad ideal y a comprender que la comunidad no es lineal, ni circular, ni piramidal, sino que es «vital» y siempre en «proyecto de realización». Fernando miró con ojos constructivos y renovadores el horizonte de profecía y de testimonio evangélico que mantiene siempre la vida religiosa.

FERNANDO MARTINS SE HACE FRANCISCANO

No sabemos con exactitud cuándo llegaron a Coimbra los «hermanos menores» o «franciscanos»; lo cierto es que en la segunda mitad del año 1219 ya se encontraban en la entonces capital de Portugal. Bajo el ministerio de fray Juan Parenti, primer ministro provincial de España, se extendieron por la Península Ibérica, su campo de misión.

En Coimbra se van a albergar en el pequeño eremitorio de Olivais, dedicado a San Antonio Abad. El año 1219 Fernando Martins, ya sacerdote y con una buena cultura teológica, va a ser cuestionado por las notas peculiares de la nueva Orden: su vida de fraternidad, su predicación, su acercamiento a los pobres y marginados de la sociedad y de la Iglesia, su itinerancia, el servicio y trabajo para ganarse el sustento, el recurso a la limosna sólo en caso de necesidad...

La tensión que vivía dentro de sí por el clima turbador que se daba en el monasterio y la savia renovadora que percibía en la fraternidad franciscana de Olivais, le permitirán profundizar y discernir el futuro de su vida evangélica ante el Señor, y al servicio de la Iglesia y la sociedad, no sin antes causarle una profunda crisis espiritual.

Le inquietaba mantener el espíritu de la abeja que va libando de flor en flor: de la canónica de San Vicente de Fora en Lisboa a la de Santa Cruz en Coimbra, y ahora le atraía el néctar de los «franciscanos».

Un hecho le animó a dar el paso decisivo hacia la nueva Orden: la llegada a Coimbra, y en concreto a Santa Cruz, de los restos mortales de los protomártires franciscanos, Berardo y compañeros, cuya fiesta se celebra el 16 de enero, muertos en Marrakech. El emir marroquí permitió al príncipe Pedro de Portugal, hermano del rey Alfonso II, desterrado en Ceuta, recoger sus restos. Los acompañó hasta Astorga, luego su capellán, Juan Roberti, condujo las reliquias a Coimbra, a la iglesia de Santa Cruz. Para acoger y acompañar las reliquias de los mártires, el ministro provincial de España, Juan Parenti, fue a la capital del reino. Él recibió a Fernando Martins en la fraternidad de los hermanos menores.

La ceremonia de paso de una orden a otra, de los Canónigos Regulares de San Agustín a los Frailes Menores, fue muy sencilla, y a puerta cerrada. La ciudad de Coimbra se encontraba en «entredicho». Fernando cambió el hábito blanco del canónigo regular de San Agustín por el sayal ceniciento -y la cuerda que lo ciñe- del fraile menor.

CAMBIO DE NOMBRE

En esa misma ceremonia, Fernando cambió de nombre. Deja el nombre de Fernando por el de Antonio, con el que actualmente lo conocemos. Este hecho, aparentemente insignificante, aporta unas notas peculiares a la vida de Fernando.

Cuenta la tradición que un compañero, al despedirle, le dijo: «¡Vete, ahora te harás santo!» A lo que Antonio le contestó: «Si un día lo soy y lo llegas a saber, darás gloria a Dios».

El salto que el Espíritu le pide dar es considerable: pasar de un monasterio bien consolidado y prestigioso como el de Santa Cruz, a nivel eclesial, social, docente, económico, a una orden de reciente fundación, cuya única fama y reputación -hecha pública por la Santa Sede en algunas cartas enviadas a los obispos de Europa, que habían impedido a sus frailes misionar y establecerse en sus diócesis- se basaba en que sus miembros eran «católicos» y apreciados por el papa. En ese momento era una orden carente de renombre y popularidad ante la sociedad y la Iglesia portuguesas. Muy importante, sin embargo, era el talante de sus frailes, abiertos a los signos de los tiempos y con actitudes y respuestas nuevas a los problemas de la Iglesia y la sociedad del momento.

Otro riesgo que corre, y que siempre le acompañó, es la incomprensión por parte de los suyos, de su familia. Toma el nombre del lugar donde moraban los frailes menores, San Antonio (Abad) de Olivais. Así lo cuenta la Assidua, que afirma que los frailes, ya con Antonio entre ellos, se volvieron contentos al convento, «pero como el siervo de Dios temía el asalto de sus familiares, que lo buscaban, procuró con diligencia eludir cualquier investigación». Y es que su familia, si no había aceptado que entrase entre los canónigos regulares, amparados por la nobleza y la monarquía, de muy mala gana soportaría el paso a una orden desconocida hasta entonces y carente de prestigio y renombre. La misma leyenda añade que Fernando dejó el nombre de pila y tomó el de Antonio «como presagiando ser el gran heraldo de la Palabra de Dios en que él se había convertido». Antonio significa «que canta en voz alta».

La desapropiación de Antonio no se refleja sólo en el cambio de nombre, sino también en el abandono de su tierra portuguesa, para ir primero a una misión negada en Marruecos y, luego, a otra itinerante, fecunda y jugosa, entre el Norte de Italia y el Sur de Francia.

MARRUECOS

En el siglo XIII Marruecos es tierra de misión, en la que el martirio es sólo el punto final del testimonio evangélico, que en el estilo de vida franciscana se inicia viviendo en paz con los pueblos no cristianos, sin disputas ni controversias, sometiéndose a todos por Dios y confesando con la vida de cada día que uno es cristiano. Es posible que conociese el árabe, ya que en Lisboa convivían vencedores y vencidos. Según la tradición, con él se embarca el hermano Felipe de Castilla. Debía ser en otoño de 1219 cuando ambos hermanos menores se dirigen hacia Marruecos, probablemente a Ceuta, aunque en muchas ciudades del Norte de África había pequeños grupos de comerciantes genoveses, pisanos, catalanes, que amparaban a los misioneros franciscanos. Antonio emprende un viaje que radicaliza su opción de vida religiosa, al mismo tiempo que el distanciamiento entre su decisión y los criterios de su familia, con el contraste y la tensión que esto ha producido ya en ambas partes, y no sólo se va a poner tierra de por medio, sino también mar.

Nada más llegar a Marruecos, las ilusiones y el ideal de Antonio van a ser segados por la hermana enfermedad. Una fiebre altísima, la «fiebre malaria», agotaba su organismo. Los cristianos y el mismo hermano Felipe temen por su vida, por lo que determinan que vuelva a Portugal y una vez sano regrese de nuevo.

En esta situación de postración es donde se toca la fibra del genio cristiano de Antonio al asumir la primera bienaventuranza, la de «hacerse pobre», menor. Marruecos será una renuncia más en el rosario de renuncias de su vida, que le capacitará para responder con solicitud a otros proyectos de Dios.

Antonio estuvo unos meses en Marruecos. Fueron meses de desolación, pero no tiempo perdido. Aprendió a reconciliarse con las circunstancias del momento y del ambiente. Su salud se vio comprometida para siempre, con achaques diversos. Supo asumir la muerte de un proyecto, ayudando a nacer otro nuevo, que se irá estructurando con el tiempo y la colaboración de los hermanos de la Orden.

RUMBO A ITALIA

Con la llegada de la primavera, el mar se abrió a la navegación. Todos recomendaban a Antonio que volviese a su tierra, que volviese a Portugal. Apremiado por la enfermedad y los consejos, Antonio -nos dicen las crónicas- toma una nave que se dirigía a las costas de España. Una vez en ellas, se encaminaría hacia Portugal. Sin embargo, las primeras biografías antonianas narran que una tempestad condujo la nave hacia Oriente y que encalló en las costas sicilianas. La Assidua describe el hecho así: «Mientras se preparaba para llegar a las costas de España, por la fuerza de los vientos, se vio abandonado en las playas de Sicilia».

¿Es una tempestad real o una tempestad existencial en la persona de Antonio? ¿Es la tempestad marítima o la tempestad del corazón tan zarandeado del misionero Antonio Martins? Ciertamente, en la mente de Antonio se levanta una tempestad de fuertes oleajes y vientos contrarios, producidos por el fracaso de la misión, la necesidad de volver a su tierra natal, el agotamiento físico por la enfermedad, el recuerdo del descontento de los familiares; todo ello le obliga a una nueva decisión: tomar una nave con rumbo al Oriente del Mediterráneo, a Sicilia, a Italia.

Es una hipótesis que Antonio y el hermano Felipe de Castilla tomasen una nave que desde Marruecos se dirigía a Sicilia. Pero también es una posible decisión que se deduce de la vida de Antonio, y que en este momento abre un claro en su firmamento de negros nubarrones.

Antonio se detiene en Milazzo, donde había una pequeña fraternidad de hermanos menores, quedándose allí el tiempo imprescindible para terminar de recuperarse.

EL CAPÍTULO DE LAS ESTERAS

El autor de la Assidua dice: «Llegó como pudo al lugar del capítulo». Y la Vida Segunda añade: «Débil y enfermizo como estaba, pudo llegar de todas las maneras» al capítulo de las Esteras de 1221.

El cronista Jordán de Giano afirma: «Asistimos a aquel capítulo... alrededor de tres mil hermanos. Francisco predicó a los hermanos, enseñándoles las virtudes y exhortándoles a dar ejemplo de paciencia y humildad al mundo, y también predicó al pueblo».

Durante el capítulo Antonio tuvo la oportunidad de encontrarse con el ministro provincial de España, Juan Parenti, y los hermanos españoles y portugueses que le acompañaban. Antonio decidió no volver con el grupo de hermanos que regresaban a la provincia de España. Antonio, débil y enfermo como estaba, se unirá al proyecto del hermano Gracián, ministro provincial de la Romaña, que abarcaba todo el Norte de Italia.

En la distribución que hace el hermano Gracián de los frailes de su provincia, a Antonio lo envía al eremitorio de Montepaolo, un lugar propicio para la recuperación física y el fortalecimiento y robustez espiritual.

DE MONTEPAOLO A BOLONIA

Recordando ese tiempo de gracia, oración y contemplación, Antonio escribe en sus Sermones: «La suavidad de la vida contemplativa es más preciosa que todas las actividades, y cuanto se pueda desear no es comparable con ella. El hombre espiritual, alejándose de la solicitud de las cosas terrestres y entrando en el secreto de su conciencia, cierra la puerta a los cinco sentidos y reposa absorto en la divina contemplación, en la que gusta la quietud de la suprema dulzura. Las delicias del Espíritu, cuando son gustadas, no producen tedio, sino que acrecen cada vez más el deseo de gozarlas y amarlas. En la suavidad de la contemplación el alma rejuvenece».

Un año después -las antiguas biografías dicen simplemente: «después de mucho tiempo»-, el Señor, que escribe derecho con líneas torcidas, se va a fijar en él. En el mes de mayo o de septiembre de 1222, en la catedral de Forlí hubo ordenaciones de franciscanos y dominicos. Para felicitar a los ordenados, se encargaba a un orador que hiciese el panegírico. Había sido encargado un dominico, pero motivos que desconocemos no le permitieron estar presente. Se buscó un sustituto entre las dos familias religiosas, pero todos declinaban la oferta, ya que nadie estaba dispuesto a improvisar. Después de diversas ofertas y ninguna aceptación, el hermano Gracián se dirigió al portugués Antonio, cuyas cualidades ciertamente conocía.

Antonio manifestó la calidad de su formación, la altura de su oratoria y la profundidad de su discurso ensalzando la sublimidad del sacerdocio. A partir de este momento, a Antonio, recuperado físicamente y espiritualmente robustecido, se le va a encomendar la predicación al pueblo de Dios.

Después de su recuperación física y espiritual en Montepaolo, el ministro provincial Gracián le presenta y ofrece un nuevo campo misionero: la predicación en la provincia de Romaña, en la que abundan los grandes centros urbanos: Bolonia, Cremona, Parma, Rímini, Milán, Verona, Piacenza..., donde prevalece la industria, el comercio y la naciente banca, y donde hay mucha mano de obra barata procedente de los campos; en todos estos lugares se difunde la propaganda de doctrinas «cátaras», cuyos exponentes se hallan en conflicto con el Evangelio y la Iglesia.

Ante esta situación, Antonio escribe: «La predicación debe ser recta, para que no aparte al predicador con sus obras de lo que dice en el sermón. De hecho, pierde su fuerza la palabra cuando no va ayudada por las obras». Y añade: «Los predicadores deben primero ejercitarse en el aire de la contemplación con deseos de felicidad celestial, para después ser capaces de alimentarse a sí mismos y a otros con el pan de la palabra de Dios».

En Rímini, Antonio predicó al pueblo, y constató que no era fácil ganarse el aprecio de la gente. Sufrió mucho, se vio aislado, teniendo que trasladar los «altavoces» de la buena noticia fuera de la ciudad, al puerto, a la desembocadura de los ríos, al lado de los «menores» de la sociedad: la mano de obra barata, que de día entraba en la ciudad para realizar los más variados oficios y por la tarde la abandonaba para descansar en los suburbios extramuros de la ciudad, los pescadores y obreros del puerto constituyen el grupo de los que en la predicación están en la primera fila de los «menores» (los peces más pequeños, dice la leyenda), luego otros y otros; también los grandes de la ciudad (los peces mayores de la leyenda), curiosos más que oyentes de sus palabras, le espían la vida, pero el miedo a perder a los «menores» hará que muchos cambien sus actitudes religiosas y sociales. En este ambiente se realiza «el milagro de los peces», como lo llama la leyenda Florentina. Lo importante es el cambio de actitud de muchos curiosos. Así se hilan las «florecillas antonianas».

La catequesis de Antonio y de sus compañeros se ciñe a la confesión y la Eucaristía, muy en sintonía con los criterios de Honorio III y las cartas de Francisco de Asís. Los cátaros negaban la presencia real de Cristo en la Eucaristía. El gusanillo de la inquietud penetró en Bonillo, obispo cátaro. Después de las catequesis, a veces multitudinarias, bombardeaba a Antonio a preguntas. Pero lo que más llamaba su atención era la vida y el testimonio de Antonio. Al final se convirtió y arrastró a muchos tras él.

Un día, cuenta la tradición, un ciudadano de Rímini le propuso a Antonio algo inesperado: «Tengo una mula en mi casa. Defiendes que Jesús está presente en la Eucaristía; pues bien, yo no daré pienso al animal durante tres días. Al cuarto, tú te presentas con la Eucaristía en la plaza mayor, mientras yo traigo la mula ante un pesebre, lleno de cebada. El animal será un signo».

El verdadero milagro era la predicación y la catequesis al pueblo, en las que Antonio conjugaba muy bien lo que se dice y lo que se enseña con la vida. El testimonio de la vida fue el mejor desafío misionero que Antonio de Padua presentó en el ambiente cátaro de Rímini.

MAESTRO EN TEOLOGÍA

El hermano Gracián pedirá a Antonio que abandone la predicación itinerante y vaya a Bolonia. En las afueras de la ciudad estaba el convento de Santa María de la Pugliola. Bolonia, una ciudad universitaria, abre a los frailes menores las puertas del estudio de la teología, y a Antonio se le encomienda la enseñanza de la misma a sus hermanos los franciscanos.

Mientras enseña en Bolonia le llega una breve pero entrañable carta de Francisco de Asís. Dice así: «Al hermano Antonio, mi obispo, el hermano Francisco: salud. Me agrada que enseñes la sagrada teología a los hermanos, a condición de que, por razón de este estudio, no apagues en ellos el espíritu de la oración y devoción, como se contiene en la regla».

Con esta carta, Francisco da una respuesta personal y positiva a favor de los estudios y la formación de los frailes de su Orden; con esta carta, la Orden franciscana obtiene de Francisco el apoyo de la cultura, el saber teológico y filosófico; con esta carta, Francisco aprueba y bendice el primer estudio teológico de la Orden.

Francisco otorga a Antonio el título de «obispo». Así como el obispo tiene la «cátedra» para la docencia al pueblo cristiano en la iglesia-catedral, el teólogo, Antonio, tiene la suya para la enseñanza de la teología a sus hermanos.

Tomás Gallo, en sus comentarios sobre la teología mística de Dionisio el Areopagita, da fe de la talla teológica de Antonio: «Yo mismo he experimentado en mi trato familiar con San Antonio, de la Orden de los menores, que con rapidez alcanzó y retuvo la teología mística..., y a ejemplo de San Juan Bautista ardía en su interior e iluminaba al exterior».

La enseñanza no mermó su dedicación a la predicación, como atestiguan las crónicas de Vercelli, que lo designan como «eximio predicador de esta ciudad».

EN EL SUR DE FRANCIA

No se detuvo mucho tiempo en la capital de Emilia-Romaña. Pronto la obediencia lo destinó a las ciudades del Sur de Francia.

Dos motivos movieron a los responsables de la Orden a enviarlo a esas tierras galas: iniciar una cruzada «al estilo franciscano» en tierras dominadas por los albigenses, y continuar la enseñanza de la teología en ciudades universitarias de esa región francesa.

La cruzada de Antonio y de los hermanos menores era no violenta. Se iniciaba con el vivir como cristianos y en diálogo, no en el resentimiento y el enfrentamiento. Era una cruzada en la que brillaba más el ejemplo de la vida que la fuerza de las armas, más las obras en consonancia con el Evangelio que las palabras, y más el servicio y acercamiento a los más pobres que el dominio y el poder.

En esas tierras francesas, Antonio mantuvo su posición no con amenazas o componendas, sino con el ejemplo de la vida evangélica, la predicación y la catequesis al pueblo cristiano, y el diálogo y la disputa -pública y privada- con quienes tenían ideas distintas de las suyas y del sentir de la Iglesia.

La cátedra de teología la trasladó a Montpellier y Tolosa, dos ciudades universitarias en las que, además de formar y enseñar la teología a los hermanos menores, halla también un campo de encuentro con la juventud universitaria, de la que saldrán los futuros guías de la sociedad.

La actividad que desarrolló en el Sur de Francia fue tan sobresaliente, que incrementó las «florecillas antonianas». Se cuenta que el día de Pascua, en Montpellier, Antonio se había comprometido a cantar el aleluya en la iglesia del convento durante la misa. A esa hora se encontraba predicando en la iglesia de San Pedro de Quyroix. Los frailes dicen que entonó el aleluya. Los feligreses de la iglesia de San Pedro afirman que durante el sermón hubo una pausa. Unieron los tiempos y, claro está, cantó el aleluya y predicó.

Durante su permanencia en Francia fue guardián del convento de Le Puy en Velay. Y en 1225, en el capítulo de Arlés, fue nombrado custodio de Limoges, que reunía los conventos del Limousin.

Juan Rigaud, un gran teólogo franciscano, cuenta, habiéndolo oído a otros frailes que conocieron el hecho, que en cierta ocasión, mientras Antonio predicaba en la plaza del mercado de Limoges, ya que la iglesia era pequeña para acoger a la multitud reunida, las nubes se apelotonaron y el cielo se oscureció, rasgándose frecuentemente con grandes truenos y amenazadores relámpagos. Una gran tormenta se cernía sobre el pueblo atento a la palabra del predicador. El santo pidió serenidad y calma a la gente, y continuó el sermón. La tormenta descargó en torno a los congregados en la plaza, sin molestarles.

Ante la necesidad de algunos lugares en los que los hermanos menores pudiesen establecer su residencia, Antonio obtuvo de los benedictinos de San Martín de Limoges una pequeña ermita. También fundó otro convento cerca de Brive, jurisdicción de Limoges.

En noviembre de 1225 se reunió en Bourges un sínodo. También fue invitado Antonio. La asamblea se reunió para revisar la vida eclesial y el camino recorrido en la evangelización de una sociedad dominada por la herejía albigense, que con su vida austera y pobre, su acercamiento al pueblo, su testimonio evangélico, se había ganado la estima del pueblo sencillo.

Antonio dirigió unas palabras a la asamblea. El fraile menor procuró proclamar la «buena noticia», la verdad revestida de caridad, pero sugiriendo un cambio de actitudes y de vida a los padres sinodales, comenzando por Simón de Sully, obispo de Bourges. Habló de la necesidad de la rectitud de vida: «La vida del prelado debe resplandecer por su pureza; debe ser pacífico con los súbditos...; modesta, de costumbres irreprochables, llena de generosidad con los más necesitados. En verdad, los bienes de que dispone, fuera de lo estrictamente necesario, pertenecen a los pobres. Si no los distribuye con generosidad, es un ladrón y como tal será juzgado. Debe gobernar sin doblez, con imparcialidad, y, sobre todo, debe saber cargar sobre sí mismo lo que deberían soportar y sufrir los demás...».

Simón de Sully reconoció sus errores y prometió iniciar la reforma por sí mismo. Mudó su postura para con los franciscanos. Hizo de ellos, junto con los dominicos, sus colaboradores preferidos en la difícil tarea de la evangelización del pueblo.

MINISTRO PROVINCIAL DE LA ROMAÑA

La muerte de Francisco de Asís, «el Hermano», ocurrida en Santa María de los Ángeles, en la Porciúncula, al atardecer del día 3 de octubre de 1226, sábado, fue comunicada por el hermano Elías, vicario general de la Orden, con una circular enviada a todos los hermanos, con estas palabras: «Llorad conmigo, hermanos, como yo me duelo y lloro con vosotros: somos huérfanos, privados de la luz de nuestros ojos...».

Poco tiempo después, el mismo hermano Elías convocaba a todos los ministros y custodios -Antonio era custodio del Limousin- al capítulo general, que se celebraría el día de Pentecostés, 30 de mayo de 1227, y en el que se elegiría al ministro general de la Orden.

En el capítulo resultó elegido el hermano Juan Parenti, florentino, ministro provincial de España. Éste contó con los servicios de Antonio como ministro provincial de la provincia de Romaña, conocida también como provincia Emilia o Lombarda.

Durante su provincialato, la fraternidad provincial creció, las misiones se multiplicaron y se fundaron nuevos conventos, como los de Trieste, Pola, Muggia, Gemona, Gorizia, Camposampiero, Bienno, y la casita y ermita de San Donato, cerca del puente de Bassano del Grappa, que recibió de Ezzelino el Monje, y que Gregorio IX tomó bajo su protección con bula del 20 de octubre de 1227.

Lo importante de estos conventos es que conservan en su ambiente la vida y el ejemplo de muchos hermanos contemporáneos y posteriores a Antonio, y fueron punto de referencia en la misión evangelizadora al estilo franciscano.

En el capítulo general de 1230 pidió al ministro general, Juan Parenti, que lo relevase de su ministerio. No era el servicio lo que le agobiaba, sino su situación física: se encontraba agotado y tenía una salud muy precaria. Juan Parenti aceptó la renuncia de Antonio, pero le pidió que formase parte de una comisión presidida por el propio ministro general, y nombrada por el mismo capítulo. La comisión debía presentar al papa algunos puntos para su estudio y resolución. Gregorio IX, después de consultar a miembros de la Orden y a consejeros pontificios, emitió su veredicto el 28 de septiembre de 1230 con la bula Quo Elongati, en la que, con habilidad, sabiduría y diplomacia, presenta la Regla de San Francisco bajo una nueva luz, invitando a conjugar la fidelidad al carisma de los orígenes con las exigencias de los tiempos nuevos, es decir: fidelidad y renovación.

Por este tiempo, Antonio predicó ante el papa y la curia romana. La leyenda Assidua dice: «Escucharon la predicación con gran emoción. De hecho, tan originales y profundos sentidos sabía sacar de las Sagradas Escrituras, con fácil y entusiasmada palabra, que el mismo papa lo llamó Arca del Testamento».

PADUA

En Padua va a pasar el último año de su vida, y se enamorará de tal manera de esta ciudad y sus habitantes que su nombre aparecerá lapidario al lado del de Antonio el «minorita», el franciscano.

Padua, ciudad universitaria, le entusiasmó, y Antonio la amó, y Padua le devolvió amor y se enamoró de Antonio. La ciudad era nueva, reconstruida casi en su totalidad después del incendio que sufrió en 1174.

Antonio se instala primero en la Arcella, al lado de las damianitas. Pero el centro de actividades antonianas será el convento levantado al lado de la capilla de Santa María Madre de Dios (Sancta Maria Mater Domini), hoy capilla de la Virgen Mora, que el obispo Jaime Corrado, amigo del movimiento franciscano, había concedido a los frailes, extramuros de la ciudad.

Retirado en el convento de Padua, ciertamente no descansará. El cardenal Rinaldo dei Segni, luego papa con el nombre de Alejandro IV, le pidió que escribiese un ciclo de sermones sobre las fiestas del año litúrgico. Éste fue el regalo que dejó a sus hermanos y a la posteridad. No son sermones para predicar. Eran un instrumento de formación y trabajo para que los hermanos menores preparasen las catequesis que dirigían al pueblo.

Una mención especial merece la Cuaresma de 1231, predicada por Antonio en Padua. La ciudad y su entorno estuvieron pendientes de la predicación del santo. Fruto de la Cuaresma será la paz social. El autor de la Assidua dice: «Conducía las discordias a una paz fraterna; daba libertad a los detenidos; hacía que se restituyese lo que había sido robado con la usura o la violencia. Se llegó a hipotecar casas y terrenos, cuyos precios se ponían a los pies del santo, y bajo su consejo se restituía a los robados lo que se les había quitado por las buenas o por las malas... No puedo silenciar cómo inducía a confesar sus pecados a una multitud de hombres y mujeres, tan grande que no eran suficientes para oírles ni los frailes, ni otros sacerdotes, que en pequeño grupo le acompañaban». A los principales de la ciudad se les invitó no sólo a arrepentirse de sus culpas, sino también a realizar un gesto socialmente significativo. Como fruto extraordinario de la Cuaresma, quiso que el Consejo Mayor de la ciudad hiciese un acto de indulgencia para con los deudores insolventes, concediéndoles la libertad una vez que hubiesen dado cuanto poseían, y se les permitiese marchar a otros lugares para rehacer su vida. El Consejo Mayor aceptó la propuesta, promulgando el conocido «Estatuto de San Antonio», que lleva la fecha del 17 de marzo de 1231: un gesto no acostumbrado y magnánimo para aquellos tiempos.

El podestà de Padua, en momentos de desasosiego y tensión, pedirá la colaboración de Antonio. Así, después que el podestà Esteban Badoer no lograse la liberación de los nobles güelfos patavinos, entre ellos la del conde Rizzardo de San Bonifacio, Antonio, acogiendo las súplicas de los magistrados de la ciudad, en 1231, después de la Cuaresma, enfermo como estaba, se acercó a Verona.

Ezzelino era un hombre frío y calculador. Recibió a Antonio, pero no le escuchó. Los planes del tirano de Verona eran de poder, dominio y ocupación, y rezumaban odio, disgusto y enojo; mientras que los de Antonio eran de solicitud, misericordia, libertad para los cautivos, proyectos de paz y concordia. El santo volvió a Padua desalentado, descorazonado y cabizbajo, aunque se había dado un gran paso, se había abierto otro camino de relación, que no era el de la violencia, sino el del diálogo. No se alcanzó el milagro, o mejor dicho, se prolongó la espera. A los pocos meses de la muerte de Antonio, Ezzelino aceptó la delegación del podestá de Padua, Gofredo de Luciano, y liberó al conde Rizzardo de San Bonifacio y a sus compañeros.

AL ENCUENTRO DE SU SEÑOR

Antonio volvió de Verona fatigado y agotado. El viaje, el encuentro con Ezzelino y sus consejeros, y las enfermedades (asma, hidropesía, dolores de cabeza y de estómago, así como otros achaques) repercutieron en su físico. Con la esperanza de mejorar, buscó un poco de soledad y silencio en Camposampiero, propiedad del conde Tiso. Le acompañaban el Beato Lucas Belludi, llamado «Lucas de Antonio», y el hermano Rogelio. Antonio pensaba recuperarse con la tranquilidad que da el campo, el aire fresco y un poco de reposo.

Al amigo Tiso le pidió que le preparase una pequeña cabaña en la copa de un frondoso nogal. La Assidua dice que el mismo conde la construyó con sus manos.

La tranquilidad y el reposo se esfumaron a los pocos días con la presencia de la gente del lugar que, al conocer la presencia del santo, acudía a verle, suplicarle y escucharle. Desde el nogal, Antonio predicaba la buena noticia. El gentío llegó a ser numeroso, ocupando los sembrados cercanos. La tradición cuenta que «los sembrados pisados volvieron a florecer como antes, una vez que la multitud se marchó», tal como Antonio había anunciado a los labradores perjudicados.

En Camposampiero, Antonio recibió la visita del Niño Jesús, de la que el mismo conde Tiso fue espectador extraordinario, en una de las visitas de rutina que hacía al santo.

El día 13 de junio, a la hora de la comida, ya en la mesa, tuvo un desvanecimiento. Iba perdiendo las fuerzas, mientras la enfermedad empeoraba. Cuando volvió en sí se encontraba acostado. Consciente de que la hora se aproximaba, dijo al hermano Rogelio: «Hermano, si estás de acuerdo, quisiera ir a Padua, al lugar de Santa María, para quitar todo peso a estos hermanos», recuerda la Assidua. Colocado Antonio sobre un carro tirado por bueyes, se encaminaron hacia Padua. En el camino se encontraron con el hermano Vitonto, quien les aconsejó que no entrasen en la ciudad, pues sería motivo de gran tumulto y confusión, por lo que decidieron detenerse en la Arcella, junto al convento de las damianitas de Santa Clara. Pidió confesión y, recibida la absolución, entonó el himno «¡Oh gloriosa Señora!» Mientras le iban faltando las fuerzas, su rostro manifestaba una paz interior tal, que alguno de los presentes le preguntó: «¿Qué ves?» A lo que replicó Antonio: «Veo a mi Señor».

Antonio murió la tarde del 13 de junio de 1231, un viernes.

«HA MUERTO EL SANTO»

La noticia de la muerte de Antonio llegó a Padua antes de que los frailes la anunciasen oficialmente, ya que la querían esconder «con toda diligencia y cautela». El griterío de los niños: «¡Ha muerto el santo! ¡Ha muerto San Antonio!», recorrió las calles de la ciudad.

Después de no pocas diligencias entre la ciudad y los habitantes de Campo di Ponte, pueblo al que pertenecía el convento de la Arcella y que no quería entregar el cuerpo del santo, se llegó a un acuerdo para cumplir la voluntad de Antonio de ir al convento de Santa María de Padua. El martes 17 de junio tuvo lugar el traslado de los restos mortales del santo a Padua. La procesión iba presidida por el obispo de la ciudad, Conrado, acompañado del podestà, el clero y muchísimo pueblo. El cuerpo de Antonio, que se hallaba dentro de un ataúd de madera, fue colocado en la capilla de Santa María dentro de un sarcófago de mármol, propiedad de la catedral. «Aquel mismo día -dice la Assidua- muchos enfermos fueron traídos y recuperaron la salud por los méritos del bienaventurado Antonio. De hecho, apenas el enfermo lograba tocar la tumba, era feliz por ser sanado de la enfermedad. Aquellos que, por el gran número de enfermos que se concentraron, no podían llegar a la tumba, eran sanados ante la presencia de todos».

Poco tiempo después de la muerte de Antonio, el obispo de Padua, junto con el clero, el alcalde y el pueblo, envió una embajada al papa Gregorio IX, que se encontraba en Rieti, solicitando la canonización del franciscano Antonio.

El papa nombró una comisión formada por el obispo de Padua, Conrado, el abad de Santa Justina, Jordán Forzaté, y el prior de los dominicos, fray Juan, para llevar a cabo el proceso de canonización: la escucha de los testigos y el examen de los posibles milagros, entre los cuales 53 casos fueron considerados prodigiosos, inexplicables a la luz de los conocimientos médico-científicos del momento. Terminados los trabajos, la comisión envió al papa sus conclusiones. Estudiado el resultado en la curia romana, Gregorio IX lo canonizaba el 30 de mayo de 1232, en Espoleto. El 23 de junio del mismo año, Gregorio IX emitía la bula Cum dicat Ecclesia, con la que comunicaba a toda la Iglesia la canonización de Antonio de Padua.

Pío XII lo declaraba, en 1946, doctor de la Iglesia, con el título de Doctor Evangélico, y lo anunciaba a la Iglesia con la bula Exulta Lusitania felix, del 16 de enero de 1946.

Sus restos descansan en la basílica del santo, en Padua, en la que está integrada la primitiva capilla de Sancta Maria Mater Domini. La parte del presbiterio y del crucero fue inaugurada en abril de 1266. En esa ocasión, San Buenaventura, ministro general de la Orden, realiza el primer reconocimiento del cuerpo de San Antonio, y observa que la lengua está íntegra. En el reconocimiento de los restos del santo que se llevó a cabo en 1981, los médicos especialistas hallaron todo el aparato bucal íntegro, bien conservado, entre la materia orgánica del santo.

ESCRITOS Y DOCTRINA

Los escritos auténticos que nos han llegado de Antonio de Padua son los Sermones Dominicales y los Sermones in solemnitatibus Sanctorum. Han llegado hasta nosotros en trece códices de los siglos XIII y XIV, entre ellos el famoso «Códice del tesoro», denominado así porque se exponía entre las reliquias del santo.

Los Sermones contienen el pensamiento y la doctrina de Antonio. Su teología tiene un carácter y una finalidad particulares, como él mismo nos comunica en el prólogo de su obra: «Para gloria de Dios, edificación de las almas y consuelo de quienes lo lean o lo oigan entendiendo debidamente las Sagradas Escrituras, con ideas del Antiguo y del Nuevo Testamento, formamos una cuadriga para que el alma, como Elías, se levante por encima de los bienes terrenos y viviendo santamente llegue al cielo... He reunido estos temas relacionándolos entre sí, según me lo ha concedido la gracia de Dios, y mi pobre y limitada capacidad ha cooperado... Me siento incapaz de tamaña e incomparable responsabilidad, pero he debido ceder a la amable petición de los hermanos».

Podemos dividir en cuatro grandes bloques la doctrina expuesta por Antonio en sus escritos: la fe y el amor a Dios, la cristología y la mariología, la teología moral, y la doctrina del sacramento de la Penitencia.

Como maestro de doctrina espiritual y teología mística, Antonio se halla en línea con la corriente agustiniana y, dentro de ella, destaca la influencia de la escuela de San Víctor de París. Tampoco hay que olvidar el influjo de la espiritualidad de Francisco de Asís.

La cristología de Antonio es la teología de la kénosis, del abajamiento o anonadamiento de Dios: Dios «se hace menor». Escribe Antonio: «¿Qué quiere decir "encontraréis un niño", sino: encontraréis la sabiduría balbuciente, el poder frágil, la majestad abajada, al inmenso pequeñito, al rico hecho un pobrecillo, al Señor de los ángeles yaciendo en un establo, al alimento de los ángeles como si fuera heno de animales, al que es infinito acostado en un estrecho pesebre? Por tanto, ésta será para vosotros la señal, a fin de que no perezcáis». Y en otra parte, hablando de los dos caminos andados por Jesús, dice: «El primer camino fue desde el Padre a la madre; este camino se llama caridad... El segundo camino fue desde la madre al mundo, y éste se llama humildad... Oh Cristo, en María te hiciste camino de humildad».

Es interesante la mariología antoniana, diseminada en todos los sermones, pero recogida, de manera particular, en los seis que dedica a la Virgen María. Trata todos los aspectos mariológicos, pero se detiene con frecuencia en la connotación «sanfranciscana» de la Virgen pobrecilla: «He aquí que los pobres, con Jesús pobre, hijo de la Virgen pobrecilla, juzgan al orbe de la tierra con equidad». Y también: «Yo, que habito en las alturas con el Padre, elegí el trono de una madre pobrecilla». En una sociedad en la que los cátaros consideraban mala y enferma la naturaleza humana y nuestra propia carne, que fue asumida por el Hijo de Dios, Antonio dice al respecto: «El Padre le dio la divinidad, la madre la humanidad; el Padre la majestad, la madre la debilidad. Por la divinidad pudo cambiar el agua en vino, dar vista a los ciegos, resucitar a los muertos; por la debilidad de su humanidad, por el contrario, pudo tener hambre, sed, ser atado, escupido y crucificado».

Rica en profundidad, comparaciones y simbología es la teología de la penitencia, a través de la cual Antonio ayuda a comprender el paso de la desemejanza con Dios a su semejanza: «Habitarás en la región de la desemejanza, para que te reconozcas desemejante y recibas la semejanza de Dios, según la cual fuiste formado, y vayas hasta Babilonia, símbolo de la confusión del pecado; y confundido por tu pecado, lo reconozcas; una vez conocido, lo llores; llorado, recibas la gracia. Allá serás libre...; si tú lo reconoces, Dios lo perdona».

El tratado de las virtudes, en especial el de la justicia, es un mosaico de gran fuerza expresiva, a través del colorido del lenguaje realista y simbólico que usa. Mencionemos sólo tres textos. El primero dice: «Dad a los pobres lo que no necesitáis para alimentaros y vestiros. Por tanto, si alguno tiene bienes de este mundo, luego de haber guardado lo necesario para alimentarse y vestirse, si viere a su hermano, por quien Cristo murió, padecer necesidad, debe socorrerle con lo que le queda... ¡Ay de aquellos que tienen sus despensas llenas de trigo y de vino, y dos o tres pares de vestidos, mientras llaman a sus puertas los pobres de Cristo con vientre vacío y cuerpo desnudo! Cuando se les da algo, es poco, y de lo peor, no de lo mejor. Vendrá, vendrá la hora en que también ellos clamarán de pie afuera, delante de la puerta: Señor, Señor, ábrenos, y oirán lo que no quieren oír: no os conozco. Id, malditos, al fuego eterno». En otra parte encontramos este texto: «El rico pervierte la justicia robando a los pobres los bienes o negándoles lo que les pertenece, y de esta manera es la ruina del hermano... Los militares y los civiles, avarientos y usureros, roban el manto de escarlata (los haberes de los pobres adquiridos con mucha sangre y sudores)... Los ricos y poderosos de este mundo quitan a los pobres, a quienes llaman sus villanos, siendo ellos villanos del diablo, sus pobres haberes, adquiridos con sangre, con que se visten de cualquier manera». Y un tercero, en el que vapulea por igual a autoridades civiles y eclesiásticas: «No sin dolor referimos lo que hacen los prelados de la Iglesia y los grandes personajes de este siglo, que hacen que los pobres de Cristo esperen largo tiempo a su puerta, gritando y pidiendo limosna con voz entrecortada por el llanto. Por fin, después que ellos han comido bien y quizás alguna vez se han emborrachado, mandan que les den algunas sobras de su mesa y la bazofia de la cocina».

La doctrina de Antonio está dirigida a los hermanos menores u otros lectores, para que con ella preparen su predicación y catequesis para el pueblo.

CULTO Y DEVOCIÓN

El oficio litúrgico de San Antonio entró en la Orden franciscana poco después de la canonización del santo, y lo propagaron los franciscanos. Sixto V, papa franciscano conventual, extendió la fiesta del santo a toda la Iglesia. Pío XII confirmó y extendió a toda la Iglesia, por medio de la bula Exulta Lusitania felix, del 16 de enero de 1946, el culto a San Antonio como «Doctor de la Iglesia», aunque como tal era considerado en el oficio de los franciscanos desde el siglo XIV.

Dentro de las devociones al santo más popular y más venerado por el pueblo cristiano, es famosa, desde poco después de su muerte, en torno al 1235, la del responsorio Si buscas milagros, sacado del oficio ritmado escrito por fray Julián de Espira.

Otras manifestaciones de culto antoniano son: los martes de San Antonio, que recuerda los funerales del santo y los milagros que ocurrieron aquel día; el pan de los pobres y la Cáritas antoniana, donde se entrelazan la devoción y las instituciones asistenciales a favor de los más desvalidos de la sociedad.

Bibliografía:

San Antonio de Padua, Sermones dominicales y festivos, Publicaciones del Instituto Teológico Franciscano, Murcia 1995.- G. Abate, La «Vita prima» di Sant'Antonio, en Il Santo 8 (1968), pp. 127-226.- V. Gamboso (a cura di), "Assidua", Vita prima di Sant'Antonio (Fonti agiografiche antoniane, 1), Padova, Centro di Studi Antoniani, 1981.- Vita del "Dialogus" e "Benignitas" (Fonti agiografiche antoniane, III), Padova, Centro di Studi Antoniani, 1987.- Vite "Raymundina" e "Rigaldina" (Fonti agiografiche antoniane, IV), Padova, Centro di Studi Antoniani, 1992.

Iconografía:

La representación de Antonio de Padua en el arte pictórico o escultórico ha conocido una cierta evolución en algunos de los símbolos característicos. Antonio aparece en las primeras representaciones, además de vestido con el hábito franciscano (sayal y cíngulo que lo ciñe), con el libro de los Evangelios. Ya en el siglo XIV se le representa con un elemento que es recogido de San Antonio Abad: la «llama», símbolo del amor divino, y en algunas ocasiones aparece la variante del «corazón en llamas». En el siglo XV se le representa con el «lirio», símbolo de la pureza; y a finales del mismo siglo XV aparece en su iconografía la figura del «Niño Jesús». Hoy en día, San Antonio es representado vestido de franciscano, en la variedad de la Primera Orden, con los símbolos -generalmente unidos- del libro, el Niño Jesús y el lirio.

[Agostino Gardin, Ministro General O.F.M.Conv., San Antonio de Padua, presbítero franciscano, doctor de la Iglesia, en J. A. Martínez Puche (Director), Nuevo Año Cristiano - 6. Junio. Madrid, Edibesa, 2001, pp. 296-321]

Del Sermón de San Antonio
para el Domingo de Pentecostés
(n. 16)

Y se pusieron a hablar en otras lenguas, según el Espíritu les concedía expresarse. El que está lleno del Espíritu Santo habla diversas lenguas, que son los diversos testimonios sobre Cristo, tales como la humildad, la pobreza, la paciencia y la obediencia. Hablamos con estas virtudes cuando las mostramos a otros en nosotros mismos. El lenguaje tiene vida cuando hablan las obras. Cesen, por favor, las palabras; hablen las obras. Estamos llenos de palabras, pero vacíos de obras, y por eso el Señor nos maldice como maldijo la higuera en que no halló más que hojas y no fruto (Mt 21,19). La norma del predicador, dice san Gregorio, es poner por obra lo que predica. En vano se jacta del conocimiento de la ley el que destruye con sus obras lo que enseña. Los Apóstoles hablaban conforme el Espíritu Santo les concedía expresarse. Dichoso el que habla según el don del Espíritu Santo, no según sus propias opiniones. Pues hay algunos que hablan según su espíritu, roban las palabras de otros y las proponen como suyas y se las atribuyen a sí mismos.

De tales predicadores o parecidos a éstos dice el Señor por Jeremías: Aquí estoy yo contra los profetas que se roban mis palabras uno a otro. Aquí estoy yo contra los profetas que usan de su lengua y emiten oráculo. Aquí estoy yo contra los profetas que profetizan falsos sueños y los cuentan y hacen errar a mi pueblo con sus falsedades y su presunción, cuando yo, ni les he enviado ni dado órdenes, y ellos de ningún provecho han sido para este pueblo, dice el Señor (Jr 23,30-32).

Hablemos, por tanto, como el Espíritu Santo nos conceda expresarnos, pidiéndole humilde y devotamente que nos infunda su gracia, para que llegue el día de Pentecostés por la perfección de los cinco sentidos y la observancia del Decálogo; para que quedemos llenos del espíritu impetuoso de la contrición y nos abrasemos con las lenguas de fuego de la confesión, para que, encendidos e iluminados en el esplendor de los santos, merezcamos ver a Dios uno y trino. Ayúdenos aquel que es Dios uno y trino, bendito por los siglos de los siglos. Diga todo espíritu: Amén, aleluya.

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