DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

16 de junio

Beata María Teresa Scherer (1825-1888)

Textos de L'Osservatore Romano

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María Teresa Scherer, cofundadora de las Religiosas de la Caridad de la Santa Cruz, estuvo dedicada desde joven a la práctica de la caridad en el campo de la enseñanza y de la asistencia a los pobres y a los enfermos. Tuvo que pasar por situaciones tensas y conflictivas en la vida religiosa, que le hicieron vivir con intensidad el misterio de la cruz. Murió el 16 de junio de 1888, y Juan Pablo II la beatificó el 29 de octubre de 1995, junto a otras dos hijas espirituales de san Francisco: María Bernarda Bütler (cf. 19 de mayo) y Margarita Bays (cf. 27 de junio).

María Teresa Scherer nació el 31 de octubre de 1825 en Meggen (Lago de los Cuatro Cantones, Suiza). Fue bautizada con el nombre de Ana María Catalina. Era la cuarta de siete hijos de la familia Scherer-Sigrist. A los siete años quedó huérfana de padre y fue a vivir con unos parientes, que le dieron una sana educación cristiana. En los tiempos libres se ocupaba de los trabajos de la casa y del campo.

Por deseo de su madre, a los 16 años entró en el hospital cantonal de Lucerna para completar su preparación doméstica. Después tuvo que ocuparse también de los pobres y los enfermos. A los 17 años fue admitida en la Tercera Orden de san Francisco y en la congregación de Hijas de María. Durante una peregrinación a Einsiedein se sintió llamada a la vida religiosa. El 1 de marzo de 1845 ingresó en el instituto de las Religiosas Enseñantes, que había fundado hacía poco el capuchino P. Teodosio Florentini. En el otoño de aquel mismo año hizo los primeros votos. Un año después fue enviada a Baar y luego a Oberägeri, como profesora y superiora en ambas comunidades. Fue un período de dudas y dificultades, que superó con una ascesis austera y la obediencia a su director espiritual. El año 1850 el P. Teodoro la llamó a Näfels, para que guiase el hospicio de los pobres y huérfanos. Ese mismo año el P. Teodosio fundó en Coira un pequeño hospital y encomendó a María Teresa su dirección. Ella aceptó, convencida de que el carisma del fundador abarcaba el aspecto escolar-educativo y el caritativo.

El año 1856 las Religiosas Enseñantes se separaron del fundador para continuar su apostolado educativo independientemente. Sor María Teresa sufrió mucho por ello: oró, se aconsejó y finalmente comprendió que Dios deseaba se ocupase en el futuro de las obras de misericordia espirituales y corporales. En 1857 fue elegida superiora general de las «Religiosas al servicio de la escuela y de los pobres». Al lado del P. Teodosio guió el instituto de las Religiosas de la Caridad de la Santa Cruz, que se desarrolló rápidamente. A Ingenbohl llegaban continuamente peticiones, solicitando religiosas para que se ocuparan de los pobres y los huérfanos, del servicio en casas de corrección y lazaretos: eran tareas arduas, pero estaban en sintonía con el pensamiento de la madre María Teresa. Abrió hospitales y escuelas especializadas para inválidos, pero no le gustaba ver a las religiosas como responsables de empresas. Por ello se crearon tensiones con el fundador. De todas formas, estaba persuadida de que la intención del P. Teodosio era resolver la cuestión obrera con justicia y solidaridad, por lo que le ayudó todo lo posible, y a cuyo espíritu permaneció fiel aun después de su muerte, acaecida el 15 de febrero de 1865. Recibió no sólo su herencia espiritual sino también la material, teniendo que trabajar ella y sus hermanas durante años para saldar las deudas que había contraído el P. Teodosio en su apostolado social. Luchó por salvar las constituciones que había dado al instituto el P. Teodosio, aun a costa de oponerse al celo reformador de sus sucesores. La madre María Teresa era la regla viviente, pero pocos años antes de su muerte fue criticada por el modo de guiar la congregación y de observar la pobreza. Fue calumniada y soportó grandes sufrimientos físicos, que no le impidieron realizar numerosos viajes para animar a sus hijas y orientarlas a vivir según el espíritu del fundador. Falleció el 16 de junio de 1888 en el convento de Ingenbohl. Ya formaban parte del instituto 1.689 religiosas.

[Datos tomados de L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 27-X-1995]

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De la homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación (29-X-1995)

María Teresa Scherer libró el buen combate. A través de su vida y su obra nos recuerda el aspecto esencial del misterio de la cruz, con la cual Dios manifiesta su vida y concede la salvación al mundo. Mediante la fe, la esperanza y el amor, el hombre participa, con la totalidad de su existencia, en el misterio de la cruz del Salvador, y así logra participar también en el misterio de la resurrección. Además, la cruz tiene un aspecto cósmico: eleva todo el universo a Cristo, el Señor de la historia.

María Teresa mostró desde muy niña una disposición interior a la gracia, y, tomando a veces decisiones difíciles, se comprometió a responder a la llamada que el Señor le hacía a través de su Iglesia. Sin embargo, la naturaleza de su personalidad y de su vida no estaba en contradicción con su profunda fe y sus exigencias morales, en que se fundaba su actividad. Por el contrario, puso a disposición todos sus talentos para desarrollarlos plenamente y permitir que dieran fruto, tanto en su vida personal como en la misión que se sintió llamada a realizar en favor de sus hermanas y hermanos. Así descubrimos el misterio de la unión de todo hombre con Dios: la respuesta a la llamada de Cristo y su seguimiento nos hacen libres de un modo admirable, para que desarrollemos nuestros talentos plenamente.

Después de haber comprendido el dolor y el destino de los enfermos, se decidió a consagrar su vida al Señor como religiosa, en la congregación de las Religiosas de la Caridad de la Santa Cruz de Ingenbohl, que había fundado, ante todo, para servir a la juventud, decidiéndose luego a servir a los más pobres y marginados, de modo que, al final, mereció el apelativo de «Madre de los pobres». Abandonó su actividad docente, que le había granjeado tantos amigos, para seguir la voluntad de Dios. María Teresa supo que la obediencia «es el camino más rápido para alcanzar la cumbre de la perfección» (Teresa de Ávila, El libro de las fundaciones, n. 5). En ella encontró la verdadera felicidad, porque hizo de su vida un don de amor al Señor y a los pobres, a los que él ama con amor preferencial.

María Teresa es un ejemplo para nosotros. Su fuerza interior brotaba de su vida espiritual: dedicaba muchas horas ante el Santísimo, donde el Señor comunica su amor a todos los que viven profundamente unidos a él. Aunque no vivió el amor en el corazón de un hombre, no dejó de desarrollar todas las virtudes que hay en él. Cuanto más crecía su vida interior, tanto más sensible se hacía María Teresa ante las necesidades del mundo de su tiempo. En las difíciles circunstancias que vivía la Europa del siglo XIX, llegó a los pueblos de Europa central a través de sus numerosas fundaciones caritativas. En medio de sus múltiples actividades, no dudó en afirmar que hay que tener «la mano en el trabajo y el corazón en Dios». Una preocupación particular la impulsó a ser fiel a su compromiso bautismal y a sus votos religiosos. El compromiso de imitar a Cristo es el triunfo del amor de Dios, que se adueña del hombre y le pide que se esfuerce por servir a este amor, conociendo la debilidad humana. María Teresa supo claramente que la garantía de su fidelidad consistía en ser consciente de la limitación de sus propias fuerzas y en abandonarse constantemente a la oración contemplativa y a la vida sacramental.

[Texto de L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 03-XI-1995]

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Del discurso de Juan Pablo II a los peregrinos que fueron a Roma para la beatificación (30-X-1995)

María Teresa Scherer, María Bernarda Bütler y Margarita Bays, cada una a su manera, vivieron el carisma propio de san Francisco de Asís. [...]

Saludo con afecto a las religiosas de los institutos a los que pertenecieron María Teresa y María Bernarda. Deseo vivamente que las celebraciones en Roma sean aliento para vuestra consagración religiosa, ayuda para llevar una vida de oración como la de ellas, y renovado impulso en los numerosos servicios prestados a la Iglesia y a la humanidad en todo el mundo. Me complazco especialmente por todos los esfuerzos para ayudar a las personas que se encuentran en situaciones difíciles de pobreza y de enfermedad, y que tienen derecho a toda nuestra solicitud. Cuando acudís a asistirlas, les mostráis de manera explícita el rostro de Dios, que oye el clamor de su pueblo y que manifiesta así toda su ternura de Padre infinitamente bueno. Vuestra dedicación a los niños y a los jóvenes es también importante. Su educación humana y cristiana debe atraer vuestra atención, tanto en el ámbito escolar como en el de la formación religiosa.

Amadísimos hermanos y hermanas, sabed aceptar la invitación a seguir a Cristo por el camino de la humildad y la obediencia, camino que María Teresa, María Bernarda y Margarita recorrieron con intrepidez, inspirándose y sacando fuerzas, aun en situaciones muy diversas, de los ejemplos y de la espiritualidad de san Francisco de Asís. Su historia humana y espiritual muestra cuán maravillosas son las obras que el Señor realiza en los corazones sencillos y dóciles a su gracia.

[Texto de L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 03-XI-1995]

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