DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

28 de mayo

Santa María Ana de Jesús Paredes (1618-1645)

Del mensaje de Juan Pablo II al Ecuador (18-IV-1996)

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María Ana nació en Quito (Ecuador) en 1618. Huérfana desde su niñez, consagró a Dios su virginidad y, al no poder entrar en ningún monasterio, emprendió en su casa una vida ascética, dedicada a la oración, al ayuno y a otros ejercicios piadosos. Recibida posteriormente en la Tercera Orden Franciscana, se entregó con gozo y amor a la ayuda espiritual de sus compatriotas sin distinción de raza ni color. Murió en 1645. Pío XII la canonizó en 1950. Es patrona del Ecuador. El 18 de abril de 1996, con motivo de celebrarse el 350 aniversario de la muerte de la Santa, Juan Pablo II dirigió al Ecuador el mensaje del que tomamos el texto siguiente.

1. La celebración del 350º aniversario de la muerte de santa Mariana de Jesús Paredes y Flores me brinda la agradable ocasión de recordar, junto con los pastores y fieles de la nación ecuatoriana, la figura significativa de esta joven mujer latinoamericana, que supo vivir la consagración a Dios en el mundo, tratando de introducir en la sociedad de su época las energías siempre nuevas del reino de Cristo.

Con esta carta deseo unirme al gozo del año jubilar proclamado por ese Episcopado para dar juntos gracias al Señor de la historia por el don de esta primera santa ecuatoriana, canonizada por mi predecesor el Papa Pío XII el 9 de julio de 1950. Ha querido la Providencia que esta importante efemérides en la vida de la Iglesia que peregrina en el Ecuador coincidiese con la preparación al gran jubileo del año 2000. Lo cual, ciertamente, favorecerá entre los hijos e hijas de esa querida nación el despuntar de una nueva primavera de vida cristiana que deberá manifestar el comienzo del tercer milenio cristiano, en docilidad a la acción del Espíritu Santo (cf. Carta Ap. Tertio millennio adveniente, 18).

2. La breve vida terrena de la Azucena de Quito, como es invocada con afecto y confianza por las gentes del continente americano, sorprende por su profunda madurez y equilibrio interior, frutos de un intenso combate espiritual desde la oración y la ascesis. Uno de los caracteres distintivos de la santidad de Mariana de Jesús, tal vez el más desconcertante para nuestro tiempo, fue su penitencia y su mortificación corporal asombrosa. Este camino ascético de identificación con Cristo, independientemente de los medios particulares empleados en su ejercicio, sigue revistiendo hoy una perenne actualidad, pues nos recuerda que la ascesis ayuda a dominar y corregir las tendencias de la naturaleza humana herida por el pecado, siendo verdaderamente indispensable para permanecer fieles a la propia vocación y seguir a Jesús por el camino de la cruz.

En santa Mariana convergen de modo armónico y original diversas escuelas y tradiciones espirituales de la época: pertenecía a la Tercera Orden Franciscana, se consideraba discípula espiritual de Santa Teresa de Ávila y, al mismo tiempo, se sentía hija de la Compañía de Jesús. De este modo, su vida se hace reflejo del misterio de la Iglesia, que no es una realidad replegada sobre sí misma, sino permanentemente abierta a la dinámica misionera y evangelizadora, pues ha sido enviada al mundo para anunciar y extender el misterio de comunión que la constituye, reuniendo a todos y a todo en Cristo, y siendo para todos sacramento indispensable de unidad.

3. Bebiendo en las fuentes claras de las Escrituras, aprendió a discernir, con la ayuda de sus confesores y directores espirituales, la voluntad de Dios, que la quiso virgen consagrada a la oración y al servicio de la Iglesia en su propia casa. Al profesar los consejos evangélicos en el contexto de las estructuras temporales, su existencia casta, pobre y obediente fue para sus contemporáneos «una especial imagen escatológica de la Esposa celeste y de la vida futura, cuando finalmente la Iglesia viva en plenitud el amor de Cristo esposo» (Exhortación Ap. Vita consecrata, 7). Su recuerdo hoy invita a todos, especialmente a la juventud ecuatoriana, a responder con prontitud y valentía al llamado del Señor, que espera la aportación de la fe y de la iniciativa de numerosos jóvenes consagrados, para que el mundo sea cada vez más sereno y acogedor, más auténticamente humano.

4. Interpelada por las palabras de Jesús: «Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino de Dios» (Lc 6,20), Mariana quiso imitar a Cristo pobre, abrazando un estilo de vida abnegado, sobrio y fraterno, inspirado en criterios de sencillez y hospitalidad evangélicas, y acompañado por un compromiso activo en la educación cristiana de los niños necesitados, en particular de los indígenas, y en la caridad. Su pobreza da testimonio gozoso y creíble de Dios como la verdadera riqueza del corazón humano, contesta la idolatría del dinero y se hace voz profética en medio de la sociedad, avisando del peligro de perder el sentido de la medida y hasta el significado mismo de los bienes materiales.

El amor a Cristo pobre la llevó al servicio de Cristo en los indigentes y los pecadores, compartiendo las condiciones de vida de los más desheredados y participando de sus sufrimientos, problemas y peligros. Que esta opción por la pobreza evangélica, vivida también hoy en Latinoamérica con valentía y heroísmo por tantos otros hombres y mujeres de corazón generoso, siga denunciando la esclavitud del pecado, raíz de toda injusticia y discriminación; favorezca la promoción de la solidaridad social, «iluminando con el Evangelio y la doctrina social católica la conciencia de los ciudadanos» (Carta Ap. Los caminos del Evangelio, a los religiosos y religiosas de América Latina con motivo del V Centenario de la evangelización del Nuevo Mundo, 21); y ayude a las nuevas generaciones del Ecuador a vencer la seducción de un materialismo ávido de poseer, desinteresado de los más débiles y carente de sensibilidad por el equilibrio de los recursos de la naturaleza.

5. Debe ser también para el Ecuador motivo de confianza ante el futuro el recuerdo vivo de esta hija suya predilecta, que no amó tanto su vida como para temer a la muerte (cf. Ap 12,11), sino que la ofreció por la salvación de sus hermanos, los habitantes de Quito, angustiados por la peste y los temblores de tierra. Ella, verdadera heroína nacional, sigue acompañando con su intercesión y especial protección el caminar de ese querido pueblo, ayudando a todos, ciudadanos y gobernantes, a afrontar desde la fidelidad a sus más auténticas raíces cristianas los problemas de la convivencia nacional e internacional, para construir una sociedad digna del hombre y alcanzar una paz duradera, fundada sobre la justicia.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 31 de mayo de 1996, p. 8]

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