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| Beato Ludovico de Casoria (1814-1885) Textos de LOsservatore Romano |
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Ludovico (en el siglo, Arcángelo Palmentieri) nació en Casoria (Nápoles) el 11 de marzo de 1814 y fue bautizado al día siguiente. Atraído por los Frailes Menores del vecino convento de San Antonio en Afragola (Nápoles), entró en el convento de San Juan del Palco en Taurano (Avellino) el 17 de junio de 1832. Recibió la ordenación sacerdotal el 4 de junio de 1837. En 1847, mientras oraba, el Señor le indicó el nuevo camino que debía recorrer, al servicio de los pobres y los enfermos. A ellos, convertido en hombre nuevo, dedicó sus primeros cuidados: en su celda del convento de San Pedro en Aram, Nápoles, montó una farmacia para los frailes enfermos. Más tarde adquirió una quinta, llamada La Palma, donde creó una enfermería para los frailes. Allí quiso que estuviera también la sede de la Obra de los «Moretti», que, en sus planes de evangelización misional, debía servir para educar a los jóvenes africanos y hacerlos apóstoles de África (África convertirá al África). Con la misma finalidad misionera, dio vida después a la Obra de las «Morette», que encomendó a las Hermanas Estigmatinas de la sierva de Dios Anna Fiorelli Lapini. Creó diversas obras asistenciales: asilos para ancianos, convictorios, escuelas, colonias agrícolas, hospicios, montes de piedad, tipografías... En su inmenso deseo de hacer el bien, promovió también la cultura, que consideraba como la vía para la fe y medio de promoción humana, poniendo en marcha modernas iniciativas culturales, como un observatorio meteorológico, cinco revistas, la traducción al italiano de las Obras de san Buenaventura, una edición de bolsillo de la Biblia, etc. Circundado de gran fama de santidad, el padre Ludovico concluyó su misión terrena en Nápoles, en el Hospicio Marino (último creada por él, en pro de los marineros ancianos), el 30 de marzo de 1885, Lunes Santo. Allí reposan sus restos mortales desde 1887, bajo la custodia de sus hijas espirituales, las Hermanas Elisabetinas Grises (Elisabettine Bigie), que había fundado en 1862. El 12 de agosto de 1885, pasados apenas 135 días de su tránsito, se abría en Nápoles el proceso canónico para su beatificación. Sus virtudes heroicas fueron solemnemente reconocidas por el Papa Pablo VI el 13 de febrero de 1964. El milagro para su beatificación, obrado en Salerno el 2 de abril de 1885 en favor de sor Luisa Capecelatro, Hija de la Caridad, fue aprobado el 11 de julio de 1992 por Juan Pablo II, quien lo beatificó el 18 de abril de 1993. [Datos tomados de L'Osservatore Romano, edición semanal en español, del 16 de abril de 1993] ******************** De la homilía de Juan Pablo II en la misa de beatificación (18-IV-1993) 3. Te saludo, beato Ludovico de Casoria, figura singular de religioso franciscano y testigo ardiente de la caridad de Cristo. Nos conmueven las palabras de tu testamento: «El Señor me llamó a sí con amor dulcísimo, y con caridad infinita me guió y me dirigió por el camino de mi vida». La fuerza de este amor te impulsó a ti, estudioso y profesor estimado, a entregarte a los más pobres: a los sacerdotes enfermos, a los inmigrantes africanos, a los mudos, a los ciegos, a los ancianos y a los huérfanos. Beato Ludovico, gran hijo de la Iglesia de Nápoles, hiciste tuyo el carisma de Francisco de Asís y lo viviste en la sociedad de tu tiempo, en el sur de la Italia del siglo pasado, asumiendo una responsabilidad activa ante las formas más graves de pobreza e interviniendo con compasión cristiana en la historia concreta de tu gente y de sus dramas diarios. La amplitud del radio de acción de tu apostolado nos deja perplejos, y nos preguntamos espontáneamente: ¿Cómo pudiste estar tan cercano a tantas miserias, con tanta fantasía en la promoción humana? Y, una vez más, nos responden tus palabras: «El amor de Cristo había herido mi corazón» (Testamento). Te pedimos que también nos enseñes a nosotros a vivir para los demás y a ser constructores de auténticas comunidades eclesiales, en las que la caridad florezca en alegría y en esperanza operante. «Pobres tendréis siempre con vosotros» (Mt 26,11), nos dice Jesús. Ayúdanos, beato Ludovico, a descubrirlos, a amarlos y a servirlos con el mismo ardor que en ti hizo maravillas. [L'Osservatore Romano, edición semanal en español, del 23 de abril de 1993] |
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