DIRECTORIO FRANCISCANO
SANTORAL FRANCISCANO

29 de septiembre

San Juan de Dukla (1414-1484)

Texto de L’Osservatore Romano

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Sacerdote profeso de la Orden de los Frailes Menores, primero Conventual y luego Observante o Bernardino. Nació alrededor del año 1414 en Dukla (Polonia), cerca de las fronteras de Eslovaquia y de Ucrania. Después de una breve experiencia de vida eremítica, ingresó en la Custodia de los Frailes Menores de Rusia (Rutenio). Ordenado sacerdote, se dedicó a la predicación y al servicio pastoral en los vastos territorios de las actuales repúblicas de Ucrania, Moldavia y Bielorrusia. Fue guardián de varios conventos, entre ellos el de Krosno, y gobernó la custodia de Leópoli. Perdió la vista varios años antes de morir. Falleció el 29 de septiembre de 1484 en Leópoli (hoy, Lvov, Ucrania), recitando los salmos penitenciales con sus hermanos. Tras su muerte, su fama de santidad se convirtió muy pronto en culto público en toda la región. Su tumba se encuentra en el convento franciscano de su ciudad natal, Dukla. Clemente XII confirmó su culto inmemorial el 21 de enero de 1733, y lo proclamó copatrono principal del reino de Polonia y del gran ducado de Lituania el 5 de septiembre de 1739. El proceso de canonización se interrumpió con la repartición de Polonia, y se reanudó en 1945. Juan Pablo II lo canonizó en Krosno (Polonia) el 10 de junio de 1997.

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Del discurso de Juan Pablo II en la iglesia franciscana de Dukla (9-VI-1997)

Saludo de todo corazón a los padres Bernardinos [Franciscanos Observantes], custodios fieles de este lugar. Vosotros conserváis con cariño las reliquias de vuestro excelente hermano Juan...

¡Qué cercano me parece el beato Juan en este templo donde se conservan sus reliquias! Tenía muchos deseos de venir aquí, para escuchar, en el silencio del convento, la voz de su corazón y, junto con vosotros, ahondar en el misterio de su vida y de su santidad. Fue una vida totalmente entregada a Dios. Comenzó en el eremitorio cercano. Allí, en el silencio y en medio de luchas espirituales, «Dios lo conquistó», de forma que desde ese momento permanecieron unidos hasta el final. Entre estos montes aprendió a orar con intensidad y a vivir los misterios de Dios. Lentamente se consolidó su fe y se fortaleció su amor, para producir más tarde frutos de salvación, ya no en la soledad, en el eremitorio, sino dentro de las paredes del convento de los Franciscanos Conventuales y, luego, de los Bernardinos o Franciscanos Observantes, donde pasó el último período de su vida.

El beato Juan se ganó la fama de sabio predicador y de celoso confesor. Acudían a él en gran número las personas sedientas de sana doctrina de Dios, para escuchar sus predicaciones o para buscar consuelo y consejo en el confesonario. Se hizo famoso como guía de almas y prudente consejero de muchos. Los textos dicen que, a pesar de la vejez y de la pérdida de la vista, seguía trabajando, pedía que le leyeran las predicaciones, con tal de poder continuar. Iba a tientas al confesonario, para poder convertir a las almas y llevarlas a Dios.

La santidad del beato Juan brotaba de su profunda fe. Toda su vida y su impulso apostólico, así como su amor a la oración y a la Iglesia, se basaban en la fe, que era para él una fuerza, gracias a la cual sabía rechazar todo lo material y temporal, para dedicarse a lo que era de Dios y espiritual.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 27-VI-97]

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De la homilía de Juan Pablo II en la misa de canonización (10-VI-1997)

Doy gracias a Dios porque la canonización del beato Juan de Dukla puede realizarse en su patria. Su nombre y la gloria de su santidad han quedado unidos para siempre a Dukla, ciudad pequeña, aunque antigua, situada al pie del monte Cergowa y de la cadena del Besckid central. Conozco muy bien, desde hace mucho, estos montes y esta ciudad. Con frecuencia venía acá o iba hacia los Bieszczady, o, en dirección contraria, desde los Bieszczady, pasando el Beskid bajo, hasta Krynica. Pude conocer a la gente del lugar, amable y hospitalaria, aunque a veces extrañada ante la vista del grupo de jóvenes que paseaban por sus montes con pesadas mochilas. Me alegra haber tenido la oportunidad de volver acá, de haber podido proclamar santo de la Iglesia católica, en estos hermosos montes y al pie de este monte Cergowa, a vuestro compatriota y paisano.

Juan de Dukla es uno de los muchos santos y beatos que crecieron en tierra polaca durante los siglos XIV y XV. Todos estaban relacionados con la Cracovia real. Los atraía la facultad de teología de Cracovia, que surgió por obra de la reina Eduvigis hacia el final del siglo XIV. Animaban la ciudad universitaria con el ardor de su juventud y de su santidad, y desde allí se dirigían al este. Sus caminos llevaban ante todo a Lvov, como en el caso de Juan de Dukla, que pasó la mayor parte de su vida en esa gran ciudad, unida a Polonia por vínculos muy estrechos, especialmente desde los tiempos de Casimiro el Grande. San Juan de Dukla es el patrono de la ciudad de Lvov y de todo el territorio circundante.

Mientras realizamos hoy la canonización de Juan de Dukla, debemos fijar nuestra mirada en la vocación de este hijo espiritual de san Francisco y en su misión en un marco histórico más amplio. Polonia ya había recibido el cristianismo cuatro siglos antes. Habían pasado casi cuatrocientos años desde que actuó en Polonia san Adalberto. Los siglos sucesivos habían quedado marcados por el martirio de san Estanislao, por el ulterior progreso de la evangelización y por el desarrollo de la Iglesia en nuestra tierra. En gran medida, todo ello estaba relacionado con la actividad de los benedictinos. En el siglo XIII llegaron a Polonia los hijos de san Francisco de Asís. El movimiento franciscano encontró en nuestra patria el terreno preparado. Fructificó también con gran número de beatos y santos, los cuales, siguiendo el ejemplo del Poverello de Asís, animaron el cristianismo polaco con el espíritu de pobreza y amor fraterno.

A la tradición de pobreza evangélica y de sencillez de vida unían el conocimiento y la sabiduría, lo cual a su vez influyó en el trabajo pastoral. Se puede decir que habían tomado en serio las palabras de la segunda carta a Timoteo, que hemos escuchado en la segunda lectura de hoy: «Te conjuro, en presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de venir a juzgar a vivos y muertos, por su manifestación y por su Reino: Proclama la Palabra, insiste a tiempo y a destiempo, reprende, amenaza, exhorta con toda paciencia y doctrina» (2 Tm 4,1-2). Esta sana doctrina, indispensable ya en tiempos de san Pablo, lo era también en el período en que vivió y actuó Juan de Dukla. También en ese tiempo había quienes no soportaban la sana doctrina, sino que, arrastrados por sus propias pasiones, se hacían con un montón de maestros, apartaban los oídos de la verdad y se volvían a las fábulas (cf. 2 Tm 4,3-4).

Las mismas dificultades existen también hoy. Así pues, aceptemos las palabras de san Pablo como si nos las dirigiera a nosotros mediante la vida de san Juan de Dukla; como si nos las dirigiera a todos y a cada uno, en particular a los sacerdotes, a los religiosos y a las religiosas: «Tú, en cambio, pórtate en todo con prudencia, soporta los sufrimientos, realiza la función de evangelizador, desempeña a la perfección tu ministerio» (2 Tm 4,5).

«Uno solo es vuestro Maestro, Cristo. El mayor entre vosotros será vuestro servidor, pues el que se ensalce, será humillado; y el que se humille, será ensalzado» (Mt 23, 10-12). Precisamente ese fue el programa evangélico que san Juan de Dukla realizó en su vida. Es un programa cristocéntrico. Jesucristo era para él el único Maestro. Imitando sin reservas el ejemplo de su Maestro y Señor, por encima de todo deseaba servir. Aquí radica el evangelio de la sabiduría, del amor y de la paz. Él realizó este evangelio en toda su vida. Y hoy esta obra evangélica de Juan de Dukla ha alcanzado la gloria de los altares. En su tierra natal es proclamado santo de la Iglesia universal. Su canonización se encuentra en el camino por donde avanza toda la Iglesia, en el camino que lleva a la meta del segundo milenio del nacimiento de Cristo.

[L'Osservatore Romano, edición semanal en lengua española, del 27-VI-97]

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