DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

LA LITURGIA DE LAS VÍSPERAS
por S. S. Juan Pablo II

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1. Dado que «todavía peregrinos en este mundo (...) experimentamos las pruebas cotidianas» del amor de Dios (Prefacio VI dominical del tiempo ordinario), siempre se ha sentido en la Iglesia la necesidad de dedicar a la alabanza divina los días y las horas de la existencia humana. Así, la aurora y el ocaso del sol, momentos religiosos típicos en todos los pueblos, ya convertidos en sagrados en la tradición bíblica por la ofrenda matutina y vespertina del holocausto (cf. Ex 29, 38-39) y del incienso (cf. Ex 30,6-8), representan para los cristianos, desde los primeros siglos, dos momentos especiales de oración.

El surgir del sol y su ocaso no son momentos anónimos de la jornada. Tienen una fisonomía inconfundible: la belleza gozosa de una aurora y el esplendor triunfal de un ocaso marcan los ritmos del universo, en los que está profundamente implicada la vida del hombre. Además, el misterio de la salvación, que se realiza en la historia, tiene sus momentos vinculados a fases diversas del tiempo. Por eso, juntamente con la celebración de las Laudes al inicio de la jornada, se ha consolidado progresivamente en la Iglesia la celebración de las Vísperas al caer la tarde. Ambas Horas litúrgicas poseen su propia carga evocativa, que recuerda los dos aspectos esenciales del misterio pascual: «Por la tarde el Señor está en la cruz, por la mañana resucita... Por la tarde yo narro los sufrimientos que padeció en su muerte; por la mañana anuncio la vida de él, que resucita» (San Agustín, Esposizioni sui Salmi, XXVI, Roma 1971, p. 109).

Las dos Horas, Laudes y Vísperas, precisamente por estar vinculadas al recuerdo de la muerte y la resurrección de Cristo, constituyen, «según la venerable tradición de la Iglesia universal, el doble eje del Oficio diario» (Sacrosanctum Concilium, 89).

2. En la antigüedad, después de la puesta del sol, al encenderse los candiles en las casas se producía un ambiente de alegría y comunión. También la comunidad cristiana, cuando encendía la lámpara al caer la tarde, invocaba con gratitud el don de la luz espiritual. Se trataba del «lucernario», es decir, el encendido ritual de la lámpara, cuya llama es símbolo de Cristo, «Sol sin ocaso».

En efecto, al oscurecer, los cristianos saben que Dios ilumina también la noche oscura con el resplandor de su presencia y con la luz de sus enseñanzas. Conviene recordar, a este propósito, el antiquísimo himno del lucernario, llamado Fôs hilarón, acogido en la liturgia bizantina armenia y etiópica: «¡Oh luz gozosa de la santa gloria del Padre celeste e inmortal, santo y feliz, Jesucristo! Al llegar al ocaso del sol y, viendo la luz vespertina, alabamos a Dios: Padre, Hijo y Espíritu Santo. Es digno cantarte en todo tiempo con voces armoniosas, oh Hijo de Dios, que nos das la vida: por eso, el universo proclama tu gloria». También Occidente ha compuesto muchos himnos para celebrar a Cristo luz.

Inspirándose en el simbolismo de la luz, la oración de las Vísperas se ha desarrollado como sacrificio vespertino de alabanza y acción de gracias por el don de la luz física y espiritual, y por los demás dones de la creación y la redención. San Cipriano escribe: «Al caer el sol y morir el día, se debe necesariamente orar de nuevo. En efecto, ya que Cristo es el sol verdadero, al ocaso del sol y del día de este mundo oramos y pedimos que venga de nuevo sobre nosotros la luz e invocamos la venida de Cristo, que nos traerá la gracia de la luz eterna» (De oratione dominica, 35: PL 4, 560).

3. La tarde es tiempo propicio para considerar ante Dios, en la oración, la jornada transcurrida. Es el momento oportuno «para dar gracias por lo que se nos ha dado o lo que hemos realizado con rectitud» (San Basilio, Regulae fusius tractatae, Resp. 37,3: PG 3, 1015). También es el tiempo para pedir perdón por el mal que hayamos cometido, implorando de la misericordia divina que Cristo vuelva a resplandecer en nuestro corazón.

Sin embargo, la caída de la tarde evoca también el «mysterium noctis». Las tinieblas se perciben como ocasión de frecuentes tentaciones, de particular debilidad, de ceder ante los ataques del maligno. La noche, con sus asechanzas, se presenta como símbolo de todas las maldades, de las que Cristo vino a liberarnos. Por otra parte, cada día al oscurecer, la oración nos hace partícipes del misterio pascual, en el que «la noche brilla como el día» (Exsultet). De este modo, la oración hace florecer la esperanza en el paso del día transitorio al dies perennis, de la tenue luz de la lámpara a la lux perpetua, de la vigilante espera del alba al encuentro con el Rey de la gloria eterna.

4. Para el hombre antiguo, más aún que para nosotros, el sucederse de la noche y del día marcaba el ritmo de la existencia, suscitando la reflexión sobre los grandes problemas de la vida. El progreso moderno ha alterado, en parte, la relación entre la vida humana y el tiempo cósmico. Pero el intenso ritmo de las actividades humanas no ha apartado totalmente a los hombres de hoy de los ritmos del ciclo solar.

Por eso, los dos ejes de la oración diaria conservan todo su valor, ya que están vinculados a fenómenos inmutables y a simbolismos inmediatos. La mañana y la tarde constituyen momentos siempre oportunos para dedicarse a la oración, tanto de forma comunitaria como individual. Las Horas de Laudes y Vísperas, unidas a momentos importantes de nuestra vida y actividad, se presentan como un medio eficaz para orientar nuestro camino diario y dirigirlo hacia Cristo, «luz del mundo» (Jn 8,12).

[Audiencia general del Miércoles 8 de octubre de 2003]

LA ESTRUCTURA DE LAS VÍSPERAS

por S. S. Juan Pablo II

1. Gracias a numerosos testimonios sabemos que, a partir del siglo IV, las Laudes y las Vísperas ya son una institución estable en todas las grandes Iglesias orientales y occidentales. Así lo testimonia, por ejemplo, san Ambrosio: «Como cada día, yendo a la iglesia o dedicándonos a la oración en casa, comenzamos desde Dios y en él concluimos, así también el día entero de nuestra vida en la tierra y el curso de cada jornada ha de tener siempre principio en él y terminar en él» (De Abraham, II, 5, 22).

Así como las Laudes se colocan al amanecer, las Vísperas se sitúan hacia el ocaso, a la hora en que, en el templo de Jerusalén, se ofrecía el holocausto con el incienso. A aquella hora Jesús, después de su muerte en la cruz, reposaba en el sepulcro, habiéndose entregado a sí mismo al Padre por la salvación del mundo.

Las diversas Iglesias, siguiendo sus tradiciones respectivas, han organizado según sus propios ritos el Oficio divino. Aquí tomamos en consideración el rito romano.

2. Abre la plegaria la invocación Deus in adiutorium, «Dios mío, ven en mi auxilio», segundo versículo del salmo 69, que San Benito prescribe para cada Hora. El versículo recuerda que sólo de Dios puede venirnos la gracia de alabarlo dignamente. Sigue el Gloria al Padre, porque la glorificación de la Trinidad expresa la orientación esencial de la oración cristiana. Por último, excepto en Cuaresma, se añade el Aleluya, expresión judía que significa «Alabad al Señor», y que se ha convertido, para los cristianos, en una gozosa manifestación de confianza en la protección que Dios reserva a su pueblo.

El canto del himno hace resonar los motivos de la alabanza de la Iglesia en oración, evocando con inspiración poética los misterios realizados para la salvación del hombre en la hora vespertina, en particular, el sacrificio consumado por Cristo en la cruz.

3. La salmodia de las Vísperas consta de dos salmos adecuados para esta hora y de un cántico tomado del Nuevo Testamento. La tipología de los salmos destinados a las Vísperas presenta varios matices. Hay salmos lucernarios, en los que es explícita la mención de la noche, de la lámpara o de la luz; salmos que manifiestan confianza en Dios, refugio seguro en la precariedad de la vida humana; salmos de acción de gracias y de alabanza; salmos en los que se transparenta el sentido escatológico evocado por el final del día, y otros de carácter sapiencial o de tono penitencial. Encontramos, además, los salmos del Hallel, con referencia a la última Cena de Jesús con los discípulos. En la Iglesia latina se han transmitido elementos que favorecen la comprensión de los salmos y su interpretación cristiana, como los títulos, las oraciones sálmicas y, sobre todo, las antífonas (cf. Ordenación general de la liturgia de las Horas, 110-120).

Un lugar de relieve tiene la lectura breve, que en las Vísperas se toma del Nuevo Testamento. Tiene la finalidad de proponer con fuerza y eficacia alguna sentencia bíblica y grabarla en el corazón, para que se traduzca en vida (cf. ib., 45, 156 y 172). Para facilitar la interiorización de cuanto se ha escuchado, a la lectura sigue un oportuno silencio y un responsorio, que tiene la función de «responder», con el canto de algunos versículos, al mensaje de la lectura, favoreciendo su acogida cordial por parte de los participantes en la oración.

4. Con gran honor, introducido por el signo de la cruz, se entona el cántico evangélico de la bienaventurada Virgen María (cf. Lc 1,46-55). Ya atestiguado por la Regla de San Benito (cap. 12 y 17), el uso de cantar en las Laudes el Benedictus y en las Vísperas el Magníficat, «que la Iglesia romana ha empleado y ha popularizado a lo largo de los siglos» (Ordenación general de la liturgia de las Horas, 50). En efecto, estos cánticos son ejemplares para expresar el sentido de alabanza y de acción de gracias a Dios por el don de la redención.

En la celebración comunitaria del Oficio divino, el gesto de incensar el altar, al sacerdote y al pueblo, mientras se entonan los cánticos evangélicos, puede sugerir -a la luz de la tradición judía de ofrecer el incienso día y noche sobre el altar de los perfumes- el carácter oblativo del «sacrificio de alabanza», expresado en la liturgia de las Horas. Uniéndonos a Cristo en la oración, podemos vivir personalmente lo que se afirma en la carta a los Hebreos: «Ofrezcamos sin cesar, por medio de él, a Dios un sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de los labios que celebran su nombre» (Hb 13,15; cf. Sal 49, 14. 23; Os 14,3).

5. Después del cántico, las preces dirigidas al Padre o, a veces, a Cristo, expresan la voz suplicante de la Iglesia, que recuerda la solicitud divina por la humanidad, obra de sus manos. En efecto, la característica de las intercesiones vespertinas consiste en pedir la ayuda divina para toda clase de personas, para la comunidad cristiana y para la sociedad civil. Por último, se recuerda a los fieles difuntos.

La liturgia de las Vísperas tiene su coronamiento en la oración de Jesús, el padrenuestro, síntesis de toda alabanza y de toda súplica de los hijos de Dios regenerados por el agua y el Espíritu. Al final de la jornada, la tradición cristiana ha relacionado el perdón implorado a Dios en el padrenuestro con la reconciliación fraterna de los hombres entre sí: el sol no debe ponerse mientras alguien esté airado (cf. Ef 4,26).

La plegaria vespertina concluye con una oración que, en sintonía con Cristo crucificado, expresa la entrega de nuestra existencia en las manos del Padre, conscientes de que jamás nos faltará su bendición.

[Audiencia general del Miércoles 15 de octubre de 2003]

ORDENACIÓN GENERAL
DE LA LITURGIA DE LAS HORAS

1. La oración pública y comunitaria del pueblo de Dios figura con razón entre los principales cometidos de la Iglesia. Ya en sus comienzos, los bautizados «eran constantes en escuchar la enseñanza de los apóstoles, en la vida común, en la fracción del pan y en las oraciones» (Hch 2,42). Por lo demás, la oración unánime de la comunidad cristiana es atestiguada muchas veces en los Hechos de los apóstoles.

Testimonios de la primitiva Iglesia ponen de manifiesto que los fieles solían dedicarse a la oración a determinadas horas. En diversas regiones se estableció luego la costumbre de destinar algunos tiempos especiales a la oración común, como a última hora del día, cuando se hace de noche y se encienden las lámparas, o a la primera, cuando la noche se disipa con la luz del sol.

Andando el tiempo, se llegó a santificar con la oración común también las restantes horas, que los Padres veían claramente aludidas en los Hechos de los apóstoles. Allí aparecen los discípulos congregados a media mañana. El Príncipe de los apóstoles, «hacía el mediodía, subió a la azotea a orar»; «Pedro y Juan subían al templo, a la oración de media tarde»; «a eso de medianoche, Pablo y Silas oraban cantando himnos a Dios».

2. Tales oraciones realizadas en común poco a poco se iban configurando como un conjunto definido de Horas. Esta Liturgia de las Horas u Oficio divino, enriquecida también con lecturas, es principalmente oración de alabanza y de súplica, y, ciertamente, oración que la Iglesia realiza con Cristo y, a la vez, le dirige.

LA ORACIÓN DE CRISTO

3. Cuando vino para comunicar a los hombres la vida de Dios, el Verbo que procede del Padre como esplendor de su gloria, «el Sumo sacerdote de la nueva y eterna Alianza, Cristo Jesús, al tomar la naturaleza humana, introdujo en este exilio terrestre aquel himno que se canta perpetuamente en las moradas celestiales» (SC 83). Desde entonces, resuena en el corazón de Cristo la alabanza a Dios con palabras humanas de adoración, propiciación e intercesión: todo ello lo presenta al Padre, en nombre de los hombres y para bien de todos ellos, el que es príncipe de la nueva humanidad y mediador entre Dios y los hombres.

4. El Hijo de Dios, que es uno con el Padre, y que al entrar en el mundo dijo: «Aquí estoy yo para hacer tu voluntad», se ha dignado ofrecernos ejemplos de su propia oración. En efecto, los evangelios nos lo presentan muchísimas veces en oración: cuando el Padre revela su misión, antes del llamamiento de los apóstoles, cuando bendice a Dios en la multiplicación de los panes, en la transfiguración, cuando sana al sordo y mudo y cuando resucita a Lázaro, antes de requerir de Pedro su confesión, cuando enseña a orar a los discípulos, cuando los discípulos regresan de la misión, cuando bendice a los niños, cuando ora por Pedro.

Su actividad diaria estaba tan unida con la oración que incluso aparece fluyendo de la misma, como cuando se retiraba al desierto o al monte para orar, levantándose muy de mañana, o al anochecer, permaneciendo en oración hasta la madrugada.

Tomó parte también, como fundadamente se sostiene, en las oraciones públicas, tanto en las sinagogas, donde entró en sábado, «como era su costumbre», como en el templo, al que llamó casa de oración, y en las oraciones privadas que los israelitas piadosos acostumbraban a recitar diariamente. También al comer dirigía a Dios las tradicionales bendiciones, como expresamente se narra cuando la multiplicación del pan, en la última Cena, en la comida de Emaús; de igual modo recitó el himno con los discípulos.

Hasta el final de su vida, acercándose ya el momento de la pasión, en la última Cena, en la agonía y en la cruz, el divino maestro mostró que era la oración lo que le animaba en el ministerio mesiánico y en el tránsito pascual. En efecto, «Cristo, en los días de su vida mortal, a gritos y con lágrimas, presentó oraciones y súplicas al que podía salvarlo de la muerte, cuando en su angustia fue escuchado» (Hb 5,7), y con la oblación perfecta del ara de la cruz «ha perfeccionado para siempre a los que van siendo consagrados» (Hb 10,14); y después de resucitar de entre los muertos vive para siempre y ruega por nosotros.

LA ORACIÓN DE LA IGLESIA

5. Lo que Jesús puso por obra nos lo mandó también hacer a nosotros. Muchas veces dijo: «Orad», «pedid», «en mi nombre»; incluso nos proporcionó una fórmula de plegaria en la llamada oración dominical y advirtió que la oración es necesaria, y que debe ser humilde, atenta, perseverante y confiada en la bondad del Padre, pura de intención y concorde con lo que Dios es.

Los apóstoles, que, en sus cartas, frecuentemente nos aportan oraciones, sobre todo de alabanza y de acción de gracias, también insisten en la oración asidua a Dios por medio de Jesús, en el Espíritu Santo, en su eficacia para la santificación, en la oración de alabanza, de acción de gracias, de petición y de intercesión por todos.

6. Ya que el hombre proviene todo él de Dios, debe reconocer y confesar este dominio de su Creador, como en todos los tiempos hicieron, al orar, los hombres piadosos.

La oración, que se dirige a Dios, ha de establecer conexión con Cristo, Señor de todos los hombres y único mediador, por quien tenemos acceso a Dios. Pues de tal manera él une a sí a toda la comunidad humana (SC 83), que se establece una unión íntima entre la oración de Cristo y la de todo el género humano. Pues en Cristo y sólo en Cristo la religión del hombre alcanza su valor salvífico y su fin.

7. Una especial y estrechísima unión se da entre Cristo y aquellos hombres a los que él ha hecho miembros de su cuerpo, la Iglesia, mediante el sacramento del bautismo. Todas las riquezas del Hijo se difunden así de la cabeza a todo el cuerpo: la comunicación del Espíritu, la verdad, la vida y la participación de su filiación divina, que se hacía patente en su oración mientras estaba en el mundo.

También el sacerdocio de Cristo es participado por todo el cuerpo eclesial, de tal forma que los bautizados, por la regeneración y la unción del Espíritu Santo, quedan consagrados como templo espiritual y sacerdocio santo (LG 10) y son habilitados para el culto del nuevo Testamento, que brota no de nuestras energías, sino de los méritos y donación de Cristo.

«No pudo Dios hacer a los hombres un don mayor que el de darles por cabeza al que es su Palabra, por quien ha fundado todas las cosas, uniéndolos a él como miembros suyos, de forma que él es Hijo de Dios e Hijo del hombre al mismo tiempo, Dios uno con el Padre y hombre con el hombre, y así, cuando nos dirigimos a Dios con súplicas, no establecemos separación con el Hijo, y cuando es el cuerpo del Hijo quien ora, no se separa de su cabeza, y el mismo salvador del cuerpo, nuestro Señor Jesucristo, Hijo de Dios, es el que ora por nosotros, ora en nosotros y es invocado por nosotros. Ora por nosotros como sacerdote nuestro, ora en nosotros por ser nuestra cabeza, es invocado por nosotros como Dios nuestro. Reconozcamos, pues, en él nuestras propias voces y reconozcamos también su voz en nosotros» (S. Agustín).

En Cristo radica, por tanto, la dignidad de la oración cristiana, al participar ésta de la misma piedad para con el Padre y de la misma oración que el Unigénito expresó con palabras en su vida terrena, y que es continuada ahora incesantemente por la Iglesia y por sus miembros en representación de todo el género humano y para su salvación.

8. La unidad de la Iglesia orante es realizada por el Espíritu Santo, que es el mismo en Cristo, en la totalidad de la Iglesia y en cada uno de los bautizados. El mismo «Espíritu viene en ayuda de nuestra debilidad» e «intercede por nosotros con gemidos inefables» (Rm 8,26); siendo el Espíritu del Hijo, nos infunde el «espíritu de hijos adoptivos, que nos hace gritar: ¡Abba! (Padre)» (Rm 8,15). No puede darse, pues, oración cristiana sin la acción del Espíritu Santo, el cual, realizando la unidad de la Iglesia, nos lleva al Padre por medio del Hijo.

9. Por tanto, el ejemplo y el mandato de Cristo y de los apóstoles de orar siempre e insistentemente no han de tomarse como simple norma legal, ya que pertenecen a la esencia íntima de la Iglesia, la cual, al ser una comunidad, debe manifestar su propia naturaleza comunitaria incluso cuando ora. Por eso, en los Hechos de los apóstoles, donde por vez primera se habla de la comunidad de fieles, aparece ésta congregada en oración «con algunas mujeres, entre ellas María, la madre de Jesús, y con sus hermanos» (Hch 1,14). «En el grupo de los creyentes todos pensaban y sentían lo mismo», y esta unanimidad se fundaba en la palabra de Dios, la comunión fraterna, la oración y la eucaristía.

Si bien la oración hecha en oculto y cerrada la puerta, que es necesaria y debe recomendarse siempre, la realizan los miembros de la Iglesia por medio de Cristo y en el Espíritu Santo, la oración comunitaria encierra una especial dignidad, conforme a lo que el mismo Cristo manifestó: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos» (Mt 18,20).

LA LITURGIA DE LAS HORAS

10. Fiel y obediente al mandato de Cristo de que hay que «orar siempre sin desanimarse», la Iglesia no cesa un momento en su oración y nos exhorta a nosotros con estas palabras: «Por medio de Jesús ofrezcamos continuamente a Dios un sacrificio de alabanza» (Hb 13,15). Responde al mandato de Cristo no sólo con la celebración eucarística, sino también con otras formas de oración, principalmente con la Liturgia de las Horas, que, conforme a la antigua tradición cristiana, tiene como característica propia la de servir para santificar el curso entero del día y de la noche (SC 83-84).

11. Consiguientemente, siendo fin propio de la Liturgia de las Horas la santificación del día y de todo el esfuerzo humano, se ha llevado a cabo su reforma procurando que en lo posible las Horas respondan de verdad al momento del día, y teniendo en cuenta al mismo tiempo las condiciones de la vida actual.

Porque «ayuda mucho, tanto para santificar realmente el día como para recitar con fruto espiritual las Horas, que la recitación se tenga en el tiempo más aproximado al verdadero tiempo natural de cada Hora canónica» (SC 94).

12. La Liturgia de las Horas extiende a los distintos momentos del día la alabanza y la acción de gracias, así como el recuerdo de los misterios de la salvación, las súplicas y el gusto anticipado de la gloria celeste, que se nos ofrecen en el misterio eucarístico, «centro y cumbre de toda la vida de la comunidad cristiana» (CD 30).

La celebración eucarística halla una preparación magnífica en la Liturgia de las Horas, ya que ésta suscita y acrecienta muy bien las disposiciones que son necesarias para celebrar la eucaristía, como la fe, la esperanza, la caridad, la devoción y el espíritu de abnegación.

13. La «obra de la redención de los hombres y de la perfecta glorificación de Dios» (SC 5) es realizada por Cristo en el Espíritu Santo por medio de su Iglesia no sólo en la celebración de la eucaristía y en la administración de los sacramentos, sino también, con preferencia a los modos restantes, cuando se celebra la Liturgia de las Horas. En ella, Cristo está presente en la asamblea congregada, en la palabra de Dios que se proclama y «cuando la Iglesia suplica y canta salmos» (SC 7).

14. La santificación humana y el culto a Dios se dan en la Liturgia de las Horas de forma tal que se establece aquella especie de correspondencia o diálogo entre Dios y los hombres, en que «Dios habla a su pueblo... y el pueblo responde a Dios con el canto y la oración» (SC 33).

Los que participan en la Liturgia de las Horas pueden hallar una fuente abundantísima de santificación en la palabra de Dios, que tiene aquí principal importancia. En efecto, tanto las lecturas como los salmos, que se cantan en presencia del Señor, están tomados de la sagrada Escritura, y las demás preces, oraciones e himnos están penetrados de su espíritu.

Por tanto, no sólo cuando se leen las cosas que «se escribieron para enseñanza nuestra» (Rm 15,4), sino también cuando la Iglesia ora y canta, se alimenta la fe de cuantos participan, y las mentes se dirigen a Dios presentándole una ofrenda espiritual y recibiendo de él su gracia con mayor abundancia.

15. En la Liturgia de las Horas, la Iglesia, desempeñando la función sacerdotal de Cristo, su cabeza, ofrece a Dios, sin interrupción, el sacrificio de alabanza, es decir, el fruto de unos labios que profesan su nombre. Esta oración es «la voz de la misma Esposa que habla al Esposo; más aún: es la oración de Cristo, con su cuerpo, al Padre». «Por tanto, todos aquellos que ejercen esta función, por una parte, cumplen el deber de la Iglesia y, por otra, participan del altísimo honor de la Esposa de Cristo, ya que, mientras alaban a Dios, están ante su trono en nombre de la madre Iglesia» (SC 84-85).

16. Con la alabanza que a Dios se ofrece en las Horas, la Iglesia canta asociándose al himno de alabanza que perpetuamente resuena en las moradas celestiales, y siente ya el sabor de aquella alabanza celestial que resuena de continuo ante el trono de Dios y del Cordero, como Juan la describe en el Apocalipsis. Porque la estrecha unión que se da entre nosotros y la Iglesia celestial se lleva a cabo cuando «celebramos juntos, con fraterna alegría, la alabanza de la divina majestad, y todos los redimidos por la sangre de Cristo de toda tribu, lengua, pueblo y nación, congregados en una misma Iglesia, ensalzamos con un mismo cántico de alabanza al Dios uno y trino» (LG 50; SC 8 y 104).

Esta liturgia del cielo casi aparece intuida por los profetas en la victoria del día sin ocaso, de la luz sin tinieblas: «Ya no será el sol tu luz en el día, ni te alumbrará la claridad de la luna; será el Señor tu luz perpetua» (Is 60,19). «Será un día único, conocido del Señor; sin día ni noche, pues por la noche habrá luz» (Za 14,7). Pero hasta nosotros ha llegado ya la última de las edades, y la renovación del mundo está irrevocablemente decretada y empieza a realizarse en cierto modo en el siglo presente (LG 48). De este modo la fe nos enseña también el sentido de nuestra vida temporal, a fin de que unidos con todas las creaturas anhelemos la manifestación de los hijos de Dios. En la Liturgia de las Horas proclamamos esta fe, expresamos y nutrimos esta esperanza, participamos en cierto modo del gozo de la perpetua alabanza y del día que no conoce ocaso.

17. Además de la alabanza a Dios, la Iglesia expresa en la Liturgia las aspiraciones y deseos de todos los fieles; más aún: se dirige a Cristo, y por medio de él al Padre, intercediendo por la salvación de todo el mundo. No es sólo de la Iglesia esta voz, sino también de Cristo, ya que las súplicas se profieren en nombre de Cristo, es decir, «por nuestro Señor Jesucristo», y así la Iglesia continúa las plegarias y súplicas que Cristo presentó al Padre durante su vida mortal, y que por lo mismo poseen singular eficacia. Por tanto, la comunidad eclesial ejerce su verdadera función de conducir las almas a Cristo no sólo con la caridad, el ejemplo y los actos de penitencia, sino también con la oración (PO 6).

Esta incumbencia atañe principalmente a todos aquellos que han recibido especial mandato para celebrar la Liturgia de las Horas: los obispos, los presbíteros y los diáconos, que cumplen el deber de orar por su grey y por todo el pueblo de Dios, y los religiosos.

18. Por consiguiente, los que toman parte en la Liturgia de las Horas contribuyen de modo misterioso y profundo al crecimiento del pueblo de Dios, ya que las tareas apostólicas se ordenan «a que todos, una vez hechos hijos de Dios por la fe y por el bautismo, se reúnan, alaben a Dios en medio de la Iglesia, participen en el sacrificio y coman la cena del Señor» (SC 10).

De este modo, los fieles expresan en su vida y manifiestan a los otros «el misterio de Cristo y la naturaleza auténtica de la verdadera Iglesia, que tiene como propiedad el ser... visible y dotada de elementos invisibles, entregada a la acción y dada a la contemplación, presente en el mundo y, sin embargo, peregrina» (SC 2).

A su vez, las lecturas y oraciones de la Liturgia de las Horas constituyen un manantial de vida cristiana. Ésta se nutre de la mesa de la sagrada Escritura y de las palabras de los santos, y se robustece con las plegarias. Pues sólo el Señor, sin el cual nada podemos hacer, y a quien acudimos con nuestros ruegos, puede dar a nuestras obras la eficacia y el incremento, para que diariamente seamos edificados como morada de Dios por el Espíritu, hasta que lleguemos a la medida de Cristo en su plenitud, y redoblemos las energías para llevar la buena nueva de Cristo a los que están fuera (SC 2).

19. Para que se adueñe de esta oración cada uno de los que en ella participan, para que sea manantial de piedad y de múltiples gracias divinas, y nutra, al mismo tiempo, la oración personal y la acción apostólica, conviene que la celebración sea digna, atenta y devota, de forma que la mente concuerde con la voz. Muéstrense todos diligentes en cooperar con la gracia divina, para que ésta no caiga en el vacío. Buscando a Cristo y penetrando cada vez más por la oración en su misterio, alaben a Dios y eleven súplicas con los mismos sentimientos con que oraba el divino Redentor.

LAS LAUDES DE LA MAÑANA Y LAS VÍSPERAS

37. «Las Laudes, como oración matutina, y las Vísperas, como oración vespertina, que, según la venerable tradición de toda la Iglesia, son el doble quicio sobre el que gira el Oficio cotidiano, se deben considerar y celebrar como las Horas principales» (SC 89a).

38. Las Laudes matutinas están dirigidas y ordenadas a santificar la mañana, como salta a la vista en muchos de sus elementos. San Basilio expresa muy bien este carácter matinal con las siguientes palabras: «Al comenzar el día, oremos para que los primeros impulsos de la mente y del corazón sean para Dios, y no nos preocupemos de cosa alguna antes de habernos llenado de gozo con el pensamiento en Dios, según está escrito: "Me acordé del Señor y me llené de gozo", ni empleemos nuestro cuerpo en el trabajo antes de poner por obra lo que fue dicho: "A ti te suplico, Señor, por la mañana escucharás mi voz, por la mañana te expongo mi causa y me quedo aguardando"».

Esta Hora, que se celebra con la primera luz del día, trae, además, a la memoria el recuerdo de la resurrección del Señor Jesús, que es la luz verdadera que ilumina a todos los hombres y «el sol de la justicia», «que nace de lo alto». Así se comprende bien la advertencia de san Cipriano: «Se hará oración por la mañana para celebrar la resurrección del Señor con la oración matutina».

39. Se celebran las Vísperas por la tarde, cuando ya declina el día, «en acción de gracias por cuanto se nos ha otorgado en la jornada y por cuanto hemos logrado realizar con acierto» (S. Basilio). También hacemos memoria de la redención por medio de la oración que elevamos «como el incienso en presencia del Señor», y en la cual «el alzar de nuestras manos» es «como ofrenda de la tarde» (Sal 140). Lo cual «puede aplicarse también con mayor sentido sagrado a aquella verdadera ofrenda de la tarde que el divino Redentor instituyó precisamente en la tarde en que cenaba con los apóstoles, inaugurando así los sacrosantos misterios de la Iglesia, y que ofreció al Padre en la tarde del día siguiente, que representa la cumbre de los siglos, alzando sus manos por la salvación del mundo» (Casiano). Y para orientarnos con la esperanza hacia la luz que no conoce ocaso, «oramos y suplicamos para que la luz retorne siempre a nosotros, pedimos que venga Cristo a otorgarnos el don de la luz eterna» (S. Cipriano). Precisamente en esa Hora concuerdan nuestras voces con las de las Iglesias orientales, al invocar a la «luz gozosa de la santa gloria del eterno Padre, Jesucristo bendito; llegados a la puesta del sol, viendo la luz encendida en la tarde, cantamos a Dios Padre, Hijo y Espíritu Santo...».

40. Hay que dar la máxima importancia a las Laudes de la mañana y a las Vísperas, como oración de la comunidad cristiana: foméntese su celebración pública o comunitaria, sobre todo entre aquellos que hacen vida común. Recomiéndese incluso su recitación individual a los fieles que no tienen la posibilidad de tomar parte en la celebración común.

41. Las Laudes de la mañana y las Vísperas comienzan con la invocación inicial: Dios mío, ven en mi auxilio. Señor, date prisa en socorrerme, a la que sigue el Gloria al Padre con el Como era y el Aleluya (que se omite en el tiempo de Cuaresma). Todo ello se omite en las Laudes, cuando precede inmediatamente el Invitatorio.

42. Seguidamente se dice un himno apropiado. El himno se selecciona y sitúa de forma que dé a cada Hora o a cada fiesta el colorido propio, y también, sobre todo en la celebración con el pueblo, para que el comienzo de la oración resulte más fácil y se cree un clima más festivo.

43. A continuación del himno viene la salmodia, conforme a los números 121-125. De acuerdo con la tradición de la Iglesia, la salmodia de las Laudes consta de un primer salmo matutino, un cántico tomado del antiguo Testamento y un segundo salmo de alabanza.

La salmodia de Vísperas consta de dos salmos, o de dos partes de un salmo más extenso, apropiados a esta Hora y a la celebración con el pueblo, y de un cántico tomado de las cartas de los apóstoles o del Apocalipsis.

44. Terminada la salmodia, se tiene la lectura, bien sea breve o más extensa.

45. La lectura breve está señalada de acuerdo con las características del día, del tiempo o de la fiesta; deberá leerse y escucharse como una verdadera proclamación de la palabra de Dios, que inculca con intensidad algún pensamiento sagrado y que ayuda a poner de relieve determinadas palabras a las que posiblemente no se presta toda la atención en la lectura continua de la sagrada Escritura.

Las lecturas breves son distintas en cada uno de los días en que se divide el Salterio.

46. Hay libertad para hacer una lectura bíblica más extensa, principalmente en la celebración con el pueblo, tomándola o del Oficio de lectura, o de las lecturas de la misa, eligiendo principalmente aquellos textos que, por diversas razones, no se hubieran leído. Nada impide que se elija algunas veces otra lectura más adecuada al caso, conforme a los números 248-249 y 251.

47. En la celebración con el pueblo puede tenerse una homilía ilustrativa de la lectura precedente, si se juzga oportuno.

48. Igualmente, si se juzga oportuno, puede dejarse también un espacio de silencio a continuación de la lectura o de la homilía.

49. Como respuesta a la palabra de Dios, se ofrece un canto responsorial o responsorio breve, que puede omitirse si se juzga oportuno.

En su lugar pueden tenerse otros cantos del mismo género y función, con tal que hayan sido debidamente aprobados por la Conferencia Episcopal.

50. Seguidamente se dice, con solemnidad, el cántico evangélico, con su correspondiente antífona: en las Laudes, será el cántico de Zacarías (Benedictus), y, en las Vísperas, el cántico de la Virgen María (Magníficat). Tales cánticos, que la Iglesia romana ha empleado y ha popularizado a lo largo de los siglos, expresan la alabanza y acción de gracias por la obra de la redención. Las antífonas correspondientes al cántico de Zacarías y al cántico de la Virgen María están señaladas de acuerdo con las características del día, del tiempo o de la fiesta.

51. Terminado el cántico, en las Laudes se hacen unas preces para consagrar a Dios el día y el trabajo; en las Vísperas, las preces son de intercesión (cf. núms. 179-193).

52. A continuación de dichas preces o intercesiones, todos recitan el Padrenuestro.

53. Una vez recitado el Padrenuestro, se dice inmediatamente la oración conclusiva, que figura en el Salterio para las ferias ordinarias y en el Propio para los demás días.

54. Finalmente, si preside un sacerdote o un diácono, despide al pueblo con el saludo: El Señor esté con vosotros, y la bendición como en la misa, añadiendo después: Podéis ir en paz, con la respuesta: Demos gracias a Dios. Si el que preside no es un ministro ordenado, y en la recitación individual, se concluye: El Señor nos bendiga, etc.

LOS SALMOS Y SU CONEXIÓN
CON LA ORACIÓN CRISTIANA

100. En la Liturgia de las Horas, la Iglesia ora sirviéndose en buena medida de aquellos cánticos insignes que, bajo la inspiración del Espíritu Santo, compusieron los autores sagrados en el antiguo Testamento. Pues por su origen tienen la virtud de elevar hacia Dios la mente de los hombres, excitan en ellos sentimientos santos y piadosos, los ayudan de un modo admirable a dar gracias en los momentos de alegría y les proporcionan consuelo y firmeza de espíritu en la adversidad.

101. Sin embargo, los salmos no son más que una sombra de aquella plenitud de los tiempos que se reveló en Cristo Señor y de la que recibe toda su fuerza la oración de la Iglesia; por lo cual, puede ocurrir que, a pesar de la suma estima de los salmos, en la que se muestran concordes todos los cristianos, surja a veces alguna dificultad cuando alguien, al orar, intenta hacer suyos tan venerables poemas.

102. Sin embargo, el Espíritu Santo, bajo cuya inspiración cantaron los salmistas, asiste siempre con su gracia a los que, creyendo con buena voluntad, cantan estas composiciones poéticas. Pero es necesario, ante todo, que «adquieran una instrucción bíblica más rica, principalmente acerca de los salmos» (SC 90), cada cual conforme a su capacidad, y de ahí deduzcan de qué modo y con qué método pueden orar rectamente cuando los recitan.

103. Los salmos no son lecturas ni preces compuestas en prosa, sino composiciones poéticas de alabanza. Por lo tanto, aunque posiblemente hayan sido proclamados alguna vez en forma de lectura, sin embargo, atendiendo a su género literario, con acierto se les llama en hebreo Tehillim, es decir, «cánticos de alabanza», y en griego Psalmoi, es decir, «cánticos que han de ser entonados al son del salterio». En verdad, todos los salmos están dotados de cierto carácter musical que determina el modo adecuado de recitarlos. Por lo tanto, aunque los salmos se reciten sin canto, e incluso de modo individual y silencioso, convendrá que se atienda a su índole musical: ciertamente ofrecen un texto a la consideración de la mente, pero tienden sobre todo a mover los corazones de quienes los recitan y los escuchan, e incluso de quienes los tocan con «arpas y cítaras».

104. Quien, por tanto, gusta de la salmodia, medita verso tras verso, dispuesto siempre en su corazón a responder conforme a la voluntad del Espíritu, que inspiró al salmista y sigue asistiendo también a todo el que con piedad esté dispuesto a recibir su gracia. Por lo cual, la salmodia, aunque exija la reverencia debida a la majestad divina, debe realizarse con alegría de espíritu y dulzura amorosa, tal como conviene a la poesía y al canto sagrado y, sobre todo, a la libertad de los hijos de Dios.

105. A menudo, con las palabras de los salmos, podemos orar con mayor facilidad y fervor, ya se trate de dar gracias y alabar a Dios en el júbilo, ya de invocarlo desde lo profundo de la angustia. No obstante -sobre todo si el salmo no se dirige inmediatamente a Dios- surgen a veces ciertas dificultades. Pues el salmista, como poeta que es, habla con frecuencia al pueblo trayendo a la memoria la historia de Israel; a veces interpela a otros, sin exceptuar siquiera a las criaturas irracionales. Es más: hace hablar a Dios y a los hombres, e incluso a los enemigos de Dios, como sucede en el salmo segundo. Con lo cual se manifiesta que el salmo es un tipo de oración diverso de las preces o colectas compuestas por la Iglesia. Además, la índole poética y musical de los salmos no exige necesariamente que se dirijan a Dios, sino que se canten ante Dios, como advierte san Benito: «Consideremos de qué modo conviene estar en la presencia de la Divinidad y de sus ángeles, y recitemos los salmos de forma que nuestra mente concuerde con nuestra voz».

106. Quien recita los salmos abre su corazón a los sentimientos que éstos inspiran, según el género literario de cada uno, ya sea de lamentación, confianza, acción de gracias u otros que acertadamente señalan los exegetas.

107. Partiendo del sentido literal, el que recita los salmos fija su atención en la importancia del texto para la vida del creyente.

En efecto, consta que cada uno de los salmos fue compuesto en circunstancias peculiares, como sugieren los títulos que los preceden en el salterio hebreo. Pero sea lo que fuere de su origen histórico, cada salmo tiene un sentido literal que incluso en nuestros tiempos no podemos desatender. Pues aunque tales cánticos traigan su origen de los pueblos orientales de hace bastantes siglos, expresan, sin embargo, de un modo adecuado el dolor y la esperanza, la miseria y la confianza de los hombres de todas las edades y regiones, y cantan sobre todo la fe en Dios, la revelación y la redención.

108. Quien recita los salmos en la Liturgia de las Horas no lo hace tanto en nombre propio como en nombre de todo el cuerpo de Cristo, e incluso en nombre de la persona del mismo Cristo. Teniendo esto presente se desvanecen las dificultades que surgen cuando alguien, al recitar el salmo, advierte tal vez que los sentimientos de su corazón difieren de los expresados en aquél, por ejemplo, si el que está triste y afligido se encuentra con un salmo de júbilo o, por el contrario, si sintiéndose alegre se encuentra con un salmo de lamentación. Esto se evita fácilmente cuando se trata simplemente de la oración privada, en la que se da la posibilidad de elegir el salmo más adaptado al propio estado de ánimo. Pero en el Oficio divino se recorre toda la cadena de los salmos, no a título privado, sino en nombre de la Iglesia, incluso cuando alguien hubiera de recitar las Horas individualmente. Sin embargo, quien recita los salmos en nombre de la Iglesia siempre puede encontrar un motivo de alegría o de tristeza, porque también aquí tiene su aplicación aquel dicho del Apóstol: «Con los que ríen, estad alegres; con los que lloran, llorad» (Rm 12,15), y así la fragilidad humana, indispuesta por el amor propio, se sana por la caridad, que hace que concuerden el corazón y la voz del que recita el salmo.

109. Quien recita los salmos en nombre de la Iglesia debe dirigir su atención al sentido pleno de los salmos, en especial al sentido mesiánico, que movió a la Iglesia a servirse del Salterio. El sentido mesiánico se manifestó plenamente en el nuevo Testamento, y el mismo Cristo Señor lo puso de manifiesto al decir a los apóstoles: «Todo lo escrito en la ley de Moisés y en los profetas y salmos acerca de mí tenía que cumplirse» (Lc 24,44). Es un ejemplo conocidísimo el diálogo que nos refiere san Mateo acerca del Mesías, Hijo de David y Señor suyo (Mt 22,33), en el que el salmo 109 es aplicado al Mesías.

Siguiendo esta senda, los santos Padres aceptaron y comentaron todo el Salterio a modo de profecía acerca de Cristo y su Iglesia; por el mismo motivo fueron elegidos los salmos para su uso en la sagrada liturgia. Aunque a veces eran aceptadas algunas interpretaciones artificiosas, sin embargo, por lo general, tanto los Padres como la liturgia procedieron rectamente al oír, en los salmos, a Cristo que clama al Padre o al Padre que habla con su Hijo, reconociendo incluso la voz de la Iglesia, de los apóstoles o de los mártires. Este método interpretativo siguió floreciendo en la edad media: en muchos códices del Salterio, escritos durante este período, se proponía a los que recitaban los salmos el sentido cristológico de los mismos, expresado en los títulos que precedían a cada uno de los salmos. La interpretación cristológica no se limita en modo alguno a aquellos salmos que son considerados como mesiánicos, sino que se extiende a muchos otros, en los que sin duda se dan meras apropiaciones, pero refrendadas por la tradición de la Iglesia.

Sobre todo en la salmodia de los días festivos, los salmos fueron elegidos con cierto criterio cristológico, para cuya ilustración se proponen generalmente antífonas sacadas de los mismos salmos.

MODO DE RECITAR LOS SALMOS

121. Los salmos pueden recitarse de modos diversos, según las exigencias del género literario o la extensión que tengan, según que se proclamen en latín o en lengua vernácula, y, principalmente, según que rece uno solo o varios, o se trate de una celebración con el pueblo. Esta variedad de recitación ayuda a percibir mejor la fragancia espiritual y la belleza de los salmos.

Porque el empleo de los salmos no se establece por una especie de criterio cuantitativo de oración, sino que se ha atendido a la variedad del Salterio y a la índole propia de cada salmo.

122. Los salmos se cantan o recitan bien sea en forma seguida (o in directum), bien sea alternando los versos o estrofas entre dos coros o dos partes de la asamblea, bien sea en forma responsorial, según las diversas modalidades que nos brinda la tradición o la experiencia.

123. Al comienzo de cada salmo recítese siempre su antífona, tal como queda dicho en los números 113-120; al final de cada salmo se mantiene en vigor el concluir con el Gloria al Padre y Como era.. Pues el Gloria es la conclusión adecuada que recomienda la tradición y que da a la oración del antiguo Testamento un sentido laudatorio, cristológico y trinitario. Recitado el salmo, se repite la antífona, si se juzga oportuno.

124. Cuando se emplean salmos de mayor extensión, las divisiones de los mismos vienen señaladas en el Salterio, que presenta la salmodia de forma que se haga patente la estructura ternaria de la Hora, teniendo en cuenta, sin embargo, el sentido objetivo del salmo en cuestión.

Conviene observar dichas divisiones, sobre todo en la celebración coral en latín, añadiendo el Gloria al Padre al final de cada una de las partes.

Es lícito, sin embargo, o bien mantener este modo tradicional, o bien interponer una pausa entre las diversas partes del mismo salmo, o bien recitar todo el salmo sin interrupción, acompañado de su antífona.

125. Además, cuando así lo aconsejare el género literario del salmo, se indicarán las divisiones estróficas, de modo que, sobre todo si los salmos se han de cantar en lengua vernácula, puedan ser recitados interponiendo la antífona después de cada estrofa, en cuyo caso bastará con decir el Gloria al Padre cuando haya finalizado todo el salmo.

DISTRIBUCIÓN DE LOS SALMOS EN EL OFICIO

126. Los salmos están distribuidos a lo largo de un ciclo de cuatro semanas, de tal forma que quedan omitidos unos pocos salmos, mientras que otros, insignes por la tradición, se repiten con mayor frecuencia, y se reservan a las Laudes de la mañana, a las Vísperas y a las Completas salmos adecuados a las respectivas Horas.

127. Para Laudes y Vísperas, por ser Horas más destinadas a la celebración con el pueblo, se han elegido los salmos más adecuados a este fin.

128. Por lo que se refiere a las Completas, se observa la norma descrita en el número 88.

129. Para el domingo, incluso en el Oficio de lectura y en la Hora intermedia, se han seleccionado aquellos salmos que conforme a la tradición expresan de un modo más adecuado el misterio pascual. A los viernes se les han asignado algunos salmos penitenciales o referidos a la pasión del Señor.

130. Se reservan para los tiempos de Adviento, Navidad, Cuaresma y Pascua tres salmos, a saber: 77, 104 y 105, que manifiestan con especial claridad la historia de la salvación del antiguo Testamento, como anticipo de lo que se realiza en el nuevo.

131. En el curso del Salterio se omiten los salmos 57, 82 y 108, en los que predomina el carácter imprecatorio. Asimismo se han pasado por alto algunos versos de ciertos salmos, como se indica al comienzo de cada uno de ellos. La omisión de estos textos se debe a cierta dificultad psicológica, a pesar de que los mismos salmos imprecatorios afloran en la espiritualidad neotestamentaria (por ejemplo, Ap 6,10), sin que en modo alguno induzcan a maldecir.

132. Los salmos demasiado largos para ser recitados en una Hora del Oficio se distribuyen a lo largo de varios días, dentro de la misma Hora, de modo que los puedan recitar íntegros quienes no acostumbran a rezar otras Horas. Así, el salmo 118, según su propia división, se distribuye a lo largo de veintidós días en la Hora intermedia, puesto que tradicionalmente es asignado a las horas diurnas.

133. El ciclo de las cuatro semanas del Salterio se relaciona de tal modo con el año litúrgico que la primera semana, prescindiendo de las demás, si es preciso, comienza en el primer domingo de Adviento, en la primera semana del tiempo ordinario, en el primer domingo de Cuaresma y en el primer domingo de Pascua.

Después de Pentecostés, como en el tiempo ordinario el ciclo del Salterio sigue la serie de las semanas, se comienza por aquella semana del Salterio que se indica en el Propio del tiempo al comienzo de la respectiva semana del tiempo ordinario.

134. En las solemnidades y fiestas, en el Triduo pascual y en los días de las Octavas de Pascua y Navidad, se asignan al Oficio de lectura salmos propios, elegidos entre aquellos que están respaldados por la tradición, y cuya oportunidad se aclara, la mayor parte de las veces, mediante la antífona. Otro tanto se hace con la Hora intermedia en ciertas solemnidades del Señor y en la Octava de Pascua. Los salmos y el cántico para las Laudes de la mañana se toman del primer domingo del Salterio. Los salmos de las primeras Vísperas de las solemnidades pertenecen a la serie Laudate, según una antigua costumbre. Las segundas Vísperas de las solemnidades y las Vísperas de las fiestas tienen salmos y cánticos propios. Para la Hora intermedia de las solemnidades, exceptuando aquellas de las que se habló arriba y a no ser que caigan en domingo, se tomarán los salmos de la salmodia complementaria; en la Hora intermedia de las fiestas se dicen los salmos del día correspondiente.

135. En los demás casos se dicen los salmos del Salterio en curso, si no hubiere antífonas o salmos propios.

LOS CÁNTICOS DEL ANTIGUO
Y DEL NUEVO TESTAMENTO

136. En las Laudes, entre el primero y el segundo salmo, se intercala, según costumbre, un cántico del antiguo Testamento. Además de la serie de cánticos recibidos de la antigua tradición romana y de la nueva ordenación introducida por san Pío X en el Breviario, se han añadido en el Salterio muchos otros cánticos sacados de los libros del antiguo Testamento, de forma que cada día ferial de las cuatro semanas tenga su cántico propio, y en los domingos alternen las dos partes del cántico de los tres jóvenes.

137. En las Vísperas, después de los dos salmos, se asigna un cántico del nuevo Testamento, sacado de las cartas o del Apocalipsis. Se indican siete cánticos, uno para cada día de la semana. Pero en los domingos de Cuaresma, en lugar del cántico aleluyático sacado del Apocalipsis, se dice el cántico tomado de la primera carta de san Pedro. Además, en la solemnidad de la Epifanía y en la fiesta de la Transfiguración del Señor, se recitará el cántico indicado en su lugar, de la primera carta a Timoteo.

138. Los cánticos evangélicos de Zacarías, de la Virgen María y de Simeón deben ser honrados con la misma solemnidad y dignidad con que se acostumbra a oír la proclamación del Evangelio.

139. La salmodia y las lecturas están ordenadas conforme a una ley constante de la tradición que sitúa, en primer lugar, el antiguo Testamento, luego el Apóstol y por último el Evangelio.

LAS PRECES O INTERCESIONES
DE LAS LAUDES Y VÍSPERAS

179. La Liturgia de las Horas celebra ciertamente las alabanzas de Dios. Ahora bien, tanto la tradición judaica como la cristiana no separan la oración de petición de la alabanza divina; a menudo, la súplica es en alguna manera una deducción de la alabanza divina. El apóstol san Pablo exhorta a que se hagan «oraciones, plegarias, súplicas, acciones de gracias por todos los hombres, por los reyes y por todos los que ocupan cargos, para que podamos llevar una vida tranquila y apacible, con toda piedad y decoro. Eso es bueno y grato ante los ojos de nuestro Salvador, Dios, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tm 2,1-4). Dicha amonestación fue interpretada a menudo por los Padres en el sentido de que se debían hacer intercesiones por la mañana y por la tarde.

180. Las intercesiones, que se han restablecido en la misa de rito romano, se hacen también a la Hora de Vísperas, aunque de modo distinto, tal como se describe más adelante.

181. Como es tradicional en la oración que, sobre todo por la mañana, se encomiende a Dios todo el día, en las Laudes matutinas se hacen invocaciones para encomendar o consagrar el día a Dios.

182. Con el nombre de «preces» se designan tanto las intercesiones que se hacen en las Vísperas, como las invocaciones hechas para consagrar el día a Dios en las Laudes matutinas.

183. Para fomentar la variedad y, sobre todo, para expresar mejor las distintas necesidades de la Iglesia y de los hombres según los diversos estados, grupos, personas, condiciones y tiempos, se proponen diversas fórmulas de preces para cada uno de los días del curso del Salterio, durante el tiempo ordinario, y para los tiempos sagrados del año litúrgico, lo mismo que para la celebración de ciertas festividades.

184. Además, las Conferencias Episcopales poseen la facultad tanto de adaptar las fórmulas propuestas en el libro de la Liturgia de las Horas, como de aprobar otras nuevas, observando, sin embargo, las normas que siguen.

185. Como se hace en el Padrenuestro, conviene enlazar las peticiones con la alabanza de Dios o la confesión de su gloria, o la conmemoración de la historia de la salvación.

186. En las preces que tienen lugar en las Vísperas, la última intención es siempre por los difuntos.

187. Como la Liturgia de las Horas es, ante todo, la oración de toda la Iglesia por toda la Iglesia e incluso por la salvación de todo el mundo, conviene que en las preces las intenciones universales obtengan absolutamente el primer lugar, es decir, que se ore por la Iglesia y los grados de la jerarquía, por las autoridades civiles, por los que sufren pobreza, enfermedad o aflicciones, y por las necesidades de todo el mundo, a saber, por la paz y otras cosas semejantes.

188. Es lícito, sin embargo, tanto en las Laudes matutinas como en las Vísperas, añadir ciertas intenciones particulares.

189. Las preces que han de ser utilizadas en el Oficio están dotadas de tal estructura que pueden adaptarse a la celebración con el pueblo, con una pequeña comunidad y a la recitación hecha por uno solo.

190. Por ello, las preces, en la recitación con el pueblo o en común, van precedidas de una breve invitación hecha por el sacerdote o el ministro, en la que se propone el tipo de respuesta que ha de ser repetida de un modo invariable por la asamblea.

191. Las intenciones se enuncian, además, en lenguaje dirigido a Dios, de forma que puedan convenir tanto a la celebración común como a la recitación por uno solo.

192. Cada fórmula de las intenciones consta de dos partes, la segunda de las cuales puede utilizarse como respuesta variable.

193. Por ello, se pueden seguir diversos modos en la recitación de las intenciones, de forma que el sacerdote o el ministro digan ambas partes y la asamblea interponga una respuesta uniforme o una pausa de silencio, o que el sacerdote o el ministro digan tan sólo la primera parte y la asamblea la segunda.

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