DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 150
Alabad al Señor

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1[¡Aleluya!]
Alabad al Señor en su templo,
alabadlo en su fuerte firmamento.

2Alabadlo por sus obras magníficas,
alabadlo por su inmensa grandeza.

3Alabadlo tocando trompetas,
alabadlo con arpas y cítaras,

4alabadlo con tambores y danzas,
alabadlo con trompas y flautas,

5alabadlo con platillos sonoros,
alabadlo con platillos vibrantes.

6Todo ser que alienta alabe al Señor.
[¡Aleluya!]

 

[La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Doxología final. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Doxología final del Salterio. Canto de alabanza. Esta doxología (o sea, fórmula de alabanza a la gloria de Dios) resume las alabanzas de las otras composiciones salmódicas. Todos los seres deben formar un canto en honor del Creador. El universo es el templo de Dios y todos sus habitantes deben ser sus adoradores, reconociendo sus grandezas.--

El compilador del salterio cierra la colección lírica de salmos con esta doxología, llena de énfasis, que pretende resumir las alabanzas de los diversos poetas que han cantado las glorias de Yahvé. Quizá sea una composición aleluyática que tuvo vida litúrgica independiente, pero que ha sido colocada al fin del libro de los salmos como gran «finale» que resume los sentimientos entusiastas del pueblo israelita para con su Dios. La pieza es armoniosa y digna de las composiciones salmódicas anteriores.

El poeta comienza invitando a los seres angélicos a alabar a Dios, que habita en su templo celeste, en su fuerte firmamento. Los hombres deben sumarse jubilosos a esta proclamación de su grandeza, manifestando su alegría con los instrumentos músicos en reconocimiento de sus obras magníficas. El salmista no concreta si estas obras o hazañas han de tomarse históricamente en favor de su pueblo o en el orden de la naturaleza. La perspectiva es muy amplia: todos los seres -todo ser que alienta- deben formar un coro de alabanza al Creador. El universo es el templo de Yahvé y todos sus habitantes deben ser sus adoradores. Todos los seres deben hacer oír el solemne aleluya en honor del Creador.-- Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El himno en que se ha apoyado ahora nuestra oración es el último canto del Salterio, el salmo 150. La palabra que resuena al final en el libro de la oración de Israel es el aleluya, es decir, la alabanza pura de Dios; por eso, la liturgia de Laudes propone este salmo dos veces, en los domingos segundo y cuarto.

En este breve texto se suceden diez imperativos, que repiten la misma palabra: «Hallelú», «alabad». Esos imperativos, que son casi música y canto perenne, parecen no apagarse nunca, como acontecerá también en el célebre «aleluya» del Mesías de Händel. La alabanza a Dios se convierte en una especie de respiración del alma, sin pausa. Como se ha escrito, «esta es una de las recompensas de ser hombres: la serena exaltación, la capacidad de celebrar. Se halla bien expresada en una frase que el rabí Akiba dirigió a sus discípulos: Un canto cada día, un canto para cada día» (A.J. Heschel, Chi è l'uomo?, Milán 1971, p. 198).

2. El salmo 150 parece desarrollarse en tres momentos. Al inicio, en los primeros dos versículos (vv. 1-2), la mirada se dirige al «Señor» en su «santuario», a «su fuerza», a sus «grandes hazañas», a su «inmensa grandeza». En un segundo momento -semejante a un auténtico movimiento musical- se une a la alabanza la orquesta del templo de Sión (cf. vv. 3-5), que acompaña el canto y la danza sagrada. En el tercer momento, en el último versículo del salmo (cf. v. 6), entra en escena el universo, representado por «todo ser vivo» o, si se quiere traducir con más fidelidad al original hebreo, por «todo cuanto respira». La vida misma se hace alabanza, una alabanza que se eleva de las criaturas al Creador.

3. En este primer comentario del salmo 150 sólo nos detendremos en los momentos primero y último del himno. Forman una especie de marco para el segundo momento, que ocupa el centro de la composición y que examinaremos más adelante, cuando la liturgia de Laudes nos vuelva a proponer este salmo.

La primera sede en la que se desarrolla el hilo musical y orante es la del «santuario» (cf. v. 1). El original hebreo habla del área «sagrada», pura y trascendente, en la que mora Dios. Por tanto, hay una referencia al horizonte celestial y paradisíaco, donde, como precisará el libro del Apocalipsis, se celebra la eterna y perfecta liturgia del Cordero (cf., por ejemplo, Ap 5,6-14). El misterio de Dios, en el que los santos son acogidos para una comunión plena, es un ámbito de luz y de alegría, de revelación y de amor. Precisamente por eso, aunque con cierta libertad, la antigua traducción griega de los Setenta e incluso la traducción latina de la Vulgata propusieron, en vez de «santuario», la palabra «santos»: «Alabad al Señor entre sus santos».

4. Desde el cielo el pensamiento pasa implícitamente a la tierra al poner el acento en las «grandes hazañas» realizadas por Dios, las cuales manifiestan «su inmensa grandeza» (v. 2). Estas hazañas son descritas en el salmo 104, el cual invita a los israelitas a «meditar todas las maravillas» de Dios (v. 2), a recordar «las maravillas que ha hecho, sus prodigios y los juicios de su boca» (v. 5); el salmista recuerda entonces «la alianza que pactó con Abraham» (v. 9), la historia extraordinaria de José, los prodigios de la liberación de Egipto y del viaje por el desierto, y, por último, el don de la tierra. Otro salmo habla de situaciones difíciles de las que el Señor salva a los que «claman» a él; las personas salvadas son invitadas repetidamente a dar gracias por los prodigios realizados por Dios: «Den gracias al Señor por su piedad, por sus prodigios en favor de los hijos de los hombres» (Sal 106, 8.15. 21.31).

Así se puede comprender la referencia de nuestro salmo a las «obras fuertes», como dice el original hebreo, es decir, a las grandes «hazañas» (cf. v. 2) que Dios realiza en el decurso de la historia de la salvación. La alabanza se transforma en profesión de fe en Dios, Creador y Redentor, celebración festiva del amor divino, que se manifiesta creando y salvando, dando la vida y la liberación.

5. Llegamos así al último versículo del salmo 150 (cf. v. 6). El término hebreo usado para indicar a los «vivos» que alaban a Dios alude a la respiración, como decíamos, pero también a algo íntimo y profundo, inherente al hombre.

Aunque se puede pensar que toda la vida de la creación es un himno de alabanza al Creador, es más preciso considerar que en este coro el primado corresponde a la criatura humana. A través del ser humano, portavoz de la creación entera, todos los seres vivos alaban al Señor. Nuestra respiración vital, que expresa autoconciencia y libertad (cf. Pr 20,27), se transforma en canto y oración de toda la vida que late en el universo.

Por eso, todos hemos de elevar al Señor, con todo nuestro corazón, «salmos, himnos y cánticos inspirados» (Ef 5,19).

6. Los manuscritos hebraicos, al transcribir los versículos del salmo 150, reproducen a menudo el Menorah, el famoso candelabro de siete brazos situado en el Santo de los Santos del templo de Jerusalén. Así sugieren una hermosa interpretación de este salmo, auténtico Amén en la oración de siempre de nuestros «hermanos mayores»: todo el hombre, con todos los instrumentos y las formas musicales que ha inventado su genio -«trompetas, arpas, cítaras, tambores, danzas, trompas, flautas, platillos sonoros, platillos vibrantes», como dice el Salmo- pero también «todo ser vivo» es invitado a arder como el Menorah ante el Santo de los Santos, en constante oración de alabanza y acción de gracias.

En unión con el Hijo, voz perfecta de todo el mundo creado por él, nos convertimos también nosotros en oración incesante ante el trono de Dios.

[Audiencia general del Miércoles 9 de enero de 2002]

Todo ser que alienta alabe al Señor

1. Resuena por segunda vez en la liturgia de Laudes el salmo 150, que acabamos de proclamar: un himno festivo, un aleluya al ritmo de la música. Es el sello ideal de todo el Salterio, el libro de la alabanza, del canto y de la liturgia de Israel.

El texto es de una sencillez y transparencia admirables. Sólo debemos dejarnos llevar por la insistente invitación a alabar al Señor: «Alabad al Señor (...), alabadlo (...), alabadlo». Al inicio, Dios se presenta en dos aspectos fundamentales de su misterio. Es, sin duda, trascendente, misterioso, distinto de nuestro horizonte: su morada real es el «templo» celestial, su «fuerte firmamento», semejante a una fortaleza inaccesible al hombre. Y, a pesar de eso, está cerca de nosotros: se halla presente en el «templo» de Sión y actúa en la historia a través de sus «obras magníficas», que revelan y hacen visible «su inmensa grandeza» (cf. vv. 1-2).

2. Así, entre la tierra y el cielo se establece casi un canal de comunicación, en el que se encuentran la acción del Señor y el canto de alabanza de los fieles. La liturgia une los dos santuarios, el templo terreno y el cielo infinito, Dios y el hombre, el tiempo y la eternidad.

Durante la oración realizamos una especie de ascensión hacia la luz divina y, a la vez, experimentamos un descenso de Dios, que se adapta a nuestro límite para escucharnos y hablarnos, para encontrarse con nosotros y salvarnos. El salmista nos impulsa inmediatamente a utilizar un subsidio para nuestro encuentro de oración: los instrumentos musicales de la orquesta del templo de Jerusalén, como son las trompetas, las arpas, las cítaras, los tambores, las flautas y los platillos sonoros. También la procesión formaba parte del ritual en Jerusalén (cf. Sal 117,27). Esa misma invitación se encuentra en el Salmo 46,8: «Tocad con maestría».

3. Por tanto, es necesario descubrir y vivir constantemente la belleza de la oración y de la liturgia. Hay que orar a Dios no sólo con fórmulas teológicamente exactas, sino también de modo hermoso y digno.

A este respecto, la comunidad cristiana debe hacer un examen de conciencia para que la liturgia recupere cada vez más la belleza de la música y del canto. Es preciso purificar el culto de impropiedades de estilo, de formas de expresión descuidadas, de músicas y textos desaliñados, y poco acordes con la grandeza del acto que se celebra.

Es significativa, a este propósito, la exhortación de la carta a los Efesios a evitar intemperancias y desenfrenos para dejar espacio a la pureza de los himnos litúrgicos: «No os embriaguéis con vino, que es causa de libertinaje; llenaos más bien del Espíritu. Recitad entre vosotros salmos, himnos y cánticos inspirados; cantad y salmodiad en vuestro corazón al Señor, dando gracias continuamente y por todo a Dios Padre, en nombre de nuestro Señor Jesucristo» (Ef 5,18-20).

4. El salmista termina invitando a la alabanza a «todo ser vivo» (cf. Sal 150,5), literalmente a «todo soplo», «todo respiro», expresión que en hebreo designa a «todo ser que alienta», especialmente «todo hombre vivo» (cf. Dt 20,16; Jos 10,40; 11,11.14). Por consiguiente, en la alabanza divina está implicada, ante todo, la criatura humana con su voz y su corazón. Juntamente con ella son convocados idealmente todos los seres vivos, todas las criaturas en las que hay un aliento de vida (cf. Gn 7,22), para que eleven su himno de gratitud al Creador por el don de la existencia.

En línea con esta invitación universal se pondrá san Francisco con su sugestivo Cántico del hermano sol, en el que invita a alabar y bendecir al Señor por todas las criaturas, reflejo de su belleza y de su bondad.

5. En este canto deben participar de modo especial todos los fieles, como sugiere la carta a los Colosenses: «La palabra de Cristo habite en vosotros con toda su riqueza; instruíos y amonestaos con toda sabiduría; cantad agradecidos a Dios en vuestros corazones con salmos, himnos y cánticos inspirados» (Col 3,16).

A este respecto, san Agustín, en sus Exposiciones sobre los salmos, ve simbolizados en los instrumentos musicales a los santos que alaban a Dios: «Vosotros, santos, sois la trompeta, el salterio, el arpa, la cítara, el tambor, el coro, las cuerdas y el órgano, los platillos sonoros, que emiten hermosos sonidos, es decir, que suenan armoniosamente. Vosotros sois todas estas cosas. Al escuchar el salmo, no se ha de pensar en cosas de escaso valor, en cosas transitorias, ni en instrumentos teatrales». En realidad, «todo espíritu que alaba al Señor» es voz de canto a Dios (Esposizioni sui Salmi, IV, Roma 1977, pp. 934-935).

Por tanto, la música más sublime es la que se eleva desde nuestros corazones. Y precisamente esta armonía es la que Dios espera escuchar en nuestras liturgias.

[Audiencia general del Miércoles 26 de febrero de 2003]

MONICIÓN SÁLMICA

Alabar al Señor por sus obras magníficas es particularmente apropiado a esta hora y en este día, domingo por la mañana, en que celebramos la mayor de estas obras magníficas, que nosotros conocemos mejor aun que el salmista, es decir, la resurrección de Cristo, manifestación y comienzo de la resurrección universal.

Oración I: Te alabamos, Señor, por tus obras magníficas, porque en este día has sacado de entre los muertos al gran Pastor de las ovejas, nuestro Señor Jesucristo; que todo ser que alienta alabe tu nombre, Señor, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Te alabamos, Señor, en tu templo, tocando trompetas, y con arpas y cítaras; haz que esta nuestra alabanza, unida a la de todos tus santos, perdure por los siglos de los siglos. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

El salmo 150, final del salterio, es un himno a toda orquesta. Diez veces resuena la aclamación «alabad».

V. 1: El templo es el lugar de la presencia de Dios en la tierra: por eso refleja la morada celeste de Dios, cuyo pavimento es el firmamento. La liturgia terrestre quiere imitar la celeste.

V. 2: Dios ha revelado su grandeza en las obras magníficas que ha ido realizando.

V. 6: Todos los seres que han recibido de Dios un aliento de vida se han de ocupar en la alabanza de Dios.

[L. Alonso Schökel]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

Así como el salterio comienza situando al hombre concreto que ora bajo la bendición (Sal 1), concluye con un himno a toda orquesta: un majestuoso, pleno, cósmico «aleluya». Las tristezas, los dolores y los interrogantes; también las alegrías, los gozos y las certezas del orante que han resonado a lo largo de 149 salmos son un «aleluya», una alabanza al Señor. Este salmo, doxología final del salterio, no nos brinda los motivos de alabanza. Es puro sonido de alabanza a Yahvé, ya contenido en el aleluya inicial y final, y posteriormente desarrollado. De Yahvé se ocupan los dos primeros versículos aludiendo al lugar de la morada y a las obras magníficas de Yahvé. El resto del salmo es una glosa de la alabanza, a la que se incorporan todos los instrumentos (vv. 3-5). Finalmente, el «vosotros» de la alabanza es todo ser que alienta (v. 6).

Como decíamos, pueden distinguirse dos partes en el presente salmo: la glosa de Yahvé por su morada y obras, y la glosa de la alabanza mediante los instrumentos musicales. Por ello proponemos que se salmodie a dos coros:

Coro 1.°, Glosa del nombre divino: «Alabad al Señor... por su inmenso grandeza» (vv. 1-2).

Coro 2.°, Glosa de la alabanza: «Alabadlo tocando trompetas... con platillos vibrantes» (vv. 3-5).

Asamblea, Conclusión: «Todo ser que alienta alabe al Señor» (v. 6).

Creados para alabanza de su gloria

Es curioso que se cierre el salterio con un imperativo de alabanza diez veces repetido, como diez son las palabras creadoras y diez los mandamientos de la alianza. La humanidad creada y aliada con Dios canta la gloria de su Creador. Los redimidos por la sangre de Jesús tenemos un gran motivo de alabanza: el Santificador y los santificados tenemos un mismo origen. Por eso Cristo no se avergüenza de llamarlos «hermanos» cuando dice: «Anunciaré tu nombre a mis hermanos; en medio de la asamblea te cantaré himnos» (Hb 2,11s). Cristo entona el himno de nuestra alabanza; mejor, Él es la sublime canción entonada por nuestra humanidad «a gloria de Dios». Que nosotros, y con nosotros todo ser que alienta (v. 6), tributemos gloria a Dios en la Iglesia y en Cristo Jesús por todas las generaciones y todos los tiempos.

Himno a toda orquesta

La estruendosa música de numerosos instrumentos resuena en los espacios creados y llega hasta el celeste santuario. Aquí se alaba a Dios por sus «obras magníficas», por la magnífica acción de haber conjuntado el cielo y la tierra. Dios, próximo y amante, ha unido los dos extremos (el cielo y la tierra) en Jesús. Ni siquiera el dolor humano es ajeno a la desbordante alegría: el gozo de que Dios es todo en todos -como lo es en la carne de Cristo- colma de dicha a la humanidad parturienta (Rm 8,22s). Será el momento de entonar el himno a toda orquesta, como el fragor de abundantes aguas o como dulce música de cítaras, que celebra la magnífica obra de Dios y le alaba por su inmensa grandeza. La esperanza de alabar un día a nuestro Dios de un modo definitivo nos impulsa ya ahora a entonar nuestra salmodia.

Resonancias en la vida religiosa

El rostro de Dios reflejado en la armonía de nuestra alabanza: Quien tiene experiencia de Dios no puede reprimir en su corazón y en su cuerpo la alabanza, el piropo. Si el mundo, la humanidad obtuviera la gracia de una experiencia colectiva, comunitaria, cósmica de Dios, que descorriera el velo de su oculta presencia, no saldrían de su asombro; todo el universo se sentiría provocado hacia la admiración y la desatada alegría, que culminaría en un magnífico «a toda orquesta» de alabanza total.

Nadie ha visto el rostro de Dios; sólo Jesús y aquellos a quienes Él ha querido revelárselo. Nosotros podemos contemplarlo entre las celosías de la Palabra y del Sacramento. Por eso estamos aquí convocados. El salmo 150 nos invita a alabar al Señor participando en la alabanza sinfónica del universo. Propaguemos entre los hombres el conocimiento de Dios y de su Hijo Jesús; invitemos a los hombres a acercarse a sus sacramentos. Y sea nuestra comunidad reflejo armonioso e incitador del rostro de Dios.

Oraciones sálmicas

Oración I: Que llegue en este salmo, Padre, a la cumbre de su fuerza la alabanza de tu Pueblo, para que él se haga intérprete de toda la humanidad creada y redimida en tu Hijo Jesús. Concédenos tu Espíritu, que potencie nuestra débil alabanza para que todo ser que alienta te alabe en nosotros. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Alábente, Señor, todos los instrumentos musicales y entonen para ti armoniosamente un cántico de gloria; glorifíquente todos los hombres sinfónicamente representados en el amor mutuo de nuestra comunidad. Por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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