DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 148
Alabanza del Dios creador

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1 [¡Aleluya!]
Alabad al Señor en el cielo,
alabad al Señor en lo alto.

2Alabadlo, todos sus ángeles;
alabadlo, todos sus ejércitos.

3Alabadlo, sol y luna;
alabadlo, estrellas lucientes.

4Alabadlo, espacios celestes
y aguas que cuelgan en el cielo.

5Alaben el nombre del Señor,
porque él lo mandó, y existieron.

6Les dio consistencia perpetua
y una ley que no pasará.

7Alabad al Señor en la tierra,
cetáceos y abismos del mar,

8rayos, granizo, nieve y bruma,
viento huracanado que cumple sus órdenes,

9montes y todas las sierras,
árboles frutales y cedros,

10fieras y animales domésticos,
reptiles y pájaros que vuelan.

11Reyes y pueblos del orbe,
príncipes y jefes del mundo,

12los jóvenes y también las doncellas,
los viejos junto con los niños,

13alaben el nombre del Señor,
el único nombre sublime.

Su majestad sobre el cielo y la tierra;
14él acrece el vigor de su pueblo.

Alabanza de todos sus fieles,
de Israel, su pueblo escogido.

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El salmo 148, que ahora se ha elevado a Dios, constituye un verdadero «cántico de las criaturas», una especie de Te Deum del Antiguo Testamento, un aleluya cósmico que implica todo y a todos en la alabanza divina.

Un exegeta contemporáneo lo comenta así: «El salmista, llamándolos por su nombre, pone en orden los seres: en el cielo, dos astros según los tiempos, y aparte las estrellas; por un lado, los árboles frutales, por el otro, los cedros; en un plano, los reptiles, y en otro los pájaros; aquí los príncipes y allí los pueblos; en dos filas, quizá dándose la mano, jóvenes y doncellas... Dios los ha establecido, atribuyéndoles un lugar y una función; el hombre los acoge, dándoles un lugar en el lenguaje, y, así dispuestos, los conduce a la celebración litúrgica. El hombre es "pastor del ser" o liturgo de la creación» (Luis Alonso Schökel, Trenta salmi: poesia e preghiera, Bolonia 1982, p. 499).

Sigamos también nosotros este coro universal, que resuena en el ábside del cielo y tiene como templo el cosmos entero. Dejémonos conquistar por la alabanza que todas las criaturas elevan a su Creador.

2. En el cielo encontramos a los cantores del universo estelar: los astros más lejanos, los ejércitos de ángeles, el sol y la luna, las estrellas lucientes, los «cielos de los cielos» (cf. v. 4), es decir, los espacios celestes, las aguas superiores, que el hombre de la Biblia imagina conservadas en cisternas antes de derramarse como lluvias sobre la tierra.

El aleluya, o sea, la invitación a «alabar al Señor», resuena al menos ocho veces y tiene como meta final el orden y la armonía de los seres celestiales: «Les dio una ley que no pasará» (v. 6).

La mirada se dirige luego al horizonte terrestre, donde se desarrolla una procesión de cantores, al menos veintidós, es decir, una especie de alfabeto de alabanza, esparcido por nuestro planeta. He aquí los monstruos marinos y los abismos, símbolos del caos acuático en el que se funda la tierra (cf. Sal 23,2), según la concepción cosmológica de los antiguos semitas.

El Padre de la Iglesia san Basilio observaba: «Ni siquiera el abismo fue juzgado despreciable por el salmista, que lo acogió en el coro general de la creación; es más, con su lenguaje propio, completa también él armoniosamente el himno al Creador» (Homiliae in hexaemeron, III, 9: PG 29,75).

3. La procesión continúa con las criaturas de la atmósfera: rayos, granizo, nieve y bruma, viento huracanado, considerado un mensajero veloz de Dios (cf. Sal 148,8).

Vienen luego los montes y las sierras, consideradas popularmente como las criaturas más antiguas de la tierra (cf. v. 9). El reino vegetal está representado por los árboles frutales y los cedros (cf. ib.). El mundo animal, en cambio, está presente con las fieras, los animales domésticos, los reptiles y los pájaros (cf. v. 10).

Por último, está el hombre, que preside la liturgia de la creación. Es definido según todas las edades y distinciones: niños, jóvenes y viejos, príncipes, reyes y pueblos (cf. vv. 11-12).

4. Encomendamos ahora a san Juan Crisóstomo la tarea de proporcionarnos una visión de conjunto de este inmenso coro. Lo hace con palabras que remiten también al cántico de los tres jóvenes en el horno ardiente, sobre el que meditamos en la anterior catequesis.

El gran Padre de la Iglesia y patriarca de Constantinopla afirma: «Por su gran rectitud de espíritu, los santos, cuando se disponen a dar gracias a Dios, suelen invitar a muchos a participar en su alabanza, exhortándolos a celebrar juntamente con ellos esta hermosa liturgia. Es lo que hicieron también los tres jóvenes en el horno, cuando llamaron a toda la creación a alabar a Dios por el beneficio recibido y cantarle himnos (Dn 3). Lo mismo hace también este salmo, invitando a ambas partes del mundo, la de arriba y la de abajo, la sensible y la inteligible. Lo mismo hizo el profeta Isaías, cuando dijo: "¡Aclamad, cielos, y exulta, tierra! (...), pues Dios ha consolado a su pueblo" (Is 49,13). Y así también se expresa el Salterio: "Cuando Israel salió de Egipto, los hijos de Jacob de un pueblo balbuciente, (...) los montes saltaron como carneros, las colinas como corderos" (Sal 113,1.4). Y en otro pasaje dice Isaías: "Las nubes destilen la justicia" (Is 45,8). En efecto, los santos, al considerar que no pueden alabar ellos solos al Señor, se dirigen a todo el orbe, implicando a todos en la salmodia común» (Expositio in psalmum CXLVIII: PG 55, 484-485).

5. También nosotros somos invitados a unirnos a este inmenso coro, convirtiéndonos en portavoces explícitos de toda criatura y alabando a Dios en las dos dimensiones fundamentales de su misterio. Por una parte, debemos adorar su grandeza trascendente, «porque sólo su nombre es sublime, su majestad está sobre el cielo y la tierra» (v. 13), como dice nuestro salmo. Por otra, reconocemos su bondad condescendiente, puesto que Dios está cercano a sus criaturas y viene especialmente en ayuda de su pueblo: «Él acrece el vigor de su pueblo, (...) su pueblo escogido» (v. 14), como afirma también el salmista.

Frente al Creador omnipotente y misericordioso aceptamos, entonces, la invitación de san Agustín a alabarlo, ensalzarlo y celebrarlo a través de sus obras: «Cuando tú observas estas criaturas y disfrutas con ellas y te elevas al Artífice de todo, y de las cosas creadas, gracias a la inteligencia, contemplas sus atributos invisibles, entonces se eleva su confesión sobre la tierra y en el cielo... Si las criaturas son hermosas, ¡cuánto más hermoso será el Creador!» (Exposiciones sobre los Salmos, IV, Roma 1977, pp. 887-889).

[Audiencia general del Miércoles 17 de julio de 2002]

MONICIÓN SÁLMICA

La hora de Laudes, sobre todo en el domingo, primer día de la semana, tiene un significado muy propio: nos recuerda aquel momento maravilloso en que, en el primer día de la semana, Dios hizo surgir la creación. Del caos primitivo y tenebroso, bajo el soplo vital del Espíritu, fueron saliendo las diversas criaturas que pueblan el universo: «El Espíritu de Dios se cernía sobre la faz de las aguas...; y separó Dios la luz de la tiniebla...; y vio Dios que la luz era buena» (Gn 1,2.4). En este contexto, el salmo 148, recitado en esta primera hora del primer día de la semana, adquiere un sentido muy propio, como alabanza de la creación a su Hacedor: Alabad al Señor, espacios celestes; alabadlo, montes y todas las sierras.

Pero para nosotros, cristianos, esta primera hora de la mañana, sobre todo en el día siguiente al sábado, nos recuerda que la creación primera alcanzó toda su perfección cuando Cristo, resucitando del sepulcro, la iluminó con una nueva luz: la esperanza de una vida sin fin.

Como pueblo sacerdotal que somos, invitemos, pues, a toda la creación, salida maravillosamente de las manos de Dios en el primer día de la semana y perfeccionada por la resurrección de Cristo también en el domingo, a que alabe al Señor: Alabad al Señor en el cielo, alabad al Señor en la tierra; es ésta la alabanza de Israel, su pueblo escogido.-- [Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

Este salmo toma del himno la invitación, y la repite cambiando sucesivamente los sujetos: de este modo se convierte en una movilización universal para la alabanza. El universo se divide en cielo, tierra, hombres.

VV. 1-4: Primera parte: la alabanza celeste. Siete imperativos «alabad» y un yusivo que introduce el motivo de la alabanza. La voz del cantor atraviesa el firmamento o bóveda celeste, que separa la zona superior de la terrestre, según la visión de Génesis 1. El paralelismo poético impone una repetición sinónima o un desdoblamiento de los coros.

VV. 5-6: El motivo de la alabanza es la acción creadora. El cielo y las criaturas celestes son testimonio de Dios; su testimonio es una alabanza implícita. Cuando el hombre comprende dicho testimonio, hace explícita la alabanza, que obtiene su máxima formulación en el canto litúrgico. La liturgia es cósmica.

VV. 7-10: Segunda parte: la alabanza terrestre. La tierra está asentada sobre el abismo del mar; los fenómenos atmosféricos suceden en la parte inferior o terrestre, por debajo del firmamento o bóveda divisora. La división en grupos y clases se hace más menuda en esta segunda parte, con un acuerdo de seres opuestos o de voces diversas en el canto común de alabanza. Un solo imperativo introduce la serie.

VV. 11-12: Aunque habitantes de la tierra, forman grupo especial los hombres: divididos por cargo, sexo, edad, forman coros mixtos que se unen en el canto común.

V. 13: Este verso hace resonar el v. 5a y sintetiza todo lo precedente en la fórmula «cielo y tierra».

V. 14: El Señor de cielos y tierra ha escogido un pueblo, a quien comunica su poder y a quien confiere el ministerio de la alabanza.-- [L. Alonso Schökel]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

Este salmo exílico o post-exílico sitúa a Israel en la cúspide del templo cósmico. El cielo, la tierra y sus habitantes unen su voz a la de Israel para alabar a Dios. La alabanza ya ha comenzado, pero aún no es plenamente natural; aún es necesario promoverla con un imperativo. Será plenamente natural cuando la creación se vea liberada de la servidumbre de la corrupción. Este salmo moviliza el universo -el cielo, la tierra y los hombres- para la alabanza divina. Finaliza deteniéndose en la cumbre de lo creado, en Israel, el pueblo escogido.

En el rezo comunitario es conveniente distribuir este himno en tres coros. Cada uno entona la alabanza correspondiente a la división cósmica establecida por el salmista. Los distintos coros se juntan en la alabanza final que la asamblea creyente tributa a la majestad divina:

Coro 1.°, La alabanza celeste: «Alabad al Señor en el cielo... una ley que no pasará» (vv. 1-6).

Coro 2.°, La alabanza terrestre: «Alabad al Señor en la tierra... reptiles y pájaros que vuelan» (vv. 7-10).

Coro 3.°, La alabanza humana: «Reyes y pueblos del orbe... el único nombre sublime» (vv. 11-13).

Asamblea, La alabanza de Israel: «Su majestad sobre el cielo... su pueblo escogido» (v. 14).

La alabanza del templo cósmico

La liturgia iniciada en la primera tarde de la creación (Gén 1,5) debe continuar hasta que llegue el día séptimo, sin tarde ni mañana. Debe continuar porque todo ha sido llamado a la existencia por una simple palabra de Dios y se mantiene en ella por orden de Dios. Ahora que ha despuntado el día séptimo con las primeras luces del domingo, la alabanza es más apremiante. Dios ha bendecido y colmado con su presencia este día. El cristiano recibe la invitación de entrar en este día, acompañado de la alabanza de todo lo creado. Es acoger la ansiosa espera de la creación hasta que un día pueda entonar cantos de alabanza, honor, gloria y potencia al que está sentado en el trono y al cordero (Ap 5,13).

Glorifiquemos a Dios por su misericordia

Los dioses astrales ya no fascinan a Israel, los destructores fenómenos atmosféricos no le intimidan; las fieras salvajes no le amedrentan. Es que en el destierro ha aprendido la gran misericordia de su «Dios derrotado». Israel ha aprendido lejos de su patria que Dios está con él, dispuesto a obrar nuevos prodigios. Es el momento de que todo y todos celebren la misericordia divina. Hoy, primer día de la semana, alabamos el único nombre sublime. Hoy Cristo realiza la maravilla de soplar sobre nosotros y comunicarnos su Espíritu. La nueva creatura que nace al soplo de Cristo ni siquiera teme a las bestias venenosas: su nombre está escrito en los cielos, donde alabará la misericordia de Dios por siglos sin fin.

Elegidos para alabanza de su gloria

La terrible santidad de Dios ha dejado sus huellas en la creación, que silenciosamente canta la gloria divina. Era necesario que un pueblo escuchara la voz de la creación, viera la gloria de Dios y cantara, en esta tierra de sollozos, la gloria, la majestad de Dios. En otro tiempo lo hizo Israel, su Pueblo escogido. Hoy lo hace la Iglesia, que creyendo en Jesús ha visto la gloria de Dios. Es decir, los creyentes en Jesús ven el cielo abierto, experimentan la continua accesibilidad a Dios, que se manifiesta en Cristo como resurrección y vida. Damos infinitas gracias a Dios, que nos muestra su gloria en Cristo. Le alabamos por el don inefable de su Hijo, el mejor canto de gloria que resuena en nuestra tierra.

Resonancias en la vida religiosa

Sintonizar con la alabanza cósmica: De nuevo es convocada nuestra comunidad para ejercer el ministerio de la alabanza. La contemplación de la obra cósmica de Dios acrece nuestro vigor comunitario y el sentido de nuestra elección. Nos convertimos en conciencia de universo y expresión de aquel misterio que la creación sólo insinúa; somos en el mundo acicate y estímulo de alabanza.

Invitamos a la alabanza al universo celeste, testigo de Dios, a la tierra con todos los fenómenos que en ella se suceden y con los animales que en ella habitan, a la humanidad con sus diferentes clases sociales, sexos, edades. Deseamos que el universo interprete ahora un cántico polifónico y común.

Nuestra oración de alabanza reconstruye sacramentalmente la bendición del cielo y de la tierra, la recapitulación armónica de todo en Cristo (de lo celeste y lo terrestre). Queremos de este modo eliminar todas las interferencias de pecado, que no sintonizan con el designio de Dios sobre el universo.-- [Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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