DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 147
Acción de gracias por la restauración de Jerusalén

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12Glorifica al Señor, Jerusalén;
alaba a tu Dios, Sión:
13que ha reforzado los cerrojos de tus puertas,
y ha bendecido a tus hijos dentro de ti;
14ha puesto paz en tus fronteras,
te sacia con flor de harina.

15Él envía su mensaje a la tierra,
y su palabra corre veloz;
16manda la nieve como lana,
esparce la escarcha como ceniza;

17hace caer el hielo como migajas
y con el frío congela las aguas;
18envía una orden, y se derriten;
sopla su aliento, y corren.

19Anuncia su palabra a Jacob,
sus decretos y mandatos a Israel;
20con ninguna nación obró así,
ni les dio a conocer sus mandatos.

 

[El salmo 147 de la Vulgata y de la Liturgia de las Horas, que es sólo la segunda parte del salmo 147 de la versión hebrea, nos propone un canto de acción de gracias por la paz y la prosperidad de Jerusalén, y, sobre todo, por haberle dado el Señor la Ley por la que se distingue de todas las naciones, y que es prueba de la predilección divina por Israel.

Los israelitas tienen una obligación especial de entonar alabanzas a Yahvé por haber fortalecido las murallas de la ciudad reforzando los cerrojos de sus puertas y difundiendo sus bendiciones sobre sus habitantes. Conforme a las antiguas promesas, Yahvé ha dado paz a su pueblo, asegurando sus fronteras y proporcionándole trigo de la mejor calidad.

Los fenómenos atmosféricos, por su parte, se ordenan a una fructificación de la tierra al servicio del hombre: la nieve, la escarcha, el hielo, tienen un origen misterioso para el hagiógrafo, y su formación obedece a órdenes concretas y directas del mismo Dios, según la concepción religiosa de la naturaleza y de la vida.

Finalmente, el salmista pondera el mayor beneficio recibido por el pueblo elegido: la Ley, en la que se manifiesta concretamente y de modo minucioso la voluntad divina. El mismo Dios que dirige el curso de la naturaleza se ha dignado escoger a Israel como «heredad» suya particular, entregándole sus estatutos para su mejor gobierno y para asegurar el camino de la virtud, que merece las bendiciones del Omnipotente. Ningún pueblo puede gloriarse de haber sido objeto de tal predilección por parte del Creador.-- Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El Lauda, Jerusalem, que acabamos de proclamar, es frecuente en la liturgia cristiana. A menudo se entona el salmo 147 refiriéndolo a la palabra de Dios, que «corre veloz» sobre la faz de la tierra, pero también a la Eucaristía, verdadera «flor de harina» otorgada por Dios para «saciar» el hambre del hombre (cf. vv. 14-15).

Orígenes, en una de sus homilías, traducidas y difundidas en Occidente por san Jerónimo, comentando este salmo, relacionaba precisamente la palabra de Dios y la Eucaristía: «Leemos las sagradas Escrituras. Pienso que el evangelio es el cuerpo de Cristo; pienso que las sagradas Escrituras son su enseñanza. Y cuando dice: el que no coma mi carne y no beba mi sangre (Jn 6,53), aunque estas palabras se puedan entender como referidas también al Misterio (eucarístico), sin embargo, el cuerpo de Cristo y su sangre es verdaderamente la palabra de la Escritura, es la enseñanza de Dios. Cuando acudimos al Misterio (eucarístico), si se nos cae una partícula, nos sentimos perdidos. Y cuando escuchamos la palabra de Dios, y se derrama en nuestros oídos la palabra de Dios, la carne de Cristo y su sangre, y nosotros pensamos en otra cosa, ¿no caemos en un gran peligro?» (74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).

Los estudiosos ponen de relieve que este salmo está vinculado al anterior, el salmo 146, constituyendo una única composición, como sucede precisamente en el original hebreo. En efecto, se trata de un único cántico, coherente, en honor de la creación y de la redención realizadas por el Señor. Comienza con una alegre invitación a la alabanza: «Alabad al Señor, que la música es buena; nuestro Dios merece una alabanza armoniosa» (Sal 146,1).

2. Si fijamos nuestra atención en el pasaje que acabamos de escuchar, podemos descubrir tres momentos de alabanza, introducidos por una invitación dirigida a la ciudad santa, Jerusalén, para que glorifique y alabe a su Señor (cf. Sal 147,12).

En el primer momento (cf. vv. 13-14) entra en escena la acción histórica de Dios. Se describe mediante una serie de símbolos que representan la obra de protección y ayuda realizada por el Señor con respecto a la ciudad de Sión y a sus hijos. Ante todo se hace referencia a los «cerrojos» que refuerzan y hacen inviolables las puertas de Jerusalén. Tal vez el salmista se refiere a Nehemías, que fortificó la ciudad santa, reconstruida después de la experiencia amarga del destierro en Babilonia (cf. Ne 3, 3.6.13-15; 4, 1-9; 6, 15-16; 12, 27-43). La puerta, por lo demás, es un signo para indicar toda la ciudad con su solidez y tranquilidad. En su interior, representado como un seno seguro, los hijos de Sión, o sea los ciudadanos, gozan de paz y serenidad, envueltos en el manto protector de la bendición divina.

La imagen de la ciudad alegre y tranquila queda destacada por el don altísimo y precioso de la paz, que hace seguros sus confines. Pero precisamente porque para la Biblia la paz (shalôm) no es un concepto negativo, es decir, la ausencia de guerra, sino un dato positivo de bienestar y prosperidad, el salmista introduce la saciedad con la «flor de harina», o sea, con el trigo excelente, con las espigas colmadas de granos. Así pues, el Señor ha reforzado las defensas de Jerusalén (cf. Sal 87,2); ha derramado sobre ella su bendición (cf. Sal 128,5; 134,3), extendiéndola a todo el país; ha dado la paz (cf. Sal 122,6-8); y ha saciado a sus hijos (cf. Sal 132,15).

3. En la segunda parte del salmo (cf. Sal 147,15-18), Dios se presenta sobre todo como creador. En efecto, dos veces se vincula la obra creadora a la Palabra que había dado inicio al ser: «Dijo Dios: "haya luz", y hubo luz. (...) Envía su palabra a la tierra. (...) Envía su palabra» (cf. Gn 1,3; Sal 147, 15.18).

Con la Palabra divina irrumpen y se abren dos estaciones fundamentales. Por un lado, la orden del Señor hace que descienda sobre la tierra el invierno, representado de forma pintoresca por la nieve blanca como lana, por la escarcha como ceniza, por el granizo comparado a migas de pan y por el frío que congela las aguas (cf. vv. 16-17). Por otro, una segunda orden divina hace soplar el viento caliente que trae el verano y derrite el hielo: así, las aguas de lluvia y de los torrentes pueden correr libres para regar la tierra y fecundarla.

En efecto, la Palabra de Dios está en el origen del frío y del calor, del ciclo de las estaciones y del fluir de la vida en la naturaleza. La humanidad es invitada a reconocer al Creador y a darle gracias por el don fundamental del universo, que la rodea, le permite respirar, la alimenta y la sostiene.

4. Entonces se pasa al tercer momento, el último, de nuestro himno de alabanza (cf. vv. 19-20). Se vuelve al Señor de la historia, del que se había partido. La Palabra divina trae a Israel un don aún más elevado y valioso, el de la Ley, la Revelación. Se trata de un don específico: «Con ninguna nación obró así ni les dio a conocer sus mandatos» (v. 20).

Por consiguiente, la Biblia es el tesoro del pueblo elegido, al que debe acudir con amor y adhesión fiel. Es lo que dice Moisés a los judíos en el Deuteronomio: «¿Cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?» (Dt 4,8).

5. Del mismo modo que hay dos acciones gloriosas de Dios, la creación y la historia, así existen dos revelaciones: una inscrita en la naturaleza misma y abierta a todos; y la otra dada al pueblo elegido, que la deberá testimoniar y comunicar a la humanidad entera, y que se halla contenida en la sagrada Escritura. Aunque son dos revelaciones distintas, Dios es único, como es única su Palabra. Todo ha sido hecho por medio de la Palabra -dirá el Prólogo del evangelio de san Juan- y sin ella no se ha hecho nada de cuanto existe. Sin embargo, la Palabra también se hizo «carne», es decir, entró en la historia y puso su morada entre nosotros (cf. Jn 1,3.14).

[Audiencia general del Miércoles 5 de junio de 2002]

Restauración de Jerusalén

1. El salmo que ha sido propuesto ahora a nuestra meditación constituye la segunda parte del precedente salmo 146. En cambio, las antiguas traducciones griega y latina, seguidas por la liturgia, lo han considerado como un canto aparte, porque su inicio lo distingue netamente de la parte anterior. Este comienzo se ha hecho célebre también porque a menudo se le ha puesto música en latín: Lauda, Jerusalem, Dominum. Estas palabras iniciales constituyen la típica invitación de los himnos de la salmodia a celebrar y alabar al Señor: ahora es Jerusalén, personificación del pueblo, la que es interpelada para alabar y glorificar a su Dios (cf. v. 12).

A continuación, se hace mención del motivo por el que la comunidad orante debe elevar al Señor su alabanza. Es de índole histórica: ha sido él, el Libertador de Israel del exilio babilónico, el que ha dado seguridad a su pueblo, «reforzando los cerrojos de sus puertas» (cf. v. 13).

Cuando Jerusalén cayó ante el ataque del ejército del rey Nabucodonosor, en el año 586 antes de Cristo, el libro de las Lamentaciones presentó al Señor mismo como juez del pecado de Israel, mientras destruía «la muralla de la hija de Sión. (...) Sus puertas en tierra se han hundido, él ha deshecho y roto sus cerrojos» (Lm 2,8-9). Ahora, en cambio, el Señor vuelve a ser el constructor de la ciudad santa; en el templo reconstruido bendice de nuevo a sus hijos. Así, se hace mención de la obra realizada por Nehemías (cf. Ne 3,1-38), que había reconstruido las murallas de Jerusalén para que volviera a ser un oasis de serenidad y paz.

2. En efecto, se evoca enseguida la paz (shalom), también porque se halla contenida simbólicamente en el mismo nombre de Jerusalén. El profeta Isaías ya prometía a la ciudad: «Te pondré como gobernante la paz, y por gobierno la justicia» (Is 60,17).

Pero, además de reconstruir las murallas de la ciudad, de bendecirla y pacificarla en un clima de seguridad, Dios ofrece a Israel otros dones fundamentales, como se describe al final del salmo. En efecto, allí se recuerdan los dones de la Revelación, de la Ley y de las prescripciones divinas: «Anuncia su palabra a Jacob, sus decretos y mandatos a Israel» (Sal 147,19).

Así, se celebra la elección de Israel y su misión única entre los pueblos: proclamar al mundo la palabra de Dios. Es una misión profética y sacerdotal, porque «¿cuál es la gran nación cuyos preceptos y normas sean tan justos como toda esta Ley que yo os expongo hoy?» (Dt 4,8). A través de Israel y, por tanto, también a través de la comunidad cristiana, es decir, la Iglesia, la palabra de Dios puede resonar en el mundo y convertirse en norma y luz de vida para todos los pueblos (cf. Sal 147,20).

3. Hasta este momento hemos descrito la primera razón de la alabanza que se ha de elevar al Señor: es una motivación histórica, es decir, vinculada a la acción liberadora y reveladora de Dios con respecto a su pueblo.

Sin embargo, hay otra fuente de júbilo y alabanza: es de naturaleza cósmica, es decir, relacionada con la acción creadora de Dios. La Palabra divina irrumpe para dar vida al ser. Semejante a un mensajero, corre por los espacios inmensos de la tierra (cf. Sal 147,15). Y al instante suceden cosas maravillosas.

Llega el invierno, cuyos fenómenos atmosféricos se describen con un toque de poesía: la nieve, por su pureza, se parece a la lana; la escarcha es como ceniza (cf. v. 16); el hielo se asemeja a migas de pan arrojadas a tierra; el frío congela las aguas y bloquea la vegetación (cf. v. 17). Es un cuadro invernal que invita a descubrir las maravillas de la creación, y volverá a aparecer en una página muy pintoresca también de otro libro bíblico, el del Sirácida (Si 43,18-20).

4. Pero, siempre por la acción de la Palabra divina, reaparece la primavera: el hielo se derrite, sopla su aliento y corren las aguas (cf. Sal 147,18), repitiendo así el ciclo perenne de las estaciones y, por consiguiente, la misma posibilidad de vida para hombres y mujeres.

Naturalmente, no han faltado lecturas metafóricas de estos dones divinos. La «flor de trigo» ha hecho pensar en el gran don del pan eucarístico. Más aún, Orígenes, el gran escritor cristiano del siglo III, identificó ese trigo como signo de Cristo mismo y, en particular, de la sagrada Escritura.

Este es su comentario: «Nuestro Señor es el grano de trigo que cayó en la tierra, y se multiplicó por nosotros. Pero este grano de trigo es sumamente abundante. (...) La palabra de Dios es sumamente abundante: encierra en sí misma todas las delicias. Todo lo que quieres, proviene de la palabra de Dios, tal como narran los judíos: cuando comían el maná, éste, en su boca, tomaba el gusto de lo que cada uno deseaba. (...) Así también en la carne de Cristo, que es la palabra de la enseñanza, es decir, la comprensión de las sagradas Escrituras, cuanto mayor es el deseo que tenemos de ella, tanto mayor es el alimento que recibimos. Si eres santo, encuentras refrigerio; si eres pecador, encuentras tormento» (Origene-Gerolamo, 74 omelie sul libro dei Salmi, Milán 1993, pp. 543-544).

5. Así pues, el Señor actúa con su palabra no sólo en la creación, sino también en la historia. Se revela con el lenguaje mudo de la naturaleza (cf. Sal 18,2-7), pero se expresa de modo explícito a través de la Biblia y su comunicación personal en los profetas, y plenamente a través de su Hijo (cf. Hb 1,1-2). Son dos dones diversos, pero convergentes, de su amor.

Por eso, cada día debe subir al cielo nuestra alabanza. Es nuestra acción de gracias, que florece al despuntar la aurora, en la oración de Laudes, para bendecir al Señor de la vida y la libertad, de la existencia y la fe, de la creación y la redención.

[Audiencia general del Miércoles 20 de agosto de 2003]

MONICIÓN SÁLMICA

Cantemos a Dios, que domina tanto sobre los elementos naturales como sobre el curso de la historia. Como Señor de la naturaleza, manda la nieve, esparce la escarcha y hace caer el hielo, como si se tratara de las migajas de pan de su mesa; y, como Señor de la historia, ha vencido con el mismo poder la cautividad de Babilonia y ha reforzado los cerrojos de las puertas de Jerusalén, bendiciendo a los hijos, en otros tiempos deportados, y colocándolos ahora dentro de los muros de ella.

A nosotros todo este poder de Dios nos aporta confianza y alegría: Alaba a tu Dios, Sión, que con su palabra te alienta y con el pan de la eucaristía te anuncia su decreto de que te resucitará; glorifica al Señor, Jerusalén, porque envía su mensaje a la tierra y te sacia con flor de harina.

Oración I: Oh Dios todopoderoso, dueño de la naturaleza y señor de la historia, tú que tienes poder para poner paz en nuestras fronteras y poder para mandar la nieve, el hielo, el frío y la escarcha, concede la paz a tus hijos y sácialos con la flor de harina, para que se sientan seguros y esperanzados y vivan, con mayor entrega, consagrados a tu alabanza. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Tú, Señor, que, después de haber probado a tu pueblo en los duros años del destierro, pusiste paz en sus fronteras y bendijiste a sus hijos dentro de Jerusalén, mira también, compadecido, las dificultades de tu Iglesia y refuerza los cerrojos de sus puertas para que te glorifique, y confiese ante las naciones que con ninguna otra nación obraste así. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

VV. 12-14: Comienza la tercera estrofa del salmo doble 146-147 con nueva invitación, empalmando con el verso 2: a la vuelta del destierro, los habitantes de la ciudad reconstruida viven seguros y en paz y prosperidad. La historia dramática desemboca en la vida cotidiana serena.

VV. 15-18: El tono sereno del verso anterior domina la nueva visión cósmica: es una naturaleza «domesticada», hecha doméstica como la lana y la ceniza y las migas de pan. Este orden tranquilo está dirigido y realizado por la palabra de Dios: la misma palabra creadora, mandato omnipotente, que Dios sigue enviando a su mundo.

VV. 19-20: La palabra de Dios tiene otra dimensión: es revelación de la voluntad divina a un pueblo escogido para establecer un orden religioso.

Para la reflexión del orante cristiano.- Dios, que creó el mundo por la palabra, y envió múltiples órdenes al universo, y múltiples palabras a su pueblo, finalmente en esta etapa definitiva, nos ha enviado su Palabra, que es el Hijo. Para librarnos del destierro, para construir la nueva ciudad santa, para darnos la paz, para establecer su reino, para darnos sus palabras, que son palabras de vida eterna.

[L. Alonso Schökel]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

El autor de este himno vivió probablemente en tiempos de Nehemías. Por entonces se reconstruyeron las murallas de Jerusalén, pero el pueblo está pasando momentos de escasez y de hambre, de luchas con los persas, con los samaritanos y con un grupo de judíos aprovechados. Nuestro salmista vuelve los ojos, una vez más, a Dios, auténtico fortín de Israel. Las huellas de su presencia son clamorosas en la creación, orientada a la regeneración del pueblo. La reunión de los dispersos, la renovación de los destruidos, la reconstrucción de la ciudad de Dios, la ayuda salvadora a los desamparados y la paz sobre la ciudad y el país, ¿no testimonian la presencia de Dios? El pueblo ha recibido, sobre todo, la gracia de la Palabra. ¿Con qué pueblo obró Dios así?

No es tan importante describir los motivos temáticos de alabanza, cuanto advertir la presencia benefactora de Dios en medio de su pueblo. Por eso, este himno dirigido al Señor absoluto de los acontecimientos puede ser salmodiado al unísono.

Las fortificaciones de la unidad

En medio de los sudores de la reconstrucción, el pueblo recibe una palabra de aliento: «Yo seré para Jerusalén -dice el Señor- como una muralla de fuego alrededor». La presencia de Dios en la ciudad es la mejor fortificación. Nuestro salmista así lo comprende: Dios ha reforzado los cerrojos de las puertas, ha puesto paz en las fronteras; ahora ha de ser glorificado y alabado. La nueva ciudad, la «Cristópolis», sí que tiene a Dios en medio; no vacila. Las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. Aun cuando en el momento presente camine en el claroscuro de la fe, espera que se le confiera la inmunidad de la Jerusalén celeste, a la que nada manchado podrá tocar. Que la Iglesia entone himnos de alabanza al «Dios-con-ella». Dios ha reforzado los cerrojos de sus puertas.

«Voy a crear regocijo y alegría»

La lamentable situación vivida poco ha llega a su ocaso. Vuelven a resonar cantarinas las voces del esposo y de la esposa, las voces alegres de los niños. Dios comienza a crear «regocijo» y «alegría» para una población juvenil. El gozo del esposo por la novia es el que Dios tiene por su pueblo. Es un Dios fecundo que llena las plazas de la ciudad de muchachos y de muchachas. Jerusalén abandonada, vieja madre estéril, genera a numerosos hijos. Son más los hijos de la abandonada que los de la casada. Han venido del judaísmo, han salido de toda nación pagana, hasta completar una muchedumbre incontable. Son fruto de la sementera vertida en el seno de María Virgen. El viejo Simeón y la encanecida Ana, hija del rostro de Dios, alaban a Dios y pueden marcharse en paz. Dios ha creado regocijo y alegría, por lo que Sión -Iglesia siempre joven- glorifica y alaba a su Señor.

La Palabra de Dios es fecunda

La única Palabra de Dios, creadora y reveladora, ha sido anunciada a Jacob, confiada al pueblo de Israel. La Palabra de Dios crea a Israel. Con la peculiaridad de que esa Palabra rebasa las estrechas fronteras de Israel, corre veloz por toda la tierra y se forma un pueblo ingente. Cristo, procedente de Israel según la carne, es la Palabra creadora y reveladora. El judío ortodoxo y el heterodoxo, así como también el pagano, están convocados por una misma Palabra. Quien cree en la Palabra venida a nosotros, como los samaritanos, como el funcionario regio con toda su familia, no será condenado. Ha aceptado la Luz que posibilita llegar a ser hijos de Dios. Con ninguna nación obró Dios como con nosotros. Exultantes, glorificamos al Señor nuestro Dios.

Resonancias en la vida religiosa

Somos alternativa: La comunidad religiosa está llamada a ser testigo de la paz escatológica del Reino: en ella se ha de anticipar la seguridad de que Dios Padre ofrece la paz del Espíritu, la saciedad de las bienaventuranzas de Jesús, la «domesticación» cristológica de la naturaleza («nieve como lana», «escarcha como ceniza», «hielo como migajas»), las relaciones confidenciales de Dios con sus elegidos. Jesús contagió primero con su presencia y después con la comunicación de su Espíritu estas actitudes escatológicas a su comunidad; de Él proceden.

Llamados a revivirlas constantemente, hemos de ofrecer a un mundo en el que todo se relativiza y cuestiona la alternativa de la seguridad que brota de la fe; en una sociedad dividida y enemistada, la alternativa de la paz vivificante; en una historia de dolor sin-sentido, la alternativa de las bienaventuranzas; en una naturaleza ecológicamente desequilibrada, la alternativa de su comprensión sacramental y humanizadora; en una humanidad, demasiado propensa al ateísmo y al idolismo, la alternativa del encuentro humilde y amoroso con Dios.

La fuerza de la Gracia de Dios en nuestra comunidad nos convoca a la alabanza y a la glorificación, pues con ella somos la alternativa esperada.

Oraciones sálmicas

Oración I: Después de haber probado a tu pueblo, Señor, pusiste paz en sus fronteras, reforzaste los cerrojos de la ciudad y saciaste a sus habitantes con flor de harina; mira también las dificultades de tu Iglesia, bendice a sus hijos, sácialos con el Pan Eucarístico, para que anuncien el Evangelio a toda nación y, de este modo, te alaben a Ti, su Dios y Señor. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén

Oración II: Oh Dios, que en los tiempos finales mandaste a tu Hijo único, nacido de una mujer, para que todos los hombres recibieran la adopción filial; llena las plazas de nuestra ciudad con nuevas voces, que lleven tu mensaje a toda nación, bendice a los hijos de tu Iglesia y recibe la alabanza que te tributan por los siglos de los siglos. Amén.

Oración III: En otro tiempo, Dios nuestro, hablaste a nuestros padres de un modo fragmentario y múltiple; en los tiempos finales nos has hablado por medio de tu Palabra, que ha corrido veloz de un extremo a otro de la tierra; abre el corazón de todos los hombres, a fin de que acepten tu Palabra, lleguen a ser hijos tuyos y sepan que con ninguna nación obraste así, Tú, nuestro Dios y Padre que vives por los siglos de los siglos. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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