DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 134, 1-12
Himno a Dios, realizador de maravillas

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[1¡Aleluya!]
Alabad el nombre del Señor,
alabadlo, siervos del Señor,
2que estáis en la casa del Señor,
en los atrios de la casa de nuestro Dios.

3Alabad al Señor porque es bueno,
tañed para su nombre, que es amable.
4Porque él se escogió a Jacob,
a Israel en posesión suya.

5Yo sé que el Señor es grande,
nuestro dueño más que todos los dioses.
6El Señor todo lo que quiere lo hace:
en el cielo y en la tierra,
en los mares y en los océanos.

7Hace subir las nubes desde el horizonte,
con los relámpagos desata la lluvia,
suelta a los vientos de sus silos.

8Él hirió a los primogénitos de Egipto,
desde los hombres hasta los animales.
9Envió signos y prodigios
-en medio de ti, Egipto-
contra el Faraón y sus ministros.

10Hirió de muerte a pueblos numerosos,
mató a reyes poderosos:
11a Sijón, rey de los amorreos,
a Hog, rey de Basán,
y a todos los reyes de Canaán.
12Y dio su tierra en heredad,
en heredad a Israel, su pueblo.

 

[La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Himno de laudes. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Canto de acción de gracias o Exhortación a alabar a Yahvé. Alabanza al Señor por las grandes obras que ha realizado, y ante quien los ídolos son nada. Se cantan las grandezas de Yahvé manifestadas en la creación, en la naturaleza y en los portentos en favor de Israel.--

Canto de acción de gracias por los beneficios otorgados a Israel. Esta composición es heterogénea, hecha a base de reminiscencias principalmente del Salterio. Desde el punto de vista literario podemos considerar este salmo como un himno litúrgico en el que se cantan las grandezas de Yahvé, manifestadas en la creación, en los fenómenos de la naturaleza y en los portentos obrados en favor de su pueblo: en Egipto, en las estepas del Sinaí y, finalmente, en la conquista de Canaán. La actividad protectora de Yahvé se contrapone a la inanidad de los ídolos de los otros pueblos, que ni siquiera tienen vida.

La grandeza de Yahvé, manifestada en la creación (vv. 1-7). Se invita especialmente a los levitas y sacerdotes a celebrar el nombre glorioso de Yahvé, porque se manifiesta bueno y amable en sus obras, entre las cuales está la elección de Israel como «heredad» o posesión suya entre todas las naciones. Su grandeza sobrepasa a la de los supuestos dioses de otros pueblos, de los que dirá después que no tienen vida. En primer lugar, es el Hacedor de cielos y tierra, y su poder creador se extiende hasta los abismos misteriosos sobre los que flota la tierra, asentada en cuatro columnas. También los fenómenos atmosféricos son promovidos por su mano todopoderosa: las nubes, los relámpagos y el viento, al que se concibe encerrado en grandes depósitos o escondrijos, de los que le hace salir para enviar la tempestad huracanada.

Los beneficios otorgados a Israel (vv. 8-14). El poder omnímodo de Yahvé se muestra no sólo en las manifestaciones grandiosas atmosféricas, sino en la historia de Israel, particularmente durante sus primeros años de vida nacional. Las plagas de Egipto -particularmente la muerte de los primogénitos- mostraban su protección al pueblo elegido. Y, al entrar en la tierra prometida, la mano poderosa de Yahvé se mostró en la victoria sobre los reyes de Transjordania y de Canaán. Sólo así los israelitas pudieron entrar en posesión de la tierra de Canaán, que les estaba destinada como «heredad» en los planes divinos. Así se cumplían las antiguas promesas hechas a los patriarcas y se iniciaba la historia de Israel con vida propia nacional. El nombre de Yahvé queda, pues, indefectiblemente unido a la historia de su pueblo, al que protege en los momentos críticos de su existencia como colectividad teocrática.-- Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. La liturgia de Laudes, que estamos siguiendo en su desarrollo a través de nuestras catequesis, nos propone la primera parte del salmo 134, que acaba de resonar en el canto de los solistas. El texto revela una notable serie de alusiones a otros pasajes bíblicos y parece estar envuelto en un clima pascual. No por nada la tradición judaica ha unido este salmo al sucesivo, el 135, considerando el conjunto como «el gran Hallel», es decir, la alabanza solemne y festiva que es preciso elevar al Señor con ocasión de la Pascua.

En efecto, este salmo pone fuertemente de relieve el Éxodo, con la mención de las «plagas» de Egipto y con la evocación del ingreso en la tierra prometida. Pero sigamos ahora las etapas sucesivas, que el salmo 134 revela en el desarrollo de los doce primeros versículos: es una reflexión que queremos transformar en oración.

2. Al inicio nos encontramos con la característica invitación a la alabanza, un elemento típico de los himnos dirigidos al Señor en el Salterio. La invitación a cantar el aleluya se dirige a los «siervos del Señor» (v. 1), que en el original hebreo se presentan «erguidos» en el recinto sagrado del templo (cf. v. 2), es decir, en la actitud ritual de la oración (cf. Sal 133,1-2).

Participan en la alabanza ante todo los ministros del culto, sacerdotes y levitas, que viven y actúan «en los atrios de la casa de nuestro Dios» (Sal 134,2). Sin embargo, a estos «siervos del Señor» se asocian idealmente todos los fieles. En efecto, inmediatamente después se hace mención de la elección de todo Israel para ser aliado y testigo del amor del Señor: «Él se escogió a Jacob, a Israel en posesión suya» (v. 4). Desde esta perspectiva, se celebran dos cualidades fundamentales de Dios: es «bueno» y es «amable» (v. 3). El vínculo que existe entre nosotros y el Señor está marcado por el amor, por la intimidad y por la adhesión gozosa.

3. Después de la invitación a la alabanza, el salmista prosigue con una solemne profesión de fe, que comienza con la expresión típica: «Yo sé», es decir, yo reconozco, yo creo (cf. v. 5). Son dos los artículos de fe que proclama un solista en nombre de todo el pueblo, reunido en asamblea litúrgica. Ante todo se ensalza la acción de Dios en todo el universo: él es, por excelencia, el Señor del cosmos: «El Señor todo lo que quiere lo hace: en el cielo y en la tierra» (v. 6). Domina incluso los mares y los abismos, que son el emblema del caos, de las energías negativas, del límite y de la nada.

El Señor es también quien forma las nubes, los rayos, la lluvia y los vientos, recurriendo a sus «silos» (cf. v. 7). En efecto, los antiguos habitantes del Oriente Próximo imaginaban que los agentes climáticos se conservaban en depósitos, semejantes a cofres celestiales de los que Dios tomaba para esparcirlos por la tierra.

4. El otro componente de la profesión de fe se refiere a la historia de la salvación. Al Dios creador se le reconoce ahora como el Señor redentor, evocando los acontecimientos fundamentales de la liberación de Israel de la esclavitud de Egipto. El salmista cita, ante todo, la «plaga» de los primogénitos (cf. Ex 12,29-30), que resume todos los «prodigios y signos» realizados por Dios liberador durante la epopeya del Éxodo (cf. Sal 134,8-9). Inmediatamente después se recuerdan las clamorosas victorias que permitieron a Israel superar las dificultades y los obstáculos encontrados en su camino (cf. vv. 10-11). Por último, se perfila en el horizonte la tierra prometida, que Israel recibe «en heredad» del Señor (v. 12).

Ahora bien, todos estos signos de alianza, que se profesarán más ampliamente en el salmo sucesivo, el 135, atestiguan la verdad fundamental proclamada en el primer mandamiento del Decálogo. Dios es único y es persona que obra y habla, ama y salva: «el Señor es grande, nuestro dueño más que todos los dioses» (v. 5; cf. Ex 20,2-3; Sal 94,3).

5. Siguiendo la línea de esta profesión de fe, también nosotros elevamos nuestra alabanza a Dios. El Papa san Clemente I, en su primera Carta a los Corintios, nos dirige esta invitación: «Fijemos nuestra mirada en el Padre y Creador de todo el universo y adhirámonos a los magníficos y sobreabundantes dones y beneficios de su paz. Mirémosle con nuestra mente y contemplemos con los ojos del alma su magnánimo designio. Consideremos cuán blandamente se porta con toda la creación. Los cielos, movidos por su disposición, le están sometidos en paz. El día y la noche recorren la carrera por él ordenada, sin que mutuamente se impidan. El sol y la luna y los coros de las estrellas giran, conforme a su ordenación, en armonía y sin transgresión alguna, en torno a los límites por él señalados. La tierra, germinando conforme a su voluntad, produce a sus debidos tiempos copiosísimo sustento para hombres y fieras, y para todos los animales que se mueven sobre ella, sin que jamás se rebele ni mude nada de cuanto fue por él decretado» (19,2-20,4: Padres Apostólicos, BAC 1993, pp. 196-197). San Clemente I concluye afirmando: «Todas estas cosas ordenó el grande Artífice y Soberano de todo el universo que se mantuvieran en paz y concordia, derramando sobre todas sus beneficios, y más copiosamente sobre nosotros, que nos hemos refugiado en sus misericordias por medio de nuestro Señor Jesucristo. A él sea la gloria y la grandeza por eternidad de eternidades. Amén» (ib., p. 198).

[Audiencia general del Miércoles 9 de abril de 2003]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 134 es una invitación a la alabanza, fundada principalmente en la contemplación de las dos obras más destacadas de Dios en favor de la humanidad y de Israel, la creación y el éxodo: Yo sé que el Señor es grande, todo lo que quiere lo hace: en el cielo y en la tierra...; él hirió a los primogénitos de Egipto, envió signos y prodigios... Este salmo es, pues, en su conjunto, una gran afirmación de la trascendencia divina. Es igualmente un himno al Dios creador del universo y salvador de Israel. Con él, el pueblo de la antigua alianza aclamaba al que tiene en sus manos el universo y dirigió los destinos de Israel, desde la liberación de Egipto hasta la instalación en Canaán.

Para nosotros, cristianos, este salmo puede ser muy evocativo; con él celebramos a Dios creador y recordamos la historia de la salvación. De esta forma, el salmo prepara ya la celebración del domingo, día en que empezó la creación y llegó a su término la historia de la salvación.

Este recuerdo de la creación y de la Pascua hacía germinar en el corazón de Israel una fe tan sólida, que la multitud de ídolos les parecían simple caricatura. ¿Son también para nosotros nuestros himnos a Dios tan sinceros que nos lleven al desprecio de la multitud de ídolos que continuamente crea nuestro mundo?

Nosotros queremos alabar al Señor por la creación y por el nuevo éxodo que nos ha hecho vivir. El Señor es grande, hace lo que quiere, hirió de muerte a pueblos numerosos, a los innumerables pecados de los hombres y a la misma muerte..., y nos dio su tierra -el reino eterno- en heredad a nosotros, Israel, su nuevo pueblo.

Oración I: Señor grande, creador y salvador de tu pueblo, alabamos tu nombre y te bendecimos, porque has hecho obras grandes en favor de tu pueblo: mataste a reyes poderosos, el pecado y la muerte; compadecido de nosotros tus siervos, nos has dado tu tierra en heredad; que tu recuerdo perdure entre nosotros de edad en edad y que un día, en los atrios de tu casa, podamos bendecirte eternamente. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Señor, creador del cielo y de la tierra, tú que haces lo que quieres, tú que haces subir las nubes desde el horizonte, desatas las lluvias y sueltas a los vientos, compadécete de tus siervos, que, reunidos en la casa del Señor, alaban tu nombre; y, ya que nos has escogido en posesión tuya, danos también un día tu tierra en heredad y haz que, en los atrios de tu casa, podamos bendecir tu nombre, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración III: El recuerdo de tus maravillas, Señor, fortalece nuestra fe y nos impulsa a la acción de gracias; acuérdate de nosotros, tú que nos has creado y nos has redimido; acuérdate de nosotros, que somos el templo y la casa edificada por tu Hijo, para que podamos bendecirte de edad en edad, como Dios vivo y verdadero. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración IV: Señor, dueño nuestro, que haces todo lo que quieres en el cielo y en la tierra, contempla a tu pueblo que te alaba porque eres bueno, que tañe para tu nombre, pues eres amable, y se alegra porque, por Cristo tu Hijo, Señor nuestro, has herido de muerte al enemigo y te has compadecido de nosotros, tus siervos; no permitas que la Iglesia, en nuestros días, confíe en los ídolos del mundo, hechura de manos humanas, antes confírmala en tu alabanza y bendícela abundantemente con el poder de tu diestra. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

Himno que conmemora el poder creador de Dios y el hecho fundamental de la historia de salvación.

VV. 1-2: Invitación a la alabanza, dirigida a la asamblea del pueblo en el templo.

VV. 3-4: Primer motivo de la alabanza es la elección: por ella Dios es dueño de Israel de modo especial.

VV. 5-7: Dios en la naturaleza: más que en el acto creativo inicial, se fija en la actividad de Dios en la atmósfera. Señor poderoso de la tempestad, y dador benévolo de la lluvia.

VV. 8-12: La «redención» de Israel, como la conocemos también por los «credos», comprende la liberación desde Egipto y la entrega de la tierra prometida. Para lo cual Dios tuvo que derrotar primero a los egipcios y después a los reyes de Transjordania y de Canaán.

Para la reflexión del orante cristiano.- Por el tema pascual de la redención, versos 8-12, este salmo puede entrar fácilmente en la liturgia pascual del pueblo de la nueva alianza.

[L. Alonso Schökel]

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VV. 1-3: Invitación a la alabanza de carácter litúrgico, dirigida a todos, los ministros del culto, que estáis en la casa del Señor, y levitas y simples fieles, en los atrios.

VV. 4-12: Primer motivo de alabanza es la elección que Dios hizo de Jacob como posesión suya, de carácter eucarístico. En cambio, los motivos siguientes son más bien hímnicos, fundados en la excelencia de Yahvé: Grande, Creador de cielos y tierra, de mares y océanos; Señor poderoso de la naturaleza y sus fenómenos, la tempestad y la lluvia. Los motivos restantes proceden de la historia: son las proezas realizadas por Dios en favor de su pueblo: La última plaga de los primogénitos; las victorias de la ocupación de Transjordania contra los reyes Sijón y Hog y las de la ocupación de Canaán, dada en heredad a Israel, su pueblo. En ellos se mezclan el sentimiento de acción de gracias y la alabanza.

[R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

En una época reciente se compone el presente salmo, un mosaico de textos del Antiguo Testamento, sobre todo de otros salmos. Una vez más canta Israel el soberano poder de Dios manifestado en la naturaleza y en la historia. Canta litúrgicamente, tal vez en la fiesta de Pascua, como se aprecia en las distintas voces que se perciben en los versículos finales. Esta primera parte (vv. 1-12) recoge una invitación a la alabanza motivada por la elección de Israel (vv. 1-4); continúa festejando a Dios que actúa en la naturaleza (vv 5-7), y finaliza recopilando los grandes dogmas de Israel: salida de Egipto, travesía del desierto y entrada en la tierra prometida (vv 8-12). La lírica se mezcla con la épica.

En este salmo pueden distinguirse una pieza lírica de alabanza y dos piezas épicas; la primera de éstas rememora la acción de Dios en la naturaleza; la segunda, en la historia. Puede salmodiarse del modo siguiente:

Asamblea, Alabanza al Señor: «Alabad al Señor... en posesión suya» (vv. 1-4).

Salmista 1.º, Acción de Dios en la naturaleza: «Yo sé que el Señor... los vientos de sus silos» (vv. 5-7).

Salmista 2.º, .Acción de Dios en la historia: «Él hirió... a Israel, su pueblo» (vv. 8-12).

«Yo os he elegido»

La alabanza brota en Israel porque se sabe elegido de entre todos los pueblos de la tierra. Antes de que pudiera aducir un buen comportamiento, la bondad, la amabilidad de Dios se ha fijado en Israel. Ahora sabemos cuál fue la finalidad de esa elección: que un día pudiera pronunciar Dios con plena satisfacción: «Este es mi hijo amado, en quien me complazco» (Mt 3,17), sobre un hijo de este pueblo. Y Dios continúa pronunciando esas palabras sobre nosotros, llamados a entrar en la maravillosa luz divina. No hemos elegido nosotros a Cristo; Cristo nos ha elegido a nosotros (Jn 15,16). Hay un amable amor benevolente en nuestra historia cristiana: el amor que Cristo nos profesa. De nuestro agradecimiento brota una canción de alabanza al nombre del Señor, porque es bueno, porque es amable, porque nos escogió en posesión suya, para que un día seamos plena alabanza de su gloria.

La plenitud del poder

«Dios de dioses y Señor de señores» sólo hay uno: Yahvé. No condivide su poder con nadie, como sucede en otras religiones. Esta soberanía, lejos de ahuyentar al hombre, lo atrae: el soberano de todo es un dador benévolo. En su generosidad abrió los cielos, y llovieron al Justo sobre la tierra. La debilidad de su carne incitó al Tentador a ofrecerle los reinos de la tierra y su magnificencia. Pero el Justo debía ser fiel al único Absoluto. Dios no le dejó en la humillante debilidad de la muerte. Al contrarío, le dio todo poder en el cielo y en la tierra. Aunque haya sido constituido rey de reyes y señor de señores, atrae fascinantemente a todos hacia sí. Los atraídos por Cristo son enviados al mundo entero para que todas las gentes sepan que sólo Dios es grande, que hace cuanto quiere en el cielo y en la tierra.

El título de propiedad de la Tierra

¿Cómo creer a Dios que promete una tierra en la que se mostrará, pero que ya tiene dueño? Los poderosos de este mundo se obstinaron en no dejar pasar libre y procesionalmente al Pueblo de Dios. Serán aniquilados, y la tierra repartida entre el pueblo. La palabra y la acción de Dios es el título de propiedad que exhibe este pueblo. Una palabra dirigida a «la» descendencia se hace irreversible cuando aparece el Descendiente. Éste no sólo posee la Tierra; es la Tierra en la que Dios se ha mostrado. Camino de esa Tierra avanza procesionalmente el nuevo pueblo, con el nombre de Cristo como título de propiedad. Los poderes tiránicos serán destruidos y la Tierra repartida entre los siervos de Dios, que lleven el título marcado en la frente (Ap 7,3).

Resonancias en la vida religiosa

El poder de Aquel que nos eligió: Nuestra forma de vida se torna misteriosa y enigmática para no pocos hombres. Reunidos aquí, en la casa del Señor, en su presencia llena de ausencia, testificamos su alabanza, glorificamos su nombre. En medio de un mundo acosado por el mal, proclamamos la bondad del Creador de este mundo. Ante el sinsentido de muchos aconteceres humanos y naturales, confesamos que «el Señor todo lo que quiere lo hace en el cielo y en la tierra».

En la raíz de esta forma nuestra de ser hay una experiencia inobjetivable, pero real: el Dios poderoso nos ha elegido, nos ha escogido como posesión suya. Y en esta elección nos ha hecho comprender de alguna forma quién es Él: su señorío, su grandeza, su dominio sobre la historia humana. Él es poderoso para llevar a cumplimiento la obra iniciada en nosotros, nuestra elección. Pero a través de ella Dios restaurará este mundo derruido y minado por el pecado, y le dará la herencia que Él prometió en su alianza con el hombre.

Oraciones sálmicas

Oración I: Tu nos has elegido, Señor, para hacernos posesión tuya; así has demostrado tu amabilidad y benevolencia con nosotros; concédenos la gracia de ser siempre fieles a nuestra vocación, entregando nuestra vida por amor. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Dios de los dioses y Señor de los señores, que en tu benevolencia hiciste que los cielos llovieran al Justo sobre la tierra, y después de su humillación lo constituiste rey de reyes; fíjate en nuestra situación pecadora y transfórmala en gloriosa por medio del Espíritu de tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración III: Alabado seas, Señor, nuestro dueño, y dominador de la naturaleza y de la historia; que nuestra vida sea un himno de alabanza a tu glorioso poder. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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