DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 131, I-II
Promesas a la casa de David

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1Señor, tenle en cuenta a David
todos sus afanes:
2cómo juró al Señor
e hizo voto al Fuerte de Jacob:

3«No entraré bajo el techo de mi casa,
no subiré al lecho de mi descanso,
4no daré sueño a mis ojos,
ni reposo a mis párpados,
5hasta que encuentre un lugar para el Señor,
una morada para el Fuerte de Jacob».

6Oímos que estaba en Efrata,
la encontramos en el Soto de Jaar:
7entremos en su morada,
postrémonos ante el estrado de sus pies.

8Levántate, Señor, ven a tu mansión,
ven con el arca de tu poder:
9que tus sacerdotes se vistan de gala,
que tus fieles vitoreen.
10Por amor a tu siervo David,
no niegues audiencia a tu Ungido.

* * *

11El Señor ha jurado a David
una promesa que no retractará:
«A uno de tu linaje
pondré sobre tu trono.

12Si tus hijos guardan mi alianza
y los mandatos que les enseño,
también tus hijos, por siempre,
se sentarán sobre tu trono».

13Porque el Señor ha elegido a Sión,
ha deseado vivir en ella:
14«Ésta es mi mansión por siempre,
aquí viviré, porque la deseo.

15Bendeciré sus provisiones,
a sus pobres los saciaré de pan,
16vestiré a sus sacerdotes de gala,
y sus fieles aclamarán con vítores.

17Haré germinar el vigor de David,
enciendo una lámpara para mi Ungido.
18A sus enemigos los vestiré de ignominia,
sobre él brillará mi diadema».

 

COMENTARIO AL SALMO 131, I-II

[La Liturgia de las Vísperas nos ofrece el salmo 131 dividido en dos partes como si fueran dos salmos. El salmista, en tono de plegaria, expone primero, en los vv. 1-11, lo que David hizo por Dios, y luego, en los vv. 12-18, lo que Dios ha hecho por David. Al comienzo del salmo se dice que es un «cántico gradual» o «canción de las subidas» en peregrinación a Jerusalén y a su Templo. La Biblia de Jerusalén le da el título de En el aniversario del traslado del arca. Es un salmo mesiánico, como se ve sobre todo en los vv. 17-18. Las promesas hechas por Dios (2 S 7) se presentan como la respuesta divina a un juramento hecho por David. El elemento procesional que aparece en los vv. 6 y siguientes evoca el hallazgo y el traslado del arca (1 S 6; 2 S 6).- Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Canto para la dedicación del templo de Salomón. El salmista recuerda la piedad de David al trasladar el arca a Jerusalén, su propósito de levantar un templo, la promesa que Dios, en pago, le hizo de perpetuar su dinastía, y la elección de Sión para morada de Dios.]

* * *

La promesa de bendición
sobre la dinastía davídica

Este salmo se divide en dos partes netas: a) en forma de plegaria expone el salmista lo que David ha hecho en favor de Yahvé, jurando construir el templo (vv. 1b-5) y trasladando el arca santa a Jerusalén (vv 6-10); b) lo que Yahvé ha hecho por David: juramento de perpetuar su dinastía (vv. 11-13), bendición de su morada y de los habitantes de Jerusalén (vv. 14-16) y promesa del Mesías (vv. 17-18).

Los comentaristas no están de acuerdo al determinar quién habla en esta bella composición: ¿Salomón, Josías, Zorobabel? Probablemente se trata de un alma piadosa que medita en las promesas de Yahvé a su pueblo en el pasado y su proyección mesiánica hacia el futuro. El salmista quiere exhortar a los israelitas a confiar en Dios, que ha elegido a David y ha santificado con su presencia la ciudad de Jerusalén. La restauración después del destierro babilónico ha probado que Dios no ha abandonado a su pueblo, y es una prenda de destinos futuros gloriosos conforme a las antiguas promesas.

Parece que el salmo fue compuesto cuando las promesas hechas a David habían ya sido olvidadas por la mayor parte de los israelitas. El ritmo y el tono elegíaco de los anteriores salmos «graduales» desaparecen en este salmo, que, en cambio, toma una forma dramática y dialogada; así, unas veces habla Yahvé y otras el salmista o un coro de peregrinos. Por lo que se dice en los vv. 6-10 se deduce que esta composición se cantaba en alguna procesión litúrgica en la que se conmemoraba el traslado del arca a Jerusalén.

Juramento de David a Yahvé (vv. 1-5). El salmista recuerda la solicitud de David por establecer una morada digna a Yahvé. Los libros históricos de la Biblia no mencionan este juramento relativo a la erección del santuario de Yahvé. Quizá el salmista se hace eco de una tradición oral, o mejor, dramatiza poéticamente el deseo que David manifestó de edificar un templo digno a su Dios (2 S 7,2). A Yahvé se le designa con la expresión arcaizante Fuerte de Jacob, que recuerda el poder excepcional del Dios de Israel, manifestado en su protección al pueblo elegido.

La traslación del arca a Jerusalén (vv. 6-10). Con estilo dramático, el poeta describe el traslado del arca, y hace hablar a los portadores de la misma. El arca estaba en Cariatiarim, que se englobaba en la región de Efrata al noroeste de Jerusalén. Los campos o Soto de Jaar o del «bosque» parecen ser los alrededores de Cariatiarim. Así, el salmista se hace eco de la existencia del arca en esa región, y presenta a los que han de ser sus portadores, manifestando su prontitud para trasladarla al lugar indicado por David: entremos en su morada... Después repite las palabras que se pronunciaban en el desierto cuando se ponía en marcha la comitiva sacerdotal con el arca: Levántate, Yahvé... En la nueva morada o mansión, Yahvé ha de mostrar su poder y majestad, irradiando su santidad sobre el arca.

Los sacerdotes debían usar ornamentos blancos cuando cumplían sus ministerios sagrados en el santuario. Los fieles deben manifestar su alegría al asistir a la entronización del arca de Yahvé escoltada por sus sacerdotes.

El salmista hace una súplica a Yahvé para que no abandone a su ungido o rey, retirando su protección y favor, conforme a la antigua promesa.

Promesa de bendición divina a la dinastía de David y a la ciudad de Jerusalén (11-18). En contraposición al juramento de David en favor de su Dios está el de Yahvé en favor de su dinastía y de su pueblo (v. 11). Es la respuesta a la súplica expresada en el v. 1. Pero esta promesa solemne de bendición sobre la descendencia davídica está condicionada al cumplimiento de los mandatos divinos (v. 12). En el salmo 88,31-38 se dice que la infidelidad del hombre no puede frustrar los designios divinos. La razón está en la elección de Sión como lugar de morada del propio Dios en la tierra (v. 13). Aquí como en el salmo 77,67-72, la elección de Sión es considerada como anterior a la elección de David y como algo más fundamental. En efecto, la dinastía davídica tiene una misión mesiánica en función de los destinos excepcionales históricos de Israel como «sacerdocio real y nación santa» (Ex 19,6). Este pensamiento era particularmente consolador para los repatriados judíos, que habían visto la reconstrucción del templo de Yahvé, lo que era prenda de una restauración de la dinastía davídica según las antiguas promesas divinas. La presencia de Yahvé en medio de su pueblo -en el templo de Jerusalén, su mansión- era fuente de bendiciones de toda índole, y en primer término de una gran prosperidad material: al pueblo humilde se le asegura el sustento cotidiano (v. 15). Los pertenecientes a la clase sacerdotal -representantes de Yahvé ante el pueblo- participarán de un modo especial de la bendición salvadora divina. Y todos los fieles se alegrarán de esta situación esplendente de la clase sacerdotal (v. 16).

Pero juntamente con la elevación de la clase sacerdotal triunfará de nuevo la dinastía de David. La metáfora haré germinar el vigor de David alude a esta preponderancia de la descendencia davídica. A David se le llama ungido (mashiaj: Mesías) y se le promete una lámpara que permanezca luciendo a través de las edades, como la lámpara del santuario (v. 17). Es el anuncio de la preservación de su dinastía. Indudablemente que en la perspectiva del salmista hay en este contexto una alusión al advenimiento del Mesías, procedente de la dinastía davídica conforme a las antiguas promesas y vaticinios proféticos (desde Natán hasta Zacarías). En efecto, sobre ese vástago que germina de la ascendencia davídica, Dios colocará su diadema, que puede implicar la potestad regia y la sacerdotal. Esto supondrá la derrota total de sus enemigos, que conspiran contra sus privilegios a través de la historia, pero principalmente en el momento de la manifestación mesiánica (v. 18).

[Extraído de Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

* * *

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
Promesas a la casa de David (Sal 131,1-10)

1. Hemos escuchado la primera parte del salmo 131, un himno que la Liturgia de Vísperas nos presenta en dos momentos distintos. Muchos estudiosos piensan que este canto resonó en la celebración solemne del traslado del arca del Señor, signo de la presencia divina en medio del pueblo de Israel, en Jerusalén, la nueva capital elegida por David.

En el relato de este acontecimiento, tal como nos lo presenta la Biblia, se lee que el rey David «danzaba y giraba con todas sus fuerzas ante el Señor, ceñido de un efod de lino. David y toda la casa de Israel hacían subir el arca del Señor entre clamores y resonar de cuernos» (2 S 6,14-15).

Otros estudiosos, en cambio, afirman que el salmo 131 se refiere a una celebración conmemorativa de ese acontecimiento antiguo, después de la institución del culto en el santuario de Sión precisamente por obra de David.

2. Nuestro himno parece suponer una dimensión litúrgica: probablemente se utilizaba durante el desarrollo de una procesión, con la presencia de sacerdotes y fieles, y con la intervención de un coro.

Siguiendo la Liturgia de Vísperas, reflexionaremos en los primeros diez versículos del Salmo, los que se acaban de proclamar. En el centro de esta sección se encuentra el solemne juramento que pronunció David. En efecto, se dice que, una vez superado el duro contraste que tuvo con su predecesor el rey Saúl, «juró al Señor e hizo voto al Fuerte de Jacob» (Sal 131,2). El contenido de este compromiso solemne, expresado en los versículos 3-5, es claro: el soberano no pisará el palacio real de Jerusalén, no irá tranquilo a descansar, si antes no ha encontrado una morada para el arca del Señor.

Y esto es muy importante, porque demuestra que en el centro de la vida social de una ciudad, de una comunidad, de un pueblo, debe estar una presencia que evoca el misterio de Dios trascendente, precisamente un espacio para Dios, una morada para Dios. El hombre no puede caminar bien sin Dios, debe caminar juntamente con Dios en la historia, y el templo, la morada de Dios, tiene la misión de indicar de modo visible esta comunión, este dejarse guiar por Dios.

3. En este punto, después de las palabras de David, aparece, tal vez mediante las palabras de un coro litúrgico, el recuerdo del pasado. En efecto, se evoca el descubrimiento del arca en los campos de Jaar, en la región de Efrata (cf. v. 6): allí había permanecido largo tiempo, después de ser restituida por los filisteos a Israel, que la había perdido durante una batalla (cf. 1 S 7,1; 2 S 6,2.11).

Por eso, desde esa provincia es llevada a la futura ciudad santa, y nuestro pasaje termina con una celebración festiva, en la que por un lado está el pueblo que adora (cf. Sal 131,7.9), o sea, la asamblea litúrgica; y, por otro, el Señor, que vuelve a hacerse presente y operante mediante el signo del arca colocada en Sión (cf. v. 8), así en el centro de su pueblo.

El alma de la liturgia está en este encuentro entre sacerdotes y fieles, por una parte, y el Señor con su poder, por otra.

4. Como sello de la primera parte del salmo 131 resuena una aclamación orante en favor de los reyes sucesores de David: «Por amor a tu siervo David, no niegues audiencia a tu ungido» (v. 10).

Así pues, se refiere al futuro sucesor de David, «tu ungido». Es fácil intuir una dimensión mesiánica en esta súplica, destinada inicialmente a pedir ayuda para el soberano judío en las pruebas de la vida. En efecto, el término «ungido» traduce el término hebreo «Mesías»: así, la mirada del orante se dirige más allá de las vicisitudes del reino de Judá y se proyecta hacia la gran espera del «Ungido perfecto», el Mesías, que será siempre grato a Dios, por él amado y bendecido. Y no será sólo de Israel, sino el «ungido», el rey de todo el mundo. Dios está con nosotros y se espera este «ungido», que vino en la persona de Jesucristo.

5. Esta interpretación mesiánica del «ungido» futuro ha sido común en la relectura cristiana y se ha extendido a todo el Salmo.

Es significativa, por ejemplo, la aplicación que Hexiquio de Jerusalén, un presbítero de la primera mitad del siglo V, hizo del versículo 8 a la encarnación de Cristo. En su Segunda homilía sobre la Madre de Dios se dirige así a la Virgen. «Sobre ti y sobre Aquel que de ti ha nacido, David no cesa de cantar con la cítara: "Levántate, Señor, ven a tu mansión, ven con el arca de tu poder" (Sal 131,8)».

¿Quién es «el arca de tu poder»? Hexiquio responde: «Evidentemente, la Virgen, la Madre de Dios, pues si tú eres la perla, ella es con verdad el arca; si tú eres el sol, la Virgen será denominada necesariamente el cielo; y si tú eres la flor incontaminada, la Virgen será entonces planta de incorrupción, paraíso de inmortalidad» (Testi mariani del primo millennio, I, Roma 1988, pp. 532-533).

Me parece muy importante esta doble interpretación. El «ungido» es Cristo. Cristo, el Hijo de Dios, se encarnó. Y el Arca de la alianza, la verdadera morada de Dios en el mundo, no hecha de madera sino de carne y sangre, es la Virgen, que se ofrece al Señor como Arca de la alianza y nos invita a ser también nosotros morada viva de Dios en el mundo.

[Texto de la Audiencia general del Miércoles 14 de septiembre de 2005]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
Elección de David y de Sión (Sal 131,11-18)

1. Acaba de resonar la segunda parte del salmo 131, un canto que evoca un acontecimiento capital en la historia de Israel: el traslado del arca del Señor a la ciudad de Jerusalén.

David fue el artífice de este traslado, atestiguado en la primera parte del Salmo, sobre el que ya hemos reflexionado. En efecto, el rey había hecho el juramento de no establecerse en el palacio real si antes no encontraba una morada para el arca de Dios, signo de la presencia del Señor en medio de su pueblo (cf. vv. 3-5).

A ese juramento del rey responde ahora el juramento de Dios mismo: «El Señor ha jurado a David una promesa que no retractará» (v. 11). Esta solemne promesa, en su esencia, es la misma que el profeta Natán había hecho, en nombre de Dios, al mismo David; se refiere a la descendencia davídica futura, destinada a reinar establemente (cf. 2 S 7,8-16).

2. Con todo, el juramento divino implica el esfuerzo humano, hasta el punto de que está condicionado por un «si»: «Si tus hijos guardan mi alianza» (Sal 131,12). A la promesa y al don de Dios, que no tiene nada de mágico, debe responder la adhesión fiel y activa del hombre, en un diálogo que implica dos libertades: la divina y la humana.

En este punto, el Salmo se transforma en un canto que exalta los efectos estupendos tanto del don del Señor como de la fidelidad de Israel. En efecto, se experimentará la presencia de Dios en medio del pueblo (cf. vv. 13-14): él será como un habitante entre los habitantes de Jerusalén, como un ciudadano que vive con los demás ciudadanos las vicisitudes de la historia, pero ofreciendo el poder de su bendición.

3. Dios bendecirá las cosechas, preocupándose de los pobres para que puedan saciar su hambre (cf. v. 15); extenderá su manto protector sobre los sacerdotes, ofreciéndoles su salvación; hará que todos los fieles vivan con alegría y confianza (cf. v. 16).

La bendición más intensa se reserva una vez más para David y su descendencia: «Haré germinar el vigor de David, enciendo una lámpara para mi ungido. A sus enemigos los vestiré de ignominia, sobre él brillará mi diadema» (vv. 17-18).

Una vez más, como había sucedido en la primera parte del Salmo (cf. v. 10), entra en escena la figura del «Ungido», en hebreo «Mesías», uniendo así la descendencia davídica al mesianismo que, en la relectura cristiana, encuentra plena realización en la figura de Cristo. Las imágenes usadas son vivaces: a David se le representa como un vástago que crece con vigor. Dios ilumina al descendiente davídico con una lámpara brillante, símbolo de vitalidad y de gloria; una diadema espléndida marcará su triunfo sobre los enemigos y, por consiguiente, la victoria sobre el mal.

4. En Jerusalén, en el templo donde se conserva el arca y en la dinastía davídica, se realiza la doble presencia del Señor: la presencia en el espacio y la presencia en la historia. Así, el salmo 131 se transforma en una celebración del Dios-Emmanuel, que está con sus criaturas, vive a su lado y las llena de beneficios, con tal de que permanezcan unidas a él en la verdad y en la justicia. El centro espiritual de este himno ya es un preludio de la proclamación de san Juan: «El Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros» (Jn 1,14).

5. Concluyamos recordando que los Padres de la Iglesia usaron habitualmente el inicio de esta segunda parte del salmo 131 para describir la encarnación del Verbo en el seno de la Virgen María.

Ya san Ireneo, refiriéndose a la profecía de Isaías sobre la virgen que da a luz, explicaba: «Las palabras: "Escuchad, pues, casa de David" (Is 7,13) dan también a entender que el Rey eterno, que Dios había prometido a David suscitar del "fruto de su seno" (Sal 131,11), es el mismo que nació de la Virgen, descendiente de David. Porque por esto le había prometido Dios un rey que sería el "fruto de su vientre" -lo que era propio de una virgen embarazada- (...). Así, por tanto, la Escritura (...) pone y afirma vigorosamente la expresión "fruto del vientre" para proclamar de antemano la generación de Aquel que debía nacer de la Virgen, tal como Isabel, llena del Espíritu Santo, atestiguó, diciendo a María: "Bendita tú entre las mujeres y bendito el fruto de tu vientre" (Lc 1,42). Por estas palabras el Espíritu Santo indica, a los que quieren entender, que la promesa hecha por Dios a David de suscitar un Rey "del fruto de su vientre" se cumplió cuando la Virgen, es decir, María dio a luz» (Adversus haereses, III, 21, 5).

Así, en el gran arco que va del Salmo antiguo hasta la encarnación del Señor, vemos la fidelidad de Dios. En el Salmo ya se pone de manifiesto el misterio de un Dios que habita con nosotros, que se hace uno de nosotros en la Encarnación. Y esta fidelidad de Dios es nuestra confianza en medio de los cambios de la historia, es nuestra alegría.

[Texto de la Audiencia general del Miércoles 21 de septiembre de 2005]

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MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 131 es probablemente un canto para festejar el aniversario de la entronización del arca en Jerusalén en tiempos de David; la ocasión no puede ser más oportuna para evocar las diversas etapas de la entrada del arca y para recordar sobre todo a David y sus desvelos por el culto y el templo. Cuando la monarquía dejó de existir y con ella se deshicieron las esperanzas humanas de Israel, este salmo sirvió para acrecentar la esperanza mesiánica: El Señor juró a David que uno de su linaje se sentaría sobre su trono, y esta promesa no se puede retractar.

Para nosotros, cristianos, descendientes también de David, este salmo nos debe servir de oración con la que recordemos a Dios los desvelos de nuestro santo patriarca: Señor, tenle en cuenta a David todos sus afanes y bendice a nuestro pueblo, hijo, en Cristo, de David, en atención a la santidad del antiguo patriarca. Pero con este salmo podemos evocar también al verdadero y definitivo Hijo de David, Cristo el Señor, y sus desvelos por la gloria del Padre. Dios prometió a María que su Hijo se sentaría sobre el trono de David, su padre; que recuerde, pues, su promesa y que, en atención al Hijo de David, bendiga la nueva Sión, la Iglesia, mansión de Dios por siempre, porque Dios ha deseado vivir en ella.

Oración I: Señor Jesucristo, Hijo de David, tú has hecho de la Iglesia una casa real y un pueblo sacerdotal y has querido que fuese el signo perenne de tu presencia salvadora en todo lugar y en todo tiempo; continúa en nosotros la obra que has empezado y mantén encendida en los que has ungido con tu Espíritu la lámpara de la fe hasta la fiesta eterna. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Señor, siempre fiel a tus promesas, tú que has puesto sobre el trono de David, como lo habías jurado, a Jesús, tu Hijo y tu Mesías, y has hecho de su Iglesia tu mansión para siempre, levántate y ven a nosotros como a tu morada y haz que tus sacerdotes y tus fieles guarden siempre tu alianza y sean fermento de santidad en el mundo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 131, I-II

El salmo 131 celebra la doble elección de la dinastía davídica y del monte del templo: la dinastía davídica será mediadora entre Dios y el pueblo, y concentra la alianza; el templo central es el lugar de la presencia divina en medio de su pueblo. Parece probable el uso litúrgico de este salmo, quizás con una procesión del arca.

VV. 1-2. David se distinguió por su fidelidad exclusiva al Señor, sin mancha de idolatría.

VV. 3-6. El pueblo encontró reposo en Palestina después de los años del desierto; Dios, que había acompañado a su pueblo, en la tienda de la alianza, todavía no tiene una morada fija.

VV. 6-7. El arca, lugar de la presencia divina y paladio en la guerra, fue arrebatada por los filisteos, después volvió a Israel y anda vagando: David o sus hombres, en Efrata (la región de Belén), reciben la noticia y localizan el arca.

V. 8. Entonces la invitan a entrar en una morada estable. El Señor, durante la peregrinación por el desierto, «se levantaba» cuando el arca se ponía en movimiento. Un coro repite la invocación, para la última jornada: ésta sería la señal para la procesión conmemorativa; a los levitas toca llevar sobre barras el arca, los sacerdotes la acompañan en traje de fiesta, los fieles acompañan con aclamaciones.

V. 10. En puesto prominente, el rey de la dinastía davídica, el Ungido, viene a la presencia del Señor.

VV. 11-12. La elección Davídica está aquí conmemorada como una promesa con juramento (lo mismo que a Abrahán y a los patriarcas). La promesa se refiere a la dinastía, y tiene sus exigencias, como la alianza de Dios con el pueblo; por eso suena aquí condicionada.

VV. 13-14. La elección del monte del templo es pura iniciativa de Dios: un comienzo sin fin en la historia de la presencia divina en el mundo.

VV. 15-18. Desde el templo Dios pronuncia su oráculo de bendiciones: para los pobres en primer puesto, para los sacerdotes y fieles en la fiesta litúrgica. Y para David: la fecundidad que asegura la dinastía, el poder, la victoria contra los agresores, la diadema regia; y la «lámpara», que parece ser símbolo de vida, y que Dios en persona enciende.

Para la reflexión del orante cristiano.- El salmo de la doble elección actualizaba en el culto de Israel dos hechos históricos fundacionales. Además, celebraba litúrgicamente una continuidad, garantizada por la promesa de Dios. Pero, sobre todo, se iba abriendo hacia un futuro: el nuevo David, el nuevo templo, el nuevo reino. Aunque no pocos lo interpretaron terrenamente, para otros muchos este texto fue uno de los campos donde maduró su expectación mesiánica. Así llega el salmo abierto, para llenarse de sentido con el adviento del rey mesiánico: Cristo cumple la promesa, porque es el ungido, el escogido, el mediador, y en él habita Dios.

[L. Alonso Schökel]

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Oración esperanzada de David al Señor
y promesas del Señor a David

Este salmo, el más largo de los graduales y el último de los procesionales (los que contienen escenas de procesión o están destinados a ser cantados en procesiones), es una composición sobre las promesas hechas a David, en dos partes: a) oración deprecativa esperanzada de David a Yahvé, vv. 1-10; b) oráculo promisorio doble de Yahvé a David, vv. 11-18.

El autor y la ocasión concreta de la composición del salmo no se pueden determinar. David es un recuerdo vivísimo, pero lejano. De la confianza reiterada del orante se puede deducir una situación crítica del fin de la monarquía de Israel o, mejor, de la época de la restauración, a la que pertenecen la mayoría de los salmos graduales. Este salmo, como el 88, ofrece algún rasgo de mesianismo directo.

VV. 1-5. El salmista menciona primero a David en general y luego sus afanes por el culto de Dios. Su firme resolución la concibe el poeta en forma de juramento o voto, que no consta en los libros históricos. El título dado a Dios, el Fuerte de Jacob, sale una vez en el Génesis (49,24), dos veces en Isaías (49,26; 60,16) y otras dos en este salmo. La idea esencial del juramento «no descansaré» se amplifica hiperbólicamente en cuatro frases, dando mayor énfasis a las tres primeras por la repetición de una fórmula hebrea de juramento negativo. El lugar que David quiere encontrar para Yahvé es el arca, designada por una morada.

VV. 6-10. La llamada de atención y el paso brusco al plural, Oímos, indican que el salmo empieza a citar dichos pronunciados al trasladar el arca. Efrata es aquí la región donde estaba Qiryat Ye`arim, abreviado en Jaar. Antes de emprender la marcha veneraban el arca: postrémonos... Después comenzaba la procesión: Levántate, Yahvé. Su mansión era el sitio de su descanso definitivo en Sión. Estas fórmulas procesionales las empleó ya Moisés en el desierto y las repitió Salomón al inaugurar el templo. El arca de tu poder parece aludir a los hechos en que el arca se mostró temible y victoriosa. El último de esos recuerdos de la traslación (v. 9) señala la santidad o justicia de los ministros del culto, tus sacerdotes, simbolizada por sus blancas vestiduras de lino. La oración del salmista (v. 10) termina implorando el favor divino para el sucesor de David, tu ungido.

VV. 11-12. Este primer oráculo recuerda brevemente la promesa de Natán a David.

El versículo introductorio: El Señor ha jurado a David, es una presentación poética con énfasis, que no consta en la narración histórica (2 Sam 7; 1 Par 17). La fidelidad jurada por Yahvé es la de asegurar la perpetua descendencia de David en el trono, pero a condición de que observen su alianza y mandamientos.

VV. 13-18. El segundo oráculo gira sobre Sión, centro del culto. Para el salmista, la elección de Sión es anterior y más fundamental que la de la dinastía davídica (cf. Sal 78,68ss). Introduce a Yahvé hablando y prometiendo proteger a Sión: La ha elegido, la ha deseado. Bajo la forma de oráculo (v. 14), el poeta encuadra la doctrina que se desprende de los acontecimientos históricos; pero, de hecho, el arca se estableció en la ciudad de David antes que éste recibiera su promesa (2 S 6). La protección del Señor sobre Sión comienza dibujándose en promesa de bienes materiales: sus provisiones beneficiarán primero a los pobres, luego a los sacerdotes, a los que asegura un vestido de salvación, como pidieron (v. 9), y, por fin, a los fieles, quienes aclamarán con vítores y cantarán jubilosamente, conforme a sus deseos (v. 9). Y, finalmente, en correspondencia a la oración por el sucesor de David (v. 10), hará brotar a David un vástago (lit. cuerno) (cf. Sal 88,25) o lámpara (3 Re 11,36; 15,4).

Por última vez, el Salterio nos ofrece en el salmo 131, vv. 17-18, un rasgo de mesianismo directo.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO 131

Introducción general

Se reconoce que es muy difícil datar y clasificar este salmo, así como detectar su lógica interna. Los arcaísmos lingüísticos abogan por una composición bastante antigua. Acaso debamos situarnos en el siglo X antes de Cristo. Nos hallaríamos ante un salmo real, que forma parte de una liturgia festiva con motivo del traslado del arca desde Quiryat-Yearim a Jerusalén (1 S 7; 2 S 6).

En la primera parte del salmo, el salmista desarrolla dos temas en forma de oración: el juramento davídico de construir una morada para el arca, vv. 1-5, y el traslado del arca a Jerusalén, vv. 6-10. Los peregrinos actualizan en el presente litúrgico ambas acciones del pueblo. Los personajes que intervienen son varios: el sacerdote (vv. 1-2), el rey (vv. 3-5), los peregrinos (vv. 6-7) y los sacerdotes (vv. 8-10).

Si la primera parte del salmo expone lo que David hizo por Yahvé, la segunda se ocupa de lo que Yahvé hace por David: jura perpetuar su dinastía (vv. 10-12) y cumple su juramento (vv. 13-18). Esta segunda parte es, básicamente, una «palabra de Dios», introducida por unas breves frases del salmista (vv. 11a y 13). Los judíos que oraban con este salmo pedían a Dios que suscitara a David el sucesor que esperaban.

Para la celebración comunitaria, la primera parte del salmo admite una salmodia dramática, como ya hemos indicado, conforme a la siguiente distribución:

Presidente, Plegaria en favor de David: «Señor, tenle en cuenta... al Fuerte de Jacob» (vv. 1-2).

Salmista, Juramento davídico: «No entraré... morada para el Fuerte de Jacob» (vv. 3-5).

Asamblea, Noticia y localización del arca: «Oímos... el estrado de sus pies» (vv. 6-7).

Presidente, Invitación dirigida al arca: «Levántate... audiencia a tu Ungido» (vv. 8-10).

En la segunda parte del salmo puede continuarse la salmodia dramática practicada en la primera:

Salmista 1.º, Introducción: «El Señor ha jurado... que no retractará» (v. 11a).

Presidente, Elección davídica: «A uno de tu linaje... sobre tu trono» (vv. 11b-12).

Salmista 2.º, Introducción: «Porque el Señor... vivir en ella» (v. 13).

Presidente, Elección del templo y promesas: «Esta es mi mansión... mi diadema» (vv. 14-18).

Dios Fuerte nos une

David jura por el Fuerte de Jacob, Dios de los antepasados, especialmente de las tribus vinculadas con José (Gn 49,24). Estas tribus pueden unirse con su hermana del sur porque uno mismo es su Dios. La protección de su pueblo elegido llega también a los tiempos de calamidad, preludio de la reconstrucción. Dios Fuerte visita a María (Lc 1,26ss) precisamente cuando el pueblo es estéril y necesita ser salvado. El fruto de la fuerza de Díos conocerá la calamidad, la flaqueza, la muerte. La potencia de Dios se manifiesta plenamente en la resurrección del Crucificado. La resurrección es la fuerza desplegada por Dios para la salvación de los creyentes. El creyente recurre al Dios Fuerte, que le hace fuerte, y de este modo reconoce que este poder extraordinario pertenece a Dios y no al hombre. Que el Señor tenga en cuenta al nuevo David todos sus afanes, y a nosotros nos unifique bajo su fortaleza aun siendo débiles.

«¿Dónde está el Rey de los judíos?»

Después de hacer David su juramento, se impone localizar el arca, localizar a Dios. ¿Está en Efrata cerca de Betel? ¿Está cerca de Belén de Efrata? En todo caso han oído que su presencia es «fecunda» (= Efrata), como el espeso bosque de Jaar, cerca de Belén de Judá, donde al fin la encuentran. Es tal la «fecundidad» de Belén, que en esta «casa de pan» nació David; y aquí brota un nuevo vástago del tronco de Jesé: Jesús, el hijo de David, el rey de los judíos. Quien pregunte por este rey debe encaminarse hacia Belén-Efrata («fecunda casa de pan») y postrarse ante el rey como hicieron los magos, como hicieron los pastores. Vayamos también nosotros a Belén en busca de nuestro rey, de nuestro Dios. Entremos en su morada. Postrémonos ante el estrado de sus pies.

«¡Levántate, Señor!»

Cuando el pueblo judío peregrino por el desierto iniciaba una nueva jornada, precedía la exclamación de Moisés: «¡Levántate, Señor!». Dios, presente en el arca, encabezaba la peregrinación del pueblo. Ante su presencia se dispersaban los enemigos. El salmista evoca esa presencia conductora y protectora antes de emprender la última jornada hacia el Templo, donde el arca tendrá su reposo. Durante el tiempo de su vida mortal, Jesús, nuevo guía y protector, marcha por delante hacia Jerusalén (Lc 19,28). Previó la necesidad de ser hundido por los hombres, pero también de que Dios le levantara. Así sucedió. Levantado de entre los muertos, sus enemigos y los de su pueblo se han dispersado. Él ha entrado en el reposo de Dios. Le sigue la multitud de cautivos rescatados, que ahora invocan al Señor: «¡Levántate!», ¡ven con el arca de tu poder! Condúcenos a tu mansión, al «hoy» que nos has preparado.

Un Germen bajo el cual habrá germinación

Aunque la monarquía davídica fuera un fracaso porque sus descendientes no guardaron la alianza, Dios no se desdice. La línea dinástica se quiebra con el último rey de Jerusalén: Sedecías = «Yahvé-es-mi-justicia» (2 R 24,17). La palabra de Dios persiste: «Haré germinar el vigor de David». Brotará un nuevo Germen del viejo tronco de Jesé. Se llamará «Yahvé-es-nuestra-justicia», porque bajo este Germen justo habrá germinación, tendrá descendencia. La promesa se cumplió cuando Dios suscitó una fuerza salvadora en la casa de David, su siervo. El Señor Dios le ha dado el trono de David, su padre, y reina para siempre (Lc 1,32-69). La germinación somos nosotros, un reino de sacerdotes, llamado a poseer el reino eterno. Somos la germinación del Germen justo.

Dios ha cumplido su deseo

La historia de la presencia de Dios en el mundo es un comienzo sin fin. Ni el primero, ni el segundo templo de Jerusalén colmaron su ardiente deseo. De ellos no quedó piedra sobre piedra. Antes de que esta catástrofe se consumara, el velo que impedía la entrada al Santuario se había rasgado en dos, de arriba abajo. Jesús penetra en el Santuario, de una vez para siempre, a través del velo de su propia carne desgarrada. La carne de Jesús, hermana de nuestra carne, es el lugar en el que Dios colma su deseo de presencia. Ahora podemos rendir culto al Dios vivo. Teniendo la plena seguridad de llegar a la presencia de Dios, de que Dios satisfaga su deseo en nosotros, acerquémonos con plenitud de fe a Cristo, el Santuario perfecto, el gran sacerdote puesto al frente de la casa de Dios.

«Os habéis revestido de Cristo»

El deseo de que los sacerdotes se vistan de gala es una promesa que Dios realizará. El cambio de vestidura es signo de una transformación interna, aquí obrada por la permanente presencia de Dios en el nuevo David sobre el que brilla la diadema divina. Dios, efectivamente, ha coronado a Jesús de gloria y honor por haber padecido la muerte. El celeste mensajero de su triunfo lleva una vestidura blanca como la nieve. Es el vestido apropiado para aquellos que se han revestido de Cristo, para el Hombre Nuevo, creado según Dios en la justicia y santidad. Cuando este hombre llegue a la madurez -destruidas la cólera, la ira, la maldad, la maledicencia y las palabras groseras (Col 3,8)-, seguirá al Cordero con vestidos de gala y le aclamará con vítores eternos.

Resonancias en la vida religiosa

Un lugar para el Señor: Esa es la inquietud permanente de todos los ungidos por el Espíritu de Dios: establecer un lugar para el Señor en nuestro mundo secularizado. A ello tienden los esfuerzos y afanes de nuestra vida religiosa. El Ungido del salmo 131, símbolo de Cristo Jesús y de aquellos que por su Espíritu continuamos su causa, se deja penetrar de la urgencia, que le impide descansar, reposar, dormir por encontrar un lugar para el Señor.

Pero el Señor que habitará entre nosotros es el Fuerte. Su vigorosa presencia hará temblar los petulantes escarceos del hombre orgulloso, la debilidad camuflada de arrogancia. Pero será al mismo tiempo garantía de fecundidad y cumplimiento. En nuestra debilidad se manifestará su fuerza; en nuestra esterilidad, su fecundidad; en nuestra muerte, su resurrección.

Busquemos un lugar para Dios. Supliquémosle que venga a su mansión, que es nuestra tierra, con todo su poder. Que nosotros vitorearemos su Parusía viendo cumplida la súplica de su Iglesia: ¡Ven, Señor Jesús!

Dios se ha comprometido con nosotros: Escuchamos en la segunda parte de este salmo la Palabra de Dios Padre, que, a pesar de los años, aún sigue manteniendo su vigor. Se cumplió ya la promesa cuando Jesús fue establecido en el trono de David por la fuerza, no de la carne, sino del Espíritu en el seno de María. Nuestra comunidad cristiana, fundada por la presencia permanente de Jesús resucitado, el Viviente, es desde siglos la mansión en la que Dios vive; en ella se alaba la perenne fidelidad de Dios; el amor que el Espíritu infunde en los corazones tiende a saciar de pan a los pobres; su vigor hace germinar constantemente la fe de los creyentes.

Seamos fieles a este compromiso de Dios Padre, que hoy llega a nosotros. Por el Espíritu estamos convocados en comunidad. Por la presencia permanente del Resucitado hemos sido constituidos comunidad misionera, palabra de Evangelio. Por la inconmovible fidelidad de Dios sabemos que nuestra pobre comunidad será mediación de amor para los pobres, lámpara en el camino para los ciegos, vigor fecundo en la esterilidad del mundo de pecado.

Oraciones sálmicas

Oración I: Oh Dios, fuerte y vigoroso, visita a tu pueblo cuando en su infortunio es estéril y necesita ser salvado; levántate y ven a tu mansión, para que con la fuerza de la resurrección de tu Hijo hagamos germinar una nueva humanidad y le ofrezcamos al hombre de nuestro tiempo un camino de salvación. Te lo pedimos, Padre, por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Padre, de quien procede toda paternidad en el cielo y en la tierra, nos enviaste a tu Hijo, nacido en Belén (fecunda casa de pan), para que Él fuera nuestra vida imperecedera, la fuente de una nueva fraternidad entre los hombres; no permitas que su presencia se oscurezca y que su fuerza renovadora se debilite en tu Iglesia. Te lo pedimos, Padre, por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Levántate, Señor, y sé el guía y protector de tu pueblo, indicándole y abriéndole el camino arriesgado de la cruz; haz que sigamos tus pasos, e infúndenos la esperanza de saber que llegaremos a tu casa. Amén.

Oración IV: Padre, Tú llevas a cumplimiento tu Alianza con el hombre y no permites que nada se oponga a tu designio; haznos fieles con tu fidelidad y no dejes que nuestras palabras de compromiso sean vacías ante ti. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración V: La carne de tu Hijo, hermana de nuestra carne, es el lugar en el que Tú colmas el deseo de tu presencia; atráenos hacia ella, Padre, para que encontremos tu gracia y vivamos en ti. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén

Oración VI: Vestidos de Cristo reflejamos, Padre, en nuestro ser los rasgos de tu Hijo; que seamos una constante alabanza de tu gloria ante el hombre pobre, desnudo y desesperanzado. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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