DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 123
Nuestro auxilio es el nombre del Señor

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1Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte
-que lo diga Israel-,
2si el Señor no hubiera estado de nuestra parte,
cuando nos asaltaban los hombres,
3nos habrían tragado vivos:
tanto ardía su ira contra nosotros.

4Nos habrían arrollado las aguas,
llegándonos el torrente hasta el cuello;
5nos habrían llegado hasta el cuello
las aguas espumantes.

6Bendito el Señor, que no nos entregó
en presa a sus dientes;
7hemos salvado la vida, como un pájaro
de la trampa del cazador:
la trampa se rompió, y escapamos.

8Nuestro auxilio es el nombre del Señor,
que hizo el cielo y la tierra.

 

COMENTARIO AL SALMO 123

[Al comienzo del salmo se dice que es un «cántico gradual» o «canción de las subidas» en peregrinación a Jerusalén. La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de El salvador de Israel. Acción de gracias por las pruebas superadas, descritas con imágenes tradicionales: fieras, inundaciones, trampas. En el v. 1 se invita al pueblo a repetir la primera frase en forma de antífona. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Acción de gracias por el auxilio recibido. Canto de liberación ante poderosos enemigos. El salmista da gracias a Dios por haber librado a su pueblo cuando parecía que no había ya salvación para él.- «Acción de gracias después de superar una dificultad. Apoyado en el amor de Cristo (Rm 8,37), el cristiano convierte los obstáculos en una nueva posibilidad de servir, de amar y de hacer amar. Así no se deja atrapar por las trampas del egoísmo propio o ajeno» (J. Esquerda Bifet).]

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Acción de gracias al Salvador de Israel

Este salmo tiene un acento marcadamente colectivo: Israel ha sido preservado de una suerte trágica gracias a la intervención salvadora de Yahvé. El poeta concreta la circunstancia histórica que dio pie para este canto de acción de gracias. Quizá aluda a la suerte trágica del pueblo elegido en la cautividad o a las situaciones críticas creadas como consecuencia de la hostilidad de los pueblos circunvecinos a los repatriados. Después de la reconstrucción de los muros de la ciudad santa y de la restauración de la vida nacional, el pueblo judío vivió unos años de optimismo nacional. Quizá el salmista refleje esta situación esperanzadora después de que se han salvado los momentos más difíciles de Israel como colectividad nacional.

El estilo es entrecortado y jadeante, abundando los cambios abruptos de pensamientos. «Las imágenes se suceden rápidamente para expresar el peligro pasado y dichosamente esquivado; son todas muy vivas y expresivas, aunque sin gran cohesión entre sí» (J. Calès). Así, tan pronto se presenta a los enemigos bajo el símil de fieras salvajes como bajo la metáfora de aguas desbordadas que anegan todo lo que encuentran o como cazadores que ponen lazos a los pájaros para capturarlos. En el texto hebreo abundan las asonancias y las repeticiones graduales.

El salmista evoca la comprometida situación del pueblo israelita. Si no hubiera intervenido la ayuda divina, habría desaparecido ante el ataque de sus enemigos. El poeta juega con la metáfora de una caravana que ha acampado en un wady seco, pero que de súbito es anegada por un torrente impetuoso desencadenado de noche por inesperada tempestad. Después, el símil está tomado de las fieras, que inesperadamente caen sobre la presa con sus afilados dientes, o de las escenas de caza: Israel es como una tímida avecilla que milagrosamente ha sido librada del lazo de los cazadores. El poema se cierra con una declaración de confianza en Yahvé omnipotente, Creador de los cielos y la tierra.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
Nuestro auxilio es el nombre del Señor

1. El salmo 123, que acabamos de proclamar, es un canto de acción de gracias entonado por toda la comunidad orante, que eleva a Dios la alabanza por el don de la liberación. El salmista proclama al inicio esta invitación: «Que lo diga Israel» (v. 1), estimulando así a todo el pueblo a elevar una acción de gracias viva y sincera al Dios salvador. Si el Señor no hubiera estado de parte de las víctimas, ellas, con sus escasas fuerzas, habrían sido impotentes para liberarse y los enemigos, como monstruos, las habrían desgarrado y triturado.

Aunque se ha pensado en algún acontecimiento histórico particular, como el fin del exilio babilónico, es más probable que el salmo sea un himno compuesto para dar gracias a Dios por los peligros evitados y para implorar de él la liberación de todo mal. En este sentido es un salmo muy actual.

2. Después de la alusión inicial a ciertos «hombres» que asaltaban a los fieles y eran capaces de «tragarlos vivos» (cf. vv. 2-3), dos son los momentos del canto. En la primera parte dominan las aguas que arrollan, para la Biblia símbolo del caos devastador, del mal y de la muerte: «Nos habrían arrollado las aguas, llegándonos el torrente hasta el cuello; nos habrían llegado hasta el cuello las aguas espumantes» (vv. 4-5). El orante experimenta ahora la sensación de encontrarse en una playa, salvado milagrosamente de la furia impetuosa del mar.

La vida del hombre está plagada de asechanzas de los malvados, que no sólo atentan contra su existencia, sino que también quieren destruir todos los valores humanos. Vemos cómo estos peligros existen también ahora. Pero -podemos estar seguros también hoy- el Señor se presenta para proteger al justo, y lo salva, como se canta en el salmo 17: «Él extiende su mano de lo alto para asirme, para sacarme de las profundas aguas; me libera de un enemigo poderoso, de mis adversarios más fuertes que yo. (...) El Señor fue un apoyo para mí; me sacó a espacio abierto, me salvó porque me amaba» (vv. 17-20). Realmente, el Señor nos ama; esta es nuestra certeza, el motivo de nuestra gran confianza.

3. En la segunda parte de nuestro canto de acción de gracias se pasa de la imagen marina a una escena de caza, típica de muchos salmos de súplica (cf. Sal 123,6-8). En efecto, se evoca una fiera que aprieta entre sus fauces una presa, o la trampa del cazador, que captura un pájaro. Pero la bendición expresada por el Salmo nos permite comprender que el destino de los fieles, que era un destino de muerte, ha cambiado radicalmente gracias a una intervención salvífica: «Bendito sea el Señor, que no nos entregó en presa a sus dientes; hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador: la trampa se rompió y escapamos» (vv. 6-7).

La oración se transforma aquí en un suspiro de alivio que brota de lo profundo del alma: aunque se desvanezcan todas las esperanzas humanas, puede aparecer la fuerza liberadora divina. Por tanto, el Salmo puede concluir con una profesión de fe, que desde hace siglos ha entrado en la liturgia cristiana como premisa ideal de todas nuestras oraciones: «Adiutorium nostrum in nomine Domini, qui fecit caelum et terram», «Nuestro auxilio es el nombre del Señor, que hizo el cielo y la tierra» (v. 8). En particular, el Todopoderoso está de parte de las víctimas y de los perseguidos, «que claman a él día y noche», y «les hará justicia pronto» (cf. Lc 18,7-8).

4. San Agustín hace un comentario articulado de este salmo. En un primer momento, observa que cantan adecuadamente este salmo los «miembros de Cristo que han conseguido la felicidad». Así pues, en particular, «lo han cantado los santos mártires, los cuales, habiendo salido de este mundo, están con Cristo en la alegría, dispuestos a retomar incorruptos los mismos cuerpos que antes eran corruptibles. En vida sufrieron tormentos en el cuerpo, pero en la eternidad estos tormentos se transformarán en adornos de justicia». Y San Agustín habla de los mártires de todos los siglos, también del nuestro.

Sin embargo, en un segundo momento, el Obispo de Hipona nos dice que también nosotros, no sólo los bienaventurados en el cielo, podemos cantar este salmo con esperanza. Afirma: «También a nosotros nos sostiene una segura esperanza, y cantaremos con júbilo. En efecto, para nosotros no son extraños los cantores de este salmo... Por tanto, cantemos todos con un mismo espíritu: tanto los santos que ya poseen la corona, como nosotros, que con el afecto nos unimos en la esperanza a su corona. Juntos deseamos aquella vida que aquí en la tierra no tenemos, pero que no podremos tener jamás si antes no la hemos deseado».

San Agustín vuelve entonces a la primera perspectiva y explica: «Reflexionan los santos en los sufrimientos que han pasado, y desde el lugar de bienaventuranza y de tranquilidad donde ahora se hallan miran el camino recorrido para llegar allá; y, como habría sido difícil conseguir la liberación si no hubiera intervenido la mano del Liberador para socorrerlos, llenos de alegría exclaman: "Si el Señor no hubiera estado de nuestra parte". Así inician su canto. Era tan grande su júbilo, que ni siquiera han dicho de qué habían sido librados» (Esposizione sul Salmo 123,3: Nuova Biblioteca Agostiniana, XXVIII, Roma 1977, p. 65).

[Texto de la Audiencia general del Miércoles 22 de junio de 2005]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 123 es literalmente una plegaria de los «pobres de Yahvé», que todo lo han perdido a excepción de la vida: Hemos salvado la vida como un pájaro de la trampa del cazador. El autor de este salmo tiene muy presente la catástrofe de Jerusalén en el año 587 -nos asaltaban los hombres, nos habrían tragado vivos-, y está muy vivo en su mente el recuerdo, aún reciente, de las humillaciones del destierro. Pero, en medio de tanta dificultad, hay que decir, con todo, que el Señor estuvo de nuestra parte: humillados, sí, pero salvados; pobres ahora y desposeídos de todo, pero escapados de algo aún peor que hubiera podido acontecer. Y esta salvación es obra de Dios: Bendito el Señor, que no nos entregó en presa a sus dientes.

Esta plegaria de los pobres de Yahvé cuadra muy bien con la oración cristiana, sobre todo al final del día. Dios permite, con frecuencia, que las dificultades y angustias de la vida nos hagan experimentar nuestra propia debilidad: «Por fuera, luchas; por dentro, temores; pero Dios, que consuela a los débiles» (2 Co 7,5-6), también, al final, nos saca de nuestras tribulaciones. Por eso, también nosotros, podemos concluir nuestro día dando gracias a Dios con el salmista: El Señor no nos entregó en presa a sus dientes; nuestro auxilio es el nombre del Señor; bendito el Señor.

En la celebración comunitaria es recomendable que este salmo sea, en algunas ocasiones, proclamado por un salmista; si no es posible cantar la antífona propia, la asamblea puede acompañar el salmo cantando las antífonas «En Dios pongo mi esperanza», «La verdad del Señor, mi escudo y salvación» o bien «El auxilio me viene del Señor», sólo el estribillo.

Oración I: Señor Jesús, que anunciaste a tus discípulos que serían odiados por causa de tu nombre, pero que ni un cabello de su cabeza perecería, sin la permisión de tu Padre, haz que nosotros, en medio de las pruebas de esta vida, sintamos la protección de tu Espíritu Santo y nos veamos alentados por su consuelo, de tal forma que, salvados de la trampa del cazador, confesemos siempre que nuestro auxilio es tu nombre, ahora y por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Apártanos, Señor, de la trampa del cazador, que nos asalta y quiere tragarnos vivos; que nuestro auxilio sea tu nombre, para que no caigamos como presa de sus dientes, antes, cubiertos con tus plumas y refugiados, bajo tus alas, podamos bendecirte, viendo cómo la trampa se rompió y nosotros escapamos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 123

Canto de acción de gracias, bajo la impresión del peligro superado.

VV. 1-5. El comienzo es agitado, bajo la fuerte impresión. Las formas irreales de pasado hacen presente la inminencia del castigo; casi dura el estremecimiento del peligro. Las repeticiones indican el uso litúrgico. Las imágenes elementales de fuego y agua son tópicas para simbolizar los peligros graves.

VV. 6-7. Aquí se pronuncia la acción de gracias propiamente dicha; pero vuelve el recuerdo del peligro y de la liberación, en una nueva imagen.

V. 8. Concluye con una profesión general de confianza en Dios. Este verso se utiliza muchas veces en la liturgia como comienzo, por la invocación del Señor.

Para la reflexión del orante cristiano.- La Iglesia, como nuevo Israel, ha de pronunciar este acto de acción de gracias. El Señor le ha prometido la vida y la victoria sobre los enemigos, pero la deja pasar por peligros que le hacen sentir su debilidad humana. En la historia de la Iglesia se vuelve a revelar el Dios salvador.

[L. Alonso Schökel]

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Es un canto de acción de gracias de todo el pueblo. La ocasión no se trasluce claramente en las metáforas de torrentes, fieras, lazos con que designa un levantamiento airado de enemigos. Más que al destierro de los setenta años en Babilonia se aplica a una situación crítica repentina y transitoria, por ejemplo, la de Ne 4,1-9, cuando Sambalat y demás enemigos, irritados por la reconstrucción de la muralla de Jerusalén, se conjuraron para acabar con los judíos. Las dos partes del salmo son: a) reconocimiento de la protección prestada por Yahvé, vv. 1-5; b) bendición a Yahvé con nuevo reconocimiento, vv. 6-8.

VV. 1-5. Estar de parte de uno tiene sentido claro de ayuda, pero indeterminado. El reconocer, con una especie de meditación retrospectiva, el favor recibido de Yahvé, es ya darle gracias. El salmista exhorta al pueblo, que lo diga Israel, a repetir ese reconocimiento. El ataque del enemigo ha tenido que ser un ataque contra la comunidad; pero la frase podría también decirla un particular de sí mismo. En Jeremías, el animal devorador es marino: «el dragón», y se aplica a Babilonia, lo que cuadra con las comparaciones de los vv. 4-5 y con la ocasión supuesta al salmo. De la imagen de ferocidad pasa el poeta a la de fuerza irresistible y avasalladora, que amplifica en dos versículos: nos habrían arrollado las aguas, metáfora frecuentísima de tribulación, con sus sinónimas de torrente y aguas de aluvión, que arrastran cuanto se les opone (Jue 5,21).

VV. 6-8. Aquí encontramos un lenguaje más laudativo, más propio de cántico: alabanza o bendición a Yahvé, a quien en forma perifrástica, es el nombre del Señor, se encomia con el título de hacedor del cielo y la tierra, fundamental en la fe israelita y fundamento firmísimo de la confianza. La trampa se quebró o por sí sola o por los esfuerzos de la presa caída en ella. El salmo termina (v. 8) con una especie de jaculatoria, llena de fe, de confianza en Dios y de alabanza de su omnipotencia creadora, tan repetida por la liturgia cristiana.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO 123

Introducción general

En distintas circunstancias históricas Israel fue asediado por sus enemigos. Si es valedero el encabezamiento del salmo: «Canto gradual», el peregrino que se encamina a Jerusalén ha pasado por diversos peligros naturales o tendidos por los hombres: fieras que devoran, torrentes desbordados, aguas engreídas, cazadores astutos. El peregrino ha podido escapar porque Dios está con él. Su experiencia ya no le pertenece. Ahora es experiencia de todo el pueblo que canta al «Dios-por-él». El salmo tiene dos partes: en la primera (vv. 1-5) se reconoce explícitamente la presencia protectora de Dios, sin la cual el pueblo habría sucumbido repetidas veces. Reconocerlo es alabar a Dios. La segunda (vv. 6-8) tiene una forma directa de alabanza que culmina en la afirmación confesional del v. 8.

Este canto de acción de gracias por haber superado un peligro inminente expresa el agradecimiento de toda la comunidad. Su división en dos partes nos induce a ofrecer una salmodia a dos coros, que se juntan en la confesión final.

Coro 1.º, Presencia protectora de Dios: «Si el Señor no hubiera estado... las aguas espumantes» (vv. 1-5).

Coro 2.º, Alabanza directa a Dios: «Bendito el Señor... se rompió y escaparnos» (vv. 6-7).

Asamblea, Afirmación confesional: «Nuestro auxilio... el cielo y la tierra» (v. 8).

«Si Dios está por nosotros, ¿quién contra nosotros?»

Las aguas embravecidas del Gran Río, el Éufrates, llegaron ciertamente hasta Israel (Is 8,7); el dragón babilónico llenó su vientre con un bocado exquisito; Israel fue cazado como pájaro incauto. Pero este pueblo sabe desde antiguo que Dios está por él. Dios no cerró los oídos a la oración de su pueblo: los ríos no lo anegarán porque Dios está por él. El retorno a la tierra es una muestra del favor de Dios. La gran demostración consiste en que Dios entregó a su propio Hijo por nosotros. La certeza de que Dios está por nosotros nos permite preguntar: «¿Quién contra nosotros?». Ni la tribulación, ni la angustia, ni la persecución, ni el hambre, ni la desnudez, ni los peligros, ni la espada. En todo esto salimos vencedores por Aquel que nos amó (Rm 8,30ss). ¡Gracias sean dadas a Dios por el gran amor con que nos amó!

«No temáis, mi pequeño rebaño»

En Israel, rebaño de Dios, han entrado lobos rapaces. No sólo los compradores, también los vendedores se han enriquecido a costa de las ovejas. En lo sucesivo Dios-Pastor pastoreará a su rebaño. Los acostumbrados a prosperar a costa de los pequeños continuarán poniendo asechanzas al Pueblo de Dios, querrán hacer presa en las ovejas que no les pertenecen. Pero el Pastor, que entregó su vida por las ovejas, ha prometido que estará en medio del rebaño hasta el fin de los siglos. Él es quien nos alienta con su presencia: «No temas, pequeño rebaño», y nos proporciona la razón de nuestra confianza: «A vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino» (Lc 15,32). ¡Bendito sea Dios que no nos entrega en presa a los dientes de los enemigos!

La fuerza del nombre del Señor

En la montaña santa Dios reveló su nombre como instancia salvadora para su pueblo. «Yo soy» envía a Moisés con la única credencial de ser el portador del nombre de Dios. La fuerza de este nombre forma un pueblo, sacado de la tribulación de Egipto (Ex 3,13ss). Cuando el pueblo esté a punto de perder su identidad, la fuerza del nombre de Dios posibilitará aún un futuro (1 R 19). Es la realidad que ahora vive el salmista en medio de un pueblo reconstruido. Después de que Jesús mostrara su «Yo soy», los Apóstoles experimentan el poder salvador de este nombre: «En ningún otro nombre obtiene nadie la salvación; ni a los hombres se nos ha dado bajo el cielo otro nombre por el que tengamos que salvarnos» (Hch 4,12). Todo el que invoque este nombre sacrosanto se salvará.

Resonancias en la vida religiosa

Un pasado incomprensible sin la gracia: No es fácil interpretar nuestro pasado cuando hemos debido sortear tantos peligros y tan variadas situaciones amenazantes. ¡Cuántos han sido los momentos de tentación! Nos ha rondado la posible infidelidad, la incitación a abandonar el camino de nuestra vocación. Nuestra ingenuidad ha podido situarnos ante peligros gravísimos. Y, sin embargo, ¿por qué seguimos fieles al Señor? Porque el Señor ha estado de nuestra parte, manteniendo a través de la historia humana su fidelidad al hombre, Él ha sido nuestra fuerza. Él ha salvado nuestra vida y nos ha liberado de la trampa.

Debemos proclamar que nuestro auxilio es Dios mismo. Su gracia no nos abandona; es la sorprendente presencia que nos mantiene en la buena voluntad. La vida religiosa es inconcebible sin el apoyo silencioso y la gracia superabundante que Dios le concede constantemente.

Oraciones sálmicas

Oración I: Nos has demostrado sobreabundantemente la riqueza de tu gracia generosa, cuando te has puesto, Padre, totalmente de nuestra parte al entregarnos a tu Hijo Jesús; no permitas que nada ni nadie pueda separarnos de ese gran Amor que nos has manifestado en tu Hijo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Pastor de tu rebaño, Tú has prometido que estarás con tu grey hasta el fin de los siglos; aliéntanos con tu presencia, arráncanos el temor a los lobos rapaces y reaviva nuestra confianza en el Padre, a quien le ha parecido bien concedernos el Reino. Tú, Jesús, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Oración III: La fuerza de tu Nombre ha formado, Señor, el Pueblo de tu Iglesia; sabemos que en ningún otro nombre hay salvación bajo la tierra; que nunca cesemos de invocarlo para que nuestra comunidad sea ante el mundo sacramento de salvación. Tú, Jesús, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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