DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 122
El Señor, esperanza del pueblo

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1A ti levanto mis ojos,
a ti que habitas en el cielo.

2Como están los ojos de los esclavos
fijos en las manos de sus señores,
como están los ojos de la esclava
fijos en las manos de su señora,
así están nuestros ojos
en el Señor, Dios nuestro,
esperando su misericordia.

3Misericordia, Señor, misericordia,
que estamos saciados de desprecios;
4nuestra alma está saciada
del sarcasmo de los satisfechos,
del desprecio de los orgullosos.

 

COMENTARIO AL SALMO 122

[Al comienzo del salmo se dice que es un «cántico gradual» o «canción de las subidas» en peregrinación a Jerusalén. La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Oración de los afligidos. El salmo data sin duda de los tiempos siguientes a la vuelta del destierro de Babilonia o de la época de Nehemías, cuando la comunidad renaciente se hallaba expuesta al desprecio y a los ataques de los paganos (cf. Ne 2,19; 3,36). El v. 4 es una adición del período macabeo, quizá bajo la persecución de Antíoco Epífanes. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Ferviente petición del auxilio divino. Amargado por los oprobios de que el pueblo es objeto por parte de los gentiles, pide el salmista a Dios que los haga cesar. Angustiosa deprecación en un momento en que la nación está bajo las exacciones de los enemigos exteriores y, a la vez, los humildes están bajo la opresión de los prepotentes.- «Grito confiado a la misericordia de Dios. Actitud de espera confiada de una limosna. Orar es mirar a Dios con actitud filial y dejarse mirar por él que es nuestro Padre y Dios Amor. Nuestra vida es una mirada al Padre, por Cristo y en el Espíritu» (J. Esquerda Bifet).]

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Plegaria a Dios en la humillación del pueblo

En contraste con el optimismo nacional del salmo anterior está la angustiosa deprecación de éste, en que se refleja una situación de postración general de la nación a causa de las exacciones de enemigos exteriores, o de la situación de la clase humilde y piadosa, oprimida por los prepotentes de la sociedad. Los tiempos posteriores a la repatriación, tras el destierro de Babilonia, fueron particularmente penosos, ya que los pueblos circunvecinos procuraban obstaculizar la reconstrucción de la nación; y, por otra parte, las clases pudientes de la sociedad judía se dejaban llevar por la usura, esquilmando a los pobres y desvalidos. El salmista refleja esta situación humillante y pide a Dios que haga valer su poder para sacarlos de ella.

«Este minúsculo poema es emotivo por la sinceridad y vivacidad de los sentimientos que le animan: sentimientos de dependencia absoluta, pero filialmente confiada ante a Dios; sentimiento de pena por el desprecio y las injurias de los hombres, y deseo ardiente de ser al fin liberado» (J. Calès). Las metáforas son sencillas, pero muy expresivas: el poeta se siente frente a Dios como un esclavo sin defensa, esperándolo todo de su señor. Abundan los paralelismos sinónimos y aun cierta concatenación de ideas, con repeticiones graduales que hacen avanzar el pensamiento. Por razones lexicográficas y por analogía con los salmos anteriores, los comentaristas suponen que el salmo es de la época posterior al exilio, quizá de los tiempos de Nehemías (siglo V a.C.).

Nada en el salmo indica que se trate de un canto compuesto para la peregrinación a Jerusalén, como los anteriores; pero esto no impide que se le utilizara por los peregrinos en momentos de postración nacional. El salmista -desilusionado de todo auxilio humano- acude directamente al Dios que «habita en el cielo», para que intervenga con su poder en favor de los oprimidos. La expresión «Dios del cielo» es frecuente en los escritos de Esdras y Nehemías, y es de origen persa.

Como los esclavos dependen en todo de sus señores y están pendientes de sus órdenes e insinuaciones, esperando de ellos que subvengan a sus necesidades más elementales, así el piadoso lo espera todo de la justicia divina. La situación en que se halla ha llegado al colmo, pues por doquier son desprecios y escarnios de parte de las gentes pudientes, que con toda insolencia conculcan los derechos fundamentales de los pobres. Es lo que se expresa en Job 12,5: «Ante el infortunio, desprecio -dice el satisfecho-».

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
El Señor, esperanza del pueblo

Queridos hermanos y hermanas:

1. Jesús, en el evangelio, afirma con gran fuerza que el ojo es un símbolo que refleja el yo profundo, es un espejo del alma (cf. Mt 6,22-23). Pues bien, el salmo 122, que se acaba de proclamar, incluye un entramado de miradas: el fiel eleva sus ojos hacia el Señor y espera una reacción divina, para captar un gesto de amor, una mirada de benevolencia. También nosotros elevamos nuestra mirada y esperamos un gesto de benevolencia del Señor.

A menudo en el Salterio se habla de la mirada del Altísimo, el cual «observa desde el cielo a los hijos de Adán, para ver si hay alguno sensato que busque a Dios» (Sal 13,2). El salmista, como hemos escuchado, utiliza la imagen del esclavo y de la esclava, que están pendientes de su señor a la espera de una decisión liberadora.

Aunque la escena corresponde a la situación del mundo antiguo y a sus estructuras sociales, la idea es clara y significativa: esa imagen, tomada del mundo del Oriente antiguo, quiere exaltar la adhesión del pobre, la esperanza del oprimido y la disponibilidad del justo con respecto al Señor.

2. El orante espera que las manos divinas se muevan, porque actúan según la justicia, destruyendo el mal. Por eso, en el Salterio el orante a menudo eleva los ojos hacia el Señor poniendo en él su esperanza: «Tengo los ojos puestos en el Señor, porque él saca mis pies de la red» (Sal 24,15), mientras «se me nublan los ojos de tanto aguardar a mi Dios» (Sal 68,4).

El salmo 122 es una súplica en la que la voz de un fiel se une a la de toda la comunidad. En efecto, el Salmo pasa de la primera persona del singular -«A ti levanto mis ojos»- al plural «nuestros ojos» y «Dios mío, ten misericordia de nosotros» (cf. vv. 1-3). Se expresa la esperanza de que las manos del Señor se abran para derramar dones de justicia y libertad. El justo espera que la mirada de Dios se revele en toda su ternura y bondad, como se lee en la antigua bendición sacerdotal del libro de los Números: «Ilumine el Señor su rostro sobre ti y te sea propicio; el Señor te muestre su rostro y te conceda la paz» (Nm 6,25-26).

3. La segunda parte del Salmo, caracterizada por la invocación: «Misericordia, Dios mío, misericordia» (Sal 122,3), muestra cuán importante es la mirada amorosa de Dios. Está en continuidad con el final de la primera parte, donde se reafirma la confianza «en el Señor, Dios nuestro, esperando su misericordia» (v. 2).

Los fieles necesitan una intervención de Dios, porque se encuentran en una situación lamentable de desprecio y burlas por parte de gente prepotente. El salmista utiliza aquí la imagen de la saciedad: «Estamos saciados de desprecios; nuestra alma está saciada del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos» (vv. 3-4).

A la tradicional saciedad bíblica de alimento y de años, considerada un signo de la bendición divina, se opone una intolerable saciedad, constituida por una cantidad exorbitante de humillaciones. Y nos consta que hoy también numerosas naciones, numerosas personas realmente están saciadas de burlas, demasiado saciadas del sarcasmo de los satisfechos, del desprecio de los orgullosos. Pidamos por ellos y ayudemos a estos hermanos nuestros humillados.

Por eso, los justos han puesto su causa en manos del Señor y él no permanece indiferente a esos ojos implorantes, no ignora su invocación, y la nuestra, ni defrauda su esperanza.

4. Al final, demos la palabra a san Ambrosio, el gran arzobispo de Milán, el cual, con el espíritu del salmista, pondera poéticamente la obra que Dios realiza a favor nuestro en Jesús, nuestro Salvador: «Cristo lo es todo para nosotros. Si quieres curar una herida, él es médico; si tienes sed, es fuente; si estás oprimido por la iniquidad, es justicia; si necesitas ayuda, es fuerza; si temes la muerte, es vida; si deseas el cielo, es camino; si huyes de las tinieblas, es luz; si buscas alimento, es comida» (La virginidad, 99: SAEMO, XIV, 2, Milán-Roma 1989, p. 81).

[Texto de la Audiencia general del Miércoles 15 de junio de 2005]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 122 es la oración de un pueblo que se siente postrado. Se trata de Israel que, retornado de la cautividad de Babilonia, sufre, por una parte, las vejaciones de los pueblos vecinos, que impiden la reconstrucción de la nación, y, por otra, el abuso de los pudientes del propio pueblo que, aprovechando la situación, oprimen sin piedad a la clase humilde.

Expresemos con las palabras de este salmo nuestra pobreza personal ante Dios. Que nuestros ojos, humildemente levantados a lo alto, esperen de la misericordia de Dios lo que no obtendrán del orgullo de las fuerzas humanas de los poderosos del mundo: Nuestra alma, Señor, está saciada del desprecio de los orgullosos, por eso nuestros ojos están fijos en ti, Señor, y de ti esperamos la misericordia. ¿Es posible para el hombre una actitud más verdadera ante Dios que la de este salmo?

Oración I: Desde la mañana, Señor Jesucristo, hemos querido que nuestros ojos estuviesen levantados hacia ti en todos los momentos de nuestra jornada; ahora, al llegar al umbral de la noche, te suplicamos que los ilumines, por tu misericordia, para que podamos continuar contemplándote en la fe, en medio de la oscuridad de un mundo satisfecho y orgulloso. Tú, que eres la luz del mundo y vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: A ti levantamos nuestros ojos, Señor que habitas en el cielo; ten piedad de nosotros y fortalece nuestra pequeñez, pues nos sentimos descorazonados ante el desprecio de los orgullosos. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 122

Breve e intensa súplica, llena de expectación y confianza. Parece ser que a un solista responde la asamblea.

V. 1. El gesto de los ojos expresa la elevación de todo el hombre: aquí es gesto de expectación.

V. 2. El hombre, como siervo de Dios, lo espera todo de la mano del Señor: pero no espera la paga, sino la misericordia.

V. 3. La asamblea recoge la última palabra, y la repite apasionadamente.

VV. 3-4. Describe brevemente la situación del pueblo o del grupo de fieles.

[L. Alonso Schökel]

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El salmo 122 es una oración lamentativa mixta, condensada en el gesto de los ojos alzados al cielo. La inicia un solista, al que responde la comunidad, Israel, recién repatriada de Babilonia bajo la égida de Nehemías, sometida a las injurias y desprecios de los samaritanos circunvecinos (Ne 4,3.9). Sea esta u otra la ocasión y Nehemías u otro su autor, las circunstancias adversas eran aptas para esta oración. Comprende dos partes: a) la oración individual, v. 1; b) la oración comunitaria, vv. 2-4.

V. 1. La actitud del orante es de súplica esperanzada, como la del salmo 120,1-2: «Levanto mis ojos a los montes: ¿de dónde me vendrá el auxilio? El auxilio me viene del Señor, que hizo el cielo y la tierra». Pero allí, salmo 120, los ojos se alzaban para orar; aquí, salmo 122, los tiene alzados hace tiempo (trad. «Alzados tengo mis ojos a ti»); allí los alzaba a los montes, donde Dios asienta su morada terrena; aquí los tiene alzados al mismo Dios, que habita en los cielos. Así subraya su trascendencia y omnipotencia. Aquí y allí la misma fe en la presencia de Yahvé, la misma esperanza en su auxilio, pero todo más espiritualizado aquí, como ya notó San Jerónimo. Jesucristo levantará también los ojos, dirigiéndose al Padre (Jn 17,1). El orante del salmo 122 no formula petición alguna; lo hará después con la comunidad.

VV. 2-4. La oración comunitaria, con su delicada comparación, presenta a Israel aguardando ansioso la divina misericordia. Los ojos de los siervos y los de la esclava propiamente están atentos a las órdenes que les den para ejecutarlas fielmente; pero aquí la comparación restringe la imagen a la atención respetuosa y humilde: su fin no es la obediencia pronta, sino la espera en el auxilio compasivo de Dios. No deja de impresionar suave y eficazmente la mención de los siervos y la esclava, que simbolizan a la comunidad orante ante Yahvé. El clímax Misericordia de nosotros se repite con instante sencillez. El lamento final, en realidad, es uno solo: las continuas burlas de los enemigos.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO 122

Introducción general

La catástrofe del año 587, el destierro babilónico, los primeros días del retorno a casa con las dificultades inherentes o la súplica de los judíos de la diáspora en medio de extranjeros enemigos, pudieron ser buenas ocasiones para la composición de este delicioso salmo. Donde quiera que haya humildes y piadosos que sufren la vejación de los libertinos y mundanos, puede entonarse la presente lamentación colectiva. El salmo es «emotivo por la sinceridad y vivacidad de los sentimientos que le animan: sentimientos de dependencia absoluta, pero filialmente confiada frente a Dios; sentimientos de pena por el desprecio y las injurias de los hombres, y deseo ardiente de ser al fin liberado» (J. Calès).

El salmo se abre con la súplica de un individuo, cuyo destino está inseparablemente unido al de la comunidad. Por ello, a la oración del singular sigue la oración de la asamblea. Proponemos esta salmodia:

Presidente, Súplica individual: «A ti levanto... habitas en el cielo» (v. 1).

Asamblea, Lamentación colectiva: «Como están los ojos... del desprecio de los orgullosos» (vv. 2-4).

«Padre, me pongo en tus manos»

Dirigir la mirada al cielo es reconocer que Dios se enseñorea sobre los acontecimientos humanos. Nuestro Dios está en los cielos, cuanto quiere lo hace. No es insensato dirigir la mirada a nuestro Padre que está en los cielos. Jesús adoptó frecuentemente esa actitud: antes de saciar a la humanidad hambrienta miró al cielo, antes de resucitar a Lázaro miró al cielo, llegada su hora, en la Última Cena, alzó los ojos al cielo; llegada la hora nona, estando en la cruz, cuando el día comenzaba a envejecer y el odio enemigo cubría la tierra, no se contenta con mirar, sino que traduce en palabras su gesto: «Dios mío, Dios mío, por qué me has abandonado». Es el momento en que Jesús pone su vida en las manos del Padre. Los cristianos sabemos que el Padre se preocupa de nosotros mucho más que de un gorrión o de un lirio del campo. Siguiendo el ejemplo del Señor, levantemos los ojos a Dios, que habita en el cielo; confiadamente nos ponemos en las manos del Padre.

El estatuto del esclavo

El esclavo, en la sociedad israelita, tiene un puesto en la familia: puede llegar a ser el hombre de confianza y heredero (Gn 24,2; 15,3). Depender de la voluntad de Dios es un honor y una exigencia que dimana de la Alianza. Se expresa en el servicio cultual y, sobre todo, en la obediencia. Como los servidores, siervos o esclavos del Antiguo Testamento, Jesús vive en una necesaria dependencia de la voluntad del Padre, tras la cual se oculta un amor inconmensurable a Dios y a los hombres. Los nuevos servidores de la casa del Padre han pasado de la esclavitud al servicio de Cristo, que es libertad. Puestos al servicio del Evangelio, lo hacen con humildad, y si es preciso con lágrimas en medio de las pruebas. Pero están seguros de participar en el gozo de su Señor.

El sarcasmo de Epulón

Ya el primer profeta escritor, Amós, levantó su voz airada contra la venalidad de la justicia y contra la codicia de los grandes. Los ricos medran a costa de los pobres, de los humildes. Dios no permanece indiferente ante el clamor del pobre: zarandeará a la casa de Israel entre todas las naciones. Ni aun así han aprendido los poderosos de este mundo. Aún hay muchos fariseos amigos de las riquezas. En vano mendigará Lázaro unas migajas de pan. Le acompañarán los perros. Epulón no repara en esas nimiedades: harto tiene con vestir finamente y banquetear espléndidamente (Lc 19,19ss). No ha comprendido que no se puede servir a Dios y al dinero. No advierten, para su desgracia, que la herrumbre corroe sus riquezas y testimoniará contra ellos. Quienes sufren el sarcasmo de los satisfechos han de saber que Dios escogió a los pobres de este mundo para hacerles ricos en la fe y herederos de su reino.

Resonancias en la vida religiosa

Raza de humillados y despreciados: Son ellos nuestros compañeros naturales, nuestro lugar social. Como religiosos hemos optado por la pobreza, la sencillez, la no ostentación; pretendemos con ello ser fieles al camino que Jesús imperturbablemente siguió hasta morir humillado y despreciado. Sin embargo, no es ésta ninguna situación placentera, agradable. En ella vemos conculcados nuestros derechos más sagrados y herida nuestra dignidad humana, solidaria con tantos otros hombres que se encuentran por necesidad en ella. En ocasiones podemos encontrarnos al borde de nuestra capacidad.

En tal situación levantamos los ojos a nuestro Dios para que condescienda hasta nuestra situación. Él tiene entrañas de misericordia, como una madre que no olvida a su hijo entrañable. Fijemos en Dios nuestros ojos, haciendo de Él el objetivo de nuestras esperanzas. Cuando Él nos manifieste su gracia benevolente, a nosotros, pobres y desvalidos, veremos cómo se inicia la bienaventuranza de la irreversible transformación y victoria final.

Oraciones sálmicas

Oración I: Hacia ti, Padre, elevamos nuestros ojos, como Jesús, para reconocer que todas nuestras obras nos las realizas Tú; que pongamos toda nuestra vida en tus manos y que no nos reservemos nada. ¡Sólo en ti confiamos! Amén.

Oración II: Aunque somos tus siervos inútiles, acoge, Señor, la obediencia de nuestra voluntad a tu querer y el deseo de amarte sin medida; ten misericordia de nuestra debilidad y haz resplandecer tu obra ante el desprecio de los orgullosos. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Oh Dios, que no permaneces indiferente ante el clamor del pobre; no dejes que caigamos en la trampa de querer servirte a ti y al dinero; concédenos el don de la pobreza para quedar enriquecidos con tu propia riqueza. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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