DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 117
Himno de acción de gracias después de la victoria

.

 

[¡Aleluya!]
1Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

2Diga la casa de Israel:
eterna es su misericordia.

3Diga la casa de Aarón:
eterna es su misericordia.

4Digan los fieles del Señor:
eterna es su misericordia.

5En el peligro grité al Señor,
y me escuchó, poniéndome a salvo.

6El Señor está conmigo: no temo;
¿qué podrá hacerme el hombre?
7El Señor está conmigo y me auxilia,
veré la derrota de mis adversarios.

8Mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los hombres,
9mejor es refugiarse en el Señor
que fiarse de los jefes.

10Todos los pueblos me rodeaban,
en el nombre del Señor los rechacé;
11me rodeaban cerrando el cerco,
en el nombre del Señor los rechacé;
12me rodeaban como avispas,
ardiendo como fuego en las zarzas,
en el nombre del Señor los rechacé.

13Empujaban y empujaban para derribarme,
pero el Señor me ayudó;
14el Señor es mi fuerza y mi energía,
él es mi salvación.

15Escuchad: hay cantos de victoria
en las tiendas de los justos:
«La diestra del Señor es poderosa,
16la diestra del Señor es excelsa,
la diestra del Señor es poderosa».

17No he de morir, viviré
para contar las hazañas del Señor.
18Me castigó, me castigó el Señor,
pero no me entregó a la muerte.

19Abridme las puertas del triunfo,
y entraré para dar gracias al Señor.

20- Esta es la puerta del Señor:
los vencedores entrarán por ella.

21- Te doy gracias porque me escuchaste
y fuiste mi salvación.

22La piedra que desecharon los arquitectos
es ahora la piedra angular.
23Es el Señor quien lo ha hecho,
ha sido un milagro patente.

24Éste es el día en que actuó el Señor:
sea nuestra alegría y nuestro gozo.
25Señor, danos la salvación;
Señor, danos prosperidad.

26- Bendito el que viene en nombre del Señor,
os bendecimos desde la casa del Señor;
27el Señor es Dios, él nos ilumina.

- Ordenad una procesión con ramos
hasta los ángulos del altar.

28Tú eres mi Dios, te doy gracias;
Dios mío, yo te ensalzo.

29Dad gracias al Señor porque es bueno,
porque es eterna su misericordia.

 

[La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de En la fiesta de las Tiendas. Un invitatorio, vv. 1-4, precede al himno de acción de gracias puesto en labios de la comunidad personificada, completado con la serie de responsorios, vv. 19s y 25s, recitados por diversos grupos cuando la procesión entraba en el Templo. El conjunto se utilizó quizá para la fiesta descrita en Ne 8,13-18. En la tradición cristiana, el v. 24 se aplica al día de la resurrección de Cristo y se utiliza en la liturgia pascual. A la aclamación ritual del v. 25, los sacerdotes respondían con la bendición del v. 26, que la muchedumbre repitió el día de Ramos aplicándola a Jesús, y que ha entrado en el Santo de la misa. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Canto triunfal. El poeta, librado por Dios de grave peligro, canta el poder y la misericordia de Dios para con él, y muestra firme confianza en su protección. O tal vez: himno de acción de gracias por una victoria sobre los enemigos de Israel. Estilo procesional, con intervención de sacerdotes, laicos y prosélitos.--

Con ocasión de una gran solemnidad pública, el salmista entona un himno de acción de gracias por una victoria recientemente obtenida contra los enemigos de Israel. La distribución estrófica tiene un aire procesional, y parece que intervienen todos los estamentos de la sociedad israelita: los sacerdotes, los laicos y aun los prosélitos o adheridos al culto del pueblo escogido. Desde el punto de vista literario se debe notar el aire antifonal del salmo: una voz recita un verso, y el coro responde con una letanía de frases rimadas en consonancia con la idea principal expuesta por el solista que dirige el coro.

Este salmo es el último del grupo aleluyático («Gran Hallel») y rezuma un profundo sentido eucarístico, de acción de gracias. El salmista habla en nombre de la nación (v 10): Yahvé ha liberado milagrosamente al pueblo de un gran peligro nacional, y el poeta, recogiendo el sentir colectivo, expresa, durante una procesión al templo para ofrecer las víctimas eucarísticas, los sentimientos de gratitud hacia el Dios nacional.

Organizada la procesión (vv. 1-14), un salmista invita a todos los componentes del pueblo elegido a cantar los beneficios de su Dios. El pueblo responde: «porque es eterna su misericordia». Después el director de coro se dirige a cada uno de los estamentos de la sociedad israelita: a la casa de Israel, es decir, la representación del elemento laico de la teocracia israelita. El pueblo contesta con el estribillo anterior. A continuación se dirige el salmista a la clase sacerdotal -la casa de Aarón-, y el coro general contesta con el mismo estribillo. Finalmente, el salmista se dirige a los temerosos de Yahvé -los espíritus religiosos más selectos o quizá los «prosélitos» adheridos al culto yahvista, aunque de procedencia gentílica-, y el coro sigue repitiendo el refrán que ensalza la misericordia de su Dios.

A continuación (v. 5ss) el salmista declara cómo Yahvé ha mostrado su misericordia con él -habla en nombre de la colectividad nacional-, pues le ha liberado de una situación angustiosa. En realidad, teniendo a su favor a Yahvé, nada puede temer de sus enemigos. Los auxilios humanos son insuficientes y aun falaces; por eso, sólo debe confiarse en Yahvé, que no engaña y es omnipotente.

Después de la victoria sobre los obstinados enemigos (vv. 15-29), los israelitas, agradecidos, entonan himnos jubilosos de triunfo, pues se ha manifestado la diestra poderosa de Yahvé como en los tiempos antiguos. La estructura procesional parece mantenerse en la repetición del estribillo: «la diestra del Señor es poderosa». El pueblo entra solemnemente en el templo de Jerusalén y canta las nuevas gestas de su Dios, no inferiores a las del Éxodo.

Una vez llegados al umbral del recinto sagrado, una voz pide que se abran las puertas del templo, que representan la justicia; ellas guardan al Dios justo, y en su morada santa se muestra su espíritu de justicia para con su pueblo. Los guardianes del templo declaran que ésta es la puerta del Señor (v. 20). Por eso, por ella deben entrar sólo los justos, que conforman su vida a las exigencias de la ley divina. De nuevo una voz declara el motivo de la actual exultación colectiva: el pueblo de Dios, minúsculo en apariencia, ha sido despreciado por los grandes imperios, pero ahora se ha convertido, según los planes divinos, en piedra angular del edificio de todas las naciones (v. 22). Israel es, en efecto, la piedra angular en el edificio de la salvación de la humanidad, pues es el vehículo de transmisión de los designios salvadores de Dios en la historia. Jesucristo se aplicó este texto a sí mismo, pues las clases dirigentes de Israel no le han querido reconocer como Mesías, cuando es la piedra angular del mesianismo (Mt 21,42). En efecto, Cristo es el punto de conjunción del Israel de las promesas y el de las realizaciones mesiánicas universalistas. El salmista, entusiasmado ante los destinos de Israel, dice: Es el Señor quien lo ha hecho. Este día de la liberación de Israel es el día en que actuó el Señor.

Al hacer su entrada en el templo el presidente del cortejo procesional, una voz proclama enfáticamente: ¡Bendito el que viene en el nombre del Señor! Las turbas de Jerusalén saludarán con estas mismas palabras a Jesús al entrar triunfante en la ciudad santa.

Finalmente, se invita a todo el pueblo a desplegarse procesionalmente en el templo con los ramos en las manos. El salmo se cierra con la antífona inicial repetida por el pueblo: Dad gracias al Señor porque es bueno...

La distribución coral y procesional de las distintas partes del salmo parece necesaria para poder entender los cambios de personas y de ideas del mismo.-- Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Cuando el cristiano, en sintonía con la voz orante de Israel, canta el salmo 117, experimenta en su interior una emoción particular. En efecto, encuentra en este himno, de intensa índole litúrgica, dos frases que resonarán dentro del Nuevo Testamento con una nueva tonalidad. La primera se halla en el versículo 22: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Jesús cita esta frase, aplicándola a su misión de muerte y de gloria, después de narrar la parábola de los viñadores homicidas (cf. Mt 21,42). También la recoge san Pedro en los Hechos de los Apóstoles: «Este Jesús es la piedra que vosotros, los constructores, habéis desechado y que se ha convertido en piedra angular. Porque no hay bajo el cielo otro nombre dado a los hombres por el que nosotros debamos salvarnos» (Hch 4,11-12). San Cirilo de Jerusalén comenta: «Afirmamos que el Señor Jesucristo es uno solo, para que la filiación sea única; afirmamos que es uno solo, para que no pienses que existe otro (...). En efecto, le llamamos piedra, no inanimada ni cortada por manos humanas, sino piedra angular, porque quien crea en ella no quedará defraudado» (Le Catechesi, Roma 1993, pp. 312-313).

La segunda frase que el Nuevo Testamento toma del salmo 117 es la que cantaba la muchedumbre en la solemne entrada mesiánica de Cristo en Jerusalén: «¡Bendito el que viene en nombre del Señor!» (Mt 21,9; cf. Sal 117,26). La aclamación está enmarcada por un «Hosanna» que recoge la invocación hebrea hoshia' na': «sálvanos».

2. Este espléndido himno bíblico está incluido en la pequeña colección de salmos, del 112 al 117, llamada el «Hallel pascual», es decir, la alabanza sálmica usada en el culto judío para la Pascua y también para las principales solemnidades del Año litúrgico. Puede considerarse que el hilo conductor del salmo 117 es el rito procesional, marcado tal vez por cantos para el solista y para el coro, que tiene como telón de fondo la ciudad santa y su templo. Una hermosa antífona abre y cierra el texto: «Dad gracias al Señor porque es bueno, porque es eterna su misericordia» (vv. 1 y 29).

La palabra «misericordia» traduce la palabra hebrea hesed, que designa la fidelidad generosa de Dios para con su pueblo aliado y amigo. Esta fidelidad la cantan tres clases de personas: todo Israel, la «casa de Aarón», es decir, los sacerdotes, y «los que temen a Dios», una expresión que se refiere a los fieles y sucesivamente también a los prosélitos, es decir, a los miembros de las demás naciones deseosos de aceptar la ley del Señor (cf. vv. 2-4).

3. La procesión parece desarrollarse por las calles de Jerusalén, porque se habla de las «tiendas de los justos» (v. 15). En cualquier caso, se eleva un himno de acción de gracias (cf. vv. 5-18), que contiene un mensaje esencial: incluso cuando nos embarga la angustia, debemos mantener enarbolada la antorcha de la confianza, porque la mano poderosa del Señor lleva a sus fieles a la victoria sobre el mal y a la salvación.

El poeta sagrado usa imágenes fuertes y expresivas: a los adversarios crueles se los compara con un enjambre de avispas o con un frente de fuego que avanza reduciéndolo todo a cenizas (cf. v. 12). Pero la reacción del justo, sostenido por el Señor, es vehemente. Tres veces repite: «En el nombre del Señor los rechacé» y el verbo hebreo pone de relieve una intervención destructora con respecto al mal (cf. vv. 10-12). En efecto, en su raíz se halla la diestra poderosa de Dios, es decir, su obra eficaz, y no ciertamente la mano débil e incierta del hombre. Por esto, la alegría por la victoria sobre el mal desemboca en una profesión de fe muy sugestiva: «el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación» (v. 14).

4. La procesión parece haber llegado al templo, a las «puertas del triunfo» (v. 19), es decir, a la puerta santa de Sión. Aquí se entona un segundo canto de acción de gracias, que se abre con un diálogo entre la asamblea y los sacerdotes para ser admitidos en el culto. «Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor», dice el solista en nombre de la asamblea procesional. «Esta es la puerta del Señor: los vencedores entrarán por ella» (v. 20), responden otros, probablemente los sacerdotes.

Una vez que han entrado, pueden cantar el himno de acción de gracias al Señor, que en el templo se ofrece como «piedra» estable y segura sobre la que se puede edificar la casa de la vida (cf. Mt 7,24-25). Una bendición sacerdotal desciende sobre los fieles, que han entrado en el templo para expresar su fe, elevar su oración y celebrar su culto.

5. La última escena que se abre ante nuestros ojos es un rito gozoso de danzas sagradas, acompañadas por un festivo agitar de ramos: «Ordenad una procesión con ramos hasta los ángulos del altar» (v. 27). La liturgia es alegría, encuentro de fiesta, expresión de toda la existencia que alaba al Señor. El rito de los ramos hace pensar en la solemnidad judía de los Tabernáculos, memoria de la peregrinación de Israel por el desierto, solemnidad en la que se realizaba una procesión con ramos de palma, mirto y sauce.

Este mismo rito evocado por el salmo se vuelve a proponer al cristiano en la entrada de Jesús en Jerusalén, celebrada en la liturgia del domingo de Ramos. Cristo es aclamado como «hijo de David» (Mt 21,9) por la muchedumbre que «había llegado para la fiesta (...). Tomaron ramas de palmera y salieron a su encuentro gritando: Hosanna, Bendito el que viene en nombre del Señor, el Rey de Israel» (Jn 12,12-13). En esa celebración festiva que, sin embargo, prepara a la hora de la pasión y muerte de Jesús, se realiza y comprende en sentido pleno también el símbolo de la piedra angular, propuesto al inicio, adquiriendo un valor glorioso y pascual.

El salmo 117 estimula a los cristianos a reconocer en el evento pascual de Jesús «el día en que actuó el Señor», en el que «la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular». Así pues, con el salmo pueden cantar llenos de gratitud: «el Señor es mi fuerza y mi energía, él es mi salvación» (v. 14). «Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo» (v. 24).

[Audiencia general del Miércoles 5 de diciembre de 2001]

Himno de acción de gracias
después de la victoria

1. En todas las festividades más significativas y alegres del antiguo judaísmo, especialmente en la celebración de la Pascua, se cantaba la secuencia de salmos que va del 112 al 117. Esta serie de himnos de alabanza y de acción de gracias a Dios se llamaba el «Hallel egipcio», porque en uno de ellos, el salmo 113 A, se evocaban de un modo poético, muy gráfico, el éxodo de Israel de la tierra de la opresión, el Egipto faraónico, y el maravilloso don de la alianza divina. Pues bien, el salmo con el que se concluye este «Hallel egipcio» es precisamente el salmo 117, que se acaba de proclamar y que ya hemos meditado en un comentario anterior.

2. Este canto revela claramente un uso litúrgico en el interior del templo de Jerusalén. En efecto, en su trama parece desarrollarse una procesión, que comienza entre las «tiendas de los justos» (v. 15), es decir, en las casas de los fieles. Estos exaltan la protección de la mano de Dios, capaz de tutelar a los rectos, a los que confían en él incluso cuando irrumpen adversarios crueles. La imagen que usa el salmista es expresiva: «Me rodeaban como avispas, ardiendo como fuego en las zarzas; en el nombre del Señor los rechacé» (v. 12).

Al ser liberado de ese peligro, el pueblo de Dios prorrumpe en «cantos de victoria» (v. 15) en honor de la «poderosa diestra del Señor» (cf. v. 16), que ha obrado maravillas. Por consiguiente, los fieles son conscientes de que nunca están solos, a merced de la tempestad desencadenada por los malvados. En verdad, Dios tiene siempre la última palabra; aunque permite la prueba de su fiel, no lo entrega a la muerte (cf. v. 18).

3. En este momento parece que la procesión llega a la meta evocada por el salmista mediante la imagen de la «puerta de la justicia» (v. 19), es decir, la puerta santa del templo de Sión. La procesión acompaña al héroe al que Dios ha dado la victoria. Pide que se le abran las puertas, para poder «dar gracias al Señor» (v. 19). Con él «entran los justos» (v. 20). Para expresar la dura prueba que ha superado y la glorificación que ha tenido como consecuencia, se compara a sí mismo a la «piedra que desecharon los arquitectos», transformada luego en «la piedra angular» (v. 22).

Cristo utilizará precisamente esta imagen y este versículo, al final de la parábola de los viñadores homicidas, para anunciar su pasión y su glorificación (cf. Mt 21,42).

4. Aplicándose el salmo a sí mismo, Cristo abre el camino a una interpretación cristiana de este himno de confianza y de acción de gracias al Señor por su hesed, es decir, por su fidelidad amorosa, que se refleja en todo el salmo (cf. Sal 117,1.2.3.4.29).

Los símbolos adoptados por los Padres de la Iglesia son dos. Ante todo, el de «puerta de la justicia», que san Clemente Romano, en su Carta a los Corintios, comentaba así: «Siendo muchas las puertas que están abiertas, ésta es la puerta de la justicia, a saber: la que se abre en Cristo. Bienaventurados todos los que por ella entraren y enderezaren sus pasos en santidad y justicia, cumpliendo todas las cosas sin perturbación» (48, 4: Padres Apostólicos, BAC, Madrid 1993, p. 222).

5. El otro símbolo, unido al anterior, es precisamente el de la piedra. En nuestra meditación sobre este punto nos dejaremos guiar por san Ambrosio, el cual, en su Exposición sobre el evangelio según san Lucas, comentando la profesión de fe de Pedro en Cesarea de Filipo, recuerda que «Cristo es la piedra» y que «también a su discípulo Cristo le otorgó este hermoso nombre, de modo que también él sea Pedro, para que de la piedra le venga la solidez de la perseverancia, la firmeza de la fe».

San Ambrosio introduce entonces la exhortación: «Esfuérzate por ser tú también piedra. Pero para ello no busques fuera de ti, sino en tu interior, la piedra. Tu piedra son tus acciones; tu piedra es tu pensamiento. Sobre esta piedra se construye tu casa, para que no sea zarandeada por ninguna tempestad de los espíritus del mal. Si eres piedra, estarás dentro de la Iglesia, porque la Iglesia está asentada sobre piedra. Si estás dentro de la Iglesia, las puertas del infierno no prevalecerán contra ti» (VI, 97-99: Opere esegetiche IX/II, Milán-Roma 1978, SAEMO 12, p. 85).

[Audiencia general del Miércoles 12 de febrero de 2003]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 117 evoca la historia de la victoria de un rey e incluye una liturgia de acción de gracias. Un personaje importante -probablemente, el rey o el pueblo entero, personificado en este personaje- ha tenido que librar una fuerte batalla contra el enemigo. El combate ha sido recio y el peligro grande; la misma vida ha estado en trance: Todos los pueblos me rodeaban, cerrando el cerco; me rodeaban como avispas y empujaban para derribarme. Ante tales dificultades, se acudió al Señor, y el Señor mostró su poder: En el peligro grité al Señor. El Señor me castigó, pero no me entregó a la muerte, me escuchó.

Por ello se celebra esta fiesta de acción de gracias, esta procesión jubilosa al templo, que constituye el segundo tema del salmo. Todo el pueblo se dirige al templo con cantos de acción de gracias. El Señor manifiesta realmente su poder en la guerra: Éste es el día en que actuó el Señor; dad, pues, gracias al Señor, porque es eterna su misericordia. Al son de estos cantos de acción de gracias, la procesión llega al templo, para celebrar una liturgia de acción de gracias: Abridme las puertas del triunfo (del templo), y entraré para dar gracias al Señor. Israel era, ciertamente, insignificante ante el poder de los enemigos, pero la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular. Dios ha bendecido con la victoria al débil, y por ello los sacerdotes, desde el templo, repiten esta bendición sobre la procesión que avanza: Bendito el que viene en nombre del Señor.

Para los cristianos, esta lucha y esta victoria evocan el misterio pascual de Jesús, luchando en la pasión y triunfando en la resurrección. El Señor mismo, a las puertas de su muerte, aplicó este salmo a su persona: «¿No habéis leído nunca en la Escritura: "La piedra que desecharon los arquitectos..."?» (Mt 21, 42). Las turbas aplicaron a Jesús este canto en el domingo de ramos: «Bendito el que viene en nombre del Señor» (Mt 21, 9). Los apóstoles, en su predicación, confirmaron esta interpretación (cf. Hch 4,11; cf. 1 Pe 2,4).

No es extraño, pues, que en todas las liturgias este salmo haya venido a ser un salmo dominical y pascual. A nosotros, recitado en la primera hora del domingo, debe invitarnos a una oración contemplativa del triunfo pascual y a la acción de gracias por el mismo. El salmo nos evoca la voz del Señor en la lucha de su pasión: «Todos los pueblos me rodeaban, cerrando el cerco; me rodeaban como avispas y empujaban para derribarme, pero acudí con lágrimas y súplicas al Padre (Hb 5,7), y el Señor, si bien me castigó en la cruz, cargando sobre mí el pecado del mundo, no me entregó a la muerte definitiva, y me escuchó». Por eso, el domingo resuena en todas las comunidades cristianas con cantos de victoria y acción de gracias. Escuchad, hay cantos de victoria: «La diestra del Señor es poderosa». No he de morir, viviré; porque el Señor, cual vencedor, sube al templo, a su gloria, a dar gracias al Padre -abridme las puertas del triunfo, ordenad una procesión con ramos, que la piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular-; y la Iglesia, con Cristo, evoca este triunfo y se une a esta acción de gracias.

Es recomendable que la recitación de este salmo sea distribuida entre diversos lectores, que representen a los diversos personajes que intervienen en él: «el rey», «el cronista», «los levitas» del templo, «el pueblo». Sólo así se logrará dar a este salmo todo su realismo, sólo así se llevará a los que celebran las Laudes dominicales a la contemplación gozosa de la resurrección.

Es conveniente que las partes del salmo correspondientes al pueblo sean cantadas; para ello se pueden usar las estrofas «Dad gracias al Señor» y «Éste es el día en que actuó el Señor» de la célebre melodía del salmo de M. Manzano.

Oración I: Señor, tú que nos has dado en el domingo un día de gozo exultante, porque en él Cristo Jesús, la piedra que desecharon los arquitectos, ha venido a ser la piedra angular del edificio espiritual, concede a nuestras asambleas cristianas celebrar cada domingo, con cantos de victoria, el triunfo singular de tu Hijo resucitado. Que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Dios Padre, lleno de bondad, que en este día del domingo quieres que se escuchen cantos de victoria en las tiendas de los justos, haz que la Iglesia, unida al triunfo de tu Hijo, sea para todos los hombres piedra angular y puerta de triunfo: para que el mundo, cimentado sobre esta piedra, tenga también parte, con tu pueblo, en la victoria de Cristo sobre el dolor y la muerte. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

* * *

NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

El salmo 117 es una liturgia de acción de gracias. Un individuo importante -quizá el rey- viene a dar gracias. Lo recibe el coro entonando por grupos la fórmula clásica del género «eterna es su misericordia». El personaje cuenta su liberación, que el coro interrumpe con un estribillo de canto de victoria. El personaje llega a la puerta, donde se desarrolla un breve diálogo. El coro canta y avanza en procesión hacia el altar.

V. 1: Es el estribillo, frecuente en los salmos. Va saltando de grupo en grupo. La indicación «diga la casa de...» bien pudiera ser una rúbrica, que vale para el resto de la ceremonia.

V. 5: Comienza la narración, en términos genéricos.

VV. 6-7: La experiencia pasada se trasforma en enunciado presente, lleno de confianza. Es de notar el estilo de repeticiones.

VV. 8-9: El enunciado vale como profesión y como testimonio y como enseñanza para la asamblea. A la «bondad» de Dios responde este «bien», a la misericordia responde el refugiarse (hasdô-hasôt).

VV. 10-14: El peligro se especifica un poco: se trata de un ataque de enemigos; puede ser una guerra vencida, o puede ser simple imagen tópica. Continúa el estilo de repeticiones.

V. 14: Este verso resume la experiencia del salmista: victoria, salvación. Es una cita de un canto de victoria: lo encontramos en el cántico de Moisés Ex 15, y en la imitación de Is 12,2.

VV. 15-16: El coro responde comentando, también en grupos, ese verso de un canto de victoria.

VV. 17-18: El personaje concluye su narración, refiriéndose genéricamente a un peligro de muerte: puede tratarse de una enfermedad grave, o de una imagen frecuente.

VV. 19-21: El personaje llega a la puerta del santuario y pide entrada. Los clérigos que la guardan exponen las condiciones: «triunfo-vencedores» también podría traducirse «justicia-justos», pero sufriría el contexto. El personaje responde repitiendo la mitad del verso de victoria, que le da derecho a entrar por la puerta de los vencedores, para dar gracias a Dios.

VV. 22-24: Toma la palabra el coro, para celebrar la victoria realizada por Dios. La imagen de la piedra angular o clave quizás haya sido sugerida por la puerta: su sentido sería la liberación y victoria y exaltación del hombre que había sido desechado. Este cambio no es obra humana, sino «milagro patente» de Dios, manifestación activa. El día de esta victoria es uno de esos «días del Señor» en que Dios actúa a favor de su pueblo o del oprimido: día de castigo para el opresor, de gozo y alegría para los que aman a Dios.

V. 25: El coro añade la invocación del Hosanna (=sálvanos).

V. 26: El coro se dirige al personaje que avanza ya por el templo invocando al Señor, «en nombre del Señor».

V. 27: Después se dirige a los grupos de fieles, para que se ponga en marcha la procesión solemne.

VV. 28-28: Durante esta procesión se cantan los estribillos, alternando el personaje central, v. 28, con los coros, v. 29. Quizá este estribillo salte antifonalmente de grupo a grupo, como indica la notación ritual del comienzo.

Para la reflexión del orante cristiano.- Esta magnífica liturgia de acción de gracias ha sido genérica en sus explicaciones: habla de peligros, de ataques enemigos, de liberación de la muerte. Pero es muy clara en su tema central: victoria de Dios, día en que actúa Dios, milagro patente. Y también es explícita la participación gozosa de toda la asamblea. Si queremos llenar de sentido este salmo, tenemos que pensar con la liturgia cristiana en la gran victoria sobre los enemigos y la muerte, en el gran día en que actuó el Señor: en la resurrección de Cristo. Este es el milagro de los milagros, y la victoria de las victorias, cuando Cristo desechado se convierte en piedra angular (Mt 21,42; Hch 4,11). Este es el día de los días, que ordena todo el ciclo del año, y que conmemoramos cada semana como «día del Señor» o «dies dominicus» (domingo). Por eso se reza este salmo en el oficio dominical, como salmo de resurrección. Cristo resucitado encabeza la procesión de la humanidad para dar gracias al Padre, para hacer a todos partícipes de su gozo y de su propia victoria.

[L. Alonso Schökel]

* * *

MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

El salmo 117 es una liturgia de acción de gracias en la que participa el rey, los sacerdotes, los levitas y el pueblo. El protagonista es el rey. Sin embargo, para entender el salmo hay que tener en cuenta que su composición data del período post-exílico, cuando ya ha desaparecido la monarquía. En realidad es Israel quien habla en el curso de un sacrificio de acción de gracias especialmente solemne, con motivo de la fiesta de los Tabernáculos.

La alianza es el motivo fundamental de la alabanza sálmica. Las proezas y maravillas de Dios vienen de antiguo, desde los días del Éxodo, y se extienden al momento presente, en el que Israel ha escapado de la muerte. El futuro mesiánico es una realidad esperanzada, cuya prenda es la alianza. El héroe regio es un símbolo del Israel teológico, como nuevo Moisés o nuevo David es el rey mesiánico.

Modo de rezarlo en las celebraciones comunitarias.- El salmo 117 es más apto que ningún otro para una recitación escénica, distribuyéndolo entre los diversos personajes que aquí intervienen: el rey, el sacerdote, los levitas, el pueblo. Podemos seguir la siguiente distribución en la que: Presidente=«Sacerdote»; Coro 1.º=Israel; Coro 2.º=Levitas; Salmista 1.º=Rey; Salmista 2.º=Comentarista lírico de las intervenciones regias; Asamblea=Todos:

Invitación hímnica

Presidente: «Dad gracias al Señor porque es bueno».

Asamblea: «Porque es eterna su misericordia».

Presidente: «Diga la casa de Israel».

Coro 1.º: «Eterna es su misericordia».

Presidente: «Diga la casa de Aarón».

Coro 2.º: «Eterna es su misericordia».

Presidente: «Digan los fieles del Señor».

Asamblea: «Eterna es su misericordia».

Relato, enseñanza, admiración y gratitud

Salmista 1.º: «En el peligro grité al Señor, y me escuchó poniéndome a salvo. El Señor está conmigo: no temo; ¿qué podrá hacerme el hombre? El Señor está conmigo y me auxilia, veré la derrota de mis adversarios».

Presidente: «Mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los hombres, mejor es refugiarse en el Señor que fiarse de los jefes».

Salmista 1.º: «Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre del Señor los rechacé; me rodeaban cerrando el cerco, en el nombre del Señor los rechacé; me rodeaban como avispas, ardiendo como fuego en las zarzas, en el nombre del Señor los rechacé».

Salmista 2.º: «Empujaban y empujaban para derribarme, pero el Señor me ayudó; el Señor es mi fuerza y mi energía, Él es mi salvación».

Asamblea: «Escuchad: hay cantos de victoria en las tiendas de los justos: La diestra del Señor es poderosa, la diestra del Señor es excelsa, la diestra del Señor es poderosa».

Salmista 2.º: «No he de morir, viviré para contar las hazañas del Señor. Me castigó, me castigó el Señor, pero no me entregó a la muerte».

Fiesta en el Templo

Salmista 1.º: «Abridme las puertas del triunfo, y entraré para dar gracias al Señor».

Coro 2.º: «Esta es la puerta del Señor: Los vencedores entrarán por ella».

Salmista 1.º: «Te doy gracias, porque me escuchaste y fuiste mi salvación».

Presidente: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular».

Asamblea: «Es el Señor quien lo ha hecho; ha sido un milagro patente».

Coro 2.º: «Este es el día en que actuó el Señor: sea nuestra alegría y nuestro gozo».

Salmista 1.º: «Señor, danos la salvación; Señor, danos prosperidad».

Asamblea: «Bendito el que viene en nombre del Señor».

Coro 2.º: «Os bendecimos desde la casa del Señor».

Asamblea: «El Señor es Dios; él nos ilumina».

Coro 2.º: «Ordenad una procesión con ramos hasta los ángulos del altar».

Salmista 1.º: «Tú eres mi Dios, te doy gracias; Dios mío, yo te ensalzo».

Conclusión hímnica

Presidente: «Dad gracias al Señor porque es bueno».

Asamblea: «Porque es eterna su misericordia».

Cantemos al Padre de las misericordias

La misericordia de Dios es la dimensión teologal más profunda de Israel. Yahvé es un Dios de ternura, de gracia, de abundante misericordia y fidelidad. Diríase que la misericordia divina es la última instancia salvadora del Israel teologal. El Israel que retorna de la prueba del exilio trae en sus labios una canción a la misericordia de Dios. Junto con el amor, la misericordia es la mejor definición del Dios revelado. Acaso por eso plugo a Dios encerrar a todos los hombres bajo la desobediencia, para usar con ellos misericordia (Rm 11,32). El mejor regalo que Dios nos ha hecho se llama Jesús, el sumo Sacerdote misericordioso. ¿No necesitará el cristiano revestirse de entrañas de misericordia para que alcance misericordia y sea socorrido en el tiempo oportuno?

¡Sálvanos, por favor!

Una constante bíblica del hombre amenazado o destrozado es el grito de auxilio dirigido a quien es más poderoso. Nuestro salmista grita al Señor (vv. 5), como en otro tiempo Israel le presentó el grito de su situación desesperada. Si los enemigos, como enjambres, rodeaban al salmista e intentaban derribarle cual si fuera una tapia en ruinas (vv. 10-13) -como hicieron antaño con los profetas-, he aquí que el nombre de Yahvé es vigoroso, una muralla de bronce inexpugnable. Bajo el Dios salvador, fuerza y canción para quien a él recurre, se vive la seguridad y ausencia del miedo. Así vivió Jesús. Cuantos a El se acercan sacarán agua con gozo de las fuentes de la salvación. Por eso fue recibido en la capital del Reino con el grito «Hosanna»: ¡Sálvanos, por favor, Hijo de David! Es el grito que brota de las gargantas cristianas en cada Eucaristía.

El poder de la diestra

El paso liberador a través de las aguas del mar Rojo motiva una canción a Yahvé, fortaleza y salvación del Pueblo. La diestra del Señor, su mano benefactora, se mostró entonces con todo su poder, lo mismo que ahora la experimenta el Rey (vv. 14-16). Es un poder pronto para derribar del trono a los poderosos y para exaltar a los humildes que se fían de Dios. Nuestro Señor, el siervo humilde, fue enaltecido por la diestra del Padre. El protomártir Esteban lo vio de pie en actitud de testigo, a la diestra de Dios. Como siervo que era, Jesús fue castigado, pero no entregado al poder de la muerte. Al contrario, el Viviente es la mano protectora, la poderosa mano derecha de Dios. A la vez que cantamos el poder de Dios, pidámosle que un día seamos colocados a la derecha del Señor, como benditos del Padre.

Los sólidos cimientos de nuestra ciudad

El cambio de suerte del rey, quien perseguido, acorralado y desechado ha sido oído y salvado, suscita en el auditorio un refrán popular: «La piedra que desecharon los arquitectos es ahora la piedra angular» (v. 22). Los suyos, viñadores homicidas, desecharon también a Jesús, pero el Padre le hizo sólido cimiento del Templo santo que se levanta sobre Cristo (Mt 21,42). Es que lo abominable a los ojos de los hombres es precioso ante Dios. Los cristianos, apoyándonos con fe en esta piedra inquebrantable, somos piedras vivas que se integran en la construcción de la morada de Dios. La ciudad definitiva, levantada sobre el cuerpo del Señor Resucitado, no será destruida jamás porque en ella habita la gloria de Dios.

Este es el día del Señor

La exaltación de un miembro de la comunidad es tan importante que la comunidad de los hermanos descubre «un día del Señor». Es el día de la restauración del Pueblo. Hoy domingo, día de los días, es el día del Señor, en el que Jesús grita: «Si alguno tiene sed, venga a mí, y beba el que cree en mí». Ya ha despuntado el día del agua abundante, capaz de regenerar a todo el pueblo. En el día de hoy, el Espíritu de vida -agua vivificante- se derrama por la tierra entera porque Jesús ya ha sido glorificado. Bendigamos a Dios, que nos ha otorgado la salvación, la prosperidad sin medida. Hagamos fiesta para celebrar el gran día del Señor.

Resonancias en la vida religiosa

Con Él a nuestro lado nada hemos de temer: Hay momentos difíciles en que todo peligra a nuestro lado y hasta nosotros mismos nos vemos envueltos en su peligrosidad; no sabemos de quién fiarnos; hasta la gente que nos rodea y acompaña se torna hostil.

Jesús pasó por esta experiencia; se vio confrontado con momentos de terrible tentación y amenaza, se sintió traicionado y abandonado por sus amigos y perseguido hasta la muerte por sus enemigos. En tal situación, Jesús oró y suplicó con gritos al Padre. Su actitud revivió las palabras del salmista: «El Señor está conmigo, no temo», «El Señor es mi fuerza y mi energía», «Con Él a mi lado no he de morir..., viviré».

Religiosos, que seguimos el camino a veces tortuoso y humanamente irrastreable de Jesús, hemos de avivar nuestra «moral de seguimiento», elevar y potenciar nuestro ánimo personal y comunitario, confiados en que no nos faltará el apoyo de Dios Padre en el momento preciso, cuando nos sintamos desfallecer. Sabemos que con Dios Padre a nuestro lado nada hemos de temer. El escucha siempre la oración de sus hijos; actúa en favor nuestro; siempre puede hacer algún milagro. Por ello le estamos agradecidos.

Oraciones sálmicas

Oración I: Padre, acepta nuestra acción de gracias y nuestra alabanza, porque Tú eres bueno y misericordioso con nuestra maldad y pecado, y aunque nos castigues nunca nos entregarás a la muerte. Concédenos tu Espíritu de bondad y misericordia para que proclamemos con nuestras obras tu amor inmenso. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Son muchos, Señor, los que nos amenazan e intentan derribarnos. Pero Tú eres nuestra fuerza y energía; eres nuestra salvación. No permitas que nos fiemos del poder de este mundo; haz más bien que nos refugiemos en ti, como hizo Jesús en su vida mortal, Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

Oración III: Señor, que has manifestado el poder de tu derecha al levantar a tu Hijo Jesús de entre los muertos; llena de vida y gracia nuestra existencia, propensa a la muerte y al pecado, y haznos instrumentos hábiles de tu poder vivificante. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración IV: Construye, Padre, nuestra comunidad sobre el sólido fundamento de tu Hijo Jesucristo y haz que, aunque sea desechada por los hombres, permanezca inconmoviblemente pegada a Él para que no vacile. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración V: Que tu Espíritu, Señor del tiempo, llene de plenitud este día dominical; actúa en nuestro vivir con tu gracia vigorosa y llena de fecundidad espiritual nuestro paso por la historia humana. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

.