DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 115
Acción de gracias en el templo

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1Tenía fe, aun cuando dije:
«¡Qué desgraciado soy!»
2Yo decía en mi apuro:
«Los hombres son unos mentirosos».

3¿Cómo pagaré al Señor
todo el bien que me ha hecho?
4Alzaré la copa de la salvación,
invocando su nombre.
5Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo.

6Mucho le cuesta al Señor
la muerte de sus fieles.
7Señor, yo soy tu siervo,
siervo tuyo, hijo de tu esclava:
rompiste mis cadenas.

8Te ofreceré un sacrificio de alabanza,
invocando tu nombre, Señor.
9Cumpliré al Señor mis votos
en presencia de todo el pueblo;
10en el atrio de la casa del Señor,
en medio de ti, Jerusalén.

 

COMENTARIO AL SALMO 115

[El salmo 115 de las versiones de los LXX, de la Vulgata y también de la Liturgia de las Horas, es la segunda parte del salmo 116 de la versión hebrea; este salmo 116 es una composición eucarística o de acción de gracias con dos partes: a) liberación de un inminente peligro de muerte como consecuencia de una enfermedad (vv. l-9; nuestro salmo 114); b) himno de acción de gracias por el beneficio obtenido (vv. 10-19; nuestro salmo 115). Algunos conceptos de este último salmo los ha asumido nuestra liturgia eucarística. La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Acción de gracias. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Acción de gracias por haber sido preservado de la muerte. El salmista da gracias a Dios porque le ha librado de un peligro próximo de muerte.- «Himno litúrgico al ofrecer alabanzas y sacrificios en el templo. Ahora nuestra mejor acción de gracias es la celebración del sacrificio eucarístico, como cáliz de la nueva alianza en la sangre de Jesús» (J. Esquerda Bifet).]

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Promesas de acción de gracias

El tono plañidero del salmo 114 se cambia en este salmo 115 en eucarístico. Recapitulando su situación angustiosa pasada, el salmista declara que nunca perdió la fe y confianza en medio de su mayor postración física y moral. Reflexionando en el lecho del dolor, había llegado a la conclusión de que es vano buscar consuelos y ayudas humanas, pues todos los hombres son engañosos, y que sólo Yahvé merece la esperanza confiada del afligido.

Una vez recuperada la salud, el salmista ansía hacer manifestaciones de gratitud a su Dios por el beneficio obtenido, y quiere corresponder con un sacrificio de alabanza, es decir, el sacrificio llamado «pacífico» (v. 8). Los sacrificios iban acompañados de libaciones. El salmista aquí habla del cáliz o copa de la salvación que sustituirá a la libación ritual. Ha sido salvado de la muerte por Yahvé, y, por tanto, en sus labios no habrá más cáliz que el de la alabanza, en el que se recuerde su salvación milagrosa.

El v. 5 es igual al v. 9 y ha sido insertado aquí sin duda por un «lapsus oculorum» del copista.

Insistiendo sobre su liberación milagrosa, el salmista declara que la muerte de sus fieles no le es indiferente: Mucho le cuesta a Yahvé la muerte de sus fieles (v. 6). Los justos son objeto de una providencia especial de Dios, y por eso no permite su muerte sin grandes motivos. En la perspectiva del salmista no hay retribución en el más allá, y por eso cree que Dios protege especialmente la vida de los que le son adictos para premiarles su virtud con una prolongada y próspera vida. En la panorámica cristiana, la muerte es la auténtica liberación del espíritu, pues el alma del justo va a gozar de la presencia divina. En este sentido es empleado el verso en la liturgia eclesiástica.

El salmista se declara siervo de su Dios, pero no adventicio o comprado, sino nacido en su casa, como hijo de su esclava. Yahvé ha reconocido su vinculación familiar, pues le ha liberado de la muerte rompiendo sus cadenas, las enfermedades, instrumento de la muerte y del seol -poéticamente personificados como cazadores en busca de su presa- para arrebatar las víctimas. Agradecido a su liberación, promete el salmista cumplir los votos pronunciados durante su situación angustiosa y ofrecer un sacrificio de acción de gracias. Es el sacrificio de alabanza que ofrecerá públicamente delante de todo su pueblo en el templo de Jerusalén.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
Acción de gracias en el templo

1. El salmo 115, con el que acabamos de orar, siempre se ha utilizado en la tradición cristiana, desde san Pablo, el cual, citando su inicio según la traducción griega de los Setenta, escribe así a los cristianos de Corinto: «Teniendo aquel espíritu de fe conforme a lo que está escrito: "Creí, por eso hablé", también nosotros creemos, y por eso hablamos» (2 Co 4,13).

El Apóstol se siente espiritualmente de acuerdo con el salmista en la serena confianza y en el sincero testimonio, a pesar de los sufrimientos y las debilidades humanas. Escribiendo a los Romanos, san Pablo utilizará el versículo 2 del Salmo y presentará un contraste entre el Dios fiel y el hombre incoherente: «Dios es veraz y todo hombre mentiroso» (Rm 3,4).

La tradición cristiana ha leído, orado e interpretado el texto en diversos contextos y así se aprecia toda la riqueza y la profundidad de la palabra de Dios, que abre nuevas dimensiones y nuevas situaciones.

Al inicio se leyó sobre todo como un texto del martirio, pero luego, cuando la Iglesia alcanzó la paz, se transformó cada vez más en texto eucarístico, por la referencia al «cáliz de la salvación».

En realidad, Cristo es el primer mártir. Dio su vida en un contexto de odio y de falsedad, pero transformó esta pasión -y así también este contexto- en la Eucaristía: en una fiesta de acción de gracias. La Eucaristía es acción de gracias: «Alzaré el cáliz de la salvación».

2. El salmo 115, en el original hebreo, constituye una única composición con el salmo anterior, el 114. Ambos constituyen una acción de gracias unitaria, dirigida al Señor que libera de la pesadilla de la muerte, de los contextos de odio y mentira.

En nuestro texto aflora la memoria de un pasado angustioso: el orante ha mantenido en alto la antorcha de la fe, incluso cuando a sus labios asomaba la amargura de la desesperación y de la infelicidad (cf. Sal 115,1). En efecto, a su alrededor se elevaba una especie de cortina gélida de odio y engaño, porque el prójimo se manifestaba falso e infiel (cf. v. 2). Pero la súplica se transforma ahora en gratitud porque el Señor ha permanecido fiel en este contexto de infidelidad, ha sacado a su fiel del remolino oscuro de la mentira (cf. v. 3). Y así este salmo es siempre para nosotros un texto de esperanza, porque el Señor no nos abandona ni siquiera en las situaciones difíciles; por ello, debemos mantener elevada la antorcha de la fe.

Por eso, el orante se dispone a ofrecer un sacrificio de acción de gracias, durante el cual se beberá en el cáliz ritual, la copa de la libación sagrada, que es signo de gratitud por la liberación (cf. v. 4) y encuentra su realización plena en el cáliz del Señor. Así pues, la liturgia es la sede privilegiada para elevar la alabanza grata al Dios salvador.

3. En efecto, no sólo se alude al rito sacrificial, sino también, de forma explícita, a la asamblea de «todo el pueblo», en cuya presencia el orante cumple su voto y testimonia su fe (cf. v. 5). En esta circunstancia hará pública su acción de gracias, consciente de que, incluso cuando se cierne sobre él la muerte, el Señor lo acompaña con amor. Dios no es indiferente ante el drama de su criatura, sino que rompe sus cadenas (cf. v. 7).

El orante, salvado de la muerte, se siente «siervo» del Señor, «hijo de su esclava» (cf. v. 7), una hermosa expresión oriental para indicar a quien ha nacido en la misma casa del amo. El salmista profesa humildemente y con alegría su pertenencia a la casa de Dios, a la familia de las criaturas unidas a él en el amor y en la fidelidad.

4. El Salmo, reflejando las palabras del orante, concluye evocando de nuevo el rito de acción de gracias que se celebrará en el marco del templo (cf. vv. 8-10). Así su oración se situará en un ámbito comunitario. Se narra su historia personal para que sirva de estímulo a creer y amar al Señor. En el fondo, por tanto, podemos descubrir a todo el pueblo de Dios mientras da gracias al Señor de la vida, el cual no abandona al justo en el seno oscuro del dolor y de la muerte, sino que lo guía a la esperanza y a la vida.

5. Concluyamos nuestra reflexión con las palabras de san Basilio Magno, el cual, en la Homilía sobre el salmo 115, comenta así la pregunta y la respuesta recogidas en el Salmo: «"¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho? Alzaré el cáliz de la salvación". El salmista ha comprendido los numerosísimos dones recibidos de Dios: del no ser ha sido llevado al ser, ha sido plasmado de la tierra y dotado de razón...; luego ha conocido la economía de la salvación en favor del género humano, reconociendo que el Señor se ha entregado a sí mismo en redención en lugar de todos nosotros, y, buscando entre todas las cosas que le pertenecen, no sabe cuál don será digno del Señor. "¿Cómo pagaré al Señor?". No con sacrificios ni con holocaustos..., sino con toda mi vida. Por eso, dice: "Alzaré el cáliz de la salvación", llamando cáliz al sufrimiento en la lucha espiritual, al resistir al pecado hasta la muerte. Esto, por lo demás, es lo que nos enseñó nuestro Salvador en el Evangelio: "Padre, si es posible, pase de mí este cáliz"; y de nuevo a los discípulos, "¿Podéis beber el cáliz que yo he de beber?", significando claramente la muerte que aceptaba para la salvación del mundo» (PG XXX, 109), transformando así el mundo del pecado en un mundo redimido, en un mundo de acción de gracias por la vida que nos ha dado el Señor.

[Texto de la Audiencia general del Miércoles 25 de mayo de 2005]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 115 es propiamente la continuación del salmo 114, que recitamos en las Vísperas de ayer. Es la oración del enfermo que, «envuelto en redes de muerte y caído en tristeza y angustia, invocó el nombre del Señor» y pudo ver cómo «el Señor arrancó su alma de la muerte» (Sal 114,2-3. 8). En la parte del salmo que vamos a rezar hoy, el salmista da gracias a Dios por la curación y se dispone a celebrar, con el pueblo de Dios congregado, una libación eucarística: Alzaré la copa de la salvación, en presencia de todo el pueblo, en el atrio de la casa del Señor.

Si la primera parte del salmo 116 hebreo (nuestro salmo 114), recitada en el viernes, nos llevaba a la contemplación de la primera faceta del misterio pascual de Cristo, su muerte en la cruz, de la que manó la vida y la resurrección, esta segunda parte del mismo salmo (nuestro salmo 115), recitada al empezar el domingo, nos lleva a la contemplación de la segunda faceta del mismo misterio pascual, la vida que brota de la muerte. Sí, aunque el Señor permita los sufrimientos del justo -de Cristo y de todos los que como él padecen en este mundo-, estos dolores, incluso la misma muerte, no son unos sufrimientos definitivos ni una muerte para siempre. Mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles, para permitir que sea definitiva. «Dios no hizo la muerte, ni se recrea en la destrucción de los vivientes; todo lo creó para que subsistiera» (Sb 1,13-14); por ello determinó que la muerte fuera destruida por la resurrección de su Hijo. Empecemos, pues, este domingo con este salmo de acción de gracias, y que este texto nos prepare ya para la gran eucaristía que, con todos los cristianos, celebraremos unidos al Señor en este domingo. Porque Dios «nos arrancó de la muerte» (Sal 114,8) rompiendo sus cadenas, ofreceremos un sacrificio de alabanza, en presencia de todo el pueblo.

Oración I: Padre admirable, Dios nuestro, que, con la muerte y la resurrección de tu Hijo Jesucristo, nos has llenado de esperanza, haz que nuestra existencia sea una continua acción de gracias, para que todos los hombres puedan llegar a conocerte y glorificarte, hasta alcanzar la plenitud de tu amor y de tu vida. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Te ofrecemos, Señor, nuestro sacrificio de alabanza, porque en la resurrección de tu Hijo nos has arrancado de la muerte y has roto sus cadenas; haz que, en este domingo, alcemos la copa de salvación, dándote gracias e invocando tu nombre en presencia de todo el pueblo y proclamando que tú eres el Dios de la vida y no te recreas en la destrucción de los vivientes; por ello mucho te costaría la muerte de tus fieles para dejarlos definitivamente en el sepulcro. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 115

El salmo 116 del original hebreo continúa aquí, y, de hecho, los temas de la acción de gracias continúan.

VV. 1-2. Representan el recuerdo de la situación desgraciada: al parecer, se trata de calumnias.

VV. 3-5. La acción de gracias incluye varios ritos: invocación del Señor para la alabanza, cumplimiento de los votos, testimonio público ante la asamblea; y un rito con una «copa de salvación», quizá para beber, quizá para hacer una libación.

VV. 6-7. Vuelve el tema de la liberación: la liberación puede ser imagen, pues va unida con la salvación en el peligro de muerte.

VV. 8-10. Repite el tema de la acción de gracias con sus ritos: el sacrificio -prometido en voto-, la invocación del nombre, el testimonio público.

Para la reflexión del orante cristiano.- Nuestra liturgia eucarística ha recogido un par de versos de este salmo: en la Misa ofrecemos al Padre el sacrificio de su Hijo, es nuestra suprema acción de gracias que él acepta; es el cumplimiento de nuestros votos en presencia de toda la asamblea. Después participamos de ese «cáliz de salvación», invocando el nombre del Señor.

[L. Alonso Schökel]

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El salmo 116 del texto hebreo [114 y 115 de la Vulgata y de la Liturgia de las Horas] es el cántico eucarístico de un incólume. Es individual, con promesa de sacrificio público en acción de gracias. Consta de dos partes homogéneas: A [114] y B [115], que tratan del amor a Dios y de la confianza en Dios respectivamente, divididas cada una en tres partes paralelas: a) expresión de amor o de fe; b) reflexión sapiencial; c) liberación celebrada.

VV. 1-5. Aquí recuerda el salmista el espíritu de fe y confianza en Dios, que jamás le abandonaron en su aflicción, y en su desengaño de los hombres. Sin duda, le faltó el apoyo de quien más lo esperaba. Una vez pasada la prueba, en señal de agradecimiento, proyecta un sacrificio ritual, indicado con un gesto y con la frase consagrada cultual. El gesto es alzar la copa de la salvación, sea para libar su contenido (Núm 15,5. 7. 10), sea para beber, como en el sacrificio pascual. Salvación (lit. salvaciones) es término técnico para designar las liberaciones precedentemente obtenidas y celebradas con sacrificios eucarísticos. La frase cultual: invocar el nombre de Yahvé, indica todo acto litúrgico. La acción de gracias incluía además el cumplimiento de los votos y el testimonio público ante el pueblo (v. 5). Pero algunos omiten este v. 5, pues se repite en v. 9.

VV. 6-7. El salmista, salvado del peligro, se cuenta entre los fieles, cuya muerte tanto cuesta al Señor. De modo brusco, en el v. 7, ora directamente a Yahvé en señal de gratitud, con una alusión evidente a la ley familiar antigua (cf. Gn 14,14; Ex 23,12; 21,2ss), porque le ha reservado la vida, rompiste mis cadenas, sin especificar su género.

VV. 8-10. Repite el propósito de las ofrendas rituales de acción de gracias con su sacrificio (Lev 7,11); invocación del nombre de Yahvé; cumplimiento de los votos hechos y testimonio ante el pueblo, en el lugar sagrado. No se podría decidir si esas ofrendas se prometen para un futuro próximo o se hacen inmediatamente antes del sacrificio eucarístico o acompañan a la oblación sacrificial que se está celebrando.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO 115

Introducción general

Una persona salvada de un peligro mortal se acerca al templo para dar gracias. No se especifica el peligro, por lo cual es imposible averiguar quién ora en concreto. En algunos versículos resuena la acción de gracias de Ezequías. Algunas peculiaridades lingüísticas inducen a datarlo en tiempos antiguos; otras, en épocas más recientes. Quizá el salmo fue creciendo con un prolongado uso. Aunque es difícil establecer su división estrófica, formal y temáticamente pueden distinguirse las partes siguientes: diálogo del salmista consigo mismo (vv. 1-2), pregunta y respuesta dirigida a la asamblea (vv. 3-6), plegaria usada por el salmista «in extremis» (vv. 7-8); con los versículos finales el salmista retorna nuevamente a la asamblea.

Para la celebración comunitaria, en este salmo, que puede ser proclamado por un solo salmista, acaso podamos distinguir los versículos que el salmista se dirige a sí mismo y aquellos que se proyectan hacia la asamblea. Distribuimos la salmodia entre dos salmistas:

Salmista 1.º, Diálogo consigo mismo: «Tenía fe... son unos mentirosos» (vv. 1-2).

Salmista 2.º, Locución a la asamblea: «¿Cómo pagaré al Señor... la muerte de sus fieles» (vv. 3-6).

Salmista 1.º, Plegaria «in extremis»: «Señor, yo soy tu siervo... invocando tu nombre, Señor» (vv. 7-8).

Salmista 2.º, Retorno a la asamblea: «Cumpliré al Señor mis votos... en medio de ti, Jerusalén» (vv. 9-10).

Confianza en la persecución

Al dar gracias, el salmista recuerda su desgracia pasada: cómo le rodeaban hombres mentirosos, calumniadores. El salmista ha puesto su confianza en Dios, el único veraz, ante el cual todo hombre es mentiroso. La mentira del hombre salpicó también a Jesús, el justo, clavado en la cruz por mano de los impíos. En ese momento pudo decir, como el salmista: «¡Qué desgraciado soy!». Jesús ha puesto su confianza en Dios. Dios le salvará. Parecida suerte corrió Pablo: continuamente entregado a la muerte por causa de Jesús, confió a pesar de todo y por eso habló (2 Cor 4,11-13; etc.). Quien resucitó a Jesús de entre los muertos resucitará también a quienes en medio del apuro sigan confiando en Él.

«Beberemos la copa de Cristo»

La copa de la salvación significa la alegría y la satisfacción, opuesta a la copa del furor o del vértigo. Quien ahora disfruta de ella, anteriormente ha pasado por el dolor. Acaso la misma copa tiene su porción de dolor y de alegría. La copa que eleva el cristiano en su «acción de gracias» es ciertamente cáliz de bendición, de vida. Pero esta vida surge de la sangre de Cristo derramada. Es el cáliz que Jesús sorbe en la cruz no sin haber manifestado antes lo difícil que le resultaba gustar esta bebida. El discípulo tendrá parte en la copa del Maestro y de ese modo participará en la salvación, la bendición, la vida que esa copa entraña: en el banquete escatológico. Maestros y discípulos beberán hasta saciarse.

Demos gracias a Dios

El salmista es un esclavo -hijo de esclava- nacido en casa. Aun así, el Señor de la casa ha tenido a bien romper sus cadenas, sin tener en cuenta la condición de esclavo. ¿Cómo no ofrecer un sacrificio de alabanza? ¿Cómo no cumplir los votos e invocar el nombre del Señor? Jesús también fue esclavo nacido de mujer y bajo las cadenas de la ley. El Padre, no obstante, rompió las cadenas de la ley, del pecado y de la muerte. El y nosotros hemos sido llamados a la libertad. El sacrificio de Jesús, ofrecido en Jerusalén, es la más perfecta acción de gracias a la infinita bondad del Padre. A imitación de Jesús, también los cristianos ofrecemos al Padre un sacrificio de alabanza, de acción de gracias, celebrando el nombre del Señor, porque Él ha roto nuestras cadenas.

Resonancias en la vida religiosa

La gracia que nos hace Eucaristía: Frecuentemente caemos en desgracia a los demás, y no siempre con justicia. En cambio, a pesar de nuestras maldades y de los desafíos pecaminosos de nuestra vida, Dios Padre adopta con nosotros una perenne e inconmovible actitud de gracia. El no tolera nuestra muerte -«mucho le cuesta al Señor la muerte de sus fieles»-, y por eso la ha exterminado con la resurrección de su Hijo Jesús; no soporta nuestra falta de libertad y por eso rompió nuestras cadenas en la muerte de Cristo, hecho esclavo por nosotros.

Nuestra existencia religiosa está llamada a ser una eucaristía continuada, una respuesta de acción de gracias ininterrumpida ante la inagotable actitud de gracia del Padre. «¿Cómo pagaré al Señor todo el bien que me ha hecho?» La respuesta cristiana es ésta: participando en la acción de gracias, en la Eucaristía, que Jesús, Primogénito entre muchos hermanos, dirige al Padre, bebiendo con Él «el cáliz de la bendición» y ajustando, en consecuencia, nuestra vida a los compromisos de nuestros votos religiosos, contraídos en presencia de la Iglesia.

Oraciones sálmicas

Oración I: Jesús, el siervo fiel, hijo de tu esclava, puso su confianza en ti, Padre admirable, a quien entregó su vida; Tú le respondiste rompiendo las cadenas que los hombres le echamos encima; al celebrar tu triunfo sobre los hombres mentirosos te suplicamos que alientes nuestra confianza y también nosotros seremos salvados por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Oh Dios, tu incomprensible amor al hombre te inspiró el inaudito gesto de ofrecer a tu Hijo la copa del vértigo; pero una vez que la sorbió hiciste de ella la copa de la salvación; sostén la fe de los cristianos atribulados, mantén en sus manos la copa del dolor, hasta que un día sean saciados con la copa de la salvación en tu reino eterno. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Te ofrecemos, Señor, un sacrificio de alabanza porque en la resurrección de Cristo has roto las cadenas de la muerte, del pecado y de la ley, y nos has regalado con la libertad de los hijos; haz que en este domingo sepamos apreciar que Tú eres el Dios de la vida, en cuyo honor levantamos la copa de la salvación, porque Tú ya has preparado a tus fieles un amplio festín de vida eterna. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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