DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 109, 1-5. 7
El Mesías, Rey y Sacerdote

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1Oráculo del Señor a mi Señor:
«Siéntate a mi derecha,
y haré de tus enemigos
estrado de tus pies».
2Desde Sión extenderá el Señor
el poder de tu cetro:
somete en la batalla a tus enemigos.

3«Eres príncipe desde el día de tu nacimiento,
entre esplendores sagrados;
yo mismo te engendré, como rocío,
antes de la aurora».

4El Señor lo ha jurado y no se arrepiente:
«Tú eres sacerdote eterno,
según el rito de Melquisedec».

5El Señor a tu derecha, el día de su ira,
quebrantará a los reyes.
7En su camino beberá del torrente,
por eso levantará la cabeza.

 

COMENTARIO AL SALMO 109

[Oráculo del Señor (Yahvé-Dios) al Señor del salmista (el Mesías-Cristo). La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de El sacerdocio del Mesías. Las prerrogativas del Mesías: realeza universal y sacerdocio perpetuo no se desprenden de ninguna investidura terrena, como tampoco las del misterioso Melquisedec. Cristo cumple literalmente este oráculo. V. 7a: El Mesías bebe en el torrente de los sufrimientos, o en el torrente de las gracias divinas, sentido que cuadraría mejor en el contexto. O también, es como el guerrero que persigue a sus enemigos y que sólo se detiene un momento para beber del torrente. V. 7b: Este texto se aplica a Cristo doliente y glorificado.- Para Nácar-Colunga el título de este salmo es El Mesías, rey y sacerdote eterno según el orden de Melquisedec. Este salmo los judíos lo entendían del Mesías, y la objeción que Cristo presenta a los judíos en su controversia con ellos no tiende a contradecir esa creencia, sino a mostrar que el Mesías es algo más que hijo de David (Mt 22,42ss). Los apóstoles citan varias veces los versos 1 y 4 para mostrar la exaltación de Jesucristo y su sacerdocio. Los textos griego y hebreo difieren mucho en el verso 3. Según el griego, la escena del principio tendría lugar en el cielo, entre los esplendores de la corte celestial; según el texto hebreo, en Jerusalén, donde Dios reina en su templo, y su ungido al lado de Él. El pueblo le recibe con gusto y se pone a sus órdenes para emprender la guerra contra los adversarios, que quedan deshechos.]

Este breve salmo es quizá el más importante de todo el Salterio; al menos en ninguno se concreta tan bien la personalidad del Mesías. En el salmo 2 se habla del Mesías como lugarteniente de Yahvé; aquí se le presenta además como sacerdote, reuniendo así las dos potestades: la civil y la religiosa, que tradicionalmente estaban disociadas, pues el rey debía proceder de la tribu de Judá, mientras que el sumo sacerdote debía provenir de la de Leví. En los tiempos mesiánicos, ambas dignidades se juntarán en una persona, representante de Yahvé.

El salmista habla en estilo oracular profético, como si hubiese recibido una revelación particular sobre la persona del Mesías, al que llama su «Señor». El lugarteniente de Dios domeñará a sus enemigos, estableciendo su centro de gobierno en Sión. Al mismo tiempo se le conferirá la potestad sacerdotal «al modo de Melquisedec», y con la ayuda de Yahvé mantendrá su dominio sobre las gentes. Parece que el salmo incluye dos oráculos proféticos: uno relativo al Mesías vencedor, y otro al Mesías como sacerdote y juez universal. El estilo es conciso, enérgico, lleno de majestad y no exento de brevedad misteriosa. Los símiles guerreros son vigorosos e impresionantes, pero han de entenderse teniendo en cuenta la hipérbole oriental y la propensión al radicalismo de expresión.

El Mesías, lugarteniente de Yahvé (vv. 1-3). El salmista habla con la autoridad de un profeta que es consciente de haber recibido un mensaje directamente de Dios; por eso emplea la palabra característica del oráculo profético, ne'um, que alude a una comunicación divina en el lenguaje profético. En el Salterio sólo aparece en Sal 36,2. Aquí alude a la comunicación misteriosa (como un «susurro», traducción aproximada del término ne'um) recibida de Dios. El contenido de este oráculo se refiere al establecimiento del Señor del salmista a la diestra de Yahvé, lo que implica su entronización como representante suyo en la tierra, tal como se declara a continuación. En el rito de entronización de los antiguos reyes, solían éstos sentarse a la derecha de la estatua del dios de la nación, para indicar que era su representante ante el pueblo. El salmista, pues, juega con este sentido folklórico, y presenta a su Señor participando de la soberanía de Dios sobre su pueblo y sobre las naciones en general.

Esta soberanía y realeza quedan explicitadas en el hecho de someter a sus enemigos, poniéndolos como escabel de sus pies. En la antigüedad, los reyes vencedores ponían materialmente sus pies sobre las espaldas del vencido para indicar la sujeción total de éste. En la Biblia, la tierra, el templo, el arca, son considerados como el «escabel de los pies» de Yahvé. Aquí, pues, el oráculo profético comunicado al salmista presenta a su Señor con dominio total sobre sus enemigos.

Y el dominio procederá de Sión, como centro de la nueva teocracia. Desde allí, el Lugarteniente de Yahvé extenderá su poderoso cetro -símbolo de autoridad- con dominio pleno sobre los enemigos que se opongan a la implantación de su reinado. Será ese día de su entronización como representante de Yahvé el momento de su plena manifestación militar. Siguiendo a la versión de los LXX, se destaca el origen misterioso del Lugarteniente de Yahvé, al que se presenta engendrado antes del lucero de la mañana. Sería esta declaración un eco de la afirmación del salmo 2: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy».

El sacerdocio eterno (vv. 4-7). Completando el oráculo anterior, se anuncia ahora una nueva dignidad para el Lugarteniente de Yahvé: sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec. Esta nueva prerrogativa es conferida con solemne juramento por parte de Dios: Ha jurado Yahvé y no se arrepentirá. La fórmula implica juramento y fidelidad. Pero su sacerdocio no estará vinculado a la línea de Aarón, como era de ley en la tradición bíblica, sino que empalmará con el antiguo de los tiempos patriarcales: al modo de Melquisedec, que fue rey de Salem y sacerdote del Altísimo. Ante él se postró el gran patriarca Abraham y le ofreció los diezmos del botín tomado a los reyes que atacaron a la Pentápolis del mar Muerto. Con su doble dignidad -real y sacerdotal- es tipo del nuevo sacerdocio del Lugarteniente de Yahvé en los tiempos mesiánicos. El autor de la Epístola a los Hebreos (7,3) hace una exégesis rabínica aprovechando el detalle de que en la Biblia no se mencionan los padres de Melquisedec, y, así, argumenta que Cristo tiene un sacerdocio superior distinto del hereditario levítico.

De nuevo vuelve el salmista a insistir en las prerrogativas del Lugarteniente de Yahvé, pues tendrá siempre a Dios a su diestra, ayudándole y sosteniéndole en la lucha contra los que se opongan a su dominio universal. Conforme a la mentalidad viejotestamentaria, lo presenta como a un guerrero implacable que somete y vence en la batalla a sus enemigos.

El v. 7 resulta extraño. Varias son las interpretaciones en el supuesto de que la lección que nos dan el TM y los LXX sea correcta: el salmista juega con el símil del caminante que avanza extenuado por la sed, pero inesperadamente, al encontrar un torrente de agua, se refrigera y sigue su camino con la cabeza erguida. Otra interpretación más verosímil es la de suponer que el salmista alude al hecho de los guerreros de Gedeón, que, tomando un poco de agua en el arroyo, avanzaron animosos contra los madianitas. Así, el Mesías, guerrero implacable, prosigue su lucha exterminadora, persiguiendo a los enemigos, deteniéndose apenas en el arroyo para aplacar la sed y seguir adelante en el combate.

Carácter mesiánico del salmo. La tradición judeo-cristiana ha admitido siempre la proyección mesiánica de esta vigorosa pieza del Salterio. Los apóstoles y el mismo Jesús apelan al sentido mesiánico del salmo, y los Santos Padres siguen la misma línea; no obstante, los autores modernos católicos no convienen en matizar el mesianismo del salmo, ya que, mientras unos lo toman en sentido directo y literal, otros, en cambio, lo entienden en sentido típico indirecto: el salmista, con motivo de la entronización de un rey, le ensalzaría viendo en él el eslabón que lleva al Rey por excelencia de la dinastía davídica, el Mesías. El salmista, llevado de un sentido profético, piensa en la culminación de la dinastía y en la inauguración de los tiempos mesiánicos, y presenta al futuro Mesías dominando sobre sus enemigos después de haberlos vencido en la batalla. La perspectiva, pues, está dentro de los moldes primarios de la teología viejotestamentaria. La panorámica del salmista difiere mucho de la del autor de los fragmentos del «Siervo de Yahvé», en los que se nos presentan las facetas de un Mesías doliente triunfando con la mansedumbre y la ofrenda de su propia vida.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Hemos escuchado uno de los salmos más célebres de la historia de la cristiandad. En efecto, el salmo 109, que la liturgia de las Vísperas nos propone cada domingo, se cita repetidamente en el Nuevo Testamento. Sobre todo los versículos 1 y 4 se aplican a Cristo, siguiendo la antigua tradición judía, que había transformado este himno de canto real davídico en salmo mesiánico.

La popularidad de esta oración se debe también al uso constante que se hace de ella en las Vísperas del domingo. Por este motivo, el salmo 109, en la versión latina de la Vulgata, ha sido objeto de numerosas y espléndidas composiciones musicales que han jalonado la historia de la cultura occidental. La liturgia, según la práctica elegida por el concilio Vaticano II, ha recortado del texto original hebreo del salmo, que entre otras cosas tiene sólo 63 palabras, el violento versículo 6. Subraya la tonalidad de los así llamados «salmos imprecatorios» y describe al rey judío mientras avanza en una especie de campaña militar, aplastando a sus adversarios y juzgando a las naciones.

2. Dado que tendremos ocasión de volver otras veces a este salmo, considerando el uso que hace de él la liturgia, nos limitaremos ahora a ofrecer sólo una visión de conjunto.

Podemos distinguir claramente en él dos partes. La primera (cf. vv. 1-3) contiene un oráculo dirigido por Dios a aquel que el salmista llama «mi Señor», es decir, el soberano de Jerusalén. El oráculo proclama la entronización del descendiente de David «a la derecha» de Dios. En efecto, el Señor se dirige a él, diciendo: «Siéntate a mi derecha» (v. 1). Verosímilmente, se menciona aquí un ritual según el cual se hacía sentar al elegido a la derecha del arca de la alianza, de modo que recibiera el poder de gobierno del rey supremo de Israel, o sea, del Señor.

3. En el ambiente se intuyen fuerzas hostiles, neutralizadas, sin embargo, por una conquista victoriosa: se representa a los enemigos a los pies del soberano, que camina solemnemente en medio de ellos, sosteniendo el cetro de su autoridad (cf. vv. 1-2). Ciertamente, es el reflejo de una situación política concreta, que se verificaba en los momentos de paso del poder de un rey a otro, con la rebelión de algunos súbditos o con intentos de conquista. Ahora, en cambio, el texto alude a un contraste de índole general entre el proyecto de Dios, que obra a través de su elegido, y los designios de quienes querrían afirmar su poder hostil y prevaricador. Por tanto, se da el eterno enfrentamiento entre el bien y el mal, que se desarrolla en los acontecimientos históricos, mediante los cuales Dios se manifiesta y nos habla.

4. La segunda parte del salmo, en cambio, contiene un oráculo sacerdotal, cuyo protagonista sigue siendo el rey davídico (cf. vv. 4-7). La dignidad real, garantizada por un solemne juramento divino, une en sí también la sacerdotal. La referencia a Melquisedec, rey-sacerdote de Salem, es decir, de la antigua Jerusalén (cf. Gn 14), es quizá un modo de justificar el sacerdocio particular del rey junto al sacerdocio oficial levítico del templo de Sión. Además, es sabido que la carta a los Hebreos partirá precisamente de este oráculo: «Tú eres sacerdote eterno según el rito de Melquisedec» (Sal 109,4), para ilustrar el particular y perfecto sacerdocio de Jesucristo.

Examinaremos posteriormente más a fondo el salmo 109, realizando un análisis esmerado de cada uno de sus versículos.

5. Como conclusión, sin embargo, quisiéramos releer el versículo inicial del salmo con el oráculo divino: «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies». Y lo haremos con san Máximo de Turín (siglo IV-V), quien en su Sermón sobre Pentecostés lo comenta así: «Según nuestra costumbre, la participación en el trono se ofrece a aquel que, realizada una empresa, llegando vencedor merece sentarse como signo de honor. Así pues, también el hombre Jesucristo, venciendo con su pasión al diablo, abriendo de par en par con su resurrección el reino de la muerte, llegando victorioso al cielo como después de haber realizado una empresa, escucha de Dios Padre esta invitación: "Siéntate a mi derecha". No debemos maravillarnos de que el Padre ofrezca la participación del trono al Hijo, que por naturaleza es de la misma sustancia del Padre... El Hijo está sentado a la derecha porque, según el Evangelio, a la derecha estarán las ovejas, mientras que a la izquierda estarán los cabritos. Por tanto, es necesario que el primer Cordero ocupe la parte de las ovejas y la Cabeza inmaculada tome posesión anticipadamente del lugar destinado a la grey inmaculada que lo seguirá» (40, 2: Scriptores circa Ambrosium, IV, Milán-Roma 1991, p. 195).

[Audiencia general del Miércoles 26 de noviembre de 2003]

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EL MESÍAS, REY Y SACERDOTE

1. Siguiendo una antigua tradición, el salmo 109, que se acaba de proclamar, constituye el componente principal de las Vísperas dominicales. Se repite en las cuatro semanas en las que se articula la Liturgia de las Horas. Su brevedad, ulteriormente acentuada por la exclusión, en el uso litúrgico cristiano, del versículo 6, con matiz imprecatorio, implica cierta dificultad de exégesis e interpretación. El texto se presenta como un salmo regio, vinculado a la dinastía davídica, y probablemente remite al rito de entronización del soberano. Sin embargo, la tradición judía y cristiana ha visto en el rey consagrado el perfil del Consagrado por excelencia, el Mesías, el Cristo.

Precisamente desde esta perspectiva, el salmo se convierte en un canto luminoso dirigido por la liturgia cristiana al Resucitado en el día festivo, memoria de la Pascua del Señor.

2. Son dos las partes del salmo 109 y ambas se caracterizan por la presencia de un oráculo divino. El primer oráculo (cf. vv. 1-3) es el que se dirige al soberano en el día de su entronización solemne «a la diestra» de Dios, o sea, junto al Arca de la alianza en el templo de Jerusalén. La memoria de la «generación» divina del rey formaba parte del protocolo oficial de su coronación y para Israel asumía un valor simbólico de investidura y tutela, dado que el rey era el lugarteniente de Dios en la defensa de la justicia (cf. v. 3).

Naturalmente, en la interpretación cristiana, esa «generación» se hace real y presenta a Jesucristo como verdadero Hijo de Dios. Así había sucedido en la lectura cristiana de otro célebre salmo regio-mesiánico, el segundo del Salterio, donde se lee este oráculo divino: «Tú eres mi hijo: yo te he engendrado hoy» (Sal 2,7).

3. El segundo oráculo del salmo 109 tiene, en cambio, un contenido sacerdotal (cf. v. 4). Antiguamente, el rey desempeñaba también funciones cultuales, no según la tradición del sacerdocio levítico, sino según otra conexión: la del sacerdocio de Melquisedec, el soberano-sacerdote de Salem, la Jerusalén preisraelita (cf. Gn 14,17-20).

Desde la perspectiva cristiana, el Mesías se convierte en el modelo de un sacerdocio perfecto y supremo. La carta a los Hebreos, en su parte central, exalta este ministerio sacerdotal «a semejanza de Melquisedec» (Hb 5,10), pues lo ve encarnado en plenitud en la persona de Cristo.

4. El Nuevo Testamento recoge, en repetidas ocasiones, el primer oráculo para celebrar el carácter mesiánico de Jesús (cf. Mt 22,44; 26,64; Hch 2,34-35; 1Co 15,25-27; Hb 1,13). El mismo Cristo, ante el sumo sacerdote y ante el sanedrín judío, se referirá explícitamente a este salmo, proclamando que estará «sentado a la diestra del Poder» divino, precisamente como se dice en el versículo 1 del salmo 109 (Mc 14,62; cf. 12,36-37).

Volveremos a reflexionar sobre este salmo en nuestro comentario de los textos de la Liturgia de las Horas. Ahora, para concluir nuestra breve presentación de este himno mesiánico, quisiéramos reafirmar su interpretación cristológica.

5. Lo hacemos con una síntesis que nos ofrece san Agustín. En la Exposición sobre el salmo 109, pronunciada en la Cuaresma del año 412, definía este salmo como una auténtica profecía de las promesas divinas relativas a Cristo. Decía el célebre Padre de la Iglesia: «Era necesario conocer al único Hijo de Dios, que estaba a punto de venir a los hombres para asumir al hombre y para hacerse hombre a través de la naturaleza asumida: moriría, resucitaría, ascendería al cielo, se sentaría a la diestra del Padre y cumpliría entre las gentes todo lo que había prometido. (...) Todo esto, por tanto, debía ser profetizado, debía ser anunciado con anterioridad, debía ser señalado como algo que se iba a realizar, para que, al suceder de improviso, no suscitara temor, sino que fuera aceptado con fe y esperado. En el ámbito de estas promesas se inserta este salmo, el cual profetiza con palabras tan seguras y explícitas a nuestro Señor y Salvador Jesucristo, que no podemos poner en duda que en este salmo se anuncia al Cristo» (Esposizioni sui Salmi, III, Roma 1976, pp. 951 y 953).

6. Dirijamos ahora nuestra invocación al Padre de Jesucristo, único rey y sacerdote perfecto y eterno, para que haga de nosotros un pueblo de sacerdotes y profetas de paz y amor, un pueblo que cante a Cristo, rey y sacerdote, el cual se inmoló para reconciliar en sí mismo, en un solo cuerpo, a toda la humanidad, creando al hombre nuevo (cf. Ef 2,15-16).

[Audiencia general del Miércoles 18 de agosto de 2004]

MONICIÓN SÁLMICA

En su origen el salmo 109 fue un oráculo dirigido a un rey de Judá en el día de su consagración real. Una gran fiesta ha congregado en el palacio al rey electo y al pueblo; todo está dispuesto ya para la consagración del que ha de ser el Ungido del Señor. Pero, en medio de tanta fiesta, no todo es optimismo: Israel está rodeado de poderosos enemigos, más fuertes, sin duda, que el minúsculo reino de David. ¿Cuál será, pues, la suerte del nuevo rey que está a punto de ser consagrado? Un oráculo divino viene a dar la respuesta, tranquilizando al rey y a su pueblo: Oráculo del Señor (Dios) a mi Señor (el rey): «Siéntate a mi derecha, y haré de tus enemigos estrado de tus pies. No temas, pues, oh rey: en este día y entre los esplendores sagrados de esta solemne liturgia de consagración, yo mismo te engendro como cabeza, rey y sacerdote de mi pueblo. Desde este día de tu nacimiento como rey, eres príncipe. El Señor extenderá tu poder desde tu palacio de Sión: someterás en la batalla a tus enemigos y, si, persiguiendo o perseguido por tus enemigos, apenas puedes en tu camino beber del torrente, levantarás al fin la cabeza y conducirás a tu pueblo victorioso al triunfo de la resurrección».

Por su tono de victoria y por la descripción que en este texto se hace de la unción del rey de Israel, este salmo ha venido a ser para los cristianos, ya desde el tiempo de los apóstoles, el salmo mesiánico por excelencia: el propio Cristo se lo aplicó a sí mismo (Mt 22,44); los apóstoles se sirvieron de él para proclamar la victoria de la resurrección (Hch 2,34-35; Rm 8,34; etc.); el autor de la carta a los Hebreos se sirve del mismo para probar la superioridad del sacerdocio de Cristo frente al del antiguo Testamento.

A nosotros este salmo, situado al final del domingo, nos invita a contemplar el triunfo del Resucitado y a acrecentar nuestra esperanza de que también la Iglesia, cuerpo de Cristo, participará un día de su misma gloria, por muchas que sean las dificultades y los enemigos presentes. Como el antiguo Israel, al que literalmente se refiere el salmo, como Cristo en los días de su vida, la Iglesia tiene poderosos enemigos que podrían darle sobrados motivos de temor; pero la misma Iglesia escucha un oráculo del Señor: «Haré de tus enemigos -la muerte, el dolor, el pecado- estrado de tus pies». «Por la resurrección de Jesucristo de entre los muertos -que hoy, como cada domingo, celebramos-, Dios nos ha hecho nacer de nuevo para una esperanza viva» (1 Pe 1,3). Que la contemplación de la antigua promesa de Dios al rey de Judá, realizada en la resurrección de Cristo, tal como nos la hace contemplar este salmo, intensifique nuestra oración cristiana de acción de gracias en este domingo.

Es recomendable que este salmo sea proclamado en forma dialogada, a la manera del relato de la pasión en los días de Semana santa. En este diálogo deberían intervenir «el cronista», «Dios» y «el pueblo»; este último, representado por toda la asamblea, debería hacer (si es posible, con canto) las aclamaciones del pueblo al nueva rey. De este modo, se facilita una oración contemplativa de la victoria pascual de Cristo.

Oración I: Señor Jesucristo, hijo de David, tú que, después de haber sometido en la gran batalla de tu pasión a todos tus enemigos, has resucitado y estás sentado a la derecha del Padre como rey vencedor y sacerdote eterno, intercede siempre por nosotros, para que un día, hechos semejantes a ti, podamos poner también nosotros como estrado de nuestros pies a nuestros enemigos, el pecado y la muerte. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Señor, Dios todopoderoso y eterno, que has glorificado a tu Hijo Jesucristo sentándolo a tu derecha y destruyendo el poder de sus enemigos, haz que el poder de su cetro se extienda hasta los confines de la tierra y que la victoria de tu Hijo alcance a todos los pueblos. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

El salmo 109 es un salmo real, probablemente en la fiesta de entronización o en un aniversario. Tres oráculos de Dios son ampliados con visiones del futuro glorioso. La composición del salmo es dudosa, y el verso 3 sólo ofrece piezas para reconstrucciones hipotéticas.

V. 1: Dios es el soberano que entroniza al rey vasallo, sentándolo en el trono a su derecha. En el pequeño estrado o escabel están figuradas las cabezas de reyes enemigos.

V. 2: Una voz, no se sabe quién, comenta el oráculo, prometiendo el vasallaje de otros reyes y la victoria sobre los agresores. Como en el reinado de David, que es modelo para la dinastía.

V. 3: (La traducción se basa en conjeturas). El rey soberano adopta al vasallo como hijo. Dios, que es el soberano, utiliza la terminología e imágenes corrientes.

V. 4: El tercer oráculo confirma al rey en el trono de Jerusalén, la ciudad donde primero reinaba el rey-sacerdote Melquisedec. La dinastía de David, que conquistó la Jerusalén plaza fuerte de los Jebuseos, continúa las funciones sacras de la antigua dinastía cananea.

V. 5: Nuevo comentario, quizá sacerdotal o profético. El soberano acompaña al vasallo con su ayuda militar: airado contra los rebeldes, asiste a su protegido.

V. 7: Parece tratarse de un rito: el rey bebe el agua del torrente sagrado, fuente de vida, y así puede levantar la cabeza con confianza.

Para la reflexión del orante cristiano.- Este salmo, enigmático por su conjunción de oráculos, exorbitante por sus promesas a un minúsculo rey histórico de Palestina, se vuelve claro y exacto si lo leemos como lo ha leído la unánime tradición de la Iglesia: dicho de Cristo. Esta lectura ha comenzado ya en el NT.

Citan el verso 1 o dependen de él: Mt 26,64; Hch 2,34-35; 7,55; Rm 8,34; 1 Co 15,25; Ef 1,20; Hb 1,13; 8,1; 10,12; 1 Pe 3,22. Citan el verso 4: Hb 5,6ss; 7,1ss comentándolo.

Cristo ha sido engendrado por el Padre «antes de la aurora»; Cristo glorificado se sienta a la derecha del Padre; Cristo es sacerdote del rito de Melquisedec; es el heredero de la dinastía davídica.

[L. Alonso Schökel]

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Este salmo, «breve por el número de sus palabras, grande por el peso de sus sentencias» (San Agustín), es un oráculo doble, real y mesiánico, al Mesías, Rey y Sacerdote. Es el salmo más citado en el NT por su mesianismo.

Dos partes se distinguen en él: a) Dos oráculos al Mesías, Rey y Sacerdote, vv. 1-4; b) el cual vencerá a sus enemigos por obra de Yahvé, vv. 5-7.

VV. 1-4. Oráculo de Yahvé es una fórmula introductoria usada por los profetas. Ne'um=oráculo, designa una declaración solemne de Yahvé. Mi Señor es el título honorífico, que David da a un rey de Sión. Siéntate a mi diestra es una locución metafórica para significar una dignidad semejante a la del que invita, p. ej., la de Betsabé a la diestra de Salomón (1 Re 2,19). Invita Yahvé-el Señor. Y mi Señor, dicho por David, es la suprema dignidad por él reconocida después de Yahvé, que tiene su trono en los cielos y en Sión. El oráculo se dirige al Mesías, a quien David en otro oráculo llama «hijo de Yahvé» de modo singularísimo (2,7). La exegesis cristiana ha encerrado en la frase «sentarse a la diestra de Dios Padre» la doctrina de la divinidad de Jesucristo. Cristo mismo preludió ese uso (Mt 26,64; Jn 6,62; 20,17), y los apóstoles lo emplean hablando de Cristo resucitado (Hch 2,34; 1 Pe 3,22; Rm 8,34; Hb 1,13; 10,12ss). El oráculo continúa prometiendo al Mesías la sujeción de sus enemigos por obra de Yahvé: Hasta que ponga a tus enemigos, con sentido temporal aseverativo, no terminativo: la sujeción continuará después de haberlos sometido. Por escabel de tus pies es una metáfora usual en el mundo bélico de entonces.

El salmista comenta después (v. 2) el oráculo hablando con el Mesías: Desde Sión, como punto central e inicial del imperio mesiánico, extenderá Yahvé el cetro de tu poder, es decir, el poder de tu cetro. Y será tal tu poder (v. 3), que aun rodeado de enemigos, los dominarás, pues contigo está el poder real o principado. Así le queda asegurado al Mesías el dominio anunciado por el v. 1, que es un dominio propio de rey por el cetro, el principado y el enérgico dominarás o somete. Ese dominio mesiánico será ejercido desde el día de su nacimiento, con atuendos sagrados.

Al segundo oráculo (v. 4) precede una introducción: El Señor Yahvé lo ha jurado. Este oráculo es tan perentorio, que no le sigue comentario. Atribuye al Mesías un verdadero sacerdocio eterno según el rito de Melquisedec, que fue «sacerdote del Dios Altísimo» (Gn 14,18). Es eterno en cuanto a la persona, no en cuanto a la institución; excluye los sucesores propiamente dichos, pero no los vicarios. El rito de Melquisedec alude, implícitamente al menos, a la semejanza del sacerdocio del Mesías respecto al del rey de Salem y a su independencia respecto del sacerdocio levítico. El contexto impone un tercer rasgo de semejanza: ambos son reyes y sacerdotes.

VV. 5-7. El salmista comenta de nuevo el primer oráculo, volviendo a él en círculo concéntrico al modo oriental. El Señor está a su derecha ayudándole en la lucha. La victoria la ve ya conseguida en el pretérito profético quebrantará. El día de su ira es el del juicio punitivo contra reyes y naciones enemigas. Su acto definitivo es la sentencia. Bajo este nombre se incluyen todos los actos que integran el juicio, particularmente el juicio final. Y hace una pintura descriptiva de esa victoria en el v. 6.

El salmista termina (v. 7) hablando del Mesías como sujeto. Por su unión con Yahvé, el Mesías triunfa definitivamente. Beber del torrente en sentido propio es recibir fuerzas como Elías en el Karit, y en sentido figurado, como aquí, es recibir abundancia de dones divinos y delicias beatificantes. El camino ha de entenderse metafóricamente por el camino de la vida. Levantará la cabeza es otra frase metafórica para decir saldrá vencedor, alcanzará la victoria final para sí y para los demás: El y los suyos irán con la cabeza erguida.

[R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

Un salmo real, compuesto con motivo de la entronización del rey en Jerusalén o, quizá, en la fiesta de su aniversario. Lo integran tres partes: tres oráculos de Yahweh con visiones de un futuro glorioso. Aunque el «yo» que habla al rey sea un poeta o un profeta de corte, Yahweh es el sujeto que realiza todo: el que promete al rey dominio y títulos de gloria, y el que somete a su poder a todos los enemigos. Desde los primerísimos tiempos de la Iglesia, este salmo fue aplicado a Cristo.

El salmo está compuesto por tres oráculos y dos comentarios al primero y al tercer oráculo. Los oráculos podrían proclamarse por el presidente; los comentarios, por la asamblea:

Presidente, Oráculo 1.º: «Oráculo del Señor... estrado de tus pies» (v. 1).

Asamblea, Extensión del reino: «Desde Sión... en la batalla a tus enemigos» (v. 2).

Presidente, Oráculo 2.º: El soberano adopta al vasallo: «Eres príncipe... antes de la aurora» (v. 3).

Breve pausa

Presidente, Oráculo 3.º: Confirmación del rey en su trono: «El Señor lo ha jurado... según el rito de Melquisedec» (v. 4).

Asamblea, El soberano protege y ayuda al vasallo: «El Señor a tu derecha... por eso levantará la cabeza» (vv. 5-7).

Sentado a la derecha del Padre

El rey de Israel se sienta a la derecha del Poder divino: tiene parte en la fuerza bélica y triunfante de Yahweh, que reduce al polvo a sus enemigos. Es una imagen y un lenguaje grandilocuente para los soberanos israelitas, pero que cobra realismo cuando se aplica a Cristo. Después de vencer totalmente a sus enemigos, de pisotearlos, «fue elevado al cielo y está sentado a la derecha de Dios». Constituido así en Señor y Cristo, vendrá con el poder que el Padre le ha concedido y colocará a su derecha a quienes ya ahora misteriosamente se hallan sentados en el trono celeste de Cristo. Cantamos al rey victorioso exaltado a la derecha del Padre.

«Yo te he engendrado hoy»

En el mundo oriental, el monarca es hijo de Dios. Dios será para él como rocío y florecerá como un lirio. Es un rocío procedente del reino celeste, de la luz que ahuyenta las tinieblas, y obliga a la tierra a devolver a los muertos. Dios se constituye de este modo en dispensador de una vida nueva. Pues bien, «la promesa hecha a los padres se ha cumplido en nosotros, los hijos, al resucitar a Jesús, como está escrito: "Hijo mío eres tú, yo te he engendrado hoy"» (Hch 13,32-33). Engendrado antes de la aurora, Cristo es el primero de muchos hermanos, engendrados como él por el rocío divino. Sobre ellos, el Padre continúa pronunciando sus palabras de reconocimiento: «Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy». Alabemos a nuestro Dios por el inefable don de nuestra filiación.

Sacerdote según el orden de Melquisedec

La dinastía davídica, conquistadora de la ciudad jebusea de Jerusalén, continúa la tradición cananea de la ciudad, según la cual su rey es también sacerdote. Los sacerdotes de la antigua alianza fueron muchos porque la muerte les impedía perdurar. Sólo uno pudo heredar el sacerdocio de Melquisedec: Aquel cuya procedencia no es carnal, sino divina, y «llegado a la perfección se convirtió en causa de salvación para todos los que le obedecen» (Hb 5,9). Su sacerdocio permanece para siempre, ya que siempre está vivo para interceder por los que se llegan a Dios. Mediante su oblación efectuada de una vez para siempre ha llevado a la perfección a los santificados. Teniendo la seguridad de entrar en el santuario, fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad.

Resonancias en la vida religiosa

Inmediatez amorosa de Dios: Nuestra comunidad contempla en esta tarde al Cristo Jesús que la define: el Resucitado, el Victorioso, lleno del poder de Dios; el que da consistencia a todo lo que existe. No es el Vengador de nuestras maldades, sino el vigor de los impotentes, la fuerza de los débiles, el futuro de los desesperados, la riqueza de los pobres.

Jesús nos remite al Padre, fuente de todo lo que existe, nuestro Abba. Él engendró como rocío a Jesús y también nos engendra como personas y comunidad. Sin la vida que procede del Padre seríamos nada, vacío, islas.

El Padre ha constituido a Jesús Sacerdote permanente, que permite y posibilita el acceso a Dios, no una vez al año y por mediación de una víctima, sino inmediatamente. Jesús nos constituye en comunidad sacerdotal, testigo de la inmediatez amorosa de Dios, volcada hacia la humanidad.

Si vivimos en Cristo seremos comunidad transmisora de fuerza y esperanza, regenerada por Dios, mediadora del acceso amoroso al Dios amorosamente cercano.

Oraciones sálmicas

Oración I: Señor Dios todopoderoso y eterno, que has sentado a tu Hijo Jesucristo a tu derecha; haz que el poder de su cetro se extienda de mar a mar y desde el Gran Río hasta el confín de la tierra; y que nosotros un día seamos hallados dignos de ser colocados a la derecha de nuestro Señor Jesucristo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Oh Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo, a quien engendraste antes de la aurora de los tiempos y levantaste en la alborada del primer día; mira con amor a tus hijos de adopción y concédeles beber del torrente de tus delicias; así, saciados por ti, experimentarán el gozo de ser príncipes desde el día de su nacimiento. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Tu, Dios nuestro, juraste establecer a tu Hijo sacerdote eterno según el orden de Melquisedec; y éste, llegado a la perfección, es causa de salvación para todos los que le obedecen. Aviva en nosotros, partícipes del sacerdocio de Cristo, la seguridad de entrar en el santuario, donde nuestros enemigos -el pecado y la muerte- serán puestos por estrado de tus pies. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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