DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 86
Himno a Jerusalén, madre de todos los pueblos

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1Él la ha cimentado sobre el monte santo;
2y el Señor prefiere las puertas de Sión
a todas las moradas de Jacob.

3¡Qué pregón tan glorioso para ti,
ciudad de Dios!
4«Contaré a Egipto y a Babilonia
entre mis fieles;
filisteos, tirios y etíopes
han nacido allí».

5Se dirá de Sión: «Uno por uno
todos han nacido en ella;
el Altísimo en persona la ha fundado».

6El Señor escribirá en el registro de los pueblos:
«Éste ha nacido allí».
7Y cantarán mientras danzan:
«Todas mis fuentes están en ti».

 

[La Biblia de Jerusalén le pone a este salmo el título de Sión, madre de los pueblos. La santa Sión, ciudad de Dios, debe convertirse en la capital espiritual y madre de todos los pueblos. A todos los vecinos paganos de Israel: Egipto («Rahab»), Etiopía, Siro-Palestina, Mesopotamia, se les llama para que conozcan al verdadero Dios y le traigan prosélitos. Ésta es la voluntad de Yahvé expresada en el oráculo de los vv. 4-5. El salmo se inspira en Isaías y Zacarías. Isaías anunciaba ya esta función maternal de Sión, esposa fecunda de Yahvé, función por la que es figura de la iglesia. En el v. 5 los paganos son adoptados por Sión, que se convierte en su verdadera patria. El v. 6 trata de la lista de los ciudadanos. Los paganos inscritos se hacen ciudadanos de Sión. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es La gloria de la Jerusalén mesiánica. Bellísimo salmo mesiánico. Jerusalén vendrá a ser la ciudad en que todas las naciones gozarán de los derechos de ciudadanía, como si en ella hubieran nacido. Preludia la doctrina de San Pablo, de que en Cristo no hay judío ni griego, bárbaro ni escita, porque todos somos uno en Cristo (Col 3.11). Así mismo es un himno procesional, en el que intervienen las voces de los peregrinos, que se sienten felices al hollar el suelo de la ciudad santificada por la presencia de Yahvé. Todos los pueblos gentiles terminarán por concentrarse en ella, considerándola como su propia metrópoli. Cf. Is 2,2-4; Miq 4,1-3; Is 11,10. Es el horizonte esplendoroso y universalista de los tiempos mesiánicos.]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

Jerusalén, madre de todos los pueblos.

1. El canto a Jerusalén, ciudad de la paz y madre universal, que acabamos de escuchar, por desgracia está en contraste con la experiencia histórica que la ciudad vive. Pero la oración tiene como finalidad sembrar confianza e infundir esperanza.

La perspectiva universal del salmo 86 puede hacer pensar en el himno del libro de Isaías, en el cual confluyen hacia Sión todas las naciones para escuchar la palabra del Señor y redescubrir la belleza de la paz, forjando «de sus espadas arados», y «de sus lanzas podaderas» (cf. Is 2,2-5). En realidad, el salmo se sitúa en una perspectiva muy diversa, la de un movimiento que, en vez de confluir hacia Sión, parte de Sión; el salmista considera a Sión como el origen de todos los pueblos. Después de declarar el primado de la ciudad santa no por méritos históricos o culturales, sino sólo por el amor derramado por Dios sobre ella (cf. Sal 86,1-3), el salmo celebra precisamente este universalismo, que hermana a todos los pueblos.

2. Sión es aclamada como madre de toda la humanidad y no sólo de Israel. Esa afirmación supone una audacia extraordinaria. El salmista es consciente de ello y lo hace notar: «¡Qué pregón tan glorioso para ti, ciudad de Dios!» (v. 3). ¿Cómo puede la modesta capital de una pequeña nación presentarse como el origen de pueblos mucho más poderosos? ¿Por qué Sión puede tener esa inmensa pretensión? La respuesta se da en la misma frase: Sión es madre de toda la humanidad porque es la «ciudad de Dios»; por eso está en la base del proyecto de Dios.

Todos los puntos cardinales de la tierra se encuentran en relación con esta madre: Raab, es decir, Egipto, el gran Estado occidental; Babilonia, la conocida potencia oriental; Tiro, que personifica el pueblo comercial del norte; mientras Etiopía representa el sur lejano y Palestina la zona central, también ella hija de Sión.

En el registro espiritual de Jerusalén se hallan incluidos todos los pueblos de la tierra: tres veces se repite la fórmula «han nacido allí (...); todos han nacido en ella» (vv. 4-6). Es la expresión jurídica oficial con la que se declaraba que una persona había nacido en una ciudad determinada y, como tal, gozaba de la plenitud de los derechos civiles de aquel pueblo.

3. Es sugestivo observar que incluso las naciones consideradas hostiles a Israel suben a Jerusalén y son acogidas no como extranjeras sino como «familiares». Más aún, el salmista transforma la procesión de estos pueblos hacia Sión en un canto coral y en una danza festiva: vuelven a encontrar sus «fuentes» (cf. v. 7) en la ciudad de Dios, de la que brota una corriente de agua viva que fecunda todo el mundo, siguiendo la línea de lo que proclamaban los profetas (cf. Ez 47,1-12; Zc 13,1; 14,8; Ap 22,1-2).

En Jerusalén todos deben descubrir sus raíces espirituales, sentirse en su patria, reunirse como miembros de la misma familia, abrazarse como hermanos que han vuelto a su casa.

4. El salmo 86, página de auténtico diálogo interreligioso, recoge la herencia universalista de los profetas (cf. Is 56,6-7; 60,6-7; 66,21; Jl 4,10-11; Ml 1,11, etc.) y anticipa la tradición cristiana que aplica este salmo a la «Jerusalén de arriba», de la que san Pablo proclama que «es libre; es nuestra madre» y tiene más hijos que la Jerusalén terrena (cf. Ga 4,26-27). Lo mismo dice el Apocalipsis cuando canta a «la nueva Jerusalén, que baja del cielo, de junto a Dios» (Ap 21,2.10).

En la misma línea del salmo 86, también el concilio Vaticano II ve en la Iglesia universal el lugar en donde se reúnen «todos los justos, desde Adán, desde el justo Abel hasta el último elegido». Esa Iglesia «llegará gloriosamente a su plenitud al final de los siglos» (Lumen gentium, 2).

5. En la tradición cristiana, esta lectura eclesial del salmo se abre a la relectura del mismo en clave mariológica. Jerusalén era para el salmista una auténtica «metrópoli», es decir, una «ciudad-madre», en cuyo interior se hallaba presente el Señor mismo (cf. So 3,14-18). Desde esta perspectiva, el cristianismo canta a María como la Sión viva, en cuyo seno fue engendrado el Verbo encarnado y, como consecuencia, han sido regenerados los hijos de Dios. Las voces de los Padres de la Iglesia como, por ejemplo, Ambrosio de Milán, Atanasio de Alejandría, Máximo el Confesor, Juan Damasceno, Cromacio de Aquileya y Germano de Constantinopla, concuerdan en esta relectura cristiana del salmo 86.

Citaremos ahora a un maestro de la tradición armenia, Gregorio de Narek (ca. 950-1010), el cual, en su Panegírico de la santísima Virgen María, se dirige así a la Virgen: «Al refugiarnos bajo tu dignísima y poderosa intercesión, encontramos amparo, oh santa Madre de Dios, consuelo y descanso bajo la sombra de tu protección, como al abrigo de una muralla bien fortificada: una muralla adornada, en la que se hallan engarzados diamantes purísimos; una muralla envuelta en fuego y, por eso, inexpugnable a los asaltos de los ladrones; una muralla que arroja pavesas, inaccesible e inalcanzable para los crueles traidores; una muralla rodeada por todas partes, según David, cuyos cimientos fueron puestos por el Altísimo (cf. Sal 86,1.5); una muralla fuerte de la ciudad de arriba, según san Pablo (cf. Ga 4,26; Hb 12,22), donde acogiste a todos como habitantes, porque, mediante el nacimiento corporal de Dios, hiciste hijos de la Jerusalén de arriba a los hijos de la Jerusalén terrena. Por eso, sus labios bendicen tu seno virginal y todos te proclaman morada y templo de Aquel que es de la misma naturaleza del Padre. Así pues, con razón se te aplican las palabras del profeta: "Fuiste nuestro refugio y nuestro defensor frente a los torrentes en los días de angustia" (cf. Sal 45,2)» (Testi mariani del primo millennio, IV, Roma 1991, p. 589).

[Audiencia general del Miércoles 13 de noviembre de 2002]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 86 literalmente canta la gloria de Jerusalén y su maternidad universal. Dios ha colocado en la ciudad santa su morada y la ama con predilección: El Señor prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob. Por eso, aunque humanamente Jerusalén sea exigua e insignificante a los ojos del mundo, llegará a ser la madre de todos los pueblos; incluso los más poderosos y terribles enemigos de Israel: Egipto y Babilonia, desearán llegar a ser sus hijos: Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles.

Cantar con acentos tan entusiastas la gloria de una ciudad pequeña y sin prestigio, desconocida por las grandes potencias del mundo y frecuentemente pisoteada por los pueblos enemigos, no significa megalomanía por parte del pueblo creyente, sino fe y confianza en las promesas de Dios.

Para nosotros, hijos de la nueva Jerusalén, este salmo debe servirnos para cantar la gloria de nuestra madre la Iglesia. No con sentimientos de un falso triunfalismo -sabemos que la Iglesia es, como la Jerusalén de la antigua alianza, pequeña y exigua por nuestros valores humanos-, sino con adhesión firme a la palabra de Cristo, que tanto amó a su Iglesia que «se entregó a sí mismo por ella, purificándola con el baño del agua, para colocarla ante sí gloriosa, sin mancha ni arruga» (Ef 5,25-27). El Señor prefiere las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob; el amor de Cristo a su Iglesia es el fundamento de nuestra esperanza de que, al fin de los tiempos, ella será madre de todos los hombres, aun de aquellos que ahora aparecen como sus enemigos: Contaré a Egipto y a Babilonia entre mis fieles.

En la celebración comunitaria, si no es posible cantar la antífona propia, este salmo se puede acompañar cantando las antífonas «Hacia ti, morada santa» (MD 649), o bien «Ciudad celeste, tierra del Señor», sólo el estribillo (MD 601).

Oración I: Señor Jesús, tú que lloraste sobre la Jerusalén de la tierra, que había de ser destruida a causa de su infidelidad, y fundaste la nueva Jerusalén, madre de todos los creyentes, haz que los cristianos nos gloriemos siempre de ser hijos de la Iglesia, tu esposa amada, y que todos los hombres puedan ser contados un día entre los hijos de la Jerusalén del cielo. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Señor, tú que amas a la Iglesia y prefieres las puertas de Sión a todas las moradas de Jacob, haz que también nosotros, confiados en tus promesas y no en falsos valores humanos, sepamos decir siempre con nuestras palabras y con nuestras obras: «Todas mis fuentes y alegrías están en ti, nueva Jerusalén, esposa amada de Dios». Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

Canto a la ciudad del templo. Aunque hay bastantes defectos de trasmisión textual, el sentido general se desarrolla con claridad.

VV. 1-2: El fundamento de la gloria de Jerusalén es la elección. Dios mismo es el fundador de esta ciudad, en su nueva categoría sacra, ciudad del monte del templo. Aunque toda Palestina, las moradas de Jacob, son tierra de Dios, pero Sión es la «capital de Dios» en la tierra.

VV. 3-4: Egipto y Babilonia son archienemigos del pueblo escogido. Un día la irradiación de Jerusalén los ganará hasta convertirlos en ciudadanos del nuevo reino: lo mismo los enemigos históricos, filisteos, los comerciantes de Tiro, los remotos habitantes de Etiopía. Jerusalén se convierte en ciudad universal.

VV. 5-6: Aunque son extranjeros, pasan por un nuevo nacimiento y quedan inscritos como ciudadanos con pleno derecho de la ciudad que el Altísimo en persona ha fundado.

V. 7: Verso dudoso: en esta interpretación, los nuevos ciudadanos celebran una fiesta litúrgica, en la ciudad o en el templo, cantando cantos que comienzan o usan como estribillo el verso citado.

Para la reflexión del orante cristiano.- El salmo es enteramente escatológico: se refiere a la futura edad mesiánica. El particularismo se ha roto porque Cristo ha unido a sí a judíos y gentiles; la ciudad santa es ahora el reino de los cielos, al cual se nace en nuevo nacimiento, ofrecido sin distinción de razas o pueblos. La Iglesia es la nueva Jerusalén, ciudad del templo, madre de muchos hijos nuevos; sus fieles celebran en la liturgia esta maravillosa fecundidad. Y en la Jerusalén de la tierra, ven una anticipación y un camino hacia la verdadera Jerusalén celestial que describen los últimos capítulos del Apocalipsis.

[L. Alonso Schökel]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

Un himno a Sión, ciudad de Dios y madre de todos. Es una de las tradiciones que se remontan al profetismo clásico y va ganando en amplitud temporal y geográfica con el profetismo exílico y postexílico. El salmo 86 tal vez pueda fecharse entre los siglos VII y VI antes de Cristo, como parece insinuarlo la exclusión de Asiria -ya desaparecida para entonces- y la inclusión de Etiopía -que por esta época asciende, al amparo de Egipto-. Lo importante, con todo, no es la datación, ni la festividad concreta subyacente, imposible de precisar. Más importante es el júbilo por la ciudad de Dios y el futuro que se abre. Los pueblos que en otro tiempo fueron enemigos, ahora son hermanos. Todos tienen una misma madre.

En el rezo comunitario, este himno a Sión puede ser salmodiado al unísono. Acaso, teniendo en cuenta la pausa hebrea, pueda distribuirse la salmodia entre dos coros, finalizando con la intervención de la asamblea:

Coro 1.º, La elección de Jerusalén: «Él la ha cimentado... ciudad de Dios» (vv. 2-3).

Coro 2.º, La maternidad universal: «Contaré a Egipto... Este ha nacido allí» (vv. 4-6).

Asamblea, Conclusión festiva: «Y cantarán... están en ti» (v 7).

Sión, la preferida

Si la historia del «pueblo de Dios» se lee desde fuera, se detectan ambiciones inconfesables. Por ejemplo, Jacob suplanta a Esaú, Judá prevalece sobre los otros hijos del mismo padre. Interiormente hay una causa que lo explica todo: Dios usa misericordia con quien quiere. Es la historia del amor gratuito de Dios, de sus preferencias. Sólo uno es el preferido: Jesús, en quien se vuelcan las complacencias del Padre. Ello implica la desaparición de las antiguas instituciones sacrificiales, suplantadas ahora por la oblación del cuerpo de Cristo. Merced a esa heroica acción, el Padre se complació en colmar la humanidad de Jesús (Col 1,19). Plenitud y complacencia que llegan hasta nosotros, quienes hemos creído en la locura de la predicación (1 Co 1,21). Jesús, y nosotros en Él, es Sión la amada, la preferida, más que todas las moradas de Jacob.

Hijo, ahí tienes a tu madre

La «Abandonada» y «Desolada» se llamará en el futuro «Mi-Complacencia» y «Desposada». El fruto de este desposorio son los numerosos hijos de la más diversa procedencia. Todos tienen una común madre. Habrá que esperar un tiempo para que todo esto se realice. La «hora» de Jesús es el momento del cumplimiento. Llegada la «hora» están presentes «la madre» y el discípulo a quien Jesús quería, Juan. El confidente de Jesús, testigo de su entrega a la muerte, es testigo también de la gloria que se manifiesta en la cruz. Pero antes recibe la encomienda de la «madre»: «Ahí tienes a tu Madre». Este discípulo acepta el amor de Jesús, comprende su novedad mesiánica. Por eso acepta a la Iglesia, figurada en la Madre, como lo más precioso de su intimidad. La Iglesia es la tierra con la que Dios se ha desposado; la madre de distintos hijos, que vienen de diversas etnias religiosas, culturales y sociales. Cristo es y será todo en todos. Amemos a la Iglesia, nuestra Madre.

El agua del Enviado

Las canciones y danzas son expresión del gozo íntimo, incrementado por la presencia del agua viva. Si el agua agitada de la piscina de los cinco pórticos, situada dentro de la ciudad, no cura, si el agua de la Ley no apaga la sed, hay prevista un agua para los tiempos nuevos. El agua de Siloé, en las afueras de la ciudad, corre mansa, cura y sacia. Basta con salir fuera de la ciudad, acercarse a Jesús, el Enviado, y beber. El Espíritu vivificante que brota del Enviado apaga la sequía de nuestra tierra, sana el corazón enfermo, lava las manchas, infunde calor de vida en el hielo. Es un agua que sacia porque brota del trono de Dios (Ap 22,1).

Resonancias en la vida religiosa

La comunidad que emana del Espíritu: Como un río de su fuente, así emana nuestra fraternidad de la fuerza fecunda del Espíritu. Elegidos por el Padre, convocados por medio de Jesús de entre todas las naciones, somos comunidad carismática: pequeña por nuestra pobreza y grandiosa por nuestra vocación y misión; endeble por nuestra fragilidad, pero vigorosa por el cimiento que nos sostiene: la fidelidad del Señor.

La gloria de Dios nos envuelve, porque Él quiere manifestar en nosotros su poderío. ¡Qué pregón tan glorioso para ti, fraternidad de Dios! El carisma del Espíritu, que humildemente hemos acogido y que intentamos con su fuerza propagar, germinará en otras partes de nuestro mundo; asumirá el talante de otras culturas, de otros rostros, de otras sensibilidades. Y todos nos veremos aunados en un único carisma y una misma misión.

Oraciones sálmicas

Oración I: Padre, por tu amor insondable nos has preferido en tu Hijo, Cristo Jesús, y con él has derramado sobre nosotros toda bendición; insértanos en el dinamismo de tu Iglesia, tu ciudad preferida, y anticipo de la Jerusalén celestial. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Padre de todos los hombres, que en la Cruz de tu Hijo quisiste entregarnos a María por Madre, haciendo de ella el símbolo materno de la Iglesia; que crezca el número de tus hijos sin distinción de raza ni de nación y que todos ellos proclamen constantemente tu alabanza. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Padre, envíanos tu Espíritu, el Agua de la Vida, que brota de tu Enviado Jesús; apaga la sequía de nuestra tierra, sana el corazón enfermo, lava todas nuestras manchas. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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