DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 84
Nuestra salvación está cerca

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2Señor, has sido bueno con tu tierra,
has restaurado la suerte de Jacob,
3has perdonado la culpa de tu pueblo,
has sepultado todos sus pecados,
4has reprimido tu cólera,
has frenado el incendio de tu ira.

5Restáuranos, Dios salvador nuestro;
cesa en tu rencor contra nosotros.
6¿Vas a estar siempre enojado,
o a prolongar tu ira de edad en edad?

7¿No vas a devolvernos la vida,
para que tu pueblo se alegre contigo?
8Muéstranos, Señor, tu misericordia
y danos tu salvación.

9Voy a escuchar lo que dice el Señor:
«Dios anuncia la paz
a su pueblo y a sus amigos
y a los que se convierten de corazón».

10La salvación está ya cerca de sus fieles,
y la gloria habitará en nuestra tierra;
11la misericordia y la fidelidad se encuentran,
la justicia y la paz se besan;

12la fidelidad brota de la tierra,
y la justicia mira desde el cielo;
13el Señor nos dará la lluvia,
y nuestra tierra dará su fruto.

14La justicia marchará ante él,
la salvación seguirá sus pasos.

 

[La Biblia de Jerusalén le pone a este salmo el título de Oración por la paz y la justicia. Este salmo promete a los repatriados la paz mesiánica anunciada por Isaías y Zacarías. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Oración pidiendo la salud del pueblo. Celebra el salmista la vuelta del cautiverio y la restauración nacional. Pero ésta iba muy lentamente, no se ajustaba a las hermosas promesas contenidas en los oráculos de Isaías, Jeremías y Ezequiel. Por eso pide que llegue esa plena restauración, en la cual va ya implicada, lo mismo que en las aludidas profecías, la promesa mesiánica. Dicho de otro modo: En medio de la situación penosa después del exilio en las obras de reconstrucción nacional, el salmista reconoce la liberación del destierro y anuncia en estilo profético la plena restauración de los tiempos mesiánicos.]

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El salmo 84, que acabamos de proclamar, es un canto gozoso y lleno de esperanza en el futuro de la salvación. Refleja el momento entusiasmante del regreso de Israel del exilio babilónico a la tierra de sus padres. La vida nacional se reanuda en aquel amado hogar, que había sido apagado y destruido en la conquista de Jerusalén por obra del ejército del rey Nabucodonosor en el año 586 antes de Cristo.

En efecto, en el original hebreo del Salmo aparece varias veces el verbo shûb, que indica el regreso de los deportados, pero también significa un «regreso» espiritual, es decir, la «conversión». Por eso, el renacimiento no sólo afecta a la nación, sino también a la comunidad de los fieles, que habían considerado el exilio como un castigo por los pecados cometidos y que veían ahora el regreso y la nueva libertad como una bendición divina por la conversión realizada.

2. El Salmo se puede seguir en su desarrollo de acuerdo con dos etapas fundamentales. La primera está marcada por el tema del «regreso», con todos los matices a los que aludíamos.

Ante todo se celebra el regreso físico de Israel: «Señor (...), has restaurado la suerte de Jacob» (v. 2); «restáuranos, Dios salvador nuestro (...) ¿No vas a devolvernos la vida?» (vv. 5.7). Se trata de un valioso don de Dios, el cual se preocupa de liberar a sus hijos de la opresión y se compromete en favor de su prosperidad: «Amas a todos los seres (...). Con todas las cosas eres indulgente, porque son tuyas, Señor que amas la vida» (Sb 11,24.26).

Ahora bien, además de este «regreso», que unifica concretamente a los dispersos, hay otro «regreso» más interior y espiritual. El salmista le da gran espacio, atribuyéndole un relieve especial, que no sólo vale para el antiguo Israel, sino también para los fieles de todos los tiempos.

3. En este «regreso» actúa de forma eficaz el Señor, revelando su amor al perdonar la maldad de su pueblo, al borrar todos sus pecados, al reprimir totalmente su cólera, al frenar el incendio de su ira (cf. Sal 84, 3-4).

Precisamente la liberación del mal, el perdón de las culpas y la purificación de los pecados crean el nuevo pueblo de Dios. Eso se pone de manifiesto a través de una invocación que también ha llegado a formar parte de la liturgia cristiana: «Muéstranos, Señor, tu misericordia y danos tu salvación» (v. 8).

Pero a este «regreso» de Dios que perdona debe corresponder el «regreso», es decir, la conversión del hombre que se arrepiente. En efecto, el Salmo declara que la paz y la salvación se ofrecen «a los que se convierten de corazón» (v. 9). Los que avanzan con decisión por el camino de la santidad reciben los dones de la alegría, la libertad y la paz.

Es sabido que a menudo los términos bíblicos relativos al pecado evocan un equivocarse de camino, no alcanzar la meta, desviarse de la senda recta. La conversión es, precisamente, un «regreso» al buen camino que lleva a la casa del Padre, el cual nos espera para abrazarnos, perdonarnos y hacernos felices (cf. Lc 15,11-32).

4. Así llegamos a la segunda parte del Salmo (cf. vv. 10-14), tan familiar para la tradición cristiana. Allí se describe un mundo nuevo, en el que el amor de Dios y su fidelidad, como si fueran personas, se abrazan; del mismo modo, también la justicia y la paz se besan al encontrarse. La verdad brota como en una primavera renovada, y la justicia, que para la Biblia es también salvación y santidad, mira desde el cielo para iniciar su camino en medio de la humanidad.

Todas las virtudes, antes expulsadas de la tierra a causa del pecado, ahora vuelven a la historia y, al encontrarse, trazan el mapa de un mundo de paz. La misericordia, la verdad, la justicia y la paz se transforman casi en los cuatro puntos cardinales de esta geografía del espíritu. También Isaías canta: «Destilad, cielos, como rocío de lo alto; derramad, nubes, la victoria. Ábrase la tierra y produzca salvación, y germine juntamente la justicia. Yo, el Señor, lo he creado» (Is 45,8).

5. Ya en el siglo II con san Ireneo de Lyón, las palabras del salmista se leían como anuncio de la «generación de Cristo en el seno de la Virgen» (Adversus haereses III, 5,1). En efecto, la venida de Cristo es la fuente de la misericordia, el brotar de la verdad, el florecimiento de la justicia, el esplendor de la paz.

Por eso, la tradición cristiana lee el Salmo, sobre todo en su parte final, en clave navideña. San Agustín lo interpreta así en uno de sus discursos para la Navidad. Dejemos que él concluya nuestra reflexión: «"La verdad ha brotado de la tierra": Cristo, el cual dijo: "Yo soy la verdad" (Jn 14,6), nació de una Virgen. "La justicia ha mirado desde el cielo": quien cree en el que nació no se justifica por sí mismo, sino que es justificado por Dios. "La verdad ha brotado de la tierra": porque "el Verbo se hizo carne" (Jn 1,14). "Y la justicia ha mirado desde el cielo": porque "toda dádiva buena y todo don perfecto viene de lo alto" (St 1,17). "La verdad ha brotado de la tierra", es decir, ha tomado un cuerpo de María. "Y la justicia ha mirado desde el cielo": porque "nadie puede recibir nada si no se le ha dado del cielo" (Jn 3,27)» (Discorsi, IV/1, Roma 1984, p. 11).

[Audiencia general del Miércoles 25 de septiembre de 2002]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 84 es la oración de los repatriados de Babilonia, que durante los largos años del destierro habían suspirado por el retorno que ahora Dios les ha concedido. Su plegaria es, ante todo, un canto de acción de gracias al Dios que los ha salvado: Señor, has sido bueno con tu tierra, has restaurado la suerte de Jacob. Pero el retorno no ha sido tan glorioso como se habían imaginado durante los días del destierro: la ciudad está en ruinas, la sequía malogra los campos, los pueblos vecinos hostiles dificultan la reedificación del templo y de las murallas. Por ello a la acción de gracias por la libertad obtenida hay que añadir una súplica pidiendo una restauración más plena: Restáuranos, Dios salvador nuestro, es decir, devuélvenos aquella gloria de la antigua Jerusalén y muéstranos tu misericordia, como lo hiciste antaño con nuestros padres. La contemplación de la libertad lograda y el deseo de una restauración más plena lleva al salmista a un tercer sentimiento: la esperanza en las promesas de Dios. La pequeña restauración lograda es sólo presagio e inicio de la salvación escatológica que Dios prepara para su pueblo. Hay que abrirse a la esperanza: Voy a escuchar lo que dice el Señor: «Dios anuncia la paz»; la salvación está ya cerca de sus fieles.

Las tres ideas clave del salmo 84 son hoy, oportunamente, fundamento de nuestra oración cristiana, sobre todo en el momento de Laudes, hora de la resurrección del Señor. Por la resurrección de Cristo, Dios ha restaurado la suerte de su pueblo, ha perdonado su culpa, ha sepultado todos sus pecados. Pero, como en el caso de los repatriados de Babilonia, también nuestra salvación está sólo incoada: la resurrección de Jesús, cabeza del cuerpo de la Iglesia, es sólo el inicio de nuestra salvación, pues el cuerpo de la Iglesia vive aún sumergido en numerosas dificultades. Que nuestra plegaria, en esta hora de la resurrección del Señor, sea una oración de alabanza por lo que Dios nos ha dado ya; pero que, a esta acción de gracias, se añada nuestra súplica por una salvación más total: Restáuranos, Dios salvador nuestro, como restauraste el cuerpo de tu Hijo. Y que esta súplica nos abra también a la esperanza: Voy a escuchar lo que dice el Señor: La salvación está ya cerca de sus fieles.

En la celebración comunitaria, si no es posible cantar la antífona propia, este salmo se puede acompañar cantando alguna antífona de acción de gracias o de petición o esperanza de los bienes escatológicos, por ejemplo: «En Dios pongo mi esperanza» (MD 704), «Te damos gracias, Señor» (MD 833) o bien «Hasta cuándo, Señor, seguirás olvidándonos».

Oración I: Muéstranos, Señor, tu misericordia y, ya que confesamos y reconocemos nuestra miseria, no permitas que nuestra carne, tierra en la que habita tu gloria, sea esclava de las concupiscencias y del pecado. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Señor y Padre nuestro, tú que, en la muerte de Jesucristo, has sepultado todos nuestros pecados y, en su gloriosa resurrección, te has mostrado bueno con tu tierra, restáuranos plenamente mostrándonos tu misericordia y devolviéndonos la vida, para que tu pueblo se alegre contigo y nuestra tierra dé su fruto, resucitando como Cristo en gloria y santidad. Él, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

Una lamentación colectiva, con oráculo de salvación.

VV. 2-4: Se refiere a la gran liberación del destierro, como hecho reciente. El destierro ha tenido un valor expiatorio, ha «cubierto» o «sepultado» la culpa colectiva del pueblo, es decir, la infidelidad a Dios, el sincretismo religioso con la idolatría.

V. 4: Cuando la cólera de Dios -su reacción al pecado- actúa hasta el final, destruye al hombre o al pueblo. Pero Dios «ha frenado» su cólera.

VV. 5-8: La restauración no ha sido completa ni definitiva y el pueblo se encuentra de nuevo en la desgracia, en una situación de ira. El recuerdo de la liberación reciente (vv. 2-4) subraya el contraste de la situación actual, a la vez que apoya la confianza de la súplica. Hay que notar las repeticiones que ligan esta parte a la primera: «restaurar» (vv. 2.5), «ira» (vv. 4.6).

V. 9: A la plegaria del pueblo responde el oráculo divino, pronunciado probablemente por el sacerdote: Dios anuncia «paz» que es prosperidad íntegra.

V. 10: La salvación pedida en el verso 8. Al tiempo del destierro, la gloria de Dios, su presencia protectora, abandonó el templo; ahora volverá esa gloria o presencia de Dios a la tierra prometida, otra vez entregada al pueblo.

VV. 11-12: Como personajes que escoltan la gloria divina, son convocadas desde puntos diversos la misericordia, la fidelidad, la paz, la justicia. Fidelidad y justicia enlazan cielo y tierra en perfecta armonía.

V. 13: Sobreviene la lluvia, el gran bien o bendición de Dios, que baja del cielo, y la tierra, divinamente fecundada, produce su nuevo fruto.

V. 14: Se cierra el cortejo con dos figuras ya mencionadas: justicia y salvación.

Para la reflexión del orante cristiano.- Todos los actos de salvación del Antiguo Testamento quedan incompletos, preparando la salvación culminante, cuando en Jesús venga la gloria de Dios al mundo, y nuestra tierra germine al Justo. En ese momento se realiza el gran encuentro de la justicia con la fidelidad y la misericordia y la salvación, frutos de una tierra fecundada por el Espíritu. Pero de nuevo, la salvación realizada en Cristo se abre hacia la consumación, produciendo y sustentando nuestra esperanza.

[L. Alonso Schökel]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

Esta lamentación colectiva tiene el mismo trasfondo histórico que el detectado en el salmo 125. Pero si la expresión «has restaurado» no es un tecnicismo que designe la «repatriación», sino la vuelta a una acción pasada que se pinta como mejor; y si los tiempos pasados de los vv. 2-4 no expresan acciones terminadas, sino algo permanente, atemporal, que se refieren al mismo ser de Dios, la lógica de la oración es la siguiente: «Dios, a quien es propio restaurar, perdonar..., restaura, perdona...». La dinámica de los verbos va de un deprecativo: «Señor, sé bueno con tu tierra...» (vv. 2-4) al imperativo (vv. 5-8). Finaliza el salmo con un oráculo (vv. 9-14), que tiende a asegurar la audición de la plegaria. El pueblo pide algo concreto: Que su tierra sea beneficiada con la lluvia para poder obtener una buena cosecha.

En esta súplica colectiva hay, como decíamos, un progreso de lenguaje e intervención de diversos personajes. Podemos salmodiarla de la forma siguiente:

Coro 1.º, Recurso a los atributos divinos: «Señor, has sido bueno... el incendio de tu ira» (vv. 1-4).

Coro 2.º, Invocación apremiante: «Restáuranos... y danos tu salvación» (vv. 5-8).

Presidente, Oráculo profético: «Voy a escuchar... se convierten de corazón» (v. 9).

Asamblea, Glosa del oráculo: «La salvación está ya cerca... seguirá sus pasos» (vv. 10-14).

«Sé bueno, Señor, con tu tierra»

Cuando Dios despose nuestra tierra consigo -en justicia y equidad, en amor y compasión-, la tierra responderá al trigo, al mosto y al aceite virgen. Dios hará la sementera (Os 2,21s). Cambiará la suerte desesperada de nuestro suelo. La impiedad y las pasiones mundanas han comenzado a ser arrancadas «porque se ha manifestado la gracia salvadora de Dios a todos los hombres». Su aparición en nuestra tierra implica que Dios haya reprimido su cólera, sepultado nuestros pecados cometidos en el tiempo de su paciencia, para que nosotros fuéramos agraciados con el don de su justicia. En Cristo se han basado la misericordia y la fidelidad. El Señor ha sido bueno con su tierra. Necesitamos, no obstante, seguir viviendo con sensatez, justicia y piedad en el siglo presente, aguardando la manifestación del gran Dios y salvador nuestro. Así nuestra tierra dará un fruto plenamente sazonado.

«Señor, que vea»

El salmista pide insistentemente contemplar la misericordia, la compasión, el amor, la lealtad de Dios. Su petición es similar a la última que hizo Moisés: «Señor, enséñame tu gloria». Dios pasó ante Moisés proclamando: «El Señor es compasivo y clemente, paciente, grande en misericordia y fidelidad». Juan define su experiencia personal de Jesús como «la plenitud del amor y lealtad» (Jn 1,14). Como es un amor hasta el derroche de la propia vida -entregada por amor- y una lealtad a sí mismo que no admite retroceso, necesitamos hacer nuestra la oración del salmista: «Muéstrame, Señor, tu amor», «Señor, que vea» (Mc 10,51). Es necesario que Él nos abra los ojos no sólo para confesar «Tú eres el Cristo», sino también para saber seguirle por el camino en el que quien quiera ser el primero ha de convertirse en esclavo de todos. En esta escuela se aprende el amor y la lealtad de Dios.

Él es nuestra Paz

La paz es prosperidad íntegra, no es tan sólo remedio de un mal concreto. Aquí se anuncia la paz a su pueblo y a los que se convierten de corazón. Los destinatarios de la paz evangélica son todos los hombres, amados de Dios (Lc 2,14). La paz ha dejado de ser una noción. Es una persona que ha roto las barreras que separaban a los hombres entre sí y aquellas que les distanciaban de Dios. De este modo el rey pacífico ocupa el centro de la humanidad. Paz es su palabra de despedida. Paz es su saludo de reencuentro. Entre ambas etapas ha tenido lugar la victoria de Cristo, que colma de serenidad, de paz, a quienes se unen a Él. Los cristianos, buscadores de la paz, nos saludamos con palabras de paz porque la paz de Cristo está enraizada en nuestros corazones. Pidamos que Cristo sea la paz para todos los hombres castigados por el odio de la guerra.

Resonancias en la vida religiosa

Restáuranos, Dios salvador nuestro: Esta tierra emborronada de maldades y corrompida por los pecados ha recibido la visita del Hijo de Dios, Jesús, el Cristo. El no ha venido a condenarnos, sino a ser la encarnación de la bondad de Aquel que tanto amó al mundo; ha venido a restaurar nuestra deteriorada libertad, a perdonar nuestras culpas, a sepultar en su muerte todos nuestros pecados. En Jesús ha resplandecido la Luz de la Vida que alegra a su Pueblo. Su anuncio es conversión, paz, justicia. Con Él, sembrado en nuestra tierra, ha germinado la Gloria de Dios, la fidelidad, la salvación.

Dejémonos fecundar por esta semilla restauradora. Que Cristo viva por la fe en nuestros corazones. No impidamos el resurgir de una nueva creación entre nosotros, aunque caiga derruido nuestro mundo viejo y pecaminoso.

Oraciones sálmicas

Oración I: Sé bueno, Señor, con tu tierra, y únete a ella en justicia y equidad, en amor y compasión; sepulta nuestros pecados, para que seamos agraciados con el don de tu justicia, mientras aguardamos la manifestación del Gran Dios y Salvador nuestro Jesucristo. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Dios, que en Jesús nos manifestaste la plenitud del amor y de la lealtad, muéstranos tu amor, haz que veamos para confesar que Él es el Cristo y para saber seguirle en el camino del amor siempre fiel. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Dios, que anuncias la paz a tu Pueblo, a tus amigos y a quienes se convierten a ti de corazón; que acojamos el don de la paz que tu Hijo nos dejó y podamos colaborar en el mundo a la instauración de la bienaventuranza de los pacíficos. Te lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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