DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 61
La paz en Dios

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2Sólo en Dios descansa mi alma,
porque de él viene mi salvación;
3sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré.

4¿Hasta cuándo arremeteréis contra un hombre
todos juntos, para derribarlo
como a una pared que cede
o a una tapia ruinosa?

5Sólo piensan en derribarme de mi altura,
y se complacen en la mentira:
con la boca bendicen,
con el corazón maldicen.

6Descansa sólo en Dios, alma mía,
porque él es mi esperanza;
7sólo él es mi roca y mi salvación,
mi alcázar: no vacilaré.

8De Dios viene mi salvación y mi gloria,
él es mi roca firme,
Dios es mi refugio.

9Pueblo suyo, confiad en él,
desahogad ante él vuestro corazón,
que Dios es nuestro refugio.

10Los hombres no son más que un soplo,
los nobles son apariencia:
todos juntos en la balanza subirían
más leves que un soplo.

11No confiéis en la opresión,
no pongáis ilusiones en el robo;
y aunque crezcan vuestras riquezas,
no les deis el corazón.

12Dios ha dicho una cosa,
y dos cosas que he escuchado:

«Que Dios tiene el poder
13y el Señor tiene la gracia;
que tú pagas a cada uno
según sus obras».

 

COMENTARIO AL SALMO 61

[La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Dios, la única esperanza. Salmo didáctico: malicia de los hombres, nada de las creaturas, vanidad de las riquezas, imparcialidad del Juez celeste. Los vv. 3 y 7 son un estribillo.- Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Sólo en Dios hay que esperar. En medio de la lucha intestina que se desarrolla en Israel, el salmista pone en Dios su confianza; en Él están el poder y la misericordia; Él dará a cada uno según sus obras. Los impíos maquinan contra el salmista, que se siente seguro adherido a su Dios.]

* * *

Sólo en Dios hay que esperar

Como en el salmo 4, se expresa aquí la más ciega confianza en el Dios único, verdadero valedor para el salmista, incomprendido y hostilizado por doquier. El título (v. 1) lo atribuye a David, y, en ese supuesto, las circunstancias de la rebelión de Absalón o de Sebá darían pie para esta bella composición poética, en la que se exhorta al pueblo a poner su confianza no en las riquezas ni en los medios terrenos, sino sólo en Dios, fuente de justicia y de poder. En medio de las intrigas y asechanzas, sólo queda la esperanza de la protección de Yahvé. No pocos autores ven en este salmo un marcado sello de acción de gracias, con no pocas concomitancias con los salmos de tipo sapiencial.

Podemos dividirlo en tres partes: a) confianza en Dios frente a las asechanzas e hipocresías de los enemigos, vv. 2-5; b) exhortación a confiar en Dios y no en los hombres, vv. 6-10; c) el poder está únicamente en Dios, y no en las riquezas, vv. 11-13. A pesar de las persecuciones, el alma del salmista se siente segura, porque sabe que tiene la protección divina. Con toda valentía echa en cara a sus enemigos sus hipocresías y conjuras, que no han de tener efecto, porque sobre ellos está la omnipotencia de Yahvé, que le defiende.

Las dos primeras estrofas están precedidas de un refrán que repite la misma idea (vv. 2-3 y 6-7): el alma del salmista se siente segura en Yahvé, que es su «roca» y su «alcázar», inaccesible a los enemigos. Una vez declarada la seguridad de su alma y su quietud de espíritu, invita a los demás a refugiarse confiadamente en el que todo lo puede. El estilo es rico en metáforas vigorosas, que dan colorido a la composición.

Desde el punto de vista estilístico, no hay objeciones serias contra su supuesto origen davídico, aunque no pocos críticos modernos retrasen su composición a la época sapiencial.

Confianza en Dios (vv. 1-5). Antes de protestar por las añagazas de sus enemigos, el salmista declara que su confianza plena está en su Dios, y en Él encuentra reposo, ya que tiene la experiencia de haberle liberado de situaciones más comprometidas. Adherido a Yahvé, se siente como en una roca o alcázar inaccesible, desde la que puede desafiar todos los injustos ataques de sus adversarios; por eso no vacilará un momento, pues tiene el pie en lugar seguro.

Se siente perseguido, y este ataque es sistemático y reiterado, ya que se unen contra él como hombres que juntos fuerzan una pared inclinada en la que se ha abierto ya brecha (v. 4). No concreta el género de hostilidad de que es objeto, pero el contexto insinúa que se trata de asechanzas malévolas y traidoras, quizá porque les da en rostro su virtud. En su proceder doble, salvan las apariencias bendiciéndole con la boca, pero odiándole y maldiciéndole en su corazón (v. 5). Hipócritas redomados, creen engañarle con su aduladora conducta cuando están tramando su ruina.

Exhortación a confiar en Dios y no en los hombres (vv. 6-10). De nuevo se declara la total confianza en el que le otorga protección segura. Llevado de su experiencia al amparo de Dios, invita el poeta al pueblo a mostrarse también confiado contra toda adversidad. Parece que aquí el salmista habla al pueblo, reunido en asamblea, para que exprese sus sentimientos de gratitud al Señor en una generosa efusión de sus corazones, pues siempre encontrarán defensa y asilo en la mano poderosa de Yahvé (v. 9).

Nadie puede competir en poder con Yahvé: tanto los de la clase baja como los de la clase alta de la sociedad son como un soplo, y, puestos en una balanza, no pueden contrapesar con sus promesas y mentiras, sino que suben y desaparecen como un soplo (v. 10) por no tener fuerza y sustancia que les dé lastre frente a Dios. Sus asechanzas, pues, y sus cavilaciones no deben amedrentar al que confía en Dios.

No se debe confiar en las riquezas, sino sólo en Dios (vv. 11-13). Los fuertes procuran aumentar sus riquezas recurriendo a la violencia y a la opresión del débil. La opulencia conseguida con injusticias es inconsistente, ya que no tiene la bendición divina, y, por tanto, está expuesta a las mayores decepciones. El corazón del hombre debe estar por encima de todas las riquezas, ya que encuentra su único centro en Dios. Sólo Él puede aquietar sus profundas ansias espirituales. «Una vez habló Dios, y estas dos cosas le oí: que Dios...» (v. 12): El salmista ha oído la voz de Dios en la conciencia, que le dice que el poder proviene únicamente del Omnipotente, quien, por otra parte, retribuye a cada uno según sus obras (v. 13). El camino de la rectitud es el único que lleva a la felicidad, pues el hombre virtuoso camina bajo la protección y bendición de Dios.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
Dios, única esperanza del justo

1. Acaban de resonar las dulces palabras del salmo 61, un canto de confianza, que comienza con una especie de antífona, repetida a mitad del texto. Es como una jaculatoria serena y fuerte, una invocación que es también un programa de vida: «Sólo en Dios descansa mi alma, porque de él viene mi salvación; sólo él es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré» (vv. 2-3 y 6-7).

2. Sin embargo, este salmo, en su desarrollo, contrapone dos clases de confianza. Son dos opciones fundamentales, una buena y una mala, que implican dos conductas morales diferentes. Ante todo, está la confianza en Dios, exaltada en la invocación inicial, donde entra en escena un símbolo de estabilidad y seguridad, como es la roca, «el alcázar», es decir, una fortaleza y un baluarte de protección.

El salmista reafirma: «De Dios viene mi salvación y mi gloria, él es mi roca firme; Dios es mi refugio» (v. 8). Lo asegura después de aludir a las tramas hostiles de sus enemigos, que tratan de «derribarlo de la altura» (cf. vv. 4-5).

3. Luego, el orante fija con insistencia su atención crítica en otra clase de confianza, fundada en la idolatría. Es una confianza que lleva a buscar la seguridad y la estabilidad en la violencia, en el robo y en la riqueza.

Por eso, hace una exhortación clara y nítida: «No confiéis en la opresión, no pongáis ilusiones en el robo; y aunque crezcan vuestras riquezas, no les deis el corazón» (v. 11). Son tres los ídolos que aquí se citan y proscriben como contrarios a la dignidad del hombre y a la convivencia social.

4. El primer dios falso es la violencia, a la que por desgracia la humanidad sigue recurriendo también en nuestros días ensangrentados. Este ídolo va acompañado por un inmenso séquito de guerras, opresiones, prevaricaciones, torturas y crímenes execrables, cometidos sin el más mínimo signo de remordimiento.

El segundo dios falso es el robo, que se manifiesta mediante el chantaje, la injusticia social, la usura, la corrupción política y económica. Demasiada gente cultiva la falsa «ilusión» de que va a satisfacer de este modo su propia codicia.

Por último, la riqueza es el tercer ídolo, en el que el hombre «pone el corazón» con la engañosa esperanza de que podrá salvarse de la muerte (cf. Sal 48) y asegurarse un primado de prestigio y poder.

5. Sirviendo a esta tríada diabólica, el hombre olvida que los ídolos son inconsistentes, más aún, dañinos. Al confiar en las cosas y en sí mismo, se olvida de que es «un soplo..., una apariencia»; más aún, si se pesa en una báscula, resulta «más leve que un soplo» (Sal 61,10; cf. Sal 38,6-7).

Si fuéramos más conscientes de nuestra caducidad y del límite propio de las criaturas, no elegiríamos la senda de la confianza en los ídolos, ni organizaríamos nuestra vida de acuerdo con una escala de pseudo-valores frágiles e inconsistentes. Más bien, nos orientaríamos hacia la otra confianza, la que se funda en el Señor, fuente de eternidad y paz. En efecto, sólo él «tiene el poder»; sólo él es fuente de gracia; sólo él es artífice de justicia: «paga a cada uno según sus obras» (cf. Sal 61,12-13).

6. El concilio Vaticano II aplicó a los sacerdotes la invitación del salmo 61 a «no poner el corazón en las riquezas» (v. 11). El decreto sobre el ministerio y la vida de los presbíteros exhorta: «Los sacerdotes no deben de ninguna manera poner su corazón en las riquezas y han de evitar siempre toda codicia y abstenerse cuidadosamente de todo tipo de negocios» (Presbyterorum ordinis, 17).

Sin embargo, esta invitación a evitar la confianza perversa, y a elegir la que nos lleva a Dios, vale para todos y debe convertirse en nuestra estrella polar en la vida diaria, en las decisiones morales y en el estilo de vida.

7. Ciertamente, se trata de un camino arduo, que conlleva también pruebas para el justo y opciones valientes, pero siempre marcadas por la confianza en Dios (cf. Sal 61,2). A esta luz, los Padres de la Iglesia vieron en el orante del salmo 61 la prefiguración de Cristo, y pusieron en sus labios la invocación inicial de adhesión y confianza total en Dios.

A este respecto, en su Comentario al salmo 61, san Ambrosio argumenta así: «Nuestro Señor Jesucristo, al tomar la carne del hombre para purificarla en su persona, ¿qué otra cosa hubiera podido hacer inmediatamente sino borrar el influjo maléfico del antiguo pecado? Por la desobediencia, es decir, violando los mandamientos divinos, se había infiltrado el pecado. Por eso, ante todo tuvo que restablecer la obediencia, para apagar el foco del pecado... Él personalmente tomó sobre sí la obediencia, para transmitírnosla a nosotros» (Commento a dodici Salmi, 61, 4: SAEMO, VIII, Milán-Roma 1980, p. 283).

[Audiencia general del Miércoles 10 de noviembre de 2004]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 61 es la oración confiada de un hombre cruelmente perseguido; esta oración cuadra muy bien como final de la jornada. Hombres de poca fe, cuando la persecución se avecina, nos sentimos con frecuencia decaídos. Esta oración debería aportarnos la gran lección del abandono en manos de Dios: Pueblo suyo, confiad en él -nos dice el salmista-; aprended de mi experiencia, mis enemigos arremeten contra mí, sólo piensan en derribarme, pero, en realidad, no son más que un soplo; por eso, por muchos que sean sus ataques, mi alma descansa tranquila en Dios.

Oración I: Señor, mira compadecido a tu Iglesia: sus enemigos sólo piensan en derribarla, pero tu pueblo confía en ti; los hombres que nos persiguen no son más que un soplo, tú, en cambio, eres roca firme; ante ti desahogamos nuestro corazón y en ti nuestra alma descansa tranquila, pues tú tienes el poder y pagarás a cada uno según sus obras. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Que sólo en ti, Señor, descanse nuestra alma, porque sólo tú eres nuestra roca y nuestra salvación; que nuestro corazón no se apegue a los nobles, seres de polvo que no son más que un soplo, ni ponga su ilusión en la riqueza, cuya roña será testigo en contra de nosotros; sé sólo tú nuestra esperanza, tú que eres el único que tiene el poder y la gracia para pagar a cada uno según sus obras. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 61

Oración de confianza sólo en Dios.

VV. 2-3- El salmista ha encontrado asilo y salvación en el templo. Comienza afirmando enfáticamente esta experiencia religiosa «Sólo en Dios», y subrayándola en tres títulos emparentados: «mi roca», «mi salvación», «mi alcázar».

VV. 4-5: Desde el puesto seguro del templo se encara con los perseguidores y describe su actitud: con falsas acusaciones o con calumnias intentan socavar el prestigio o la vida de un inocente.

VV. 6-7. Variación de la estrofa inicial, en diálogo interno.

VV. 8-11. Con la experiencia profunda de la protección divina, el salmista se vuelve a enseñar y confortar a otros, introduciendo algunas reflexiones de tipo sapiencial.

VV. 8-9. Una nueva confesión pública prepara la invitación. El título «pueblo suyo» ya es un título para la confianza; y la súplica a Dios ha de ser íntima y sincera.

V. 10. El mismo tema del verso 4, pero ahora expuesto con tranquilidad, como una experiencia genérica de la vida humana.

V. 11. La breve exhortación desborda un poco lo anterior.

VV. 12-13. Concluye con un oráculo divino pronunciado en el templo. La fórmula «una cosa y dos» es procedimiento estilístico común. En «el poder y la gracia» se apoya toda la confianza del salmista.

Para la reflexión del orante cristiano.- En Cristo, Dios se nos hace presente, y por eso es él nuestro templo: en Cristo encontramos refugio y ponemos nuestra confianza. Él nos da la gran confianza para acudir al Padre y desahogar ante él nuestro corazón.

[L. Alonso Schökel]

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Este bello poema es una meditación de confianza en solo Dios de un contrariado por falsos hipócritas. Consta de tres partes: a) Una increpación esperanzada a los adversarios, vv. 2-5; b) una exhortación de confianza al pueblo, vv 6-9; c) una reflexión sapiencial, vv. 10-13. Las dos primeras están precedidas por un estribillo impregnado de sentimientos de confianza (vv. 2 y 6).

V. 1. El título le asigna un origen davídico. A su favor milita la inconmovible confianza de David en Yahvé y las muchas afinidades con el salmo 38. Para otros es un salmo de la comunidad o de un particular enfermo o acusado. La ocasión de su composición se desconoce: tal vez cuando la rebelión de Absalón (2 Sam 15,18), por las afinidades con otros salmos de aquel tiempo.

VV. 2-5. A diferencia del salmo 4, que empieza orando a Yahvé, éste comienza con una auto-exhortación, que es el estribillo, en el que el poeta afirma enfáticamente que en sólo Dios está su confianza, subrayado con tres epítetos afines: mi roca, mi salvación, mi alcázar. Y en una interpelación directa, se encara con los enemigos, que son muchos contra uno solo, y no cesan de tramar contra su dignidad (¿real?) o altura, como contra una pared medio derruida.

VV. 6-9. Adherido a la Roca inaccesible, está segura y quieta su alma, como repite el estribillo. Esas ideas se amplifican en v. 8, al uso semita. Y ahora exhorta al pueblo a confiar en Dios «en todo tiempo». Derramar o desahogar el corazón, en frase litúrgica, equivale a «sacrificar ofrendas de justicia» (cf. Sal 4,6). Aquí el sacrificio es el de la oración confiada y abierta a Dios.

VV. 10-13. Termina con dos motivaciones de confianza en sólo Dios, que son: la inutilidad del hombre y la eficiencia divina. La primera se expresa en términos axiomáticos, propios de la literatura sapiencial: sólo son un soplo, apariencia, pues la realidad no corresponde a esa apariencia. En forma de nueva exhortación, comenta la inutilidad de los medios humanos: la fuerza y la violencia, la opresión y la rapiña son vanas. La segunda motivación es que el verdadero poder está en Dios, y la bondad en el señor. Elegantemente introduce el poeta esta conclusión antitética con dos figuras de dicción, usadas también en la literatura sapiencial: la del número ascendente y la forma oracular, aquí indirecta: «Una vez ha hablado Dios: dos veces le he oído esto: que...» (v. 12). Según las leyes del apotegma numérico, ambos números expresan una misma cosa. El sentido es que Dios ha manifestado al salmista la doctrina expresada, que funda la esperanza del justo en el poder, la bondad y la justicia, con que Dios paga a cada uno según sus obras. El contenido del oráculo se anuncia parte narrando (v. 12), parte en oración dirigida a Dios (v. 13), como es frecuente a fin de salmo.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO 61

Introducción general

Probablemente este salmo se compuso a la sombra del templo, refugio, alcázar y salvación del fiel israelita (vv. 2-3. 6-7 y 8). El estribillo destaca un primer tema: «Dios es descanso del justo», completado con la auténtica confianza y esperanza. Valores que no están en los hombres, ni en la opresión, ni en las riquezas, sino en Dios, que detenta el poder, la gracia y la remuneración (vv. 9-13). Dios es el único suelo firme para construir la casa. Estas afirmaciones no son pura teoría en el salmo, sino convicciones auténticas, nacidas de la vida del salmista. En un momento difícil (vv. 4-7), Dios le salvó y su vida encontró sosiego. Su experiencia vale para los demás (vv. 8-11). No se cansará de proclamarlo una, dos y cien veces si fuera preciso (vv. 12-13).

Este salmo de confianza individual sólo en Dios puede ser rezado de la siguiente forma:

Salmista 1.º, Confianza en Yahvé: «Sólo en Dios... no vacilaré» (vv. 2-3).

Salmista 2.º, Actuación contra los enemigos: «¿Hasta cuándo... con el corazón maldicen» (vv. 4-5).

Salmista 1.º, Reiteración de la confianza: «Descansa sólo en Dios... mi refugio» (vv. 6-7).

Presidente, Lecciones para la asamblea: «Pueblo suyo... según sus obras» (vv. 9-13).

La asamblea puede repetir después de cada estrofa el estribillo sálmico: «Sólo Dios es mi roca y mi salvación, mi alcázar: no vacilaré».

«Nuestro corazón está inquieto hasta que repose en ti»

La quietud del salmista nada tiene que ver con la estoica indiferencia, con la pasiva resignación, ni con la huida del mundo. Es fruto maduro de la fe, que pone sus preocupaciones y angustias en el poder y sabiduría de Dios. El poder soberano de Dios se ha introducido en nuestra carne, dando vigencia a la promesa de entrar en el descanso. El Señor resucitado es nuestro descanso. Él proporciona un «hoy eterno» a los que mantienen hasta el fin la confianza segura del principio. Si para él hemos sido hechos, nuestro inquieto corazón sólo encontrará quietud cuando repose en el alcázar seguro; cuando sobre nosotros sea pronunciada la bienaventuranza última de quienes han encontrado su sábado eterno; que ninguno llegue retardado a ese descanso.

Hoy te he convertido en muralla de bronce

Bien necesita el creyente, sobre todo el profeta, que Dios vele por él. Ante el hombre no puede presentar más credenciales que la seducción divina, la íntima convicción de haber sido llamado y enviado. ¿Cómo se salvará el profeta de las mil asechanzas que le ponen? Sólo volviéndose a Dios, fuente de su vida y vocación. Ante los hombres aparecerá como una tapia ruinosa. Todos se creerán con el derecho de derribarla. Pero no podrán. Dios sostiene ocultamente la pared que Él levantó. ¿No es el mismo Dios que puso en su sitio la piedra fundamental y levantó la choza derruida de David? Volvamos al Autor de nuestros días y de nuestra vida, que en Dios tenemos una roca eterna. Él nos colmará de esperanza a la vez que nos dará gozo y paz.

Sólo una cosa es necesaria

Aunque nuestro salmista no levanta el estandarte de la pobreza como ideal, exhorta a distanciarse de las riquezas por más que se hayan adquirido legítimamente. Sólo una cosa es necesaria: pegarse a Dios, cuyo poder y amor están vueltos a los hombres. María de Betania, embebida en la audición de la Palabra, es una ejemplificación de lo único necesario. Marta, por el contrario, corre el peligro de que los cuidados de este mundo, con sus afanes y preocupaciones, la distraigan irremediablemente de lo necesario. El trato asiduo con el Señor y la preocupación por los asuntos del Señor, he aquí lo único necesario. El cristiano no se preocupa de ser libre sino para entregar su libertad al Señor. De este modo camina tras las huellas del Señor y afirma vivencialmente que sólo Dios tiene el poder y la gloria.

Resonancias en la vida religiosa

Cuando se conmueven los cimientos: Hay muchas cosas que nos inquietan y nos hacen perder la paz interior, comunitaria y social. Se conmueven nuestros cimientos como si alguien tuviera interés en derribar nuestra tapia ruinosa o la pared que cede. Nunca faltarán en nuestra existencia tales situaciones.

La actitud del corazón creyente ante ellas es proclamar con el salmista: ¡Sólo en Dios descansa mi alma! Paz, descanso, plenitud, encontraremos sólo en Dios.

Brota de esta experiencia fundante nuestra misión en el mundo y nuestro grito de alerta a los hombres, nuestros hermanos: «¡No confiéis en la opresión, no pongáis ilusiones en el robo!» Nuestro anuncio tiene un tema central e insustituible: «De Dios viene la salvación», «¡Sólo él es mi roca firme, mi alcázar, mi refugio, mi esperanza, mi gloria!»

El mensaje debe ser anunciado con la palabra y con una vida coherente con ella. Descansemos en el Señor, acordándonos de la palabra de Jesús: «Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os aliviaré».

Oraciones sálmicas

Oración I: Tú, Dios de la esperanza, eres el descanso de nuestra alma, nuestra roca, nuestro alcázar; de ti viene nuestra salvación y por eso no vacilamos, aunque nos ataquen por doquier; cólmanos de tu gozo y de tu paz. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Padre, constructor de tu Iglesia, contempla cómo las fuerzas del infierno quieren prevalecer contra ella; mantenla firme en la fe, la esperanza, el amor, y lleva a cumplimiento la obra que en ella iniciaste. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Dios de poder y de gracia, destruye todas nuestras secretas confianzas en el poder, la opresión y el robo, para que pongamos nuestro corazón en ti, que eres nuestra fuerza y la recompensa a nuestra fidelidad. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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