DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 48, I-II
Vanidad de las riquezas

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2Oíd esto, todas las naciones;
escuchadlo, habitantes del orbe:
3plebeyos y nobles, ricos y pobres;

4mi boca hablará sabiamente,
y serán muy sensatas mis reflexiones;
5prestaré oído al proverbio
y propondré mi problema al son de la cítara.

6¿Por qué habré de temer los días aciagos,
cuando me cerquen y acechen los malvados,
7que confían en su opulencia
y se jactan de sus inmensas riquezas,
8si nadie puede salvarse
ni dar a Dios un rescate?

9Es tan caro el rescate de la vida,
que nunca les bastará
10para vivir perpetuamente
sin bajar a la fosa.

11Mirad: los sabios mueren,
lo mismo que perecen los ignorantes y necios,
y legan sus riquezas a extraños.

12El sepulcro es su morada perpetua
y su casa de edad en edad,
aunque hayan dado nombre a países.

13El hombre no perdura en la opulencia,
sino que perece como los animales.

* * *

14Éste es el camino de los confiados,
el destino de los hombres satisfechos:
15son un rebaño para el abismo,
la muerte es su pastor,
y bajan derechos a la tumba;
se desvanece su figura,
y el abismo es su casa.

16Pero a mí, Dios me salva,
me saca de las garras del abismo
y me lleva consigo.

17No te preocupes si se enriquece un hombre
y aumenta el fasto de su casa:
18cuando muera, no se llevará nada,
su fasto no bajará con él.

19Aunque en vida se felicitaba:
«Ponderan lo bien que lo pasas»,
20irá a reunirse con sus antepasados,
que no verán nunca la luz.

21El hombre rico e inconsciente
es como un animal que perece.

 

COMENTARIO AL SALMO 48, I-II

[El salmo 48 es un poema sapiencial sobre la vanidad de las riquezas y la brevedad inexorable de la vida. La Liturgia de Vísperas nos lo ofrece dividido en dos partes, vv. 2-13 y 14-21, como si fueran dos salmos. La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Vanidad de las riquezas. Usando un adagio irónico (vv. 13 y 21), este salmo trata, como los salmos 36 y 72, del problema de la retribución y de la felicidad aparente de los malvados; y lo resuelve conforme a la doctrina tradicional de los Sabios. En el v. 16 el salmista cuenta con Dios para escapar a las garras del Seol. No se puede afirmar que vislumbre aquí la posibilidad de ser arrebatado al cielo como Henoc y Elías, pero piensa que la suerte final de los justos debe ser distinta de la de los impíos, y que la amistad divina no debe cesar. Esta fe, todavía implícita, en una retribución futura prepara la revelación ulterior de la resurrección de los muertos y de la vida eterna.- Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Todo hombre es mortal, pero el justo tiene la firme esperanza de la inmortalidad. Composición didáctico-sapiencial en la que se plantea el gran problema: ¿Por qué prosperan los malvados mientras los justos llevan vida miserable? Como en el libro de Job, la solución está en admirar los caminos misteriosos y secretos de la Providencia. En este salmo, cuyo tema es la sentencia de muerte que pesa sobre todos los hombres, es muy de notar la seguridad que en el v. 16 expresa el salmista, de ser por Dios librado de la muerte.]

* * *

Salmo 48: El enigma de la Providencia

En este salmo didáctico-sapiencial se plantea el gran problema de la retribución en esta vida: ¿Por qué prosperan los impíos, mientras los justos llevan vida dura y miserable? Este problema es el tema central del libro de Job y de algunos otros salmos, como el 38, 72, 89 y 138. La solución está en los caminos misteriosos de la Providencia, que son inescrutables al humano entendimiento. Al hombre, por tanto, no le queda sino acatar estos misteriosos designios divinos y procurar, con todo, amoldarse a las exigencias de su Ley.

El autor del salmo es un moralista de la escuela de los «sabios», que insiste en el hecho de que las riquezas no acompañan al impío a la otra vida. Por otra parte, tiene seguridad de que el justo triunfará sobre el impío y que Dios le premiará su virtud (v. 15) librándole del seol, o morada de los muertos (v. 16). El estilo sentencioso con que se expone el tema tiene muchas afinidades con el del libro de los Proverbios.

El salmo puede dividirse en dos partes, cada una de ellas con dos estrofas, precedidas de un preludio (vv. 1-5). Las dos secciones del salmo (vv. 6-12 y 14-20) se cierran con un estribillo (vv. 13 y 21) que predica la caducidad de las riquezas humanas. El estilo sapiencial y sus analogías de expresión con el salmo 72 hacen pensar que el salmo 48 es de composición tardía, no anterior al siglo III antes de Cristo.

Preludio: invitación a prestar atención (vv. 2-5). Con todo énfasis, el poeta pide atención a sus oyentes, pues va a dilucidar un problema difícil y a aportar luz a un misterio. Sus palabras se dirigen a los pueblos todos, porque va a tratar de un interrogante que angustia a todas las conciencias: el problema de la justa retribución y compensación en esta vida por las buenas o malas obras realizadas. Por ello, el tema de su discurso es de interés general para todos los moradores del orbe. La literatura «sapiencial» se caracteriza por abordar problemas humanos en toda su universalidad; así, en el libro de Job se plantea con crudeza el problema de la ecuación entre la virtud y la prosperidad en esta vida, y en el libro del Eclesiastés se aborda la realidad de la vaciedad de las cosas y quehaceres humanos, analizando las inquietudes del hombre sin restricción de fronteras ni razas. El salmista se sitúa en la misma perspectiva universalista: trata del misterio de la Providencia en la vida de los hombres como tales, prescindiendo de su pertenencia o vinculación a Israel.

El salmista especifica su auditorio (plebeyos y nobles, ricos y pobres), para insinuar el matiz de su discurso. En el contexto del salmo, rico viene a ser sinónimo de impío, y pobre equivalente a justo. La experiencia dice que los impíos se enriquecen, mientras los justos llevan vida pobre y despreciable. Ahora el salmista quiere probar con sus sentencias sabias y sus palabras sensatas que, en el fondo, la felicidad está al lado del justo, aunque ahora le toque sufrir, pues a la hora de la verdad tendrá la rehabilitación plena, mientras que el impío tendrá que dejar sus riquezas después de la muerte sin compensación alguna. Con todo, su exposición tendrá mucho de enigma o problema. El salmista va a exponer, pues, de modo proverbial y enigmático su solución al problema (v. 5), inteligible sólo al que tenga perspicacia mental.

La prosperidad de los impíos es sólo transitoria (vv. 6-13). El salmista sale al paso de los justos que vacilan en sus caminos al contemplar la prosperidad de los malvados y la propia miseria. En realidad, los fieles a la Ley divina están constantemente hostilizados por los que viven fuera de toda ley, los cuales van pisando los talones del justo, poniéndole añagazas y haciendo ostentación de su opulencia y riquezas, para hacerle ver que el único modo de medrar en la vida es no tener escrúpulos religiosos y morales (v. 7). Pero, en realidad, su presunción se basa en un supuesto falso, ya que sus riquezas no bastarán para rescatarles de la muerte, pues Dios es el único dueño de la vida y de la muerte y no permite que se rescate por dinero su vida; las mayores riquezas no son suficientes para servir de rescate de la vida de un hombre.

Según la legislación mosaica, en determinados casos se podía redimir y rescatar la vida con dinero (cf. Ex 21,30). Pero nadie puede creer que ha de continuar viviendo indefinidamente, pues el precio del rescate de su vida es tan caro, que no hay dinero suficiente para librar de la muerte. La experiencia muestra que todos, sabios o necios, mueren. A los sabios, de nada les sirven sus conocimientos para librarse de la muerte; al final, su suerte es como la del necio o ignorante, pues tienen que dejar a otros sus haciendas y contentarse con sus tumbas como morada permanente. Aunque anteriormente hubieran dado sus nombres a las tierras que poseían, ahora tendrán que contentarse con dar nombre a un sepulcro, a unos pies de tierra. Esta es la gran realidad de la muerte, que evapora todas las falsas ilusiones de la vida. Es inútil que el hombre espere perdurar en su esplendor y triunfo, pues al fin desaparece como las bestias, que perecen (v. 13).

Contraposición de la suerte final de los impíos y de los justos (vv. 14-21). Los autosuficientes, que creen que no deben confiar sino en sus riquezas, olvidándose de Dios, tendrán un fin desastroso, pues serán visitados por la mano justiciera de Dios, que les enviará la muerte; ésta los gobernará, y pastoreará su rebaño en la región tenebrosa del seol, la morada de los muertos. Esta personificación de la muerte es irónica: los impíos, que no han querido someterse al gobierno paternal de la Providencia divina, serán tratados como rebaño destinado al matadero y pastoreado por la muerte. En una noche desaparecen, y a la mañana su figura se desvanece. Los justos, en cambio, despiertan triunfantes sobre los opresores caídos (v. 16): «ha pasado la noche de la opresión para venir la mañana de la liberación» (A. F. Kirkpatrick); es el alborear del día justiciero de Yahvé del que habla el profeta: «Mirad que llega el día, ardiente como un horno: los malvados y perversos serán la paja, y los quemaré el día que ha de venir... Pero a los que honran mi nombre los iluminará un sol de justicia que lleva la salud en las alas... y pisotearán a los malvados, que serán como ceniza bajo la planta de sus pies» (Mal 4,1-3).

El salmista supone que, en el día de la manifestación justiciera de Yahvé sobre los pecadores, los justos los dominarán; es la misma idea del vaticinio profético, expresada con menos radicalismo. Ante la perspectiva del profeta y del salmista, el «día del Señor» es el día de la manifestación de su justicia antes de la inauguración mesiánica. En Salmo 1,5-6 se dice que «no prevalecerán los impíos en el juicio, ni los pecadores en la asamblea de los justos, porque Yahvé protege el camino de los justos, pero el camino de los pecadores acaba mal». En efecto, el camino de los que insensatamente confían en sí mismos (v. 14) llevará a la perdición en la hora de la verdad, que es la de la intervención justiciera de Yahvé. Entonces los impíos serán como un rebaño destinado al sacrificio, a la muerte, que será su «pastor».

En cambio, la situación del justo será muy diversa en la hora de la prueba definitiva, ya que Dios le rescatará del seol, es decir, le liberará de la muerte afrentosa que espera a los impíos; en el momento crítico de la manifestación justiciera, Dios le llevará consigo (v. 16). En cambio, los pecadores son presa del seol, donde su figura se desvanece, pues es la región de las «sombras», en la que los difuntos llevan una vida lánguida como en ectoplasma, sin el vigor físico que caracteriza a la corporal de la tierra. Al contrario, los justos serán objeto de una particular providencia divina, pues serán preservados de la muerte que amenaza a aquéllos.

La perspectiva es escatológica, y parece aludir al juicio divino antes de la manifestación mesiánica y la implantación de la nueva teocracia, a la que sólo tendrán acceso los justos. Según la mentalidad del AT, Dios envía a los pecadores una muerte prematura, mientras que a los que le son fieles les otorga una vida larga. Según el salmista, las riquezas de los impíos no tendrán valor para rescatar su vida a la hora de la muerte, mientras que las obras buenas y la fidelidad del justo contribuirán a que Dios rescate su alma o vida (v. 16) de la muerte. En los salmos son corrientes las frases alusivas al rescate de la vida del justo de una muerte inminente. En el momento crítico, Dios le tomará para que no vaya a engrosar el rebaño de los impíos, que están destinados a la muerte. En Gén 5,24 se dice de Henoc que Dios «se lo llevó», librándolo de la muerte corporal. Quizá en las ansias de supervivencia del salmista haya una remota esperanza de ser preservado de la muerte de modo milagroso, pero en el contexto no hay indicios claros para esta suposición.

En el contexto no encontramos todavía la expresión clara de la esperanza de supervivencia en la otra vida en intimidad con Dios, como se supone en el libro de la Sabiduría (3,17), ni menos la esperanza de resurrección; pero en las palabras del salmista hay unos deseos incoercibles de permanecer viviendo a la sombra protectora de Yahvé, y, en este sentido, sus afirmaciones llevan el germen de la futura doctrina sobre la retribución en ultratumba. No obstante, si el salmista hubiera afirmado abiertamente la vida dichosa del justo después de la muerte, habría dado una solución más clara al problema de la desigualdad del impío y del justo en esta vida. Aquí parece que la compañía y las buenas relaciones con Dios son la mejor garantía para el justo contra la muerte, al tener menos probabilidades de ser arrebatado en muerte prematura como el impío. Los autores no convienen al determinar el sentido preciso del v. 16, pues unos ven aquí la fe en la inmortalidad del alma y su reunión con Dios; otros creen que el salmista espera ser librado de la muerte como Henoc y ser llevado a Dios; otros admiten la idea de la inmortalidad.

Consecuencia de esta doctrina es que no se debe tener envidia del que prospera en esta vida, pues sus riquezas no le servirán para después de la muerte, y más bien acelerarán el fin del que las posee si no vive según la ley divina (v. 18). Es lo que declara el sabio en el Eclesiastés 5,13-14: «Pierden las riquezas... Como desnudo salió del seno de su madre, desnudo se tornará... y nada podrá tomar de sus fatigas para llevárselo consigo». Durante su vida se halagaba a sí mismo, creyendo que había triunfado en ella al poder satisfacer sus caprichos, y considerándose al abrigo del infortunio (cf Lc 12,19); pero llegará la hora de dejarlo todo para ir a la morada de sus padres, la región tenebrosa del seol. Según la mentalidad del AT, los difuntos se reunían por familias en la región de las sombras, imitando así de algún modo la vida anterior en la tierra; pero el seol es una región de «sombras» y en ella no se ve la luz (v. 20). El que ha entrado en esta región oscura no podrá volver de nuevo a la vida luminosa de la tierra. El salmista termina repitiendo el estribillo de que el esplendor del hombre es transitorio, y al fin muere como las bestias (v. 21).

[ Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
Vanidad de las riquezas (Sal 48, 2-13)

1. Nuestra meditación sobre el salmo 48 se articulará en dos etapas, precisamente como hace la Liturgia de las Vísperas, que nos lo propone en dos tiempos. Comentaremos ahora de modo esencial su primera parte, en la que la reflexión se inspira en una situación de malestar, como en el salmo 72. El justo debe afrontar «días aciagos», porque lo «cercan y lo acechan los malvados», quienes «se jactan de sus inmensas riquezas» (cf. Sal 48,6-7).

La conclusión a la que llega el justo se formula como una especie de proverbio, que se encontrará también al final de todo el salmo. Sintetiza de modo límpido el mensaje dominante de la composición poética: «El hombre no perdura en la opulencia, sino que perece como los animales» (v. 13). En otros términos, las «inmensas riquezas» no son una ventaja, ¡al contrario! Es mejor ser pobre y estar unido a Dios.

2. En el proverbio parece resonar la voz austera de un antiguo sabio bíblico, el Eclesiastés o Qohélet, cuando describe el destino aparentemente igual de toda criatura viviente, el de la muerte, que hace completamente vano el aferrarse frenéticamente a las cosas terrenas: «Como salió del vientre de su madre, desnudo volverá, como ha venido; y nada podrá sacar de sus fatigas que pueda llevar en la mano... Porque el hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra... Todos caminan hacia una misma meta» (Qo 5,14; 3,19.20).

3. Una torpeza profunda se apodera del hombre cuando se ilusiona con evitar la muerte afanándose en acumular bienes materiales: por ello el salmista habla de un «no comprender» de índole casi irracional.

Sea como fuere, todas las culturas y todas las espiritualidades han analizado este tema, que Jesús expone en su esencia de modo definitivo cuando declara: «Mirad y guardaos de toda codicia, porque, aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes» (Lc 12,15). Él narra también la famosa parábola del rico necio, que acumula bienes en exceso, sin imaginar que la muerte le está tendiendo una emboscada (cf. Lc 12,16-21).

4. La primera parte del salmo está centrada por completo precisamente en esta ilusión que conquista el corazón del rico. Éste está convencido de que puede «comprarse» también la muerte, casi intentando corromperla, un poco como ha hecho para obtener todas las demás cosas, o sea, el éxito, el triunfo sobre los demás en el ámbito social y político, la prevaricación impune, la saciedad, las comodidades, los placeres.

Pero el salmista no duda en considerar necia esta pretensión. Recurre a un vocablo que tiene un valor también financiero, «rescate»: «Nadie puede salvarse ni dar a Dios un rescate. Es tan caro el rescate de la vida, que nunca les bastará para vivir perpetuamente sin bajar a la fosa» (vv. 8-10).

5. El rico, aferrado a su inmensa fortuna, está convencido de lograr dominar también la muerte, así como ha mandado en todo y a todos con el dinero. Pero por ingente que sea la suma que esté dispuesto a ofrecer, su destino último será inexorable. En efecto, al igual que todos los hombres y mujeres, ricos o pobres, sabios o ignorantes, deberá encaminarse a la tumba, lo mismo que les ha sucedido a los potentes, y deberá dejar en la tierra el oro tan amado, los bienes materiales tan idolatrados (cf. vv. 11-12).

Jesús dirigirá a sus oyentes esta pregunta inquietante: «¿Qué puede dar el hombre a cambio de su vida?» (Mt 16,26). Ningún cambio es posible, porque la vida es don de Dios, que «tiene en su mano el alma de todo ser viviente y el soplo de toda carne de hombre» (Jb 12,10).

6. Entre los Padres que han comentado el salmo 48 merece una atención particular san Ambrosio, que ensancha su sentido según una visión más amplia, en concreto, a partir de la invitación inicial del salmista: «Oíd esto, todas las naciones; escuchadlo, habitantes del orbe».

El antiguo obispo de Milán comenta: «Reconocemos aquí, precisamente al inicio, la voz del Señor salvador que llama a los pueblos a la Iglesia, para que renuncien al pecado, se conviertan en seguidores de la verdad y reconozcan la ventaja de la fe». Por lo demás, «todos los corazones de las diversas generaciones humanas estaban contaminados por el veneno de la serpiente, y la conciencia humana, esclava del pecado, no era capaz de apartarse de él». Por eso el Señor, «por iniciativa suya, promete el perdón en la generosidad de su misericordia, para que el culpable ya no tenga miedo, sino que, con plena conciencia, se alegre de ofrecer ahora sus servicios de siervo al Señor bueno, que ha sabido perdonar los pecados y premiar las virtudes» (Commento a dodici Salmi, n. 1: SAEMO, VIII, Milán-Roma 1980, p. 253).

7. En estas palabras del salmo se siente resonar la invitación evangélica: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso. Tomad sobre vosotros mi yugo» (Mt 11,28-29). San Ambrosio continúa: «Como uno que vendrá a visitar a los enfermos, como un médico que vendrá a curar nuestras llagas dolorosas, así él nos ofrece la curación, para que los hombres lo sientan bien y todos corran con confiada solicitud a recibir el remedio de la curación... Llama a todos los pueblos al manantial de la sabiduría y del conocimiento, promete a todos la redención, para que nadie viva en la angustia, nadie viva en la desesperación» (n. 2: ib., pp. 253-255).

[Audiencia general Miércoles 20 de octubre de 2004]

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LA RIQUEZA HUMANA NO SALVA (Sal 48, 14-21)

1. La Liturgia de Vísperas, en su desarrollo progresivo, nos vuelve a presentar el salmo 48, de estilo sapiencial, cuya segunda parte (cf. vv. 14-21) se acaba de proclamar. Al igual que la anterior (cf. vv. 1-13), que ya hemos comentado, también esta sección del salmo condena la falsa esperanza engendrada por la idolatría de la riqueza. Se trata de una de las tentaciones constantes de la humanidad: aferrándose al dinero, al que se considera dotado de una fuerza invencible, los hombres se engañan creyendo que pueden «comprar también la muerte», alejándola de sí.

2. En realidad, la muerte irrumpe con su capacidad de demoler cualquier ilusión, eliminando todos los obstáculos, humillando toda confianza en sí mismo (cf. v. 14) y encaminando a ricos y pobres, soberanos y súbditos, necios y sabios, al más allá. Es eficaz la imagen que el salmista utiliza, presentando la muerte como un pastor que guía con mano firme al rebaño de las criaturas corruptibles (cf. v. 15). Por consiguiente, el salmo 48 nos propone una meditación realista y severa sobre la muerte, meta ineludible fundamental de la existencia humana.

A menudo, de todos los modos posibles tratamos de ignorar esta realidad, esforzándonos por no pensar en ella. Pero este esfuerzo, además de inútil, es inoportuno. En efecto, la reflexión sobre la muerte resulta benéfica, porque relativiza muchas realidades secundarias a las que, por desgracia, hemos atribuido un carácter absoluto, como la riqueza, el éxito, el poder... Por eso, un sabio del Antiguo Testamento, el Sirácida, advierte: «En todas tus acciones ten presente tu fin, y jamás cometerás pecado» (Si 7,36).

3. Pero en nuestro salmo hay un viraje decisivo. El dinero no logra «rescatarnos» de la muerte (cf. Sal 48,8-9); sin embargo, alguien puede redimirnos de ese horizonte oscuro y dramático. En efecto, dice el salmista: «Pero a mí Dios me salva, me saca de las garras del abismo» (v. 16).

Así se abre, para el justo, un horizonte de esperanza e inmortalidad. A la pregunta planteada al inicio del salmo (¿Por qué habré de temer?: v. 6), se le da respuesta ahora: «No te preocupes si se enriquece un hombre» (v. 17).

4. El justo, pobre y humillado en la historia, cuando llega a la última frontera de la vida, carece de bienes, no tiene nada que ofrecer como «rescate» para detener la muerte y evitar su gélido abrazo. Pero he aquí la gran sorpresa: Dios mismo paga el rescate y arranca de las manos de la muerte a su fiel, porque él es el único que puede derrotar a la muerte, inexorable para las criaturas humanas.

Por eso, el salmista invita a «no temer» y a no envidiar al rico, cada vez más arrogante en su gloria (cf. ib.), porque, al llegar a la muerte, se verá despojado de todo, no podrá llevar consigo ni oro ni plata, ni fama ni éxito (cf. vv. 18-19). En cambio, el fiel no será abandonado por el Señor, que le señalará «el sendero de la vida, lo saciará de gozo en su presencia, de alegría perpetua a su derecha» (cf. Sal 15,11).

5. Así, podríamos poner, como conclusión de la meditación sapiencial del salmo 48, las palabras de Jesús, que nos describe el auténtico tesoro que desafía a la muerte: «No amontonéis tesoros en la tierra, donde hay polilla y herrumbre que corroen, y ladrones que socavan y roban. Amontonad más bien tesoros en el cielo, donde no hay polilla ni herrumbre que corroan, ni ladrones que socaven y roben. Porque donde esté tu tesoro, allí estará también tu corazón» (Mt 6,19-21).

6. En armonía con las palabras de Cristo, san Ambrosio, en su Comentario al salmo 48, reafirma de modo neto y firme la inconsistencia de las riquezas: «Son cosas caducas y se van con más rapidez de la que llegaron. Un tesoro de este tipo no es más que un sueño. Te despiertas y ya ha desaparecido, porque el hombre que logra superar la borrachera de este mundo y vivir la sobriedad de las virtudes, desprecia todas estas cosas y no da valor alguno al dinero» ( Commento a dodici salmi, n. 23: SAEMO VIII, Milán-Roma 1980, p. 275).

7. El obispo de Milán invita, por consiguiente, a no dejarse atraer ingenuamente por las riquezas y por la gloria humana: «No tengas miedo, ni siquiera cuando veas que se ha agigantado la gloria de algún linaje poderoso. Mirando a fondo con atención, te parecerá vacía si no tiene una brizna de la plenitud de la fe». De hecho, antes de la venida de Cristo, el hombre se encontraba arruinado y vacío: «La ruinosa caída del antiguo Adán nos vació, pero la gracia de Cristo nos llenó. Él se vació a sí mismo para llenarnos a nosotros y para que en la carne del hombre habitara la plenitud de la virtud». San Ambrosio concluye que, precisamente por eso, ahora podemos exclamar, con san Juan: «De su plenitud hemos recibido todos gracia sobre gracia» (Jn 1,16) (cf. ib.).

[Audiencia general Miércoles 27 de octubre de 2004]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 48 es un poema sapiencial sobre la vanidad de las riquezas y la brevedad de la vida. Al final de la jornada, escuchar atentamente estas reflexiones de un sabio puede centrar nuestro espíritu, excesivamente turbado quizá por los quehaceres y preocupaciones de la jornada.

Ha pasado ya un nuevo día de nuestra vida, y como él terminará también nuestro vivir en la tierra. ¿Por qué, pues, temer tanto ante males que sólo duran un instante? ¿Por qué habré de temer los días aciagos?, se pregunta el salmista; y ¿por qué esperar tanto de nosotros mismos y desesperar ante nuestros fracasos, si nadie puede salvarse a sí mimo?

Pero la sabiduría a que nos exhorta el salmista no es una sabiduría sólo negativa. Los días aciagos terminarán, como termina la vida terrena de los sabios y de los ignorantes y como desaparecerán un día las riquezas y todos los planes de los hombres satisfechos y confiados en sí mismos. Pero hay una salvación que no desaparecerá -que el salmista sólo entrevé, pero que nosotros conocemos ya totalmente por la revelación de Jesucristo-, porque, si bien es verdad que el hombre de por sí es como un animal que perece, que irá a reunirse en el sepulcro con sus antepasados, este mismo hombre será salvado por Dios de las garras del Abismo y el Señor le llevará consigo. Ésta es la esperanza cristiana, capaz de superar todo pesimismo humano.

En la celebración comunitaria, es recomendable que este salmo sea proclamado por un salmista; no es necesario dividir con el «Gloria al Padre» y la antífona sus dos partes; es mejor proclamar el salmo todo seguido (cf. Ordenación general de la Liturgia de las Horas, número 124). La asamblea podría recitar la primera antífona antes de empezar la proclamación por el salmista, y la segunda cuando el salmista haya terminado, después del «Gloria al Padre» final.

Oración I: Señor Dios, fuente y origen de toda sabiduría, haz que nuestra boca hable sabiamente y que sean sensatas nuestras reflexiones: que, iluminados por tu palabra, no temamos los días aciagos ni envidiemos al hombre que se enriquece y aumenta el fasto de su casa; que nuestra paz sea saber que tú nos salvas, nos sacas de las garras del Abismo y nos llevas contigo para que contigo vivamos, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Haz, Señor, que nuestras reflexiones sean sensatas y nuestra boca hable siempre sabiamente; que no tengamos que temer los días aciagos ni merezcamos ser tratados como un animal que perece, por no haber apreciado el tesoro de nuestra fe; que nos apoyemos sólo en ti, el único Dios que salva y saca de las garras del Abismo para llevarnos consigo. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[ Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 48, I-II

Salmo sapiencial, que medita sobre la suerte de ricos y pobres, opresores y oprimidos, a la luz de su destino, la muerte. La meditación parte o desemboca en la experiencia religiosa de la salvación.

VV. 2-5. Introducción solemne, de estilo sapiencial; reclama una audiencia universal, que merecen sus reflexiones; en ellas hay un problema o enigma.

VV. 6-10. Los ricos, malvados y opresores, no tienen dinero suficiente para comprar a Dios una vida perpetua.

V. 11. Tampoco la sabiduría basta para salvar al hombre. Los ricos mueren, aunque sean sabios.

V. 12. Ni basta la fama de fundadores de ciudades, dándoles el propio nombre; porque a la ciudad terrena sucede la morada del sepulcro.

V. 13. El hombre comparte con los animales este destino de morir.

V. 14. Confiados y satisfechos en sus riquezas, en su sabiduría, en su propio poder; no necesitan a Dios.

V. 15. El abismo es el seol o morada de los muertos.

V. 16. Es la clave del problema: el salmista, que pertenece a los pobres oprimidos, conoce por experiencia que Dios salva, aun del peligro de muerte; quizás espera una liberación posterior. Dios es capaz de salvar incluso de la muerte, del abismo. «Llevar» consigo es la fórmula empleada para Enoc y Elías: es una fórmula misteriosa, que en sí misma queda abierta a varios grados de significación.

V. 17. La enseñanza, apoyada en experiencia y esperanza, adopta un tono de exhortación. La riqueza de los malvados no debe ser una tentación para el bueno, basta esperar el desenlace.

Para la reflexión del orante cristiano.- Lucas, en su Evangelio, describe el destino del rico y del pobre. Pero es más profunda la revelación de Cristo: todo cuanto en el salmo es presentimiento o vaga profecía, en Cristo se cumple plenamente. Y el cristiano sabe que Dios puede salvar de la muerte y llevar al hombre consigo. Esta última forma se ha incorporado al lenguaje cristiano sobre la muerte.

[ L. Alonso Schökel]

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El salmo 48 es una exhortación sapiencial sobre el problema de los malos ricos y los buenos pobres, con alusión expresa a la vida futura y su sanción. El Salmo 72 dará un paso más en la solución. La importancia doctrinal de este salmo es grande por las enseñanzas que contiene sobre la inmortalidad del alma (vv. 15-20), la condenación de los malos al seol (v. 15), diferente estado de los buenos en el seol y, sobre todo, su futura unión con Yahvé (v. 16). El contraste entre ricos soberbios y pobres piadosos fue tan agudo y generalizado en la época de los profetas Amós, Oseas e Isaías, que tal vez el salmo sea de ese tiempo (s. VIII a. C.). Consta de dos partes, precedidas de una introducción: a) Invitación introductoria a ricos y pobres de todo el orbe, vv. 2-5; b) el rico opresor todo lo pierde con la muerte, vv. 6-13; c) el piadoso pobre, en cambio, será acogido por Yahvé, vv. 14-21.

VV. 2-5. No hay en todo el Salterio invitación tan enfática. Recuerda las de Moisés, Isaías, Miqueas. El orbe o el mundo tiene aquí un sentido universalista absoluto, paralelo a pueblos o naciones. Esa universalidad la expresan también las dos categorías de hombres: el rico o feliz y el pobre o infeliz. Con ello insinúa el poeta cuál es el objeto preciso de su exhortación: el problema de las diferencias sociales. Sobre él va a proferir sabias reflexiones, que le brotarán del corazón, y que recibe a modo de inspiración profética, prestando oído al proverbio. Y el modo de exponer esa inspiración divina será como enigma o problema. Y cantando, no en habla sencilla, acompañando el canto con la cítara. El canto del salmo sapiencial acompañado de música se hacía en la calle.

VV. 6-13. Expone el problema «¿Por qué el bueno es atribulado por el malo?» en primera persona y bajo el aspecto del temor: Por qué habré de temer los días aciagos. Estos no son días cualesquiera, sino los causados por los suplantadores que me cercan acechándome. Esos acechadores son gente rica y confiada en sus riquezas para sus fines perversos. La solución apunta recordando la muerte, de la que no puede el hombre redimirse con dinero, pues ante Dios no tiene precio de rescate, como lo tenía entre los hombres en ciertos casos establecidos por la ley (Ex 21,30; 30,12). El v. 9 es un paréntesis entre los vv. 8 y 10. Ni las riquezas ni la ciencia libran de la muerte. Sólo les quedará el sepulcro a los que quisieron perpetuarse dando sus nombres a sus tierras. El estribillo (v. 13), en forma sentenciosa, recoge el principio sapiencial subyacente a toda la estrofa: El hombre no perdura en la opulencia, por mucha que sea. Por la caducidad de su vida es semejante a los animales que fenecen.

VV. 14-21. El v. 14 parece un resumen de la parte anterior y comienzo de ésta, que describe la situación de los ricos en el más allá. Son un rebaño para el abismo, como rebaño en el seol, como grey de animales sumisos, no como señores dominantes, estarán bajo el dominio de la muerte, sometidos a los rectos, a quienes en la tierra oprimieron. Ese dominio de los justos sobre los injustos se pone en el seol, que en la antigua creencia israelítica era morada común de los difuntos, buenos y malos, pero en diferente situación, pues los malos estaban sujetos a los buenos.

V. 16. Solución al problema. Opuesta a la suerte del rico mundano es la del piadoso salmista, que habla en nombre de los pobres oprimidos. A mí Dios me salva o redimirá mi vida del poder del seol. La contraposición inicial, Pero a mí, pudiera sugerir que, al contrario del rico mundano, ya fuera de este mundo, con el cuerpo encerrado en el sepulcro y su alma en el seol, el justo Dios le ha de liberar de esos tres males, o sea prácticamente le ha de conservar la vida. Para algunos autores eso es lo que se dice aquí. Pero la frase puede tener un más alto sentido, el de no dejar Yahvé sin protección especial al justo aun puesto ya en el seol (cf. Sal 15,10; 72,24). Eso es lo que persuade, pues me acogerá. Esta expresión, cuando no tiene un complemento explícito o contexto que la limite a un caso particular, equivale a «tomar, acoger o llevar a otro consigo». Así, Saúl tomó consigo a David (1 Sam 18,2). Dicha de Dios, es la frase consagrada para las asunciones divinas de personajes como Henoc (Gén 5,24) o Elías (2 Re 2,3.5.9). Según este uso, la exégesis del pasaje no es otra que ésta: el salmista espera ser llevado o asumido por Yahvé, sin bajar al seol, o bien, una vez puesto en él, será ulteriormente acogido con los rectos, que en el seol dominan a los injustos. En cuál de los dos modos pensara el salmista no puede determinarse; pero restringir su alcance a esperanzas meramente temporales en esta vida es contrario al texto y al contexto.

VV. 17-21. Nueva exhortación al pobre piadoso repitiendo las enseñanzas de la primera parte. La gloria o fasto de su casa es la que dan las riquezas, de las que el rico se vale para atemorizar al pobre, a la viuda, al desvalido. Esa gloria o fasto no se lo llevará consigo. Es un aforismo de orden natural, que los autores sapienciales repiten con frecuencia. «Ponderan lo bien que lo pasas» es una cita tácita, que se lee mejor como prótasis antitética del verso siguiente. El desenlace es la morada de sus padres, el seol, donde no verá la luz jamás. El v. 21 repite el estribillo del v. 13.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

Es una reflexión sapiencial que se hace uno de los «pobres de Yahvé», destinada a todos: ricos y pobres, plebeyos y nobles. La reflexión versa sobre el valor de la riqueza y de la pobreza; o quizá mejor, sobre el destino de los ricos y de los pobres. Aquéllos, que fundamentan su vida en la riqueza, tienen una existencia insegura. Su riqueza es vanidad y su destino el Seol. Para los pobres el salmo es una lección de esperanza. Como el salmista, serán rescatados del Seol. El vocabulario empleado nos induce a datar tardíamente este salmo. Tal vez sea de comienzos del siglo II antes de Cristo. Consta de una introducción (vv. 2-5), que es una invitación a escuchar. Sigue el planteamiento del problema (vv. 6-8) y dos respuestas complementarias (vv. 9-13 y 14-21). La Liturgia de Vísperas lo propone en dos partes separadas: vv. 2-13 y 14-21.

Si las riquezas no libran de la muerte, como enseñaban los vv. 2-13, la Muerte misma es el pastor que conduce al rebaño humano hacia la tumba, enseñan los vv. 14-21. El sepulcro, no los ricos palacios, será la morada de los ricos. El pobre, por el contrario, escapará de la muerte. El Dios justo no se deja sobornar por el dinero de los ricos, mientras que tiene su complacencia en los pobres que se fían de Él. La valoración de las riquezas y la retribución son los temas de esta segunda parte del salmo.

En la celebración comunitaria, sería aconsejable que la meditación sapiencial de la primera parte del salmo fuera recitada por salmistas individuales, mientras la asamblea recibe la Palabra. Se podría hacer del siguiente modo:

Presidente, Introducción: «Oíd todas las naciones... al son de la cítara» (vv. 2-5).

Salmista 1.º, Exposición del problema: «¿Por qué habré de temer... a Dios un rescate?» (vv. 6-8).

Salmista 2.º, Respuesta al problema: «Es tan caro el rescate... perece como los animales» (vv. 9.13).

En la segunda parte del salmo, los primeros versículos continúan la reflexión sobre el destino de los ricos. A partir del v. 16 cambia el tono mediante una adversativa: Pero. Aquí el pobre expone el mundo de sus confianzas y a continuación pasa a consolar a quienes son pobres como él. Las riquezas de los malvados no deben ser una tentación para los buenos. Todo está expuesto en tono sapiencial. Por cuanto antecede sugerimos la siguiente salmodia:

Salmista 1.º, Destino de los ricos: «Este es el camino... el abismo es su casa» (vv. 14-15).

Salmista 2.º, Seguridad del pobre: «Pero a mí Dios me salva... y me lleva consigo» (v. 16).

Salmista 3.º, Consolación a los pobres: «No te preocupes... es como un animal que perece» (vv. 17-21).

La asamblea puede responder a cada estrofa con la antífona o cantando «Confiad siempre en Dios», u otro canto parecido.

Una enseñanza para los ricos

El salmista, aunque sea pobre, no es un demagogo: también los ricos y los nobles tienen cabida en su escuela. Quienes en el Nuevo Testamento son amigos del dinero no están excluidos, sin más, de la escuela del Rabino de Nazaret. Para ellos vale el axioma evangélico: «Haceos amigos con las riquezas injustas» (Lc 16,9). Las riquezas, confiadas al hombre, pertenecen al Creador. Comienzan a ser injustas cuando el hombre se apropia de ellas, transformándolas en ídolo, lo cual es un atentado contra Dios, por ser un expolio a los hombres. El rico ha de ser el «limosnero» de la comunidad. Así, cuando las riquezas lleguen a faltarle, será recibido en las eternas moradas (Lc 16,9). Si el rico fuera capaz de comportarse de este modo sabría apreciar el dicho evangélico: «Lo que es estimable para los hombres es abominable para Dios» (Lc 16,15). Pidamos a Dios que abra los ojos a los ricos.

¿Quién podrá pagar un rescate por su vida?

Para que el primogénito tuviera derecho a la vida debía ser rescatado (Ex 13,15). También el homicida involuntario podía rescatar su vida mediante un precio adecuado (Ex 21,29). Pero ¿quién pagará al pastor del rebaño humano? La muerte es impagable. Los tesoros del rico no son suficientes para sobornarlo. ¿Qué podrá dar el hombre a cambio de su vida? El hombre, nada. Pero el Hijo del hombre vino a «dar su vida como rescate por muchos». Él fue el primer salvado de las «garras del abismo». Junto con él puede serlo el resto de la humanidad, con tal de que los hombres vivamos para Aquel que murió y resucitó por nosotros. La mejor inversión que podemos hacer no es ganar el mundo entero, que nos conduce a la pérdida de la vida; sino ganar a Cristo, que nos rescata la vida.

Bienaventurados los pobres

La pobreza «en sí» es un mal, tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento. Pero es un «en sí» inexistente. Tan sólo existen los pobres. De entre éstos, aquellos que tienen una actitud de humildad ante Dios forman el ejército de «los pobres de Yahvé». Su secreta sabiduría les ha llevado a descubrir que sólo hay una Roca firme en la que sustentarse. «¿Por qué han de temer los días aciagos?» (vv. 6 y 17). El cristiano, y sobre todo el religioso, quiere construir su vida sobre el Pobre por excelencia, un hombre-para-los-hombres, por quienes murió y resucitó. Estos hombres son bienaventurados porque suyo es el Reino de los cielos.

No se alabe el rico por su riqueza

El hombre tiende a construirse sus propios dioses, a los que confía el éxito de su vida. Uno de ellos es el dios «Riqueza». Es una conducta insensata, acreedora del vituperio evangélico: «¡Necio!, esta noche te reclamarán la vida; y las cosas que preparaste, ¿para quién serán?» (Lc 12-20). Acumular riquezas, precisamente en los últimos días, es amontonar herrumbre y polilla. Más le vale al hombre buscar el tesoro donde no llega ni la herrumbre, ni la polilla, ni el ladrón. Tal vez tenga que renunciar a la riqueza y plegarse ante el único Absoluto, como hizo Jesús. Fue el hombre que no tenía dónde reclinar la cabeza, pero reclinándola sobre el vacío de su absoluta pobreza nos enriqueció sobremanera. Pidamos a Dios la valentía de una pobreza sincera, que enriquezca a muchos.

Oh Dios, rescátanos por tu amor

El salmista tiene una íntima seguridad no en sí mismo, sino en Dios. Él le salvará, le sacará de las garras del abismo y le llevará consigo (v. 16). Consigo llevó a otros personajes santos del pasado: Enoc y Elías. Lázaro, el pobre, después de su muerte fue llevado al seno de Abraham; el rico Epulón, por el contrario, fue sepultado. El enigma de aquellas asunciones o el misterio de la parábola se desvela en la persona del Cristo pobre elevado al cielo y sentado a la diestra del poder de Dios. Ha sido la obra maravillosa del poder de Dios. Sobrepasa con mucho las sensatas reflexiones de nuestro salmo. Si aún vale la despreocupación ante la riqueza es porque ella no nos salvará, sino el Dios clemente y amoroso que ya ha actuado en Cristo pobre. ¡Oh Dios, sálvanos por tu poder y llévanos contigo!

¡Qué difícil es que un rico entre en el reino de los cielos!

La riqueza vale para andar por casa. Los demás pueden ponderar qué bien lo pasa el rico. Tiene bienes almacenados para muchos años. Ahora puede comer, beber y banquetear (Lc 12,19). Pero cuando se vaya para no volver más, le será imposible entrar en el Reino de la luz, por ser muy rico. Dios, no obstante, puede cambiar el corazón del rico, como hizo con el rico Zaqueo, y hacerle comprender que el Reino es preferible a los vínculos familiares e impone una renuncia a todos los bienes. De este modo, el discípulo carga cada día con su cruz y va tras Jesús. Convierte en tarea diaria el gesto realizado por el Maestro de una vez para siempre: cargando con la cruz salió camino del Gólgota. Renunciar a las riquezas es aplicarse el sufrimiento mortal de Jesús. ¿Querrá el rico cambiar la gloria de sus riquezas por la necedad de la cruz?

Resonancias en la vida religiosa

Ser pobre, una forma de sabiduría: La pobreza evangélica que hemos asumido nos coloca entre el grupo despreciado de los pobres, plebeyos, ignorantes, de los que «no son nada» a los ojos de los demás. Por ello, la existencia nos resultará en más de una ocasión precaria, dolorosa, aciaga, y rebrotará en nosotros una imponderable avidez de aquello que no tenemos y a lo que hemos renunciado.

En cambio, contemplamos la realidad en toda su crudeza: el rico no puede asegurarse su vida para siempre; la ciencia e inteligencia, como la fama y el prestigio, son estrellas fugaces que desaparecen en la historia: «el hombre no perdura en la opulencia, sino que perece como los animales».

Ser pobre es en esta perspectiva una forma de sabiduría, que compara la realidad cambiante con los valores absolutos y pone en ellos todo el acento. El pobre evangélico renuncia al dinero, a la sabiduría arrogante, pero no para quedarse en la inopia, sino para situarse allí donde es posible la genuina riqueza y el auténtico y absoluto saber.

El nuestro es el grupo de los humildes: No formamos parte, por vocación, del grupo de los arrogantes de este mundo, de los «famosos», de aquéllos que caminan confiados en la fuerza y maestría de sus guardaespaldas, de los que «se lo pasan bien». Por vocación, el nuestro es el grupo de los humildes, de los inseguros, de los que deben sufrir privaciones, contrariedades.

No es ésta, sin embargo, una condición misántropa, en absoluto. Dios nos regala con su gloria, nos engrandece con su protección: «A mí Dios me salva». Dios es nuestro éxtasis, nuestra diversión gozosa y permanente e indeficiente: «¡Me lleva consigo!»

Felicidades pueden desearse de verdad a quienes son conscientes de la verdadera dicha y la buscan en Dios. Que nuestra comunidad religiosa camine en la verdad, siendo humilde y solidarizándose teórica y prácticamente con todos los humildes de nuestro mundo y espere con optimismo la fuerza salvadora de Dios.

Oraciones sálmicas

Oración I: Concede, oh Dios, la inconmensurable riqueza de tu gracia a aquellos que disponen de dinero y poder en este mundo, para que los hagan revertir generosa y sobreabundantemente en bien de tantos hombres empobrecidos e impotentes y prematuramente destinados a la muerte. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Danos, Señor, un corazón sensato para que apreciemos el valor de las cosas y de la ciencia humana en su justa medida; no permitas que nos invada la jactancia insensata de los ricos, ni el orgullo ateo de los que se creen sabios; haznos comunidad de pobres y sencillos, para que recibamos por tu gracia la revelación del Misterio de tu voluntad. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Concédenos, Dios nuestro, aquella sabiduría secreta que nos lleva a descubrir que sólo Tú eres la Roca firme en la que podemos sustentarnos, y haz que construyamos nuestra existencia sobre el fundamento de Cristo, nuestra resurrección segura. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración IV: Que nuestro tesoro sólo seas Tú, Señor, y que en ti únicamente encontremos nuestra riqueza; intégranos en el grupo de tus pobres, de aquellos que ponen en ti toda su confianza y sólo de ti esperan su porvenir. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración V: Tu, Señor poderoso, nos salvas de las garras del abismo y nos llevas contigo; que no perdamos nunca esta íntima seguridad, que Tú mismo alientas en nosotros y que toda nuestra vida se convierta en un caminar perseverante hacia Ti. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración VI: Que nuestra comunidad, Señor, camine en la verdad, siendo humilde y pobre, solidaria con los humildes y los pobres de nuestro mundo, como tu Hijo Jesús; y haz que con Él y con ellos esperemos ardientemente la manifestación definitiva de tu fuerza salvadora. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[ Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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