DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 45
Dios, refugio y fortaleza de su pueblo

.

 

2Dios es nuestro refugio y nuestra fuerza,
poderoso defensor en el peligro.

3Por eso no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.

4Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:

El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

5El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios,
el Altísimo consagra su morada.

6Teniendo a Dios en medio, no vacila;
Dios la socorre al despuntar la aurora.

7Los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan;
pero él lanza su trueno, y se tambalea la tierra.

8El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

9Venid a ver las obras del Señor,
las maravillas que hace en la tierra:

10Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe,
rompe los arcos, quiebra las lanzas,
prende fuego a los escudos.

11«Rendíos, reconoced que yo soy Dios:
más alto que los pueblos, más alto que la tierra».

12El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

 

COMENTARIO AL SALMO 45

[La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Dios con nosotros. Cántico de Sión. La presencia divina en el Templo protege la Ciudad Santa, y aguas simbólicas la purifican y fecundan, convirtiéndola en un nuevo Edén. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Dios, protector de su pueblo. Canto de triunfo y de confianza en Dios por haber librado a su pueblo de poderosos enemigos. De aquí se eleva el salmista a la proclamación de Yahvé Rey universal, reconocido y acatado por todos los pueblos. Tiene, pues, un sentido ciertamente mesiánico: el reinado universal de Yahvé, realizado en el Mesías, Cristo Jesús.]

Los salmos 45, 46 y 47 tienen una relación íntima por su contenido ideológico. En el 45 se destaca, sobre todo, la presencia de Yahvé en medio de su pueblo, juntamente con el sentimiento de seguridad a su sombra protectora. Fundamentalmente es un canto de triunfo y de confianza en Yahvé por haber liberado a su pueblo de poderosos enemigos. Se divide en tres estrofas, separadas por un estribillo que se repite regularmente (vv. 4b. 8 y 12). En la primera (vv. 2-4), se canta la fe absoluta en Dios; en la segunda (vv. 5-8), se destaca la solicitud de Dios, que ha manifestado su poder liberando a su pueblo de un enemigo implacable; en la tercera (vv. 9-12), se invita a reconocer las gestas de Yahvé en favor de su pueblo.

Literariamente, esta composición se destaca por su vigor expresivo y por la abundancia de metáforas. Kittel la define como «Cantar de los Cantares de la fe». Por encima de todas las conmociones cósmicas está el inconmovible Dios de Israel.

Los antiguos autores suponían que este himno, de confianza absoluta en la omnipotencia divina, fue compuesto después de la liberación de Jerusalén del ejército de Senaquerib el año 701 antes de Cristo (cf. 2 Re 18,13-16). Incluso no pocos creen que es el mismo Isaías el autor de esta magnífica pieza literaria, pues no faltan concomitancias conceptuales con los escritos del gran profeta de Judá. Los críticos modernos, en cambio, ven en esta composición salmódica no pocas expresiones escatológicas de índole cósmica: temblor de la tierra y del mar, ataque de las naciones paganas contra Jerusalén, victoria de Yahvé, establecimiento de la paz en el mundo y entronización final de Yahvé como soberano del universo. Todos estos rasgos escatológicos hacen pensar que el salmo es de época posterior al exilio, cuando estaban de moda los escritos escatológico-apocalípticos. Pero muchas de estas transformaciones cósmicas, acompañando a las teofanías de Yahvé, aparecen ya en textos primitivos de la Biblia. No implican, pues, necesariamente expectación escatológica. Por tanto, no hay razón para rebajar la fecha de composición a los tiempos de la literatura escatológica. El contexto del salmo puede reflejar la situación de alivio en Israel después del peligro de una invasión enemiga, provocada por los asirios, los babilonios, los moabitas, los amonitas, los sirios o los escitas.

La presencia de Dios, garantía de victoria (vv. 1-4). El salmista empieza cantando la seguridad que le da la protección de Dios, que en cualquier momento es asequible, particularmente en las tribulaciones. La experiencia de la ayuda divina es una garantía de que en todo momento los ha de salvar. Aunque ocurra un cataclismo y tiemble la tierra y se conmuevan los montes en el seno del mar -terremotos y maremotos-, el Dios de los ejércitos estará siempre con los suyos.

Yahvé habita en Sión y la protege (vv. 5-8). El poder omnímodo de Dios llega hasta domar las fuerzas del mar alborotado, haciendo salir de él un río [las acequias] que, lejos de traer la desolación y la ruina, trae la bendición, alegrando la ciudad de Dios. Los autores que suponen que el salmo es de Isaías, creen que aquí río [las acequias] alude al canal de Ezequías. En Isaías 8,6 se habla de «las aguas de Siloé, que fluyen mansamente» -símbolo del gobierno paternal y suave de Dios, que habita en el templo, teniendo bajo su sombra protectora a la ciudad de Sión, en contraposición al río impetuoso de Asiria, el Éufrates, que todo lo anega, sembrando la desolación-, y en Isaías 33,21 se dice que Yahvé es para los israelitas como lugar de «ríos y anchos canales» que protegen y rodean a su ciudad santa. Podemos considerar la frase del salmo El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios como una explicación del texto de Isaías, si bien insistiendo, más que en la idea de protección, en la de fuente de fertilidad y alegría.

La ciudad de Dios es Jerusalén, santificada con la presencia divina, lo que es una garantía de permanencia. Allí mora el Altísimo, expresión poética arcaizante para designar al Dios de Israel; por eso, aunque se conmueva toda la naturaleza, no vacila, no será movida. La derrota del ejército de Senaquerib era una prueba de la especial protección divina sobre ella. La liberación milagrosa es como la aurora o clarear de la mañana, que sucede a la noche tenebrosa de la opresión y el peligro.

El salmista juega con el doble símil del ataque de los ejércitos de las naciones, que hostigan al pueblo elegido, y la conmoción de la naturaleza. Todo parece trastocarse: los pueblos se amotinan, los reyes se rebelan...; pero interviene Dios, y todo se calma, como, cuando se conmueven las fuerzas cósmicas, da su voz, lanza su trueno, y se derrite o tambalea la tierra por sus rayos fulgurantes y abrasadores. El pueblo israelita puede estar tranquilo en medio de esta conmoción de los pueblos y de la naturaleza, porque Yahvé, el Señor de los ejércitos -alusión a su señorío sobre las constelaciones celestes, que se mueven a su mando con precisión militar; a su dominio sobre todas las cosas y, sobre todo, a su intervención en favor de Israel en la historia contra sus enemigos-, está con él. Es el título característico de la literatura profética, especialmente en los escritos de Isaías.

Yahvé es Dios de paz (vv. 9-12). Después de presentar a Yahvé dominando las fuerzas cósmicas y las grandes conmociones históricas en beneficio de su pueblo, el poeta hace una invitación a reflexionar sobre las proezas y gestas de Yahvé, obra de su omnipotencia. La invitación se dirige a todos, pero especialmente a las naciones gentílicas, que deben recibir una lección de los hechos ocurridos (v. 11). La intervención divina acabará por imponer la paz universal, haciendo cesar la guerra hasta los confines de la tierra. La perspectiva del salmista, como la de los profetas en general, se ensancha y proyecta hacia los tiempos mesiánicos, idealizando el futuro conforme a las ansias de paz que hay en el corazón del hombre. En Isaías 2,4 se habla de una época venturosa futura en la que «de las espadas forjarán arados, y de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, ni se adiestrarán para la guerra». El salmista se sitúa en la misma panorámica deslumbradora: Él (Yahvé) rompe los arcos, quiebra las lanzas y prende fuego a los escudos (v. 10b). Es el mismo pensamiento de Isaías 9,4. Es la obra del Emmanuel («Dios con nosotros»). Justamente en el salmo se repite el estribillo de que el Señor de los ejércitos hará la liberación porque está con nosotros (Immanu 'El). La dependencia del salmo de los escritos de Isaías es tan estrecha, que bien podemos ver en ello una relación con los grandes vaticinios liberadores del profeta. La perspectiva de la paz mesiánica futura era la estrella polar de los angustiados corazones israelitas, tantas veces probados por los sobresaltos bélicos. Así, el salmista, después de aludir a una portentosa liberación de Jerusalén de una invasión de pueblos enemigos, anuncia a sus contemporáneos que esto será el símbolo de otra liberación más amplia y definitiva, cuando desaparezcan todos los instrumentos de guerra. Zacarías se hace eco de esta ansia universal de paz: «Suprimirá los carros de guerra de Efraín y los caballos de Jerusalén; será suprimido el arco de guerra, y él proclamará la paz a las naciones. Su dominio alcanzará de mar a mar».

Finalmente, el salmista pone en boca de Yahvé una amonestación a las naciones para que entren en cordura y reconozcan su señorío como Dios, y, en consecuencia, desistan de atacar a su pueblo, pues, de lo contrario, tendrán que vérselas con su omnipotencia. Rendíos y reconoced que yo soy Dios... Tiene señorío sobre las gentes y naciones, y, por tanto, no se pueden librar de su manifestación punitiva, ya que Él domina toda la tierra (v. 11). Es una amonestación similar a la de Salmo 2,10-12: «Y ahora, reyes, sed sensatos, escarmentad los que regís la tierra: servid al Señor con temor, rendidle homenaje temblando; no sea que se irrite, y vayáis a la ruina, porque se inflama de pronto su ira».

El estribillo final repite la confianza en la protección de Dios, que es el Señor de los ejércitos, y, al mismo tiempo, Dios de Jacob, vinculado a su descendencia por un pacto.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. Acabamos de escuchar el primero de los seis himnos a Sión que recoge el Salterio (cf. Sal 47, 75, 83, 86 y 121). El salmo 45, como las otras composiciones análogas, celebra la ciudad santa de Jerusalén, «la ciudad de Dios, la santa morada del Altísimo» (v. 5), pero sobre todo expresa una confianza inquebrantable en Dios, que «es nuestro refugio y nuestra fuerza, poderoso defensor en el peligro» (v. 2; cf. vv. 8 y 12). Este salmo evoca los fenómenos más tremendos para afirmar con mayor fuerza la intervención victoriosa de Dios, que da plena seguridad. Jerusalén, a causa de la presencia de Dios en ella, «no vacila» (v. 6).

El pensamiento va al oráculo del profeta Sofonías, que se dirige a Jerusalén y le dice: «Alégrate, hija de Sión; regocíjate, Israel; alégrate y exulta de todo corazón, hija de Jerusalén. (...) El Señor, tu Dios, está en medio de ti, como poderoso salvador. Él exulta de gozo por ti; te renovará por su amor; se regocijará por ti con gritos de júbilo, como en los días de fiesta» (Sof 3, 14. 17-18).

2. El salmo 45 se divide en dos grandes partes mediante una especie de antífona, que se repite en los versículos 8 y 12: «El Señor de los Ejércitos está con nosotros, nuestro alcázar es el Dios de Jacob». El título «Señor de los ejércitos» es típico del culto judío en el templo de Sión y, a pesar de su connotación marcial, vinculada al arca de la alianza, remite al señorío de Dios sobre todo el cosmos y sobre la historia.

Por tanto, este título es fuente de confianza, porque el mundo entero y todas sus vicisitudes se encuentran bajo el gobierno supremo del Señor. Así pues, este Señor está «con nosotros», como lo confirma la antífona, con una referencia implícita al Emmanuel, el «Dios con nosotros» (cf. Is 7,14; Mt 1,23).

3. La primera parte del himno (cf. Sal 45,2-7) está centrada en el símbolo del agua, que presenta dos significados opuestos. En efecto, por una parte, braman las olas del mar, que en el lenguaje bíblico son símbolo de devastaciones, del caos y del mal. Esas olas hacen temblar las estructuras del ser y del universo, simbolizadas por los montes, que se desploman por la irrupción de una especie de diluvio destructor (cf. vv. 3-4). Pero, por otra parte, están las aguas saludables de Sión, una ciudad construida sobre áridos montes, pero a la que alegra «el correr de las acequias» (v. 5). El salmista, aludiendo a las fuentes de Jerusalén, como la de Siloé (cf. Is 8,6-7), ve en ellas un signo de la vida que prospera en la ciudad santa, de su fecundidad espiritual y de su fuerza regeneradora.

Por eso, a pesar de las convulsiones de la historia que hacen temblar a los pueblos y vacilar a los reinos (cf. Sal 45,7), el fiel encuentra en Sión la paz y la serenidad que brotan de la comunión con Dios.

4. La segunda parte del salmo 45 (cf. vv. 9-11) puede describir así un mundo transfigurado. El Señor mismo, desde su trono en Sión, interviene con gran vigor contra las guerras y establece la paz que todos anhelan. Cuando se lee el versículo 10 de nuestro himno: «Pone fin a la guerra hasta el extremo del orbe, rompe los arcos, quiebra las lanzas, prende fuego a los escudos», el pensamiento va espontáneamente a Isaías.

También el profeta cantó el fin de la carrera de armamentos y la transformación de los instrumentos bélicos de muerte en medios para el desarrollo de los pueblos: «De las espadas forjarán arados; de las lanzas, podaderas. No alzará la espada pueblo contra pueblo, no se adiestrarán para la guerra» (Is 2,4).

5. La tradición cristiana ha ensalzado con este salmo a Cristo «nuestra paz» (cf. Ef 2,14) y nuestro liberador del mal con su muerte y resurrección. Es sugestivo el comentario cristológico que hace san Ambrosio partiendo del versículo 6 del salmo 45, en el que se asegura que Dios «socorre» a la ciudad «al despuntar la aurora». El célebre Padre de la Iglesia ve en ello una alusión profética a la resurrección.

En efecto -explica-, «la resurrección matutina nos proporciona el apoyo del auxilio celestial; esa resurrección, que ha vencido a la noche, nos ha traído el día, como dice la Escritura: "Despiértate y levántate, resucita de entre los muertos. Y brillará para ti la luz de Cristo". Advierte el sentido místico. Al atardecer se realizó la pasión de Cristo. (...) Al despuntar la aurora, la resurrección. (...) Muere al atardecer del mundo, cuando ya desaparece la luz, porque este mundo yacía totalmente en tinieblas y estaría inmerso en el horror de tinieblas aún más negras si no hubiera venido del cielo Cristo, luz de eternidad, a restablecer la edad de la inocencia al género humano. Por tanto, el Señor Jesús sufrió y con su sangre perdonó nuestros pecados, ha resplandecido la luz de una conciencia más limpia y ha brillado el día de una gracia espiritual» (Commento a dodici Salmi, SAEMO, VIII, Milán-Roma, 1980, p. 213).

[Audiencia general del Miércoles 16 de junio de 2004]

MONICIÓN SÁLMICA

Sobre un horizonte de guerras y de desastres frecuentes, los israelitas ven a Sión como una ciudad fuerte e invencible, porque Dios habita en ella y por esto, pase lo que pase, aunque tiemble la tierra y los montes se desplomen, teniendo a Dios en medio, nada les puede atemorizar.

A los cristianos de nuestro tiempo nos es necesaria la confianza plena expresada en este salmo. No todo va bien, ni en el mundo ni en la Iglesia. Algunos de los males de nuestros días, con frecuencia, nos atemorizan en exceso; las injusticias del mundo, las infidelidades de muchos en la Iglesia nos pueden parecer dificultades aptas para descorazonar incluso a los más fuertes. Pero no, aunque hiervan y bramen las olas, «más potente que el oleaje del mar, más potente en el cielo es el Señor» (Sal 92,4). Por eso la Iglesia, sabiendo que Dios está en ella, no vacila y sabe esperar contra toda esperanza,

En la celebración comunitaria, si no es posible cantar la antífona propia, este salmo se puede acompañar cantando alguna antífona que exprese la confianza, por ejemplo: «En Dios pongo mi esperanza» o bien «Protégeme, Dios mío, que me refugio en ti».

Oración I: No tememos, Señor, aunque tiemble la tierra, porque sabemos que nuestro alcázar eres tú, que tú estás con nosotros y nos socorres como poderoso defensor en el peligro; haz que crezca siempre esta nuestra esperanza hasta que un día podamos contemplar, cara a cara, tus maravillas, en tu alegre ciudad, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Señor Dios, fuerza y refugio de tu pueblo, tú que en la adversidad proteges a quienes en ti esperan y en la prosperidad los defiendes, escucha las súplicas de tus fieles y haz que, realizando fielmente tu voluntad, merezcamos ser siempre escuchados por ti. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 45

Himno al monte Sión, donde está el templo. El poeta utiliza una serie de imágenes y símbolos de ascendencia mítica.

V. 2. No se trata del templo en su materialidad, sino como presencia de Dios.

VV. 3-4. Imagen de la lucha mítica de Dios contra el océano primordial, subterráneo, que amenaza la estabilidad de la tierra.

V. 4. El estribillo usa el título «Señor de los ejércitos», que originariamente estaba asociado al arca, como «paladio» de los israelitas en sus batallas. Esos ejércitos serán, según los textos y las épocas, las estrellas, los mismos israelitas, los ángeles.

V. 5. La imagen procede del paraíso, morada de los dioses, regado por acequias que brotan de un gran río.

VV. 5-6. Hay una progresión que explicita: la ciudad, el santuario, Dios.

V. 7. En correspondencia con la lucha mítica del océano, figura aquí la lucha histórica del poder hostil a Dios. Rechaza la agresión en una teofanía, con su trueno.

V. 9. La invitación se dirige inmediatamente a la asamblea cúltica.

V. 10. Dios no sólo vence al enemigo, sino que vence la guerra.

V. 11 Al final del himno suena el oráculo divino que desde su templo exige reverencia.

Para la reflexión del orante cristiano.- Las imágenes míticas o históricas del monte escogido las han traspuesto los profetas al contexto escatológico. Así es posible trasponer este salmo al nuevo monte y ciudad de Dios, al terrestre, todavía atacado, como imagen del celeste, reino de paz. En la trasposición, las grandes imágenes de ascendencia mítica adquieren nueva profundidad y esplendor.

[L. Alonso Schökel]

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El salmo 45, según la Vulgata, 46 según el texto hebreo, puede considerarse una meditación colectiva, de tipo esperanzado, con un oráculo de alcance increpatorio al final. El tema fundamental es la consideración de Yahvé como refugio seguro para Israel y como eficiente forjador de la victoria y de la paz duradera. El estilo es conciso, expresivo y sumamente artístico.

Se han propuesto varias ocasiones en la historia de Israel en que pudo componerse este salmo.

Aunque faltan en el salmo las indicaciones precisas que permitan concluir con toda seguridad el tiempo y las circunstancias de su composición, parece que no puede señalarse en la historia de Israel ocasión más apta que la liberación portentosa de Jerusalén, a punto ya de caer en manos del ejército de Senaquerib que la sitiaba, en el año 701 (Is 36-37; 4 Re 18-19), como en los salmos 47 y 75. El salmista alude aquí a un hecho o a hechos de Yahvé en favor de su pueblo (vv. 2b. 5b. 7b. 9-10) que parecen presentarse como recientes, y le sugieren reflexiones (vv. 2a. 5a. 7a), afirmaciones de confianza (vv. 3. 4. 6. 8. 12), una exhortación (v. 9) y un oráculo (v. 11), que muy bien pueden describirse como actos varios de una meditación esperanzada para el futuro, que parte de estos hechos pasados y vividos.

En realidad, el tinte trascendente rezuma por todo el salmo. Un puro hecho concreto no hubiera sido motivo para la inserción de este cántico en el Salterio. Hay una proyección hacia más allá en el tiempo. Así cobran nuevo sentido en la totalidad de la historia de salvación la idea de Dios libertador o Salvador de su pueblo, aun en las más difíciles situaciones; el sentido de Emmanuel [Dios con nosotros], repetido por tres veces en el estribillo que imposta el sentido del salmo (vv. [4b]. 8. 12); la predicción de una paz duradera, que no puede ser otra en sentido estricto que la mesiánica (v. 10), y el dominio de Yahvé sobre toda la tierra, ante cualquier nación (v. 11).

El salmo tiene tres partes o estrofas, terminadas con el estribillo: a) con Elohim en nuestra ayuda, no temeremos, vv. 2-4; b) Elohim está en medio de nosotros, nos amparó, vv. 5-8; c) reconoced su portentosa victoria, oíd su presagio, vv. 9-12.

V. 2. Dios es nuestro refugio y fortaleza: en sentido defensivo o pasivo, tan fuerte, que no han podido asaltarla los enemigos. Alusión a la ciudad amurallada de Jerusalén dentro de la cual estaba el templo de Yahvé. Más que las murallas, el santuario ha sido la defensa de la ciudad. Poderoso defensor en el peligro: en esa tribulación que ha sido grandísima, lo mismo que de varias tribulaciones. Poderoso defensor: a la letra, «nuestro gran socorro», o «socorro en extremo». Así como refugio y fortaleza implican una idea de resistencia sostenida, como en los sitiados que están en un alcázar de refugio, así socorro puede incluir una idea de acción directa y de ataque; ambos extremos expresan una totalidad de potencia divina que actúa a favor de los suyos.

V. 3. Por eso: animados por esa experiencia salvífica, los protegidos de Yahvé se confirman en la confianza en su Dios. Tan viva e intensa es esta confianza así engendrada, que no temerán aun en medio de los más graves peligros generales. Siguen unas frases hiperbólicas, más naturales e inteligibles para un oriental que entre nuestros clásicos occidentales. Los montes: no se trata de las columnas invisibles que, según la concepción semítica, sostienen la tierra en el fondo de los mares, sino de los visibles, emergidos sobre las aguas en la creación.

V. 4. Este verso puede entenderse de tres maneras: 1.ª En subjuntivo, continuando el verso anterior y dependiendo de su partícula aunque: Por eso no tememos... «aunque hiervan y bramen sus olas y sacudan a los montes con su furia». 2.ª De forma más viva, desligado de dicha partícula aunque, en yusivo, a modo de reto contra las más violentas perturbaciones: «Que hiervan y bramen sus olas...». 3.ª En imperfecto o pretérito descriptivo: «Hervían y bramaban las olas del mar, retemblaban los montes». En toda hipótesis, este verso es una enérgica expresión de confianza en Yahvé, recordada del tiempo pasado, afirmada en el presente o declarada para el futuro.

Estribillo.- Al fin de la primera estrofa (vv. 2-4), debe restituirse con toda probabilidad el estribillo omitido por la Biblia hebrea. Un copista muy antiguo debió de escribir antes de tiempo el selá (signo de pausa, etc.), que se halla tres veces en el salmo, y se saltó aquí el estribillo, presente en los otros casos. Las versiones ya no lo copiaron. Admitida la restitución, termina esta estrofa, como lo harán las otras, con una expresión actual de confianza, que da sentido al poema y expresa la razón que la funda: no es otra que el Emmanuel, «Dios con nosotros», de tan hondo sentido bíblico y tan bien formulado por Isaías (Is 7-9). Yahvé Sebaot, «Señor de los ejércitos», frase también isayana, se dice de Dios en cuanto que domina los ejércitos, aquí embravecidos de los mares, símbolo de todos los ejércitos en acción; Dios puede amansar la furia de todos los mares (Sal 88,10). Es nuestro alcázar: refugio contra todos los ataques. Es el pueblo quien habla, como en todo el salmo.

VV. 5-6. El correr de las acequias alegra la ciudad de Dios: la ciudad de Dios es Jerusalén, llamada así por estar en ella su morada, como se dirá en seguida, o su templo. El tema de la ciudad de Dios y la misma expresión son muy bíblicos, desde Isaías y David, Tobit y Judit, a la compleción conceptual de la Jerusalén nueva, terrestre (Hb 12,22) y celeste (Ap 3,12). El correr de las acequias: puede entenderse como imagen paradisíaca de la gracia y los dones divinos, que brotan principalmente de la presencia de Dios en el templo y entre su pueblo (Is 30,25; Ez 47,1-12; Ap 22,1-2). Quizá mejor, sin metáfora, deba explicarse esta frase de un hecho histórico, que sería la gran obra hidráulica realizada por Ezequías cuando introdujo en Jerusalén las aguas de la fuente Guijón por medio de su famoso canal subterráneo. La impresión del cronista en el libro de los Reyes ante tan magna obra (2 Re 20,20) queda sublimada en el salmo, en que se atribuye la corriente, que da consuelo y alivio, a la protección de Yahvé.

El Altísimo, o Todopoderoso, consagra su morada: es muy posible que la palabra consagrar o «santificar» deba entenderse aquí según su sentido más primitivo de «apartar» o «separar» de toda profanación, como reservándola toda Dios para sí. Entonces sería una coherente introducción a lo que se dice en seguida. Dios, estando en medio de ella, hizo inexpugnable a Jerusalén.

Dios la socorre al despuntar la aurora: Algunos, creyendo que aurora o «mañana», puede entenderse como una locución adverbial «al instante», traducen los tiempos de futuro: no vacilará; la socorrerá. Tal sentido no está comprobado. El poeta recuerda la confianza en que la ciudad estaba, confirmada en su actitud por el profeta Isaías. Porque la mejor explicación es entender aquí la precisión temporal en sentido cronológico histórico: al despuntar la mañana que siguió a lo relatado en el libro de los Reyes: «Aquella misma noche el Ángel de Yahvé (la peste) avanzó y golpeó en el campamento asirio a ciento ochenta y cinco mil hombres; al amanecer eran todos cadáveres. Senaquerib, rey de Asiria, levantó el campamento y regresó a Nínive, quedándose allí» (2 Re 19,35-36=Is 37,36).

VV. 7-8. Con cuatro rasgos vivos y concisos se describen el peligro, la intervención de Yahvé y la derrota enemiga. Los pueblos se amotinan: subsume o repite la imagen del v. 4. Los pueblos aquí son los enemigos con sus ejércitos, como Asiria. Los reyes se rebelan: algunos sin poder sostenerse, otros a punto de caer. Son las naciones atacadas, incluso Judá como reino, que resistió en la capital. Él lanza su trueno: es decir, Yahvé es quien lanza su voz, enérgica y súbita, como la tronada de una tempestad. Se tambalea la tierra: la imagen está sacada del calor que licúa la cera o de un súbito agostamiento, como cuando en una vega verde sopla un viento urente y la marchita en un momento. O como la tempestad de granizo arrasa las cosechas totalmente. Descripciones de Yahvé, súbito libertador, se encuentran con frecuencia en los autores inspirados, aunque no con la brevedad y fuerza de la presente.

El estribillo (v. 8) subraya y enfoca el sentido de la estrofa y de todo el salmo.

V. 9. La exhortación a entender en su hondo sentido las obras de Yahvé se dirige ante todo a los israelitas. Son favores de su propio Dios. No se excluye una invitación retórica a las naciones enemigas de Israel, para que escarmienten en hechos pasados. Las obras del Señor y las maravillas que hace, o las portentosas realizaciones divinas, fueron la súbita destrucción del ejército sitiador y la total liberación, de la noche a la mañana, de la ciudad acosada. Tierra, se entiende el reino de Judá, o, más vagamente, Palestina.

V. 10. Efecto principal de la liberación divina, núcleo de todo el poema, es la paz restablecida. Todo se atribuye a Yahvé. La guerra: la gran guerra que estábamos sufriendo y, en general, toda clase de guerra. Hasta el extremo del orbe: aquí, la tierra de Judá, desde la cual habla el autor y en la cual está interesado. Los mismos instrumentos bélicos, entonces arcos, lanzas y escudos, han dejado de existir; Yahvé los ha destruido totalmente, reduciéndolos a ceniza. Liberación divina tan grandiosa se describe casi con los mismos términos que los profetas emplean para designar la futura y perfecta paz mesiánica (Is 9,6), cuando los instrumentos de lucha serán convertidos en aperos de labranza para trabajos de paz (Is 2,4; Miq 4,3; Is 9,4; Zac 9,10).

V. 11. Oráculo divino. Habla Yahvé sin necesidad de introducciones. No se hace presente en una escena teofánica, sino que habla por el poeta. Se dirige a las naciones enemigas, amonestándolas a desistir en sus vanos intentos contra su pueblo. Rendíos, dejad ya de oponeros a él. La tierra entera y las naciones reconocerán, por el poder victorioso que triunfa sobre todos los ejércitos, que Yahvé, el Dios de Judá, es el único Dios del mundo entero.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

Para comprender este salmo, un himno a Sión, hay que situarse en la perspectiva de Isaías 2,1-5 o de Isaías 60: un monte se yergue sobre toda la tierra; hacia él confluyen los pueblos por la soberana razón de ser la «Santa Morada del Altísimo». Es una peregrinación hacia la Ciudad Santa, un camino ascendente hacia el futuro, hacia arriba, hacia Dios. Desde esta meta que convoca a la humanidad (v. 9), dimana el bien supremo de la paz (v. 10). Se comprende que quienes son llamados hacia esos supremos ideales canten el poder de Dios y la confianza que tienen en su presencia protectora. Los motivos se entremezclan. Unos son míticos, otros proféticos, cultuales o escatológicos. Todos ellos al servicio de la sublime emoción que embarga a quienes aquí cantan el poder de Dios. El salmo puede ser una composición muy antigua, hecha quizá con ocasión de la derrota de Senaquerib el año 701 antes de Cristo.

Como himno que es, puede ser proclamado al unísono; tanto más cuando este himno es un cántico colectivo de confianza. Es aconsejable guardar un breve silencio después de la recitación de cada estrofa con su estribillo incluido (vv. 2-4, 5-8 y 9-12). De este modo se puede obtener mayor solemnidad en la recitación hímnica. El estribillo puede ser cantado (vv. 4b, 8 y 12).

La celebración del Dios guerrero

Aunque el salmo haya sido compuesto con motivo de una victoria concreta, ésta se trasciende en la celebración del Dios guerrero. Venció el caos primordial (Gn 1,2), símbolo de las fuerzas militares, que también son inutilizadas, y llevará a cabo la extraordinaria acción de eliminar todo aparato bélico (Sal 45,10; Is 2,4; 9,4; Os 2,20; Ez 39,3). Al fin habrá «estallado la paz», cuando el lobo y el cordero habiten juntos porque la tierra estará llena del conocimiento de Dios (Is 11,6-9). La era de la paz es posible hoy, que el enemigo del hombre ha muerto en la tierra en la que se creía segura: la muerte ha sido derrotada en la carne para que la Ley llegue a su plenitud en nosotros (Rm 8,3-4). Plenitud que es un amor inmensamente potenciado en los cristianos animados por el Espíritu, que nos lleva a dar a todos el nombre de hermanos. El amor fraterno será la batalla pacífica del Señor de los ejércitos.

Un himno al Emmanuel

El salmista centra desde el principio el nervio de su confianza. Es Dios, refugio y fortaleza (v. 2). Si la Ciudad Santa o el Templo pueden generar falsas seguridades, el salmista destaca una vez más dónde está la certeza de su confianza: en Dios que socorre (vv. 5-7). Su certeza se formaliza en el estribillo en que se alaba al «Dios-con-nosotros». En un principio fue tan sólo un signo de su presencia y asistencial (Is 7); sólo cuando el Espíritu vino sobre María, en su carne floreció la «Presencia» de Dios. El «Dios-con-nosotros» puso su tienda en nuestro campamento. A este gesto de amor corresponde en el creyente la «co-habitación» con la Palabra; y a su dinamismo salvífico, la docilidad subjetiva. Sólo así los creyentes veremos los nuevos cielos y la tierra nueva, donde el «Dios-con-nosotros» será nuestro Dios. Cantemos nuestra confianza en el Emmanuel.

El bautismo de la regeneración

El agua es un signo bivalente: puede ser destructora, como la del caos o la de los grandes ríos que se interponen en el camino hacia la tierra prometida, y también puede ser un agua que lleva consigo la fertilidad, como la del Paraíso, la que saliendo del Templo lleva la vida donde había muerte (Ez 47). Las aguas bautismales, que brotan de los cimientos del nuevo Templo, generan un nuevo ser. Esas aguas son el Espíritu derramado sobre cuantos creen en Cristo. Son aguas que alegran la ciudad de Dios con el nombre hasta ahora desconocido de «Abba», y que, ya ahora, hacen que en la Ciudad fructifique exuberantemente el árbol de la vida. Cantemos entusiasmados el fabuloso poder de Dios que despierta en nosotros una inefable confianza.

Resonancias en la vida religiosa

Él es nuestro alcázar imbatible: Jesús prometió a su comunidad eclesial, de la cual nosotros formamos parte, que «las puertas del Hades no prevalecerán contra ella». Por eso tenemos la seguridad de que, «teniendo a Dios en medio, no vacilaremos». Ser Iglesia es la garantía de nuestra perennidad y es nuestra fuerza revitalizadora como comunidad religiosa. El Jesús resucitado está por su Espíritu en el núcleo de su comunidad. Nada ni nadie podrá atentar definitivamente contra ella; ni el tiempo rutinario y corrosivo, ni las confabulaciones o maquinaciones bélicas de los hombres, ni el creciente materialismo o los procesos secularistas y ateos, ni la violencia, ni el saber racionalista y engreído. El poder del Resucitado, fuerza amorosa y reconciliadora, pone fin a todas las asechanzas y violencias; resucita a los muertos, hace nuevas todas las cosas. Él es el Señor. Presente en su Iglesia y en las comunidades que viven su misterio. Él es nuestro alcázar imbatible, a quien aclamamos.

Oraciones sálmicas

Oración I: Señor Dios nuestro, poderoso defensor en el peligro, Tú que has derrotado a la muerte en la carne de tu Hijo, rompe ahora el arco, quiebra las lanzas, prende fuego a los escudos y haz que cuantos estamos animados por el Espíritu, honremos con la conducta el nombre de hermanos que llevamos, y de este modo colaboremos en la batalla decisiva de la paz. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Dios Padre nuestro, que por la fuerza del Espíritu hiciste germinar en el seno de María tu sublime Presencia, y en la carne de Jesús eres el Dios-con-nosotros; teniéndote en medio de nosotros no vacilamos, porque Tú nos conduces a la nueva Ciudad, donde serás para siempre nuestro Dios. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: El correr de las acequias alegra tu Ciudad, Dios nuestro, con el gozoso nombre de «Padre» que te tributamos los cristianos; concede a cuantos han nacido del agua y del Espíritu, que de tal suerte se gloríen en tu poder regenerador, que ya ahora gusten los frutos de la vida y un día puedan ver y gozar la maravilla de la eterna transformación filial que realizas en nosotros. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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