DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 44, I-II
Las nupcias del Rey

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2Me brota del corazón un poema bello,
recito mis versos a un rey;
mi lengua es ágil pluma de escribano.

3Eres el más bello de los hombres,
en tus labios se derrama la gracia,
el Señor te bendice eternamente.

4Cíñete al flanco la espada, valiente:
es tu gala y tu orgullo;
5cabalga victorioso por la verdad y la justicia,
tu diestra te enseñe a realizar proezas.
6Tus flechas son agudas, los pueblos se te rinden,
se acobardan los enemigos del rey.

7Tu trono, oh Dios, permanece para siempre,
cetro de rectitud es tu cetro real;
8has amado la justicia y odiado la impiedad:
por eso el Señor, tu Dios, te ha ungido
con aceite de júbilo
entre todos tus compañeros.

9A mirra, áloe y acacia huelen tus vestidos,
desde los palacios de marfiles te deleitan las arpas.
10Hijas de reyes salen a tu encuentro,
de pie a tu derecha está la reina,
enjoyada con oro de Ofir.

* * *

11Escucha, hija, mira: inclina el oído,
olvida tu pueblo y la casa paterna;
12prendado está el rey de tu belleza:
póstrate ante él, que él es tu señor.
13La ciudad de Tiro viene con regalos,
los pueblos más ricos buscan tu favor.

14Ya entra la princesa, bellísima,
vestida de perlas y brocado;
15la llevan ante el rey, con séquito de vírgenes,
la siguen sus compañeras:
16las traen entre alegría y algazara,
van entrando en el palacio real.

17«A cambio de tus padres, tendrás hijos,
que nombrarás príncipes por toda la tierra».

18Quiero hacer memorable tu nombre
por generaciones y generaciones,
y los pueblos te alabarán
por los siglos de los siglos.

 

COMENTARIO AL SALMO 44, I-II

[El salmo 44 es un poema nupcial en dos partes: la primera canta al Rey, el esposo (vv. 2-10); la segunda, a su esposa (vv. 11-18). La Liturgia de Vísperas las ofrece por separado, como si fueran dos salmos. La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Epitalamio real. Según algunos autores, este salmo sería un canto profano para las bodas de un rey israelita, Salomón, Jeroboam II o Ajab. Pero las tradiciones judía y cristiana lo refieren a los desposorios del Rey Mesías con Israel (figura de la Iglesia), y la liturgia, a su vez, amplía la alegoría refiriéndolo a la Virgen María. El poeta se dirige primero al Rey Mesías, vv. 3-10, aplicándole atributos de Yahvé y del Emmanuel; luego, a la reina, vv. 11-17.- Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Canto nupcial. Es una composición epitalámica, en la que se celebran las bodas del rey de Israel con una princesa extranjera. El rey debe gobernar con equidad y defender al pueblo (vv. 2-9), y la reina debe olvidar su patria anterior para adaptarse a su nueva condición (vv. 11ss). En la perspectiva del salmista, el rey es un anillo en la cadena hacia los tiempos mesiánicos; por eso se entusiasma ante su presencia. En este sentido es un tipo del futuro Mesías. El mesianismo de este salmo consta ciertamente por la interpretación que de él hace la carta a los Hebreos (Hb 1,8-9). De la persona del rey, cuyo epitalamio canta, el autor inspirado se eleva a la contemplación del Rey Mesías, cuya gloria ve reflejarse en aquél. Tiene cierta semejanza con el Cantar de los Cantares, en cuanto es un canto de bodas.]

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Salmo 44: Canto nupcial

Esta composición epitalámica celebra las bodas de un rey de la dinastía de David con una princesa extranjera. El poema consta de dos partes: a) dedicada al novio, en la que se exaltan sus cualidades físicas y se le invita a gobernar con justicia y verdad, defendiendo a su pueblo en la batalla contra los enemigos: vv. 2-9; b) dedicada a la novia, en la que se exalta su hermosura y atuendo nupcial, destacándose en medio de un cortejo de vírgenes: vv 10-16. Esto constituye el nervio de la composición, que se cierra con una conclusión (vv. 17-18) en la que se desea próspera y bendita progenie a los nuevos esposos. Quizá esta distribución estrófica se adapta al antiguo rito de bodas en Oriente. Primero el novio va a casa de la novia; ésta sale a su encuentro acompañada de un cortejo nupcial de amigas y doncellas. Ambos cortejos retornan a la casa del futuro esposo. La ceremonia se terminaba con la introducción de ambos novios en la cámara nupcial.

La tradición judeo-cristiana ha dado a esta composición un sentido mesiánico.

Preludio lírico (v. 2). El preludio es bellísimo y refleja bien el estado psíquico de entusiasmo del poeta, que se dispone a cantar las bellezas de los futuros esposos, considerándolos en su dimensión regia, es decir, destinados a dirigir al pueblo de Israel. El canto nupcial tiene en el fondo un marcado sello comunitario nacional, ya que a los dos esposos se les considera vinculados a los destinos del pueblo elegido. El corazón del salmista en este momento -siempre considerando los acontecimientos con una visión profético-nacional- es ahora como una fuente de la que sale agua a borbotones. Son tantas las cosas bellas que se le ocurren, que quiere que su pluma discurra con toda rapidez como la de veloz escriba para no perder nada de ellas. La dignidad del tema que va a cantar le inspira de modo desbordante, y su pluma va a correr como la del diestro escriba, habituado a tomar por escrito las palabras de otro.

Las cualidades excelentes del nuevo esposo (vv. 3-6). La loa se inicia ensalzando las cualidades físicas del augusto novio. El salmista, entusiasmado al ver en el rey la encarnación de la gloriosa monarquía davídica, que habría de culminar en la aparición del futuro Rey Mesías, no encuentra palabras para ponderar su belleza. Esto explica que le destaque más que a la propia novia, a la que por ley habían de reservarse los epítetos de máxima belleza. Los hagiógrafos tienen propensión a alabar las cualidades atractivas del jefe, con lo que ganaba prestancia, aun física, sobre sus subordinados. En sus labios resalta la gracia o la sonrisa atrayente. Para el salmista, la apostura y belleza singular de su héroe es una prueba manifiesta de que Dios lo bendijo para siempre. En su visión teológica de la historia, el poeta piensa en la bendición que Yahvé otorgó a la dinastía davídica, a la que pertenecía el esposo-rey.

En su idealización poética, el salmista lo contempla ya ceñido de la espada y con sus insignias reales cabalgando en defensa de la verdad y la justicia, como representante de Dios en la sociedad. La vista del cortejo nupcial evoca en el salmista al guerrero que sale apuesto en su caballo al combate para luchar por la causa justa de su pueblo. Como representante de una sociedad teocrática, el rey tiene que batirse por la verdad y la justicia, conforme a las exigencias morales del Dios de Israel. El lugarteniente de Dios debe salir por los fueros de la justicia en favor de los humildes y defenderlos según la verdad de sus derechos en la sociedad. Y cuando se trate de defender a la nación contra los enemigos exteriores, su diestra o fortaleza y coraje deben enseñarle a realizar portentosas hazañas. Por la mente del poeta pasan las distintas facetas de la misión del rey (gobernar con justicia y verdad, defender al pueblo contra los enemigos), y todo esto aflora a su ágil pluma de escribano en el momento solemne de iniciarse el cortejó nupcial que acompañaba al joven rey camino de la casa donde estaba la futura reina. En un derroche de entusiasmo le contempla desbaratando a los enemigos, que caen fulminados por sus agudas saetas; su sola presencia basta para que pierdan ánimo todos sus enemigos (v. 6).

La justicia y la equidad son el verdadero adorno del rey (7-10). Después de haber expresado las alabanzas sobre la apostura y arrogancia del rey, el salmista se permite insinuar unos consejos de índole moral que sirvan de norma a su reinado. No sólo debe ser valiente y salir al frente del ejército frente a los enemigos, sino que en el gobierno interior debe tener en cuenta que su cetro debe ser símbolo de rectitud, de gobierno equitativo, y en ese supuesto está garantizada su subsistencia o permanencia a través de los siglos, porque tendrá el favor divino. En la expresión del salmista hay una alusión a la promesa hecha a David sobre la permanencia de su dinastía a través de los siglos. El nuevo rey, como representante de Yahvé, debe ejercer su poder con equidad y rectitud.

Dios le ha ungido como rey precisamente porque ama la justicia y aborrece la iniquidad. El óleo de la alegría, o aceite de júbilo, es una frase proverbial para indicar la exultación y placer que acompañan ahora al rey en el momento de tomar esposa. En todas las ocasiones festivas se perfumaba con aceite oloroso a los invitados. El salmista alude a esta práctica y quiere dar a entender que al rey le ha cabido una mayor alegría en este momento que a sus compañeros, los otros reyes anteriores, o quizá los componentes de su séquito nupcial. Las más exquisitas especias, como la mirra, el áloe y la casia, perfumes selectísimos de la India y de Arabia, se mezclan con el óleo que unge al rey. Los vestidos del nuevo esposo exhalan los más exquisitos perfumes, y el salmista los resalta como parte importante del deslumbrante festejo nupcial.

Después de describir con las más cálidas expresiones el cortejo en el que avanza el novio real, el poeta repara en la llegada del cortejo de la novia, que sale de su casa a su encuentro acompañada de ricas doncellas: Hijas de reyes salen a tu encuentro; quizá son hijas de reyes vecinos que vienen a la boda real, o hijas del harén real paterno, y, por tanto, medio hermanas del nuevo esposo. Todas ellas forman el cortejo nupcial de la novia, que sale de su palacio de marfil, o adornado con incrustaciones de marfil, como el de Omrí de Samaria. Los instrumentos de cuerda, las arpas, solemnizan la marcha nupcial. Entre todas las doncellas se destaca la reina con vestidos recamados de oro de Ofir, que era el más selecto y buscado según la tradición bíblica.

Saludos y cumplimientos a la nueva esposa (vv. 11-16). Al unirse los dos cortejos frente al palacio real -culminación de la ceremonia nupcial-, el poeta se permite dar unos consejos insinuantes a la que iba a ser reina de Israel. Con toda delicadeza pide que le preste atención, pues es importante lo que le va a comunicar. Sabe que, como extranjera, tiene nostalgia de su pueblo y de la casa de su padre (v. 10); para combatir este recuerdo, debe persuadirse de que el rey está totalmente prendado de su hermosura, y debe corresponder a este amor. Por tanto, debe adaptarse plenamente a la nueva situación, olvidando sus antiguas costumbres, y corresponder de lleno a su calidad de reina del pueblo. Ante todo, debe reconocer a su esposo como su señor, siendo sumisa a él, como hombre público, pues es el rey del pueblo. Quizá el salmista, en estas insinuaciones, llenas de delicadeza, y en tono amonestativo, al estilo de los «sabios», quiere indicar que debe sobre todo olvidar sus costumbres idolátricas, adaptándose a la nueva situación de un pueblo monoteísta. Sin duda que al salmista le preocupaban, sobre todo, los valores religiosos, y, por tanto, al ver entrar en el palacio real a una princesa extranjera, pensaba en los peligros de infiltración idolátrica que se cernían sobre la alta sociedad israelita, dominada por la presencia de una reina gentil, como ocurrió en los tiempos de Salomón (cf. 1 Re 11 y 16). Con todo, expresamente no se alude a este problema, pero parece implícito en su recomendación de olvidarse de su pueblo natal.

Para hacer olvidar la nostalgia de la nueva reina, el poeta le recuerda que en su nuevo estado recibirá el homenaje generoso de la ciudad de Tiro, el gran emporio comercial de Oriente. Quizá la nueva reina fuera de la casa real tiria, y entonces se comprende esta mención; pero probablemente aquí, Tiro es símbolo de la opulencia de las naciones gentílicas, que se apresurarán a llevar regalos a la nueva reina. En esto hay una cierta alusión mesiánica, coincidiendo con los vaticinios de los profetas, que anuncian para el futuro mesiánico la afluencia de dones de todos los pueblos gentílicos -de los que Tiro, como emporio comercial, sería el símbolo- a Jerusalén (la reina), como centro de las naciones (Cf. Is 60,5-16). Los salmistas y hagiógrafos siempre ven los acontecimientos de la vida israelita con una dimensión mesiánica, en función de su panorámica teológica de la historia. En nuestro caso, el mesianismo sería sólo en sentido típico, pues el canto es epitalámico y se dirige a los nuevos esposos reales, que a su vez representan los destinos de Israel en un momento determinado de la historia, que no es sino un eslabón hacia los tiempos venturosos mesiánicos. Así, el salmista declara a la reina que los poderosos y magnates -los pueblos más ricos- buscarán su favor, reconociendo su superioridad como consorte del rey. El poeta procura insinuar un futuro agradable y placentero a la nueva reina, para que olvide su casa y su pueblo y se consagre a su nuevo pueblo de adopción.

Después describe el suntuoso cortejo que avanza hacia el palacio real, donde es entregada a su nuevo esposo. Revestida de brocados y pedrería, se destaca en medio de su cortejo de vírgenes y doncellas, las cuales, entre músicas y algazara, entran en el palacio del rey. Es el momento culminante de la ceremonia, pues es entonces cuando la reina pertenece al rey.

El futuro glorioso de la descendencia del rey (vv. 17-18). Una vez que el cortejo nupcial hizo entrada solemne en el palacio, el poeta hace un último «envío dedicatorio», deseando una próspera descendencia a los nuevos consortes. La gloriosa prosapia representada en los antepasados -padres- será superada por la nueva generación de hijos, que serán constituidos príncipes por toda la tierra; serán sus hijos los gobernadores de las diversas partes de la tierra a él sometida como a rey. Quizá en la expresión toda la tierra haya una insinuación mesiánica, aludiendo a las profecías en que se proclama que todos los pueblos estarán sometidos a Judá: «No se apartará de Judá el cetro ni el bastón de mando de entre sus rodillas, hasta que le traigan tributos y le rindan homenaje los pueblos» (Gn 49,10). La panorámica del salmista juega constantemente con la vinculación de la dinastía real a los tiempos ideales mesiánicos, meta ansiada de todo fiel israelita, que vivía de las grandes promesas hechas por Dios a la dinastía davídica. Por eso, el nombre del rey se perpetuará en su descendencia por generaciones, y los pueblos, a través de las edades, le alabarán.

Sentido mesiánico del salmo. La tradición judía ha dado al salmo un sentido mesiánico, al menos en el Targum; y el autor de la Carta a los Hebreos aplica los vv. 7-8 a Cristo (Tu trono, oh Dios, permanecerá para siempre...), probando con ellos la superioridad de Él sobre los ángeles. Los Santos Padres, basándose en esta cita, mantienen el sentido mesiánico del salmo. Los exegetas católicos, en consecuencia, mantienen el mesianismo del mismo, si bien no convienen en el modo de concretar este carácter mesiánico; y así, mientras unos ven en él una dramatización epitalámica de los amores de Dios e Israel, tipo del amor de Cristo a la Iglesia, otros admiten sólo un sentido mesiánico típico o espiritual. No es posible mantener un mesianismo literal, ya que se habla de la esposa y de los hijos del nuevo rey, lo que no es aplicable a Cristo-Mesías. Por eso creemos que el carácter mesiánico del salmo se ha de medir por la proyección general mesiánica de la perspectiva de los salmistas. Para ellos, cada rey era un anillo nuevo de la cadena que llevaba hacia la culminación de la dinastía davídica en la persona del Mesías. Por eso, con motivo de una entronización o una boda real, idealizan la situación, considerando al nuevo rey como tipo ascensional hacia la gran figura anhelada del Mesías. La historia de Israel, para ellos, tiene un sentido eminentemente teológico, y por eso en las diversas vicisitudes de su pueblo ven la mano de Dios, que prepara el advenimiento de la futura sociedad teocrática mesiánica, hacia la que converge inexorablemente la historia del pueblo elegido por imperativo de las antiguas promesas divinas, que arranca desde la época patriarcal.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II
Las nupcias del Rey (Sal 44, 2-10)

1. «Recito mis versos a un rey». Estas palabras, con las que se abre el salmo 44, orientan al lector sobre el carácter fundamental de este himno. El escriba de corte que lo compuso nos revela enseguida que se trata de un carmen en honor del soberano israelita. Más aún, recorriendo los versículos de la composición, nos damos cuenta de estar en presencia de un epitalamio, o sea, de un cántico nupcial.

Los estudiosos se han esforzado por identificar las coordenadas históricas del salmo basándose en algunos indicios -como la relación de la reina con la ciudad fenicia de Tiro (cf. v. 13)-, pero sin llegar a una identificación precisa de la pareja real. Es relevante que en la escena haya un rey israelita, porque esto ha permitido a la tradición judía transformar el texto en canto al rey Mesías, y a la tradición cristiana releer el salmo en clave cristológica y, por la presencia de la reina, también en perspectiva mariológica.

2. La Liturgia de las Vísperas nos propone usar este salmo como oración, articulándolo en dos momentos. Ahora hemos escuchado la primera parte (cf. vv. 2-10), que, después de la introducción ya evocada por el escriba autor del texto (cf. v. 2), presenta un espléndido retrato del soberano que está a punto de celebrar su boda.

Por eso, el judaísmo ha reconocido en el salmo 44 un canto nupcial, que exalta la belleza y la intensidad del don de amor entre los cónyuges. En particular, la mujer puede repetir con el Cantar de los cantares: «Mi amado es para mí, y yo soy para mi amado» (Ct 2,16). «Yo soy para mi amado y mi amado es para mí» (Ct 6,3).

3. El perfil del esposo real está trazado de modo solemne, con el recurso a todo el aparato de una escena de corte. Lleva las insignias militares (Sal 44,4-6), a las que se añaden suntuosos vestidos perfumados, mientras en el fondo brillan los palacios revestidos de marfil, con sus salas grandiosas en las que suena música (cf. vv. 9-10). En el centro se encuentra el trono, y se menciona el cetro, dos signos del poder y de la investidura real (cf. vv. 7-8).

Al llegar aquí, quisiéramos subrayar dos elementos. Ante todo, la belleza del esposo, signo de un esplendor interior y de la bendición divina: «Eres el más bello de los hombres» (v. 3). Precisamente apoyándose en este versículo la tradición cristiana representó a Cristo con forma de hombre perfecto y fascinante. En un mundo caracterizado a menudo por la fealdad y la descortesía, esta imagen es una invitación a reencontrar la via pulchritudinis en la fe, en la teología y en la vida social para ascender a la belleza divina.

4. Sin embargo, la belleza no es un fin en sí misma. La segunda nota que quisiéramos proponer se refiere precisamente al encuentro entre la belleza y la justicia. En efecto, el soberano «cabalga victorioso por la verdad y la justicia» (v. 5); «ama la justicia y odia la impiedad» (v. 8), y su cetro es «cetro de rectitud» (v. 7). La belleza debe conjugarse con la bondad y la santidad de vida, de modo que haga resplandecer en el mundo el rostro luminoso de Dios bueno, admirable y justo.

En el versículo 7, según los estudiosos, el apelativo «Dios» podría dirigirse al rey mismo, porque, habiendo sido consagrado por el Señor, pertenecería en cierto modo al ámbito divino: «Tu trono, oh Dios, permanece para siempre». O podría ser una invocación al único rey supremo, el Señor, que se inclina sobre el rey Mesías. Ciertamente, la carta a los Hebreos, aplicando el salmo a Cristo, no duda en reconocer la divinidad plena, y no meramente simbólica, al Hijo que entró en su gloria (cf. Hb 1,8-9).

5. Siguiendo esta lectura cristológica, concluimos remitiéndonos a los Padres de la Iglesia, que atribuyen a cada versículo ulteriores valores espirituales. Así, sobre la frase del salmo en la que se dice que «el Señor bendice eternamente» al rey Mesías (cf. Sal 44,3), san Juan Crisóstomo elaboró esta aplicación cristológica: «El primer Adán fue colmado de una grandísima maldición; el segundo, en cambio, de larga bendición. Aquel había oído: "Maldito en tus obras" (Gn 3,17), y de nuevo: "Maldito quien haga el trabajo del Señor con dejadez" (Jr 48,10), y "Maldito quien no mantenga las palabras de esta Ley" (Dt 27,26) y "Maldito el que cuelga de un árbol" (Dt 21,23). ¿Ves cuántas maldiciones? De todas estas maldiciones te ha liberado Cristo, haciéndose maldición (cf. Ga 3,13): en efecto, así como se humilló para elevarte y murió para hacerte inmortal, así también se ha convertido en maldición para colmarte de bendición. ¿Qué puedes comparar con esta bendición, cuando por medio de una maldición te concede una bendición? En efecto, él no tenía necesidad de bendición, pero te la dona a ti» (Expositio in Psalmum XLIV, 4: PG 55, 188-189).

[Audiencia general Miércoles 29 de septiembre de 2004]

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LA REINA Y ESPOSA (Sal 44, 11-18)

1. El dulce retrato femenino que nos acaban de presentar constituye el segundo cuadro del díptico del que se compone el salmo 44, un canto nupcial sereno y gozoso, que leemos en la Liturgia de las Vísperas. Así, después de contemplar al rey que celebra sus bodas (cf. vv. 2-10), ahora nuestros ojos se fijan en la figura de la reina esposa (cf. vv. 11-18). Esta perspectiva nupcial nos permite dedicar el salmo a todas las parejas que viven con intensidad y vitalidad interior su matrimonio, signo de un «gran misterio», como sugiere san Pablo, el del amor del Padre a la humanidad y de Cristo a su Iglesia (cf. Ef 5,32). Sin embargo, el salmo abre también otro horizonte.

En efecto, entra en escena el rey judío y, precisamente en esta perspectiva, la tradición judía sucesiva ha visto en él un perfil del Mesías davídico, mientras que el cristianismo ha transformado el himno en un canto en honor de Cristo.

2. Con todo, ahora, nuestra atención se fija en el perfil de la reina que el poeta de corte, autor del salmo (cf. Sal 44,2), traza con gran delicadeza y sentimiento. La indicación de la ciudad fenicia de Tiro (cf. v. 13) hace suponer que se trata de una princesa extranjera. Así asume un significado particular la invitación a olvidar el pueblo y la casa paterna (cf. v. 11), de la que la princesa se tuvo que alejar.

La vocación nupcial es un acontecimiento trascendental en la vida y cambia la existencia, como ya se constata en el libro del Génesis: «Dejará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer, y vendrán a ser una sola carne» (Gn 2,24). La reina esposa avanza ahora, con su séquito nupcial que lleva los dones, hacia el rey, prendado de su belleza (cf. Sal 44,12-13).

3. Es notable la insistencia con que el salmista exalta a la mujer: está «llena de esplendor» (v. 14), y esa magnificencia se manifiesta en su vestido nupcial, recamado en oro y enriquecido con preciosos brocados (cf. vv. 14-15).

La Biblia ama la belleza como reflejo del esplendor de Dios mismo; incluso los vestidos pueden ser signo de una luz interior resplandeciente, del candor del alma.

El pensamiento se remonta, por un lado, a las páginas admirables del Cantar de los cantares (cf. capítulos 4 y 5) y, por otro, a la página del Apocalipsis donde se describen «las bodas del Cordero», es decir, de Cristo, con la comunidad de los redimidos, destacando el valor simbólico de los vestidos nupciales: «Han llegado las bodas del Cordero, y su esposa se ha engalanado y se le ha concedido vestirse de lino deslumbrante de blancura. El lino son las buenas acciones de los santos» (Ap 19,7-8).

4. Además de la belleza, se exalta la alegría que reina en el jubiloso «séquito de vírgenes», o sea, las damas que acompañan a la esposa «entre alegría y algazara» (cf. Sal 44,15-16). La alegría genuina, mucho más profunda que la meramente externa, es expresión de amor, que participa en el bien de la persona amada con serenidad de corazón.

Ahora bien, según los augurios con que concluye el salmo, se vislumbra otra realidad radicalmente intrínseca al matrimonio: la fecundidad. En efecto, se habla de «hijos» y de «generaciones» (cf. vv. 17-18). El futuro, no sólo de la dinastía sino también de la humanidad, se realiza precisamente porque la pareja ofrece al mundo nuevas criaturas.

Se trata de un tema importante en nuestros días, en el Occidente a menudo incapaz de garantizar su futuro mediante la generación y la tutela de nuevas criaturas, que prosigan la civilización de los pueblos y realicen la historia de la salvación.

5. Muchos Padres de la Iglesia, como es sabido, han interpretado el retrato de la reina aplicándolo a María, desde la exhortación inicial: «Escucha, hija, mira, inclina el oído...» (v. 11). Así sucedió, por ejemplo, en la Homilía sobre la Madre de Dios de Crisipo de Jerusalén, un monje capadocio de los fundadores del monasterio de San Eutimio, en Palestina, que, después de su ordenación sacerdotal, fue guardián de la santa cruz en la basílica de la Anástasis en Jerusalén.

«A ti se dirige mi discurso -dice, hablando a María-, a ti que debes convertirte en esposa del gran rey; mi discurso se dirige a ti, que estás a punto de concebir al Verbo de Dios, del modo que él conoce. (...) "Escucha, hija, mira, inclina el oído". En efecto, se cumple el gozoso anuncio de la redención del mundo. Inclina el oído y lo que vas a escuchar te elevará el corazón. (...) "Olvida tu pueblo y la casa paterna": no prestes atención a tu parentesco terreno, pues tú te transformarás en una reina celestial. Y escucha -dice- cuánto te ama el Creador y Señor de todo. En efecto, dice, "prendado está el rey de tu belleza": el Padre mismo te tomará por esposa; el Espíritu dispondrá todas las condiciones que sean necesarias para este desposorio. (...) No creas que vas a dar a luz a un niño humano, "porque él es tu Señor y tú lo adorarás". Tu Creador se ha hecho hijo tuyo; lo concebirás y, juntamente con los demás, lo adorarás como a tu Señor» (Testi mariani del primo millennio, I, Roma 1998, pp. 605-606).

[Audiencia general Miércoles 6 de octubre de 2004]

MONICIÓN SÁLMICA

El salmo 44 literalmente es un epitalamio en honor de un rey de Judá que se desposa con una princesa extranjera. La primera parte del salmo (vv. 2-10) canta la belleza y cualidades del joven esposo; la segunda (vv. 11-18) es una exhortación a la nueva princesa para que ame al rey, se sienta feliz por el matrimonio que le ha tocado en suerte y olvide, ante tanta dicha, toda su vida anterior.

Cuando Israel ya no tuvo reyes, aplicó este antiguo salmo al desposorio del pueblo elegido con Yahvé, su nuevo y único Rey. La Iglesia cristiana, en esta misma línea y desde muy antiguo, usó este canto nupcial para cantar las bodas de Cristo con su Iglesia y también para describir la vocación de María y de las vírgenes cristianas, personalización la más acabada del amor nupcial de la Iglesia hacia Cristo.

Hoy este salmo, pues, nos ha de servir de poema de amor en honor de Cristo, nuestro esposo. En su primera parte -aquella que, en su sentido original, estaba consagrada al esposo-, cantaremos, con las palabras del salmo, la belleza y la victoria pascual de Cristo y el amor con que el Padre lo ama: Eres el más bello de los hombres; los pueblos se te rinden, se acobardan los enemigos del rey (la muerte y el pecado); el Señor, tu Dios, te ha ungido. La segunda parte del salmo -la que en el texto original se dedicaba a la esposa- la hemos de escuchar como una exhortación a la fidelidad y al amor de Cristo, el esposo verdadero de la Iglesia, dirigida a la Iglesia y a cada uno de nosotros: Olvidemos nuestro pueblo y la casa paterna; a cambio de nuestros padres (los bienes que habremos dejado) tendremos hijos, que serán príncipes, es decir, que serán bienes imperecederos.

En la celebración comunitaria, es recomendable que la primera parte de este salmo (vv. 2-10) sea cantada o declamada a dos coros, como un himno a Cristo; y que la segunda parte (vv. 11-18) sea proclamada por un salmista y escuchada por la asamblea como una exhortación dirigida a la comunidad cristiana, esposa de Cristo.

Oración I: Señor Jesús, esposo de la Iglesia, tú, el más bello de los hombres, tú, el que victorioso en tus batallas has realizado proezas en tu Pascua, acobarda también ahora a tus enemigos, la muerte y el pecado; haz que la Iglesia, prendada siempre de tu belleza, olvide su pueblo y la casa paterna, se postre ante ti, que eres su Señor, y viva el gozo inmenso de tu contemplación. Tú, que vives y reinas por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Señor Jesucristo, ungido por Dios Padre como rey de los hombres, que, al tomar nuestra carne mortal, te has desposado con la humanidad, haz que nosotros, como esposa amante, inclinemos siempre hacia ti nuestro oído, olvidando, por tu amor, nuestro pueblo y nuestra casa paterna; que, a través de nuestro peregrinar cotidiano, caminemos, con alegría y algazara, hacia tu palacio real y, llegados a él, te alabemos, por los siglos de los siglos. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 44, I-II

Epitalamio o canto nupcial dedicado al rey. En tono festivo canta una figura ideal de rey magnífico, victorioso. Un tono profético parece dominar el poema.

V. 2. Dedicatoria del poema, recitado en presencia.

V. 3. Fuente de todo es la elección y la bendición divina: es rey por la gracia de Dios.

VV. 4-6. Tarea real es defender a su pueblo en la guerra: el rey ideal vence sin esfuerzo, porque lucha por la verdad y la justicia.

V. 7. Es dudoso el sentido de la invocación «¡oh Dios!»: o interrumpe el poema con una elevación a Dios, o se refiere al mismo rey, a quien llama «divino». Según la profecía de Natán, el trono de David no tendrá término.

V. 8. Otra tarea regia es proteger el derecho y la justicia, defender al oprimido frente al malvado. La unción es consagración de la realeza.

V. 9. El texto de este verso es dudoso; en todo caso, se refiere al esplendor y gozo de la corte y de las ceremonias nupciales.

V. 10. El oro de Ofir es una calidad escogida.

VV. 11-13. El poeta finge cumplir el encargo del rey de ganar el corazón de una princesa: el amor, la gloria, la influencia la convencerán.

V. 14. El poeta describe el séquito nupcial: la reina y el cortejo de jóvenes.

V. 17. El rey es un soberano que puede colocar a sus hijos como príncipes vasallos en muchos países.

V. 18. Concluye con el tema de la dedicatoria, ensanchado en una visión profética de un futuro sin término.

Para la reflexión del orante cristiano.- Esta figura del rey ideal, el día de su boda, se funda inmediatamente en la profecía de Natán y utiliza elementos de las cortes orientales de la época; pero desborda la figura real de cualquier rey de Israel o de Judá. Como poema ideal se puede dedicar a cualquier rey; pero en ninguno agota su sentido ideal. La Carta a los Hebreos y la tradición litúrgica y exegética han leído este salmo como salmo mesiánico. Al cumplirse el ideal, que el salmo reflejaba y hacia el cual tendía, todo el poema se convierte en símbolo, cambia su sentido desde dentro y se aplica a Cristo y su esposa, la Iglesia (sentido alegórico), y, en ella, a Cristo y el alma (sentido tropológico).

[L. Alonso Schökel]

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El salmo 44 es un epitalamio. Pero, además, tiene un contenido regio y una proyección mesiánica. Estas dos últimas cualidades, principalmente, explican su inserción en el Salterio. En palabras de un comentador moderno, «es uno de los salmos más utilizados (por la Iglesia) en el breviario y en el misal, ya sea todo él entero, ya verso tras verso» en citas separadas (J. Calés). Por eso también es uno de los salmos que ha sido más comentado, pero, a la vez, es uno de los más difíciles de interpretar en sus pormenores. Su autor primigenio conoce perfectamente las ceremonias que exigen los festejos nupciales en Oriente, pero hace escaso uso de sus particularidades; ofrece una representación, pero no es en modo alguno teatral.

El principal mensaje del salmo es mesiánico. Se puede dividir en dos partes, además de una dedicación y de una conclusión: Dedicatoria (vv. 1b-2). Alocución al rey esposo (vv. 3-10). Alocución a la reina esposa (vv. 11-16). Nueva alocución al rey (v. 17). Conclusión (v. 18).

V. 2. Los cánticos empiezan de ordinario con una exhortación a otros. Aquí el poeta se exhorta a sí mismo a celebrar la persona en cuyo honor lo va a componer. Entusiasmado dice que su corazón, centro de pensamientos y afectos para un semita, está como en ebullición, brota como un manantial erumpente una palabra buena. Ser escriba en aquel tiempo, o simplemente saber escribir, era algo raro y selecto, cuánto más ser un escriba consumado que, como estenógrafo, pusiera rápidamente los pensamientos de modo que no se pudieran perder.

V. 3. El poeta se dirige al rey y comienza tributándole tres encomios: Hermosura corporal: «el más bello de los hombres»; se quiere alabar la elevada estatura, belleza y gallardía. Discreción y trato: inteligencia y discreción de espíritu; se expresa esta idea por la locución «en tus labios se derrama la gracia»; y esa cualidad se dice haber sido recibida como don divino en abundancia suma y redundante. La bendición de Yahvé: Dios lo bendice espléndidamente en dones de cuerpo y alma por lo que se dirá en seguida: para que desempeñe con justicia el oficio de rey.

VV. 4-5a. Héroe o valiente: indica a un guerrero, señalado por su fortaleza, y se aplica a personajes valerosos, como David, y singularmente a Dios y al Mesías. Majestad y esplendor, o gala y orgullo: son asimismo epítetos que se aplican al rey davídico, pero más comúnmente divinos. Cabalga: «monta», no a caballo, porque entonces no se estilaba hacer la guerra de este modo, sino en carro de guerra tirado por uno o más caballos. Verdad o fidelidad a los preceptos divinos y justicia son los atributos principales de un gobernante. En Dios es la verdad o fidelidad a su palabra. Es propio de rey, especialmente del Rey Mesías, defender a los pobres o humildes de toda opresión.

VV. 5b-6. El texto es deficiente, pero la idea general es clara. Se trata de un augurio de victoria y del terror de los enemigos.

VV. 7-8. Otras cualidades. La principal es el anuncio de la perennidad del trono, con alusión sin duda a la firme promesa hecha por Dios a la descendencia davídica. Cetro de rectitud: se trata de la justicia en general, equitativa en el gobernar, de la que es símbolo el cetro. Has amado la justicia y odiado la impiedad: «justicia» es aquí igual a santidad moral, como lo arguye el correlativo «odiado la maldad». Para eso te ha ungido: con sentido prevalente, conceptual de finalidad.

Oh Dios... el Señor tu Dios: Es claro que, si el rey de quien se habla es el Mesías, sería apellidado claramente Dios y resultaría el pasaje un ilustre vaticinio de la divinidad de Cristo, como admitía San Jerónimo: «Al rey, que es Dios, se dirige la locución». Pero esa misma clarividencia en plena penumbra del AT se hace rara, y más cuando el salmista parece hablar de un rey esposo histórico, como va a hablar luego de una reina esposa histórica. En la Escritura llevan a veces el nombre Elohim o Elim seres humanos, unidos singularmente a la divinidad en virtud de su oficio, y al rey de Israel se le reconoce una relación especial con Dios; la palabra Elohim (Dios) del primigenio texto original sería un título honorífico.

Te ha ungido (de la misma raíz verbal que Mesías, ungido): puede referirse a la elección y consagración regia, en un momento de solemnidad único, o a una unción de alegría menos solemne, como sería la del momento del matrimonio.

VV. 8b-9. Aceite de júbilo: se trata de óleo aromático o exquisitos perfumes tan apreciados en Oriente. En sinónimos especificativos se aducen la mirra, producto resinoso de Arabia, el áloe, originario de la India, la casia, perfume extraído de un arbusto de la India. Desde los palacios: la segunda parte del v. 9 nos resulta difícil de interpretar. Parece que lo mejor es entenderlo todo de la esplendidez de los palacios donde se sucede la majestad de las ceremonias y donde habitará la reina, de la cual se habla inmediatamente. El marfil se usaba para los muebles y adorno de los palacios.

V. 10. Hijas de reyes: alusión a las princesas del séquito que acompañaba y daba esplendor a la reina esposa. De pie a tu derecha está la reina: se introduce la mención de la reina, a la cual en seguida se dirigirá una alocución. Estar a la derecha era un sumo honor en Israel. Enjoyada con oro de Ofir: lit. tela o joyas hechas con ese oro, que era el oro tenido en más aprecio, del cual se proveía en abundancia Salomón.

V. 11. La alocución que ahora empieza va dirigida a la reina; pero no tiene el carácter de celebración, sino de exhortación, consejo o pronóstico, y, en realidad, el pensamiento del poeta sigue centrado en el rey; de ahí que la unidad del poema sea mayor en sus partes. La conclusión del cántico (vv. 17-18) es una nueva y final celebración del monarca, en la cual la reina está presente necesariamente, pero mencionada sólo de modo indirecto e implícito.

Escucha, hija: estas frases exhortativas parecen estar sacadas de los libros sapienciales. Inclina el oído: el sentido técnico de esta expresión es no solamente escuchar prestando atención, sino llevar a la práctica o cumplir lo que se dice. Olvida tu pueblo o nación de donde has venido. La tradición cristiana se complace en ver una asunción a dignidad mayor o a un nuevo estado, incluso de otra naturaleza. La casa, o palacio, en sentido local o amplio de corte, de tu padre, que por la misma necesidad del contexto se ve que es un rey extranjero. Este pedir una adaptación a las nuevas circunstancias no es sólo un prudente consejo humano, sino que avanza hacia un sentido alegórico, determinable en función de la interpretación que se dé al salmo.

VV. 12-13. Tal como están traducidos estos tres dísticos, se indica primero que el nuevo esposo o señor suplirá con creces el afecto paterno. La ciudad de Tiro se postrará ante la reina con dones o regalos. Tiro, una de las más importantes ciudades-estado fenicias, es un ejemplo concreto de los pueblos extraños que honrarán a la nueva reina. San Atanasio ve significada en los tirios la vocación de los gentiles. En tercer lugar, implorarán el favor de la reina los más nobles de su nuevo pueblo adoptivo. De este modo los extranjeros amigos y los súbditos nacionales la agasajarán, como expresión de una totalidad compleja.

VV. 14-16. El texto, difícil y fluctuante, impide aquí una exacta explicación, aunque el sentido es claro: se inicia la procesión nupcial con el esplendor de Oriente, que el salmista da por muy bien conocido. Bastan unas frases entrecortadas para suscitar las imágenes y el recuerdo de las ceremonias. Entre alegría y algazara: sin duda, con cantos, danzas, sones de instrumentos y poemas improvisados, como éste del salmista.

V. 17. El salmista vuelve a dirigirse al rey. Lo prueban los pronombres y formas verbales, que son masculinos, matiz importante que no reflejan las versiones, en algunas, como en castellano, por su ambigüedad expresiva. El rey esposo es el objeto principal del epitalamio, y ahora el salmista celebra en esperanza la bendición en los hijos. Aquí tienen una importancia capital. Son los sucesores directos en la línea de realeza, de suerte que la dinastía no desaparecerá. La palabra «padres» (antepasados) e «hijos» (sucesores) del hebreo indica todos los grados directos ascendentes y descendentes de paternidad y filiación.

V. 18. Conclusión del poema, que corresponde al comienzo literario (vv. 1b-2).

Mesianismo del salmo 44.- Fuera del campo racionalista, no se pregunta si el salmo 44 es mesiánico, sino en qué forma lo es. Las sentencias propuestas por los que lo han estudiado especialmente son variadas.

La Carta a los Hebreos cita las palabras de este salmo, vv. 7-8, como prueba de la divinidad de Jesucristo: «Tu trono, ¡oh Dios!, permanece para siempre...» (Hb 1,8-9). Ésta, como las otras citas que preceden y siguen en este pasaje, pueden interpretarse por el autor de la Carta a los Hebreos, no según el sentido literal de los respectivos pasajes, sino en un sentido acomodado, para probar su afirmación inspirada de la divinidad de Jesús; pero, en todo caso, el autor de Hebreos vio ciertamente en el salmo 44 una composición alegórica del amor de Yahvé para con su pueblo.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

Nos hallamos ante un poema único en su género. Aquí se canta el amor humano de un rey. La reina, los hijos, el harén, la corte y la mansión son motivos que engrandecen la figura del rey en una fecha señalada. Históricamente tal vez se compuso con ocasión de las bodas de un rey de Israel o de Judá con una princesa extranjera. Son varias las parejas en las que se da esa circunstancia sin que podamos precisar más. Si este salmo entró a formar parte del salterio pudo ser porque la monarquía fue depositaria de las esperanzas durante algunos siglos y, en nuestro caso, porque los rasgos descriptivos del rey nos proporcionan la figura del rey ideal, del Mesías. Así pudo recurrir el autor de la Carta a los Hebreos (1,8-9) a este salmo de suerte que la presente composición, nacida en la cuna de lo meramente humano, está abierta a la realidad cristiana. Consta de dos partes: la primera es un elogio directo al monarca (vv. 3-10); la segunda, un elogio indirecto: presentación de la reina y su cortejo (vv. 11-17). Ambas partes están arropadas en una introducción (v. 2) y una conclusión (v. 18).

En la celebración comunitaria, la primera parte del salmo (vv. 2-10), excepción hecha del primer versículo, que describe la acción compositora del salmista, puede ser recitada a dos coros como un himno de los creyentes que alaban a Cristo:

Salmista, Introducción: «Me brota... pluma de escribano» (v. 2).

Coro 1.º, «Eres el más bello... bendice eternamente» (v 3).

Coro 2.º, «Cíñete al flanco... los enemigos del rey» (vv. 4-6).

Coro 1.º, «Tu trono, oh Dios... todos tus compañeros» (vv. 7-8).

Coro 2.º, «A mirra, áloe y acacia... con oro de Ofir» (vv. 9-10).

La segunda parte del salmo (vv. 11-18), como advertencia a la asamblea creyente y alabanza a la Iglesia, puede ser recitada por un solo salmista, mientras el resto de la asamblea escucha atentamente.

Los poderes del rey

El rey ideal de Israel está adornado con la verdad y la justicia, a la vez que es un acertado arquero. Es también un poderoso guerrero. Como ideal nunca se encarnó en rey alguno. Cuando advino al trono de David Jesús, el Rey de los judíos, no le acompaña ni el arco ni la espada, pero sí la palabra eficaz, que penetra hasta las intimidades del corazón. Una vez recibida la plenitud de poderes, cabalga sobre un blanco corcel. Es el rey Fiel y Veraz que juzga y combate con justicia. Tras él, las huestes de los convencidos por la Palabra, y a sus pies, aquellos que han sido vencidos por la misma. Cantemos la hermosura y el poder del rey de reyes y del Señor de los que dominan.

Canción al más bello de los hombres

Cuando se instaura la monarquía o la dinastía en Israel, los agraciados con la elección -Saúl y David- son los más bellos. El rey cantado en este salmo es también el más bello y, por añadidura, inteligente. Tras estos dones está la bendición de Dios, como lo está en la base de la elección de David. El nuevo y definitivo Rey, el Mesías, fue creciendo «en edad, sabiduría y belleza ante Dios y los hombres» (Lc 2,52). Cuando el Padre le entregó la belleza en plenitud, su carne humana llegó a ser un trasunto de la divinidad, el espejo perfecto del Padre. Cantamos al más bello de los hombres, mientras consentimos que Dios nos haga crecer hasta alcanzar la estatura del hombre perfecto.

Tu trono permanece para siempre

La profecía de Natán abre un futuro seguro a la dinastía davídica: «Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí» (2 Sam 14,16). En los momentos de acoso, esta promesa suscita nuevas esperanzas. David murió, y después de él el resto de los reyes. «Su sepulcro permanece entre nosotros hasta el presente» (Hch 2,31). No obstante, la profecía recobra todo su valor, puesto que David «vio a lo lejos y habló de la resurrección de Cristo, que ni fue abandonado en el Hades ni su carne experimentó la corrupción» (Hch 2,31). El Señor resucitado, en efecto, posee un trono estable y eterno. Dios le ungió en la mañana de la resurrección y le sentó a su diestra en los cielos. Ahora sí que podemos decir con verdad: «Tu trono, oh Dios, permanece para siempre». Alabemos a nuestro rey y llevemos con orgullo el buen olor de Cristo.

El oyente de la Palabra

Bien está que el rey de Israel se enamore y se case con una princesa extranjera, a pesar de los peligros religiosos de esas nupcias. Pero que la princesa preste esmerada atención: para entrar en el pueblo de Dios hay que romper los lazos ancestrales con el pueblo de origen. Ya en el nuevo Pueblo no hay más que un único Señor, Dios, a quien debe oír. La tragedia del hombre y del israelita es que prefiere escuchar al hombre antes que a Dios. No faltan buenos oyentes de la Palabra: Salomón pide un corazón que escuche; Zaqueo; María, hermana de Marta; sobre todo Jesús, que vive pendiente «de toda Palabra que sale de la boca de Dios», y junto con él María, su Madre, la princesa llena de gracia, que después de escuchar la Palabra se proclama esclava. Que la nueva princesa, la Iglesia, escuche lo que el Espíritu dice a las Iglesias.

La belleza de la Esposa

Sara, madre del pueblo (Is 51,1-2), es tan bella que puede prendar el corazón del faraón (Gn 12,11). El mejor rasgo de su belleza es su fecundidad admirable y la eminencia de sus descendientes. Ellos concitan las riquezas y las miradas de las naciones porque Jerusalén es la belleza del orbe. La madre y la hija, la mujer y sus descendientes son atractivas sobremanera. ¿Dónde está hoy esa mujer tan sumamente bella? Es la «Mujer» vestida de sol, con la luna bajo sus pies y una corona de doce estrellas sobre su cabeza (Ap 12,1). Es la Iglesia, bella con la belleza del Esposo, bella incluso con los dolores de parto de numerosos hijos. Es María, Madre de la Iglesia e Iglesia de colmado esplendor. Somos los hijos de tan excelsa Madre, a quienes se nos tiene asignado un vestido de «lino brillante, puro, que son las obras de los santos» (Ap 19,8). Cantemos la belleza y riqueza de nuestra Madre.

El convite de bodas

El rey y la reina están rodeados de un cortejo, pronto a ser testigos de sus esponsales y a participar en la fiesta. Tras la imagen esponsalicia se ocultan las relaciones de Yahvé con su Pueblo: Yahvé se desposará con su Pueblo para siempre. Habrá que esperar a los tiempos finales, a que llegue la «hora» para asistir a las bodas de Dios con nuestra carne. Serán unas bodas de sangre, pero de sangre generadora. Del costado abierto de Cristo nace la nueva esposa, la Iglesia santa, unida ya indisolublemente al Esposo. Ahora puede comenzar la fiesta, el banquete abundante, al que estamos invitados todos. Se nos pide que llevemos el vestido de bodas y vigilancia en el corazón. Así dispuestos, sabremos escuchar el suave susurro que el Espíritu y la Esposa dirigen al Esposo: «¡Ven!». Y captar la gozosa insinuación del Esposo: «Sí, yo vengo pronto». «¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,17).

Resonancias en la vida religiosa

Poseídos por la fuerza conquistadora de Cristo: Nuestra comunidad fija esta tarde sus ojos en Cristo Jesús, «el más bello de los hombres», el «Bendito de Dios por excelencia». Él nos ha seducido y captado para su seguimiento; es el objetivo primordial de nuestro vivir. Misteriosa y poderosa es esta relación de amor entre Él y nosotros. Estamos convencidos de su fuerza conquistadora, de su entrega victoriosa a la causa de la verdad y de la justicia, de la perennidad de su reino y de su Iglesia.

Por eso, las alabanzas de la comunidad eclesial a Cristo son como un concierto deleitoso de arpas al que nosotros, pequeña comunidad, nos unimos armónicamente. Mas vana sería la alabanza si no nos dejáramos transformar por la gracia de Jesús, por su valentía, su espíritu de lucha en favor de la verdad y de la justicia, si nos vacunáramos contra el contagio de su irrefrenable esperanza por dilatar el mundo nuevo, que ya existe entre nosotros y que perdurará para siempre.

Comunidad, esposa del Rey: En cuanto comunidad de Jesús hemos entrado en un ámbito nuevo, hemos sido transferidos a la casa del Rey. Esto ha supuesto muchas renuncias: a nuestro pueblo, a formar una casa, a un proyecto autónomo de vida. Ahora nuestra comunidad está llamada a ser la princesa bellísima de cuya belleza está prendado el Rey. Sin mérito alguno por nuestra parte, el Señor nos concede graciosamente una identidad, que todavía no se ha desvelado: la identidad de la comunidad de los hijos de Dios. Y nos ha elegido para ser suyos: «Jesucristo, de cuya humanidad no podía existir la menor duda, no ha tenido otra amada, novia, esposa u hogar fuera de su comunidad» (K. Barth).

Se nos ocurre la misma pregunta de Pedro: «He aquí que nosotros hemos dejado todo y te seguimos. ¿Qué tendremos, pues?» El salmista responde: «A cambio de tus padres tendrás hijos, que nombrarás príncipes por toda la tierra».

Nuestra vida comunitaria tiene vocación de fecundidad; se nos promete una peculiar paternidad y maternidad que establecerá por toda la tierra un nuevo estilo de libertad y dignidad humana. La virginidad de nuestra comunidad es el espacio abierto a la Gracia de Dios, capaz de crear y engendrar la Nueva Humanidad. Teniendo a Jesús, como Esposo, nuestra comunidad nunca será estéril.

Oraciones sálmicas

Oración I: Padre y Señor de cielo y tierra, que has constituido a tu Hijo Jesús por su encarnación, muerte y resurrección, rey de reyes y señor de los señores, recuerda la gracia de nuestro bautismo, por la que nos acogiste como hijos tuyos, y concédenos participar en la libertad regia de Jesucristo, que vive y reina contigo por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Concédenos tu Espíritu de Sabiduría, Padre de la gloria, para que captemos el resplador de la misteriosa belleza de tu Hijo Jesucristo y sepamos glorificarte en Él ante todos los hombres durante todos los días de nuestra vida. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Oh Dios, cuyo trono permanece para siempre, no permitas que tu Iglesia desfallezca ante los ataques del mal ni ante sus propias debilidades; robustécela con el amor de tu justicia y regálala con la unción del aceite de júbilo que acobarda a tus enemigos. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración IV: Padre benevolente, abre nuestras vidas y nuestro corazón a tu Palabra, Jesucristo, que nos revela quién eres Tú y nos comunica tu misma vida, para que olvidemos este mundo de muerte y nos establezcamos en la escucha constante y vivificante de lo que el Espíritu nos dice. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración V: Acuérdate, Señor, de tu Iglesia, santa y pecadora, fiel e infiel; aumenta en ella el vigor de tu presencia, inúndala con el resplandor de tu belleza para que todos sus males sean destruidos y aparezca como la esposa bellísima, engalanada para su Dios. Te lo pedimos, Padre, por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración VI: Padre del amor, que quisiste unir con vínculo indisoluble a tu Hijo Jesús con la Iglesia, su Esposa y su Cuerpo; concédele a ella tu misteriosa fecundidad para que se multiplique el número de sus hijos, que hagan memorable tu nombre de generación en generación. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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