DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 42
Deseo del templo

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1Hazme justicia, oh Dios, defiende mi causa
contra gente sin piedad,
sálvame del hombre traidor y malvado.

2Tú eres mi Dios y protector,
¿por qué me rechazas?,
¿por qué voy andando sombrío,
hostigado por mi enemigo?

3Envía tu luz y tu verdad:
que ellas me guíen
y me conduzcan hasta tu monte santo,
hasta tu morada.

4Que yo me acerque al altar de Dios,
al Dios de mi alegría;
que te dé gracias al son de la cítara,
Dios, Dios mío.

5¿Por qué te acongojas, alma mía,
por qué te me turbas?
Espera en Dios, que volverás a alabarlo:
«Salud de mi rostro, Dios mío».

 

CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. En una audiencia general de hace algún tiempo, comentando el salmo 41, dijimos que estaba íntimamente unido al salmo sucesivo. En efecto, los salmos 41 y 42 constituyen un único canto, marcado en tres partes por la misma antífona: «¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo: Salud de mi rostro, Dios mío» (Sal 41,6.12; 42,5).

Estas palabras, en forma de soliloquio, expresan los sentimientos profundos del salmista. Se encuentra lejos de Sión, punto de referencia de su existencia por ser sede privilegiada de la presencia divina y del culto de los fieles. Por eso, siente una soledad hecha de incomprensión e incluso de agresión por parte de los impíos, y agravada por el aislamiento y el silencio de Dios. Sin embargo, el salmista reacciona contra la tristeza con una invitación a la confianza, que se dirige a sí mismo, y con una hermosa afirmación de esperanza: espera poder seguir alabando a Dios, «salud de mi rostro».

En el salmo 42, en vez de hablar sólo consigo mismo como en el salmo anterior, el salmista se dirige a Dios y le suplica que lo defienda contra los adversarios. Repitiendo casi literalmente la invocación anunciada en el salmo anterior (cf. Sal 41,10), el orante dirige esta vez efectivamente a Dios su grito desolado: «¿Por qué me rechazas? ¿Por qué voy andando sombrío, hostigado por mi enemigo?» (Sal 42,2).

2. Con todo, siente ya que el paréntesis oscuro de la lejanía está a punto de cerrarse y expresa la certeza del regreso a Sión para volver al templo de Dios. La ciudad santa ya no es la patria perdida, como acontecía en el lamento del salmo anterior (cf. Sal 41,3-4); ahora es la meta alegre, hacia la cual está en camino. La guía del regreso a Sión será la «verdad» de Dios y su «luz» (cf. Sal 42,3). El Señor mismo será el fin último del viaje. Es invocado como juez y defensor (cf. vv. 1-2). Tres verbos marcan su intervención implorada: «Hazme justicia», «defiende mi causa» y «sálvame» (v. 1). Son como tres estrellas de esperanza, que resplandecen en el cielo tenebroso de la prueba y anuncian la inminente aurora de la salvación.

Es significativa la interpretación que san Ambrosio hace de esta experiencia del salmista, aplicándola a Jesús que ora en Getsemaní: «No quiero que te sorprendas de que el profeta diga que su alma estaba turbada, puesto que el mismo Señor Jesús dijo: "Ahora mi alma está turbada". En efecto, quien tomó sobre sí nuestras debilidades, tomó también nuestra sensibilidad, por efecto de la cual estaba triste hasta la muerte, pero no por la muerte. No habría podido provocar tristeza una muerte voluntaria, de la que dependía la felicidad de todos los hombres. (...) Por tanto, estaba triste hasta la muerte, a la espera de que la gracia llegara a cumplirse. Lo demuestra su mismo testimonio, cuando dice de su muerte: "Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!"» (Las Lamentaciones de Job y de David, VII, 28, Roma 1980, p. 233).

3. Ahora, en la continuación del salmo 42, ante los ojos del salmista está a punto de aparecer la solución tan anhelada: el regreso al manantial de la vida y de la comunión con Dios. La «verdad», o sea, la fidelidad amorosa del Señor, y la «luz», es decir, la revelación de su benevolencia, se representan como mensajeras que Dios mismo enviará del cielo para tomar de la mano al fiel y llevarlo a la meta deseada (cf. Sal 42,3).

Es muy elocuente la secuencia de las etapas de acercamiento a Sión y a su centro espiritual. Primero aparece «el monte santo», la colina donde se levantan el templo y la ciudadela de David. Luego entra en el campo «la morada», es decir, el santuario de Sión, con todos los diversos espacios y edificios que lo componen. Por último, viene «el altar de Dios», la sede de los sacrificios y del culto oficial de todo el pueblo. La meta última y decisiva es el Dios de la alegría, el abrazo, la intimidad recuperada con él, antes lejano y silencioso.

4. En ese momento todo se transforma en canto, alegría y fiesta (cf. v. 4). En el original hebraico se habla del «Dios que es alegría de mi júbilo». Se trata de un modo semítico de hablar para expresar el superlativo: el salmista quiere subrayar que el Señor es la fuente de toda felicidad, la alegría suprema, la plenitud de la paz.

La traducción griega de los Setenta recurrió, al parecer, a un término arameo equivalente, que indica la juventud, y tradujo: «al Dios que alegra mi juventud», introduciendo así la idea de la lozanía y la intensidad de la alegría que da el Señor. Por eso, el Salterio latino de la Vulgata, que es traducción del griego, dice: «ad Deum qui laetificat juventutem meam». De esta forma el salmo se rezaba al pie del altar, en la anterior liturgia eucarística, como invocación de introducción al encuentro con el Señor.

5. El lamento inicial de la antífona de los salmos 41-42 resuena por última vez al final (cf. Sal 42,5). El orante no ha llegado aún al templo de Dios; todavía se halla en la oscuridad de la prueba; pero ya brilla ante sus ojos la luz del encuentro futuro, y sus labios ya gustan el tono del canto de alegría. En este momento la llamada está más marcada por la esperanza. En efecto, san Agustín, comentando nuestro salmo, observa: «Espera en Dios, responderá a su alma aquel que por ella está turbado. (...) Mientras tanto, vive en la esperanza. La esperanza que se ve no es esperanza; pero, si esperamos lo que no vemos, por la paciencia esperamos (cf. Rm 8,24-25)» (Exposición sobre los salmos I, Roma 1982, p. 1019).

Entonces el salmo se transforma en la oración del que es peregrino en la tierra y se halla aún en contacto con el mal y el sufrimiento, pero tiene la certeza de que la meta de la historia no es un abismo de muerte, sino el encuentro salvífico con Dios. Esta certeza es aún más fuerte para los cristianos, a los que la carta a los Hebreos proclama: «Vosotros os habéis acercado al monte Sión, a la ciudad del Dios vivo, a la Jerusalén celestial, y a miríadas de ángeles, reunión solemne y asamblea de los primogénitos inscritos en los cielos, y a Dios, juez universal, y a los espíritus de los justos llegados ya a su consumación, y a Jesús, mediador de la nueva Alianza, y a la aspersión purificadora de una sangre que habla mejor que la de Abel» (Hb 12,22-24).

[Audiencia general del Miércoles 6 de febrero de 2002]

MONICIÓN SÁLMICA

Alejado del templo, exiliado en tierra pagana, un levita expresa en este salmo su nostalgia por el templo y por su Dios, y espera confiado, pero no sin gran angustia, el día del retorno, para poder participar de nuevo, sin que se lo impidan sus enemigos, en la liturgia del templo.

Este salmo, recitado por la comunidad cristiana al comienzo de un nuevo día, quiere ayudar a la Iglesia en su ascensión hacia Dios. La Iglesia vive en el mundo, pero no es del mundo. Dificultades numerosas nos rodean y, con frecuencia, nos hacen andar sombríos, hostigados por el enemigo que menosprecia nuestra sed de Dios. Dios mismo, a veces, guarda silencio en noches oscuras que desconciertan -tú, que eres mi Dios y protector, me rechazas-, pero todo ello no es suficiente para hacernos dudar de Dios y apagar nuestra esperanza: ¿Por qué te acongojas, alma mía, por qué te me turbas? Espera en Dios, que volverás a alabarlo y, sin enemigos que te lo impidan, gozarás de él en la mañana sin noche de la eternidad.-- [Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO

El salmo 41-42 es una lamentación en ausencia de Sión, llena de nostalgia y deseo de volver a visitar el templo. El estribillo, el tema y el tono de los salmos 41 y 42 muestran que se trata de un solo salmo.

VV. 1-2: Tema de lamentación genérico, con una repetición del v. 10 del salmo 41.

V. 3: La petición se hace explícita, se refiere al templo. Desde el templo Dios envía su luz y verdad, capaz de atraer y guiar al hombre hacia la morada de Dios.

VV. 3-4: Hay una progresión en el camino: el monte, el templo, el altar; allí el salmista dará gracias a Dios sencillamente de haber llegado a su presencia. Con intensidad repite la invocación «Dios, Dios mío», para desembocar en el estribillo.

Para la reflexión del orante cristiano.- La gran peregrinación del piadoso israelita, de todo el pueblo de Israel, no termina en el templo, sino que continúa hacia el que es más que el templo, en quien reside Dios; Él es la luz verdadera, que nos guía por la gran peregrinación, haciéndonos sentir el dolor de la ausencia diferida, la esperanza del encuentro. Recitado por la Iglesia, este canto de peregrinación se llena de movimiento escatológico.-- [L. Alonso Schökel]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

El salmo 42 forma unidad con el precedente. No sólo es el estribillo quien unifica uno y otro, sino que continúa la progresión de contenido. Si el salmo anterior pasaba del sentimiento nostálgico al simbolismo -en forma de queja-, prosigue ahora la queja; pero de ella se pasa a la petición directa. Por otra parte, del simbolismo de la parte anterior se pasa ahora a lo simbolizado: defender la causa y librar del enemigo, no dejar en el abandono, conducir a la santa morada anhelada en todo el salmo. Finalmente también en este salmo hay un anticipo de la alegría, causada por la cercanía del Señor. Abatimiento y esperanza, añoranza y posesión son los términos en que se mueven ambos salmos.

En la celebración comunitaria, pueden acentuarse las fases sucesivas del salmo: Lamentación: «Hazme justicia... por mi enemigo» (vv. 1-2). Petición directa: «Envía tu luz... Dios, Dios mío» (vv. 3-4). Estribillo de congoja-esperanza: «¿Por qué te acongojas..., salud de mi rostro, Dios mío» (v. 5).

Los «porqués» de la religión

Que la religión no sea un precioso narcótico que insensibilice a los creyentes lo manifiestan los abundantes «porqués» de este salmo. Es el «porqué» que mana del dolor. Pero un «porqué» del que se hace oración. De hecho, el salmista está abierto a Dios, que hace justicia, defiende la causa y librará del hombre malvado. El «porqué» supremo de la cruz habla de la angustia de Jesús, pero su dolor -convertido en oración- se impregna de esperanza, porque Dios no oculta su rostro a quien lo invoca. Los labios cristianos pueden enmudecer con preguntas de dolor. Ni la pregunta ni el dolor son la palabra definitiva. Sólo Dios, que será nuevamente alabado, tiene la última palabra. Él es la salud de nuestro rostro.

Acogida del servidor fiel

La luz que en tiempos pasados iluminaba los caminos del orante ha dejado en él una huella indeleble (Sal 42,3), como en el dolorido Job. El Dios de la alianza, adornado de fidelidad y de verdad, sostiene al fatigado caminante que ora aquí. No ha renunciado a su meta: «acercarse al altar de Dios, el Dios de la alegría». La luz y la verdad, la fidelidad de Dios condujo al peregrino Jesús hasta la divina presencia (Hb 9,24). Detrás de él avanza la columna móvil de la Iglesia, en marcha hacia el Santuario que Jesús nos abrió a través del velo de su carne. A la llegada, el Padre nos tiene reservada la acogida de los servidores fieles: «Muy bien, siervo bueno y fiel; has sido fiel en lo poco; te constituiré sobre lo mucho. Entra en el gozo de tu señor» (Mt 25,21).

La Luz del mundo

El dolor pesa como densa tiniebla al caminante. Pone congoja y turbación en su alma. ¿Quién romperá el pavor de la noche? La profecía antigua vislumbraba una alborada para el pueblo que camina a oscuras, en tierra de sombra, sin que supiera precisar quién traería la luz. Aconteció, cuando Dios lo tuvo a bien, que la Luz brilló en las tinieblas, y desde entonces quienes siguen a Jesús no caminan en la oscuridad. Ya puede morir en paz la vieja espera de la humanidad, junto con el anciano Simeón. Han visto al Salvador, Luz para los gentiles y gloria para Israel, pero con tal de que unos y otros caminen mientras tengan luz. Cristo es la luz que nos guía y conduce hasta su santa morada, donde heredaremos la luz de vida.

Resonancias en la vida religiosa

Peregrinos atraídos y conducidos por tu Luz y tu Verdad: Es imposible concebir el proyecto de vida cristiana y religiosa prescindiendo de su talante itinerante y peregrino. No tenemos aquí ciudad permanente; buscamos la futura. Desinstalados, caminamos hacia la casa del Padre, donde nos están reservadas muchas moradas, donde no habrá más llanto, ni dolor, donde nuestro cuerpo será revestido de gloriosa inmortalidad.

Entre tanto conocemos las penas del destierro y las fatigas de la peregrinación. Traicionados y ofendidos por los ciudadanos arrogantes de este mundo, caminamos hostigados y sombríos y nos lamentamos a Dios, pidiéndole que sea nuestro abogado y nuestro juez ya ahora: que nos justifique ante la gente impía. Al mismo tiempo anhelamos que desde su templo, desde su santa morada, aquella que será nuestra mansión del futuro, nos envíe anticipadamente destellos de luz y de verdad; se reflejarán en nuestra comunidad, nos atraerán y nos guiarán en nuestro penoso caminar.

Así la presencia de la gracia de Dios será una fuerza atractiva e irresistible, que alentará nuestra peregrinación comunitaria y suscitará en nuestros corazones una inmensa e inagotable acción de gracias, potenciada al máximo en la Eucaristía.-- [Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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