DIRECTORIO FRANCISCANO
La Oración de cada día

SALMO 29
Acción de gracias por la curación
de un enfermo en peligro de muerte

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2Te ensalzaré, Señor, porque me has librado
y no has dejado que mis enemigos se rían de mí.

3Señor, Dios mío, a ti grité,
y tú me sanaste.
4Señor, sacaste mi vida del abismo,
me hiciste revivir cuando bajaba a la fosa.

5Tañed para el Señor, fieles suyos,
dad gracias a su nombre santo;
6su cólera dura un instante;
su bondad, de por vida;
al atardecer nos visita el llanto;
por la mañana, el júbilo.

7Yo pensaba muy seguro:
«No vacilaré jamás».
8Tu bondad, Señor, me aseguraba
el honor y la fuerza;
pero escondiste tu rostro,
y quedé desconcertado.

9A ti, Señor, llamé,
supliqué a mi Dios:
10«¿Qué ganas con mi muerte,
con que yo baje a la fosa?

¿Te va a dar gracias el polvo,
o va a proclamar tu lealtad?
11Escucha, Señor, y ten piedad de mí;
Señor, socórreme».

12Cambiaste mi luto en danzas,
me desataste el sayal y me has vestido de fiesta;
13te cantará mi alma sin callarse,
Señor, Dios mío, te daré gracias por siempre.

 

COMENTARIO AL SALMO 29

[La Biblia de Jerusalén da a este salmo el título de Acción de gracias después de un peligro de muerte. Para Nácar-Colunga el título de este salmo es Acción de gracias después de una enfermedad grave. Un justo salvado de un peligro de muerte invita a los fieles a alegrarse con él en la solemnidad litúrgica, reconociendo haber sido presuntuoso en su obrar anterior.]

Este salmo es un himno eucarístico, de acción de gracias, de un justo que, después de hallarse postrado en el lecho del dolor, fue liberado, gracias a la intervención divina, de una muerte segura. Después de invitar a los piadosos, a los fieles del Señor, a gozarse con él por el favor conseguido, ensalzando la bondad de Yahvé, relata cómo, a causa de un acto de presunción, el Señor apartó su rostro de él, privándole de su protección y dejándolo en un estado de postración física y de peligro de muerte. Angustiado, clamó a Él, quien le salvó de aquella situación comprometida. Por ello, su duelo se cambió en alegría, pues se veía ya a las puertas del sepulcro. Agradecido, cantará eternamente las alabanzas de su Dios.

El valor literario de esta composición es grande dentro de su simplicidad; aunque sus pensamientos no sean muy originales, pues aparecen en otros salmos, sin embargo, la expresión es sobria y vigorosa: «Abunda en figuras poéticas expresivas, ya vigorosas, ya llenas de frescor. El alma del salmista remonta la ruta del seol, especie de infierno; recupera la vida en medio de los cadáveres que se llevan a la tumba... A la tarde, el llanto viene como un huésped a pasar la noche. Pero, desde la aurora, los gritos de alegría resuenan. Al canto del duelo sucede el ruido alegre de la danza; al lúgubre cilicio, un cinturón de fiesta...» (J. Calès).

Acción de gracias por la salud otorgada (vv. 1-4). El salmista prorrumpe en un himno de acción de gracias al sentirse libre de un peligro inminente de muerte. Con ello se habrían alegrado sus enemigos, pues hubieran deducido de su desaparición que Yahvé no era ya su protector. El salmista se siente tan próximo a la muerte, que supone, por licencia poética, que ha visitado ya su alma la región tenebrosa del seol, donde están las sombras de los muertos. Por ello ahora se siente como resucitado de entre los que bajan a la fosa o sepulcro. Se daba ya por difunto, pero la intervención divina le devolvió la vida.

Invitación a los piadosos a celebrar su curación (vv. 5-8). Radiante de alegría por la recuperación de la salud, el salmista invita a los piadosos, a los fieles del Señor, que saben apreciar los secretos caminos de la Providencia en la vida de los justos, a entonar un himno de acción de gracias en honor del santo recuerdo o nombre de Yahvé, es decir, sus proezas y favores extraordinarios. En ellos se manifiesta su «nombre» o gloria; por eso en los salmos la expresión «celebrad su santo recuerdo» equivale a «alabar su nombre sagrado»; el nombre de Yahvé, su acción gloriosa, ha dejado un santo recuerdo en la historia en favor de Israel y de sus fieles. Su «nombre» sintetiza su naturaleza y sus acciones gloriosas. Y el salmista concreta en qué consiste el santo recuerdo o la huella del Dios santísimo en la vida: su providencia se guía por las exigencias de su justicia y de su misericordia; pero en su proceder prevalece siempre la benevolencia, pues mientras su cólera dura un instante para castigar justamente las transgresiones, su bondad tiene un efecto permanente durante toda la vida (v. 6).

La protección de Yahvé hacia los justos es permanente, y sólo es interrumpida momentáneamente por alguna falta cometida. Las pruebas a que son sometidos los justos son transitorias, mientras que la amistad benevolente de Yahvé permanece por toda la vida. Para probar su afirmación, el salmista trae a colación un proverbio: Al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo (v. 6b). El duelo y los llantos son como un huésped inoportuno, al que se le da hospedaje a regañadientes, pero después, al día siguiente, se convierte en motivo de exultación. En realidad, el llanto para el justo es un peregrino que a lo sumo pasa una noche con él; pero al día siguiente cambia la situación, y con la luz del día renace la alegría y bienestar.

El salmista confiesa haber tenido un pecado de presunción, pues viviendo en una situación de prosperidad, creyó que esta situación había de continuar indefinidamente: No vacilaré jamás (v. 7). Esta afirmación parece hacer caso omiso de los caminos secretos de la Providencia y se aproxima a la postura de los ateos prácticos y autosuficientes, que creen poder gobernar su vida con sus propios recursos. Por ello, Dios ha querido probarlo, y si antes, en su bondad, le aseguraba honor y fortaleza, ahora ha querido desampararlo escondiendo su rostro, es decir, le ha privado de su protección y auxilio, y entonces el salmista, reducido a sus propias fuerzas, quedó desconcertado.

Súplica de salvación (vv. 9-13). Postrado y abandonado a sus fuerzas, el salmista clama ansioso a Yahvé para que tenga piedad de él. Y su argumentación en favor de su liberación de la muerte está en consonancia con la mentalidad viejo-testamentaria, cuando aún no había luces sobre la vida en ultratumba al lado de Dios. En realidad, la muerte del salmista no reporta ningún provecho o ganancia a Dios, pues, convertido en polvo, no podrá alabarle ni cantar su fidelidad con los justos. Según la mentalidad del A. T., Dios premiaba en esta vida los actos de virtud, y el primer don era una larga vida hasta ver los hijos de los hijos en la tercera o cuarta generación. Quitar la vida a uno, entregándole a una muerte prematura, era un castigo reservado a los impíos; equivalía a matarle, derramar su sangre (v. 10). La muerte significaba en realidad, para los justos del A. T., la interrupción de una vida de amistad con Dios; por eso, al morir, no se podían continuar las alabanzas de Yahvé. Por ello, el salmista ansiosamente pide a su Dios que le escuche y le salve de la situación de peligro en que se halla de descender a la fosa o sepulcro.

Conforme a la dramatización literaria habitual en el estilo salmódico, el justo se presenta ya con la salud recuperada, cambiando su lamentación en júbilo (v. 12). Ha pasado la hora del duelo, porque el mismo Yahvé le ha desatado el sayal, o signo externo de penitencia y dolor, y le ha ceñido el vestido alegre de la exultación, el atuendo de los días de fiesta y de triunfo. Por ello, el salmista entona un himno de alabanza a la gloria de Yahvé, que ha de perdurar por siempre. La expresión por la eternidad, por siempre, es enfática e hiperbólica, para recalcar su decisión de alabar constantemente al Dios Salvador.

[Maximiliano García Cordero, en la Biblia comentada de la BAC]

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CATEQUESIS DE JUAN PABLO II

1. El orante eleva a Dios, desde lo más profundo de su corazón, una intensa y ferviente acción de gracias porque lo ha librado del abismo de la muerte. Ese sentimiento resalta con fuerza en el salmo 29, que acaba de resonar no sólo en nuestros oídos, sino también, sin duda, en nuestro corazón.

Este himno de gratitud revela una notable finura literaria y se caracteriza por una serie de contrastes que expresan de modo simbólico la liberación alcanzada gracias al Señor. Así, «sacar la vida del abismo» se opone a «bajar a la fosa» (cf. v. 4); la «bondad de Dios de por vida» sustituye su «cólera de un instante» (cf. v. 6); el «júbilo de la mañana» sucede al «llanto del atardecer» (ib.); el «luto» se convierte en «danza» y el triste «sayal» se transforma en «vestido de fiesta» (v. 12).

Así pues, una vez que ha pasado la noche de la muerte, clarea el alba del nuevo día. Por eso, la tradición cristiana ha leído este salmo como canto pascual. Lo atestigua la cita inicial, que la edición del texto litúrgico de las Vísperas toma de un gran escritor monástico del siglo IV, Juan Casiano: «Cristo, después de su gloriosa resurrección, da gracias al Padre».

2. El orante se dirige repetidamente al «Señor» -por lo menos ocho veces- para anunciar que lo ensalzará (cf. vv. 2 y 13), para recordar el grito que ha elevado hacia él en el tiempo de la prueba (cf. vv. 3 y 9) y su intervención liberadora (cf. vv. 2, 3, 4, 8 y 12), y para invocar de nuevo su misericordia (cf. v. 11). En otro lugar, el orante invita a los fieles a cantar himnos al Señor para darle gracias (cf. v. 5).

Las sensaciones oscilan constantemente entre el recuerdo terrible de la pesadilla vivida y la alegría de la liberación. Ciertamente, el peligro pasado es grave y todavía causa escalofrío; el recuerdo del sufrimiento vivido es aún nítido e intenso; hace muy poco que el llanto se ha enjugado. Pero ya ha despuntado el alba de un nuevo día; en vez de la muerte se ha abierto la perspectiva de la vida que continúa.

3. De este modo, el Salmo demuestra que nunca debemos dejarnos arrastrar por la oscura tentación de la desesperación, aunque parezca que todo está perdido. Ciertamente, tampoco hemos de caer en la falsa esperanza de salvarnos por nosotros mismos, con nuestros propios recursos. En efecto, al salmista le asalta la tentación de la soberbia y la autosuficiencia: «Yo pensaba muy seguro: "No vacilaré jamás"» (v. 7).

Los Padres de la Iglesia comentaron también esta tentación que asalta en los tiempos de bienestar y vieron en la prueba una invitación de Dios a la humildad. Por ejemplo, san Fulgencio, obispo de Ruspe (467-532), en su Carta 3, dirigida a la religiosa Proba, comenta el pasaje del Salmo con estas palabras: «El salmista confesaba que a veces se enorgullecía de estar sano, como si fuese una virtud suya, y que en ello había descubierto el peligro de una gravísima enfermedad. En efecto, dice: "Yo pensaba muy seguro: No vacilaré jamás". Y dado que al decir eso había perdido el apoyo de la gracia divina, y, desconcertado, había caído en la enfermedad, prosigue diciendo: "Tu bondad, Señor, me aseguraba el honor y la fuerza; pero escondiste tu rostro, y quedé desconcertado". Asimismo, para mostrar que se debe pedir sin cesar, con humildad, la ayuda de la gracia divina, aunque ya se cuente con ella, añade: "A ti, Señor, llamé; supliqué a mi Dios". Por lo demás, nadie eleva oraciones y hace peticiones sin reconocer que tiene necesidades, y sabe que no puede conservar lo que posee confiando sólo en su propia virtud» (Lettere di San Fulgenzio di Ruspe, Roma 1999, p. 113).

4. Después de confesar la tentación de soberbia que le asaltó en el tiempo de prosperidad, el salmista recuerda la prueba que sufrió a continuación, diciendo al Señor: «Escondiste tu rostro, y quedé desconcertado» (v. 8).

El orante recuerda entonces de qué manera imploró al Señor (cf. vv. 9-11): gritó, pidió ayuda, suplicó que le librara de la muerte, aduciendo como razón el hecho de que la muerte no produce ninguna ventaja a Dios, dado que los muertos no pueden ensalzarlo y ya no tienen motivos para proclamar su fidelidad, al haber sido abandonados por él.

Volvemos a encontrar esa misma argumentación en el salmo 87, en el cual el orante, que ve cerca la muerte, pregunta a Dios: «¿Se anuncia en el sepulcro tu misericordia o tu fidelidad en el reino de la muerte?» (Sal 87,12). De igual modo, el rey Ezequías, gravemente enfermo y luego curado, decía a Dios: «Que el seol no te alaba ni la muerte te glorifica (...). El que vive, el que vive, ese te alaba» (Is 38,18-19).

Así expresaba el Antiguo Testamento el intenso deseo humano de una victoria de Dios sobre la muerte y refería diversos casos en los que se había obtenido esta victoria: gente que corría peligro de morir de hambre en el desierto, prisioneros que se libraban de la condena a muerte, enfermos curados, marineros salvados del naufragio (cf. Sal 106,4-32). Sin embargo, no se trataba de victorias definitivas. Tarde o temprano, la muerte lograba prevalecer.

La aspiración a la victoria, a pesar de todo, se ha mantenido siempre y al final se ha convertido en una esperanza de resurrección. La satisfacción de esta fuerte aspiración ha quedado garantizada plenamente con la resurrección de Cristo, por la cual nunca daremos gracias a Dios suficientemente.

[Audiencia general del Miércoles 12 de mayo de 2004]

MONICIÓN SÁLMICA

Este salmo 29, con el que hoy empezamos nuestra oración de la noche, fue, en su origen, la oración de acción de gracias de un enfermo que acudió a Dios pidiéndole la salud, y éste se la devolvió.

Este enfermo es, por una parte, figura de Cristo, débil y enfermo en su pasión, bajado a la fosa del sepulcro en su muerte, pero a quien el Padre hizo revivir en la resurrección. Por esta curación, por esta exaltación, Cristo exhorta hoy a su Iglesia a que, contemplando este triunfo pascual, dé gracias al Padre: Tañed para el Señor, fieles suyos, dad gracias a su nombre santo; pues el Señor sacó mi vida del abismo, me hizo revivir cuando bajaba a la fosa.

Por otra parte, este enfermo somos también todos nosotros, rodeados de innumerables males. Quizás en este mismo día, que ahora finalizamos, al atardecer nos visita el llanto de nuestros fracasos humanos. Pero, abrámonos a la esperanza: como Cristo, veremos que el Señor sacará, finalmente, nuestra vida del abismo y en la mañana de la parusía nos visitará el júbilo. Por ello, digamos, alegres en la esperanza: Te ensalzaré, Señor, porque, en la esperanza, me has librado, cambiando mi luto en danzas.

Oración I: Padre amante, Dios clementísimo, no permitas que nuestros enemigos se rían de nosotros: como sacaste la vida de tu Hijo del abismo y le hiciste revivir cuando bajaba a la fosa, cambia así también nuestro luto en danzas y, si en el atardecer de este siglo nos visita el llanto, haz que por la mañana de tu retorno nos visite el júbilo y en él vivamos, por los siglos de los siglos. Amén.

Oración II: Señor Dios, apiádate de nosotros, que hemos pecado contra ti; ponnos a salvo en el día aciago, calma los dolores de nuestras muchas enfermedades, haz que nuestros enemigos, el desánimo, el pecado, la muerte, que nos desean lo peor y nos hablan con fingimiento, no triunfen de nosotros; que conozcamos que tú nos amas en que nos sostienes en el lecho del dolor y quieres mantenernos siempre en tu presencia. Por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Pedro Farnés]

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NOTAS A LOS VERSÍCULOS DEL SALMO 29

El salmo 29 es un salmo de acción de gracias por la liberación de un peligro de muerte.

VV. 2-3. El tema de los enemigos puede ser real, o puede ser imagen convencional del peligro pasado, que parece haber sido una enfermedad grave, como indica el verso 3.

V. 4. En el sentido de librar de la muerte en el momento extremo. El abismo es la morada de los muertos, el sheol o seol de los hebreos.

VV. 5-6. La acción de gracias individual se extiende a otros, transformando la liberación individual en una doctrina general. La cólera de Dios es su reacción personal frente al pecado.

VV. 7-11. El salmista cuenta su propia experiencia a la asamblea, dialogando en voz alta con Dios: la confianza inicial, la prueba que desconcierta el alma, la súplica agitada ante el peligro de muerte. Los cambios de la vida son obra de Dios: cuando Él esconde el rostro, el hombre siente soledad. En el reino de la muerte no hay comunidad de culto, ni liturgia de alabanza.

VV. 12-13. Concluye recogiendo el tema del principio.

Para la reflexión del orante cristiano.- El tema fundamental de la muerte y la vida, la noche y la mañana, el desconcierto y la confianza, el luto y la fiesta, permiten trasportar este salmo al momento culminante de estas oposiciones, cuando la muerte llega al extremo de su audacia, y la vida al extremo de su exaltación: en la muerte y resurrección de Cristo. El cristiano, que vive en Cristo, participa con él de este luto y fiesta, que forman el ciclo litúrgico y la sustancia de nuestra vida en Cristo.

[L. Alonso Schökel]

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El salmo 29 puede calificarse como un himno eucarístico, de acción de gracias, por la salud recobrada. El enfoque pretendido por el hagiógrafo y el contenido variado no hacen enteramente segura esta definición. Procede, pues, escoger el aspecto dominante. La acción de gracias no se desarrolla en forma de cántico, como lo llama el v. 1, y menos litúrgico; domina la alabanza directa, por eso es mejor llamarle himno eucarístico. Un sentimiento penitencial subyacente queda velado por el dominio de la acción de gracias. Por el conjunto de datos se deduce que las gracias se dan por haber evitado un peligro de muerte; pero no es evidente que proviniera de una enfermedad. No obstante, consideramos esta explicación como más obvia. División cuatripartita: a) Alabanza; motivo, la salud adquirida, vv. 2-4; b) invitación a los piadosos, y razones, vv. 5-6; c) descripción del peligro pasado y la súplica, vv. 7-10; d) reconocimiento a Yahvé, vv. 11-13.

V. 2. Se encuentran alabanzas directas, invocación y motivación, propias del himno.

Te ensalzaré, Señor, porque me has librado y no has dejado que mis enemigos se rían de mí. Las palabras de este verso han servido para describir el privilegio de la liberación preventiva en la Inmaculada Concepción de María. No se trata de una pura acomodación piadosa, como tampoco de un sentido explícito literal. Hay una acomodación válida. Si Yahvé actuó en un caso concreto en un grado, cuando actúe en otro caso concreto de línea parecida en otro grado mayor, podrán emplearse las mismas palabras inspiradas para enaltecer y conmemorar la distinta acción de Dios. Es mejor, sin embargo, buscar siempre el sentido bíblico directo donde lo haya (S. Bartina).

VV. 3-4. Amplificación y aclaración del motivo de la acción de gracias. Me sanaste: no hay por qué no entender en sentido propio este verbo. Sacaste mi vida del abismo, o seol: hades, o lugar de los muertos, en paralelo con tumba o fosa. Sacaste mi vida: no dejaste que bajara; hipérbole, como la nuestra: «estar con un pie en el sepulcro».

V. 5. Fieles suyos: sus devotos, todo buen israelita, los adoradores, los justos, los siervos de Yahvé.

V. 6. Motivo de la invitación y, a la vez, alabanza a Yahvé, corto en el castigo, largo en la bondad (Is 54,7). Del caso particular al principio, ilustrado y confirmado con un refrán de filosofía popular: al atardecer nos visita el llanto; por la mañana, el júbilo: en la tarde pernoctará, como huésped en casa, el llanto, que se marchará para siempre al siguiente día. El que clamó a Yahvé recibió ayuda.

VV. 7-8. El salmista, en estado de prosperidad, cayó en presuntuosa confianza; se olvidó de que Yahvé, en su bondad, le había dado honor y fuerza. Bastó que se retirara Yahvé para quedar atribulado. En qué, no se especifica. La oración y descripción siguientes lo determinarán más.

VV. 9-10. El motivo que se alega para ser escuchado por Dios es frecuente en la S. Escritura. El polvo es el sepulcro, o mejor, el seol. Los moradores del seol, los muertos, eran como leves sombras; por lo mismo, no podían ni glorificar a Dios en la liturgia ni proclamar, sobre todo ante la descendencia, las promesas de Yahvé, que se cumplirían. La lealtad de Yahvé, principalmente en las promesas hechas a su pueblo escogido.

V. 12. Hablar directo; términos metafóricos; beneficio recibido. Sayal o saco penitencial corresponde a luto o llanto; fiesta, a danza. No son festejos tenidos después de un sacrificio.

V. 13. Termina alabando como empezó (himno), y dando gracias por el beneficio recibido (eucarístico). Dios mío: idea muy vétero-testamentaria. El beneficio recibido confirma en la entrega total a Yahvé, en oposición a los ídolos. Acto de renovada fe y entrega a Yahvé, que llevarán consigo el cumplir lo que manda Yahvé en sus preceptos, morales y litúrgicos.

[Extraído de R. Arconada, en La Sagrada Escritura. Texto y comentario, de la BAC]

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MONICIONES PARA EL REZO CRISTIANO DEL SALMO

Introducción general

El salmo 29 pertenece a la categoría de salmos individuales de acción de gracias. La ocasión pudo ser un peligro grave, posiblemente una enfermedad mortal, de la que escapó el salmista. Éste expresa su experiencia recurriendo a otros lugares bíblicos, sobre todo proféticos. La mayor parte de los textos bíblicos están en relación con el pueblo de Dios. Por lo cual la experiencia personal del salmista es valedera para todo el pueblo: refleja el destino de Sión. No es extraño que el judaísmo rezara este salmo con motivo de la «dedicación del templo». En continuidad con el rabinismo, también nosotros lo rezamos.

El salmo se divide en tres partes: 1) Alabanza a Yahvé, que salva de la enfermedad y el abismo (vv. 2-4). 2) Invitación a que otros le alaben, y aclamación confesional (vv. 5-6). 3) Descripción de la salvación y de la ayuda, con una alabanza conclusiva. El salmo es una acción de gracias individual que admite la siguiente forma de rezo:

Salmista 1.º, Alabanza a Yahvé: «Te ensalzaré... bajaba a la fosa» (vv. 2-4).

Salmista 2.º, Invitación a una alabanza más generalizada: «Tañed... por la mañana, el júbilo» (vv. 5-6).

Salmista 1.º, Descripción de la salvación y de la ayuda: «Yo pensaba... Señor, socórreme» (vv. 7-11).

Salmista 2.º, Alabanza conclusiva: «Cambiaste mi luto... por siempre» (vv. 12-13).

Asamblea, Después de cada estrofa todos podrían cantar o recitar el v. 2: «Te ensalzaré, Señor, porque me has librado».

La muerte, ese gran mal

Ni el salmista, ni nosotros, ni nadie se ha acostumbrado a la muerte. Es un molesto huésped con rostro aterrador. ¿De qué te sirve, Señor, la muerte de los muertos y mi propia muerte? ¿Puedes y quieres reinar sobre el silencio y sobre la nada? Si el polvo pudiera alabarte, ¡no sería para cantar tu fidelidad!... La súplica de Jesús es válida aún: «¡Padre, aleja de mí este cáliz!» (Lc 22,42). El cáliz ciertamente lo hemos de beber como Jesús, sin que deje de ser el momento de la prueba en la que pedimos ser sostenidos. En esta angustia mortal ¿pediremos al Padre que nos libre de esta hora?; más bien glorifiquemos su nombre en nosotros; porque desde que Jesús venció al mundo, junto con sus poderes tiránicos, nuestra muerte es para gloria de Dios. ¡Ya vivamos, ya muramos, somos del Señor! (Rm 14,8).

Una mañana de júbilo eterno

Como la tarde, portadora de las tinieblas, está cargada de sombras y aflicciones, así la mañana, portadora de luz, es símbolo de vida y gloria. Vida y gloría que comenzó a brillar en el seno de un pueblo postrado en tinieblas y en sombras de muerte, cuando nos visitó la Luz venida de lo alto (Lc 1,78). Cristo resucitado es esa Luz para que quien le siga no camine en oscuridad, sino que tenga la luz de la vida. Con esta luz en nuestro firmamento estimamos que «los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se manifestará en nosotros» (Rm 8,18). La ciudad definitiva está iluminada por la gloria de Dios y su lámpara es el Cordero. Entonces será realidad plena el himno que entonamos: una mañana de júbilo eterno.

No vacilará jamás

Si en labios del salmista hay presunción al afirmarse muy seguro: «No vacilaré jamás», algo parecido puede acontecer al cristiano que cree estar en pie: «mire no caiga». Pero el que escucha a Dios, vivirá tranquilo sin temor a la desgracia. Sabe que llegará la hora de las tinieblas, la hora en que el Padre ha decidido dar a sus enemigos poder sobre su Hijo (Lc 22,53); lo cual causa agitación, angustia y tristeza mortal; pero también sabe, y con él debe saberlo toda la Iglesia, que Dios libró a Jesús de sus dolores, de la muerte, pues no era posible que quedase bajo su dominio. Su liberación es garantía de la nuestra; en las primicias está comprendida toda la cosecha. Destruido el mayor enemigo del hombre, ¿no tendrá el cristiano la confianza de quien se siente apoyado por Dios?

Resonancias en la vida religiosa

Nuestra vida puede ser una fiesta: Hay peligros de muerte que, aunque no amenacen la vida de nuestro cuerpo, atentan contra la vitalidad de nuestra vocación, de nuestra fe, del proyecto desinteresado de amor a Dios y a los hombres; que amortiguan peligrosamente la esperanza firme en la transformación y superación de lo malo. Hay asechanzas mortales contra la existencia pacífica y creadora de nuestra comunidad convocada, que ahogan su vitalidad y diagnostican su inminente defunción. Hay oleadas de muerte que se vuelven sobre las colectividades humanas produciendo desastres morales, violencias, destrucciones.

Esta compleja situación provoca ahora nuestra plegaria. Este amenazante luto nos hace clamar: «¿Qué ganas, Señor, con nuestra muerte?», «¡Señor, socórrenos!»

Nuestra fe es impaciente y anticipa ya la fuerza victoriosa del Resucitado y Vencedor de la muerte. Proclama la liberación que nos ha hecho revivir cuando bajábamos a la fosa. Confiados en Él, no vacilaremos jamás. Nuestra vida puede ser una fiesta ante el Señor. Nuestra convivencia comunitaria y nuestra existencia fraterna con los hombres, cuando se basan en la fe, están protegidas con el signo de la vida y del gozo contagioso de Dios. Por ello, démosle gracias.

Oraciones sálmicas

Oración I: Padre amante, Dios clemente, escúchanos y ten piedad de nosotros. Así como escuchaste a tu Hijo Jesús cuando clamó hacia ti desde el polvo de la muerte, muéstrate atento a los gritos doloridos de nuestra humanidad, enferma de muerte. Socórrenos en la tarde de nuestra caída, porque ya vivamos, ya muramos, tuyos somos, Señor. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración II: Padre lleno de amor, que hiciste revivir a Cristo cuando bajaba a la fosa y, de este modo, encendiste una nueva luz para el pueblo que caminaba en tinieblas y sombra de muerte; visítanos en la tarde de nuestra vida; y en la mañana esplendorosa que Tú nos regalas cantaremos incesantes himnos a tu gloria y a la Lámpara de la ciudad que nos tienes preparada. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

Oración III: Tu bondad, Señor, nos asegura el honor y la fuerza. Si en la noche de nuestro dolor y de nuestra muerte quedásemos desconcertados, no nos escondas tu rostro, sino vístenos de fiesta porque tu bondad dura de por vida. En ti apoyados no vacilaremos jamás y te ensalzaremos porque nos libraste. Te lo pedimos por Jesucristo nuestro Señor. Amén.

[Ángel Aparicio y José Cristo Rey García]

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